© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Graduada en Filosofía (UNED).

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jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.

sábado, 14 de diciembre de 2019

LA DEMOCRACIA EN PELIGRO


Pilar Alberdi

Entendemos por régimen democrático un sistema con una cierta estabilidad social y económica, en el que los representantes políticos de los diferentes partidos pueden ser elegidos, tras un período determinado previamente por ley. Pero, cuando las democracias se desestabilizan es necesario descubrir cómo se produce la crisis, quiénes y cómo la fomentan o se benefician de ello.
En el presente artículo intentaré dar cuenta de la lectura de dos obras que nos pueden ayudar a la mejor comprensión del tema. Se trata de los libros La quiebra de las democracias del sociólogo español Juan José Linz (1926-2013) y Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblat. Comenzaré por este último, publicado en 2018 que debe mucho al de Juan Linz publicado en 1987, y a quien rinden reconocimiento.
Los autores de Cómo mueren las democracias alertan sobre las maneras en que una democracia puede fracasar ya sea por un golpe de generales, pero también a causa de líderes electos que ingresan en instituciones democráticas a las que rápidamente pasan a desmantelar, como fueron los casos de Mussolini y Hitler. Sin embargo, la forma más común de que una democracia caiga es por una erosión continuada sobre la misma, llevada a cabo por las decisiones de los propios partidos políticos, que mirando más hacia sus propios intereses que a los del sistema democrático, es decir, al interés general, no atinan a comprender, por extraño que parezca, la gravedad de lo que está ocurriendo y las consecuencias que tendrá para su propio partido, además de para su país. En este tipo de situaciones hay que incluir de fondo una posible crisis socioeconómica o la acción de partidos nacionalistas emergentes, con carácter secesionista, cuya intención puede ser la de separarse e independizarse o unirse a otro Estado. Dadas estas condiciones es fácil que aparezcan figuras autoritarias que enfrentándose a las políticas establecidas que dificultan o impiden la formación de un gobierno, deseen alzarse con el poder, y hasta lo consigan.
Para estos autores, lo fundamental para que la democracia se mantenga en pie no es, en cualquiera de los casos posibles, lo que hagan estas figuras advenedizas, sino la actuación del resto de los partidos, quienes deberían «impedirles llegar al poder, con acciones como las siguientes: manteniéndoles alejados de los puestos principales, negándose a aprobarlos o a alienarse con ellos, y, en caso necesario, haciendo causa común con la oposición en apoyo a candidatos democráticos», aunque esto les supusiese un enfrentamiento con su propio electorado e incluso una pérdida de votantes.
Este libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblat está dedicado en parte al caso de los Estados Unidos, tras la elección de Trump; indaga también en las posibles consecuencias de su reelección que podría ser favorecida por el supremacismo blanco como respuesta a una variada etnicidad con la llegada de migrantes, además de otros problemas de tipo económico. Trump representaría para ese supremacismo en auge, la solución que les defenderá de estos cambios, en especial, por no ser el típico político profesional, mostrarse autoritario, dispuesto a expulsar migrantes ilegales o hacer construir miles de kilómetros de muros para impedir su entrada, y deseoso de fundar un nuevo orden mundial.
Lo peor de esta nueva variedad de personajes autoritarios, además de su xenofobia, antifeminismo, y negacionismo del cambio climático, es que tienden a culpar de los males del sistema democrático o del mal funcionamiento de este, a la inmigración, otras religiones y etnias que no sean la suya. Y cuando se les critica desde los medios de comunicación, niegan la presencia de los periodistas, imponiéndoles el veto o el acceso a sus actos.
Este tipo de políticos intentan distorsionar la realidad para hacerla a su medida. Citan los autores algunos ejemplos: para Berlusconi los jueces que emitían sentencias contrarias a sus intereses eran «comunistas»; para Viktor Orban, los periodistas que le criticaban se comportaban como «terroristas». Oímos a diario los exabruptos que dice Salvini. Poniendo un ejemplo actual, los autores consideran que Donald Trump ganó las elecciones por el desafecto de la gente con la política. Votaron en parte a un empresario, y en gran medida a un habitual de las tertulias televisivas, es decir, a un no-político, rico sí, pero no más culto que ellos. Para estos autores, aún a riesgo de que el electorado se enfadase con el partido Republicano, este debería haber frenado el ascenso de Trump, es más, deberían haber manifestado como hicieron algunos de sus otros candidatos, entre ellos algunos senadores, congresistas y gobernadores, su desaprobación a Trump, y a continuación deberían haber pedido el apoyo de los votantes para su adversario, en este caso, adversaria (Hillary Clinton), de manera similar a como ocurrió en Francia hace poco tiempo, cuando para evitar el ascenso de la extrema derecha encabezada por Mary Le Pen, Francoise Fillon solicitó a sus votantes que apoyasen en las urnas (segunda vuelta) a Emanuelle Macron.
El libro también toma en cuenta a los gobiernos latinoamericanos, y las formas de acceso de algunos políticos a las instituciones democráticas partiendo inicialmente de golpes militares, y, posteriormente, a través de las instituciones (Perón en Argentina, Chávez en Venezuela), o analiza las dictaduras de los años setenta del pasado siglo en América Latina.
Hoy, sería fundamental sumar a esos análisis, las actitudes del presidente de Brasil, y los casos de los autoproclamados «presidentes» Juan Guaidó (Venezuela) y Jeanine Añez (Bolivia). Además, hemos podido constatar la importancia étnica que para la política democrática están teniendo los pueblos originarios de América, por ejemplo, en Ecuador y Bolivia; y también su influencia en Brasil, México, Chile, por citar unos ejemplos.
Como hemos comentado al comienzo del artículo, este libro Cómo mueren las democracias se muestra deudor de los análisis de Juan Linz en La quiebra de las democracias, que a su vez recoge a pie de página su diálogo con otros autores, entre los que podemos hallar a Weber, Giuseppi di Palma, Rainer Lepsius, Pareto, Sartori, L. J. Henderson, De Felice, entre otros.
A Linz hay que agradecerle, como español con residencia en los Estados Unidos, que tomase en cuenta para sus investigaciones el caso de España. Cuando la democracia cayó, al iniciarse la Guerra Civil, algo que como bien indica, no fue un proceso de días, sino de años de constante desgaste institucional en un sistema democrático con numerosos partidos, diversas coaliciones, y el auge de nacionalismos periféricos en pugna con el Estado. Por ello, hace hincapié, en la necesidad por parte de los políticos, que son los que parecen enterarse siempre en último término, debido a sus propios intereses partidistas, de la manera cómo se produce ese desgaste de años, ese grave desequilibrio progresivo que ahonda las divisiones, y puede amenazar reforzando enfrentamientos, disputas entre partidos y gobiernos cada vez más débiles, forzando coaliciones, para finalmente, una vez caída la democracia, dar paso, por lo general, a un gobierno autoritario y de derechas. Esa caída supondrá, además, en el futuro, y en el caso de que la democracia pueda ser recuperada, la necesidad de poner en marcha procesos, no siempre fáciles, destinados a la creación de una nueva «democracia sucesora», como ocurrió, en Italia y España.
Linz indica cómo esos «momentos dramáticos», cuyos nombres conocemos por los libros de historia, y que simbolizan el «cambio de poder» como «la marcha de Roma de Mussolini», «la Machtergreifung de Hitler», «la guerra española», «Praga, febrero de 1948», o «el golpe contra Allende», solo son el final de una larga crisis.
El autor pone la mira en los partidos leales al sistema democrático como garantía de reequilibramiento y continuación, frente a los desleales o semileales, especialmente en aquellos casos en que se da un «pluralismo polarizado», «con cinco o más partidos relevantes», donde se puedan dar coaliciones y oposiciones bilaterales, y estén presentes, además, nacionalismos regionales con exigencias secesionistas. «En última instancia ―nos dice― el derrumbamiento es el resultado de procesos iniciados por la incapacidad del gobierno de resolver problemas para los cuales las oposiciones desleales se ofrecen como solución». Si ante la falta de soluciones la crisis se agudiza, ocurren dos procesos, por un lado, el electorado tiende a los extremos, y por otro, se produce una «transferencia de la autoridad a elementos no democráticos», baste como recordatorio, el caso de Von Papen que facilitó que Hitler llegase a ser canciller de Alemania, con las funestas consecuencias que conocemos. Es decir, frente a un advenedizo que viene con fuerza y que parece recoger el favor popular, los partidos viejos o algunos de estos favorecen su llegada al poder con el fin de recoger simpatías y posibles votantes. A este tipo de uniones se las denomina «alianzas fatídicas», porque el advenedizo pasará a ocupar el lugar de los anteriores.
En cualquier caso, una crisis prolongada, supone coaliciones, y esto a su vez, crisis dentro de esas coaliciones, ya que al margen de la participación en una coalición, cada partido puede seguir la línea de sus propios intereses al margen de la política general, lo que llevaría a una pérdida de poder y credibilidad del gobierno, por lo que se formarían otras alianzas, que seguirían por el mismo camino de convocar nuevas elecciones, surgiendo a medida que pasa el tiempo una mayor fragmentación, y el veto permanente de unos contra otros. Hay, además, otros poderes (económicos, religiosos, militares, etc.), a los que la sociología define como «poderes neutrales», no porque no tengan sus propios intereses, sino porque no ocupan el gobierno, que también pueden ir tomando posiciones en vistas a lo que pueda suceder. Y hay otros poderes, de los que el libro no habla, que actúan a nivel global, como los grandes fondos de inversión que afectan a la estabilidad de las democracias y que, a su vez, quizá, representan algo así como lo que en el pasado fueron las injerencias extranjeras.
El hecho de que se repitan elecciones continuamente erosiona claramente el sistema democrático, y demuestra que algo está fallando. Unos datos que aporta Linz sobre España: del 21 de marzo de 1918 al 13 de septiembre de 1923, hubo 12 gobiernos, con 7 primeros ministros, siendo la duración media de cada gobierno de 166 días. (Por si sirve de referencia, en Alemania, del 9 de noviembre de 1918 al 27 de marzo de 1930, hubo 18 gobiernos y 9 primer ministros, con una duración media de gobierno de 210 días). Después de la depresión general que sufrió Europa, el número de gobiernos en España del 14 de abril de 1931 al 18 de julio de 1936 fue de 19 gobiernos, con ocho primeros ministros, y una duración media de estos gobiernos de 101 días. (En Alemania, del 30 de marzo de 1930 al 30 de enero de 1933, fueron 4 gobiernos y 3 primeros ministros con una duración media de 258 días).
Teniendo en cuenta que «La mayoría de la gente obedece por costumbre y en base a un cálculo racional de las ventajas» que puede obtener con su obediencia, Linz opina que no es la gente la que puede impedir la llegada del fascismo a las instituciones sino los partidos políticos, y que es deber de estos consolidar la democracia. Advirtiéndonos, además, del peligro que supone «La vana esperanza de hacer más democráticas a las sociedades por vías no democráticas», porque esta vana esperanza «ha contribuido demasiado frecuentemente a crisis de regímenes democráticos y en última instancia ha preparado el camino a gobiernos autocráticos». Un favor más que nos hace Linz en este libro es recordarnos que el atractivo del fascismo de entreguerras se basó en la necesidad de afirmar la solidaridad nacional frente a un sistema que permitía las divisiones y los conflictos de interés dentro de la propia sociedad, así como la amenaza del internacionalismo de ciertas propuestas políticas. Sin embargo, eso no acabó evitando, el propio internacionalismo del fascismo. Por último, y es un dato muy interesante, que puede pasar muchas veces inadvertido, había una juventud dispuesta a defender ideologías idealistas, puesto que de una u otra manera todas defendían algo que no estaba presente.
En nuestro tiempo estamos viendo ponerse en movimiento a la juventud por el cambio climático; por otra parte, algunos partidos proponen se pueda votar a partir de los 16 años; habrá que estar atentos a lo que pueda deparar el futuro, sin olvidar jamás, que el hombre renueva sus mitos, no sin ponerse en peligro.


Linz, Juan José. La quiebra de las democracias. Alianza Universidad, Madrid, 1987.
Levitsky, Steven y Ziblat, Daniel. Cómo mueren las democracias. Ariel, Buenos Aires, 2018.

martes, 12 de noviembre de 2019

FRENTE A LA OCCIDENTALIZACIÓN DE ORIENTE





La Asociación Andaluza de Filosofía ha publicado en el número 18 de su revista El Búho, mi artículo Frente a la occidentalización de Oriente, donde además de hacer un recorrido sobre la relación Oriente-Occidente, y los prejuicios que han definido a la primera desde la posición colonialista de la segunda, desatendiendo tantas veces el enorme aporte científico y tecnológico recibido, sugiero, por tanto, la importancia de trasladar a nivel educacional y de manera práctica en nuestros colegios las sabidurías orientales, por ejemplo, a través de proyectos educacionales que aporten ese conocimiento (con clases de ikebanas, haikus, shitasu, taichi, yoga, etc.)poniendo como ejemplo, la enseñanza que recibí en su día, junto a otros niños de primaria por parte de una maestra de origen koreano.Su delicada influencia me ha mantenido siempre cerca de las sabidurías orientales.
Pueden leer el artículo en la misma web, clicando en la portada, o bajarse el PDF.

lunes, 4 de noviembre de 2019

¿CUÁNDO PERDIMOS LA EDUCACIÓN?



Pilar Alberdi


¿Cuándo perdimos la educación? No es pregunta baladí. El siglo XX quería a la gente educada. La educación prometía un futuro de conocimiento, ocupar un lugar en la sociedad, ser alguien. Enorme contradicción que ese terrible siglo ofreciera el horror desmesurado y asesino de los Estados Totalitarios con sus persecuciones, su desprecio y rechazo al Otro.
Las cosas han cambiado, me dirán. ¿Sí? Juzguen ustedes. Cuando yo era niña éramos en clase una treintena de niños en una escuela pública. En la que iba mi pareja, una escuela privada, eran sesenta niños por clase. No volaba una mosca. No había castigos físicos. Lo más penoso que podía sucederle a un alumno era la vergüenza de ser expulsado de la clase al pasillo; si la falta era más grave, se le enviaba a dirección, y muy raras veces se llegaba a suspenderle de clase varios días o en caso extremo se llegaba a la expulsión.
Cuando alguien entraba en clase nos poníamos en pie y saludábamos. Luego, se nos ordenaba sentarnos. Todo muy militar, me dirán; quizá. Por supuesto, todos acudíamos con uniforme: una bata blanca en la escuela pública, un uniforme en tonos grises y azules en los privados.
De camino al colegio aprendíamos cosas tan simples como que un papel de caramelo no se arrojaba al suelo, se guardaba en el bolsillo para echarlo al bote de la basura cuando llegásemos a casa. Ese papel podía estar horas en el bolsillo, sin que se nos ocurriese tirarlo en cualquier otra parte.
Un adulto era alguien superior, nosotros no discutíamos el por qué, sería por edad o por conocimiento. A las personas mayores y a las embarazadas, una niña o un niño, cualquier adolescente o joven, le cedía con orgullo y alegría el asiento en el autobús. ¿Percibimos hoy lo mismo? No hace muchos años, iba con mi hija embarazada de pocos meses en un vagón del metro. Entró una mujer, ella también embarazada, y casi a término. Solo mi hija se levantó para dejarle el asiento.
Hoy vemos familias atrapadas frente a las pantallas de sus teléfonos móviles. Se les dan esos aparatos a los niños pequeños para distraerlos, desconectarlos de algún modo de la realidad, para que no molesten. La realidad virtual a la que acceden, un mundo de colores y juegos, en general de movimientos muy rápidos, no les harán mejores personas, simplemente, los condicionarán para continuar utilizando esa tecnología, que les alejará del ensimismamiento y el análisis necesario para encauzar la propia vida. Los teléfonos móviles, hoy, como un espejo donde Narciso se mira en el fondo del pozo y cae. El mito nunca muere.
Se conduce, incluso, con todo el peligro que esto supone, mirando un móvil. El peatón actual, aunque se encuentre al borde de cruzar un paso de cebra, con semáforo o sin él, se cuidará muy bien de poner un pie sobre el asfalto si no percibe con suficiente tiempo que realmente ese coche que avanza lentamente, no lo hace porque su conductor esté distraído mirando o enviando algún mensaje en su móvil, sino porque se detendrá como corresponde a la educación vial recibida, y demostrada en el examen pertinente.
No sé, de verdad lo digo, cuándo perdimos la educación. Cuándo, en qué momento los productores de un programa de radio o televisión comenzaron a decidir que una tertuliana o tertuliano irrespetuoso y mal educado generaba más audiencia, por lo tanto, más ingresos por publicidad contratada, y cuándo, en qué momento, la gente se volvió de manera parecida, a fin de cuentas somos pura «imitatio», y descubrieron que quien más grita, quien más ofende, quien más barbaridades y palabras soeces dice, «gana pantalla» y se convierte en el famoso de turno, o si ya lo era, se vuelve a hablar de su «actuación», iba a decir de su persona, pero no, es de su actuación, de cómo se supone que debe aparecer para ser reconocido de tal o cual manera. Debe ser algo que también descubrieron los políticos, al menos algunos, o quizá sus asesores, y ahora, además de poner de moda la palabra «politólogo», se dedican a insultarse unos a otros.
Sin respeto, no hay sociedad. Ya en su tiempo, Platón y Aristóteles, solo por citar dos ejemplos, hablaron de la importancia de la educación en los niños y los jóvenes, del respeto que debían a los mayores y a la sociedad en que vivían. Platón afirmaba que las personas más preparadas, con mayor conocimiento y experiencia, las que tuvieran por lo menos cincuenta años —una edad muy avanzada para la época— serían, sin duda, los mejores maestros. ¿Y no valdría esto también para la política? Por supuesto que sí. ¿Y no aspiraríamos, además, a que tenga una amplia cultura, además de saber cómo y dónde se registra el nombre de un nuevo partido?
En fin… ¿Cómo se defiende uno de la mala educación, especialmente cuando uno es educado y reconoce esta virtud y digo «virtud» por no decir «valor», término de raíz económica que como bien explicó Max Weber surgió con el capitalismo y las inversiones en «valores» bursátiles? Difícil consejo lleva esto.
Parece que ya no somos iguales en educación sino en tatuajes y la mayoría reconoce esto como un avance de la igualdad y las nuevas tecnologías, precisamente, cuando la igualdad queda ensombrecida por la negación de la lucha agónica entre los que más y los que menos tienen, mientras la comunicación se empobrece, las palabras se reducen a su mínima expresión, y los emoticones, por ejemplo, esas caritas amarillas y redondas con sus sonrisitas, sus enojos, sus lágrimas, como jeroglíficos del pasado inundan las comunicaciones. Me pregunto si de verdad lo que hemos perdido es la educación o ¿no será la vergüenza?
Yo creo que lo que se ha perdido es la vergüenza. Una sociedad infantilizada, ególatra, desmesurada, irrespetuosa, en eso estamos; y no augura nada bueno.


Publicado en El cuaderno, noviembre 2019.

viernes, 18 de octubre de 2019

GENTE PEQUEÑA DE LA HISTORIA



Pilar Alberdi

Dijo Pascal: «Una ciudad, un campo, de lejos, son una ciudad, un campo; pero, a medida que nos acercamos son casas, calles, tejas, hombres». Qué razón tenía este hombre, este filósofo al fin, bajo el peso de su severa teología, y al que tanto preocupó esa Nada, de la que provenimos, y ese Infinito que nos espera.
Pero ¿qué es una ciudad sino un afecto? La ciudad no engaña. Ella es en su puro devenir, la misma, tanto en la melancolía de la distancia como en la alegría espontánea del reencuentro. Sin embargo, cuando el ideal se ha fijado en el tiempo, tantas veces ocurre que nos cuesta reconocerla. ¿Qué tenía entonces que ya no tiene? ¿Cuál era su secreto encanto? La cuestión está en saber acercarse. ¿Cómo? En sigilo, como si ella no lo supiera, lo cual es cierto, ¿cómo podría ella saber que nos marchamos hace tiempo o que hemos regresado?; no lo sabe; ni siquiera sabe que continuamos reconociendo los nombres de las calles o que ya no intentamos repetirlos de memoria, porque nos ha vencido el tiempo o la distancia, que acaso adopten la misma forma. «Es la edad…» diremos, y ella tampoco oirá que envejecemos. Entonces, la ciudad, altiva y desdeñosa como siempre ha sido, rica en sus ajuares y distante en el trato, indiferente a nuestra presencia, impertérrita, cemento puro donde el sol estalla refulgente cada día, es la que mira al mar o la que mira al campo. ¿Y nosotros? Aire que mueve la brisa frente a sus balconadas, nos sentimos vivos en las motas de sol que caen entre el follaje de los falsos plátanos.
La ciudad, no es una sola, no, ella es mágica, se reinventa cada día, y si se trata de ser, es por lo menos dos, ambas con sus propios intereses. La de los turistas, que llevan granos de arena entre los dedos de sus pies, desde la playa al hotel, pero también la de las gaviotas, aire que se mece en el aire, que regresan de los campos por las tardes, después de haber seguido alborotadas, sobrevolando bajo, los surcos abiertos por los tractores, donde la oscura tierra, siempre fértil, ofrece lujosos manjares de insectos y lombrices.
De acuerdo, la ciudad es eso, pero es más que eso. A ella hay que acudir con un sigilo renovado, cautelosamente, como los gatos, o en puntillas como los niños cuando quieren darnos un susto. Hay que ponerse alas nuevas para visitarla; nada de drones, ¡no!; hay que hacer de la imaginación una cometa y volarla alto, muy alto. Hay que tratarla, si cabe, a la ciudad, como una antigua compañera de juegos infantiles, que lo fue, sin duda. Invitarla a jugar al escondite, otra vez, como antaño lo hicimos. Insistirle. Contar, vehementemente: «1, 2, 3…» para que se confíe, para que de nuevo corra a esconderse, para que espiándola por el rabillo del ojo, descubramos cuál es su secreto refugio, mientras continuamos contando «4, 5, 6…» hasta llegar al «10», y sepamos o creamos saber, de verdad, dónde irá a esconderse la próxima vez, entre el batiburrillo de nuestros recuerdos. ¿Acaso en un día de playa? ¿Tal vez en el primer beso que dimos de adolescentes?
Sí, la ciudad, esa ciudad, la que ni conserva ni devuelve lo acontecido en ella. No por egoísta, sino por esquiva; no por soliviantarnos, sino por sorprendernos; no por quedarse quieta ante nuestros pasos sino por protegernos. ¿De qué? De los recuerdos. ¿Y de qué más? También del tiempo.
A veces, la ciudad muestra su lado más humano. Allí están o no están ya, algunas de las personas que más quisimos.
A lo mejor, tal vez solo «a lo mejor», al recuerdo que para cada uno representa una ciudad hay que acercarse despacito para que no se aleje como lo haría un fantasma de otro fantasma. Inútil preguntarse: ¿dónde está la ciudad de nuestra niñez? No la encontraremos ya.
La ciudad, ¡qué cosa la ciudad, y tan sola!
Pero mejor, lo dijo Jules Laforgue, el joven escritor uruguayo, uno de los inspiradores del verso libre en Europa, allá por el siglo XIX. Eran «gente pequeña de la Historia, aprendiendo a leer, arreglándose las uñas, prendiendo cada noche la mala lámpara, enamorados, golosos, vanidosos, locos de elogios, de apretones de manos y de besos, viviendo con chismes de capillas, diciendo: “¿Cómo estará el tiempo mañana? Ya viene el próximo invierno… Este año no tuvimos ciruelas».
Son frases de todos y de nadie. Frases a las que nos obligan las circunstancias, la llegada de las estaciones, las diversas ocupaciones.
Sin duda, en la repetición está el encanto; y nosotros, en resumidas cuentas, seguimos siendo como aquellos, esa gente pequeña de la Historia.


Nota: Jules Laforgue (1860-1887), escritor; nació en Uruguay, vivió en Francia, fue el introductor junto a Baudelaire del verso libre en ese país.

Publicado en El Cuaderno, octubre 2019.

lunes, 26 de agosto de 2019

EL CHIVO EXPIATORIO Y EL CÍRCULO DE LA MUERTE


Un recorrido por la Historia y su relación con el arte.Nadie está libre de ser señalado ni de caer en estos círculos.
Enlace al libro en la Editorial Ápeiron

Palabras de la contraportada del libro: "En este trabajo se muestran las distintas formas de presentarse del «mecanismo del chivo expiatorio y el círculo de la muerte»: desprecio al Otro, elección de las víctimas, las relaciones de poder insertas en lo social, y su reflejo en la estética teatral, analizando obras de Eurípides, Lope de Vega, Federico García Lorca, Albert Camus, Friedrich Dürrenmatt. Para ello se toma en cuenta la Teoría del doble vínculo de René Girard, cuyos antecedentes clásicos sobre la «mediación» reconocemos en Platón, Aristóteles, Agustín…, continuando por los estudios críticos de antropólogos y etólogos como Eliade, Malinowski, Nigel Davies, Desmond Morris, y humanistas como Bandura, Fromm, Freud, Adorno, Horkheimer, Arendt, Kristeva, Honneth, Berlin, Todorov, Levi, Bauman, Grossman, se llega a las preguntas esenciales: ¿qué es el mal?, ¿qué es el bien? ¿En qué medida la falta de reflexión y la relación autoridad-obediencia los condicionan?"

viernes, 2 de agosto de 2019

UN MUNDO DE OBEDIENTES


Pilar Alberdi


En su obra Los orígenes del totalitarismo, pero no solo en esta obra, Hannah Arendt reflexionó sobre quiénes fueron los que apoyaron el nacional socialismo. Su voz nos da cierta garantía porque estaba allí como testigo; no fueron aquellos que se habían identificado antes con otros partidos, no eran los que ya pertenecían a un determinado partido; eran gentes de «nuevo partido», de ese que encabezaba Hitler. También señala Arendt que fue el partido al que se sumaron inmediatamente «los mediocres». Y resaltaba, a propósito de esto, cómo gustan los mediocres de aquello que llama su atención, de una cierta teatralidad, una exuberante puesta en escena, la admiración ciega por el poder, el escándalo, el sucio juego de las palabras emponzoñadas que bailan los necios al compás que marca el autoritarismo de turno. Evidentemente, Hitler conocía estas debilidades de la gente, por eso realizaba sus grandes puestas en escena de noche, cuando después de un día agotador, era más fácil influir en ella. Y, en cuanto al conjunto de la población que acabó sosteniendo el régimen, ese conjunto se fue sometiendo poco a poco, sin reflexionar, porque la gente piensa lo justo para vivir su día a día, es decir, utiliza un pensamiento meramente instrumental, no-reflexivo, jugando en esta secuencia un papel especial «los obedientes»; los mismos, como nos dice Arendt, que luego pasaron de aquel régimen criminal a una democracia, sin hacerse mayores problemas. Y a estos «obedientes», en el fondo «mediocres» e «irreflexivos», Hannah Arendt, que los señala en muchas de sus páginas, les tenía pavor, igual que se lo tuvieron otros muchos intelectuales europeos.
Me pregunto sobre estas cuestiones al hilo de lo que está sucediendo en Europa, y como no podía ser de otra manera, en España; a esta ola de neofascismo, a la facilidad con que se señala al otro, al inmigrante, por ejemplo, sin darle voz; a lo fácil que es para algunos volcar su propia debilidad transformada en desprecio al Otro. Han de saber todos estos despreciadores, que lo único que muestra su bravuconería es su propia debilidad no asumida. Quizá, deberían preguntarse quién les hizo tanto daño en su niñez, cómo se resignaron después sin rebelarse, y por qué desean volcar su agresividad, es decir, su frustración en otros. Observamos cómo gente que fue inmigrante en Europa ahora rechaza a otros inmigrantes. Cómo gente que ha sido despreciada por el poder económico y político, se suma a partidos de extrema derecha, de claro carácter autoritario.
El escritor búlgaro Tzvetan Todorov en Memoria del mal, tentación del bien ―Indagación sobre el siglo XX― indicó las diez circunstancias que se conjugan para que aparezcan los totalitarismos, entre ellas, el convencimiento de estar viviendo un tiempo apocalíptico, un momento que los intereses de turno presentan como de todo o nada, de muerte o renacimiento, de avance o retroceso. El blanco y negro con el que se presentan los hechos de una manera machacona, simplista, obsesionada, y muchas veces abyecta, porque detrás de estas directrices hay intereses diversos (económicos, políticos…) que pugnan por alcanzar sus fines, y acaban presentando algún tipo de solución, de tal manera que esta parezca a simple vista, la única solución posible, la solución para todo. Es como bien señala Todorov una promesa de «solución utópica» que una vez puesta en marcha, ha supuesto la más feroz inhumanidad contra otros seres, y muy especialmente entre grupos.
Veamos ahora qué nos dicen ese trencito de palabras: «irreflexivos»-«mediocres»- «obedientes». En el primer caso, el del irreflexivo, se trata de un vivir sin hacerse problemas, me refiero a verdaderos problemas con lo que acontece, es un mero funcionar con el piloto autómatico donde importan poco las previsiones de futuro, se vive en presente, y no hay un interés por querer saber más; en el segundo caso, el mediocre, se mantiene a salvo de cualquier discordancia dejándose llevar por la opinión pública generada a través de los los mass media; y en el tercer caso, el obediente sabe que no sufrirá castigo, mientras que quien se rebele, sí.
Sería interesante pensar que la gente actúa así, porque no tiene conciencia o suficientes conocimientos, pero no, al contrario, actúa así por conveniencia, no tiene interés en buscar información que le aclare los hechos, y es esta conveniencia, este primitivo deseo de supervivencia, la que le hará aceptar como válida cualquier solución a un problema que se presenta como definitivo.


Publicado en El Cuaderno 29-07-2019

jueves, 18 de julio de 2019



LOS ESCRITORES Y SUS MADRES

Pilar Alberdi

¿Madres un día al año? Madres, siempre, incluso cuando no están. Rescatadas del olvido, por haber sido perfectas o imperfectas; por haber sido acompañadas o abandonadas; por haber tenido un lugar de honor en los corazones de los hijos, o por no haberlo tenido nunca, por dejar allí un vacío, un agujero negro insondable.
La literatura siempre ha sido un espejo donde volcar esta experiencia primordial de los afectos. Aparecen ellas como madres de los autores y autoras o como madres de los personajes. Pensemos en Bernarda, la madre de la obra de Federico García Lorca o en la madre de Bodas de Sangre. Hay una especial madre de todo el mundo en La casa de matriona de Alexandr Solzhenitsyn; y también en algunas obras de Truman Capote aparece esa prima mayor, ni tan siquiera madre pero que hace de madre, tan agradable a los niños de la familia, una adulta tan inocente como ellos; y a cuyo cargo dejaron sus padres al futuro escritor. Están esas madres analíticas, una especie de madres esponja que absorben el mundo de su alrededor, como La señora Dalloway de Virginia Woolf, a la que percibimos tan cosmopolita y a la vez tan frustrada, frente a la imagen en espejo que le devuelve su propia hija, la cual admira más a su institutriz, una mujer que trabaja y se muestra independiente, y le señala el camino que ha de seguir la mujer moderna.
Estas madres literarias pueden ser como en la vida misma, frías e indolentes, como la madre de Margarite Duras en El amante, probablemente castigadas y mal queridas ellas también en su niñez, por eso incapaces luego de dirigir con justicia la vida de su propia familia: («Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias». Y otra madre, no menos fuerte que la anterior, aparece en Mi madre y la música de Marina Tsvietéva: «Cuando en vez del tan deseado, previamente decidido, casi ordenado hijo varón Alexander, nací solamente yo, mi madre, tras haberse tragado orgullosa un suspiro, dijo: “Por lo menos será músico”».
Cualquiera que analice la vida de los escritores, su biografía elemental, pronto comprenderá que la mayoría de ellos han perdido pronto a ambos padres o a uno de ellos por muerte o separación. Sobran ejemplos, pero comentaré uno que se cita poco, el de Shopenhauer, frente a otros que se citan más como el de Nietzsche.
Y también están esos hijos doloridos que hablan de su propio comportamiento frente a sus madres, el dolor de los hijos por actitudes del pasado que ya no pueden reparar. No he encontrado esta especie de “mea culpa” en escritoras, aunque seguramente hay obras en que esto ocurra. En este sentido, creo que la batalla de las mujeres con sus padres, en especial con sus madres, ha sido más equitativa, y pongo por ejemplo, lo que cuenta en Una muerte muy dulce, Simone Beauvoir sobre la relación con su madre. Pero sí he encontrado últimamente, a través de varias lecturas de filosofía, el testimonio desconsolado de varios hombres que no han dudado, quizá deberíamos decir que han necesitado expresar su pena, su sentimiento de culpa públicamente, como si en esa confesión, recibiesen el perdón, para aquello que ellos consideran su carga, es decir, su dolor. Pienso en Hermann Broch y en Vasili Grossman, por ejemplo, ambos con madres a las que no pudieron salvar de las garras del nazismo, o en las recriminaciones que se hizo, Albert Cohen en su obra El libro de mi madre; un libro de una emoción contenida y sincera. Dice Cohen: «En mi soledad me canto la dulce, dulcísima nana que me cantaba mi madre» […] «En una ocasión fui malo con ella, y no se lo merecía. Crueldad de la absurda escena que organicé en Marsella» […] «No le escribía lo suficiente. No tenía bastante amor para imaginarla abriendo el buzón en Marsella varias veces al día y no encontrando nunca nada», y frente a aquel suceso y otros similares que relata, él, ya convertido en un anciano cuando escribe ese libro, y tan desvalido en ese momento como quizá su propia madre estuviese en el pasado, se pedirá a sí mismo sonreír frente al espejo, disimular su tristeza, mostrarse más fuerte ante la indiferencia y la lejanía de su propia hija, sabiendo que sobre su propia imagen de hombre vulnerable permanecía siempre «la espada suspendida» del recuerdo de su madre muerta, y, sobre todo de aquella madre incomprendida, desatendida..
Con la llegada del nazismo, Hermann Broch se marchó al exilio. Su madre permaneció en Berlín. Se encargaría de velar por ella una examante del filósofo. Pero la guerra fue cruel. La madre acabó sus días en un campo de concentración, y él no se lo perdonó nunca. Vivió en Estados Unidos, precariamente, pasando muchas dificultades económicas, con poca salud, pero contando siempre con la ayuda de otros intelectuales como por ejemplo Hannah Arendt, Thomas Mann, Max Horkheimer, Theodor Adorno, así como de instituciones culturales. Al final de sus días, anciano y enfermo, demoró cuanto pudo el regreso a Alemania, y cuando por fin se disponía a hacer el viaje, falleció.
Escribió entre otras obras, los poemas que componen Voces, allí denuncia las ideologías de un nuevo paganismo, los dioses modernos producto de la técnica y el progreso, junto con el abandono de los antiguos dioses, reconvertidos en líderes o partidos políticos.
Fue también el autor de La muerte de Virgilio, donde la historia que se cuenta, los últimos momentos de la vida de Virgilio, tiene un paralelismo con la vida del autor. Obra que, sin duda fue un antecedente importante para el desarrollo de las Memorias de Adriano de Margaritte Yourcenar. Porque como decía esta, hay que llegar a cierta edad para acabar ciertos trabajos literarios que aunque hubieran sido pensados en la juventud y desarrollado en la medianía de la vida, precisaban para su desarrollo de una vivencia de senectud, con todas las cuestiones que esta plantea.
Otro caso especial es el de Erwin Schrödinger (1887-1961) , físico y filósofo, Premio Nobel de Física en 1933. En su obra Mi concepción del mundo, en la parte dedicada a su vida, se recrimina la actitud que mantuvo de joven con sus padres, y de manera especial con su madre. Frente a una pesadilla recurrente, explica: «Considero esta pesadilla como el resultado de mi mala conciencia a causa de lo mal que me porté con mis padres en los años 1919/21».
Otro caso, es el de Vasili Grossman (1905-1964), científico, periodista, oficial del ejército soviético, luego escritor que dejó su testimonio en Vida y destino, un libro publicado por primera vez en Suiza en 1980.
Después de su fallecimiento se encontró entre sus papeles un sobre con dos cartas escritas a su madre asesinada por los nazis en Berdíchev (Ucrania). Existía el antecedente de que hubiera podido llevarla con él a Moscú, pero al parecer Grossman y su segunda mujer, no estuvieron de acuerdo para hacerlo. Probablemente, la idea de que si hubiese marchado con ellos, su madre se habría salvado, le persiguió hasta el último día de su vida.
De las dos cartas que escribió a su madre muerta, acompañando a una de ellas había dos fotos, en una de estas aparecía de niño junto a su madre; en la otra se veía una fosa abierta donde estaban tumbados, unos sobre otros, los cuerpos desnudos de las mujeres masacradas por las SS. Entre aquellas mujeres, quizás, o en otras sepulturas similares podía estar el cuerpo de su madre, algo que Vasili Grossman no se permitió olvidar nunca. (Pueden leerse ambas cartas en el artículo de Hans van den Berg citado en las notas al final de este artículo).
Evidentemente, en este altar de los padres, pero también de los hijos, sufren las personas.
Que haya un día de la madre parece tan absurdo como que lo haya del padre o de los hijos.
Los días, todos, son de la vida, es igual en qué capilla y frente a cuál de los numerosos altares queramos rendirle testimonio. Es la vida la que nos tiene. «No nacemos solo para nosotros» como escribió Cicerón, y los testimonios de estos hombres nos dan cuenta de ello. No solo vivimos con y para los demás, sino para nuestra conciencia; para esa persona que esperábamos ser y a la que, como en estos casos, se le rinden explicaciones hasta el último momento, e incluso, no se duda en hacerlas públicas.



Notas:
Cohen, Albert. El libro de mi madre. Anagrama. Barcelona, 1992.
Woolf, Virginia. La señora Dalloway. Alianza. Madrid, 2003.
García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Herederos de García Lorca. Art Enterprise. España, 2004.
García Lorca, Federico. Bodas de sangre. Espasa Calpe. Madrid, 1978.
Duras, Margueritte: El amante. Tusquets. Barcelona, 1986.
Beauvoir, Simone: Una muerte muy dulce. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 2002.
Schrödinger, Erwin. «Vida» en Mi concepción del mundo. Tusquets. Barcelona, 1998.
«Vasili Grossman (1905-1964) y su novela Todo fluye». Autor: Hans van den Berg. Revista Ciencia y Cultura. Nº 25. La Paz. Bolivia, nov. 2010.
http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-33232010000200003



Artículo publicado en El Cuaderno )
, 17/07/2019,

jueves, 2 de mayo de 2019

LOS TRANSTERRADOS: EL EXILIO ESPAÑOL


Pilar Alberdi

Hay algo que se llama exilio, y que quienes no lo han vivido no saben lo que duele; es vivir con el corazón en la tierra que fue suya, pero con los pies en otra.
El exilio español republicano se llevó al pueblo, y cuando decimos esto, no sabemos realmente a quien se llevó por delante, porque cada ser era único y portaba una historia de vida. Muchos de los exiliados que fueron hacia Francia, en la época del gobierno de Vichy, acabaron en los campos de concentración nazis. Mas de 7000 fueron enviados a Mathausen. De ellos, 4676 encontraron allí la muerte. Es conocida la foto de la liberación de este campo en que una pancarta. dice: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras».
Cuando decimos el exilio intelectual, entonces sí, aparecen los nombres y la lista de los más conocidos, entre ellos: María Zambrano, Rafael Alberti, Teresa León, Ramón Gaya, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Victoria Kent, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ayala, Concha Méndez, Max Aub, Juan Ramón Sender, Pedro Garfias, María Lejárraga, Antonio Machado, Tomas Segovia, Blas Cabrera, Severo Ochoa, Rosa Chacel, Américo Castro, Fernando de los Ríos, Manuel Altolaguirre, Luis Buñuel, Pablo Picasso, y muchos más. El libro Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, publicado por la editorial Renacimiento en 2017 reúne las vidas de 1191 artistas, escritores, científicos, que fueron al exilio.
Sabemos lo que es esto, históricamente uno de los peores castigos que podían aplicarse en el pasado; encontramos referencias en las tragedias griegas; conocemos la actitud de Sócrates ante la posibilidad de un destierro o una huida salvadora, prefiriendo aceptar una muerte cuyo valor estaba en la enseñanza de lo que no debería haber sucedido.
Muchos niños y niñas españoles fueron enviados a otros países con la intención de salvarlos, algunos nunca volvieron. Frente a la muerte, la vida. Frente al «valor cero» que es el de la nada (Broch), la esperanza, porque en esta cabe entera la vida.
Dice María Zambrano en el artículo «El saber de la esperanza (Notas inconexas)»: «Tuvimos que pasar la frontera de Francia uno a uno, para enseñar los más la ausencia de pasaporte, yo sí tenía» […] «Y el hombre que me precedía llevaba a la espalda un cordero del que me llegaba su aliento y que por un instante, de esos indelebles, de esos que valen para siempre, por toda una eternidad, me miró. Y yo lo miré. Nos miramos el cordero y yo. El hombre siguió, y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad». Zambrano hizo suyo el exilio, lo aceptó, supongo, como se acepta lo que no tiene solución. Cuando por fin regresó para quedarse, le sorprendió que el cordero no estuviese esperándola al pie del avión. Solo cuando al día siguiente vio «las imágenes que sacaron los fotógrafos que me aguardaban, tan conmovedoras, tan blancas, tan puras, entonces vi que el cordero era yo». Ella era como exiliada, como representante de otros muchos, el cordero. Un tema que volverá a tratar en otras obras, el de los inocentes destinados al sacrificio para salvación de los culpables.
He tenido estos días la oportunidad de leer un trabajo en prosa poética de Juan Ramón Jiménez, «Espacio», que no conocía. Lo escribió (1941-1954) en su exilio en USA, uno de los varios sitios en los que estuvo, lo mismo que le había sucedido a María Zambrano, dispersos por el mundo, los exiliados acabaron yendo de un país a otro, hasta encontrar aquel en el que poder quedarse. Lo que está explicando Juan Ramón de manera informal, espontánea, siempre poética, es que allí donde va está su tierra, su Moguer natal, las ciudades en las que vivió (Madrid, Sevilla), que la patria, aquello que él sintió como patria, no se separa de él, lo desborda. Dice: «Y por debajo de Washington Bridge (el puente con más de esta Nueva York) pasa el campo amarillo de mi infancia» […] «Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande». Y unos renglones después, dice: «En el jardín de St. John the divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español; y los niños del coro, lengua eterna, igual del Paraíso y de la luna, cantaban con campanas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro».
Todo exilio es doloroso. La semilla de los que se fueron dio como fruto en toda América, ese puñado de casas vivas españolas como son los Centros navarros, gallegos, vascos, asturianos…, donde la emigración se reunía y continúa reuniéndose. Allí están los hijos, los nietos y bisnietos del exilio español.
Cuando la palabra «patria» ocupa cada una de las esferas de la vida pública, cuando se eleva como una bandera que pertenece a unos y no a otros, acaba devorando a sus hijos. Es la palabra de los dictadores, de los «salvadores», de los monistas, aquellos que creen que para cualquier problema solo hay una única solución.
Por eso, la palabra «patria», cuando de verdad espanta, es precisamente cuando niega el diálogo, cuando no acepta escuchar ni mirar al otro y camina por una estrecha callejuela dirigiéndose hacia la oscuridad.

Referencias.:
Zambrano, María. «El saber de la esperanza (Notas inconexas)» recogido en el libro Las palabras del regreso (Ed. Cátedra, 2009).
Jiménez, Juan Ramón. Espacio. Edición de Aurora de Albornoz. Editora Nacional. Madrid, 1984.


Artículo publicado en El cuaderno, abril 2019.

sábado, 30 de marzo de 2019

¿Qué tienen que ver un libro, la globalización y un puesto en el mercado?



Pilar Alberdi

Una se pregunta si las pequeñas historias importan a alguien, y yo creo que sí. Así que voy a comenzar esta reflexión hablando de un mercado en el que sus puestos de venta de frutas, pescados, carnes… van cerrando. Es verdad, que ya había visto cerrar otros puestos de mercado, en una ciudad mayor, en donde antes vivía. Allí reacondicionaron aquellos servicios municipales como locales para artesanos, artistas y otras actividades culturales. La verdad es que aquellos puestos la mayor parte del día estaban cerrados.
La ciudad que conocimos se muere y lo estamos viendo. ¿Lo estamos viendo? Tengo mis dudas. A nadie le parece extraño que los supermercados hayan copado las ventas. Es lógico, «allí se compra más barato», dicen. Y, además, parece haber una cierta competencia entre ellos, «en este se compra más barato que en aquel ―nos explican―, además en aquel tienes una bolera, cines, restaurantes». Y el paseo del domingo, antes hasta la Iglesia; se convierte en el paseo hasta el Super. Y es entonces cuando el pequeño comercio comienza a morir en silencio y esto afecta a las familias, es decir, a algunas familias, las que vivían de sus puestos de venta, hoy un comercio imposible.
Hace varias décadas ya, los pueblos del interior de España comenzaron a despoblarse. Se vivía mejor en las ciudades, allí había más posibilidad de encontrar trabajo, y de que los hijos estudiasen en la universidad para «labrarse» un futuro. Hoy, los que todavía quedan en los pueblos, leo que más de 78.000 poblaciones solo tienen 100 habitantes, acuden a manifestarse a la capital, porque en la capital, es donde se supone que a uno lo oyen. De verdad, ¿alguien escucha?
Y viene todo esto a cuenta, tras la lectura de un libro sumamente esclarecedor como es el de Esteban Hernández: El tiempo pervertido ―Derecha e izquierda en el siglo XXI ―. Un tiempo pervertido que es, en realidad un tiempo detenido, sin avance, o con un avance tan vertiginoso, que donde antes se encontraban dos fuerzas pugnando por ganar el pulso político del futuro frente al pasado, o el del pasado frente al futuro, hay un presente desazonante.
Nos dice Esteban Hernández que el tiempo de la globalización, tal y como se ha llevado ha cabo está finiquitado. Me ha recordado aquel tiempo de expansión colonialista que se llevó por delante a tantas regiones, y que tras la Segunda Guerra Mundial hubo que desanudar, para mejor conveniencia de los privilegiados, y acaso convivencia de todos, aunque seguramente no reparó en los que quedaron por el camino.
Cuando un libro tiene algo que decir una discute con él. Yo lo he hecho. No me ha dejado indiferente y festejo que el periodista esté tan a pie de calle, tan atento a lo que se publica diariamente, que no se le escape una noticia, aunque incluso yo no comulgue con algunas de sus ideas.
En esta obra nos habla de los cuatro últimos repliegues conservadores y lo que han conseguido sus partícipes, mientras volaban alto con las alas de la globalización. Cuando estas alas para algunos ya no funcionan, al menos para la nueva visión de algunas de las partes, algunas políticas han de cambiar.
Las grandes élites financieras se han hecho con la intermediación. Sus principales negocios giran en ese entorno: llámense estas compañías Amazon o Uber. Implantan su modelo de negocio, en donde este ya estaba, apropiándose el espacio, ampliándolo gracias a una cantidad ingente de capital.
Los Estados, todo lo han permitido de esta globalización. Las lentejas que comemos se traen de otros países, y las naranjas españolas se pudren en los campos porque el precio que imponen los intermediarios, no alcanza para cosecharlas.
Pero no todos se han dejado hacer de este modo, allí donde Hernández ve torpeza por haber dejado que China, que como bien señala, no estaba en los años setenta entre los cien primeros países del mundo, se convirtiese en la segunda potencia del mundo, o la primera, deberíamos decir; pero donde él ve torpeza, yo veo avaricia. Tantos millones de chinos y tanto para venderles… Pero los dirigentes chinos actuaron con la mirada más larga, impusieron vetos, controles, cualquier empresa que se quisiese radicar allí sólo podría tener el 49 % de capital. El restante 51 % sería para China. Imaginen una España que hubiera hecho algo similar; cuán rica sería; unos países que hubieran puesto sus trabas.
Hernández explica cuáles son los posibles caminos que tiene Europa, él plantea tres posibilidades claras. Y sin entrar aquí en detalles que merecen ser leídos con atención en el propio libro, solo hay algo en contra que él también señala: ese tiempo pervertido, detenido; esa falta de valentía frente a lo que sería posible cambiar.
Comencé este artículo hablando de un puesto en un mercado, que en una pequeña localidad de Málaga, acabará bajando su persiana. No es el primero; en ese mercado, solo quedan unos pocos más abiertos, y más pronto que tarde, el resto se verá obligado a cerrar.
La vida explica claro; pero a veces parece que no comprendemos. Hay gente empeñada también en que lo tecnológico sea lo primero; esos robots que mueven objetos, esos coches que rodarán solos; esos empleados que serán aquí y allá sustituidos por máquinas, por inteligencia artificial; esos genes modificados que alargaran la vida, pero ¿de quién? Lo que se dice menos, es que de ese portento se beneficiarán solo la clase social triunfadora y unas pocas empresas multinacionales, mientras los demás, incluidas las anteriores élites nacionales, empobrecerán.
Supongamos ahora que la familia que tenía el puesto que acaba de cerrar en el mercado, poseía unos pequeños ahorros en un banco, es posible que estos estén trabajando ya, en uno de esos grandes fondos de inversión, por ejemplo, para comprar pisos en las grandes capitales, valga el ejemplo de Madrid, es decir arrojando al extrarradio a los que antes vivían en el centro, con el fin de conseguir una alta rentabilidad para sus inversores. Es casi seguro que la familia que ha bajado la persiana de ese puesto no haya pensado en esto; igual que el que acude al super no ha pensado en esta familia.
En resumen, «es el capitalismo», nos dicen; pero somos nosotros.
Lean, este libro. Lo merece.