© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

sábado, 17 de septiembre de 2016

EL VOTANTE FRUSTRADO



Pilar Alberdi

El votante frustrado tiene el mismo rostro en todas partes. Se puede llamar Lucía o Juan o tal vez Antonio o Rosario. Da igual. Se le reconoce fácilmente: es el que se acerca a las urnas con paso titubeante, como si se tratara, ese artefacto de plástico transparente ante el que se presenta, de una eventual bomba de relojería capaz de estallar unas horas después.
El votante frustrado, todo hay que decirlo, no tiene necesariamente rostro de votante frustrado, pero como el que es tímido tiene esa sensación de que todos lo saben, de que algo le retrata, quizá la forma en que mira las papeletas o la forma en que ha cerrado a su espalda la cortina de la pequeña cabina electoral; el votante frustrado, intuye, percibe la sensación de que los ciudadanos que se encuentran tras la mesa electoral y que mirarán su documento y dirán su nombre en voz alta, lo saben.
No se siente único, pero si tremendamente desengañado. Se pregunta si la pérdida de su fe es obra exclusivamente suya por tanto pensar o por estar atento a lo que se dice en los medios de comunicación, a los que desmenuza entreviendo los intereses que defienden y, por eso, no con cierto resquemor admira, no sabe si esta es la palabra adecuada para lo que quiere describir, a los que son fieles a un partido, quizá el partido de toda su vida, aquel al que comenzaron a votar cuando por fin cumplieron la edad de conducir un coche.
Los partidos, se han levantado siempre sobre altares en donde se dividía lo más sagrado, la unidad, frente a un «nosotros» y un «ellos».
Observa esto que se ha dado en llamar democracia representativa y su situación le impide dejar de hacerse más y más preguntas: ¿de verdad estamos ante una democracia o más bien deberíamos hablar de formas cercanas a oscuras timocracias? Tiene miedo de que se le desmoronen los muros del templo ideal en el que había creído, porque ella o él, en el fondo quiere ser creyente: «Haz como tu vecino. Mira qué feliz va tu vecino o tus compañeros del trabajo o algunas de tus amigas a votar. Ellos votan felices o con ira, pero tú, mírate, tú votas con el corazón encogido, frustrado, ¡claro que sí!, ¿a quién vas a votar? Has comenzado a perder el respeto a quienes con altos sueldos y grandes beneficios, se pasan el tiempo mirando sus teléfonos móviles en sus butacas del Congreso de los Diputados o en el Senado».
Es verdad que al votante frustrado se le podría llamar escéptico, sí, cuando uno pierde una cierta clase de fe, la que sea, en qué o quién sea, se vuelve escéptico, y deja que la forma exterior, la inercia pura del movimiento, ocupen su lugar, sin participar de ello.
Bien saben los desesperanzados lo que darían por una esperanza, especialmente por esa clase de esperanza que habla de verdadera solidaridad, pero ni siquiera escrita así con minúscula, sino con mayúsculas.Así piensan él o ella, los Rosarios o los Antonios de turno de la Historia.
En realidad, el mayor temor de un votante frustrado no es encontrarse con otro que lo es, a fin de cuentas «un viento reconoce otro viento» como dice el refrán, y juntos se saben vivos, sino con uno que no lo sea, que se mantiene activo en un alarde de gestos y consignas y reverencia al jefe o jefecillos de turno.
El votante, la votante frustrada sabe que ha perdido el horizonte de esperanza, pero no su territorio personal sobre el cual se sustenta y puede pensar. Pensar le hace más libre pero no más efectivo en sus deseos.
Hace ya muchos siglos, Francis Bacon, un entusiasta de la ciencia y de todo lo que esta pudiera ofrecer esta en el futuro, se quejó de los «ídolos». Según él, había cuatro, los de la «tribu» (las ideas recibidas), los de la «caverna» (la personalidad como resultado del ambiente), los de la «plaza pública» (interpretaciones, mentiras, mediasverdades), y los del «teatro» (las opiniones de lo que se considera «autoridad» y que se aceptan acríticamente). Admirable la sabiduría de aquel señor sobre temas que hoy muchos ignoran todavía, pese a tenerlos frente a sus ojos. Entonces, la votante, el votante frustrado, llega a la conclusión de que el ser humano no ha cambiado nada desde la época de los griegos, o de Cristo, o de las gentes que habitaron el Creciente Fértil (Mesopotamia) y comenzaron la domesticación de plantas y animales hace 8.500 años, o los de aquellos homínidos, antecesores nuestros, que se reunían en cavernas, frente a las brasas de un fuego acogedor, mientras cuidaban de sus crías.
El votante frustrado piensa en estas cosas y en más, mientras ve que llega el día que debe ir a votar.
Allí, en la sala de un colegio que se ha convertido por fuerza de las circunstancias nuevamente en «colegio electoral», fija su mirada en la urna que va colmándose de sobres, que va cobrando vida a medida que se llena, que le invita a hacer lo que hacen los demás, sin dilaciones; y sí, votará, por supuesto que votará, su mano soltará el sobre sobre la ranura porque su vida está en la unión con las demás personas, pero también sabe que estará votando entre las cuatro opciones que le han dado para votar, y votará, crítico como el que más, pero votará, para volver a sentirse unos minutos después, un votante frustrado.



© Foto:Web Elecciones generales 2016

viernes, 9 de septiembre de 2016

PIERRE-AUGUSTE RENOIR: LA ALEGRÍA DE PINTAR




Pilar Alberdi

La presente obra reúne una selección de opiniones de Pierre-Auguste Renoir sobre la pintura y sobre su propia obra, publicados de manera dispersa, y unidos en este ensayo.
En principio, tenemos una biografía que nos permite adentrarnos en sus comienzos y, más tarde, en el final de su vida.
Después de que sus padres se trasladaran de Limoges, la capital francesa de la porcelana, a París, Renoir, a los trece años, entra como aprendiz en un taller, precisamente, para pintar cerámicas y porcelanas. Cuando ya había aprendido el oficio, los nuevos tiempos amenazaron el trabajo que desempeñaba y la mecanización obligó a cerrar el taller. La gente, explica el pintor, ya no quiere objetos hechos a mano. La situación, por tanto, le obliga a buscar otro trabajo. Acabará dedicándose a pintar en otros soportes: «Entonces empecé a pintar abanicos. ¡Cuántas veces habré copiado el Embarque para la Isla de Citera de Watteau!» A continuación trabajará en una empresa de persianas, decoradas con imágenes.
Estas primeras circunstancias nos hablan ya de un futuro en que Renoir se verá una y otra vez abocado a la pobreza. Fue también el caso de Monet.
Es uno de los pintores rechazados en el Salón anual de París. Sin quererlo, resulta que su pintura se ha convertido en «impresionista», palabra que horroriza a muchos, y a él no le gusta esa idea de parecer «revolucionario», cuando precisamente, tanto admira lo antiguo. Dice: «lo que sobre todo chocaba a la gente era que no hubiera en nuestros cuadros nada de lo que se acostumbraba a ver en los museos»; pero que no lo hubiera, no quería decir que sus autores no hubiesen pasado horas y horas visitando museos y tratando de aprender de los grandes maestros. El público de los Salones, recibía sus cuadros con carcajadas. No todos eran burgueses, pero como bien señala Renoir, en esa época, todos los franceses lo parecían porque compraban trajes de burgués a 25 o 50 francos y podían darse un paseo por el Salón y luego presumir de lo que habían visto.
Renoir persistirá en el envío de sus obras a los Salones anuales por una razón puramente «comercial», es decir, de sobrevivencia: «hay en París no más de quince aficionados capaces de apreciar a un pintor en el Salón. Y 80.000 que no comprarían nada si el pintor no está en el Salón». Por lo tanto, deduce, hay que estar en el Salón.
El problema de los envíos al Salón era que si por casualidad eran aceptados muchas veces ponían los cuadros (especialmente si eran pequeños) en lugares altos, por lo que no podían ser apreciados por los visitantes. De ahí que, aprendida la lección, a la hora de envíar a los Salones, los artistas tomaban el cuidado de hacerlo en grandes formatos.
¿Quiénes han sido sus modelos? Como en el caso de muchos pintores de su época, algunos conocidos, familiares, amigos, niñeras, criadas, gente del entorno habitual. Y cuando ya comenzó a tener un poco de fama, los modelos de sus retratos eran de la alta burguesía, quienes podían permitirse pagarlos.
Renoir no se engaña sobre lo que es la pintura. En una ocasión le contestó a Degas que le recriminaba que pintase buscando ganar dinero: «son los coleccionistas los que hacen la pintura. La pintura francesa es obra del señor Choquet. Y la pintura italiana es la obra de los Borgia, Médici y otros tiranos a los que Dios dio el gusto por el color». Tampoco se engaña Renoir sobre lo que debe ser un cuadro: «A mí me gustan los cuadros que dan ganas de caminar en ellos, si se trata de un paisaje; o de pasar mi mano sobre un pezón o una espalda, si es una figura de mujer».
Quiere cuadros que estén vivos, que transparenten algo no siempre fácil de definir. Eso, no cualquiera puede conseguirlo. Y en cuanto a admiraciones, prefiere lo antiguo a lo nuevo. Entre los pintores españoles a Velázquez y Ribera; y entre los italianos, muy especialmente a Rafael. Viajó a España y a Italia para ver sus obras. Pero cuando está trabajando, dice, se olvida de todas.
Sin duda sorprenden algunas de sus opiniones, tan directas: no aprecia a Flaubert, ni a Víctor Hugo, ni a esa cantidad de «turistas imbéciles» que se encuentra en su visita a Florencia. No le disgusta Wagner, pero Bethoven, le parece que tiene una postura, a veces, demasiado profesoral.
Le disgusta que le llamen artista. Él se siente «pintor», es lo que siempre ha sido, cuando garabateaba en sus cuadernos del colegio, cuando pintaba porcelanas, abanicos o persianas, cuando imaginaba lo que deseaba ser viendo las grandes obras de los maestros. No duda en señalar la decadencia del arte a partir de la Revolución Francesa, y culpa al mecenazgo de Estado de ayudar a mantener el mal gusto (a través de los Salones), con la colaboración de talleres de pintura en donde se enseña poco y mal, y con periodistas encargados de escribir sobre arte cuando son los mismos que escriben sobre «Sucesos». Además, piensa: ¿qué se puede decir de una pintura «a posteriori»? Cree que no hace falta decir nada.
Cuando el éxito le llega, en 1989, el gobierno le ofrece la Legión de Honor, que él rechaza. Volverá a recibir el mismo ofrecimiento en 1900, y aceptará.
Cincuenta años de pintar no le permiten considerarse un gran pintor y mucho menos un pintor de éxito, situación que soporta mal y que se limita a aceptar cuando tiene ya 80 años. «Soy ambicioso, preferiría no pintar a ser un pintor mediocre». Añade: «Es una pena, pero mi firma vale ahora más que mi mejor obra».
Si buscamos su firma en sus cuadros, la veremos muchas veces a un lado y en la mitad del lienzo.
Toda obra es una biografía. Su rostro enjuto, las mejillas hundidas, su bigote cruzándole los labios, sus amigos, su familia, su dolorosa invalidez en la vejez.
Casi nos atreveríamos a decir que la pintura de un hombre que se ha sabido conformar con lo que la vida le fue dando, por fuerza, tiene que ser sincera y feliz, aunque él entienda que para que sea una verdadera obra de arte, un a pintura debe alcanzar, lo que él define como «indescriptible e inimitable» y a eso debe aspirar todo pintor.



Palabras de la contraportada:

«El arte no es una broma. La gente confunde las cosas. Yo nunca he confundido la broma con el placer. No me gusta aburrirme. Se cree que para pasar por un artista serio hay que aburrir a la gente. De no haber pintado por placer, me habría dedicado a otra cosa. Y, cuando te gusta tu oficio, al final haces siempre la misma cosa: yo pinto flores con el color de los desnudos y pinto mujeres con el mismo color que las flores».


Editorial Casimiro. En venta en librerías a partir del próximo 12 de septiembre.

martes, 9 de agosto de 2016

MI MADRE TENÍA UN MUNDO



Pilar Alberdi


En mi cumpleaños, con cariño.


Mi madre tenía un mundo. Yo creo tenerlo. Mi hijos lo tienen. Cada uno con sus márgenes, con su paisaje de realidades viejas y nuevas. Estos son los legados familiares. Fructifican. Se transmiten de una generación a otra. Se reciben y se dan. Cada ser tocado por la originalidad de otro, por su esperanza, sus ilusiones, sus dichas y frustraciones, sus aciertos y también sus destemplanzas. Nadie es perfecto, pero todos somos únicos. Algunos más que otros. Hago reverencias a los que sienten, porque de ellos es el mundo. El que no siente está muerto para la vida. El que no siente no puede tratar de comprender a las flores, a los animales. El que no siente cree que el cielo es azul, pero el que siente se pregunta por qué es azul, y no rojo o verde o violeta.
Creo que escribo con frases cortas, pero realmente ahora que reflexiono veo que no son cortas sino que reúnen pequeños contenidos, que yo sé que están ahí. Aunque no aparezcan, ya en el primer fragmento hay fronteras, provincias, continentes, tormentas… Hablando de tormentas, cuando yo era niña esperábamos las tormentas sobre los grandes ventanales de la Escuela de Cerámica, y mientras se acercaban aquellas feroces nubes, nosotros, las niñas y niños del barrio, de pie en los ventanales, cantábamos «¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva», y cuando caían los primeros, enormes… goterones como piedras, y el olor a ozono impregnaba el aire, y el aroma a tierra subía hasta nuestros pulmones, entonces, mientras volaban por el aire pequeños papeles y hojas de árboles que parecían azotados por el viento, corríamos, entre gritos y risas, a protegernos bajo los aleros de las casas. En esos porches en los que también contábamos cuentos de miedo, en verano, por las noches.
Mi madre perteneció a una cultura oral. Yo, a una visual. Su memoria le permitía repetir las historias una y otra vez. Sabía uno que no se dejaba una palabra olvidada, jamás. Ella fue de un pueblo como yo de una ciudad. Aquellas palabras suyas relataban su mundo. Juntas conocimos el mar, y recorrimos el océano Atlántico en busca de un sueño.
En el tiempo de mi madre unos pocos años de colegio bastaban. Había que ayudar a la familia; los niños ya nacían casi adultos. A ella la vida se le fue cosiendo, bordando y en sus últimos años, ya con la enorme dificultad de la artritis que padecía, todavía tenía ánimo para pintar al óleo, hasta que eso también tuvo que dejarlo, entonces solo le quedó la televisión, ese extraño objeto, al que ella no había prestado mayor atención en su vida. ¡Qué gran derrota! Mi madre nunca fue mujer de televisión y yo he salido parecida.
Cuando mi madre fue niña tenían muñecas de trapo. Las de porcelana eran para las niñas ricas. Ella debió tener muy pocas porque en mis cumpleaños siempre me regalaba una, y siempre me hacía dudar de mi futura maternidad por lo poco que yo las apreciaba. Pero no importa, uno de mis hijos tiene un Cinexin porque, seguramente, yo recordaba que nunca conseguí aquel deseado regalo. Es así de simple, es deber de los hijos perdonar a sus padres, y de estos a sus hijos.
Cumplo 62 años. Vieja ante el espejo, pero fuera de él, todavía invicta, activa, libre y con ilusiones.
Un recuerdo de infancia: cuando yo tenía ocho-nueve años por mi ciudad todavía circulaban carros: el del lechero, el repartidor de la soda, el del hielo. Convivían dos mundos: restos del antiguo y el moderno. Pero nosotros, no percibíamos esa diferencia. Para nosotros se trataba de uno solo.
Después de cruzar el océano, casi adolescente, conocí el pueblo de mi madre. Allí, las aldeanas bajaban a la Plaza de Verduras a vender sus productos, y lo hacían montadas en burros. Hermosos Plateros de cuento. Y cuando subías al monte, además de poder probar unas fresas silvestres, alguna manzana y hasta cerezas en verano, sentías el placer en otoño de recoger muchas setas, además de ver esos henares amarillos, esos perros solitarios que te ladraban desde las puertas de las casas con la intención de alejarte, esas ovejas que subían el monte marcando el paso al compás del cencerro de la oveja guía, mientras las arañas tejían sus telas en los cercados, y el txirimiri, siempre amenazante, tentaba con dejar caer las primeras gotas, mientras veías más allá o más acá, cómo se labraban las pequeñas parcelas de tierra junto a los caseríos, con yuntas de bueyes enjaezados humildemente. Pero, nada de eso existe, ya. Ese tiempo ha pasado.
Muchas veces les digo a mis nietos: «¡Yo no sé qué os enseñan en el colegio!». Es como un reproche, que me digo a mí misma. Lo sé. Pero, ¿para qué quieren tantos libros y tantos exámenes si no saben cómo fue la vida de sus antepasados?
Hace poco le expliqué a mi nieta que cuando nosotros éramos niños apenas había objetos de plástico. ¡No se lo podía creer! Yo intenté que se imaginara ese mundo sin bolsas de las que ahora tienes que comprar en los supermercados, dicen, por un tema ecológico, y antes te las daban gratis, claro, por un tema de competencia comercial. Le pido a mi nieta que imagine un mundo sin bolígrafos. Sé que lo intenta, pero en el fondo no puede. En el colegio, le explico, con muy pocos años de edad, nosotros que nos sentábamos en pupitres de madera dobles escribíamos con plumilla y tinta, y el resto, por ejemplo las cuentas, con lápiz. En medio del pupitre, un tintero para compartir. Junto a cada cuaderno, siempre a mano un secante. Y si esto hoy parece tan lejano en el tiempo, añado que en la secundaría teníamos una asignatura de nombre Caligrafía en la que escribíamos con pluma, y hacíamos letra gótica y letra inglesa. Y ojo, nos parecía lo más normal del mundo y nos resultaba placentero, una de esas asignaturas en las que no había prisas. Aunque, para prisas, las de ahora. Ni siquiera nos parecía una contradicción que otra asignatura fuera mecanografía.
Sí, mi madre tuvo un mundo y yo creo que también lo tengo. Nuestros mundos se unían por las esquinas, a veces, la costura se rompía, pero en el fondo de nuestras almas nunca nos fallamos.
Mi nieta, que siempre habla de que tendrá una granja cuando se mayor, se asombra cuando le pregunto cómo cree ella que se vendían los huevos cuando yo era niña. Me contesta que en un envase de plástico. Le digo que no, y le recuerdo que todavía no se utilizaba el plástico para todo. «¡De cartón!», deduce. «Tampoco». La costumbre de usar el cartón del modo en que hoy lo conocemos, llegó luego. «¡Ay, abuela!», ríe, mientras piensa. La ayudo. Voy hasta un cuartito que tenemos en el patio y que utilizamos como despensa, traigo de allí un periódico viejo y del frigorífico una docena de huevos que retiro rápidamente del envase, cómo no, de plástico. Tomo del periódico una de las hojas dobles y la corto por la mitad. Coloco una de estas hojas extendida sobre la mesa. Pongo tres huevos sobre ella, y doy una vuelta con el papel hasta cubrirlos, luego sumo tres huevos más, y doy otra vuelta de papel. Doblo el sobrante de los bordes como haríamos con el envoltorio de una caja de bombones. El paquetito ha quedado perfecto. Hago lo mismo con la otra media docena y al acabar coloco este segundo paquete sobre el primero. «¡Ya está!», le digo. Mi nieta sonríe. Le ha gustado. La abuela sabe poco de magia pero ¡hay que ver qué cosas se trae del pasado! «A ver, me dice, déjame probar». La dejo, está conociendo un mundo sin plástico, aquel lejano mundo en el que yo viví y todavía el más lejano en el que mi madre vivió su niñez. Y se lo está pasando en grande.
Y alguien dirá que esto son palabras, pero son más que palabras. Las palabras tienen vida. En suma, hasta aquí las cuentas, mamá, sólo quería decirte que estás tan viva como antes. Que seguimos cruzando el océano como sirenas en busca de sueños perdidos, que el barco amarra en todos los puertos y en todos, toca su bocina, y que volamos por el cielo como dos globos que no se creen perdidos. Y como si fuera todavía una niña, déjame decirte mamá, en este día tan especial para mí, que te agradezco infinitamente que tú tuvieras un mundo, porque es lo más maravilloso que me has dejado. Ahora que yo tengo el mío, lo comparto. Pero en el mío, que lo sepas, que te quede bien claro, va el tuyo. Gracias.

lunes, 1 de agosto de 2016

IMAGINACIÓN Y CIENCIA


Pilar Alberdi

Hoy se dice, lo han analizado bien los filósofos de la ciencia, que para ser científico hay que tener imaginación. Si nos hubieran dicho algo así, a nosotros, cuando éramos niños o adolescentes habría sido una revolución. Evidentemente, se necesita una gran imaginación, capaz incluso y si fuera necesario (siempre lo es) de oponerse a las teorías vigentes («paradigmas» de los que habló Kuhn), por tanto, también se precisa valentía, y en no menor proporción, conocimiento matemático. Además, un buen científico intentará expresar su teoría con claridad.
A veces, las teorías ganan su lugar en la Historia de la ciencia, más tarde del tiempo en que fueron propuestas, como fue el caso de la teoría de los átomos de Leucipo y Demócrito, continuada por Epicuro, y que no fue tomada en serio hasta época contemporánea, cuando la desarrollaron Dalton y Avogardo.
Pero voy a poner un ejemplo de texto sencillo, el de Arquímides, titulado: El arenario. Está redactado en forma de carta-explicación al Rey Gelon de Siracusa, antigua Magna Grecia, hoy la isla de Sicilia en Italia. Comienza así: «Existen algunos, Rey Gelon, que creen que el número de granos de arena es infinito en multitud; y cuando me refiero no solo a los que existen en Siracusa y el resto de Sicilia, sino también al que se puede encontrar en cualquier región». La imaginación de Arquímides es tal (no en vano consiguió mover con una mano un barco, gracias a un sistema de poleas, que dedicará El arenario a explicar cuántos granos de amapola cabrían en el Universo. En aquel Universo, tal y como ellos lo imaginaban entonces, ya que ha ido cambiando a medida que cambiaban las ideas. Y así, mientras otros se dedicaban a intentar comprender su funcionamiento, él, con la excusa de los granos de arena y las semillas de amapola buscaba su magnitud.
Verdad es que la principal tarea de los científicos ocupados en las ciencias naturales ha sido siempre la de explicar el mundo en que vivían. La teoría geocéntrica la defendieron Eudoxo, Aristóteles, Ptolomeo. Tendría que llegar la modernidad para que Copérnico rescatase una vieja idea, la de Aristarco de Samos (230 a. de C.) que predecía una Tierra que gira sobre un eje imaginario y se traslada alrededor del sol. Teoría confirmada luego por Galileo, las leyes de Kepler y las del movimiento y la gravedad universal de Newton. La ciencia, a veces, da pasos de gigante. Se descubre el magnetismo, la electricidad. Esto supuso un cambio colosal. En el s. XIX, Lorentz con sus ecuaciones definirá la constante c de la luz que tomará en cuenta Einstein para su Teoría restringida de la relatividad, donde incluirá las dimensiones de espacio y tiempo. También es este, de Einstein, un texto sencillo, salvo el apartado matemático. En la Teoría General de la relatividad, hablará de ondas gravitaciones, algo confirmado hace poco tiempo, y, entonces, cuando ya parecía que se conocía bien el mundo surge la Teoría cuántica, la de Cuerdas y otras. Y aquel Universo fijo, en el que pensaba Einstein, se deshace frente a las nuevas opciones de un Universo en expansión que crea materia constantemente. Y así, una teoría supera a otra, y la ciencia y el conocimiento avanzan.
Pero hagamos un pequeño recorrido por ese camino. Los primeros grandes reinos con su burocracia necesitaron del alfabeto, la geometría y la matemática. El concepto de «tabla de multiplicar» deviene de esas muchas tablillas de arcilla en donde aparecen resueltas cuentas, de tal modo, que aunque alguien no conociera el procedimiento para llegar al resultado, este se podía aplicar para una construcción o el almacenamiento o inventario de elementos o productos agrícolas.
En su afán de distribuir el tiempo y comprender mejor las estaciones, surgió el Zodíaco-astronómico. Lo que era en el cielo debía ser en la Tierra. Se realizaban horóscopos. Se estudiaba a los planetas. En las entrañas de los animales que sacrificaban, esperaban encontrar señales, mensajes de los cielos. Los egipcios sabían que cuando la estrella Sotis (Sirio) aparecía en primavera, comenzaba la crecida del Nilo, y también sabían que volvía a desaparecer antes del comienzo del año. Nuestro calendario, básicamente, es el suyo.
Conocer cuáles eran los días más cortos y los más largos, parece fue tarea de los obeliscos, gracias a marcas que se ponían en la tierra por donde se proyectaba su sombra. Gracias a una técnica similar, Tales midió (lo cuenta Arquímides en El arenario) las pirámides de Egipto, al compararlas con su propia sombra. El obelisco, o en este último ejemplo, el propio ser humano, o en última instancia cualquier estilete, un gnomon, era capaz de escribir sobre la tierra. Su tinta, una sombra. La misma con la que en los relojes de sol, eran capaces de proyectar cada hora.
Lo curioso es que nosotros, ya no necesitamos pensar en estas cosas, damos por aceptado el mundo tal como nos ha sido dado a conocer. La tierra rota, se traslada alrededor del sol, y este con todos los planetas alrededor de la Galaxia. Este último tipo de viaje dura 240 millones de años y la tierra ya lo ha hecho una veintena de veces. Impresiona y maravilla.
La Vía Láctea, nuestra casa. Cuando decimos que la estamos viendo, solo estamos observando uno de sus brazos en espiral. El nombre procede de la mitología griega, según esta, hay dos versiones. Contaré una: a Hera, esposa de Zeus, le pusieron al pecho mientras dormía un bebé que Zeus había gestado engañando a una mortal (Alcmena). Si el niño (Heracles) tomaba la leche de Hera, se convertiría en inmortal. Razón por la que cuando Hera dormía, por orden de Zeus, se lo pusieron al pecho. Ella, al darse cuenta, lo apartó de sí, salpicando con leche el Universo. De ahí el nombre (Vía Láctea): «Camino de leche».
Si lo pensamos bien, nuestro primer maestro es este mundo, al que desde el principio de los tiempos las criaturas han intentado comprender. El hombre-la mujer preguntan con imaginación y el mundo responde con una y otra teoría. Las estrellas, los planetas, el gnomon o estilete todos nos han enseñado algo, todos han intentado dar valor a nuestras preguntas, mientras las respuestas pugnan por ser las verdaderas.
Realmente maravilla lo que sabemos pero mucho más lo que ignoramos.

miércoles, 27 de julio de 2016

TRUMP O EL PROTECCIONISMO AMERICANO


Pilar Alberdi

Aquel por quien nadie daba nada ya está a las puertas de la Casa Blanca. ¿Podríamos decir que representa mejor que otros a la población norteamericana? Probablemente, al menos no viene del sector político, es decir, de aquellas personas que viven de la política, como ocurre en aquel país y en otros, que hacen carrera con ella y que en consonancia con algunos lobbies que les financian deciden el destino de su país y, desgraciadamente, el del mundo.
Donald Trump es un empresario, hijo de empresarios, también hijo y nieto de inmigrantes, que acaba de decirle a sus conciudadanos que él es «su voz». Esencialmente se lo está diciendo a la clase obrera y media, blanca. Va a intentar representarles. Y podrá o no gustar su estilo de vida, sus maneras, sus convicciones, pero hay un dato interesante, sus hijos (de diferentes matrimonios) lo quieren y lo apoyan, y están con él en todos los actos, y eso, no me parece a mí que pueda conseguirse, si de verdad no lo quisieran. Como hijos, han comentado que sus padre nunca les impuso qué debían ser en la vida, y una de sus hijas ha dicho que de su padre aprendió que la palabra «imposible» es solo el comienzo de algo, un punto de apoyo para conseguir aquello que se desea. Y Trump, si algo desea en este momento, es gobernar para los americanos. Dice él que en la empresa privada ya ha conseguido el éxito y ha sido feliz obteniéndolo, y ahora lo desea para América. Evidentemente, no es un Obama queriendo parecerse a un Kennedy, es un Trump. Un empresario que en las últimas décadas del s. XX pasó serias dificultades para sacar adelante sus empresas. Por eso, supongo yo, le resultará intrascendente que a alguien puedan no gustar sus modos o sus palabras.
En su último discurso (El americanismo será nuestro credo), en la Convención Republicana que le ha proclamado como candidato al gobierno de la Nación, es cuando ha dicho por fin que ya podía hablar con más sinceridad, con más pero no con toda, intuyo. Evidentemente, aunque lo intentó desde el principio, no pudo evitar dar algún susto, y todavía los que dará. Pero si lo pensamos, basta que uno se salga de lo corriente, de lo que se espera que debe pensar todo el mundo, para que comience a asustar de verdad.
¿Qué dice Trump? (Al final pondré un enlace a su último discurso en español). Lo que está diciendo es que no está de acuerdo con la política internacional de su país, con la política llevada a cabo en Oriente Próximo, indirectamente al mostrar su reticencia sobre el papel en que la OTAN desarrolla su tarea, justificando en que otros no pagan lo que deberían económicamente para ser protegidos, lo que está diciendo es que Estados Unidos gasta una enorme, extravagante cifra de dinero que va a parar a las empresas armamentísticas, que son las verdaderas reinas de la economía norteamericana y las que imponen criterios de política y guerra, y todo esto para mantener un Imperio que bien puede llevarles a la ruina. Evidentemente, no habla mal en su discurso de los Busch, estos a fin de cuentas, son republicanos, y tampoco era cuestión de tirar bombas contra los suyos cuando intenta hacerse con sus votos, pero si lo hace contra Hillary Clinton. De ella dice que debería estar en prisión por sus pésimas políticas en Oriente Próximo, que evidentemente, no decidía ella sola, pero si fue ella la que declaró en un juicio, lo publicó The Atlantic y existe un vídeo, que ellos habían sido los creadores del grupo terrorista Daesch, luego llamado ISIS y posteriormente EI. Lo extraño es que nadie se preguntase cómo los medios de información iban cambiando estos nombres de mutuo acuerdo. Lo que sucede con los medios de comunicación es que tienen dueños, forman grandes corporaciones, y sus redes son tentáculos muy poderosos que en connivencia con la banca, los fondos de inversión y otros, hacen visibles las noticias que les interesan y otras no. Por supuesto, también hay economistas, periodistas y escritores a su servicio. Sinceramente, ¿cuántos periódicos tendría una que leer al día y en cuántos idiomas para poder sacar alguna conclusión relevante de lo que realmente sucede? Por ejemplo, y perdonen que me desvíe un minuto del tema, Francia declaró que tras el reciente atentado de Niza sus aviones salieron a bombardear puestos del EI en Siria. Solo he encontrado en un periódico español y he visto más noticias en las Redes Sociales, que lo que Francia bombardeó estas pasadas noches han sido poblaciones causando numerosos muertos y heridos.
Evidentemente, Trump es un peligro, y lo es para quienes sostienen que contratos como el TTIP o el TISA y otros que afectarían a Europa, gravemente, pueden resultar igual de malos para EEUU. No habla precisamente de estos contratos, aunque dice que se mirarán con lupa todos, pero sí comenta de otros firmados con otros países de su zona, por ejemplo con México. Incluso se ha atrevido a decir que si es necesario se marcharán de la Organización Mundial de Comercio. Veamos, la cuestión es sencilla, es igual de sencilla que para Europa, pero aquí también hay intereses para ocultarla, porque hay evidentemente una Europa de primera, de segunda y de tercera. Lo que sabe bien Trump es que el capitalismo financiero (banca, grandes fondos de inversión) y corporativo (multinacionales) de hoy en día, no tiene patria. Esto es un problema. Antes tenían patria, sí, por ejemplo, la mismísima Norteamérica, pero ahora no, y perjudica por igual a una país latinoamericano que a uno asiático, a un país del sur de Europa, o a un Estado de USA. Trump conoce bien esto y ha dicho que no permitirá que ninguna empresa radicada en su país, se deslocalice, es decir, se marche a México porque allí le sale más barata la mano de obra. Ya ha visto cómo han desaparecido tantas, dejando como lastre un altísimo número de desempleados. Si lo votan como presidente, ninguna empresa más podrá marcharse sin pagar económicamente por las graves consecuencias que ello conlleva, y si quieren irse tendrán que pagar una indemnización. También se queja Trump del comercio chino y de cómo este país devalúa su moneda para obtener ventajas, además, de la gran cantidad de copia de productos, que salen de allí, por los que no pagan derechos sobre patentes.
Por supuesto, Trump, no teme a Putin, ese fantasma que levantan los demás. Es más, cuando Putin intervino en Siria, el ahora candidato por los republicanos declaró que Rusia había conseguido en tres meses lo que la Alianza de países que decían estar luchando contra el EI, es decir, EEUU, Canadá, Inglaterra, Alemania, Francia, Arabia Saudita, Israel, etc, no habían conseguido en años, porque sin bombardear las carreteras, ni los miles de camiones que sacaban crudo hacia Turquía, ni aquellos que llevaban alimentos para compra-venta en las poblaciones tomadas por el EI, no se puede destruir a nadie. Además, ¿saben ustedes cuánto cuesta un vuelo de una hora de esos aviones? Más de cien mil euros. Yo creo que muchos pensábamos esto, que allí, para desgracia de la población (entre Siria y otros países se ha afectado la vida de más de cien millones de personas) se estaba jugando una guerra espantosa mientras se destruían ciudades y se expoliaba a la zona de su petróleo, y se obligaba a la gente a marcharse. ¿O no? (Si hasta Blair, ha emitido, después de una investigación, su particular «mea culpa» sobre el ataque a Irak). La diferencia fundamental que yo veo ahora mismo entre Rusia y USA, y es un pequeñísimo ejemplo, lo sé, pero tan importante siempre que en su día no lo vieron ni Napoleón ni Hitler, es que si ocurriese algo, Rusia, como en el pasado será defendida por su pueblo. De hecho no hace mucho el gobierno ruso implementó en las escuelas un plan para rescatar el respeto al pasado y a la tradición, y se recuerdan y se cantan canciones rusas en los colegios. Si se pierde el pasado, y el valor de la gente del pasado, se pierde un pie dónde apoyarse. Norteamérica, un país nuevo, tiene básicamente un ejército de mercenarios, es decir, de empresas que contratan soldados que envían al frente. Y armas similares, las tienen los dos potencias.
Entonces, recapitulemos un poco: ¿qué quiere fomentar Trump? El trabajo. No está a favor del capitalismo financiero. ¿Cómo dice querer hacerlo? Incentivando la construcción, por ejemplo, y potenciando a las empresas.Evitando la deslocalización; revisando contratos internacionales, reduciendo gastos. ¿De qué otro modo? Negando la entrada de productos. Es decir, estamos ante el viejo «proteccionismo», frente a una globalización que perjudica a los ciudadanos a quienes los Estados, y esto lo vemos día a día, no defienden. ¿O hace falta poner ejemplos? Yo creo que no.
Decir que «el libre mercado se regula solo» y un resto de frases parecidas, que solo hace más ricos a algunos ricos y más pobres a la mayoría de la población mundial, solo nos indica que estamos dentro de los «prejuicios» de la época, algo sobre lo que el filósofo Gadamer llamó la atención, con mucha razón en su día. Si te has aprendido de memorilla ciertas cosas, no tendrás visión para criticarlas.
Si la mitad o más del comercio mundial se realiza entre las filiales de las distintas multinacionales, es normal, que intenten que se hagan unas políticas y no otras, bendicen la «globalidad», hasta ser capaces de decir que el agua para consumo humano, la que hoy gestionan los Estados, hay que privatizarla, igual que quieren privatizar la sanidad o la educación. Sí, desde su punto de vista se puede todo, eso es lo que tiene el poder, obligar a las pequeñas o medianas empresas a que les trabajen con marcas blancas o en exclusiva, pagar sueldos de miseria, provocar que el pequeño comercio desaparezca, trasladar constantemente sus empresas a los paises que les ofrezcan la mano de obra más barata, y que, además, sus beneficios acaben en los paises en donde tienen sus centrales.
Por supuesto que Trump, asusta, ¿o alguien tiene dudas?



Enlace al discurso de Donald Trump en la Convención República, julio de 2016: El americanismo será nuestro credo

sábado, 23 de julio de 2016

Escena con nietos



Pilar Alberdi

Voy a contarles una escena que podría repetirse en cualquier hogar español. He preferido definir el país para que se pueda comparar con otros. Sin duda, es posible con aquellos que tienen unas creencias similares, una posición económica y política parecidas.
Tenemos un manojo de nietos que van de los tres a los once años. Un regalo de la vida. No sé qué tal versión de abuelos somos con mi esposo, pero intentamos ser accesibles. Y, ahora, que ya peinamos cabellos blancos, ser así, no es poca cosa. Sumamos a eso, pequeños detalles como que mi esposo se desviva para conseguir suficientes cohetes, petardos, buscapiés para armar (quiero dejar constancia de que nuestros vecinos, vivimos en un barrio de casas bajas, no se quedan atrás) una buena traca para Año Nuevo, fecha en que siempre nos reunimos en familia. Sin ser chinos ni poner en movimiento dragones, queremos que los dioses se enteren de que ha comenzado el año y seguimos aquí. A las estrellas, ya sabemos que no alcanzaremos a perturbarlas. Los dos, hacemos hueco en vacaciones para que los pequeños de la familia colaboren en la cocina, algo que les encanta; con el abuelo hacen pasta fresca y le ayudan a preparar las tartas. Conmigo, preparan las comidas habituales. Nuestros pequeños ayudantes, muy atareados el resto del año con las tareas escolares, en vacaciones de Navidad, Semana Santa o en verano, nos ayudan lo mismo a picar pimientos que cebollas o pasar las croquetas por huevo y pan rallado. Y, además, saben respetar e incluso organizar los turnos. De tal modo que son capaces de hacer confluir sus juegos y la cocina.
Pero yo quería contarles otra historia, no ésta. Ocurrió hace poco, en Madrid, en donde coincidimos hace un par de semanas, y nos reunimos en familia. Estaban los cinco nietos sentados en un amplio sofá, habían estado jugando con sus tablets y cerca ya de la hora de cenar, mi hija les pidió que dejasen ya de jugar y pusieran en el televisor dibujos animados. Obedecieron. Yo que estaba detrás, sentada a la mesa del salón, mire con ellos un par de dibujos animados, mientras pensaba que no estaban logrando llamar la atención de los niños, puesto que el más pequeño, se sentó en el suelo y comenzó a levantar una estructura con piezas de colores de esas que imitan ladrillos. Pronto se ofreció a ayudarle otro de los pequeños, y entre ellos se pusieron de acuerdo para seguir adelante con el juego. Mientras los niños mayores conversaban, la televisión seguía emitiendo imágenes y sonido, realmente, para nadie. Bueno, para mí que la estaba mirando. En los dibujos, un muchacho que se las daba de «muy listo» resolvía un caso de tipo detectivesco, mientras trataba de tontos al resto de sus compañeros y a los adultos. El segundo programa de dibujos animados erasobre una patrulla de perros. Entre conversaciones e imágenes a las que no prestaban atención, los niños mayores decidieron poner otros dibujos. Eran de esa clase de dibujos animados con violencia gratuita, superioridad mal entendida, un poco como una de las series anteriores pero de manera más grave, había armas, golpes y malas contestaciones, algo así como aquellas series de El gordo y el flaco o Los Tres chiflados que veíamos nosotros de niños, pero en plan más violento. Me pregunté si las cadenas de televisión no deberían elegir bien los programas que compran, así que cuando mi hija volvió a aparecer, le dije:
—No sé qué opinarás, pero o yo he perdido la costumbre de ver dibujos animados o estos son muy violentos.
Mi hija los miró un minuto y dijo: —Pero, ¿cómo podéis ver esto? Mejor una película.
—Vale —contestó uno de los niños mientras comenzaba a buscar una película. ¡Ay que ver lo hábiles que son con las nuevas tecnologías! Pasaron varias películas y yo vi la carátula de Narnia. Justamente había estado hablando con mi nuera sobre ese libro, y entonces ella me recordó, que ya se lo había pasado para que lo leyera la niña.
Cuando vi que ponían Narnia, me alegré y pensé: «¡Qué gran historia!», y me dispuse a disfrutar del momento como una niña más. Y entonces ocurrió… La primera secuencia comienza con la insinuación de que hay una guerra, y unos niños —los protagonistas— están preparando maletas para hacer un viaje; luego se ve una estación de tren a donde los llevan y allí muchas madres (algún padre, los demás deben estar en la guerra) que los ayudan a subir al tren y los despiden. No hay demasiadas lágrimas, la contención dramática está bien conseguida, tanto que se parece poco a las verdaderas escenas de este tipo que hemos podido ver en documentales, por ejemplo, como cuando durante la Guerra Civil Española se enviaron niños a Francia, Inglaterra y Rusia. Sin embargo, nuestros nietos que poco antes se habían manifestado tan desafectos a dibujos animados que no lograban llamar su atención, comenzaron a moverse e inquietarse y a hacer preguntas sobre lo que les ocurría a los niños de la película: «Pero, ¿a dónde van?», «¿Por qué se marchan solos?», «¿Por qué no van las mamás?» Y cuando mi nuera y mi hija se acercaron, ellos volvieron a preguntar, alguno ya puesto en pie, como reclamando justicia, por favor, qué era eso de mandar a los niños lejos, y, además, solos.
—Mamá, ¿y tú qué harías? —preguntó el que estaba en pie, y que unos días después cumpliría seis años.
Para entonces yo les había explicado que se trataba de una guerra y que los adultos intentaban poner a salvo a los niños. También les dije que eso ocurría hoy en día.
Entonces mi hija, me miró, intentó ponerse al tanto en un par de segundos de lo que ocurría, y tomándose tiempo para reflexionar, dijo:
—¿Yo?
—Sí, ¿nos mandarías solos? —insistió otro de los niños.
Mi hija, contestó: —No, nosotros nos iríamos juntos.
Mi nuera, que acaba de acercarse, también fue interpelada y contestó de manera similar.
Los niños se quedaron en paz. Los que se habían puesto en pie, tomaron asiento. Había una solución mejor que la de mandarlos solos, si ocurriese algo, existía la posibilidad de marcharse juntos. (Al menos, y esto es lo que estaba en el aire: lo intentarían. Y en esa promesa implícita estaba la solución), y la reflexión había sido elaborada, con preguntas de los niños y respuestas de los adultos.
Para entonces Lucy, jugando a las escondidas, había entrado en el gran armario de la mansión, se había desplazado entre abrigos de piel y, de repente, estaba en el maravilloso mundo de Narnia, nevaba, había farolas de luz encendidas y pronto apareció el fauno.
Como era el momento de cenar, se apagó el televisor. En la mesa no se habló más del tema. Además, los niños, a esa hora de la noche suelen estar muy cansados y, los padres, agotados.
Pero ahí estaba lo evidente, unas escenas de Narnia habían logrado lo que no habían conseguido los dibujos animados, mover sus conciencias, les habían obligado a enfrentarse a la realidad que vivían otros niños, a un problema concreto que sucede también en el presente y que, sin duda, les pareció muy grave.

jueves, 14 de julio de 2016

Griselda Pollock: Jean François Millet



Pilar Alberdi

«Entender la obra de Jean François Millet (1814-1875) ―explica Grisselle Pollock― supone entender la centralidad que concede al campesino y a las labores del campo» (…) «Al observar sus figuras de campesino, no se acaba de saber si estamos ante una invitación a adentrarnos en un idílico mundo rural de armonías pastoriles o ante el manifiesto sobre lienzo de un defensor del socialismo humanitario».
Jean François Millet nació en Gruchy, en Normandía, en una familia campesina. Es allí donde aprende latín con el párroco del lugar y en dónde un par de pintores valorará positivamente su incipiente obra. Evidentemente, no era una familia campesina convencional. Su madre tenía dotes artísticas. Su padre era organista y calígrafo. Uno de sus hermanos fue cura, otro médico, un tercero hizo un viaje alrededor del mundo. El propio Jean tomará rumbo a París, repitiendo la historia de cientos de miles de campesinos, obligados por los bajos rendimientos económicos de las cosechas y las expropiaciones, a acudir a las ciudades con el fin de encontrar un futuro en las nuevas fábricas, los talleres y comercios, no menos que en la burocracia estatal. Así fue la realidad que se encontró: «Y París, negro, lleno de barro y de humo, donde llegué una tarde, fue para mí la más penosa y decepcionante de las sensaciones». Un mundo comenzaba, allí donde otro había acabado.
En París intentó abrirse paso como pintor. Pero, ¿qué burgués querría adquirir cuadros con motivos de campesinos, pintados por alguien que, además, se consideraba un campesino y no renegaba de su origen? La ciudad le pasa rápidamente factura: para sobrevivir acaba pintando desnudos de mujer. Para entonces su primera esposa había fallecido a causa de la tuberculosis. Todavía después, formalizaría un segundo matrimonio.
La Revolución de París de 1848, igual que el resto de revoluciones que se sucedieron en un corto período de tiempo en otras ciudades europeas, le abre las puertas del Salón, que por primera vez en 1849, no impone un criterio previo de selección.
Sin embargo, la ciudad no puede dar lo que promete: felicidad. Por eso, toma la decisión de volver al campo. Elige un pueblo: Barbizon. Allí encontrará lo que buscaba y se creará una escuela de pintura que será representada con ese nombre. Escribe en una carta sobre su forma de vida: «Me dirá que esto siempre es soñar y un sueño triste, aunque delicioso. Uno está sentado bajo los árboles, sintiendo un gran bienestar, toda la tranquilidad de la que cabe gozar, ve uno venir por un pequeño sendero a una pobre figura cargada con un haz de leña; el modo inesperado y siempre asombroso en que aparece esta figura remite instantáneamente hacia la triste condición humana, hacia la fatiga». El pintor se somete y reverencia aquello que pinta. Su intención recorre por entero su proyecto: «Ojalá pudiera hacer sentir a los que miran lo que hago, los terrores y esplendores de la noche. Ojalá pudiera hacerles oír los cantos, los silencios, el ruido del aire».
Del natural, toma bocetos que luego pinta en el taller. Nunca trabaja sobre un solo cuadro sino sobre varios. A todos les da esa profundidad y ese aire envolvente propio de los atardeceres. Las figuras suelen ser más oscuras que el entorno que las rodea; las líneas del horizonte se mantienen a los lados para dar profundidad. Su pintura no refleja lo que pueda ver un visitante de un pueblo del interior, sino lo íntimo, lo que sucede allí, lo que solo pueden ver algunos, lo que merecería ser llamado a ocupar el primer plano, por ejemplo, al pie de un árbol un campesino realiza un injerto; en otra imagen, una niña juega y abraza las piernas de sus padres; en una más, las espigadoras, condición de los más pobres, de los que nada tienen, recogen los restos de mies de entre los terrones soleados de la tierra. Hay una imagen que sublima a todas: la pareja campesina que reza con la cabeza baja a la hora del Ángelus.
La ciudad atrapa y domina, contrae el espíritu, quizá por eso se busca liberar al ser con salidas al mar, a los grandes parques públicos, al campo. La pintura también cumple así su nuevo destino. Todo la favorece. Las pinturas al óleo comenzaban a venderse en pomos, y los caballetes portátiles facilitaban la salida al aire libre para pintar. También la lectura está en su apogeo. Con Millett y quienes le siguieron se afianzó el Realismo. Luego llegarían los Impresionistas, quienes también admirarían las obras de los que no fueron corrompidos por los nuevos tiempos. La enorme influencia de Millett, llegará hasta los cubistas. Dalí le dedicará varios reconocimientos, muy especialmente, algunas obras, recreando a su admirado Ángelus.
A veces, bastan unas palabras para definirse, quizá pocas como estas de Jean François Millet expresen su confianza en los temas que pintaba: «Creen que me pueden domar, que pueden imponerme el arte de los Salones, ¡pues, NO! Campesino nací y campesino moriré… Permaneceré firme en mi terreno, sin retroceder ni un zueco». Y así lo hizo. Sobrevivió gracias a las compras que de sus cuadros hicieron algunos amigos y pequeños coleccionistas. No muchas décadas después, comenzaban a revenderse o subastarse a precios exorbitantes. Para entonces, él había fallecido y sus descendientes continuaban siendo pobres, de ahí que reclamasen una parte de esos derechos. Es lo que tiene el comercio, que no entiende lo que vale realmente el arte: una vida, muchas vidas, tantas horas de dedicación y estudio.
Algunas de sus obras más influyentes pueden verse en el Museo de Orsay de París. Solo en dibujos se conservan más de seiscientos.
Aquí los nombres de algunos de sus cuadros más conocidos: Pastora con rebaño, El cribador, Ángelus, La batidora, El sembrador, Mujer de la lámpara cosiendo



Palabras de la contraportada:
«Misticismo bíblico, nostalgia de una infancia rural, conservadurismo pastoral, expiación burguesa, agrarismo revolucionario… ¿cómo entender esa majestuosa presencia del campesino y de las labores y horas del campo en la obra de Jean François Millet (1814-1875)»

La editorial: Casimiro.

viernes, 1 de julio de 2016

GUSTAVE LE BON: PSICOLOGÍA DE LAS MULTITUDES


Pilar Alberdi

Gustave Le Bon (1841-1931) escribió entre otras obras: la Psicología de las multitudes y la Psicología de las Revoluciones.
Voy a intentar resumir ambas lecturas. Lo primero que hay que decir es que el texto Psicología de las multitudes (1896) dio base al de Sigmund Freud, La psicología de las masas (1921). Freud inicia el suyo con numerosos párrafos de aquél, distribuidos a lo largo de las primeras páginas, y sorprendentemente critica que el autor no haya dicho nada que otros no hayan dicho antes, lo que pone en muy mal lugar a Freud. ¿Si no dijo nada nuevo por qué toma tantos párrafos de Le Bon? Además, Le Bon citó en su obra sus referencias, entre ellas las del historiador Taine. Lo peor de este hecho es que al final de su texto, Freud, alabará la obra de Le Bon en dos ocasiones, y digo lo peor, en el sentido de que algo no hizo bien al principio, cuando al final no puede ya evitar darle el mérito correspondiente. Sé que estos detalles pueden parecer menores, pero no lo son. Todo lo ocurrido nos informa de lo acertado del análisis de Gustave Le Bon, que, lógicamente, escribe desde una posición burguesa y para un público lector burgués, en una época determinada, y aquí en vez de censurar ese matiz, apelamos a la interpretación que, desde otro momento histórico, el nuestro, podemos hacer, intentando sacar lo que pueda valer para este.
Hechas estas aclaraciones, doy inicio al comentario de la Psicología de las multitudes.
Ya en la introducción nos anuncia: «Los hombres se gobiernan por ideas, sentimientos y costumbres». Este pensamiento se proclama deudor de un planteamiento base para el texto general. Aunque en algún momento las revoluciones pueden ser criminales, porque la multitud puede actuar violentamente, la verdadera revolución suele estar en el cambio de ideas (hoy diríamos «paradigmas»): religiosos, científicos y sociales. Las revoluciones sociales y religiosas, por ejemplo, la Revolución Francesa y el protestantismo, nos resultan más conocidas. Las científicas que son las más lentas en producirse, son también las que al cabo del tiempo, modifican más directamente la vida de las personas.
Detrás de todas estas revoluciones, sin excepción, aunque pueden darse otras explicaciones, y Le Bon ofrece más justificaciones, la más importante, es «el descontento». Que no suele ser de un día sino de años y siglos.
El término «masa» sirve al autor para explicar un conjunto de personas que en una determinada situación pueden moverse a hacer algo con algún fin. Unas estarán motivadas conscientemente, y el resto inconscientemente; estas serán las que actúen por sugestión e ilusión.
Numerosos políticos han sabido utilizar este efecto, como fue el caso de Hitler. De quien no se tienen dudas, que leyó esta obra.
Por ejemplo, dice Le Bon, que no es lo mismo una multitud que permanece sentada que otra que está de pie. Que las marchas y los cánticos ayudan, además, a ponerla en movimiento, a que vibre al unísono. Recuérdese las puestas en escenas teatrales de Hitler, a quien Le Bon no conoció, y se verá que, además, de cumplir con estos requisitos, en general, las convocaba al atardecer cuando la gente, después de un día de faena, estaba más cansada y más dispuesta a dejarse llevar por el pensamiento de otro o, al menos, a dejar pasar ideas que quizá, en otro momento, no admitiría ¿Qué había conseguido Hitler, para conseguir su favor? Vencer el «descontento». ¿Cómo? Con créditos internacionales y promoviendo la industria militar, con lo que obtuvo un alto número de puestos trabajo. ¿Qué más aportaba? El ideal de algo grande, una gran nación alemana que nunca más sería derrotada y humillada como en la Primera Guerra Mundial, y sobre todo prometía un poder colosal. Escrito esto así, nos recuerda temas preocupantes de la actualidad referidos a la militarización de algunos países, las guerras económicas, de momento no se trata tanto de conquistar territorio como mercado, y la pretendida imposición de la globalización. Tema que no entraré ahora a valorar. Si Le Bon hubiese alcanzado a ver el nazismo, habría dicho simplemente que apelaba a los «sentimientos» y deseos más inconscientes de la gente, pero también se podría decir los más básicos (un sueldo, vivir), ya que sin estos no se puede mover a las masas. Reconozco que la palabra «masa» nunca me ha gustado y que me repele tanto como «raza», lo que no impide que yazgan ambas bajo la realidad presente, larvadas de muy diferentes modos. Para el caso también podría decir que no me gusta «multitudes», porque creo que en esta se diluye, el sentido que se le puede otorgar a «masa» y que incluye, el de cierta «manipulación», algo que incluso la prensa puede realizar con notable éxito.
Si comparamos ese tiempo, teatral en cuanto a las puestas en escena de los sentimientos públicos y su control, y las emociones públicas en los programas televisivos donde debaten políticos del presente, creo que, aunque se logran algunas emociones y mover algunos sentimientos, ante la televisión, eso de estar en casa, sentado, cómodo, y quizá picoteando algo de comida, no podrá mover muchas voluntades.
A la vieja historia del pueblo acudiendo a Versalles a buscar lo que le habían dicho que había allí, pan, alimento básico en esa época para la mayoría, y aunque pan no se llevaron, si al rey que acabó en París, hay que sumar estos datos, previos, que señala Le Bon: «el influjo de los escritos filosóficos» precedentes (Voltaire, Diderot, Rousseau…); «las imposiciones de la nobleza» que no aceptaba como iguales a los burgueses, muchos, incluso más ricos que aquellos; «el progreso científico» (el heliocentrismo, las nuevas matemáticas, la cantidad de libros que se editaron a partir del protestantismo y, en Francia, muy especialmente, la Enciclopedia y otros tipos de volúmenes sobre historia natural). Aparte de lo que ya he sumado como aclaración personal, a lo indicado por el autor, y solo para ampliar las referencias, indicaría que el único «estamento» de la población que pagaba impuestos era el de los campesinos, los pagaba al rey, y al clero a través del diezmo, y ambas eran de carácter obligatorio.
Para que se aprecie esta correlación del «descontento» a través de los años y los siglos, y esto es importante, el tiempo de duración de ese descontento, quisiera recordar a Tomás Moro, estadista inglés, quien escribió en 1515, su Utopía, la primera de este tipo, donde narraba la vida de una comunidad idealizada en la que los campesinos, aquellos de los cuales vivían todos los demás, eran respetados y cuidados en la vejez, gracias a que todos los habitantes, sin excepción, debían trabajar seis horas al día. Valga esta indicación para comprender cómo los males se perpetúan en el tiempo sin darles solución hasta que estallan.
Pero Le Bon, habla, esencialmente de Francia. Y hace una reflexión muy importante: las masas son «conservadoras». Como dice Le Bon, se «necesitan siglos para formar un sistema político y siglos para cambiarlo». Miremos atrás: ¿cuánto duró aquello que denominamos hoy «feudalismo», cuántos siglos tiene ya el «capitalismo»? Los cambios no pueden hacerse de un día para otro.
Hay una frase esencial del autor que se puede aplicar no solo a la política, sino a la literatura, a la publicidad que intenta moldear a diario nuestras vidas. Esta frase es: «El poder de las palabras está relacionado con las imágenes que evocan», evidentemente, palabras como «libertad», «igualdad», «pueblo», «patria» son apreciadas por aquellos que puedan darles valor, y no siempre representan lo mismo para todos. La palabra «patria» en boca de unos u de otros no es lo misma. Pero las palabras se desgastan, cambian sus significados y su afectación con las épocas y los sucesos, con los momentos históricos y el devenir. Esto, y está bien decirlo aquí, no lo han inventado algunos sociólogos o filósofos de hace dos días, no, ya se había utilizado en el siglo XIX, como tantas otras que también se sabían. Incluso en la antigüedad, cuando Platón apela a las Ideas innatas, no está haciendo otra cosa más que querer fijar para siempre algo, el significado de belleza o verdad, frente al caos y el horror.
Una masa es «un rebaño servil» que necesita de un «pandillero» para llevarla adelante. Así lo expresa Le Bon. El pandillero podría ser un buen pastor, pero no suele suceder así. Generalmente tiene sus intereses y está rodeado de un grupo de amigos o amiguetes que imponen su impronta, sus deseos y su moral, que puede llegar a ser todo lo baja que uno se pueda imaginar como ocurrió con el nazismo. A esto, Albert Camus, le llamó: «la moral de la pandilla».
El pandillero y sus amigos, cuando las tornas les van bien, apelan a su prestigio (ascenso), a sus victorias, y esperan obediencia gracias a los que se van sumando. Pero, y aquí está el problema, la masa no es agradecida. La masa cuando se pierde el poder que antes se tenía o cuando ve rebajado el prestigio por el que se adscribió a un movimiento, cambia de opinión. Porque la masa que es básicamente «conservadora», la que se mueve cuando ya se ha iniciado todo, la que se suma al carro del éxito, esa, solo es fiel a sí misma hasta el final. Y lo suyo, es ser conservadora.
Como hoy en día, la educación está extendida y normativizada, la variación mental que hoy podrían tener las multitudes en un territorio concreto es mínimo, ya que el pensamiento y la opinión común se parecen. Además, Le Bon, aclara: «Un líder solo rara vez se halla por delante de la opinión pública», lo habitual es al revés.
Por último, añadiré algunas líneas como comentario de La Psicología de las Revoluciones. De la clasificación de las revoluciones, ya hemos citado su división en religiosas, sociales y científicas. Un detalle, suelen comenzar por la cúspide, no por el pueblo; yo añadiría simplemente que suelen comenzar por los que tienen más conocimiento de la situación y por los que asumen la necesidad del cambio, en el caso de la Revolución francesa, los burgueses propietarios, no el pueblo que nada tenía. Los burgueses a los que les faltaba el signo de la relevancia que detentaba por entero la nobleza, porque podían tener riqueza, pero no tenían la distinción que otorgaba ser noble. De hecho, aunque proclamadas las palabras «justicia, libertad, fraternidad», la Revolución no igualó a las mujeres con los hombres, dejando a la mitad de la población sin sus derechos, aunque sí garantizó los derechos de propiedad de los hombres burgueses, después de haber expoliado parte de la riqueza al clero y la nobleza, algo que más tarde les restituiría, una cuarta parte aproximadamente, Napoleón. El cambio que se llevó a cabo desde la constitución de la Asamblea Nacional, a la Constituyente, la Legislativa, la Convención, el Directorio, el Consulado de Napoleón y su posterior coronación, las guerras en Europa con Prusia y Austria, más la expansión imperialista, ocurrió en pocos años, y fue una vuelta atrás en diferentes aspectos, aunque, sin duda un avance irreversible en otros, como en la constitución de los futuros Estados y la unión burguesía-democracia parlamentaria, superando a la de electores.
Aunque la obra de Le Bon, está dedicada a sus pares, no duda en señalar los cambios habidos en las diferentes constituciones que se fueron sucediendo. En la Constitución de 1789 el art. 1º de la Declaración de Derechos exponía que «Los hombres nacen y permanecen libres y poseen los mismos derechos»; en la constitución de 1793, Art. 3º, pasó a señalar que «Todos los hombres son iguales por naturaleza», y en la Constitución de 1795, ese artículo 3º decía, simplemente: «La igualdad consiste en que la ley es la misma para todos». Al final, ¿todos los movimientos se traicionan a sí mismos? Algo para pensar.
Un detalle importante que resalta Le Bon, una Revolución no es posible si no participa el ejército o si no se abstiene. Y no es algo que pueda ocurrir de un día para otro. Para los hechos que se han citado, habría que sumar un factor como el analfabetismo (el autor no indica nada al respecto al analizar la Revolución francesa, como tampoco toma en cuenta a las mujeres). Pero el analfabetismo de esa época era del 70% y el campesinado vivía en la miseria, mientras la Revolución Industrial y la expropiación de las tierras comunales los empujaban a las ciudades, convirtiéndolos en obreros de los grandes talleres. En su obra, El dinero (1913), Peguy (1873-1914) escribe: «Ya no hay pueblo. Todos son burgueses. Nosotros hemos conocido y hemos tocado la vieja Francia. ¿Quién lo creerá? (…) El mundo ha cambiado menos desde la venida de Jesús que en los últimos treinta años».
Me permito hacer otra aclaración que, llegados a este punto, me parece necesaria: si la Revolución del 17 cuajó en Rusia, fue por las condiciones en que vivían los campesinos, siervos hasta la segunda generación incluida, y analfabetos, la llamada «gleba» («terrón de tierra»), que se podía vender con la propiedad o por separado, de hecho, a estas personas se las vendía en los mercados de ganado. Recordemos la posición de Tolstoi, sus conflictos personales y los que mantuvo con su familia y el zarismo, que finalmente le llevan a la liberación de todos los siervos de sus tierras y a crear una escuela para ellos, así como una defensa pública de los derechos básicos.
En resumen: dos obras de actualidad, por las que el tiempo ha dejado esa sensación de que los hechos en el fondo cambian poco y que nos hablan de la manipulación, y también de cómo bajo el momento superficial de los acontecimientos hay creencias fijas que se mantienen por siglos. Creer que, porque en un momento dado pueda haber un cambio social superficial, este se consolidará, es no conocer estas leyes no escritas.

domingo, 12 de junio de 2016

Simone de Beauvoir: «¿Para qué la acción?»


Pilar Alberdi

«Plutarco cuenta que un día Pirro hacia proyectos de conquista…» Así comienza el texto ¿Para qué la acción? de Simone de Beauvoir. Pirro no está solo. Es Cineas quien escucha sus planes, irá a África, dice, luego a Asia, Arabia, tantos proyectos como tiene. Como la lista es larga, Cineas que le escucha atento, pregunta constantemente: «¿Y después?» Y por los labios de Pirro se derraman remotos lugares. «¿Y después?», es Cineas otra vez quien interroga, intentando encontrar el sentido y el fundamento último de la campaña. Entonces, quizá cansado ya mentalmente de tanto viaje y tantas guerras, Pirro, dice: «Descansaré». Entonces, «¿Por qué no descansar, inmediatamente?» sugiere Cineas. Pirro tenía desde el principio la respuesta en su mano, pero la vida es como es, acción o «movimiento», y también «voluntad», lo señaló Aristóteles, y lo corroboraron Schopenhauer con su «Voluntad de representación» y Nietzsche con su «Voluntad de poder».
El cuento de Plutarco es el cuento de nunca acabar. Las personas lo conocen bien. Todos lo conocemos bien. Pirro estaba tan envuelto en su historia personal, que es, sin duda alguna, parte de la Historia general, como nosotros en la nuestra. Simone de Beauvoir lo sabe, es inteligente y culta, en realidad sabe muchas cosas, las dice claramente, y reconoce que la oposición siempre está ahí.
Existencialista como Sartre, sabe que si «me encierro en mí, el otro también está cerrado para mí». El existencialismo se opone al ritual cartesiano del «Pienso, luego existo», su himno de batalla, que a algunos parece frío es, simplemente: «Existo, luego pienso».
Hay esa idea extraña de que todos los existencialistas son ateos; no es así, los hay de distintas religiones. A fin de cuentas, ¿quién en su sano juicio se negaría a reconocer que este vivir, es lo más sagrado y lo más digno de respeto? Cuando nos importan los otros es porque nos importa su vida, porque damos valor a la nuestra, a la intersubjetividad que nos une.
Beauvoir es exigente, y esto, si en su tiempo fue importante cuánto más ahora: «Es mío solamente aquello en lo que reconozco mi ser, y no puedo reconocerlo sino ahí, donde estoy comprometido; para que un objeto me pertenezca es preciso que haya sido fundado por mí». En esta hora en que nadie lee y todo es un copia y pega, y cuatro letras, y se paga por decir estupideces por la televisión, el ser que piensa tiembla. Porque ser es constituirse día a día, comprenderse para comprender. «No se puede saciar a un hombre, no es un vaso que se deja llenar con docilidad». Y es verdad que una persona que se siente a sí misma, y se busca para ser quien puede llegar a ser, no puede saciarse, y esperará que lo mismo suceda en los demás.
«Heme aquí sabio, ¿y qué hago ahora?» Ese es el problema, el sabio sólo puede ser. Y ser es elegirse, y si se elige honesto querrá que los demás también lo sean, al contrario que el corrupto que para ser como es, prefiere a los otros también corruptos.
El existencialismo trata de la responsabilidad con uno mismo y con los demás. Hay una trascendencia que se nos escapa si se trata de declarar cuál sea la mejor religión, pero hay otra que no se nos debería escapar, el otro vale tanto como yo, y a mí me corresponde estar alerta para que esta justicia que quiero en este mundo se cumpla.
«La humanidad es una serie discontínua de hombres libres aislados irremediablemente por su subjetividad». Pero es ésta subjetividad, esta diversidad, la verdadera joya. La idea de una globalidad, es aberrante, primero por la violencia que supondría implantarla, segundo por la igualación que se pretende.
«No se llega a ninguna parte. No hay más que puntos de partida». Hay que vivir unos cuantos años para saber que este es el verdadero camino, un camino interminable, que la persona que intenta completarse recorre. Primero cree que está más allá su punto de llegada, y alcanzado ese espacio, surge otro y otro, y va más lejos. Movimiento y voluntad, físico e intelectual, esa es la cuestión. La vida no se detiene. Las generaciones tampoco, unas detrás de otra son elevadas por la onda de la vida, entonces el rebalaje marcará un nuevo día y otro y otro.
En El ser y la nada de Jean Paul Sartre puede leerse: «No hay elección, sino por un acto que vuelve sobre las cosas: lo que el hombre elige, es lo que hace, lo que proyecta, lo que crea». No está en la muerte nuestra ontología, como pretendía Heidegger, por supuesto que no, está en esa vida que busca expresarse una y otra vez de la manera más completa.
Hay en el texto de Beauvoir, frases que duelen: «No somos jamás para otro, sino un instrumento», «dar una vida no confiere ningún derecho sobre esa libertad»; sin embargo, es al otro, sea cual sea al que necesitamos para nuestra «fundación». El otro, nos desvela.
Haciéndose eco de la voz de Sartre, dice: «Si hago de un grupo de hombres un rebaño, reduzco a igual condición al reino humano, y aún si no oprimo más que a un solo hombre, en él late la humanidad».
El existencialista es alguien que pide responsabilidad. Sartre decía que la gente quiere que se nazca «héroe o víctima», pero hay que elegir, en cada pequeña acción ahí está nuestra elección y también nuestro destino.

miércoles, 1 de junio de 2016

AUGUSTE RODIN: CHARTRES




Pilar Alberdi

Cuatro voces para explicarnos la catedral de Chartres, el gótico, y un siglo, aquel, en que se dejaba atrás la calma, en el que los paseos ya no serían los de antes y las fábricas comenzaban a tragarse el «aire bueno», a medida que las antiguas callejuelas escupían esporádicamente los primeros vehículos a motor y los escaparates se llenaban de productos en busca de compradores. Pero no todo había cambiado, todavía, al menos en Chartres, un rico podía ser llevado en andas sobre una silla, para que no se embarrase como los demás mortales.
Cuatro voces, la del pintor Auguste Rodin, gran escultor, y tres escritores como Rainer Maria Rilke, Henry James y Stefan Zweig, no son poca cosa, es como mirar la vida del siglo XIX a través de la sensibilidad más fina, del genio más poderoso.
Rodin se complace en recordar que John Ruskin, fue uno de los primeros que supo apreciar «las antiguas catedrales e iglesias de Francia»; Víctor Hugo, incluso, defendió esos tesoros de posibles nuevos trazados de carreteras, como cuando en París se exigió «echar abajo la torre de Saint-Jacques» y el encaró una protesta pública.
Para lo nuevo, lo viejo y heredado, parece tener los días contados, sin embargo, ahí estaban ellos, los artistas, los escritores, dispuestos a defender el pasado. ¿Dónde mejor que frente a la catedral de Chartres se puede aprender arte? Rodin cree que le debe mucho a sus visitas a la catedral, donde los claroscuros de las formas externas y en relieve, donde las figuras sonrientes, donde el ángel custodio del reloj de las horas humanas espejeaba ante «un sol dorado como un pan».
¿Dónde, cuando acaba el gélido invierno ―pregunta Henry James― el insoportable frío se refugia mejor de la incipiente primavera que en el interior de la catedral?
En el Ciclo de Chartres, los poemas de Rainer María Rilke dedicados generosamente a la ciudad, el poeta pinta el paisaje con palabras. Ahí, nos dice: «se acuclillaban las viejas casas como una feria», es lo que tienen los pueblos que se agrandan, que se hinchan por el paso del tiempo; «allí, en aquellas pequeñas ciudades puedes ver cómo habían crecido por encima de su entorno, las catedrales»; y ¡qué misteriosa, qué intrigante!, la catedral de Chartres, con una torre romántica y otra gótica. Luego, hasta parece lógico que Rodin nos diga que la vida ―en aquel lugar― «vacilaba al tocar las horas».
Y es Stefan Zweig, sin duda y como ya demostrase en algunas de sus obras, el que más desesperado parece ante los tiempos que se avecinan. Ha pasado por París y aquello lo ha sobresaltado. ¿Qué era aquel estrépito, aquella marea de gentes, aquel nuevo parecido a Nueva York? «La luz blanca y cegadora inunda las calles abarrotadas de gente [ha llegado la electricidad], los carteles luminosos saltan de tejado en tejado [se anuncian las películas en los cines], y el temblor de los automóviles sobre el asfalto se siente hasta en la última planta de los edificios». Todo ha sido transformado por el progreso; no hay sosiego, todo es celeridad, todo el mundo corre, corre, pero ¿a dónde? Atestigua: «En ninguna parte se puede encontrar ni media hora de calma, ni siquiera de madrugada» (…) «su nerviosismo, su rabiosa inquietud [la de la ciudad] se propaga». Entonces, de manera urgente decide tomar el tren a Chartres, que está a una hora de París; allí tiene que haber tranquilidad, piensa, o eso quiere creer mientras relata su paseo en tren, el paisaje que orilla las vías, y cuando llega al pueblo se da cuenta de que aquello de lo que él escapaba, la modernidad, también ha alcanzado sin remedio a la villa, y quizá ya nada tenga solución, todo parece indicar que «el siglo de la fe y la paciencia ha pasado, un siglo que ya no va a volver» y todavía se da cuenta de algo más: «Los hombres ya no van a construir más catedrales».
Y como si las demás voces quisieran levantar el vuelo, expresarse sin ataduras, Rodin, para no quedarse atrás, exclama desde su propia visión de la experiencia de la vida: «cuando la religión se pierde, el arte también está perdido; todas las obras maestras griegas, romanas, todas las nuestras, son religiosas».
Hace ya tiempo que esas voces no están para la vida, pero no para el tiempo que las nombra y las recuerda. Algo de razón tenía Rodin, seguro que sí, pero no toda, si viera hoy los museos, los mismos en los que se exponen sus obras, comprendería que muchos se han convertido en las nuevas catedrales.


Palabras de la contraportada:

«Los constructores de las catedrales góticas, modelando la luz y la sombra tal como lo hacían, sabían lo que pretendían y cómo realizarlo; obedecían, a la vez, a una ciencia absoluta de la armonía y a un conocimiento de la naturaleza».

Puedes visitar el catálogo de la Editorial Casimiro en el siguiente enlace.

Nota:
En el interior de la Catedral de Chartres hay dibujado un laberinto. Más información: El ciclo infinito: el laberinto de la catedral de Chartres.


sábado, 21 de mayo de 2016

Svetlana, Alexiévich: «La guerra no tiene rostro de mujer»



Pilar Alberdi

Leer un libro es participar del conocimiento que lo impregna. Entre 17 y 35 millones de soviéticos perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy la cifra que todos barajan es de unos 22 millones. El libro de la periodista Svetlana Alexiévich, reciente Premio Nobel de Literatura, recoge en una experiencia coral las voces de mujeres que participaron en el ejército. Nadie esperaba esa guerra, es un testimonio que se repite. Lo curioso es que cuando una ha leído a numerosos escritores centroeuropeos, muchos de ellos, alemanes incluso, tampoco la imaginaron. De repente, estaba ahí.
Las mujeres soviéticas se incorporaron, tantas de ellas como voluntarias con apenas 16-17 años, a un ejército masculino. Hasta dos años después no recibieron ropas interiores femeninas. Fueron con sus bonitas trenzas, acudieron ilusionadas a alistarse, a veces tuvieron que suplicarlo, y el primer día que les cortaron el cabello, comprendieron lo que iba a ser la guerra. Luego llegarían esos momentos en que se ve el primer muerto o aquel en que se mata por primera vez. La mayoría coincidirá en que de repente se volvieron viejas, y a causa del susto, a tantas de ellas se les volvió blanco el cabello.
Estas historias hay que leerlas o no comprenderíamos bien cómo fue esa guerra. A ellas, no les gusta ver películas de guerra porque mienten. La guerra es otra cosa. No querían matar, y allí estaban. No sabrían si tendrían futuro, y allí peleaban. El primer frente en las trincheras; el segundo frente, compuesto también en gran medida por mujeres, se encargaba de lavar uniformes, de hacer el pan. Imaginemos aquel frío, aquellas batallas en que todo ardía, la facilidad con que los soldados perdían sus piernas, sus brazos. Muchas de estas mujeres se encargaban de sacar a los hombres heridos del campo de batalla, lo hacían arrastrándose, y no debían olvidar el arma del soldado. Vivieron la guerra entre el lodo, la nieve y la sangre. La mayoría de ellas no soporta ese olor, muchas no tienen nada rojo en sus hogares. Pero la guerra está ahí, en su memoria y vuelve, día sí y día no.
Por supuesto que sabían bien quién era el enemigo, pero también había momento de piedad para el enemigo. Incluso se preguntaban cómo era posible tener esa piedad, pero aquellos que tenían enfrente, sin duda muchos de ellos, no eran otra cosa que víctimas de las circunstancias que les habían tocado vivir, obligados a matar. Tan jóvenes, tan hermosos y tan vulnerables. Y si difícil era ver hombres muertos, cuando veían mujeres, un extraño pudor las hacía pensar en su propio destino. En esa guerra hubo francotiradoras, servidoras de piezas de artillería, operadoras de globos aerostáticos, mecánicas, aviadoras, ingenieras zapadoras, enfermeras, médicas.
Entre los recuerdos, la casa. El hogar al que retornar, el espacio en donde poder reencontrase con los suyos, pero, ¿dónde estarían? ¿Los que habían marchado a la guerra habrían regresado y los que se quedaron, qué habría sido de ellos?
No es una historia fácil de contar y a estas mujeres les duele contarla, a muchas se les atragantan las palabras, algunas no saben cómo hallarlas. Varias son increíblemente poéticas. Hay compasión por las personas y por los animales. Una de ellas desearía avisar a los pájaros antes de que comience la batalla para que se alejen; otra se pregunta cómo el enemigo ha podido cometer graves asesinatos ante unos caballos, esos caballos incapaces de pisar a los muertos. Animales, al fin y al cabo, tan asustados o más que las personas en el campo de batalla.
Cruzan territorios para vencer o quizá habría que decir para que todo acabe pronto y para volver a casa, para poner punto y final a lo que les ha tocado vivir; aquello que no dudarían en volver a enfrentar si hiciera falta. Todos esperan que llegue el día de la Victoria, y cuando escuchan la palabra, «¡Victoria!», cuando realmente ha llegado ese sonido que anticipa que han sobrevivido a la guerra, casi no se lo creen. En la pared del Reichstag una joven soldado escribirá junto a otros testimonios: «Os ha vencido una muchacha rusa de la ciudad de Sarátov». ¡Habían pasado tanta hambre! Soñaban con comida todas las noches, que les resulta sorprendente haber llegado a Berlín.
«Los tiempos cambian, pero ¿y los humanos?» se pregunta la periodista que ha escuchado y reunido pacientemente los testimonios.
Cuentan esas voces que cuando llegaron a territorio alemán encontraron en las trincheras termos con café. Les parecía increíble. ¿Cuándo había sido la última vez que alguno de ellos había tomado un café? Viendo aquel idílico paisaje de prados, montañas y preciosas casas de campo, les costaba entender para qué quería Hitler su tierra. Por eso no era extraño, y muchos lo vieron, que en las casas alemanas se fusilase juegos de porcelana, copas, almohadas, ropas de cama… Todo aquel lujo.
Y como si todo esto no bastase, como si lo más digno y lo más bajo del ser humano no lo hubiesen visto a diario en el campo de batalla, un campo que avanzaba junto a ellos, que se extendía cada día un poco más, aún quedaba el regreso, y la pregunta aquélla, la más importante, la que comentaban por las noches, sobre lo que harían después de la guerra (casarse, continuar los estudios) se quedaba detenida en el aire, porque no sabían lo que se iban a encontrar al regresar, porque había que empezar de nuevo y olvidar.
Hay que dar las gracias a este coro de mujeres. Son testimonios que hay que leer.

sábado, 7 de mayo de 2016

LA FENOMENOLOGÍA TRASCENDENTAL, HUMANIDAD-ANIMALIDAD EN HUSSERL





Por: Pilar Alberdi

Escribió Husserl en sus Meditaciones Cartesianas: «Todo ser mundanal, todo ser espacio-temporal es para mí, esto es, vale para mí, y precisamente por el hecho de que yo lo experimento, lo percibo, lo recuerdo, lo pienso de algún modo en el que lo juzgo, lo valoro, lo deseo, etc. Como es sabio, Descartes designará todo esto con el término “cogito”. El mundo no es para mí, en general, absolutamente nada más que el que existe y vale para mí en cuanto consciente en tal “cogito”». Así, mientras el cogito cartesiano expresa la «duda metódica» haciendo «como si…» el mundo no existiera, con el fin de manifestar la duda y encontrar una respuesta nueva a cargo de las cuestiones que el sujeto se ha propuesto resolver; la «epojé» husserliana («poner entre paréntesis»), no toma el mundo en sí, sino cómo lo que es para la conciencia del sujeto. Lo que supone poner en práctica una reflexión «trascendental» como él la define, tomando esta palabra de Inmanuel Kant, pero quitándole cualquier posible relación con la palabra «alma» o «metafísica» en el sentido clásico, entiéndase cristiano-platónico.
El mundo de Husserl remite a los «fenómenos» (hechos, seres, situaciones, ideas…) con los que nos relacionamos. Y lo apodíctico o intencionalmente cierto de este encuentro y de este desvelamiento, es la consciencia del acontecimiento y lo que esto representa para el sujeto en un mundo que se percibe como un «horizonte de posibilidades», todavía por descubrir. Vemos lo que tenemos delante, pero todavía hay más. Sabemos lo que ocurrió, pero en alguna ocasión todavía veremos más. Es, de este modo, como lo subjetivo y lo empírico marchan juntos, configurándose a partir de la experiencia, permitiendo así el hilo conductor «ego, cogito, cogitaum». Es decir, el yo, el sentido intencional sobre el objeto de atención y lo percibido.
Llegados a este punto, uno intuye que el «Existo, luego pienso» del pensamiento de Jean Paul Sartre, posterior a Husserl, está más cerca del filósofo alemán, que el «Pienso, luego existo» de Descartes. Husserl señala una y otra vez la experiencia plenificante del existir. Pero aún hay más, un simple recorrido entre los textos El existencialismo es un humanismo de Sartre y Carta sobre el humanismo de Heidegger, corrobora el distanciamiento de este, tanto del pensamiento de su maestro Husserl como de Sartre.
Veamos: El texto de Heidegger, Carta sobre el humanismo, una epístola de respuesta a Jean Baufret, luego ampliada para ser publicada, intenta contestar a la pregunta: «¿Cómo dar un nuevo sentido al humanismo?» Heidegger después de analizar de dónde proviene el término (homo humanus romano, admirador de la cultura griega, frente al homo bárbaro, y del homo humanus romano del Renacimiento, admirador y redescubridor de la cultura y los textos griegos perdidos y recuperados, frente a la «supuesta barbarie de la escolástica gótica del Medievo», sumará el humanismo marxista y el existencialista, indicando que ni uno ni otro precisan como los anteriores del retorno a las fuentes de la Antigüedad. Finalmente, Heidegger negará la posibilidad de dar sentido a este humanismo existencialista por considerar que «la esencia», que se pretende dar a este humanismo «es metafísica». Realmente, nada nos parece más lejano de los dos humanismos últimos citados, y muy especialmente del «existencialista» al que se dirige, ya que exige responsabilidad absoluta del ser humano ante los acontecimientos que le atañen y conforman su vida y la historia, al margen de la existencia de un Dios. Pero así como no es un humanismo metafísico el sostenido por Sartre, por más que lo pretenda Heidegger, tampoco lo fue el sostenido por Husserl, por más que utilizara la palabra «trascendental».
Sintetizando: para Husserl el mundo se recibe a partir de las propias evidencias y esta inclusión pertenece al «sentido propio del mundo», el que uno le da. Aún viviendo en la misma familia, sociedad y hasta época, nuestro sentido del mundo, producto de nuestra experiencia en él, será diferente y estará mediado por aquello que focaliza nuestra atención, es decir, por lo intencional de nuestra percepción, más la cultura recibida. De hecho, no es extraño que una segunda lectura de un texto, nos permita encontrar algo que no habíamos percibido en la primera o que frente a una persona, un suceso, incluso un recuerdo del pasado o un sentido imaginario de lo que pudiera suceder en el futuro, encontremos nuevas perspectivas cada vez que nos detengamos a pensar en ellas. El yo-intencional es pensamiento en «movimiento», interactúa con el medio y con su propia experiencia, se mueve en un horizonte intencional en donde el yo, la conciencia-sentido y el objeto-fenómeno se relacionan. Dice Husserl: «Los objetos son para mí y son para mí lo que son en cuanto objetos de una conciencia real y posible». En un mundo en donde están los demás seres (incluidos los animales), en donde las personas son «reflejos» de uno mismo, análagos, en cierto modo, pero diferentes en cuanto a experiencias, como miembros de una «co-humanidad» y un «mundo pre-dado». Siendo la conclusión del filósofo que siempre: «Un existente está en comunidad con un existente», por tanto, relacionado.
No es esta (Meditaciones cartesianas) la única obra en la que Husserl hablará de la animalidad. Por eso, me gustaría citar aquí, para quienes posiblemente lean esto y se empeñen en la diferencia (1), las palabras de Johan Huizinga (2), autor al que Husserl conocía y cita en alguna ocasión: «El juego es más viejo que la cultura; pues, por mucho que estrechemos el concepto de esta, presupone siempre una sociedad humana, y los animales no han esperado a que el hombre les enseñara a jugar».
Aunque no podamos considerar un taxón o categoría filogenética como categoría absolutamente natural, ya que siempre han sido creadas por el hombre, deberíamos recordar el importante paso que dio Linneo en el s. XIX, al incluir al hombre (homo) dentro de los homínidos, y a estos dentro de la familia de los primates.
Como decíamos antes, no es esta la única obra en que Husserl hablará de los animales, también lo hará en otras, por ejemplo en Ideas lógicas II (3) y en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental a la que me referiré a continuación. Esta, igual que las Meditaciones Cartesianas son obras de madurez. De hecho, a la que ahora nos vamos a referir la publicó en 1936, dos años antes de su fallecimiento. Para entonces, Husserl y también su hijo, por ser judíos, ya habían sufrido el acoso del nazismo y el apartamiento de sus cátedras, mientras que Heidegger se plegaba al movimiento y se sumaba al mismo.
Que la «humanidad» le preocupaba a Husserl, lo demuestra en este libro donde repite la palabra una y otra vez, sabiendo además, y ya por experiencia directa que es una humanidad doliente. Incluso las preguntas importantes que los seres deben o deberían hacerse son «preguntas humanas». «El positivismo ―dirá― decapita la filosofía» al dejar de lado cuestiones esenciales. Pero, hay más, la crisis que percibe en la filosofía de la época que le toca vivir, representa o muestra «la crisis de todas las ciencias modernas como miembros de la universalidad filosófica, una crisis de la humanidad europea misma, primero latente, pero después cada vez más manifiesta». Tanto que poco después, tomaría cuerpo la Segunda Guerra Mundial, con el auge de los fascismos y los totalitarismos.
No sólo había ocurrido un desmoronamiento de la fe en el sentido metafísico o de las creencias religiosas, sino de la «razón» misma. Si el primero de los sentidos podía ser relativamente individual, el segundo que apela al acuerdo y al consenso, supuso el desmoronamiento de la humanidad. El «animal rational» había perdido pie. Rotos todos los ideales, también se rompía esa afirmación de Husserl de que «en nuestro filosofar ―cómo podríamos pasarlo por alto― somos funcionarios de la humanidad». El telos (fin) buscado por el humanismo, el del conocimiento, la sabiduría, la solidaridad y respeto al otro, había sido sustituido por el ideal ario de un ser superior, bárbaro al fin, inhumano y antieuropeo.
Con las matemáticas cartesianas y las que le siguieron, y con la explicación científica del mundo, solo con eso, no se puede hacer una mejor humanidad.
Los números, elemento simbólico sin vida propia, acaparan el mundo. Su testimonio es de tantos por ciento, de alzas en la bolsa, de ganancias, de reparto de escaños. Aplíquese a cuanto se quiera. Pero la vida de la «experiencia» es otra cosa, es «cuerpo vivido» y esto vale tanto para el homo como para los animales, las plantas y especialmente para la Tierra, como «mundo de la vida».
Husserl interpretará que lo que es menos tiene sentido por lo que es más, y no al revés, por eso, dado que el adulto humano tiene o debería tener mejor comprensión de sí mismo, es obligación suya respetar a los niños y a los animales que son menos que ese adulto centrado en su conocimiento y en su experiencia. La animalidad subyace en nuestra humanidad. La animalidad nos muestra nuestra humanidad común.
Finalmente, no puedo sustraerme a citar estas palabras de Husserl como parte de la conclusión del libro La crisis europea de las ciencias y la fenomenología trascendental: «yo soy el yo que tiene experiencias en general como yo viviente (pensando, valorando, actuando), soy necesariamente el yo que tiene su tú, su nosotros y su vosotros, el yo de los pronombres personales, y del mismo modo, necesariamente, yo soy y nosotros somos en comunidad yoica, correlatos de todo aquello que nosotros designamos como existentes mundanos», en un mundo que no solo es mundo, sino «un mundo en común».



Notas:
(1) HEIDEGGER, MARTÍN. Carta sobre el humanismo. «El cuerpo del hombre es algo esencialmente distinto de un organismo animal»
(2) HUIZINGA, JOHAN. Homo ludens.
(3) SAN MARTÍN, JAVIER. Para una filosofía de Europa. Ensayos de fenomenología de la historia. Cap. II. La subjetividad trascendental animal.


Ref. libros:
Meditaciones Cartesianas
Ediciones Paulinas. Madrid, 1979.
La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental
Prometeo. Buenos Aires, 2008.

Nota:
El presente artículo también ha sido publicado en la página española de filosofía La caverna de Platón
La fenomenología trascendental, humanidad-animalidad en Husserl



jueves, 14 de abril de 2016

MARCEL PROUST: PINTORES



Reseña: Pilar Alberdi

«Piense en un joven de escasa fortuna, con gustos de artista, sentado en un comedor, en ese momento trivial y triste en que acaba de terminar de comer, y en que la mesa aún no se recogido del todo. La imaginación llena de la gloria de los museos, de las catedrales, del mar, de las montañas, ve con malestar y fastidio, con una sensación cercana al hastío, con un sentimiento próximo al aburrimiento, un último cuchillo abandonado sobre el mantel medio retirado que cuelga hasta el suelo, junto a las sobras de una chuleta sangrienta e insípida. Sobre el aparador, un poco de sol ―que acaricia alegremente la copa de agua que unos labios saciados dejaron medio llena― acentúa cruelmente, como una sonrisa irónica, la típica banalidad de un espectáculo carente de estética. Al fondo de la habitación el joven…».
¿Quién puede sustraerse a este estilo? ¿Quién no desea continuar leyendo? Proust nos atrapa al mismo tiempo que sabe desvelar la riqueza de la pintura de Jean Siméon Chardin. Quien narra, recoge el pensamiento de un joven irritado por la vulgaridad de la vida. «Más invitado aún por el orden de la habitación que por el desorden de la mesa, envidia a los adalides del buen gusto que solo tienen contacto con las cosas bellas, en habitaciones donde todo ―hasta las tenazas de la chimenea o los pomos de las puertas― son objetos de arte».
«Si conociera yo a este joven ―dice el narrador―, lo salvaría, al menos lo intentaría y lo haría, acompañándolo a ver arte». Pero, ¿qué arte? Precisamente ese que sinigual maestría saca a la luz aquello que el joven impaciente ante las mezquindades de la vida no quería ver.
«¿Le gusta todo esto?», le preguntaría mientras pasean frente a las imágenes que le pudieran parecer más feas: «una tapa brillante, recipientes de formas y materiales diversos (el salero, la espumadera), tantas escenas que pueden llegar a repugnarle ―pescados muertos esparcidos sobre la mesa (como en el cuadro de La Raya)― y, otras igualmente repelentes, copas medios vacías y otras muchas llenas (Frutos y animales)». Y si todo, finalmente lo encuentra bello, como no podrá ser de otra manera, será porque Chardin lo encontró bello para pintar. Así, el placer que halló el pintor es transmitido. Es más, las imágenes de la casa en la que se encontraba, aquellas que unas horas antes le habían podido parecer las más horribles del mundo, de repente se le han desvelado y ha sido transportado a otra humilde cocina, donde no faltan un gato, una cacerola que espumajea o una mancha de grasa sobre la pared. Y todo esto lo ha logrado Chardin.
¿Qué ha hecho el pintor? Pregunta el sereno y profundo texto de Proust: «En estas habitaciones en las que usted no ve más que la imagen de la banalidad y el reflejo del aburrimiento, Chardin entra como la luz, dando a cada cosa su color, convocando a todos los seres de la naturaleza muerta o inanimada que estaban sepultados en la noche eterna, con el significado de su forma tan brillante para la mirada y tan oscura para el espíritu».
Es tan sublime la belleza que hay en estos párrafos, tan inmediatas las verdades, tan cruciales las imágenes, que merecen estas páginas una y más relecturas, profundas y sosegadas. O, simplemente, lecturas para regocijarse en el talento. Pero hay más, sí, hay otros textos dedicados a otros pintores, como es el caso de Rembrandt: «Los museos son casas que únicamente acogen pensamientos. Quienes son menos capaces para ahondar en estos pensamientos saben que lo que están viendo en estos cuadros, son justamente pensamientos; saben también que estos cuadros son valiosos, y que la tela, los colores secos pegados en ella, la madera dorada que la enmarca no lo son».
Ni los colores secos, ni el marco son lo verdaderamente valioso, y así desde el comienzo de su exposición, Proust, nos revelará al Rembrandt que buscaba la luz dorada del atardecer para pintar, y nos dirá que ahí, en la captación, en el atrapamiento de esa luz, estaba concentrado el pensamiento del pintor. Luz que irá a mirar Rushkin en su vejez a un museo, historia que el narrador también nos cuenta.
Pero claro, tampoco es sólo de Rembrandt de quien se halba, reúnen estos textos a más pintores: Watteau, Moreau, entre otros. El narrador que es Proust no se detiene, indaga, mientras constata en qué puede ocuparse la mente privilegiada de un pintor, por ejemplo, en colocar aquí o allí a una cortesana, una flor que representará la muerte, unas nubes que al atardecer gotean sangre. Todo está ahí y nada está ahí, el pensamiento del pintor y el del observador, reunidos.
El escritor comprende cómo piensan los pintores porque en el fondo son poetas, igual que él, aunque para los demás sea más narrador que otra cosa. Proust admira y reconoce la excelencia, y sabe cuál es ese territorio especial en que las obras surgen.
«El terreno en el que las obras de arte surgen como apariciones fragmentarias es el alma del poeta, su alma verdadera, la más profunda de todas sus almas, su verdadera patria, pero no vive en ella más que en contados momentos».
¡Qué bien lo sabe, Proust! Qué bien conoce él, lo que pueden descubrir esos pintores en la realización de sus obras: la plenitud de sus pensamientos, su consistencia, la aparición de otros, la concreción, la síntesis.
Ambos, pintor y poeta, se saben de otra patria, un territorio desconocido para la mayoría, al que acceden cuando pueden y que es «como los puntos imaginarios del globo o como el Ecuador o los polos». Cuando no están en él son como exiliados, y por eso «el resto de su vida», esos otros momentos en que no están allí, «constituye una especie de exilio».
«Vean el entusiasmo que pone el artista para pintar su tela, y digánme si la araña pone más en tejer la suya».
Por eso sabe Proust que decir de un cuadro «es un Rembrandt» o un Chardin o un Gustave Moreau, o un Watteau, un Monet, un Sisley, un Corot, es expresar mucho más: «Un cuadro sin que nos demos cuenta nos dice una sola cosa. El placer que obtenemos mirándolo, el placer que cada parte del cuadro añade a nuestro disfrute nace de que cada parte de él dice lo mismo mediante cien voces armoniosamente conjuntadas. La clase de verdades que expresa, la manera de decirlas ―que constituye una clase de verdad en sí misma― nos llevan a decir: “Evidentemente, es un Monet”. Pero todo ese monet no hace más que repetirnos: “Dios, cuánto sol hay sobre el mar hoy. Mirad qué sombras tan negras y frescas, mirad el tono rosado de las piedras, mirad cómo mariposean los barcos a lo lejos en un mar tan volátil, y cómo el más pequeño también tiene su pequeña sombre negra (Acantilado de Étretat)». Eso es arte y es poesía. O como dice Proust: «Todas estas almas interiores de poetas son amigas y se llaman unas a otras».



Portada: Claude Monet, Primavera, 1875, Johannesburgo Art Gallery.

Palabras contraportada:
«Y nos encontramos ahí asomados sobre el cuadro, situándonos a la distancia adecuada, intentando ahuyentar cualquier otro pensamiento, buscando comprender el sentido de cada color, resucitando de nuestra memoria impresiones pasadas que se asocian en tan etérea y multicolor arquitectura como hacen los colores en la tela».

La editorial:
Casimiro Libros. Sigue este "enlace" para llegar a su web.

El libro:
Marcel Proust: Pintores. Estará disponible en librerías a partir del 18 de abril de 2016.