© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

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jueves, 12 de abril de 2018

«FELICIDAD PERFECTA» —Un cuento de Katherine Mansfield—


Pilar Alberdi


El cuento que quiero comentarles, «Felicidad perfecta» de Katherine Mansfield, con traducción de Lucía Graves y Elena Lambea, apareció editado (1998) en la excelente colección de Relatos dirigida por Ana María Moix en Plaza & Janés.
La protagonista es «Bertha Young», tiene treinta años, está feliz, tanto como para sentir el impulso de correr más que el de andar; el de «lanzar algo al aire y cogerlo después», el de «reírse… de nada», o, simplemente el de quedarse quieta.
Ella se pregunta qué se puede hacer cuando tienes esa edad y «al doblar la esquina de tu calle, de pronto te invade un sentimiento de felicidad».
La protagonista representa un tipo de mujer del siglo XIX, comienzo del XX, atrapada en las limitaciones que le impone, por partida doble, el patriarcado y la pertenencia a una clase social determinada.
Las mujeres como Bertha cuentan con alguna criada y cocinera, y aquí se observa cómo, para que una mujer pueda estar en parte liberada del trabajo de la casa, otras mujeres, de una clase social inferior ocupan ese puesto. Esto no ha cambiado. Muchas inmigrantes llegan a Europa y acaban cuidando a los hijos de otras mujeres, mientras han dejado a los suyos a cargo de otros familiares en sus lugares de origen.
Bertha Young está alegre, demasiado alegre; eso también tiene que disimularlo. A las mujeres de su época que muestran demasiado sus sentimientos se las puede tildar de «histéricas», comodín que escondía, como hoy sabemos, posibles abusos sexuales sufridos en la infancia o en la adolescencia, además de la forzada inquietud por no poder desarrollar su personalidad plenamente. El riesgo de mostrar su interés y su ilusión era acabar encerradas en una institución como si estuvieran enajenadas.
Pero Bertha está feliz, «como borracha y alborotada», dice, tanto como para expresar que se comería un trozo de ese sol que ilumina la mañana y su vida, mientras camina de regreso a su casa.
Por la noche, esperan gente a cenar; por tal motivo, compró fruta por el camino: mandarinas, manzanas, peras, y uvas blancas y moradas, estas últimas porque había pensado que harían una excelente combinación con la alfombra del salón.
Ya frente a la puerta de la casa, ¡otra vez se ha olvidado la llave!, llama y espera a que salgan a abrirle y en cuanto aparece la criada le pregunta por la niñera, al tiempo que decide ser ella misma quien coloque las frutas sobre un par de platos. Luego, las dispone en forma de pirámide sobre un cuenco de cristal y un plato azul. A continuación, se aleja para ver el resultado, la fusión con el ambiente le parece admirable.
Unos minutos más tarde, busca a la niñera para poder encontrarse por fin con su hija. La niñera se demora con la comida que está dando a la pequeña; también le cuenta que un perro se ha acercado a ellas en el parque y que la niña le ha tocado la oreja. De repente Bertha siente miedo de lo que hubiera podido pasar, pero se contiene y calla. Ahí está su niña, por fin ha acabado la niñera de darle de comer, ya puede tomarla en brazos.
Las horas van pasando. Los preparativos se cumplen con meticulosidad. Entre los invitados esperan a un poeta joven, Eddie Warren; ella no ha leído nada de él, pero «está de moda», la prueba es que lo invitan a muchas cenas. También acudirán los Norman Knight, él está a punto de abrir un teatro, y ella, excepcional en su carácter, siempre les hace sonreír. No faltará la señorita Pearl Fulton, a quien ella había conocido en un club y de la que se había prendado, sin saber muy bien por qué.
Mientras tanto, Harry, su marido, acaba de llamar por teléfono para comentarle que se retrasará un poco.
No importa, piensa, ¡está tan contenta! No hay de qué preocuparse. Todo saldrá bien, y seguro que hasta Harry llegará a tiempo. Tiene tantas cosas de las que estar agradecida y con las que poder ser feliz: el amor de su esposo, la hija de ambos, los libros, los viajes al extranjero, y hasta su nueva cocinera que hace «unas tortillas riquísimas».
Viven en una casa amplia; el balcón da al jardín, en donde se puede distinguir un peral, rosales, tulipanes rojos, y narcisos; espacio donde a veces se detiene la mirada de Bertha. Mirando y sintiendo su mundo ella exclama: «¡Soy demasiado feliz…, demasiado feliz!»
Llegan los invitados. La cena se desarrolla como era previsible; ni una nota más alta que la otra. Todo es entendimiento y buenas maneras. La señora de Norman Knight, seguirá siendo durante toda la velada la «señora de Norman Knight», nunca conoceremos su nombre ni sus apellidos de soltera, aunque se indica que, entre ellos, en la intimidad, ambos se llaman, Rostro y Bobo. La mujer cuenta su experiencia del viaje en tren vestida con su abrigo amarillo adornado con un ribete estampado con figuras de monos, y la reacción de la gente al verlo. El poeta, mientras tanto, permanece como en la luna; y la señorita Pearl Fulton, su elegida, y en este caso su invitada preferida, su favorita sin duda, se muestra siempre tan encantadora.(Puedes continuar leyendo este artículo en Las nueve musas —Artes, Ciencias y Humanidades—)

martes, 20 de marzo de 2018

EL CLUB DE LAS FALACIAS



Pilar Alberdi

El reino de las falacias campa a sus anchas por los derroteros de la política. Percibimos constantemente que cuando un político ataca las razones de otro, lo que realmente hace, es aplicar una falacia, por ejemplo, la de «argumentum ad hominen» (contra la persona) incidiendo en circunstancias de su pasado, su presente, su condición, identidad o género.
Es muy propio de nuestros políticos apelar a la autoridad bajo la forma de un argumento o falacia «ad veracundiam». Esa autoridad puede ser la de una persona, una institución, un comité de expertos. Con la recurrencia a este argumento, muchas veces, lo único que se pretende es retrasar aquellos cambios que la ciudadanía exige. Otra apelación que a veces colabora con la anterior es el «argumentum ad baculum», en la que se promete el peso de la autoridad y las sanciones, o nuevas leyes restrictivas de la libertad de expresión.
Una falacia que aparece muy a menudo es la de la «apelación a las consecuencias», por ejemplo, un partido político con cierta experiencia en el poder, indica que un partido nuevo no la tiene, por tanto, intenta descalificarle de entrada adjudicándole una incompetencia que no ha tenido oportunidad de demostrar, y por si esto fuera poco, pasan directamente a enunciar un falaz «argumento en cascada» por el cual anticipan (imaginariamente, claro) los muchos males que se producirán.
También es muy reiterada la apelación al «sentido común», pero qué sea tal cosa, evidentemente depende del partido que la nombra. También puede resultar una falacia la «apelación a las novedades»; algo que se presenta como nuevo y de lo que no se pueden prever todavía las consecuencias, pero que se presenta como lo mejor. (Puedes continuar leyendo en el siguiente enlace a la revista Las nueve musas -Artes, ciencias y humanidades.

lunes, 12 de febrero de 2018

EL GRADO CERO DE LA CULTURA



Pilar Alberdi

«Ridículo», «imposible», «absurdo», «tonto», pero «divertido». Así define Elon Musk el envío de un coche de la marca de una de sus empresas (Tesla) a orbitar entre la Tierra y Marte. Ahí estará por miles de años, según la propaganda; sin embargo, rápidamente un científico dijo que durará poco, porque los materiales se degradan rápidamente por la radiación.
¡Sorpréndanme!, de verdad, lo deseo. Díganme de un «medio de comunicación de masas», un periódico, un telediario de esos que entra a diario en la mayoría de los hogares, en donde el hecho fuese cuestionado. Creo que no encontrarán ninguno.
(Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace a la Revista de Artes, Ciencias y Humanidadades: Las nueve musas)

martes, 9 de enero de 2018

¿LOBO ESTÁS?




Pilar Alberdi

«Vivió lo bastante para oír a los esclavos jactarse de su precio»
Katherine Anne Porter (El viaje, Cuentos completos)


«¿Lobo estás?» Jugábamos a esto de pequeños y nos divertíamos. El lobo se vestía, se ponía poco a poco la ropa y siempre estaba preparándose para «comernos mejor».
¿Por qué quiero contarles esto? Supongo que, porque ustedes conocen esta historia igual que yo, la de salir corriendo y jugar a esconderse, de este modo, es siempre más fácil compartir, porque si uno se esconde más astutamente que los demás, resulta que luego sale corriendo hacia la pared o el árbol que hacía de «casa», y salva a todos los compañeros. ¡Qué valientes! Y de aquellas pequeñas heroínas y héroes de los juegos está hecho el mundo. Pero, ¿dónde están?
Sin duda, el mundo sigue pareciéndose mucho a aquel lobo: se viste con misiles, hace guerras sin declararlas, impone cupos migratorios, fabrica nuevas armas, se traiciona la validez universal de los derechos humanos, y las personas se ahogan en el Mar Mediterráneo, queriendo llegar a una Europa que no los quiere. Y, nosotros, mientras tanto, preguntándonos: ¿qué somos?, ¿qué valor tiene el hombre?, ¿qué clase de humanidad es esta?, ¿a qué llamamos humanidad?, ¿cómo pueden otros condicionar nuestras vidas así, atacar nuestros valores? Y, sobre todo, ¿en qué tribunal internacional se les juzgará? ¿Cuándo? ¿En dónde? ¿Qué oscuros negociados y masacres que todavía ignoramos saldrán a la luz? ¿Cuántos «eufemismos» tendremos que borrar? ¿Cuántas palabras arrojar a la basura porque han perdido su significado? Y, por favor, no hablemos más de «víctimas», hablemos de personas a las que se les ha quitado su vida para siempre; personas que han sido asesinadas, silenciadas, vejadas.
Que no nos quepan dudas, a los lobos que ahora amenazan con armas nucleares no les importa la gente. No construyen bunkers para la gente.
Nos creemos libres, pero ¿libres de qué?, ¿libres cómo?
¿Quién de los que ahora acuden a París y se toman allí una foto ante la Torre Eiffel conoce que en el pasado, cuando se decidió esa construcción que para el gusto de aquella época resultaba un engendro, las manifestaciones de protesta eran constantes? En ellas participaron numerosos intelectuales. Y, sin embargo, el mundo de hoy, adora ese tótem del progreso, igual que adora el tótem doméstico de los televisores.
¿Quién recuerda que en el siglo XIX, cuando llegaban las grandes máquinas a los talleres especializados y los obreros se quedaban sin trabajo o se asalariaba a mujeres y niños (estos a partir de los cuatro años) porque salían más baratos, los hombres acudían como Quijotes a intentar enfrentarse con esos gigantes?
Sin duda, nuestra mayor debilidad es que no tenemos miedo a la tecnología actual, nos hemos acostumbrado a vivir con ella. Nos parece un animal manso, apacible, domesticado. Pensamos que está a nuestro servicio, que nuestros descendientes vivirán mejor, aunque veamos a diario que las máquinas que suplantan las tareas que realizan las personas, desplazarán a los seres humanos como antes apartaron a los animales de carga. ¡Que no asuste la comparación por verdadera! ¿Qué pasará entonces, cuando llegue ese momento?
Miro hacia mi niñez, especialmente a un par de años que viví en el País Vasco. Yo vivía junto a un río en el que todavía se podía ver alguna trucha, sólo alguna, muy de vez en cuando; en tiempos de mis mayores había cantidad de ellas y también anguilas. Ahora, con la mirada volcada en el pasado, recuerdo la carretera que había junto al río; hacia allí bajaban las aldeanas en sus burros desde los caseríos. Llegaban para vender productos en el mercado. Mientras ellas hacían su tarea con el consabido regateo; los burros, libres ya de la carga de sus canastos, entonaban su concierto de rebuznos al pie de un río en el que se reflejaba el sol en miles de estrellitas blancas camino del Cantábrico. Hoy, los burros que quedan en España, son atendidos en «santuarios para animales». No lo olvidemos.
No hace mucho, en España, hubo movilizaciones por una vaca, sin papeles, de nombre Margarita. Se la trataba como a un animal doméstico, y al parecer ese derecho no le pertenecía. Ella como los humanos que intentan refugiarse en lugares donde todavía es posible vivir, era una «sinpapeles». Pero, al final, se la indultó.
Pensemos sólo un instante en todas las personas que van quedando fuera del sistema, ni se apuntan en el paro, ni votan. Ya no se sienten parte de eso que otros llaman «civilización».
Reflexionemos, sí; es hora de pensar. Marx lo dijo muy claramente en su tiempo, los obreros no sólo producían mercancías sino también más obreros. Bastaba con darles lo justo para que sobrevivieran; pero pronto no se necesitarán obreros.
Hoy, la realidad va cambiando. Las personas crearon máquinas-herramientas y estas, a su vez, maquinaria especializada. Y ahora, estas ya pueden fabricar robots que sustituirán incluso a soldados y policías.
¿Quién cuidará del ser humano? ¿En qué santuario se lo protegerá? No será, desde luego, uno de estos megarricos que dominan el mundo, ni esas multinacionales que están por todas partes; ni los Estados incapaces de enfrentarse a los grandes lobbys de poder.
Decimos «renta básica», pero ya vemos cómo se desvalorizan las pensiones. ¿Qué pasará mañana cuando esas rentas básicas, que hoy imaginamos puedan ser la solución del futuro, resulten insuficientes y solo sirvan para dominar a las masas? (Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace a la revista Las nueve musas)

lunes, 11 de diciembre de 2017

ENSAYOS FILOSÓFICOS


El libro incluye cuarenta y dos artículos publicados estos últimos años. Si fuera de su interés, lo encontrarán en el siguiente enlace.

sábado, 9 de diciembre de 2017

TODOS SOMOS NECESARIOS


Pilar Alberdi

Llegan estas fechas de Navidad y Año Nuevo y entre la alegría y el jolgorio de quienes podrán pasarlo bien, están aquellos a los que falte lo esencial. En una sociedad secularizada, posmoderna, desengañada de los grandes metarrelatos salvadores, las migajas del cuento de Dios, recaen en estas festividades. Bellas canciones de hermandad, sonido de las campanillas de los renos de Papá Noel, luces en las calles, negocios exhibiendo los bienes más diversos, adornos para los abetos, esa serie de villancicos que aun siendo ya mayores recordamos y tarareamos con los hijos o los nietos, el placer de ver a los niños abriendo los paquetes con sus regalos, ese mal dormir por si no les alcanza el agua y la hierba a los camellos, esta mezcla entre lo superficial, la fantasía, lo profundo, el anhelo de comprensión. Y más, cuando en otras partes del mundo, estas no son sus fiestas, porque tienen otras creencias, igual de sublimes y esenciales, en tanto que la humanidad se ha hecho preguntas para las que anhela respuestas. Puedes continuar leyendo en el siguiente enlace a la revista Las nueve musas -Arte, ciencias, humanidades-.