© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Finalizando Grado en Filosofía (UNED)

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jueves, 7 de febrero de 2019

EL EFECTO MATEO


Pilar Alberdi

¿Es la mitad de la población sadomasoquista? Así lo pensaba Erich Fromm en su Anatomía de la destructividad humana. El sadomasoquista, al mismo tiempo que es capaz de doblegarse de modo abyecto ante la autoridad, se impone despóticamente sobre sus inferiores en cuanto tiene ocasión. Una sociedad en cuyos platos de la balanza podemos observar esta condición existencial se vuelve peligrosa, según la época, y aún más cuando una gran masa de la población se torna necrófila. Hitler fue un necrófilo. Es decir, un necrófilo, en casos como el suyo, es aquel que no se contenta con ver sufrir a otro bajo su sometimiento, sino que aspira a su aniquilamiento. En suma, una sociedad que necesita dominar a otros es la que ha dado éxitos a obras recientes como 50 sombras de Grey. Pero, tal vez, debamos partir para analizar estos hechos, no solo de lo exterior, sino mirando hacia nuestro interior, doblemente oculto por la máscara cultural y la personal.
Por este motivo, voy comenzar este acercamiento al autoritarismo y la agresividad con autores cristianos, una es Madeleine Delbrél (1904-1944), y otro, Herman Broch (1886-1951), escritor de origen judío convertido al catolicismo en su madurez, para continuar con otro de origen sefardí, pero no católico, Elías Canetti, porque me parece que en sus palabras se encuentra una noción de humanismo que, cuanto menos, es garante de la conciencia de la existencia del Otro, y del enorme temor que tienen los que dominan, a la muerte, esa que no quieren para sí, pero que otorgan con desmesurada ira a los demás.
Lo primero que señalan algunos de estos autores, por ejemplo Herman Broch, es que el Estado tiene su ideología. Dentro de esa ideología que hace posible al Estado, y que no fue otra cosa en sus comienzos que la suplantación de las creencias religiosas por un Estado confesional, capaz como en el pasado lo hicieron las religiones, de inaugurar un doloroso camino de guerras y enfrentamientos para el despliegue de su colosal obra. El Estado como ideal suponía una mejora de la vida en la tierra, pero sabemos que no solo eso, también sería raíz generadora de males como el colonialismo, con su carga xenófoba y racista, y base sustancial para el surgimiento —entre otras— de las dos guerras mundiales.
La escritora Madeleine Delbrél, por su parte, nos recuerda que «esos últimos» [citados en el Evangelio], para los que existe la promesa de convertirse en los primeros, no son unos «“últimos” imaginarios, ni siquiera unos últimos a nuestro estilo». No. Sencillamente, «Son los últimos que los hombres toman por últimos sin preguntarles su opinión; personas que deben pedir todo a los demás, porque no tienen nada, que les permita tener algo». Son, en definitiva, unas personas que reciben de los demás, no aquello que más necesitan, sino la condición de «últimos», con las terribles consecuencias que esto pueda suponer.
Hegel asumió el juego de la razón utilitarista de la Historia como la lucha de los pueblos o de las culturas o, mejor cabría decir de los juegos de poder, por eso sitúa a «los últimos» (personas o conglomerado de personas reunidas en pueblos, naciones o Estados) como aquellos que pareciendo, por la fuerza de otros más poderosos, más débiles e inferiores, son rechazados, deportados, vencidos, sometidos, aniquilados; simples descartes humanos para la burguesa «trinidad hegeliana» constituida por la Razón, Dios y el Estado.
Si para Husserl, el papel del filósofo debía ser el de convertirse en «el defensor de la humanidad»; algo imposible desde los planteamientos de Hegel que está del lado de los triunfadores, es decir, de una mínima parte de la humanidad; para Herman Broch, «La filosofía ha perdido el principio del conocimiento que se ha hundido muy hondo» (La muerte de Virgilio) desde que surgió en el pasado. También para Broch, un escritor verdadero debería estar por entero, enfrentado a su época, porque la luz que nos ilumina, social, política, etc., no es más que un fuego fatuo, mientras nos conducimos a la muerte. Frente a este «valor cero» o falso valor de la muerte, aquí Broch demuestra el interés que sintió en su madurez por la lógica matemática, el verdadero valor, tiene que estar en la vida. No puede haber conciliación con la muerte, y no puede darse a otros impunemente. De hecho, la mirada crítica hacia la muerte es razón suficiente para potenciar la vida, pero cómo o en qué sentido, ahí radica la importancia del tema.
Quizá, a algún lector pueda parecerle extraño que Broch se convirtiera al catolicismo, del mismo modo que en su día también lo hicieron Oscar Wilde y Gilbert Chesterton, mientras otros manifestaron un acercamiento consecuente como fue el caso de Henri Bergson, quien finalmente optó por mantenerse dentro de la religión judía por no parecer traidor al destino de los suyos.
Algunos de los escritores que he citado vivieron y padecieron las dos últimas guerras, por eso pueden presentar estos temas de manera aguda. El horror no es algo que haya quedado al margen de sus vidas. Y la peste que asoló el siglo XX, tenía claramente la forma del fascismo.
Elías Canetti nos recuerda en el largo ensayo La conciencia de las palabras que el deseo innato que mueve al hombre a seguir adelante en la vida es el de la «supervivencia». De ahí, que no debería extrañarnos que la paz solo encubre otras guerras, especialmente económicas, de dominio comercial, que son en general, espacios de preparación para las que vendrán.
Como el poder y la supervivencia están imbricados, a más poder, mayor deseo de supervivencia, y también mayor negación de aquello que aparece como débil, pero cuya presencia resulta por alguna razón, amenazante. Ninguna de estas prácticas sería posible masivamente sin un discurso que las estimule.
El deseo que hoy recorre Europa con la aparición en varios países de grupos y partidos neofascistas manifestándose abiertamente a favor de la expulsión de inmigrantes, aclaremos, de inmigrantes pobres, de Oriente Medio o África y de religión musulmana, solo habla, y esto es lo trágico, del deseo de supervivencia del hombre común europeo frente a la crisis económica y política ―propia de la globalización y del cambio climático―, del que sin duda es parte responsable, y que ha afectado a su modo de vida; pero muy especialmente por otra pérdida: la de valores que incluyen el reconocimiento de la dignidad humana, sin cuya base es imposible nuestra humanidad común o aquello que consideramos garante de la misma. Afirma Canetti: para el que tiene poder «el placer que le causa sobrevivir va aumentado con su poder» y esto le permite ceder a sus deseos de doblegar e imponerse al Otro. El último y verdadero deseo que subyace en esta supervivencia es el de sobrevivir a grandes masas de personas. ¿Recuerdan al personaje de Ismael en Moby Dick? Igual que Job, sólo él escapó para contarlo. ¿No creen que en el fondo del pensamiento de todos subyace esa idea? ¿En qué piensan los ricos que se construyen bunkers? ¿De qué hablan aquellos científicos que explican que la salvación de la humanidad depende de los viajes al espacio? Al margen de todas las connotaciones religiosas que muestra la obra de Melville, explicada por el propio autor en su correspondencia, en donde la ballena blanca es la representación de Dios y el capitán Ahab del demonio (hombre), me pregunto: ¿el obrero europeo que se suma a las ideas de expulsión de inmigrantes más pobres que él, qué siente? ¿No será, acaso, poder? ¿Tal vez encubre en su ocultamiento psicológico, la idea de su propia salvación a partir del apartamiento o la destrucción del Otro? ¿Hasta dónde puede ser posible este desconocimiento si advertimos sus consecuencias?
Desgraciadamente, en esta vida se impone a diario lo que se ha dado en llamar «el efecto Mateo», concepto utilizado por primera vez por el sociólogo Robert K. Merton y que remite al Evangelio de Mateo: «Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará». Algo que se repite de muchos modos en la vida. Y solo pondré un par de ejemplos: si tienes dinero los bancos te darán más dinero; o el del propio Merton, si eres un científico muy citado en artículos, lo serás más.
Este es el horror y nosotros debemos conocerlo, debemos saber que existe dentro nuestro, que el poder no es algo que está en otra parte, sino que somos parte de él; «circula en cadena» según la acertada definición de Foucault, y que la tentación de ser más que el Otro, de sentirnos más seguros, nos determina, y que domesticar estos impulsos es propio de gente que reflexiona. «No nos engañemos, nunca seremos buenos» decía Herman Broch. No, ser bueno es casi un imposible, porque ser bueno es ser manso y tener en consideración a los demás; ser bueno es casi imposible por nuestra propia constitución y por la moral utilitarista que rige la época. Y considerar que por ser ciudadanos de un Estado esto nos permite negar al Otro, ocultando la humanidad que nos reúne, no deja de ser una absurda idolatría.



Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.

sábado, 5 de enero de 2019

UNA SOCIEDAD DE ADMIRADORES Y ADORADORES


Pilar Alberdi

Decía Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759): «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable» o «Hay más gente buscando un puesto de trabajo de la que pueda conseguirlo», frases que nos recuerdan lo que sucede en nuestros días, y que para el autor fueron un anticipo de su libro más conocido La riqueza de las naciones (1776).
Voy a intentar hacer una síntesis con los puntos principales de su Teoría de los sentimientos morales. Smith afirma que tanto los afectos como las acciones proceden de los «sentimientos», y que estos son posibles gracias a la «imaginación». Sinceramente, una no esperaría hallar esa palabra, «imaginación», en una teoría moral, pero ahí está, luminosa como la luz de un claro día de verano, y pronto nos vemos obligados a darle la razón: ¿podríamos sin «imaginación» ponernos en el lugar de otro?
Afirma Smith: «lloramos incluso ante la representación imaginaria de una tragedia» porque hemos sabido colocarnos en el lugar de los personajes. Y, ¿de qué modo simpatizamos con los pareceres y opiniones de los demás? Por supuesto, a través de los sentimientos, pero siempre, contando con la imaginación. ¿Qué es sino esa enorme alegría que sentimos al percibir cómo compartimos con otras personas sentimientos parecidos? ¿No es eso lo que vivimos cuando nos enamoramos, cuando compartimos amistad o disfrutamos en compañía de otras personas de distintas actividades sociales? La imaginación, esa maravillosa diosa, nos permite ser conscientes de las alegrías o de los sufrimientos de los demás. Nos hace ricos en emociones y nos transforma.
Adam Smith crítica los privilegios sin contrapartidas que ostentaba la nobleza de su época. Dice: «los grandes jamás consideran a los inferiores como iguales», y esto que debería preocupar a los inferiores, da como resultado que los inferiores admiren a la grandeza. Por eso, critica que la grandeza sea contemplada con «el respeto y la admiración que solo se deben a la sabiduría y la virtud». Y añade: «La amplia masa de la humanidad está formada por admiradores y adoradores, y, lo que parece más extraordinario, muy frecuentemente por admiradores y adoradores desheredados de la riqueza y la grandeza». Y ¿qué vemos hoy? Más de lo mismo. Hoy no se admira el conocimiento, la dedicación de toda una vida a una tarea que acaso a ojos de la mayoría pueda ser inútil o pasar desapercibida; los admiradores del presente ven programas de televisión o compran revistas donde los ricos de vieja alcurnia enseñan sus palacetes y mansiones, incluso sus museos; los nuevos ricos sus yates, amantes, e hijos; los famosos, sus escándalos; y las realezas, sus retoños. Pero no es Adam Smith, el único que habló de sentimientos, también lo hizo Stuart Mill, uno de los padres de la «Teoría utilitarista». Decía este, que el «Principio de la felicidad para el mayor número» constituía el criterio de la moralidad. Y aunque algunos negaban este derecho, para Bentham, Mill y otros, no se trataba tanto de garantizar la felicidad como de «prevenir la infelicidad», teniendo en cuenta que, aunque «la mayoría de las acciones están pensadas no para beneficio del mundo sino de los individuos, es a partir de estos que se constituye el bien del mundo». Lo que pasa es que, si se protege más el egoísmo de unos que el de otros, queda poco para repartir.
Ahora, preguntémonos: ¿qué es para Stuart Mill lo que sostiene la conciencia? Pues sí, también, exactamente eso: los sentimientos. La elección de nuestros actos se basa en esa sensación preferente de comodidad que podemos tener si hacemos las cosas como percibimos que deberíamos hacerlas, y no al contrario. Por eso, dice: «No cabe duda de que esta sensación [la de la conciencia] no tiene fuerza vinculante en aquellos que no poseen los sentimientos a los que se apela». ¿No es acaso eso lo que pensamos de quienes infringen daños psíquicos, físicos y morales a los demás? ¿No decimos de ellos que, si nos parecen inhumanos, es porque intuimos les falta conciencia?
Visto lo visto, lo que nos dejan claro estos pensadores, y, muy especialmente Adam Smith, es que «imaginación» y «sentimiento» van de la mano, y que no es otra cosa, dicho de una manera sencilla, que eso que la cultura popular ha enseñado siempre en un refrán como la capacidad «de ponerse en los zapatos de otro». Y a eso, yo no dudaría en llamarle: sabiduría.


Artículo publicado en El Cuaderno Diciembre 2018.


¿TODOS TENEMOS DERECHO A UNA OPINIÓN?



Pilar Alberdi

«La vida de las palabras no es independiente de las ideas». Réne Guénon

Todos creemos que tenemos derecho a una opinión. El profesor David Godden en su artículo «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático» , explica cuál es el método que ha utilizado para saber qué piensan los estudiantes universitarios que acuden a su clase sobre esta cuestión, y si estarían dispuestos a cambiar su opinión por otra.
Somete a los estudiantes a que escriban en un papel su opinión sobre un determinado tema que él les plantea. Luego, recoge y reparte aleatoriamente esas opiniones, y les pregunta si aceptarían la que han recibido. La respuesta es, fundamentalmente, «no». Prefieren la suya. No ceden ante la posibilidad de ampliar hacia otra perspectiva y zanjan la cuestión con la conocida excusa de que «todo el mundo tiene derecho a una opinión». A lo que David Godden contesta que solo tienen derecho a tener una opinión aquellos que pueden ofrecer razones. En realidad, el caso es algo más complejo de lo que acabo de describir, pero en esencia es así.
David Godden reconoce que las charlas de su homólogo, Patrik Stoken, quien suele afirmar: «No. No todos tienen derecho a tener una opinión» le motivaron a escribir su artículo. Esto me recuerda la pregunta de Kant: «Si ahora nos preguntáramos; ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?; la respuesta sería: ¡No!; pero sí vivimos en una época de Ilustración» . La verdad es que tras escribirlo me asaltan las dudas. Cualquiera diría que en parte permanecemos en aquella minoría de edad que él denunciara. Hoy tenemos educación, pero ¿pensamos por nosotros mismos? Pensar supone tener creencias. Y esto como señalaba William Clifford, no es poca cosa. Porque «una acción cuando se ha llevado a cabo es correcta o incorrecta para siempre» y toda acción tiene que ver con una creencia. Por tanto, deberíamos analizar continuamente nuestras creencias, porque cada una de ellas reafirma las anteriores y evita la llegada de otras nuevas o mejores.
Pero, tomemos en cuenta esas palabras: «opinión» y «creencia», y vayamos al diccionario. ¿Qué dice allí? Veamos. «Opinión»: «Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», y a continuación en «Opinión pública»: «Sentir o estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados»; ahora, nos fijamos en la palabra «creencia», y encontramos su primera acepción: «Firme asentimiento y conformidad con algo». Por tanto, una opinión siempre se asienta sobre una creencia del tipo que esta sea. De tal hecho, se deduce que una creencia incide y sirve de fundamento para el resultado de nuestras opiniones y de nuestros actos, sean que los realicemos o no, pero aún si no los realizamos, influyen indirectamente sobre nosotros y el sentido de nuestras creencias futuras y sobre las de los demás. Y, por supuesto, las de los demás sobre las nuestras.
Después de afirmar que la filosofía descansa en una práctica argumentativa basada en «pedir y dar razones», de la que Sócrates es el ejemplo elegido, se sorprende Godden del invariable resultado de la prueba a que somete a sus estudiantes. Él, pretende crear una «disonancia cognitiva» al intentar que cambien las opiniones dadas si encuentran otra mejor. Al enfrentarlos a una opinión diferente, quisiera verlos forzados a replantearse la suya, pero, muy por el contrario, cada uno se aferra a la emitida con más vehemencia si cabe. Es entonces cuando el profesor les dice, que si bien tienen «derecho político» a tener su opinión, no tienen «derecho racional» a la misma, si no pueden dar razones. ¿Pueden darlas? No sabiendo dar razones del propio pensamiento, ¿bajo qué condición de verdad van a juzgar las de otros? ¿Cómo pueden saber que aquellos argumentos que otros sostienen no son mejores o cómo van a poder determinar cuáles son peores?
Sentimos sobre estas apreciaciones la larga sombra de Kant, cuando decía que hay una conciencia moral universal, de la que todos tenemos conocimiento.
Godden llama la atención sobre el hecho de que la «legitimación política» para emitir una opinión es un derecho básico (que incluso puede ser punible en ciertos casos según sea la ley), pero ese derecho básico que permite a todos tener una opinión, no exige justificarla, en consecuencia, muchos tienen opiniones como quien tiene cuadros colgados de las paredes de su casa. Cuando estas opiniones que se poseen del mismo modo que se tienen otras cosas, sin mayor reflexión, cansan o se pasan de moda, se cambian por otros. La «legitimación política», de algún modo aquella Constitución civil ideal que pensara Kant, permite tener una opinión, pero no garantiza que quien la tenga pueda justificarla con razones. Quizá oyó esa opinión en un programa de radio o en uno de la televisión o la leyó en un periódico, y ni siquiera la contrastó. Exenta de «legitimación racional» esa opinión que también es creencia o publicidad pasa de boca en boca hasta que ya no tiene sabor, y alguien se la traga definitivamente.
Por supuesto que a Godden le preocupa cómo piensan los jóvenes y deja el porqué de tal conducta a nuestra imaginación. Pero, ¿y los adultos, que hacemos con nuestras opiniones y creencias? ¿De verdad son nuestras? ¿Por qué nos parece que los jóvenes se aferran a sus opiniones más que los mayores, aunque sean incapaces de defenderlas con razones? Yo encuentro que la respuesta es sencilla. A los jóvenes, desde niños se les enseña a obedecer, dentro de instituciones como la familia, las de tipo religioso, la educativa. Si el joven ―y antes el niño que fue― tiene una opinión propia, en general, y salvo que tenga una familia de tipo protectora o democrática y no rígida, no expresará su opinión más personal por temor a las consecuencias. Dirá lo que se espera que diga, la que está acostumbrado a oír; responde, en suma, del modo en que se le ha educado. Luego, cuando el joven comienza a salir de su entorno, en la adolescencia, se encuentra con sus pares, que es un grupo de notable influencia, y allí también será sometido a la dura prueba de dar su opinión verdadera o replegarse a la opinión de la mayoría si quiere seguir siendo parte del grupo en cuestión. Lo habitual, lógicamente, es el sometimiento al grupo; además, una persona aparece como normalizada si tiene amigos, aunque estos, realmente no pasen de ser coleguillas. A fin de cuentas, el joven depende de los adultos para sobrevivir, y sabemos que el espécimen humano que más abunda en el mundo es el de los «obedientes». Obediencia que se presenta como virtud pero que nace de la credulidad, impuesta afectivamente, léase con autoridad. El joven precisa, además, hacer su camino para ganar experiencia en la vida; luego, se ve enfrentado a decir lo que piensa verdaderamente o lo que parece que todo el mundo piensa; y elige lo que le es más cómodo.
Hoy llamamos ser «razonables» a vivir de acuerdo con las normas sociales de convivencia, a ser educados. Se vive en la insinceridad por contagio, ¿cómo soportaría tanta gente las condiciones en que les toca vivir o trabajar? Pero ser educados no es ser razonables. La mayoría de las veces ni siquiera basta con querer ser racional, hay que ser valiente. Se necesita ser valiente hasta para ser bueno. Se prefiere la opinión parecida a la de uno o mejor aún, la opinión general, que favorece la no-discordancia externa o al menos el disimulo sobre las propias dudas. Y el consenso, que no falte, pero que haya consenso no quiere decir que hay racionalidad.
Cuando a Hume, algunos hombres de la aristocracia le preguntaron quien ganaría la disputa entre la realeza y la aristocracia, si todos los aristócratas juntos tenían la misma fortuna que la realeza, el filósofo contestó que ganaría la realeza, porque su patrimonio estaba unido y podía tomar decisiones sin tener que conciliar con otros, y también ganaría por la «opinión», que era la que realmente movía el mundo. La opinión, o sea, en su caso, la tradición. Lo que nos ayuda a intuir que la riqueza puede favorecer un cierto tipo de opinión basado en la tradición que favorece a su vez a la consolidación de la riqueza y de ciertos rangos de poder, y allí donde el círculo se cierra vuelve una y otra vez a comenzar, afianzando las mismas creencias.
La credulidad es como un contagio de la ignorancia, por ejemplo, el presidente Busch anunció que era posible que Sadam Huseim tuviese armas químicas y con esta mínima evidencia inicio una guerra no declarada como tal, cuyas consecuencias repercutieron en la vida de millones de personas. Jamás se encontraron aquellas armas. Pero como este, se podrían poner muchos ejemplos. Y la pregunta es: ¿En qué medida son responsables quienes han creído lo que Bush decía? ¿Qué otras creencias anteriores facilitaron esa última?
Resulta evidente como pide Clifford que a las creencias hay que revisarlas a menudo. ¿Qué pienso? ¿Por qué pienso eso? ¿Cómo me convencieron de que tal cosa sea mejor que otra?
Opinar por opinar le parece interesante a mucha gente. Sin embargo, Platón creía que cualquiera valía para opinar, sin tener siquiera conocimientos para hacerlo. Eso es, precisamente, lo que observamos en tantos programas de televisión y radio, a los que se suele llamar «tertulias», y, en realidad, solo se trata de que allí parece que tiene la razón el que grita más fuerte y el que interrumpe el mayor número de veces. Ejemplo que se retransmite directamente a todos los hogares como si esa fuera una ley social de los modales al uso. Y, curiosamente, muchas de esas personas que chillan y no se dejan hablar las unas a las otras, tienen estudios universitarios. Así, mientras buscan en sus teléfonos móviles más información de aquí o de allá, que ellos identifican como «opiniones de sus fuentes», repiten incansablemente aquello de «Déjame terminar mi argumento», mientras el otro le contesta lo mismo, y uno se pregunta, pero «¿qué argumento?», cuando no ha visto cruzar por el aire una sola razón y solo ha visto un baile de informaciones diversas y cambiantes, a las que ellos suelen llamar algunas veces, «opiniones contrastadas»; eso, además de todas esas «falacias» que cruzan a diario los «platós» de las cadenas de televisión y surcan los renglones de la prensa diaria.
Godden dice que se juzga muy mal a quien cambia de opinión. Y tiene razón. Lo habitual es que se valore que si uno es de un partido político tiene que serlo para toda la vida, y, lógicamente, así nos va. Se perdona mejor que alguien se divorcie de su pareja que el hecho de que abandone a su partido, cuando este, en realidad puede llevar años engañándole con políticas que le perjudican, como por ejemplo: aumento de la deuda externa; reducción de los gastos en salud y educación; caótica situación del Fondo de reserva de la Seguridad Social, la conocida como «hucha de las pensiones»; conculcación del derecho al trabajo y a una vivienda digna.
En esta posmodernidad en la que vivimos, hay dos temas que dejamos de lado; uno de ellos es el de la muerte; se aleja a los niños de ese conocimiento, de asistir a funerales, acudir a cementerios o ver personas muertas, y se aleja a los niños de esto, tanto como de decirles la verdad sobre algunos temas. Pero los muertos igual que la verdad, existen, es aquella que ajustada a una «evidencia proporcional», tiene mayor sentido. Y lo que está claro es que vivimos y vamos a morir, y que entre varias razones alguna habrá mejor que otra, por lo que la verdad o si se prefiere la mejor razón, según la evidencia reconocida, existe, y si la buscamos, sabremos encontrarla. Otra pérdida inestimable que se ha agudizado con los tiempos actuales es la pérdida del sentido de lo que somos, la «especie», y eso que tanto Kant como Clifford, sólo por citar dos ejemplos, insisten en que nuestra realización última está ahí, en la especie, y uno no puede ser infiel al futuro de los que han de venir, por eso tiene que pensar bien sus creencias, porque es lo que les vamos a dejar. De momento, por no pensar suficiente les dejaremos el «cambio climático» que da para muchas opiniones pero que es producto de las creencias de una época, aquella que creía en «el mito del progreso». De verdad, parece que pese a las teorías de Darwin, no nos gusta eso de sentirnos especie como si fuéramos animales, que lo somos. Pero lo de la especie, precisamente aquello en que tenemos éxito, ya que nuestras vidas son cortas, pero podemos pasar el legado a las futuras generaciones, no nos gusta, aunque sí nos place hablar de «humanidad». Hoy, bajo el pretexto de una individualidad, una independencia económica personal y una «pseudopersonalidad igual a la de todos», nos contentamos. Sin embargo, nuestra responsabilidad como especie es fundamental, querer ignorarla es desestimar el peligro que supone la crisis ecológica o las políticas de algunos países y empresas que no colaboran a su mejora.
No, no todos somos ilustrados; hay que reconocerlo. Ser un especialista en esto o aquello no nos hace ilustrados, querer mantenernos en constante aprendizaje, sí; dar y pedir razones, sí; y esto incluye el saber reconocer en nuestras propias opiniones las creencias que las sustentan. Hoy, a la razón se la ha disfrazado, parece que alcanza con ser educados en el sentido de seguir las reglas sociales, de saber estar, de no proponer un tema que sea digno de ser ponderado y disputado.
Dice Godden que las personas que se aferran a sus razones «aunque tales personas no pueden ser silenciadas deben ser ignoradas», pero creo yo, que primero tendremos que encontrar a esas personas que razonan. La medida del hombre público, con sus intereses partidarios, mal puede ser la medida del resto de los hombres; la del periodista que se siente con derecho a opinar de todo un poco, tampoco; ni los mass media que responde a los intereses de sus dueños y a los mercaderes de turno.
Lo que deberíamos tener claro como bien dijo William Clifford en su obra La ética de una creencia es lo siguiente: «Una creencia de una persona no es de ninguna manera un asunto privado que le concierna exclusivamente a ella». Si pudiéramos tomar conciencia de esto, algo bueno estaría ocurriendo en el mundo, para empezar, todos seríamos menos crédulos.


Bibliografía:
CLIFFORD, WILILAM. La ética de la creencia
https://es.scribd.com/document/357791756/Clifford-1877-La-Etica-de-La-Creencia
GODDEN, DAVID. «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático».
Revista Iberoamericana de Argumentación. Segunda Época. RIA 14 (2017: 75-105)
https://revistas.uam.es/index.php/ria/article/download/8210/8551
KANT, INMANUEL. ¿Qué es la ilustración? Alianza. Madrid, 2013.
STOKES, PATRICK. «No, you’re not entitled to your opinion»
http://theconversation.com/no-youre-not-entitled-to-your-opinion-9978

Artículo publicado en la revista Cronopio 17/07/2018

martes, 9 de octubre de 2018

¿QUÉ PENSARÁN DE NOSOTROS DENTRO DE DOSCIENTOS AÑOS?


Pilar Alberdi

Decía Mircea Eliade en Mito y Realidad que los artistas «por su creación» (…) «anticipan lo que sucederá ―a veces con una o dos generaciones más tarde―». Alegrémonos, pues, de los Bradbury, los Asimov, los Clarke, Gibson, Leguin, Pohl, Heinler, Dick, y tantos más. Su mundo de ciencia ficción ya está aquí retratado: inteligencia artificial, poshumanismo, planes para viajar a Marte.
He vuelto a leer las obras de teatro de Anton Chejov. Cuando una relee se da cuenta cómo ha pasado el tiempo. Quizá lo que interesó en el pasado, hoy nos parece ya intrascendente, y, sin embargo, somos capaces gracias al conocimiento adquirido de oír otros acordes.
Leo a Chejov (La gaviota,Tío Vania, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos…), y esto es lo que encuentro: el retrato de la burguesía rusa, poco ilustrada; la enorme distancia social con los siervos; el desprecio hacia los siervos ancianos que no son útiles en sus tareas y en algún caso su defensa; mujeres que aspiran a poder trabajar para conseguir su independencia, para dar sentido a sus vidas, pero que al conseguirlo encuentran que no cualquier trabajo puede satisfacer esa expectativa; también son ellas, básicamente, las que sin romper sus matrimonios tienen amantes, circunstancia aceptada por los maridos; los personajes que identificamos como los álter ego de Chejov (médicos o escritores) realizan su trabajo con responsabilidad y buena disposición pero disfrutan verdaderamente de lo placentero de la vida cuando pueden salir a dar un paseo, a pescar o acudir al teatro, esto cuando están en la ciudad, pues las obras de Chejov se desarrollan en el campo o en pequeñas ciudades. Además, estos personajes muestran su preocupación por temas ecológicos, como por ejemplo, la tala indiscriminada de bosques, que nadie parece controlar.
De estos personajes, probablemente sea Boris Alexeyevich Trigorin como dramaturgo, uno de los personajes de La Gaviota el que mejor represente las angustias del escritor. La escena se desarrolla en una finca. Cuando la joven Nina Mijailovna Sarechnai, hija de un terrateniente, a la que le gustaría ser actriz, le expresa cuánto lo admira, observamos la perplejidad del escritor, que parece preguntarse: ¿qué hay de admirable en la tarea que realiza? ¿El éxito? Ella, le alaba en primer lugar su «buena suerte». Y se lo demuestra opinando sobre la vida de otros hombres: «Los hay que apenas hacen otra cosa que no sea arrastrar una existencia absurda y oscura», en cambio él, «tiene una vida interesante».
Como es lógico, él no puede verse de ese modo, se conoce demasiado bien, y sabe que solo tiene un pensamiento fijo: escribir. Cuando termina una novela, da comienzo otra. «Apenas he escrito una novela y… sin saber por qué tengo que empezar otra. Luego una tercera y después una cuarta».
Me resulta imposible como escritora no sonreír ante esas palabras. Tan sencillo este oficio, y tan complejo; tan exterior y tan subjetivo. El dramaturgo contesta a la joven admiradora: «Escribo sin darme tregua, y no puedo obrar de otro modo. ¿Y qué le pregunto yo hay en todo eso de maravilloso?» El escritor le aclara que cuando no escribe, además, toma nota de cuanto ve, huele, toca, siente, para guardarlo en su «despensa literaria», o sea, siempre está escribiendo, incluso cuando no escribe. Si por casualidad huele a heliotropo, explica, su mente registra el dato inmediatamente: «olor empalagoso», y al instante añade «el color de la viudez».
Se da el caso de que plantamos en el jardín de nuestra casa, hace ya bastantes años un heliotropo, era nuestro pequeño homenaje a la poeta Rosalía de Castro, a la que mucho le gustaba esa flor. Ahora, también Chejov va a estar presente cuando mire hacia el arbusto. Pero, lo que importa para este artículo es, no solo el buen hacer del escritor que pone en ello todo su empeño, obediente a una obligación que no alcanza a adivinar cómo se ha impuesto a sí mismo con ese grado de severidad, sino: ¿qué piensa esa burguesía del futuro? ¿Cómo lo imagina a doscientos o trescientos años? Este tema, importante de por sí, se alude en varias de las obras de Chejov, y siempre de un modo similar: el progreso obrará milagros, habrá educación para todos, por lo que llegará a tener sentido saber dos o tres idiomas, y de allí a doscientos o trescientos años, ya muy lejos de ese final del siglo XIX, la humanidad será feliz. Sin embargo, un par de preguntas queda en pie enlazando ese deseo generoso: ¿Nos recordarán? ¿Serán conscientes de cuánto sufrimos?
Dejo a Chejov y sus obras; dejo también a esa burguesía rusa que aún no conoce, aunque algo intuye, lo que iba a llegar más tarde, y me acerco a la novela La marca de George Orwell, ya en pleno siglo XX. Como una gota en el gran océano del Imperio británico, Orwell conoce bien ese mundo, por haber sido parte de él, y como autor es uno de los que mejor diseccionó los totalitarismos. Recordemos obras suyas como Rebelión en la granja y 1984, donde la vigilancia, la mentira, el control sobre los individuos, el oscurantismo, el castigo, la desaparición de personas, el racismo a partir de las diferencias étnicas, la propaganda política, y las guerras no-totales, generadoras de negocio, son normas habituales.
No conocía esta novela y entro en ella sabiendo que algo especial encontraré: esa visión, ese apunte sobre la debilidad de las personas para ser ellas mismas, frente a una política que las amalgama o al menos lo intenta en un pensamiento común, unitario, en general poco ético, con el que el poder de turno dirige sus vidas.
El argumento de la obra se desarrolla en Birmania. Los europeos que viven allí (oficiales del ejército, propietarios de plantaciones, comerciantes…) se reúnen en los llamados Clubes ingleses, y en el escenario de la novela como era de esperar existe uno. De repente ha llegado la orden de que se debe incorporar a cada uno de esos Clubes un representante de los nativos. Una especie de seguro de buena convivencia, frente a la amenaza creciente de revueltas y estallidos sociales. Es una oportunidad para mostrarse cercanos a los nativos. Evidentemente, la orden provoca rechazo entre los europeos. En la práctica, los blancos que se reúnen en esos clubes exclusivos, en los que los grandes ventiladores de sus amplios salones son accionados desde fuera gracias a cuerdas de las que tiran los nativos, no quieren dejar atrás sus privilegios y no están dispuestos a aceptar la orden. Nuestro protagonista está harto de oír lo que se dice de los nativos en el Club, hay incluso quien les llama «negros». Como oficial del ejército, mantiene amistad, si cabe llamarlo de este modo, con un médico nativo, es una amistad de conveniencia donde el nativo puede intimar en cierto grado con esa cultura a la que considera superior, luego veremos por qué; mientras el europeo, no sin tomar algunas precauciones, puede expresarse con cierta libertad o puede hablar de temas que sería imposible hacerlo con los europeos.
En la obra se deja claro que el médico no ha pasado por una universidad, pero que sus conocimientos sirven para atender las necesidades de los habitantes locales.
En una de estas reuniones, el médico le manifiesta el deseo de ser incluido como miembro del Club inglés, y le ruega que lo recomiende, lo que le pondría a salvo de un plan que ha urdido otro nativo, con más poder y más influencias, en su contra. Conociendo a los suyos, y lo que estos opinan de los nativos, el oficial no alcanza a entender cómo desea estar con ellos; pero el médico sencillamente vela por su propia seguridad, y el espejo del poder extranjero que representa el Club inglés sería su mejor defensa.
Hablan del tema y no logran ponerse de acuerdo. El médico le manifiesta su opinión. Básicamente le dice que los ingleses han traído la paz. Pero donde el nativo observa que los ingleses han implantado el progreso, el oficial le indica que lo único que han creado las escuelas coloniales son «fábricas de empleados baratos». La «pax británica», esa que avanza por la fuerza, llevando por delante la bandera del «Progreso», solo supone la defensa de los intereses británicos en la región. Por quitarles —le dice— les han arrebatado hasta la creatividad, y con ello la industria que antes realizaban con éxito. Le explica: «Fíjese hacia 1840 se construían en la India buenos barcos y los sabían manejar muy bien. Ahora nadie sabe construir allí ni un bote de pesca. En el siglo XVIII los hindués sabían fundir cañones que estaban a la altura de los europeos. Ahora, después de un dominio inglés de ciento cincuenta años, no son capaces de hacer un simple cartucho» (…) ¿Qué ha sido de las muselinas hindués?». Ya no se fabrican en la India.
Me quedo pensando en esas palabras, y en estas: colonialismo, globalización… Es verdad que las diferencias pueden ser muchas, y, sin embargo… Se deslocalizan fábricas, se desindustrializa una región para industrializar otra donde la mano de obra salga a precio de saldo, y la miseria —como nos recuerda Victor Hugo en Los miserables— siempre tiene víctimas para ofrecer.
¿Este oficial que lo percibe todo y no hace nada para cambiar los hechos es mejor que sus compañeros? ¿Este hombre que tiene una amante nativa a la que trata como a una sierva, y a la que desestima cuando aparece una señorita inglesa casadera, puede colaborar a la libertad de los demás? Este sujeto que lo primero que hace cuando llega a su casa, para distraerse, es poner en el gramófono un disco de moda de los años 20, uno que le recuerde su tierra o el resto de Occidente, y lime su añoranza, al mismo tiempo que sabe que le será difícil regresar porque siente que ya no es de ninguna parte. Lo que es real es que él también se siente en una cárcel donde se ve obligado a un cierto tipo de comportamiento: camaradería con sus pares, superioridad y desprecio a los nativos.
Como no logran ponerse de acuerdo en su conversación, como el nativo parece no comprender lo que el oficial ve tan claramente, sentados los dos frente al bello paisaje oriental, mientras beben alcohol, el oficial levanta un pie que apoyaba sobre la baranda y señalando el paisaje con él, expresa: «A veces pienso que dentro de dos siglos todo eso…, todo eso se habrá esfumado: bosques, pueblos, monasterios, pagodas… En su lugar habrá pequeños hotelitos separados cincuenta yardas unos de otros. Se extenderán por esas colinas, todo lo que la vista pueda abarcar con todos los gramófonos tocando la misma canción».
Escribo esto mientras escucho la «canción del verano», un éxito a nivel mundial. Esa canción que repiten invariablemente en todos los bares a través de los televisores y las radios; esa canción que el año pasado tenía otro título y al siguiente otro distinto; esa canción que une sentimientos y pensamientos comunes, mientras miro desde el paseo marítimo cómo pasan los cruceros con sus miles de pasajeros camino del puerto. Luego, al detenerme frente al pequeño local de una agencia de viajes veo la oferta de unas vacaciones especiales en Oriente y unos «vuelos baratos». Y pienso en esa gente capaz de recorrer 10.000 kilómetros o más para pasar unas vacaciones de quince días encerrada en un complejo hotelero de lujo al otro lado del mundo, apartados de todo, incluso de la pobreza y la realidad social que les rodea, porque resulta exótico contarlo en varias fotos de playa o selva acompañadas de muy pocas palabras en sus cuentas de Instagram, Facebook o Twitter. Entonces, me pregunto: ¿cómo evitarlo? Pienso en Orwell, y me digo: «¡Qué razón tenía!» Cómo acertó en su predicción de «los hotelitos»… Y en Guy Lebord y su libro La sociedad del espectáculo donde explica sencillamente cómo el turista es una mercadería más que hay que enviar a otros territorios para que rinda su plusvalía. Y recuerdo a Chejov, ¡cómo no recordarlo!, él y sus pensamientos de cómo sería la vida doscientos años después, cuando imprevistamente decido que debo apuntar en mi libreta de notas una escena que acabo de ver en la playa, y que podría ser importante en un cuento. En eso estoy, cuando vuelve a sonar la canción del verano. «¡Otra vez!», pienso. Y sé que al otro lado del mundo estará ocurriendo lo mismo. Y vuelvo una vez más sobre las palabras de Orwell, precisamente a esas en las que le pregunta al nativo: «¿A dónde cree que conducirá este progreso?» Y sin esperar respuesta, él mismo se contesta: «A nuestra alegría de gramófonos». Sí, «nuestra alegría de gramófonos», eso es todo; pero ¿podríamos cambiarlo?, creo que deberíamos intentarlo.


Artículo publicado en El Cuaderno 08/10/2018

Enlace: Si quieres oírla, así sonaba aquella música de gramófono de los años 20 del pasado siglo.

miércoles, 1 de agosto de 2018

EL NAUFRAGIO HUMANO: LOS NOMBRES DE LA DESIGUALDAD



Pilar Alberdi

Supón que naufragas en el mar y la buena fortuna te acerca a una isla. Con la esperanza de ser rescatado decides organizar tus días; improvisas una balsa y regresas a los restos encallados del barco para recuperar provisiones. Recoges ―entre otras muchas cosas― herramientas de carpintero, cuerdas y tablas que podrán servirte de gran ayuda, además de velas, papel y tinta, incluidas galletas marineras. Después, aprovechando parte de los elementos que has reunido, te construyes ―guareciéndote en el interior de una cueva―, una rudimentaria vivienda, a la que cercas con una alta empalizada. La única forma de entrar o salir es con una escalera de mano que has preparado con esmero. El futuro, a partir de estas primeras previsiones, será tan favorable para ti, que pronto construirás nuevos refugios a los que llamarás «casas de campo», incluso tendrás allí algunos cultivos; como si esto no fuera bastante felicidad encontrarás en la isla un perro y dos gatos que te darán compañía, y de las cabras salvajes que has visto en los riscos te harás con un rebaño de no menos de cuarenta animales. Y como tu pasado era el comercio de mercancías y la propiedad de plantaciones, pronto sentirás la necesidad de llevar un inventario de tus nuevos bienes, y un poco después también te pondrás a la tarea de escribir un Diario para relatar tu vida en la isla. Evidentemente, no puedes olvidar el mundo del que vienes, y ese inventario y el Diario son su manifestación tangible. Por cierto, a la isla no le has puesto un nombre.
Pasa el tiempo, un día, de la manera más inesperada llegan a tu isla, está claro que ya la consideras tuya, varios hombres, con la intención de asesinar a uno de los que van en el grupo. Ante la situación, tú lo salvas. Él, ese extraño, tiene un idioma, es decir un mundo con fronteras donde ese idioma se inscribe, y es muy diferente al tuyo. Con el paso de los días, él no intentará enseñártelo, pero tú sí a él. ¿Cómo podría ser de otra manera? A fin de cuentas, esa isla es tuya, en la medida en que hasta ayer eras el único habitante, y ese hombre es un «salvaje», según los términos de tu época y la consideración en que como europeo le tienes. Y, entonces, como estás decidido a mostrarle tu mundo, la frontera que marcan tus palabras frente a las suyas, te decides a enseñarle tu idioma, y señalando su joven pecho, le dices: «Tú: Viernes». Lo repites otra vez; más veces. Ya está; lo ha entendido. Le has puesto un nombre, y le invitas a decirlo mientras lo señalas otra vez, y descubres que él asiente obediente, incluso mejor que el loro aquel que encontraste en la isla y al que con mucho trabajo le enseñaste tu nombre, con la secreta intención de que otros loros de la isla también lo aprendiesen. Imagino lo que habrá sido para ti la posibilidad de imaginar numerosos loros volando por la isla gritando tu nombre. Sin embargo, quieres asegurarte de que se ha aprendido bien la lección e insistes nuevamente, mientras el joven repite sin dudarlo: «Viernes», él es Viernes, ya está; y tú eres su testigo. Y cuando lo ha aprendido bien, cuando has confirmado que se lo sabe de memoria, le dices, señalando tu honorable pecho, tu dignidad, tu persona: «Llámame, Amo». Le repites la palabra varias veces: «Amo», «Amo», «Amo»; y él la aprende también. Mientras tu verdadero nombre queda oculto.
Sí, apreciado lector, lo has adivinado, esta es la historia de un personaje de nombre Robinson Crusoe, la historia escrita por Daniel Defoe; la historia, créeme, del Mundo tal y como lo conocemos.
El deseo de reconocimiento impregna nuestras relaciones. Y es, permítanme poner un ejemplo básico y fundamental, en la obra Fenomenología del Espíritu de Hegel, donde mejor se describe el proceso del «deseo del deseo del otro», que no es otra cosa que el deseo de ser reconocido. Probablemente, sin este análisis que tenía otros antecedentes ya en Fitche, incluso en Hölderling, el camino habría sido más oscuro para pensadores como Marx, Freud o Nietzsche, conocidos más tarde como «los filósofos de la sospecha».
La metáfora con la que Hegel representa el hecho es conocida como Alegoría del amo y el esclavo. Explica en ella cuál es el deseo del esclavo: que el amo le reconozca de igual a igual como persona; pero el amo jamás hará eso, a lo más reconocerá como igual a otro amo, si no existe otra alternativa.
No falta este conocimiento en la sabiduría popular, como tampoco faltó en Hobbes o en Maquiavelo o en los filósofos griegos.
En esta escuela de no-reconocimientos que parece estar en el centro de las relaciones personales, ocupa su espacio el desprecio o el menosprecio. El amo (y entiéndase por esto la posición de dominio) se juega su su estatus, su poder en ese posible reconocimiento.
Cuando el obrero se organizaba ante el patrón, pedía el reconocimiento; cuando la mujer lo exige ante el hombre pide el reconocimiento, son solo dos ejemplos de exigencias de reconocimientos; pero se pueden sumar cuantos movimientos identitarios queramos, especialmente, muchos de los que se han hecho visibles estos últimos tiempos. Allí donde una voz se levanta, ya está pidiendo que se le reconozca.
El no reconocimiento es injusticia para quien lo sufre. Y quienes lo hacen aseguran su poder; es más, haciéndolo, disfrutan con su poder y lo que este les permite hacer.
Escribió Rousseau en su Discurso de la desigualdad que «El salvaje [entendamos esto como el hombre en su estado más natural] vive en sí mismo, en cambio el hombre sociable, siempre vive fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los demás». De ahí, la necesidad de reconocimiento incluso en la convención de las relaciones sociales. Lo que no excluye, como sabemos hoy, la necesidad de reconocimiento tribal.
Pero, estar en la opinión de los demás es ser reconocido como amo o como esclavo, una de las dos, con todos los matices que se quiera poner al hecho. Engels aplicó esta idea de las relaciones a las «clases sociales». Y Nietzsche sufría cuando pensaba que las personas eran como barriles huecos sin toda esa serie de títulos y saberes con los que se adornaban, y que les servían para sentirse superiores a los demás.
Pero a mí, lo que me preocupa de esta historia, en fin, en lo que me ha dejado pensando, es en aquel loro al que Robinson Crusoe enseñó su nombre completo; nada de «Robinson» solo. Porque no se contentó con enseñarle solo el nombre, sino también el apellido. Ni debió parecerle difícil para que lo aprendiera el loro. No solo eso, sino que deseó que el loro ya enseñado, al repetir el nombre, se lo enseñase a los demás loros de la isla.
Intento imaginar otra escena, una que no aparece en la narrativa de esa historia, por ejemplo, el náufrago europeo que se siente dueño de la isla da un nombre («Viernes») al recién llegado, personaje del que nunca sabremos su verdadero nombre, mientras que él se hace llamar «Amo», sin especificarle cuál es su auténtico nombre. Tenemos, pues, dos nombres imaginarios o al menos no reales en cuanto que no son los de los sujetos. Y desde estos nombres se tratan por imposición de uno de ellos. Ahora, imaginen que por una sincronía de esas que gustaban tanto a Carl Jung, en el instante en el que el europeo hace repetir al indígena la palabra «Amo», aparece el loro al que le había enseñado su verdadero nombre volando a baja altura, posándose sobre el hombro del personaje principal mientras repite: «¡Robinson Crusoe!», que serían palabras sin ninguna importancia para Viernes, que no las conoce, y ya puestos para «Amo», que no aceptará reconocerlas.
Esto, a su vez, me hizo pensar en un loro argentino, en realidad era una lora, de esas de plumaje verde que se ven ahora mucho en España, a la que alguien hirió en un ala, y a la que cuidé en mi adolescencia unos meses hasta que se recuperó. Una tarde, supongo que de otoño o de invierno, estábamos las dos en la cocina, ella en su jaula, de la que la dejábamos salir cuando podíamos cuidarla en el patio, y yo haciendo unos deberes para el instituto. Reconozco que fue mirarla y sentí una enorme tentación, ¿de posteridad? No lo sé. El caso es que comencé a repetir mi nombre, solo mi nombre sin los más de ocho apellidos vascos que lo acompañan; ella, pobrecita bajaba los párpados y los abría, mientras yo repetía y repetía mi nombre; el caso es que no demoró mucho en aprenderlo. Pero no me bastó con ese reconocimiento; fui a buscar a mi madre que a modo de testigo más tarde pudo dar testimonio de lo ocurrido. Tendría yo por entonces catorce años.
Después de tener este recuerdo, pensé: lo único que me diferencia a mí de Robinsón Crusoe y su loro es que yo era una adolescente. Mi ignorancia sobre cómo era el mundo, evidentemente, era mayor que la suya; él sabía que lugar ocupaba; yo no, o no con la consciencia que ahora tengo; es lo bueno de hacerse mayor.
En fin, dejo aquí la historia plenamente convencida de que si buscan en sus recuerdos, hallarán una larga cadena de reconocimientos y no-reconocimientos, dados y recibidos. De algunos se enorgullecerán, y de otros se avergonzarán.
Por supuesto, no es igual imponer el nombre a un animal que a una persona, ni es lo mismo decir Robinson Crusoe que Amo, aunque las dos representen al mismo ser. Creo que Robinson fue mejor persona cuando enseñó al loro su nombre, pero más sincero cuando enseñó al nativo su verdadero corazón en un nombre: Amo.
Mucha razón tenía Wittgenstein cuando explicó que no solo nos enseñan palabras, sino cómo debemos comportarnos ante las palabras. ¿Alguna duda? Piensen en palabras… ¿Ya? Entonces tendrán claro que algunas palabras esperan un determinado comportamiento de nosotros. Es todo tan sencillo como eso: la palabra «madre» despierta unos sentimientos, la palabra «patria» otros, «rey»; sigan sumando: «maestra», «bombón», «circo», «alegría», «fallecimiento», «contrato temporal», «verano», «desahucio», «demócrata», «pobreza». Nos han enseñado cómo debemos comportarnos ante esas palabras. Luego cuesta deshacerse de ese comportamiento si uno no lo considera adecuado.
Cuando una las ve en el diccionario, a las palabras me refiero ―a mí de joven me encantaba leer el diccionario una y otra vez― parecen inofensivas, simples letras, sabemos lo que significan, qué ámbito delimitan, a qué se refieren; también percibimos si tienen doble sentido, y sus varias acepciones, incluso su facilidad para convertirse en ambiguos eufemismos, pero si te acostumbras a leerlas mucho, luego ves que te sobra léxico, porque la mayoría de las personas se conforman con menos, y mientras ellos no sienten que les faltan palabras, a ti te sobran. Ahora bien, una vez que conoces la verdadera historia de Robinson Crusoe, una vez que deja de parecerte esa historia de un náufrago solitario en una isla, cuando comprendes de qué va realmente la historia, una historia de no-reconocimiento, entonces es como si uno descubriera el mundo otra vez. Y lo que ves, te puede gustar o no, pero por fin sientes que está más claro.


Publicado en La Soga -Revista Cultural- 31/07/2018

viernes, 13 de julio de 2018

¿QUÉ HACER FRENTE AL TRANSHUMANISMO?


Pilar Alberdi

Dice Fernando Brancano en Mundos artificiales: «Las decisiones tecnológicas toman la forma de una decisión colectiva», se las presenta como algo necesario, algo que se da por hecho, sin más, y esto lo facilita, entre otras cosas, «una sociedad inculta tecnológicamente».
Se han preguntado ¿quién ha decidido que necesitamos coches sin conductor? ¿Qué será de la gente que se ganaba la vida como conductores?
John Elsther en El comportamiento social intentó explicar lo ya sabido, no puede haber una y solo una decisión perfecta. Y es inútil y absurda esa pretensión basada en una supuesta racionalidad objetiva, propia de la escuela económica, que pretende que las decisiones se toman siempre maximizando ganancias frente a pérdidas, sin tomar en cuenta otros valores (ecológicos, personales, sociales).
A este tipo de pretensión también se han opuesto Isaiah Berlin en Teoría de las ideas o Amartya Sen, quien no ha dudado en calificar al hombre puramente económico de «retrasado social».
¿Se puede creer en la buena fe de las empresas? Sería lo lógico, lo deseable; pero las empresas buscan su rentabilidad. Y los científicos, también viven de ganar sus sueldos. El pasado optimismo por las TIC y los beneficios que aportarían, que sin duda son reales, nos enfrenta ahora a compañías que como relata Javier Echeverría en Los señores del aire: Telépolis, tienen sus propios feudos en el «tercer entorno» («el espacio, el aire, las ondas») del que nosotros somos simples «telepolitas», súbditos en un reino donde no hay democracia ni ciudadanos. Por supuesto que podemos participar, siempre y cuando aceptemos sus condiciones contractuales. La nueva tecnocracia domina el mundo.
Otros temas que nos deberían preocupar, el de los transgénicos, la modificación de la vida tal y como la conocemos, las patentes de organismos vivos. Resulta además que son las empresas TIC las que han invertido estas últimas décadas en bioingeniería, nanotecnología, I+A. Por tanto, ya sabemos quién domina el sector, precisamente aquel por el que pasan todas las informaciones del mundo, y que probablemente nos conoce mejor que nosotros mismos. No quisiera preocupar, pero también hay que tomar conciencia de que las tecnociencias han promovido la llegada de la bioética, la nanoética, entre otras, alejándonos de la ética, llamémosle «clásica», donde la Naturaleza tenía su estatus (este sirvió a fines, por ejemplo, como el del abolicionismo de la esclavitud, la promoción del sufragismo, la Declaración de los derechos humanos), y sugería el valor de la vida tal como la deseamos, considerándola como un fin y no como un medio. De esa línea de pensamiento: hoy, el respeto a los animales y al planeta.
Dijo Feyereband: «La ciencia no es más que una familia de creencias igual a cualquier otra familia de creencias. Los sistemas de creencias se desarrollan en contextos sociales e históricos». Y una creencia se sostiene mientras ninguna otra sea capaz de sustituirla. De esto hablaba Kuhn con su idea de los «paradigmas» dentro de la ciencia. Por otra parte, la especialización que colaboró a la ampliación del conocimiento es un lastre al negar lo complejo.
En conclusión: 1º) los proyectos de las nuevas tecnociencias se presentan como si fueran proyectos colectivos o como si beneficiasen a la mayoría de la población, cuando en esencia se trata de un negocio o de políticas sociales, muchas veces encubiertas; 2º) el impacto que las tecnociencias producen en la sociedad, no solo cambia la vida de las personas, sino que impone modelos y relaciones de vida nuevos, y no siempre mejores, sin posibilidad de un margen de análisis en común, mostrando como normal y beneficioso aquello que acaso no lo sea, recordemos que estas empresas llevan su propio marketing y la defensa de sus productos; 3º) como anticipó Beck los Estados se limitan a administrar las consecuencias, por lo tanto en vez de hacer política, hacen subpolítica; y 4º) las nuevas tecnociencias prometen lo que al parecer se considera un anhelado ideal humano: una larga vida, a ser posible inmortal. Pero yo me pregunto: ¿no era esto lo que ofrecían algunas religiones, no aquí, claro, sino en otro mundo? Y ¿no se han molestado en observar estos nuevos Prometeos las posibles consecuencias? Lo que no indican estas empresas es quién podrá pagarlo, y si esto como muchos temen llevará a una «especiación», que dividirá a las personas en «naturales» y «perfeccionados», que algunos afirman podría llevarse a cabo en una generación.
De una realidad como la que estos científicos imaginan nos hablan historias de Ciencia Ficción como Un mundo feliz, Elysseus, Gattaca; sin embargo, mucho me temo que estos científicos se olvidaron de leer el cuento popular El peral de la tía Miseria o la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago.
En fin, «transhumanismo», una palabra que todavía no existe en el diccionario de la Real Academia Española, pero cuyos primeros efectos ya están aquí.


Publicado en El quinto poder 12/07/2018

viernes, 1 de junio de 2018

«PINTO POR EL FILITO…»


Pilar Alberdi

Afirmar hoy en día que un niño tiene mucha imaginación, produce temor. «¿Podrá ganarse la vida con eso?» parece ser el primer pensamiento que surge en la mente de los adultos. Lo cierto es que la imaginación se necesita para todo, pero, en especial, para ser mejor persona, para poder tener sentimientos que nos permitan acercarnos a los demás; ponernos en sus zapatos.
Cuando nosotros íbamos a la escuela dibujábamos personas haciendo palotes y círculos. Era nuestro modo de expresarnos. Eran dibujos pequeños, realizados con lápiz y al que aplicábamos un poco de color.
Hoy se envía a los pequeños, me parece a mí, demasiado pronto al colegio. Se me dirá que así es la vida moderna, bueno, a mí esa respuesta no me consuela, porque si así es la vida, deberíamos estar haciendo algo para cambiarla.
Cuando uno de mis nietos era más pequeño volvía del colegio con esos cuadernillos que sirven de complemento de tareas. En ellos hay unos dibujos que abarcan el tamaño de un folio; gigantes, a mi modesto entender, para las manitas de un niño. Los niños deben destinar mucho tiempo a esa tarea, para ver finalmente una figura pintada. Y yo me pregunto: ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué deben realizar ese tipo de tareas? ¿Para qué? ¿Con beneficio para quién? No quiero pensar que para las editoriales. ¿Acaso es una manera de mantener quietos a los niños en clase? Yo prefiero mil veces uno de sus espontáneos dibujos que tanto nos alegran. Allí hay nubes de colores, gente hecha con palotes y redondeles, ventanas y puertas con forma de corazones; estrellas que sonríen.
Pero aún sabiendo que eso me molestaba, lo que más me dolía era oírle cantar mientras pintaba esos folios, lo mismo que cantaban en el colegio, en un runrún monótono, supongo. Dice la canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito».
Si enseñamos a los niños a no salirse de esos marcos que les son impuestos, ¿cómo vamos a favorecer su imaginación? ¿Cómo vamos a creer que la imaginación es algo valioso? ¿Es que no salirse de la línea de esas figuras es un gran logro? De verdad: ¿no hay mejores métodos? Si se trata de aumentar su autoestima y no de ocupar un espacio de tiempo en el que las manecillas del reloj marcan y marcan las horas, dejémosles en libertad para pintar el mundo como ellos lo perciben.
Sé, y lamento saberlo, de alguna maestra que prohíbe usar de entre los lápices de colores, el negro. ¿Cuándo, me pregunto, de qué modo, en cuántos años, han cambiado tanto las cosas? ¿Qué miedo hay de que los niños pinten dibujos oscuros o expresen cosas desagradables? ¿Desagradables para quién? Si los hacen, ¿no será porque su vida es triste? Simplemente, estarán expresando lo que sienten. Sé de colegios en donde no se festeja el día del padre o de la madre, porque en ellos hay muchos niños que tienen sus padres divorciados. Sé de otro, donde ante la misma situación, optaron por festejar «el día de la familia», una elección que les pareció respetuosa hacia todas las sensibilidades. Pero la pregunta es: ¿de los niños o de los adultos?
En nuestros tiempos, si llegaba el día del padre o de la madre y estos estaban separados (no había divorcio entonces) o alguno había fallecido, a todos sin excepción, nos tocaba hacer en clase una tarea sobre el tema o preparar un regalito. ¿Eso nos hacía más débiles? Sin duda, nos hizo más fuertes. Aceptábamos nuestra situación, nos reconocíamos valientes, y sabíamos que tendríamos que salir adelante.
Me duele esa canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo…». Porque por ese camino, el de pintar por el filito y no salirse, se llega al primer empleo o a la universidad y acaso allí, también te pedirán más de lo mismo.
En fin, de verdad, no sé en qué laberinto nos hemos perdido, debe ser uno de esos que hay en esos folios enormes que pintan y repintan los niños de hoy a temprana edad en los colegios, mientras cantan esa insípida canción («Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito»).Pero, sinceramente lo digo, creo que no nos haría nada mal retroceder un poquito, y mirar ciertas cosas buenas del pasado, en la que a los niños se los reconocía por lo que eran: pequeñas y pequeños valientes capaces de asumir el mundo real.

Publicado en Diario 16 1/06/2018

lunes, 28 de mayo de 2018

PASITOS DE PALOMA


Pilar Alberdi

Decía Friedrich Nietzche que «Los pensamientos que se acercan con pies de paloma son los que gobiernan el mundo». Y es tarde, casi siempre, para cuando las personas se dan cuenta de lo que sucede.
Con la misma intención Ulrich Beck, en su libro La sociedad del riesgo, redondeó el sentido al hablar de «los zapatos silenciosos de la normalidad» con la que se presentan los hechos. Era normal que ocurriese esto y aquello, y ¿cómo es que nadie lo anticipó?
Lo habitual es que los delicados pasos de paloma aplasten en su avance aquello que creíamos más nuestro, comenzando por nuestros derechos. La voz que se eleva por encima de esos pasitos de paloma o de esos zapatos de la normalidad proclama que el paro es coyuntural, la crisis pasará, a los bancos hay que rescatarlos, no habrá más burbujas inmobiliarias, no hubo mala intención con las preferentes. La voz, por encima de los zapatones que se imponen y aplastan tiene siempre un tono de sofista, y proclama un conocimiento que se vende al mejor postor. Pero la voz, esa voz, que deja hacer y se presta al mejor postor como pensaba Platón porta un anzuelo, y no uno solo, más, todos los que sean necesarios; pero no para los peces, a esos, ya los pesca el hombre común; no, los anzuelos de los sofistas, aquellos a los que se refiere Platón, son para «animales andadores», es decir, y según su propia afirmación, «para los hombres», esos pobrecitos, la afirmación también es suya «animales domesticados», tan fáciles de guiar con palabras. Porque los clásicos no solo son esas palabras en griego con las que se adornan algunos textos del presente, sino, ese conocimiento de los hombres, con los que una puede o no estar de acuerdo.
Este capitalismo no es el del pasado, es peor, mucho peor, aquí cada uno queda librado a su suerte. Ahí los pensionistas; aquí, las feministas, más allá los trabajadores precarios…
Este capitalismo se parece, si a algo se parece, al de sus inicios.
Y entonces llegan ellos, los «fondos buitres», oímos, y nos sorprende el nombre hasta que sabemos que los «fondos buitres», esos a los que algunos políticos les han vendido «viviendas de protección oficial», están formados también por pequeños inversionistas que podrían ser su vecino, pero resulta que están en la otra punta del mundo, y nunca verán su cara ni sus preocupaciones, por tanto, no se sentirán responsables, mientras alguien les entrega la ganancia que han obtenido por sus ahorros.
Son momentos en que una recuerda a Sygmunt Bauman explicando cómo la endiablada libertad de movimiento de este nuevo capital globalizado, que se posa y picotea en todas partes, tiene un parecido con la de aquellos «terratenientes absentistas de antaño» que vivían de sus siervos o de sus campesinos, es decir, de su trabajo y de sus impuestos, sin conocerlos ni preocuparse por ellos. Pero, es probable, y aquí quiero implementar un punto de vista más cercano, más de vecinos, más de conciudadanos, que cuando usted piense en esa pequeña suma de dinero que tiene en su cuenta del banco, o en esa cuota del seguro del hogar que tiene que pagar y que alguien necesitará invertir por usted, no piense en estas cosas, no piense que su banco o su aseguradora invierte en ese tipo de fondos, porque pensar eso sería como saberse parte de ese gran monstruo alado, que viene y va con sigilo, y camina con pasitos de paloma.


Publicado en Diario 16 28/05/2018

martes, 8 de mayo de 2018

LA MÁSCARA CON LA QUE SE CUBRE LA ÉPOCA




Pilar Alberdi


Un buen escritor no debe escribir para su época. Debe escribir, sin más, sin esperar ver los frutos. Echar barquitos a la mar del pensamiento. Hilvanar historias sobre un mundo vasto de reflexiones, que no siempre, coincidirá con la máscara con que se cubre la época.
En el inconmensurable porvenir, alguien rescatará una palabra, o simplemente un pensamiento, que fue pensado y olvidado, y, de repente, se abrirá nuevamente a la luz, con renovada insistencia. Pequeñas joyas de luz, fósiles sociales de la inteligencia; abiertas al infinito.
Pensemos, por ejemplo, en aquellos griegos presocráticos, atomistas, en los que hablaron de la rotación de la Tierra o de la traslación de ésta alrededor del Sol; pensamiento oculto durante siglos tras el aristotelismo, el platonismo y la escolástica, y que volvió a surgir con renovado entusiasmo en el siglo XVI, inaugurando la Revolución Científica.
La Modernidad marcó una época, la del hombre europeo, blanco y etnocéntrico. Bajo los eslóganes de Libertad, Fraternidad e Igualdad, que sin duda ayudaron a derrocar al viejo régimen de las monarquías, para imponer después nuevos colonialismos bajo la figura del Estado, pero olvidó a la mujer, a la que no consideró «ciudadana» durante el proceso de la Revolución Francesa, y a la que negó el voto hasta bien entrado el siglo XX, y aún hoy, en muchos países. Pero ahí está el feminismo impidiendo que las heridas, las llagas purulentas, se cierren en falso.
La superficialidad de la época la marca siempre un grupo de poder, una camarilla de personas y familias abanderadas de la ideología dominante, su propia ideología.
El feminismo llegó para iluminar esa oscuridad, en la que el hombre había alabado la universalidad sin reconocer ni tan siquiera a sus pares, las mujeres. Así, mientras la Modernidad anunció su mundo en tres palabras (Fraternidad, Igualdad, Libertad), la Posmodernidad solo depende de una: «globalización» económica y política para beneficio de los que dominan el mundo, y producen y comercian y monopolizan sin conciencia ecológica. Si bien es verdad que, en algún momento, al final del siglo XX, a esa globalización la acompañó otra palabra, «multiculturalismo», esta desapareció después de las numerosas guerras creadas en el norte de África y en Oriente Próximo y la llegada de desplazados a Europa.
La época, es ciega, no reconoce el pensamiento que la ha de superar. Así, el hombre actual vale su peso en dinero: sueldos de hambre; riquezas de otros siempre en «paraísos fiscales»; poderes y países que nunca harán nada para remediarlo. En ello va su beneficio.
El conocimiento, el ansia de saber, la sabiduría, ya no es un valor en alza. A cambio, la mediocridad se impone, mientras los nuevos «metarrelatos salvadores» se instalan en las pomposas televisiones vendiéndonos la felicidad a plazos, y desde allí, hipertrofiados en el consumo diario de las noticias, iracundos gallos y gallinas de la política, la economía, los mass media saludan al Sol cada mañana amenazando con una nueva arma, una nueva guerra, una nueva corruptela, una masiva expulsión de inmigrantes, un bienestar siempre futuro, siempre al otro lado de muros contra los más desfavorecidos; siempre más allá de una crisis, de esta o de la que viene. Mientras, en el gallinero, la mayoría silenciosa e indiferente, aplaude; pero no solo eso, aplaude y teme, como ha aplaudido y ha temido siempre.
Aplaudir, tiene eso, es tan fácil aproximar las palmas de las manos con cierta fuerza y que aparezca un sonido. ¡Ha sido siempre tan fácil! ¡Es tan fácil asustar! Incluso cuando la gente conviva con robots, seguirá siendo muy fácil aplaudir lo que está de moda.
Llegada esa época, no será difícil tampoco enseñarles a los robots dos cosas: cómo obedecer y cómo aplaudir. Temer, no sabrán. El resto pertenece a la Historia. Pero el que escribe, la que reflexiona, el que se bate a duelo con las ideas viejas, no callará, y de época en época alguien, en un tiempo futuro, tomará en sus manos sus palabras y las pondrá en pie. Humanizadas, serán oídas.
Por eso, un buen escritor, una buena escritora, no debe escribir para su época. Debe escribir, sin más, sin esperar ver los frutos. Echar barquitos a la mar del pensamiento. Hilvanar historias sobre un mundo vasto de reflexiones, que no siempre, coincidirá con la máscara con que se cubre la época.


Publicado en Diario 16 08/05/2018

jueves, 12 de abril de 2018

«FELICIDAD PERFECTA» —Un cuento de Katherine Mansfield—


Pilar Alberdi

El cuento que quiero comentarles, «Felicidad perfecta» de Katherine Mansfield, con traducción de Lucía Graves y Elena Lambea, apareció editado (1998) en la excelente colección de Relatos dirigida por Ana María Moix en Plaza & Janés.
La protagonista es «Bertha Young», tiene treinta años, está feliz, tanto como para sentir el impulso de correr más que el de andar; el de «lanzar algo al aire y cogerlo después», el de «reírse… de nada», o, simplemente el de quedarse quieta.
Ella se pregunta qué se puede hacer cuando tienes esa edad y «al doblar la esquina de tu calle, de pronto te invade un sentimiento de felicidad».
La protagonista representa un tipo de mujer del siglo XIX, comienzo del XX, atrapada en las limitaciones que le impone, por partida doble, el patriarcado y la pertenencia a una clase social determinada.
Las mujeres como Bertha cuentan con alguna criada y cocinera, y aquí se observa cómo, para que una mujer pueda estar en parte liberada del trabajo de la casa, otras mujeres, de una clase social inferior ocupan ese puesto. Esto no ha cambiado. Muchas inmigrantes llegan a Europa y acaban cuidando a los hijos de otras mujeres, mientras han dejado a los suyos a cargo de otros familiares en sus lugares de origen.
Bertha Young está alegre, demasiado alegre; eso también tiene que disimularlo. A las mujeres de su época que muestran demasiado sus sentimientos se las puede tildar de «histéricas», comodín que escondía, como hoy sabemos, posibles abusos sexuales sufridos en la infancia o en la adolescencia, además de la forzada inquietud por no poder desarrollar su personalidad plenamente. El riesgo de mostrar su interés y su ilusión era acabar encerradas en una institución como si estuvieran enajenadas.
Pero Bertha está feliz, «como borracha y alborotada», dice, tanto como para expresar que se comería un trozo de ese sol que ilumina la mañana y su vida, mientras camina de regreso a su casa.
Por la noche, esperan gente a cenar; por tal motivo, compró fruta por el camino: mandarinas, manzanas, peras, y uvas blancas y moradas, estas últimas porque había pensado que harían una excelente combinación con la alfombra del salón.
Ya frente a la puerta de la casa, ¡otra vez se ha olvidado la llave!, llama y espera a que salgan a abrirle y en cuanto aparece la criada le pregunta por la niñera, al tiempo que decide ser ella misma quien coloque las frutas sobre un par de platos. Luego, las dispone en forma de pirámide sobre un cuenco de cristal y un plato azul. A continuación, se aleja para ver el resultado, la fusión con el ambiente le parece admirable.
Unos minutos más tarde, busca a la niñera para poder encontrarse por fin con su hija. La niñera se demora con la comida que está dando a la pequeña; también le cuenta que un perro se ha acercado a ellas en el parque y que la niña le ha tocado la oreja. De repente Bertha siente miedo de lo que hubiera podido pasar, pero se contiene y calla. Ahí está su niña, por fin ha acabado la niñera de darle de comer, ya puede tomarla en brazos.
Las horas van pasando. Los preparativos se cumplen con meticulosidad. Entre los invitados esperan a un poeta joven, Eddie Warren; ella no ha leído nada de él, pero «está de moda», la prueba es que lo invitan a muchas cenas. También acudirán los Norman Knight, él está a punto de abrir un teatro, y ella, excepcional en su carácter, siempre les hace sonreír. No faltará la señorita Pearl Fulton, a quien ella había conocido en un club y de la que se había prendado, sin saber muy bien por qué.
Mientras tanto, Harry, su marido, acaba de llamar por teléfono para comentarle que se retrasará un poco.
No importa, piensa, ¡está tan contenta! No hay de qué preocuparse. Todo saldrá bien, y seguro que hasta Harry llegará a tiempo. Tiene tantas cosas de las que estar agradecida y con las que poder ser feliz: el amor de su esposo, la hija de ambos, los libros, los viajes al extranjero, y hasta su nueva cocinera que hace «unas tortillas riquísimas».
Viven en una casa amplia; el balcón da al jardín, en donde se puede distinguir un peral, rosales, tulipanes rojos, y narcisos; espacio donde a veces se detiene la mirada de Bertha. Mirando y sintiendo su mundo ella exclama: «¡Soy demasiado feliz…, demasiado feliz!»
Llegan los invitados. La cena se desarrolla como era previsible; ni una nota más alta que la otra. Todo es entendimiento y buenas maneras. La señora de Norman Knight, seguirá siendo durante toda la velada la «señora de Norman Knight», nunca conoceremos su nombre ni sus apellidos de soltera, aunque se indica que, entre ellos, en la intimidad, ambos se llaman, Rostro y Bobo. La mujer cuenta su experiencia del viaje en tren vestida con su abrigo amarillo adornado con un ribete estampado con figuras de monos, y la reacción de la gente al verlo. El poeta, mientras tanto, permanece como en la luna; y la señorita Pearl Fulton, su elegida, y en este caso su invitada preferida, su favorita sin duda, se muestra siempre tan encantadora.
Su marido, Harry, muchas veces criticaba y se burlaba de la amistad que compartía con ella. Era algo que Bertha no comprendía. ¿Qué tenía su queridísima Pearl, que molestaba tanto a Harry?
Si al abrigo de la invitada antes citado sumamos los colores de la ropa que Bertha se ha puesto, entendemos cómo los matices de intensos colores se han impuesto con fuerza en la moda de comienzos del siglo XX. Ella eligió para ponerse esa noche: «un vestido blanco, un collar de cuentas de jade, zapatos y medias verdes».
Bertha admiraba, sin duda, el entusiasmo de Harry, su marido, por la vida, pero no entendía tantas críticas como volcaba sobre su querida Pearl Fulton, que fue la última invitada en llegar, inmediatamente después de Harry, y que se mantuvo moderadamente discreta, mientras: «Sus pesados párpados descansaban sobre sus ojos y la extraña media sonrisa, iba y venía de sus labios, como si viviera más escuchando que viendo». Le parece un encanto de mujer, mientras Harry, como siempre, se mantenía indiferente hacia ella.
Como buena lectora, a la anfitriona, lo que aparece ante sus ojos, le recuerda una obra de Chéjov, en la que cada personaje sirve al cometido de hacer resaltar a otro. La velada no podía ser más perfecta. Su marido hasta le elogió el soufflée que, lógicamente, ella no había preparado.
Bertha, intentaba controlar su alegría, su deseo de reír, y lo ocultaba hablando.
Ya estaban terminando cuando decidió invitarles a ver su cafetera nueva.
De repente, al encaminarse a la habitación contigua para admirar la cafetera, la señorita Fulton se mostró sorprendida ante Bertha de que tuviesen jardín, y juntas, ambas de pie, se quedaron admirando a través del cristal el esbelto peral que allí reinaba. «¿Cuánto tiempo estuvieron así, las dos, como atrapadas en aquel círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose perfectamente?»
Tras la cena y el café, se ofrecieron cigarrillos de Egipto, Turquía y Virginia; y no tardó en llegar el momento de la despedida.
Lo que Bertha sentía en ese momento, esa enorme sintonía con la señorita Fulton, debía explicársela sin demora a Harry. No soportaba sus críticas, no le gustaba que él la criticase, y de repente decidió que esa misma noche, cuando se marchasen los invitados y estuviesen en la cama, en su habitación, ella le reprocharía su comportamiento, sus palabras. No se sintió segura de que ese fuera el momento adecuado ni el mejor lugar, sin embargo, se alegró de ser tan «modernos», lo que les permitía ese tipo de franqueza.
Había en el salón un piano, pero nadie sabía tocar. Bertha lamentó quedarse sin música para completar una noche tan exquisita.
Los Knight apelaron a los horarios de los trenes para marcharse. Harían el trayecto hasta la estación en taxi. La señorita Fulton, por su parte, invitó al poeta a sumarse a su taxi, y a continuación se dirigió a buscar su abrigo.
Bertha iba a acompañar a la señorita Pearl, cuando Harry se le adelantó para ayudar. Entonces Bertha se quedó en el salón con el poeta que todavía estaba allí y hablaron de un libro. En un instante en que ella volvió el rostro y miró hacia el vestíbulo vio a Harry sosteniendo el abrigo de la señorita Fulton, a esta de espaldas e inclinada levemente; luego observó cómo él arrojó el abrigo, tomó de los hombros a la mujer, dándole la vuelta, y sus labios dijeron: «Te adoro», mientras la señorita Fulton colocaba sus manos sobre las mejillas de Harry, y él le preguntaba: «¿Mañana?» y ella contestaba «Sí», bajando los párpados.
El poeta distrajo a Bertha con un comentario; poco después la señorita Fulton se acercó para despedirse y mientras ofrecía sus finos dedos a la anfitriona, dijo: «¡Tu bello peral!».
El poeta siguió a la mujer, y Harry a ambos para cerrar la puerta.
Bertha corrió hacia el amplio ventanal que daba al jardín, y se detuvo: allí estaba el peral, mientras se preguntaba «¿qué va a pasar ahora?».
Hasta aquí el cuento escrito; luego, nos queda además de la cantidad de sentimientos por los que hemos viajado y compartido, ese final inconmensurablemente abierto.
Se suele decir que Katherine Mansfield tenía como maestro a Chéjov, y, de hecho, en este cuento lo nombra.
Pienso en un cuento del señalado autor ruso titulado Una bromita. Algo tan sutil, ¿verdad? Todo y nada pasa en un cuento como ese, y el recuerdo se queda para siempre; hay un querer volver a ese cuento de Chéjov como a otros muchos, porque de eso trata la literatura, de mantener vivos entre palabras a los personajes, y la lectura y relectura consiste tan sólo en reencarnarlos.
De todos modos, sería preciso recordar algo que expresó vivamente Vladimir Nabokov en su Curso de Literatura europea: Tolstoi, Chéjov y Proust, aprendieron de Flaubert, un detallista excepcional. Porque no está en la capacidad de expresar la generalidad, donde está la mejor literatura, sino en aquella capaz de mostrar cada detalle.


Publicado en la revista Las nueve musas —Artes, Ciencias y Humanidades— 11/04/2018.