© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Graduada en Filosofía (UNED).

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martes, 12 de noviembre de 2019

FRENTE A LA OCCIDENTALIZACIÓN DE ORIENTE





La Asociación Andaluza de Filosofía ha publicado en el número 18 de su revista El Búho, mi artículo Frente a la occidentalización de Oriente, donde además de hacer un recorrido sobre la relación Oriente-Occidente, y los prejuicios que han definido a la primera desde la posición colonialista de la segunda, desatendiendo tantas veces el enorme aporte científico y tecnológico recibido, sugiero, por tanto, la importancia de trasladar a nivel educacional y de manera práctica en nuestros colegios las sabidurías orientales, por ejemplo, a través de proyectos educacionales que aporten ese conocimiento (con clases de ikebanas, haikus, shitasu, taichi, yoga, etc.)poniendo como ejemplo, la enseñanza que recibí en su día, junto a otros niños de primaria por parte de una maestra de origen koreano.Su delicada influencia me ha mantenido siempre cerca de las sabidurías orientales.
Pueden leer el artículo en la misma web, clicando en la portada, o bajarse el PDF.

lunes, 4 de noviembre de 2019

¿CUÁNDO PERDIMOS LA EDUCACIÓN?



Pilar Alberdi


¿Cuándo perdimos la educación? No es pregunta baladí. El siglo XX quería a la gente educada. La educación prometía un futuro de conocimiento, ocupar un lugar en la sociedad, ser alguien. Enorme contradicción que ese terrible siglo ofreciera el horror desmesurado y asesino de los Estados Totalitarios con sus persecuciones, su desprecio y rechazo al Otro.
Las cosas han cambiado, me dirán. ¿Sí? Juzguen ustedes. Cuando yo era niña éramos en clase una treintena de niños en una escuela pública. En la que iba mi pareja, una escuela privada, eran sesenta niños por clase. No volaba una mosca. No había castigos físicos. Lo más penoso que podía sucederle a un alumno era la vergüenza de ser expulsado de la clase al pasillo; si la falta era más grave, se le enviaba a dirección, y muy raras veces se llegaba a suspenderle de clase varios días o en caso extremo se llegaba a la expulsión.
Cuando alguien entraba en clase nos poníamos en pie y saludábamos. Luego, se nos ordenaba sentarnos. Todo muy militar, me dirán; quizá. Por supuesto, todos acudíamos con uniforme: una bata blanca en la escuela pública, un uniforme en tonos grises y azules en los privados.
De camino al colegio aprendíamos cosas tan simples como que un papel de caramelo no se arrojaba al suelo, se guardaba en el bolsillo para echarlo al bote de la basura cuando llegásemos a casa. Ese papel podía estar horas en el bolsillo, sin que se nos ocurriese tirarlo en cualquier otra parte.
Un adulto era alguien superior, nosotros no discutíamos el por qué, sería por edad o por conocimiento. A las personas mayores y a las embarazadas, una niña o un niño, cualquier adolescente o joven, le cedía con orgullo y alegría el asiento en el autobús. ¿Percibimos hoy lo mismo? No hace muchos años, iba con mi hija embarazada de pocos meses en un vagón del metro. Entró una mujer, ella también embarazada, y casi a término. Solo mi hija se levantó para dejarle el asiento.
Hoy vemos familias atrapadas frente a las pantallas de sus teléfonos móviles. Se les dan esos aparatos a los niños pequeños para distraerlos, desconectarlos de algún modo de la realidad, para que no molesten. La realidad virtual a la que acceden, un mundo de colores y juegos, en general de movimientos muy rápidos, no les harán mejores personas, simplemente, los condicionarán para continuar utilizando esa tecnología, que les alejará del ensimismamiento y el análisis necesario para encauzar la propia vida. Los teléfonos móviles, hoy, como un espejo donde Narciso se mira en el fondo del pozo y cae. El mito nunca muere.
Se conduce, incluso, con todo el peligro que esto supone, mirando un móvil. El peatón actual, aunque se encuentre al borde de cruzar un paso de cebra, con semáforo o sin él, se cuidará muy bien de poner un pie sobre el asfalto si no percibe con suficiente tiempo que realmente ese coche que avanza lentamente, no lo hace porque su conductor esté distraído mirando o enviando algún mensaje en su móvil, sino porque se detendrá como corresponde a la educación vial recibida, y demostrada en el examen pertinente.
No sé, de verdad lo digo, cuándo perdimos la educación. Cuándo, en qué momento los productores de un programa de radio o televisión comenzaron a decidir que una tertuliana o tertuliano irrespetuoso y mal educado generaba más audiencia, por lo tanto, más ingresos por publicidad contratada, y cuándo, en qué momento, la gente se volvió de manera parecida, a fin de cuentas somos pura «imitatio», y descubrieron que quien más grita, quien más ofende, quien más barbaridades y palabras soeces dice, «gana pantalla» y se convierte en el famoso de turno, o si ya lo era, se vuelve a hablar de su «actuación», iba a decir de su persona, pero no, es de su actuación, de cómo se supone que debe aparecer para ser reconocido de tal o cual manera. Debe ser algo que también descubrieron los políticos, al menos algunos, o quizá sus asesores, y ahora, además de poner de moda la palabra «politólogo», se dedican a insultarse unos a otros.
Sin respeto, no hay sociedad. Ya en su tiempo, Platón y Aristóteles, solo por citar dos ejemplos, hablaron de la importancia de la educación en los niños y los jóvenes, del respeto que debían a los mayores y a la sociedad en que vivían. Platón afirmaba que las personas más preparadas, con mayor conocimiento y experiencia, las que tuvieran por lo menos cincuenta años —una edad muy avanzada para la época— serían, sin duda, los mejores maestros. ¿Y no valdría esto también para la política? Por supuesto que sí. ¿Y no aspiraríamos, además, a que tenga una amplia cultura, además de saber cómo y dónde se registra el nombre de un nuevo partido?
En fin… ¿Cómo se defiende uno de la mala educación, especialmente cuando uno es educado y reconoce esta virtud y digo «virtud» por no decir «valor», término de raíz económica que como bien explicó Max Weber surgió con el capitalismo y las inversiones en «valores» bursátiles? Difícil consejo lleva esto.
Parece que ya no somos iguales en educación sino en tatuajes y la mayoría reconoce esto como un avance de la igualdad y las nuevas tecnologías, precisamente, cuando la igualdad queda ensombrecida por la negación de la lucha agónica entre los que más y los que menos tienen, mientras la comunicación se empobrece, las palabras se reducen a su mínima expresión, y los emoticones, por ejemplo, esas caritas amarillas y redondas con sus sonrisitas, sus enojos, sus lágrimas, como jeroglíficos del pasado inundan las comunicaciones. Me pregunto si de verdad lo que hemos perdido es la educación o ¿no será la vergüenza?
Yo creo que lo que se ha perdido es la vergüenza. Una sociedad infantilizada, ególatra, desmesurada, irrespetuosa, en eso estamos; y no augura nada bueno.


Publicado en El cuaderno, noviembre 2019.

viernes, 18 de octubre de 2019

GENTE PEQUEÑA DE LA HISTORIA



Pilar Alberdi

Dijo Pascal: «Una ciudad, un campo, de lejos, son una ciudad, un campo; pero, a medida que nos acercamos son casas, calles, tejas, hombres». Qué razón tenía este hombre, este filósofo al fin, bajo el peso de su severa teología, y al que tanto preocupó esa Nada, de la que provenimos, y ese Infinito que nos espera.
Pero ¿qué es una ciudad sino un afecto? La ciudad no engaña. Ella es en su puro devenir, la misma, tanto en la melancolía de la distancia como en la alegría espontánea del reencuentro. Sin embargo, cuando el ideal se ha fijado en el tiempo, tantas veces ocurre que nos cuesta reconocerla. ¿Qué tenía entonces que ya no tiene? ¿Cuál era su secreto encanto? La cuestión está en saber acercarse. ¿Cómo? En sigilo, como si ella no lo supiera, lo cual es cierto, ¿cómo podría ella saber que nos marchamos hace tiempo o que hemos regresado?; no lo sabe; ni siquiera sabe que continuamos reconociendo los nombres de las calles o que ya no intentamos repetirlos de memoria, porque nos ha vencido el tiempo o la distancia, que acaso adopten la misma forma. «Es la edad…» diremos, y ella tampoco oirá que envejecemos. Entonces, la ciudad, altiva y desdeñosa como siempre ha sido, rica en sus ajuares y distante en el trato, indiferente a nuestra presencia, impertérrita, cemento puro donde el sol estalla refulgente cada día, es la que mira al mar o la que mira al campo. ¿Y nosotros? Aire que mueve la brisa frente a sus balconadas, nos sentimos vivos en las motas de sol que caen entre el follaje de los falsos plátanos.
La ciudad, no es una sola, no, ella es mágica, se reinventa cada día, y si se trata de ser, es por lo menos dos, ambas con sus propios intereses. La de los turistas, que llevan granos de arena entre los dedos de sus pies, desde la playa al hotel, pero también la de las gaviotas, aire que se mece en el aire, que regresan de los campos por las tardes, después de haber seguido alborotadas, sobrevolando bajo, los surcos abiertos por los tractores, donde la oscura tierra, siempre fértil, ofrece lujosos manjares de insectos y lombrices.
De acuerdo, la ciudad es eso, pero es más que eso. A ella hay que acudir con un sigilo renovado, cautelosamente, como los gatos, o en puntillas como los niños cuando quieren darnos un susto. Hay que ponerse alas nuevas para visitarla; nada de drones, ¡no!; hay que hacer de la imaginación una cometa y volarla alto, muy alto. Hay que tratarla, si cabe, a la ciudad, como una antigua compañera de juegos infantiles, que lo fue, sin duda. Invitarla a jugar al escondite, otra vez, como antaño lo hicimos. Insistirle. Contar, vehementemente: «1, 2, 3…» para que se confíe, para que de nuevo corra a esconderse, para que espiándola por el rabillo del ojo, descubramos cuál es su secreto refugio, mientras continuamos contando «4, 5, 6…» hasta llegar al «10», y sepamos o creamos saber, de verdad, dónde irá a esconderse la próxima vez, entre el batiburrillo de nuestros recuerdos. ¿Acaso en un día de playa? ¿Tal vez en el primer beso que dimos de adolescentes?
Sí, la ciudad, esa ciudad, la que ni conserva ni devuelve lo acontecido en ella. No por egoísta, sino por esquiva; no por soliviantarnos, sino por sorprendernos; no por quedarse quieta ante nuestros pasos sino por protegernos. ¿De qué? De los recuerdos. ¿Y de qué más? También del tiempo.
A veces, la ciudad muestra su lado más humano. Allí están o no están ya, algunas de las personas que más quisimos.
A lo mejor, tal vez solo «a lo mejor», al recuerdo que para cada uno representa una ciudad hay que acercarse despacito para que no se aleje como lo haría un fantasma de otro fantasma. Inútil preguntarse: ¿dónde está la ciudad de nuestra niñez? No la encontraremos ya.
La ciudad, ¡qué cosa la ciudad, y tan sola!
Pero mejor, lo dijo Jules Laforgue, el joven escritor uruguayo, uno de los inspiradores del verso libre en Europa, allá por el siglo XIX. Eran «gente pequeña de la Historia, aprendiendo a leer, arreglándose las uñas, prendiendo cada noche la mala lámpara, enamorados, golosos, vanidosos, locos de elogios, de apretones de manos y de besos, viviendo con chismes de capillas, diciendo: “¿Cómo estará el tiempo mañana? Ya viene el próximo invierno… Este año no tuvimos ciruelas».
Son frases de todos y de nadie. Frases a las que nos obligan las circunstancias, la llegada de las estaciones, las diversas ocupaciones.
Sin duda, en la repetición está el encanto; y nosotros, en resumidas cuentas, seguimos siendo como aquellos, esa gente pequeña de la Historia.


Nota: Jules Laforgue (1860-1887), escritor; nació en Uruguay, vivió en Francia, fue el introductor junto a Baudelaire del verso libre en ese país.

Publicado en El Cuaderno, octubre 2019.

lunes, 26 de agosto de 2019

EL CHIVO EXPIATORIO Y EL CÍRCULO DE LA MUERTE


Un recorrido por la Historia y su relación con el arte.Nadie está libre de ser señalado ni de caer en estos círculos.
Enlace al libro en la Editorial Ápeiron

Palabras de la contraportada del libro: "En este trabajo se muestran las distintas formas de presentarse del «mecanismo del chivo expiatorio y el círculo de la muerte»: desprecio al Otro, elección de las víctimas, las relaciones de poder insertas en lo social, y su reflejo en la estética teatral, analizando obras de Eurípides, Lope de Vega, Federico García Lorca, Albert Camus, Friedrich Dürrenmatt. Para ello se toma en cuenta la Teoría del doble vínculo de René Girard, cuyos antecedentes clásicos sobre la «mediación» reconocemos en Platón, Aristóteles, Agustín…, continuando por los estudios críticos de antropólogos y etólogos como Eliade, Malinowski, Nigel Davies, Desmond Morris, y humanistas como Bandura, Fromm, Freud, Adorno, Horkheimer, Arendt, Kristeva, Honneth, Berlin, Todorov, Levi, Bauman, Grossman, se llega a las preguntas esenciales: ¿qué es el mal?, ¿qué es el bien? ¿En qué medida la falta de reflexión y la relación autoridad-obediencia los condicionan?"

viernes, 2 de agosto de 2019

UN MUNDO DE OBEDIENTES


Pilar Alberdi


En su obra Los orígenes del totalitarismo, pero no solo en esta obra, Hannah Arendt reflexionó sobre quiénes fueron los que apoyaron el nacional socialismo. Su voz nos da cierta garantía porque estaba allí como testigo; no fueron aquellos que se habían identificado antes con otros partidos, no eran los que ya pertenecían a un determinado partido; eran gentes de «nuevo partido», de ese que encabezaba Hitler. También señala Arendt que fue el partido al que se sumaron inmediatamente «los mediocres». Y resaltaba, a propósito de esto, cómo gustan los mediocres de aquello que llama su atención, de una cierta teatralidad, una exuberante puesta en escena, la admiración ciega por el poder, el escándalo, el sucio juego de las palabras emponzoñadas que bailan los necios al compás que marca el autoritarismo de turno. Evidentemente, Hitler conocía estas debilidades de la gente, por eso realizaba sus grandes puestas en escena de noche, cuando después de un día agotador, era más fácil influir en ella. Y, en cuanto al conjunto de la población que acabó sosteniendo el régimen, ese conjunto se fue sometiendo poco a poco, sin reflexionar, porque la gente piensa lo justo para vivir su día a día, es decir, utiliza un pensamiento meramente instrumental, no-reflexivo, jugando en esta secuencia un papel especial «los obedientes»; los mismos, como nos dice Arendt, que luego pasaron de aquel régimen criminal a una democracia, sin hacerse mayores problemas. Y a estos «obedientes», en el fondo «mediocres» e «irreflexivos», Hannah Arendt, que los señala en muchas de sus páginas, les tenía pavor, igual que se lo tuvieron otros muchos intelectuales europeos.
Me pregunto sobre estas cuestiones al hilo de lo que está sucediendo en Europa, y como no podía ser de otra manera, en España; a esta ola de neofascismo, a la facilidad con que se señala al otro, al inmigrante, por ejemplo, sin darle voz; a lo fácil que es para algunos volcar su propia debilidad transformada en desprecio al Otro. Han de saber todos estos despreciadores, que lo único que muestra su bravuconería es su propia debilidad no asumida. Quizá, deberían preguntarse quién les hizo tanto daño en su niñez, cómo se resignaron después sin rebelarse, y por qué desean volcar su agresividad, es decir, su frustración en otros. Observamos cómo gente que fue inmigrante en Europa ahora rechaza a otros inmigrantes. Cómo gente que ha sido despreciada por el poder económico y político, se suma a partidos de extrema derecha, de claro carácter autoritario.
El escritor búlgaro Tzvetan Todorov en Memoria del mal, tentación del bien ―Indagación sobre el siglo XX― indicó las diez circunstancias que se conjugan para que aparezcan los totalitarismos, entre ellas, el convencimiento de estar viviendo un tiempo apocalíptico, un momento que los intereses de turno presentan como de todo o nada, de muerte o renacimiento, de avance o retroceso. El blanco y negro con el que se presentan los hechos de una manera machacona, simplista, obsesionada, y muchas veces abyecta, porque detrás de estas directrices hay intereses diversos (económicos, políticos…) que pugnan por alcanzar sus fines, y acaban presentando algún tipo de solución, de tal manera que esta parezca a simple vista, la única solución posible, la solución para todo. Es como bien señala Todorov una promesa de «solución utópica» que una vez puesta en marcha, ha supuesto la más feroz inhumanidad contra otros seres, y muy especialmente entre grupos.
Veamos ahora qué nos dicen ese trencito de palabras: «irreflexivos»-«mediocres»- «obedientes». En el primer caso, el del irreflexivo, se trata de un vivir sin hacerse problemas, me refiero a verdaderos problemas con lo que acontece, es un mero funcionar con el piloto autómatico donde importan poco las previsiones de futuro, se vive en presente, y no hay un interés por querer saber más; en el segundo caso, el mediocre, se mantiene a salvo de cualquier discordancia dejándose llevar por la opinión pública generada a través de los los mass media; y en el tercer caso, el obediente sabe que no sufrirá castigo, mientras que quien se rebele, sí.
Sería interesante pensar que la gente actúa así, porque no tiene conciencia o suficientes conocimientos, pero no, al contrario, actúa así por conveniencia, no tiene interés en buscar información que le aclare los hechos, y es esta conveniencia, este primitivo deseo de supervivencia, la que le hará aceptar como válida cualquier solución a un problema que se presenta como definitivo.


Publicado en El Cuaderno 29-07-2019

jueves, 18 de julio de 2019



LOS ESCRITORES Y SUS MADRES

Pilar Alberdi

¿Madres un día al año? Madres, siempre, incluso cuando no están. Rescatadas del olvido, por haber sido perfectas o imperfectas; por haber sido acompañadas o abandonadas; por haber tenido un lugar de honor en los corazones de los hijos, o por no haberlo tenido nunca, por dejar allí un vacío, un agujero negro insondable.
La literatura siempre ha sido un espejo donde volcar esta experiencia primordial de los afectos. Aparecen ellas como madres de los autores y autoras o como madres de los personajes. Pensemos en Bernarda, la madre de la obra de Federico García Lorca o en la madre de Bodas de Sangre. Hay una especial madre de todo el mundo en La casa de matriona de Alexandr Solzhenitsyn; y también en algunas obras de Truman Capote aparece esa prima mayor, ni tan siquiera madre pero que hace de madre, tan agradable a los niños de la familia, una adulta tan inocente como ellos; y a cuyo cargo dejaron sus padres al futuro escritor. Están esas madres analíticas, una especie de madres esponja que absorben el mundo de su alrededor, como La señora Dalloway de Virginia Woolf, a la que percibimos tan cosmopolita y a la vez tan frustrada, frente a la imagen en espejo que le devuelve su propia hija, la cual admira más a su institutriz, una mujer que trabaja y se muestra independiente, y le señala el camino que ha de seguir la mujer moderna.
Estas madres literarias pueden ser como en la vida misma, frías e indolentes, como la madre de Margarite Duras en El amante, probablemente castigadas y mal queridas ellas también en su niñez, por eso incapaces luego de dirigir con justicia la vida de su propia familia: («Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias». Y otra madre, no menos fuerte que la anterior, aparece en Mi madre y la música de Marina Tsvietéva: «Cuando en vez del tan deseado, previamente decidido, casi ordenado hijo varón Alexander, nací solamente yo, mi madre, tras haberse tragado orgullosa un suspiro, dijo: “Por lo menos será músico”».
Cualquiera que analice la vida de los escritores, su biografía elemental, pronto comprenderá que la mayoría de ellos han perdido pronto a ambos padres o a uno de ellos por muerte o separación. Sobran ejemplos, pero comentaré uno que se cita poco, el de Shopenhauer, frente a otros que se citan más como el de Nietzsche.
Y también están esos hijos doloridos que hablan de su propio comportamiento frente a sus madres, el dolor de los hijos por actitudes del pasado que ya no pueden reparar. No he encontrado esta especie de “mea culpa” en escritoras, aunque seguramente hay obras en que esto ocurra. En este sentido, creo que la batalla de las mujeres con sus padres, en especial con sus madres, ha sido más equitativa, y pongo por ejemplo, lo que cuenta en Una muerte muy dulce, Simone Beauvoir sobre la relación con su madre. Pero sí he encontrado últimamente, a través de varias lecturas de filosofía, el testimonio desconsolado de varios hombres que no han dudado, quizá deberíamos decir que han necesitado expresar su pena, su sentimiento de culpa públicamente, como si en esa confesión, recibiesen el perdón, para aquello que ellos consideran su carga, es decir, su dolor. Pienso en Hermann Broch y en Vasili Grossman, por ejemplo, ambos con madres a las que no pudieron salvar de las garras del nazismo, o en las recriminaciones que se hizo, Albert Cohen en su obra El libro de mi madre; un libro de una emoción contenida y sincera. Dice Cohen: «En mi soledad me canto la dulce, dulcísima nana que me cantaba mi madre» […] «En una ocasión fui malo con ella, y no se lo merecía. Crueldad de la absurda escena que organicé en Marsella» […] «No le escribía lo suficiente. No tenía bastante amor para imaginarla abriendo el buzón en Marsella varias veces al día y no encontrando nunca nada», y frente a aquel suceso y otros similares que relata, él, ya convertido en un anciano cuando escribe ese libro, y tan desvalido en ese momento como quizá su propia madre estuviese en el pasado, se pedirá a sí mismo sonreír frente al espejo, disimular su tristeza, mostrarse más fuerte ante la indiferencia y la lejanía de su propia hija, sabiendo que sobre su propia imagen de hombre vulnerable permanecía siempre «la espada suspendida» del recuerdo de su madre muerta, y, sobre todo de aquella madre incomprendida, desatendida..
Con la llegada del nazismo, Hermann Broch se marchó al exilio. Su madre permaneció en Berlín. Se encargaría de velar por ella una examante del filósofo. Pero la guerra fue cruel. La madre acabó sus días en un campo de concentración, y él no se lo perdonó nunca. Vivió en Estados Unidos, precariamente, pasando muchas dificultades económicas, con poca salud, pero contando siempre con la ayuda de otros intelectuales como por ejemplo Hannah Arendt, Thomas Mann, Max Horkheimer, Theodor Adorno, así como de instituciones culturales. Al final de sus días, anciano y enfermo, demoró cuanto pudo el regreso a Alemania, y cuando por fin se disponía a hacer el viaje, falleció.
Escribió entre otras obras, los poemas que componen Voces, allí denuncia las ideologías de un nuevo paganismo, los dioses modernos producto de la técnica y el progreso, junto con el abandono de los antiguos dioses, reconvertidos en líderes o partidos políticos.
Fue también el autor de La muerte de Virgilio, donde la historia que se cuenta, los últimos momentos de la vida de Virgilio, tiene un paralelismo con la vida del autor. Obra que, sin duda fue un antecedente importante para el desarrollo de las Memorias de Adriano de Margaritte Yourcenar. Porque como decía esta, hay que llegar a cierta edad para acabar ciertos trabajos literarios que aunque hubieran sido pensados en la juventud y desarrollado en la medianía de la vida, precisaban para su desarrollo de una vivencia de senectud, con todas las cuestiones que esta plantea.
Otro caso especial es el de Erwin Schrödinger (1887-1961) , físico y filósofo, Premio Nobel de Física en 1933. En su obra Mi concepción del mundo, en la parte dedicada a su vida, se recrimina la actitud que mantuvo de joven con sus padres, y de manera especial con su madre. Frente a una pesadilla recurrente, explica: «Considero esta pesadilla como el resultado de mi mala conciencia a causa de lo mal que me porté con mis padres en los años 1919/21».
Otro caso, es el de Vasili Grossman (1905-1964), científico, periodista, oficial del ejército soviético, luego escritor que dejó su testimonio en Vida y destino, un libro publicado por primera vez en Suiza en 1980.
Después de su fallecimiento se encontró entre sus papeles un sobre con dos cartas escritas a su madre asesinada por los nazis en Berdíchev (Ucrania). Existía el antecedente de que hubiera podido llevarla con él a Moscú, pero al parecer Grossman y su segunda mujer, no estuvieron de acuerdo para hacerlo. Probablemente, la idea de que si hubiese marchado con ellos, su madre se habría salvado, le persiguió hasta el último día de su vida.
De las dos cartas que escribió a su madre muerta, acompañando a una de ellas había dos fotos, en una de estas aparecía de niño junto a su madre; en la otra se veía una fosa abierta donde estaban tumbados, unos sobre otros, los cuerpos desnudos de las mujeres masacradas por las SS. Entre aquellas mujeres, quizás, o en otras sepulturas similares podía estar el cuerpo de su madre, algo que Vasili Grossman no se permitió olvidar nunca. (Pueden leerse ambas cartas en el artículo de Hans van den Berg citado en las notas al final de este artículo).
Evidentemente, en este altar de los padres, pero también de los hijos, sufren las personas.
Que haya un día de la madre parece tan absurdo como que lo haya del padre o de los hijos.
Los días, todos, son de la vida, es igual en qué capilla y frente a cuál de los numerosos altares queramos rendirle testimonio. Es la vida la que nos tiene. «No nacemos solo para nosotros» como escribió Cicerón, y los testimonios de estos hombres nos dan cuenta de ello. No solo vivimos con y para los demás, sino para nuestra conciencia; para esa persona que esperábamos ser y a la que, como en estos casos, se le rinden explicaciones hasta el último momento, e incluso, no se duda en hacerlas públicas.



Notas:
Cohen, Albert. El libro de mi madre. Anagrama. Barcelona, 1992.
Woolf, Virginia. La señora Dalloway. Alianza. Madrid, 2003.
García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Herederos de García Lorca. Art Enterprise. España, 2004.
García Lorca, Federico. Bodas de sangre. Espasa Calpe. Madrid, 1978.
Duras, Margueritte: El amante. Tusquets. Barcelona, 1986.
Beauvoir, Simone: Una muerte muy dulce. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 2002.
Schrödinger, Erwin. «Vida» en Mi concepción del mundo. Tusquets. Barcelona, 1998.
«Vasili Grossman (1905-1964) y su novela Todo fluye». Autor: Hans van den Berg. Revista Ciencia y Cultura. Nº 25. La Paz. Bolivia, nov. 2010.
http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-33232010000200003



Artículo publicado en El Cuaderno )
, 17/07/2019,

jueves, 2 de mayo de 2019

LOS TRANSTERRADOS: EL EXILIO ESPAÑOL


Pilar Alberdi

Hay algo que se llama exilio, y que quienes no lo han vivido no saben lo que duele; es vivir con el corazón en la tierra que fue suya, pero con los pies en otra.
El exilio español republicano se llevó al pueblo, y cuando decimos esto, no sabemos realmente a quien se llevó por delante, porque cada ser era único y portaba una historia de vida. Muchos de los exiliados que fueron hacia Francia, en la época del gobierno de Vichy, acabaron en los campos de concentración nazis. Mas de 7000 fueron enviados a Mathausen. De ellos, 4676 encontraron allí la muerte. Es conocida la foto de la liberación de este campo en que una pancarta. dice: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras».
Cuando decimos el exilio intelectual, entonces sí, aparecen los nombres y la lista de los más conocidos, entre ellos: María Zambrano, Rafael Alberti, Teresa León, Ramón Gaya, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Victoria Kent, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ayala, Concha Méndez, Max Aub, Juan Ramón Sender, Pedro Garfias, María Lejárraga, Antonio Machado, Tomas Segovia, Blas Cabrera, Severo Ochoa, Rosa Chacel, Américo Castro, Fernando de los Ríos, Manuel Altolaguirre, Luis Buñuel, Pablo Picasso, y muchos más. El libro Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, publicado por la editorial Renacimiento en 2017 reúne las vidas de 1191 artistas, escritores, científicos, que fueron al exilio.
Sabemos lo que es esto, históricamente uno de los peores castigos que podían aplicarse en el pasado; encontramos referencias en las tragedias griegas; conocemos la actitud de Sócrates ante la posibilidad de un destierro o una huida salvadora, prefiriendo aceptar una muerte cuyo valor estaba en la enseñanza de lo que no debería haber sucedido.
Muchos niños y niñas españoles fueron enviados a otros países con la intención de salvarlos, algunos nunca volvieron. Frente a la muerte, la vida. Frente al «valor cero» que es el de la nada (Broch), la esperanza, porque en esta cabe entera la vida.
Dice María Zambrano en el artículo «El saber de la esperanza (Notas inconexas)»: «Tuvimos que pasar la frontera de Francia uno a uno, para enseñar los más la ausencia de pasaporte, yo sí tenía» […] «Y el hombre que me precedía llevaba a la espalda un cordero del que me llegaba su aliento y que por un instante, de esos indelebles, de esos que valen para siempre, por toda una eternidad, me miró. Y yo lo miré. Nos miramos el cordero y yo. El hombre siguió, y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad». Zambrano hizo suyo el exilio, lo aceptó, supongo, como se acepta lo que no tiene solución. Cuando por fin regresó para quedarse, le sorprendió que el cordero no estuviese esperándola al pie del avión. Solo cuando al día siguiente vio «las imágenes que sacaron los fotógrafos que me aguardaban, tan conmovedoras, tan blancas, tan puras, entonces vi que el cordero era yo». Ella era como exiliada, como representante de otros muchos, el cordero. Un tema que volverá a tratar en otras obras, el de los inocentes destinados al sacrificio para salvación de los culpables.
He tenido estos días la oportunidad de leer un trabajo en prosa poética de Juan Ramón Jiménez, «Espacio», que no conocía. Lo escribió (1941-1954) en su exilio en USA, uno de los varios sitios en los que estuvo, lo mismo que le había sucedido a María Zambrano, dispersos por el mundo, los exiliados acabaron yendo de un país a otro, hasta encontrar aquel en el que poder quedarse. Lo que está explicando Juan Ramón de manera informal, espontánea, siempre poética, es que allí donde va está su tierra, su Moguer natal, las ciudades en las que vivió (Madrid, Sevilla), que la patria, aquello que él sintió como patria, no se separa de él, lo desborda. Dice: «Y por debajo de Washington Bridge (el puente con más de esta Nueva York) pasa el campo amarillo de mi infancia» […] «Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande». Y unos renglones después, dice: «En el jardín de St. John the divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español; y los niños del coro, lengua eterna, igual del Paraíso y de la luna, cantaban con campanas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro».
Todo exilio es doloroso. La semilla de los que se fueron dio como fruto en toda América, ese puñado de casas vivas españolas como son los Centros navarros, gallegos, vascos, asturianos…, donde la emigración se reunía y continúa reuniéndose. Allí están los hijos, los nietos y bisnietos del exilio español.
Cuando la palabra «patria» ocupa cada una de las esferas de la vida pública, cuando se eleva como una bandera que pertenece a unos y no a otros, acaba devorando a sus hijos. Es la palabra de los dictadores, de los «salvadores», de los monistas, aquellos que creen que para cualquier problema solo hay una única solución.
Por eso, la palabra «patria», cuando de verdad espanta, es precisamente cuando niega el diálogo, cuando no acepta escuchar ni mirar al otro y camina por una estrecha callejuela dirigiéndose hacia la oscuridad.

Referencias.:
Zambrano, María. «El saber de la esperanza (Notas inconexas)» recogido en el libro Las palabras del regreso (Ed. Cátedra, 2009).
Jiménez, Juan Ramón. Espacio. Edición de Aurora de Albornoz. Editora Nacional. Madrid, 1984.


Artículo publicado en El cuaderno, abril 2019.

sábado, 30 de marzo de 2019

¿Qué tienen que ver un libro, la globalización y un puesto en el mercado?



Pilar Alberdi

Una se pregunta si las pequeñas historias importan a alguien, y yo creo que sí. Así que voy a comenzar esta reflexión hablando de un mercado en el que sus puestos de venta de frutas, pescados, carnes… van cerrando. Es verdad, que ya había visto cerrar otros puestos de mercado, en una ciudad mayor, en donde antes vivía. Allí reacondicionaron aquellos servicios municipales como locales para artesanos, artistas y otras actividades culturales. La verdad es que aquellos puestos la mayor parte del día estaban cerrados.
La ciudad que conocimos se muere y lo estamos viendo. ¿Lo estamos viendo? Tengo mis dudas. A nadie le parece extraño que los supermercados hayan copado las ventas. Es lógico, «allí se compra más barato», dicen. Y, además, parece haber una cierta competencia entre ellos, «en este se compra más barato que en aquel ―nos explican―, además en aquel tienes una bolera, cines, restaurantes». Y el paseo del domingo, antes hasta la Iglesia; se convierte en el paseo hasta el Super. Y es entonces cuando el pequeño comercio comienza a morir en silencio y esto afecta a las familias, es decir, a algunas familias, las que vivían de sus puestos de venta, hoy un comercio imposible.
Hace varias décadas ya, los pueblos del interior de España comenzaron a despoblarse. Se vivía mejor en las ciudades, allí había más posibilidad de encontrar trabajo, y de que los hijos estudiasen en la universidad para «labrarse» un futuro. Hoy, los que todavía quedan en los pueblos, leo que más de 78.000 poblaciones solo tienen 100 habitantes, acuden a manifestarse a la capital, porque en la capital, es donde se supone que a uno lo oyen. De verdad, ¿alguien escucha?
Y viene todo esto a cuenta, tras la lectura de un libro sumamente esclarecedor como es el de Esteban Hernández: El tiempo pervertido ―Derecha e izquierda en el siglo XXI ―. Un tiempo pervertido que es, en realidad un tiempo detenido, sin avance, o con un avance tan vertiginoso, que donde antes se encontraban dos fuerzas pugnando por ganar el pulso político del futuro frente al pasado, o el del pasado frente al futuro, hay un presente desazonante.
Nos dice Esteban Hernández que el tiempo de la globalización, tal y como se ha llevado ha cabo está finiquitado. Me ha recordado aquel tiempo de expansión colonialista que se llevó por delante a tantas regiones, y que tras la Segunda Guerra Mundial hubo que desanudar, para mejor conveniencia de los privilegiados, y acaso convivencia de todos, aunque seguramente no reparó en los que quedaron por el camino.
Cuando un libro tiene algo que decir una discute con él. Yo lo he hecho. No me ha dejado indiferente y festejo que el periodista esté tan a pie de calle, tan atento a lo que se publica diariamente, que no se le escape una noticia, aunque incluso yo no comulgue con algunas de sus ideas.
En esta obra nos habla de los cuatro últimos repliegues conservadores y lo que han conseguido sus partícipes, mientras volaban alto con las alas de la globalización. Cuando estas alas para algunos ya no funcionan, al menos para la nueva visión de algunas de las partes, algunas políticas han de cambiar.
Las grandes élites financieras se han hecho con la intermediación. Sus principales negocios giran en ese entorno: llámense estas compañías Amazon o Uber. Implantan su modelo de negocio, en donde este ya estaba, apropiándose el espacio, ampliándolo gracias a una cantidad ingente de capital.
Los Estados, todo lo han permitido de esta globalización. Las lentejas que comemos se traen de otros países, y las naranjas españolas se pudren en los campos porque el precio que imponen los intermediarios, no alcanza para cosecharlas.
Pero no todos se han dejado hacer de este modo, allí donde Hernández ve torpeza por haber dejado que China, que como bien señala, no estaba en los años setenta entre los cien primeros países del mundo, se convirtiese en la segunda potencia del mundo, o la primera, deberíamos decir; pero donde él ve torpeza, yo veo avaricia. Tantos millones de chinos y tanto para venderles… Pero los dirigentes chinos actuaron con la mirada más larga, impusieron vetos, controles, cualquier empresa que se quisiese radicar allí sólo podría tener el 49 % de capital. El restante 51 % sería para China. Imaginen una España que hubiera hecho algo similar; cuán rica sería; unos países que hubieran puesto sus trabas.
Hernández explica cuáles son los posibles caminos que tiene Europa, él plantea tres posibilidades claras. Y sin entrar aquí en detalles que merecen ser leídos con atención en el propio libro, solo hay algo en contra que él también señala: ese tiempo pervertido, detenido; esa falta de valentía frente a lo que sería posible cambiar.
Comencé este artículo hablando de un puesto en un mercado, que en una pequeña localidad de Málaga, acabará bajando su persiana. No es el primero; en ese mercado, solo quedan unos pocos más abiertos, y más pronto que tarde, el resto se verá obligado a cerrar.
La vida explica claro; pero a veces parece que no comprendemos. Hay gente empeñada también en que lo tecnológico sea lo primero; esos robots que mueven objetos, esos coches que rodarán solos; esos empleados que serán aquí y allá sustituidos por máquinas, por inteligencia artificial; esos genes modificados que alargaran la vida, pero ¿de quién? Lo que se dice menos, es que de ese portento se beneficiarán solo la clase social triunfadora y unas pocas empresas multinacionales, mientras los demás, incluidas las anteriores élites nacionales, empobrecerán.
Supongamos ahora que la familia que tenía el puesto que acaba de cerrar en el mercado, poseía unos pequeños ahorros en un banco, es posible que estos estén trabajando ya, en uno de esos grandes fondos de inversión, por ejemplo, para comprar pisos en las grandes capitales, valga el ejemplo de Madrid, es decir arrojando al extrarradio a los que antes vivían en el centro, con el fin de conseguir una alta rentabilidad para sus inversores. Es casi seguro que la familia que ha bajado la persiana de ese puesto no haya pensado en esto; igual que el que acude al super no ha pensado en esta familia.
En resumen, «es el capitalismo», nos dicen; pero somos nosotros.
Lean, este libro. Lo merece.

sábado, 23 de febrero de 2019

COLETTE: UNA ESCRITORA FIEL A SÍ MISMA




Pilar Alberdi

Tengo varias fotografías de Colette frente a mí, y la veo: seria, seria; gata, gata … Así percibo yo a Colette (1874-1954), una escritora poco conocida en España, a no ser por la reciente película de Wash Westmoreland. ¿Le hace justicia? Sin duda. Es la imagen resignificada y actualizada a tenor de los tiempos que corren de una mujer camino de su liberación: la escritora encerrada por su primer marido en una habitación para que escriba las obras que él firmará poco después, la amante de otras mujeres y otros hombres, la libertina, justiciera, rebelde, y también la convencional con sus tres matrimonios, su maternidad, y la búsqueda del éxito social, pero sobre todo de su seguridad económica. Ella se describió como una empresaria, capaz de obtener buenos dividendos por sus obras, a través de las publicaciones, la representación teatral y el cine. Lo fue, sin duda, y eso le permitió enfrentarse a la vida. Pero también fue más cosas: una adoradora de la naturaleza y los animales; una adolescente orgullosa disimulada bajo las capas de los años. Y aunque hoy una película la haya subido a la tribuna y le haga justicia, con un toque actual y feminista, no puede poner sobre la mesa su literatura, esa feliz destilación de palabras y sentimientos que reúne en algunas de sus obras, aunque ponga por boca de Colette, la frase: «La mano que sostiene la pluma escribe la historia». Para llegar a Colette, hay que leerla.
Por eso, el deleite expresivo de las secuencias cinematográficas, la excelente actuación de las actrices y actores, no puede compararse, aunque se aproxime a la figura de la escritora, con una lectura de sus obras. En este sentido, pondré de ejemplo, Sido, una pequeña pero intensa narración de ambiente familiar donde retrata su vida en el pequeño pueblo de Saint-Sauveur, en la Puisanye francesa, en un entorno en donde las casas se unían por detrás en amplios patios y jardines, con sus huertos. Escribirá: «Oh, amable vida civilizada de nuestros jardines! […] Veranos casi sin noches porque me gustaba ya tanto el alba, que mi madre me la concedía como premio» para poder ser la primera en pisar el campo, en recoger arándanos, en espiar la eclosión del sol.
Imaginemos, si nos es posible, una vida sin radio ni televisión, donde sus hermanos, como ella explica, leen a todas horas, y los gatos son una especie de parte matereológico diario. «Va a helar, la gata baila». […] «Cuando se trata de un leve viento pasajero, la gata se enrosca en forma de turbante con el hocico incrustado en el movimiento del rabo», es la madre quien habla por boca de la escritora. «Y si se trata de un gran frío, el gato resguarda la planta de sus patas delanteras y las dobla en forma de manguito». De la madre, «Sido», diminutivo de Sidoney, nombre que también lleva Colette, es de quien recibe ese agudo sentido de la observación. Es un tiempo en que las «visitas» se devuelven, y si sobran flores y frutos se envía a los hijos a repartirlos entre los vecinos.
El padre de Colette, es para la madre, su segundo marido. Tras su fallecimiento la familia descubrió en los últimos estantes de su biblioteca personal unos cuadernos en blanco en donde había escrito los títulos de obras nunca escritas, de las que tampoco había algún resumen o idea. Fue para el conjunto familiar, la revelación de que habían tenido en la familia alguien que había mantenido en secreto «la ilusión de una carrera de escritor». Precisamente lo que Colette sería después, lo que su padre no llegó a saber, y a ella le dolía, porque además, pensaba le había conocido poco. «Amargamente; ahora estoy segura de ello, el ausente necesita tiempo para recobrar su verdadera forma en nosotros. Muere, madura, se fija. “¿Eres tú? ¡Por fin…! No te había comprendido. Nunca es demasiado tarde, puesto que he comprendido lo que mi juventud me ocultaba en otro tiempo, mi animado, mi alegre padre mantenía interiormente la tristeza profunda de los amputados. No nos dábamos cuenta apenas de que le faltaba, cortada por arriba del muslo, una pierna. ¿Qué hubiéramos dicho viéndolo andar de pronto como todo el mundo?» Aquellas hojas blancas ―explicará Colette― las usarían posteriormente para escribir recetas de cocina, forrar frascos de confituras, y hasta para ser emborronadas por los niños de la familia. «El capitán» como era conocido, por su participación en la Primera Guerra Mundial, donde perdió una pierna, construía para divertimiento de Colette casitas de escarabajos, con sus puertas y ventanas, y barquitos de madera. Y así, mientras este hombre según la observación de Colette, «amaba sin medida» a su madre, Sido lo hacía «con un amor invariable», y respetuoso. Una madre que para saber la hora no consultaba el reloj, sino la altura del sol sobre el horizonte; que conocía como la mejor de las campesinas todos los nombres de las flores y árboles de la región, y que escapaba todos los años unos días a París, quizá con la secreta intención de recuperar sus años juveniles, marcó la curiosidad de conocimiento de Colette.
La relación que unía a la madre con los gatos, pasó también a Colette, ocupando un espacio significativo en su vida. Escribió: «el único riesgo que se corre con los gatos es el de aumentar el conocimiento». No le faltaron perros. Y ¿qué le daban los perros? «Lejos de mi intención olvidaros, perros vehementes, maltratados, hartos de nada, ¿cómo podría pasarme sin vosotros? Os soy tan necesaria… Vosotros hacéis que yo sienta lo que valgo».
En una colección de artículos, Los zarcillos de la vid, entre otros temas, ajusta sus cuentas con el tiempo. Lo hace especialmente en el artículo titulado: «Ensueño de Año Nuevo». Dice: «Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma. Un año más… ¿para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba cambió para mí la forma de los años». Los años ya no volverán a ser «aquella cinta desenrrollada que de enero ascendía a la primavera», luego al verano y finalmente subía hasta llegar al próximo Año Nuevo. Era aquel, el tiempo lento de los años juveniles… El espejo en que se mira, y al que le habla, no le devuelve ya a la adolescente que fue, pero continúa admirándola en la lejanía; sabe que ya nunca volverá a tener aquel orgullo, aquella arrogancia salvaje. Se conduele, y al mismo tiempo se consuela: «Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria». Finalmente, dirá: «Sigue el camino, tiéndete solo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada…»
«Duerme privilegiada…» Sí, privilegiada, por haberse mantenido, fiel a aquella adolescente, por no haberla abandonado nunca.
Colette, también fue la mujer que voló en globo, en dirigible, en avión; la periodista que lamentaba no poder vestirse como los hombres porque así la policía no le pondría reparos para acercarse a la escena de un crimen; con el tiempo recibió el Premio Goncourt ,y en sus últimos años la hicieron miembro de la Academia.
Y así, mientras miro sus retratos, estas imágenes que ahora me ofrece Google, pienso: «Ahí está: «seria, seria; gata, gata», Colette, la vieja adolescente, fiel a sí misma.


Referencias: Las citas corresponden a los libros. Sido. Ediciones G. P., Barcelona, 1972, y Los zarcillos de la vid, Plaza & Janés, Barcelona, 1983.


Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.

jueves, 7 de febrero de 2019

EL EFECTO MATEO


Pilar Alberdi

¿Es la mitad de la población sadomasoquista? Así lo pensaba Erich Fromm en su Anatomía de la destructividad humana. El sadomasoquista, al mismo tiempo que es capaz de doblegarse de modo abyecto ante la autoridad, se impone despóticamente sobre sus inferiores en cuanto tiene ocasión. Una sociedad en cuyos platos de la balanza podemos observar esta condición existencial se vuelve peligrosa, según la época, y aún más cuando una gran masa de la población se torna necrófila. Hitler fue un necrófilo. Es decir, un necrófilo, en casos como el suyo, es aquel que no se contenta con ver sufrir a otro bajo su sometimiento, sino que aspira a su aniquilamiento. En suma, una sociedad que necesita dominar a otros es la que ha dado éxitos a obras recientes como 50 sombras de Grey. Pero, tal vez, debamos partir para analizar estos hechos, no solo de lo exterior, sino mirando hacia nuestro interior, doblemente oculto por la máscara cultural y la personal.
Por este motivo, voy comenzar este acercamiento al autoritarismo y la agresividad con autores cristianos, una es Madeleine Delbrél (1904-1944), y otro, Herman Broch (1886-1951), escritor de origen judío convertido al catolicismo en su madurez, para continuar con otro de origen sefardí, pero no católico, Elías Canetti, porque me parece que en sus palabras se encuentra una noción de humanismo que, cuanto menos, es garante de la conciencia de la existencia del Otro, y del enorme temor que tienen los que dominan, a la muerte, esa que no quieren para sí, pero que otorgan con desmesurada ira a los demás.
Lo primero que señalan algunos de estos autores, por ejemplo Herman Broch, es que el Estado tiene su ideología. Dentro de esa ideología que hace posible al Estado, y que no fue otra cosa en sus comienzos que la suplantación de las creencias religiosas por un Estado confesional, capaz como en el pasado lo hicieron las religiones, de inaugurar un doloroso camino de guerras y enfrentamientos para el despliegue de su colosal obra. El Estado como ideal suponía una mejora de la vida en la tierra, pero sabemos que no solo eso, también sería raíz generadora de males como el colonialismo, con su carga xenófoba y racista, y base sustancial para el surgimiento —entre otras— de las dos guerras mundiales.
La escritora Madeleine Delbrél, por su parte, nos recuerda que «esos últimos» [citados en el Evangelio], para los que existe la promesa de convertirse en los primeros, no son unos «“últimos” imaginarios, ni siquiera unos últimos a nuestro estilo». No. Sencillamente, «Son los últimos que los hombres toman por últimos sin preguntarles su opinión; personas que deben pedir todo a los demás, porque no tienen nada, que les permita tener algo». Son, en definitiva, unas personas que reciben de los demás, no aquello que más necesitan, sino la condición de «últimos», con las terribles consecuencias que esto pueda suponer.
Hegel asumió el juego de la razón utilitarista de la Historia como la lucha de los pueblos o de las culturas o, mejor cabría decir de los juegos de poder, por eso sitúa a «los últimos» (personas o conglomerado de personas reunidas en pueblos, naciones o Estados) como aquellos que pareciendo, por la fuerza de otros más poderosos, más débiles e inferiores, son rechazados, deportados, vencidos, sometidos, aniquilados; simples descartes humanos para la burguesa «trinidad hegeliana» constituida por la Razón, Dios y el Estado.
Si para Husserl, el papel del filósofo debía ser el de convertirse en «el defensor de la humanidad»; algo imposible desde los planteamientos de Hegel que está del lado de los triunfadores, es decir, de una mínima parte de la humanidad; para Herman Broch, «La filosofía ha perdido el principio del conocimiento que se ha hundido muy hondo» (La muerte de Virgilio) desde que surgió en el pasado. También para Broch, un escritor verdadero debería estar por entero, enfrentado a su época, porque la luz que nos ilumina, social, política, etc., no es más que un fuego fatuo, mientras nos conducimos a la muerte. Frente a este «valor cero» o falso valor de la muerte, aquí Broch demuestra el interés que sintió en su madurez por la lógica matemática, el verdadero valor, tiene que estar en la vida. No puede haber conciliación con la muerte, y no puede darse a otros impunemente. De hecho, la mirada crítica hacia la muerte es razón suficiente para potenciar la vida, pero cómo o en qué sentido, ahí radica la importancia del tema.
Quizá, a algún lector pueda parecerle extraño que Broch se convirtiera al catolicismo, del mismo modo que en su día también lo hicieron Oscar Wilde y Gilbert Chesterton, mientras otros manifestaron un acercamiento consecuente como fue el caso de Henri Bergson, quien finalmente optó por mantenerse dentro de la religión judía por no parecer traidor al destino de los suyos.
Algunos de los escritores que he citado vivieron y padecieron las dos últimas guerras, por eso pueden presentar estos temas de manera aguda. El horror no es algo que haya quedado al margen de sus vidas. Y la peste que asoló el siglo XX, tenía claramente la forma del fascismo.
Elías Canetti nos recuerda en el largo ensayo La conciencia de las palabras que el deseo innato que mueve al hombre a seguir adelante en la vida es el de la «supervivencia». De ahí, que no debería extrañarnos que la paz solo encubre otras guerras, especialmente económicas, de dominio comercial, que son en general, espacios de preparación para las que vendrán.
Como el poder y la supervivencia están imbricados, a más poder, mayor deseo de supervivencia, y también mayor negación de aquello que aparece como débil, pero cuya presencia resulta por alguna razón, amenazante. Ninguna de estas prácticas sería posible masivamente sin un discurso que las estimule.
El deseo que hoy recorre Europa con la aparición en varios países de grupos y partidos neofascistas manifestándose abiertamente a favor de la expulsión de inmigrantes, aclaremos, de inmigrantes pobres, de Oriente Medio o África y de religión musulmana, solo habla, y esto es lo trágico, del deseo de supervivencia del hombre común europeo frente a la crisis económica y política ―propia de la globalización y del cambio climático―, del que sin duda es parte responsable, y que ha afectado a su modo de vida; pero muy especialmente por otra pérdida: la de valores que incluyen el reconocimiento de la dignidad humana, sin cuya base es imposible nuestra humanidad común o aquello que consideramos garante de la misma. Afirma Canetti: para el que tiene poder «el placer que le causa sobrevivir va aumentado con su poder» y esto le permite ceder a sus deseos de doblegar e imponerse al Otro. El último y verdadero deseo que subyace en esta supervivencia es el de sobrevivir a grandes masas de personas. ¿Recuerdan al personaje de Ismael en Moby Dick? Igual que Job, sólo él escapó para contarlo. ¿No creen que en el fondo del pensamiento de todos subyace esa idea? ¿En qué piensan los ricos que se construyen bunkers? ¿De qué hablan aquellos científicos que explican que la salvación de la humanidad depende de los viajes al espacio? Al margen de todas las connotaciones religiosas que muestra la obra de Melville, explicada por el propio autor en su correspondencia, en donde la ballena blanca es la representación de Dios y el capitán Ahab del demonio (hombre), me pregunto: ¿el obrero europeo que se suma a las ideas de expulsión de inmigrantes más pobres que él, qué siente? ¿No será, acaso, poder? ¿Tal vez encubre en su ocultamiento psicológico, la idea de su propia salvación a partir del apartamiento o la destrucción del Otro? ¿Hasta dónde puede ser posible este desconocimiento si advertimos sus consecuencias?
Desgraciadamente, en esta vida se impone a diario lo que se ha dado en llamar «el efecto Mateo», concepto utilizado por primera vez por el sociólogo Robert K. Merton y que remite al Evangelio de Mateo: «Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará». Algo que se repite de muchos modos en la vida. Y solo pondré un par de ejemplos: si tienes dinero los bancos te darán más dinero; o el del propio Merton, si eres un científico muy citado en artículos, lo serás más.
Este es el horror y nosotros debemos conocerlo, debemos saber que existe dentro nuestro, que el poder no es algo que está en otra parte, sino que somos parte de él; «circula en cadena» según la acertada definición de Foucault, y que la tentación de ser más que el Otro, de sentirnos más seguros, nos determina, y que domesticar estos impulsos es propio de gente que reflexiona. «No nos engañemos, nunca seremos buenos» decía Herman Broch. No, ser bueno es casi un imposible, porque ser bueno es ser manso y tener en consideración a los demás; ser bueno es casi imposible por nuestra propia constitución y por la moral utilitarista que rige la época. Y considerar que por ser ciudadanos de un Estado esto nos permite negar al Otro, ocultando la humanidad que nos reúne, no deja de ser una absurda idolatría.



Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.