© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

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miércoles, 1 de agosto de 2018

EL NAUFRAGIO HUMANO: LOS NOMBRES DE LA DESIGUALDAD



Pilar Alberdi

Supón que naufragas en el mar y la buena fortuna te acerca a una isla. Con la esperanza de ser rescatado decides organizar tus días; improvisas una balsa y regresas a los restos encallados del barco para recuperar provisiones. Recoges ―entre otras muchas cosas― herramientas de carpintero, cuerdas y tablas que podrán servirte de gran ayuda, además de velas, papel y tinta, incluidas galletas marineras. Después, aprovechando parte de los elementos que has reunido, te construyes ―guareciéndote en el interior de una cueva―, una rudimentaria vivienda, a la que cercas con una alta empalizada. La única forma de entrar o salir es con una escalera de mano que has preparado con esmero. El futuro, a partir de estas primeras previsiones, será tan favorable para ti, que pronto construirás nuevos refugios a los que llamarás «casas de campo», incluso tendrás allí algunos cultivos; como si esto no fuera bastante felicidad encontrarás en la isla un perro y dos gatos que te darán compañía, y de las cabras salvajes que has visto en los riscos te harás con un rebaño de no menos de cuarenta animales. Y como tu pasado era el comercio de mercancías y la propiedad de plantaciones, pronto sentirás la necesidad de llevar un inventario de tus nuevos bienes, y un poco después también te pondrás a la tarea de escribir un Diario para relatar tu vida en la isla. Evidentemente, no puedes olvidar el mundo del que vienes, y ese inventario y el Diario son su manifestación tangible. Por cierto, a la isla no le has puesto un nombre.
Pasa el tiempo, un día, de la manera más inesperada llegan a tu isla, está claro que ya la consideras tuya, varios hombres, con la intención de asesinar a uno de los que van en el grupo. Ante la situación, tú lo salvas. Él, ese extraño, tiene un idioma, es decir un mundo con fronteras donde ese idioma se inscribe, y es muy diferente al tuyo. Con el paso de los días, él no intentará enseñártelo, pero tú sí a él. ¿Cómo podría ser de otra manera? A fin de cuentas, esa isla es tuya, en la medida en que hasta ayer eras el único habitante, y ese hombre es un «salvaje», según los términos de tu época y la consideración en que como europeo le tienes. Y, entonces, como estás decidido a mostrarle tu mundo, la frontera que marcan tus palabras frente a las suyas, te decides a enseñarle tu idioma, y señalando su joven pecho, le dices: «Tú: Viernes». Lo repites otra vez; más veces. Ya está; lo ha entendido. Le has puesto un nombre, y le invitas a decirlo mientras lo señalas otra vez, y descubres que él asiente obediente, incluso mejor que el loro aquel que encontraste en la isla y al que con mucho trabajo le enseñaste tu nombre, con la secreta intención de que otros loros de la isla también lo aprendiesen. Imagino lo que habrá sido para ti la posibilidad de imaginar numerosos loros volando por la isla gritando tu nombre. Sin embargo, quieres asegurarte de que se ha aprendido bien la lección e insistes nuevamente, mientras el joven repite sin dudarlo: «Viernes», él es Viernes, ya está; y tú eres su testigo. Y cuando lo ha aprendido bien, cuando has confirmado que se lo sabe de memoria, le dices, señalando tu honorable pecho, tu dignidad, tu persona: «Llámame, Amo». Le repites la palabra varias veces: «Amo», «Amo», «Amo»; y él la aprende también. Mientras tu verdadero nombre queda oculto.
Sí, apreciado lector, lo has adivinado, esta es la historia de un personaje de nombre Robinson Crusoe, la historia escrita por Daniel Defoe; la historia, créeme, del Mundo tal y como lo conocemos.
El deseo de reconocimiento impregna nuestras relaciones. Y es, permítanme poner un ejemplo básico y fundamental, en la obra Fenomenología del Espíritu de Hegel, donde mejor se describe el proceso del «deseo del deseo del otro», que no es otra cosa que el deseo de ser reconocido. Probablemente, sin este análisis que tenía otros antecedentes ya en Fitche, incluso en Hölderling, el camino habría sido más oscuro para pensadores como Marx, Freud o Nietzsche, conocidos más tarde como «los filósofos de la sospecha».
La metáfora con la que Hegel representa el hecho es conocida como Alegoría del amo y el esclavo. Explica en ella cuál es el deseo del esclavo: que el amo le reconozca de igual a igual como persona; pero el amo jamás hará eso, a lo más reconocerá como igual a otro amo, si no existe otra alternativa.
No falta este conocimiento en la sabiduría popular, como tampoco faltó en Hobbes o en Maquiavelo o en los filósofos griegos.
En esta escuela de no-reconocimientos que parece estar en el centro de las relaciones personales, ocupa su espacio el desprecio o el menosprecio. El amo (y entiéndase por esto la posición de dominio) se juega su su estatus, su poder en ese posible reconocimiento.
Cuando el obrero se organizaba ante el patrón, pedía el reconocimiento; cuando la mujer lo exige ante el hombre pide el reconocimiento, son solo dos ejemplos de exigencias de reconocimientos; pero se pueden sumar cuantos movimientos identitarios queramos, especialmente, muchos de los que se han hecho visibles estos últimos tiempos. Allí donde una voz se levanta, ya está pidiendo que se le reconozca.
El no reconocimiento es injusticia para quien lo sufre. Y quienes lo hacen aseguran su poder; es más, haciéndolo, disfrutan con su poder y lo que este les permite hacer.
Escribió Rousseau en su Discurso de la desigualdad que «El salvaje [entendamos esto como el hombre en su estado más natural] vive en sí mismo, en cambio el hombre sociable, siempre vive fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los demás». De ahí, la necesidad de reconocimiento incluso en la convención de las relaciones sociales. Lo que no excluye, como sabemos hoy, la necesidad de reconocimiento tribal.
Pero, estar en la opinión de los demás es ser reconocido como amo o como esclavo, una de las dos, con todos los matices que se quiera poner al hecho. Engels aplicó esta idea de las relaciones a las «clases sociales». Y Nietzsche sufría cuando pensaba que las personas eran como barriles huecos sin toda esa serie de títulos y saberes con los que se adornaban, y que les servían para sentirse superiores a los demás.
Pero a mí, lo que me preocupa de esta historia, en fin, en lo que me ha dejado pensando, es en aquel loro al que Robinson Crusoe enseñó su nombre completo; nada de «Robinson» solo. Porque no se contentó con enseñarle solo el nombre, sino también el apellido. Ni debió parecerle difícil para que lo aprendiera el loro. No solo eso, sino que deseó que el loro ya enseñado, al repetir el nombre, se lo enseñase a los demás loros de la isla.
Intento imaginar otra escena, una que no aparece en la narrativa de esa historia, por ejemplo, el náufrago europeo que se siente dueño de la isla da un nombre («Viernes») al recién llegado, personaje del que nunca sabremos su verdadero nombre, mientras que él se hace llamar «Amo», sin especificarle cuál es su auténtico nombre. Tenemos, pues, dos nombres imaginarios o al menos no reales en cuanto que no son los de los sujetos. Y desde estos nombres se tratan por imposición de uno de ellos. Ahora, imaginen que por una sincronía de esas que gustaban tanto a Carl Jung, en el instante en el que el europeo hace repetir al indígena la palabra «Amo», aparece el loro al que le había enseñado su verdadero nombre volando a baja altura, posándose sobre el hombro del personaje principal mientras repite: «¡Robinson Crusoe!», que serían palabras sin ninguna importancia para Viernes, que no las conoce, y ya puestos para «Amo», que no aceptará reconocerlas.
Esto, a su vez, me hizo pensar en un loro argentino, en realidad era una lora, de esas de plumaje verde que se ven ahora mucho en España, a la que alguien hirió en un ala, y a la que cuidé en mi adolescencia unos meses hasta que se recuperó. Una tarde, supongo que de otoño o de invierno, estábamos las dos en la cocina, ella en su jaula, de la que la dejábamos salir cuando podíamos cuidarla en el patio, y yo haciendo unos deberes para el instituto. Reconozco que fue mirarla y sentí una enorme tentación, ¿de posteridad? No lo sé. El caso es que comencé a repetir mi nombre, solo mi nombre sin los más de ocho apellidos vascos que lo acompañan; ella, pobrecita bajaba los párpados y los abría, mientras yo repetía y repetía mi nombre; el caso es que no demoró mucho en aprenderlo. Pero no me bastó con ese reconocimiento; fui a buscar a mi madre que a modo de testigo más tarde pudo dar testimonio de lo ocurrido. Tendría yo por entonces catorce años.
Después de tener este recuerdo, pensé: lo único que me diferencia a mí de Robinsón Crusoe y su loro es que yo era una adolescente. Mi ignorancia sobre cómo era el mundo, evidentemente, era mayor que la suya; él sabía que lugar ocupaba; yo no, o no con la consciencia que ahora tengo; es lo bueno de hacerse mayor.
En fin, dejo aquí la historia plenamente convencida de que si buscan en sus recuerdos, hallarán una larga cadena de reconocimientos y no-reconocimientos, dados y recibidos. De algunos se enorgullecerán, y de otros se avergonzarán.
Por supuesto, no es igual imponer el nombre a un animal que a una persona, ni es lo mismo decir Robinson Crusoe que Amo, aunque las dos representen al mismo ser. Creo que Robinson fue mejor persona cuando enseñó al loro su nombre, pero más sincero cuando enseñó al nativo su verdadero corazón en un nombre: Amo.
Mucha razón tenía Wittgenstein cuando explicó que no solo nos enseñan palabras, sino cómo debemos comportarnos ante las palabras. ¿Alguna duda? Piensen en palabras… ¿Ya? Entonces tendrán claro que algunas palabras esperan un determinado comportamiento de nosotros. Es todo tan sencillo como eso: la palabra «madre» despierta unos sentimientos, la palabra «patria» otros, «rey»; sigan sumando: «maestra», «bombón», «circo», «alegría», «fallecimiento», «contrato temporal», «verano», «desahucio», «demócrata», «pobreza». Nos han enseñado cómo debemos comportarnos ante esas palabras. Luego cuesta deshacerse de ese comportamiento si uno no lo considera adecuado.
Cuando una las ve en el diccionario, a las palabras me refiero ―a mí de joven me encantaba leer el diccionario una y otra vez― parecen inofensivas, simples letras, sabemos lo que significan, qué ámbito delimitan, a qué se refieren; también percibimos si tienen doble sentido, y sus varias acepciones, incluso su facilidad para convertirse en ambiguos eufemismos, pero si te acostumbras a leerlas mucho, luego ves que te sobra léxico, porque la mayoría de las personas se conforman con menos, y mientras ellos no sienten que les faltan palabras, a ti te sobran. Ahora bien, una vez que conoces la verdadera historia de Robinson Crusoe, una vez que deja de parecerte esa historia de un náufrago solitario en una isla, cuando comprendes de qué va realmente la historia, una historia de no-reconocimiento, entonces es como si uno descubriera el mundo otra vez. Y lo que ves, te puede gustar o no, pero por fin sientes que está más claro.


Publicado en La Soga -Revista Cultural- 31/07/2018

viernes, 13 de julio de 2018

¿QUÉ HACER FRENTE AL TRANSHUMANISMO?


Pilar Alberdi

Dice Fernando Brancano en Mundos artificiales: «Las decisiones tecnológicas toman la forma de una decisión colectiva», se las presenta como algo necesario, algo que se da por hecho, sin más, y esto lo facilita, entre otras cosas, «una sociedad inculta tecnológicamente».
Se han preguntado ¿quién ha decidido que necesitamos coches sin conductor? ¿Qué será de la gente que se ganaba la vida como conductores?
John Elsther en El comportamiento social intentó explicar lo ya sabido, no puede haber una y solo una decisión perfecta. Y es inútil y absurda esa pretensión basada en una supuesta racionalidad objetiva, propia de la escuela económica, que pretende que las decisiones se toman siempre maximizando ganancias frente a pérdidas, sin tomar en cuenta otros valores (ecológicos, personales, sociales).
A este tipo de pretensión también se han opuesto Isaiah Berlin en Teoría de las ideas o Amartya Sen, quien no ha dudado en calificar al hombre puramente económico de «retrasado social».
¿Se puede creer en la buena fe de las empresas? Sería lo lógico, lo deseable; pero las empresas buscan su rentabilidad. Y los científicos, también viven de ganar sus sueldos. El pasado optimismo por las TIC y los beneficios que aportarían, que sin duda son reales, nos enfrenta ahora a compañías que como relata Javier Echeverría en Los señores del aire: Telépolis, tienen sus propios feudos en el «tercer entorno» («el espacio, el aire, las ondas») del que nosotros somos simples «telepolitas», súbditos en un reino donde no hay democracia ni ciudadanos. Por supuesto que podemos participar, siempre y cuando aceptemos sus condiciones contractuales. La nueva tecnocracia domina el mundo.
Otros temas que nos deberían preocupar, el de los transgénicos, la modificación de la vida tal y como la conocemos, las patentes de organismos vivos. Resulta además que son las empresas TIC las que han invertido estas últimas décadas en bioingeniería, nanotecnología, I+A. Por tanto, ya sabemos quién domina el sector, precisamente aquel por el que pasan todas las informaciones del mundo, y que probablemente nos conoce mejor que nosotros mismos. No quisiera preocupar, pero también hay que tomar conciencia de que las tecnociencias han promovido la llegada de la bioética, la nanoética, entre otras, alejándonos de la ética, llamémosle «clásica», donde la Naturaleza tenía su estatus (este sirvió a fines, por ejemplo, como el del abolicionismo de la esclavitud, la promoción del sufragismo, la Declaración de los derechos humanos), y sugería el valor de la vida tal como la deseamos, considerándola como un fin y no como un medio. De esa línea de pensamiento: hoy, el respeto a los animales y al planeta.
Dijo Feyereband: «La ciencia no es más que una familia de creencias igual a cualquier otra familia de creencias. Los sistemas de creencias se desarrollan en contextos sociales e históricos». Y una creencia se sostiene mientras ninguna otra sea capaz de sustituirla. De esto hablaba Kuhn con su idea de los «paradigmas» dentro de la ciencia. Por otra parte, la especialización que colaboró a la ampliación del conocimiento es un lastre al negar lo complejo.
En conclusión: 1º) los proyectos de las nuevas tecnociencias se presentan como si fueran proyectos colectivos o como si beneficiasen a la mayoría de la población, cuando en esencia se trata de un negocio o de políticas sociales, muchas veces encubiertas; 2º) el impacto que las tecnociencias producen en la sociedad, no solo cambia la vida de las personas, sino que impone modelos y relaciones de vida nuevos, y no siempre mejores, sin posibilidad de un margen de análisis en común, mostrando como normal y beneficioso aquello que acaso no lo sea, recordemos que estas empresas llevan su propio marketing y la defensa de sus productos; 3º) como anticipó Beck los Estados se limitan a administrar las consecuencias, por lo tanto en vez de hacer política, hacen subpolítica; y 4º) las nuevas tecnociencias prometen lo que al parecer se considera un anhelado ideal humano: una larga vida, a ser posible inmortal. Pero yo me pregunto: ¿no era esto lo que ofrecían algunas religiones, no aquí, claro, sino en otro mundo? Y ¿no se han molestado en observar estos nuevos Prometeos las posibles consecuencias? Lo que no indican estas empresas es quién podrá pagarlo, y si esto como muchos temen llevará a una «especiación», que dividirá a las personas en «naturales» y «perfeccionados», que algunos afirman podría llevarse a cabo en una generación.
De una realidad como la que estos científicos imaginan nos hablan historias de Ciencia Ficción como Un mundo feliz, Elysseus, Gattaca; sin embargo, mucho me temo que estos científicos se olvidaron de leer el cuento popular El peral de la tía Miseria o la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago.
En fin, «transhumanismo», una palabra que todavía no existe en el diccionario de la Real Academia Española, pero cuyos primeros efectos ya están aquí.


Publicado en El quinto poder 12/07/2018

viernes, 1 de junio de 2018

«PINTO POR EL FILITO…»


Pilar Alberdi

Afirmar hoy en día que un niño tiene mucha imaginación, produce temor. «¿Podrá ganarse la vida con eso?» parece ser el primer pensamiento que surge en la mente de los adultos. Lo cierto es que la imaginación se necesita para todo, pero, en especial, para ser mejor persona, para poder tener sentimientos que nos permitan acercarnos a los demás; ponernos en sus zapatos.
Cuando nosotros íbamos a la escuela dibujábamos personas haciendo palotes y círculos. Era nuestro modo de expresarnos. Eran dibujos pequeños, realizados con lápiz y al que aplicábamos un poco de color.
Hoy se envía a los pequeños, me parece a mí, demasiado pronto al colegio. Se me dirá que así es la vida moderna, bueno, a mí esa respuesta no me consuela, porque si así es la vida, deberíamos estar haciendo algo para cambiarla.
Cuando uno de mis nietos era más pequeño volvía del colegio con esos cuadernillos que sirven de complemento de tareas. En ellos hay unos dibujos que abarcan el tamaño de un folio; gigantes, a mi modesto entender, para las manitas de un niño. Los niños deben destinar mucho tiempo a esa tarea, para ver finalmente una figura pintada. Y yo me pregunto: ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué deben realizar ese tipo de tareas? ¿Para qué? ¿Con beneficio para quién? No quiero pensar que para las editoriales. ¿Acaso es una manera de mantener quietos a los niños en clase? Yo prefiero mil veces uno de sus espontáneos dibujos que tanto nos alegran. Allí hay nubes de colores, gente hecha con palotes y redondeles, ventanas y puertas con forma de corazones; estrellas que sonríen.
Pero aún sabiendo que eso me molestaba, lo que más me dolía era oírle cantar mientras pintaba esos folios, lo mismo que cantaban en el colegio, en un runrún monótono, supongo. Dice la canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito».
Si enseñamos a los niños a no salirse de esos marcos que les son impuestos, ¿cómo vamos a favorecer su imaginación? ¿Cómo vamos a creer que la imaginación es algo valioso? ¿Es que no salirse de la línea de esas figuras es un gran logro? De verdad: ¿no hay mejores métodos? Si se trata de aumentar su autoestima y no de ocupar un espacio de tiempo en el que las manecillas del reloj marcan y marcan las horas, dejémosles en libertad para pintar el mundo como ellos lo perciben.
Sé, y lamento saberlo, de alguna maestra que prohíbe usar de entre los lápices de colores, el negro. ¿Cuándo, me pregunto, de qué modo, en cuántos años, han cambiado tanto las cosas? ¿Qué miedo hay de que los niños pinten dibujos oscuros o expresen cosas desagradables? ¿Desagradables para quién? Si los hacen, ¿no será porque su vida es triste? Simplemente, estarán expresando lo que sienten. Sé de colegios en donde no se festeja el día del padre o de la madre, porque en ellos hay muchos niños que tienen sus padres divorciados. Sé de otro, donde ante la misma situación, optaron por festejar «el día de la familia», una elección que les pareció respetuosa hacia todas las sensibilidades. Pero la pregunta es: ¿de los niños o de los adultos?
En nuestros tiempos, si llegaba el día del padre o de la madre y estos estaban separados (no había divorcio entonces) o alguno había fallecido, a todos sin excepción, nos tocaba hacer en clase una tarea sobre el tema o preparar un regalito. ¿Eso nos hacía más débiles? Sin duda, nos hizo más fuertes. Aceptábamos nuestra situación, nos reconocíamos valientes, y sabíamos que tendríamos que salir adelante.
Me duele esa canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo…». Porque por ese camino, el de pintar por el filito y no salirse, se llega al primer empleo o a la universidad y acaso allí, también te pedirán más de lo mismo.
En fin, de verdad, no sé en qué laberinto nos hemos perdido, debe ser uno de esos que hay en esos folios enormes que pintan y repintan los niños de hoy a temprana edad en los colegios, mientras cantan esa insípida canción («Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito»).Pero, sinceramente lo digo, creo que no nos haría nada mal retroceder un poquito, y mirar ciertas cosas buenas del pasado, en la que a los niños se los reconocía por lo que eran: pequeñas y pequeños valientes capaces de asumir el mundo real.

Publicado en Diario 16 1/06/2018

lunes, 28 de mayo de 2018

PASITOS DE PALOMA


Pilar Alberdi

Decía Friedrich Nietzche que «Los pensamientos que se acercan con pies de paloma son los que gobiernan el mundo». Y es tarde, casi siempre, para cuando las personas se dan cuenta de lo que sucede.
Con la misma intención Ulrich Beck, en su libro La sociedad del riesgo, redondeó el sentido al hablar de «los zapatos silenciosos de la normalidad» con la que se presentan los hechos. Era normal que ocurriese esto y aquello, y ¿cómo es que nadie lo anticipó?
Lo habitual es que los delicados pasos de paloma aplasten en su avance aquello que creíamos más nuestro, comenzando por nuestros derechos. La voz que se eleva por encima de esos pasitos de paloma o de esos zapatos de la normalidad proclama que el paro es coyuntural, la crisis pasará, a los bancos hay que rescatarlos, no habrá más burbujas inmobiliarias, no hubo mala intención con las preferentes. La voz, por encima de los zapatones que se imponen y aplastan tiene siempre un tono de sofista, y proclama un conocimiento que se vende al mejor postor. Pero la voz, esa voz, que deja hacer y se presta al mejor postor como pensaba Platón porta un anzuelo, y no uno solo, más, todos los que sean necesarios; pero no para los peces, a esos, ya los pesca el hombre común; no, los anzuelos de los sofistas, aquellos a los que se refiere Platón, son para «animales andadores», es decir, y según su propia afirmación, «para los hombres», esos pobrecitos, la afirmación también es suya «animales domesticados», tan fáciles de guiar con palabras. Porque los clásicos no solo son esas palabras en griego con las que se adornan algunos textos del presente, sino, ese conocimiento de los hombres, con los que una puede o no estar de acuerdo.
Este capitalismo no es el del pasado, es peor, mucho peor, aquí cada uno queda librado a su suerte. Ahí los pensionistas; aquí, las feministas, más allá los trabajadores precarios…
Este capitalismo se parece, si a algo se parece, al de sus inicios.
Y entonces llegan ellos, los «fondos buitres», oímos, y nos sorprende el nombre hasta que sabemos que los «fondos buitres», esos a los que algunos políticos les han vendido «viviendas de protección oficial», están formados también por pequeños inversionistas que podrían ser su vecino, pero resulta que están en la otra punta del mundo, y nunca verán su cara ni sus preocupaciones, por tanto, no se sentirán responsables, mientras alguien les entrega la ganancia que han obtenido por sus ahorros.
Son momentos en que una recuerda a Sygmunt Bauman explicando cómo la endiablada libertad de movimiento de este nuevo capital globalizado, que se posa y picotea en todas partes, tiene un parecido con la de aquellos «terratenientes absentistas de antaño» que vivían de sus siervos o de sus campesinos, es decir, de su trabajo y de sus impuestos, sin conocerlos ni preocuparse por ellos. Pero, es probable, y aquí quiero implementar un punto de vista más cercano, más de vecinos, más de conciudadanos, que cuando usted piense en esa pequeña suma de dinero que tiene en su cuenta del banco, o en esa cuota del seguro del hogar que tiene que pagar y que alguien necesitará invertir por usted, no piense en estas cosas, no piense que su banco o su aseguradora invierte en ese tipo de fondos, porque pensar eso sería como saberse parte de ese gran monstruo alado, que viene y va con sigilo, y camina con pasitos de paloma.


Publicado en Diario 16 28/05/2018

martes, 8 de mayo de 2018

LA MÁSCARA CON LA QUE SE CUBRE LA ÉPOCA




Pilar Alberdi


Un buen escritor no debe escribir para su época. Debe escribir, sin más, sin esperar ver los frutos. Echar barquitos a la mar del pensamiento. Hilvanar historias sobre un mundo vasto de reflexiones, que no siempre, coincidirá con la máscara con que se cubre la época.
En el inconmensurable porvenir, alguien rescatará una palabra, o simplemente un pensamiento, que fue pensado y olvidado, y, de repente, se abrirá nuevamente a la luz, con renovada insistencia. Pequeñas joyas de luz, fósiles sociales de la inteligencia; abiertas al infinito.
Pensemos, por ejemplo, en aquellos griegos presocráticos, atomistas, en los que hablaron de la rotación de la Tierra o de la traslación de ésta alrededor del Sol; pensamiento oculto durante siglos tras el aristotelismo, el platonismo y la escolástica, y que volvió a surgir con renovado entusiasmo en el siglo XVI, inaugurando la Revolución Científica.
La Modernidad marcó una época, la del hombre europeo, blanco y etnocéntrico. Bajo los eslóganes de Libertad, Fraternidad e Igualdad, que sin duda ayudaron a derrocar al viejo régimen de las monarquías, para imponer después nuevos colonialismos bajo la figura del Estado, pero olvidó a la mujer, a la que no consideró «ciudadana» durante el proceso de la Revolución Francesa, y a la que negó el voto hasta bien entrado el siglo XX, y aún hoy, en muchos países. Pero ahí está el feminismo impidiendo que las heridas, las llagas purulentas, se cierren en falso.
La superficialidad de la época la marca siempre un grupo de poder, una camarilla de personas y familias abanderadas de la ideología dominante, su propia ideología.
El feminismo llegó para iluminar esa oscuridad, en la que el hombre había alabado la universalidad sin reconocer ni tan siquiera a sus pares, las mujeres. Así, mientras la Modernidad anunció su mundo en tres palabras (Fraternidad, Igualdad, Libertad), la Posmodernidad solo depende de una: «globalización» económica y política para beneficio de los que dominan el mundo, y producen y comercian y monopolizan sin conciencia ecológica. Si bien es verdad que, en algún momento, al final del siglo XX, a esa globalización la acompañó otra palabra, «multiculturalismo», esta desapareció después de las numerosas guerras creadas en el norte de África y en Oriente Próximo y la llegada de desplazados a Europa.
La época, es ciega, no reconoce el pensamiento que la ha de superar. Así, el hombre actual vale su peso en dinero: sueldos de hambre; riquezas de otros siempre en «paraísos fiscales»; poderes y países que nunca harán nada para remediarlo. En ello va su beneficio.
El conocimiento, el ansia de saber, la sabiduría, ya no es un valor en alza. A cambio, la mediocridad se impone, mientras los nuevos «metarrelatos salvadores» se instalan en las pomposas televisiones vendiéndonos la felicidad a plazos, y desde allí, hipertrofiados en el consumo diario de las noticias, iracundos gallos y gallinas de la política, la economía, los mass media saludan al Sol cada mañana amenazando con una nueva arma, una nueva guerra, una nueva corruptela, una masiva expulsión de inmigrantes, un bienestar siempre futuro, siempre al otro lado de muros contra los más desfavorecidos; siempre más allá de una crisis, de esta o de la que viene. Mientras, en el gallinero, la mayoría silenciosa e indiferente, aplaude; pero no solo eso, aplaude y teme, como ha aplaudido y ha temido siempre.
Aplaudir, tiene eso, es tan fácil aproximar las palmas de las manos con cierta fuerza y que aparezca un sonido. ¡Ha sido siempre tan fácil! ¡Es tan fácil asustar! Incluso cuando la gente conviva con robots, seguirá siendo muy fácil aplaudir lo que está de moda.
Llegada esa época, no será difícil tampoco enseñarles a los robots dos cosas: cómo obedecer y cómo aplaudir. Temer, no sabrán. El resto pertenece a la Historia. Pero el que escribe, la que reflexiona, el que se bate a duelo con las ideas viejas, no callará, y de época en época alguien, en un tiempo futuro, tomará en sus manos sus palabras y las pondrá en pie. Humanizadas, serán oídas.
Por eso, un buen escritor, una buena escritora, no debe escribir para su época. Debe escribir, sin más, sin esperar ver los frutos. Echar barquitos a la mar del pensamiento. Hilvanar historias sobre un mundo vasto de reflexiones, que no siempre, coincidirá con la máscara con que se cubre la época.


Publicado en Diario 16 08/05/2018

jueves, 12 de abril de 2018

«FELICIDAD PERFECTA» —Un cuento de Katherine Mansfield—


Pilar Alberdi

El cuento que quiero comentarles, «Felicidad perfecta» de Katherine Mansfield, con traducción de Lucía Graves y Elena Lambea, apareció editado (1998) en la excelente colección de Relatos dirigida por Ana María Moix en Plaza & Janés.
La protagonista es «Bertha Young», tiene treinta años, está feliz, tanto como para sentir el impulso de correr más que el de andar; el de «lanzar algo al aire y cogerlo después», el de «reírse… de nada», o, simplemente el de quedarse quieta.
Ella se pregunta qué se puede hacer cuando tienes esa edad y «al doblar la esquina de tu calle, de pronto te invade un sentimiento de felicidad».
La protagonista representa un tipo de mujer del siglo XIX, comienzo del XX, atrapada en las limitaciones que le impone, por partida doble, el patriarcado y la pertenencia a una clase social determinada.
Las mujeres como Bertha cuentan con alguna criada y cocinera, y aquí se observa cómo, para que una mujer pueda estar en parte liberada del trabajo de la casa, otras mujeres, de una clase social inferior ocupan ese puesto. Esto no ha cambiado. Muchas inmigrantes llegan a Europa y acaban cuidando a los hijos de otras mujeres, mientras han dejado a los suyos a cargo de otros familiares en sus lugares de origen.
Bertha Young está alegre, demasiado alegre; eso también tiene que disimularlo. A las mujeres de su época que muestran demasiado sus sentimientos se las puede tildar de «histéricas», comodín que escondía, como hoy sabemos, posibles abusos sexuales sufridos en la infancia o en la adolescencia, además de la forzada inquietud por no poder desarrollar su personalidad plenamente. El riesgo de mostrar su interés y su ilusión era acabar encerradas en una institución como si estuvieran enajenadas.
Pero Bertha está feliz, «como borracha y alborotada», dice, tanto como para expresar que se comería un trozo de ese sol que ilumina la mañana y su vida, mientras camina de regreso a su casa.
Por la noche, esperan gente a cenar; por tal motivo, compró fruta por el camino: mandarinas, manzanas, peras, y uvas blancas y moradas, estas últimas porque había pensado que harían una excelente combinación con la alfombra del salón.
Ya frente a la puerta de la casa, ¡otra vez se ha olvidado la llave!, llama y espera a que salgan a abrirle y en cuanto aparece la criada le pregunta por la niñera, al tiempo que decide ser ella misma quien coloque las frutas sobre un par de platos. Luego, las dispone en forma de pirámide sobre un cuenco de cristal y un plato azul. A continuación, se aleja para ver el resultado, la fusión con el ambiente le parece admirable.
Unos minutos más tarde, busca a la niñera para poder encontrarse por fin con su hija. La niñera se demora con la comida que está dando a la pequeña; también le cuenta que un perro se ha acercado a ellas en el parque y que la niña le ha tocado la oreja. De repente Bertha siente miedo de lo que hubiera podido pasar, pero se contiene y calla. Ahí está su niña, por fin ha acabado la niñera de darle de comer, ya puede tomarla en brazos.
Las horas van pasando. Los preparativos se cumplen con meticulosidad. Entre los invitados esperan a un poeta joven, Eddie Warren; ella no ha leído nada de él, pero «está de moda», la prueba es que lo invitan a muchas cenas. También acudirán los Norman Knight, él está a punto de abrir un teatro, y ella, excepcional en su carácter, siempre les hace sonreír. No faltará la señorita Pearl Fulton, a quien ella había conocido en un club y de la que se había prendado, sin saber muy bien por qué.
Mientras tanto, Harry, su marido, acaba de llamar por teléfono para comentarle que se retrasará un poco.
No importa, piensa, ¡está tan contenta! No hay de qué preocuparse. Todo saldrá bien, y seguro que hasta Harry llegará a tiempo. Tiene tantas cosas de las que estar agradecida y con las que poder ser feliz: el amor de su esposo, la hija de ambos, los libros, los viajes al extranjero, y hasta su nueva cocinera que hace «unas tortillas riquísimas».
Viven en una casa amplia; el balcón da al jardín, en donde se puede distinguir un peral, rosales, tulipanes rojos, y narcisos; espacio donde a veces se detiene la mirada de Bertha. Mirando y sintiendo su mundo ella exclama: «¡Soy demasiado feliz…, demasiado feliz!»
Llegan los invitados. La cena se desarrolla como era previsible; ni una nota más alta que la otra. Todo es entendimiento y buenas maneras. La señora de Norman Knight, seguirá siendo durante toda la velada la «señora de Norman Knight», nunca conoceremos su nombre ni sus apellidos de soltera, aunque se indica que, entre ellos, en la intimidad, ambos se llaman, Rostro y Bobo. La mujer cuenta su experiencia del viaje en tren vestida con su abrigo amarillo adornado con un ribete estampado con figuras de monos, y la reacción de la gente al verlo. El poeta, mientras tanto, permanece como en la luna; y la señorita Pearl Fulton, su elegida, y en este caso su invitada preferida, su favorita sin duda, se muestra siempre tan encantadora.
Su marido, Harry, muchas veces criticaba y se burlaba de la amistad que compartía con ella. Era algo que Bertha no comprendía. ¿Qué tenía su queridísima Pearl, que molestaba tanto a Harry?
Si al abrigo de la invitada antes citado sumamos los colores de la ropa que Bertha se ha puesto, entendemos cómo los matices de intensos colores se han impuesto con fuerza en la moda de comienzos del siglo XX. Ella eligió para ponerse esa noche: «un vestido blanco, un collar de cuentas de jade, zapatos y medias verdes».
Bertha admiraba, sin duda, el entusiasmo de Harry, su marido, por la vida, pero no entendía tantas críticas como volcaba sobre su querida Pearl Fulton, que fue la última invitada en llegar, inmediatamente después de Harry, y que se mantuvo moderadamente discreta, mientras: «Sus pesados párpados descansaban sobre sus ojos y la extraña media sonrisa, iba y venía de sus labios, como si viviera más escuchando que viendo». Le parece un encanto de mujer, mientras Harry, como siempre, se mantenía indiferente hacia ella.
Como buena lectora, a la anfitriona, lo que aparece ante sus ojos, le recuerda una obra de Chéjov, en la que cada personaje sirve al cometido de hacer resaltar a otro. La velada no podía ser más perfecta. Su marido hasta le elogió el soufflée que, lógicamente, ella no había preparado.
Bertha, intentaba controlar su alegría, su deseo de reír, y lo ocultaba hablando.
Ya estaban terminando cuando decidió invitarles a ver su cafetera nueva.
De repente, al encaminarse a la habitación contigua para admirar la cafetera, la señorita Fulton se mostró sorprendida ante Bertha de que tuviesen jardín, y juntas, ambas de pie, se quedaron admirando a través del cristal el esbelto peral que allí reinaba. «¿Cuánto tiempo estuvieron así, las dos, como atrapadas en aquel círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose perfectamente?»
Tras la cena y el café, se ofrecieron cigarrillos de Egipto, Turquía y Virginia; y no tardó en llegar el momento de la despedida.
Lo que Bertha sentía en ese momento, esa enorme sintonía con la señorita Fulton, debía explicársela sin demora a Harry. No soportaba sus críticas, no le gustaba que él la criticase, y de repente decidió que esa misma noche, cuando se marchasen los invitados y estuviesen en la cama, en su habitación, ella le reprocharía su comportamiento, sus palabras. No se sintió segura de que ese fuera el momento adecuado ni el mejor lugar, sin embargo, se alegró de ser tan «modernos», lo que les permitía ese tipo de franqueza.
Había en el salón un piano, pero nadie sabía tocar. Bertha lamentó quedarse sin música para completar una noche tan exquisita.
Los Knight apelaron a los horarios de los trenes para marcharse. Harían el trayecto hasta la estación en taxi. La señorita Fulton, por su parte, invitó al poeta a sumarse a su taxi, y a continuación se dirigió a buscar su abrigo.
Bertha iba a acompañar a la señorita Pearl, cuando Harry se le adelantó para ayudar. Entonces Bertha se quedó en el salón con el poeta que todavía estaba allí y hablaron de un libro. En un instante en que ella volvió el rostro y miró hacia el vestíbulo vio a Harry sosteniendo el abrigo de la señorita Fulton, a esta de espaldas e inclinada levemente; luego observó cómo él arrojó el abrigo, tomó de los hombros a la mujer, dándole la vuelta, y sus labios dijeron: «Te adoro», mientras la señorita Fulton colocaba sus manos sobre las mejillas de Harry, y él le preguntaba: «¿Mañana?» y ella contestaba «Sí», bajando los párpados.
El poeta distrajo a Bertha con un comentario; poco después la señorita Fulton se acercó para despedirse y mientras ofrecía sus finos dedos a la anfitriona, dijo: «¡Tu bello peral!».
El poeta siguió a la mujer, y Harry a ambos para cerrar la puerta.
Bertha corrió hacia el amplio ventanal que daba al jardín, y se detuvo: allí estaba el peral, mientras se preguntaba «¿qué va a pasar ahora?».
Hasta aquí el cuento escrito; luego, nos queda además de la cantidad de sentimientos por los que hemos viajado y compartido, ese final inconmensurablemente abierto.
Se suele decir que Katherine Mansfield tenía como maestro a Chéjov, y, de hecho, en este cuento lo nombra.
Pienso en un cuento del señalado autor ruso titulado Una bromita. Algo tan sutil, ¿verdad? Todo y nada pasa en un cuento como ese, y el recuerdo se queda para siempre; hay un querer volver a ese cuento de Chéjov como a otros muchos, porque de eso trata la literatura, de mantener vivos entre palabras a los personajes, y la lectura y relectura consiste tan sólo en reencarnarlos.
De todos modos, sería preciso recordar algo que expresó vivamente Vladimir Nabokov en su Curso de Literatura europea: Tolstoi, Chéjov y Proust, aprendieron de Flaubert, un detallista excepcional. Porque no está en la capacidad de expresar la generalidad, donde está la mejor literatura, sino en aquella capaz de mostrar cada detalle.


Publicado en la revista Las nueve musas —Artes, Ciencias y Humanidades— 11/04/2018.

martes, 20 de marzo de 2018

EL CLUB DE LAS FALACIAS



Pilar Alberdi


El reino de las falacias campa a sus anchas por los derroteros de la política. Percibimos constantemente que cuando un político ataca las razones de otro, lo que realmente hace, es aplicar una falacia, por ejemplo, la de «argumentum ad hominen» (contra la persona) incidiendo en circunstancias de su pasado, su presente, su condición, identidad o género.
Es muy propio de nuestros políticos apelar a la autoridad bajo la forma de un argumento o falacia «ad veracundiam». Esa autoridad puede ser la de una persona, una institución, un comité de expertos. Con la recurrencia a este argumento, muchas veces, lo único que se pretende es retrasar aquellos cambios que la ciudadanía exige. Otra apelación que a veces colabora con la anterior es el «argumentum ad baculum», en la que se promete el peso de la autoridad y las sanciones, o nuevas leyes restrictivas de la libertad de expresión.
Una falacia que aparece muy a menudo es la de la «apelación a las consecuencias», por ejemplo, un partido político con cierta experiencia en el poder, indica que un partido nuevo no la tiene, por tanto, intenta descalificarle de entrada adjudicándole una incompetencia que no ha tenido oportunidad de demostrar, y por si esto fuera poco, pasan directamente a enunciar un falaz «argumento en cascada» por el cual anticipan (imaginariamente, claro) los muchos males que se producirán.
También es muy reiterada la apelación al «sentido común», pero qué sea tal cosa, evidentemente depende del partido que la nombra. También puede resultar una falacia la «apelación a las novedades»; algo que se presenta como nuevo y de lo que no se pueden prever todavía las consecuencias, pero que se presenta como lo mejor.
Las falacias, básicamente son de dos tipos: a unas se las denomina sofismas y a las otras, paralogismos. Las primeras tienen intención de engaño; las segundas pueden deberse a errores o equívocos. La lista de las falacias es larga; algunas son fácilmente detectables como, por ejemplo, los argumentos que apelan a la tradición, las que presentan una falsa oposición o elección, las de «petitio principi», es decir, aquellas que ya en sus premisas iniciales contienen la conclusión que pretenden.
Decíamos que unas son fácilmente detectables, pero la mayoría no, por eso cuelan en los discursos de los políticos, y en los medios de comunicación con, ¿cómo lo diríamos?, la mayor desfachatez.
Por tanto, y sin temor a equivocarnos, bien podríamos afirmar atendiendo al extenso número de falacias que hay en este Club, que del rey abajo todo son falacias, y que nadie está libre de utilizarlas o de que le cuelen una.


Publicado en la revista Las nueve musas -Artes, ciencias y humanidades- 19/03/2018

lunes, 12 de febrero de 2018

EL GRADO CERO DE LA CULTURA



Pilar Alberdi


«Ridículo», «imposible», «absurdo», «tonto», pero «divertido». Así define Elon Musk el envío de un coche de la marca de una de sus empresas (Tesla) a orbitar entre la Tierra y Marte. Ahí estará por miles de años, según la propaganda; sin embargo, rápidamente un científico dijo que durará poco, porque los materiales se degradan rápidamente por la radiación.
¡Sorpréndanme!, de verdad, lo deseo. Díganme de un «medio de comunicación de masas», un periódico, un telediario de esos que entra a diario en la mayoría de los hogares, en donde el hecho fuese cuestionado. Creo que no encontrarán ninguno.
Elon Musk definió el hecho acertadamente: ridículo, imposible, absurdo, tonto, pero divertido. Le faltó añadir: publicitario, y a continuación «con qué derecho», evidentemente él cree tenerlo, si es que es verdad que el vehículo está en el espacio, algo que ponen en duda muchos por el tipo de fotografías aportadas, que más bien parecen un bonito montaje.
Decía Jean Jaçques Lyotard, el creador del término «posmoderno», entiéndase por tal la crítica al «mito del Progreso» ―entre otros― con los que venimos haciendo camino desde la Modernidad, o sea a partir del Renacimiento, que vivimos, desgraciadamente cabría añadir, en el «grado cero de la cultura», en la que «oímos reggae, miramos un western, comemos en un Mc Donald al mediodía y un plato de cocina local por la noche, nos perfumamos a la manera de París en Tokio, nos vestimos al estilo retro en Hong Kong, y el conocimiento es materia de juegos».
Y todo esto qué es, sin duda, «divertido», como se espera que sean hoy todas las cosas para quienes puedan pagarlas y disfrutarlas, para quienes ya no aspiran a poner en cuestión nada y se conforman con todo lo que les dan.
Son días en que podemos recordar a Ortega y Gasset, y sentir que no se equivocaba cuando afirmaba: «la masa está en todas las clases sociales», ya no se puede pretender que esté en una sola.
Así la cultura brilla por su ausencia, mientras cruzan las pantallas de la televisión cualquier cosa que pueda convertirse en «espectáculo», así sea una guerra o la llamada «prensa rosa» o un accidente de tráfico en la otra punta del planeta.
Un universalismo globalizado, económico, que nos lleva de los pueblos, de manera homogeneizante, otra vez a la tribu, a una sola y sin diversidad, y así continuará mientras la mayoría conformista acepte que algo pueda ser ridículo, impensable, absurdo, tonto, pero divertido; sobre todo, divertido.



Publicado en la revista Las nueve musas -Artes, ciencias y humanidades- 11/02/2018.