© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Graduada en Filosofía (UNED).

Puedes visitar mi página web en el siguiente enlace.
Gracias por tu visita.
(Todos los derechos reservados.All rights reserved).


viernes, 2 de agosto de 2019

UN MUNDO DE OBEDIENTES


Pilar Alberdi


En su obra Los orígenes del totalitarismo, pero no solo en esta obra, Hannah Arendt reflexionó sobre quiénes fueron los que apoyaron el nacional socialismo. Su voz nos da cierta garantía porque estaba allí como testigo; no fueron aquellos que se habían identificado antes con otros partidos, no eran los que ya pertenecían a un determinado partido; eran gentes de «nuevo partido», de ese que encabezaba Hitler. También señala Arendt que fue el partido al que se sumaron inmediatamente «los mediocres». Y resaltaba, a propósito de esto, cómo gustan los mediocres de aquello que llama su atención, de una cierta teatralidad, una exuberante puesta en escena, la admiración ciega por el poder, el escándalo, el sucio juego de las palabras emponzoñadas que bailan los necios al compás que marca el autoritarismo de turno. Evidentemente, Hitler conocía estas debilidades de la gente, por eso realizaba sus grandes puestas en escena de noche, cuando después de un día agotador, era más fácil influir en ella. Y, en cuanto al conjunto de la población que acabó sosteniendo el régimen, ese conjunto se fue sometiendo poco a poco, sin reflexionar, porque la gente piensa lo justo para vivir su día a día, es decir, utiliza un pensamiento meramente instrumental, no-reflexivo, jugando en esta secuencia un papel especial «los obedientes»; los mismos, como nos dice Arendt, que luego pasaron de aquel régimen criminal a una democracia, sin hacerse mayores problemas. Y a estos «obedientes», en el fondo «mediocres» e «irreflexivos», Hannah Arendt, que los señala en muchas de sus páginas, les tenía pavor, igual que se lo tuvieron otros muchos intelectuales europeos.
Me pregunto sobre estas cuestiones al hilo de lo que está sucediendo en Europa, y como no podía ser de otra manera, en España; a esta ola de neofascismo, a la facilidad con que se señala al otro, al inmigrante, por ejemplo, sin darle voz; a lo fácil que es para algunos volcar su propia debilidad transformada en desprecio al Otro. Han de saber todos estos despreciadores, que lo único que muestra su bravuconería es su propia debilidad no asumida. Quizá, deberían preguntarse quién les hizo tanto daño en su niñez, cómo se resignaron después sin rebelarse, y por qué desean volcar su agresividad, es decir, su frustración en otros. Observamos cómo gente que fue inmigrante en Europa ahora rechaza a otros inmigrantes. Cómo gente que ha sido despreciada por el poder económico y político, se suma a partidos de extrema derecha, de claro carácter autoritario.
El escritor búlgaro Tzvetan Todorov en Memoria del mal, tentación del bien ―Indagación sobre el siglo XX― indicó las diez circunstancias que se conjugan para que aparezcan los totalitarismos, entre ellas, el convencimiento de estar viviendo un tiempo apocalíptico, un momento que los intereses de turno presentan como de todo o nada, de muerte o renacimiento, de avance o retroceso. El blanco y negro con el que se presentan los hechos de una manera machacona, simplista, obsesionada, y muchas veces abyecta, porque detrás de estas directrices hay intereses diversos (económicos, políticos…) que pugnan por alcanzar sus fines, y acaban presentando algún tipo de solución, de tal manera que esta parezca a simple vista, la única solución posible, la solución para todo. Es como bien señala Todorov una promesa de «solución utópica» que una vez puesta en marcha, ha supuesto la más feroz inhumanidad contra otros seres, y muy especialmente entre grupos.
Veamos ahora qué nos dicen ese trencito de palabras: «irreflexivos»-«mediocres»-«obedientes». (Puedes continuar leyendo este artículo en el siguiente enlace a El Cuaderno

jueves, 18 de julio de 2019



LOS ESCRITORES Y SUS MADRES

Pilar Alberdi

¿Madres un día al año? Madres, siempre, incluso cuando no están. Rescatadas del olvido, por haber sido perfectas o imperfectas; por haber sido acompañadas o abandonadas; por haber tenido un lugar de honor en los corazones de los hijos, o por no haberlo tenido nunca, por dejar allí un vacío, un agujero negro insondable.
La literatura siempre ha sido un espejo donde volcar esta experiencia primordial de los afectos. Aparecen ellas como madres de los autores y autoras o como madres de los personajes. Pensemos en Bernarda, la madre de la obra de Federico García Lorca o en la madre de Bodas de Sangre. Hay una especial madre de todo el mundo en La casa de matriona de Alexandr Solzhenitsyn; y también en algunas obras de Truman Capote aparece esa prima mayor, ni tan siquiera madre pero que hace de madre, tan agradable a los niños de la familia, una adulta tan inocente como ellos; y a cuyo cargo dejaron sus padres al futuro escritor. Están esas madres analíticas, una especie de madres esponja que absorben el mundo de su alrededor, como La señora Dalloway de Virginia Woolf, a la que percibimos tan cosmopolita y a la vez tan frustrada, frente a la imagen en espejo que le devuelve su propia hija, la cual admira más a su institutriz, una mujer que trabaja y se muestra independiente, y le señala el camino que ha de seguir la mujer moderna.
Estas madres literarias pueden ser como en la vida misma, frías e indolentes, como la madre de Margarite Duras en El amante, probablemente castigadas y mal queridas ellas también en su niñez, por eso incapaces luego de dirigir con justicia la vida de su propia familia: («Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias». Y otra madre, no menos fuerte que la anterior, aparece en Mi madre y la música de Marina Tsvietéva: «Cuando en vez del tan deseado, previamente decidido, casi ordenado hijo varón Alexander, nací solamente yo, mi madre, tras haberse tragado orgullosa un suspiro, dijo: “Por lo menos será músico”».
Cualquiera que analice la vida de los escritores, su biografía elemental, pronto comprenderá que la mayoría de ellos han perdido pronto a ambos padres o a uno de ellos por muerte o separación. Sobran ejemplos, pero comentaré uno que se cita poco, el de Shopenhauer, frente a otros que se citan más como el de Nietzsche.
Y también están esos hijos doloridos que hablan de su propio comportamiento frente a sus madres, el dolor de los hijos por actitudes del pasado que ya no pueden reparar. No he encontrado esta especie de “mea culpa” en escritoras, aunque seguramente hay obras en que esto ocurra. En este sentido, creo que la batalla de las mujeres con sus padres, en especial con sus madres, ha sido más equitativa, y pongo por ejemplo, lo que cuenta en Una muerte muy dulce, Simone Beauvoir sobre la relación con su madre. Pero sí he encontrado últimamente, a través de varias lecturas de filosofía, el testimonio desconsolado de varios hombres que no han dudado, quizá deberíamos decir que han necesitado expresar su pena, su sentimiento de culpa públicamente, como si en esa confesión, recibiesen el perdón, para aquello que ellos consideran su carga, es decir, su dolor. Pienso en Hermann Broch y en Vasili Grossman, por ejemplo, ambos con madres a las que no pudieron salvar de las garras del nazismo, o en las recriminaciones que se hizo, Albert Cohen en su obra El libro de mi madre; un libro de una emoción contenida y sincera. Dice Cohen: «En mi soledad me canto la dulce, dulcísima nana que me cantaba mi madre» […] «En una ocasión fui malo con ella, y no se lo merecía. Crueldad de la absurda escena que organicé en Marsella» […] «No le escribía lo suficiente. No tenía bastante amor para imaginarla abriendo el buzón en Marsella varias veces al día y no encontrando nunca nada», y frente a aquel suceso y otros similares que relata, él, ya convertido en un anciano cuando escribe ese libro, y tan desvalido en ese momento como quizá su propia madre estuviese en el pasado, se pedirá a sí mismo sonreír frente al espejo, disimular su tristeza, mostrarse más fuerte ante la indiferencia y la lejanía de su propia hija, sabiendo que sobre su propia imagen de hombre vulnerable permanecía siempre «la espada suspendida» del recuerdo de su madre muerta, y, sobre todo de aquella madre incomprendida, desatendida..
Con la llegada del nazismo, Hermann Broch se marchó al exilio. Su madre permaneció en Berlín. Se encargaría de velar por ella una examante del filósofo. Pero la guerra fue cruel. La madre acabó sus días en un campo de concentración, y él no se lo perdonó nunca. Vivió en Estados Unidos, precariamente, pasando muchas dificultades económicas, con poca salud, pero contando siempre con la ayuda de otros intelectuales como por ejemplo Hannah Arendt, Thomas Mann, Max Horkheimer, Theodor Adorno, así como de instituciones culturales. Al final de sus días, anciano y enfermo, demoró cuanto pudo el regreso a Alemania, y cuando por fin se disponía a hacer el viaje, falleció.
Escribió entre otras obras, los poemas que componen Voces, allí denuncia las ideologías de un nuevo paganismo, los dioses modernos producto de la técnica y el progreso, junto con el abandono de los antiguos dioses, reconvertidos en líderes o partidos políticos.
Fue también el autor de La muerte de Virgilio, donde la historia que se cuenta, los últimos momentos de la vida de Virgilio, tiene un paralelismo con la vida del autor. Obra que, sin duda fue un antecedente importante para el desarrollo de las Memorias de Adriano de Margaritte Yourcenar. Porque como decía esta, hay que llegar a cierta edad para acabar ciertos trabajos literarios que aunque hubieran sido pensados en la juventud y desarrollado en la medianía de la vida, precisaban para su desarrollo de una vivencia de senectud, con todas las cuestiones que esta plantea.
Otro caso especial es el de Erwin Schrödinger (1887-1961) , físico y filósofo, Premio Nobel de Física en 1933. En su obra Mi concepción del mundo, en la parte dedicada a su vida, se recrimina la actitud que mantuvo de joven con sus padres, y de manera especial con su madre. Frente a una pesadilla recurrente, explica: «Considero esta pesadilla como el resultado de mi mala conciencia a causa de lo mal que me porté con mis padres en los años 1919/21».
Otro caso, es el de Vasili Grossman (1905-1964), científico, periodista, oficial del ejército soviético, luego escritor que dejó su testimonio en Vida y destino, un libro publicado por primera vez en Suiza en 1980.
Después de su fallecimiento se encontró entre sus papeles un sobre con dos cartas escritas a su madre asesinada por los nazis en Berdíchev (Ucrania). Existía el antecedente de que hubiera podido llevarla con él a Moscú, pero al parecer Grossman y su segunda mujer, no estuvieron de acuerdo para hacerlo. Probablemente, la idea de que si hubiese marchado con ellos, su madre se habría salvado, le persiguió hasta el último día de su vida.
De las dos cartas que escribió a su madre muerta, acompañando a una de ellas había dos fotos, en una de estas aparecía de niño junto a su madre; en la otra se veía una fosa abierta donde estaban tumbados, unos sobre otros, los cuerpos desnudos de las mujeres masacradas por las SS. Entre aquellas mujeres, quizás, o en otras sepulturas similares podía estar el cuerpo de su madre, algo que Vasili Grossman no se permitió olvidar nunca. (Pueden leerse ambas cartas en el artículo de Hans van den Berg citado en las notas al final de este artículo).
Evidentemente, en este altar de los padres, pero también de los hijos, sufren las personas.
Que haya un día de la madre parece tan absurdo como que lo haya del padre o de los hijos.
Los días, todos, son de la vida, es igual en qué capilla y frente a cuál de los numerosos altares queramos rendirle testimonio. Es la vida la que nos tiene. «No nacemos solo para nosotros» como escribió Cicerón, y los testimonios de estos hombres nos dan cuenta de ello. No solo vivimos con y para los demás, sino para nuestra conciencia; para esa persona que esperábamos ser y a la que, como en estos casos, se le rinden explicaciones hasta el último momento, e incluso, no se duda en hacerlas públicas.



Notas:
Cohen, Albert. El libro de mi madre. Anagrama. Barcelona, 1992.
Woolf, Virginia. La señora Dalloway. Alianza. Madrid, 2003.
García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Herederos de García Lorca. Art Enterprise. España, 2004.
García Lorca, Federico. Bodas de sangre. Espasa Calpe. Madrid, 1978.
Duras, Margueritte: El amante. Tusquets. Barcelona, 1986.
Beauvoir, Simone: Una muerte muy dulce. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 2002.
Schrödinger, Erwin. «Vida» en Mi concepción del mundo. Tusquets. Barcelona, 1998.
«Vasili Grossman (1905-1964) y su novela Todo fluye». Autor: Hans van den Berg. Revista Ciencia y Cultura. Nº 25. La Paz. Bolivia, nov. 2010.
http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-33232010000200003



Artículo publicado en El Cuaderno )
, 17/07/2019,

jueves, 2 de mayo de 2019

LOS TRANSTERRADOS: EL EXILIO ESPAÑOL


Pilar Alberdi

Hay algo que se llama exilio, y que quienes no lo han vivido no saben lo que duele; es vivir con el corazón en la tierra que fue suya, pero con los pies en otra.
El exilio español republicano se llevó al pueblo, y cuando decimos esto, no sabemos realmente a quien se llevó por delante, porque cada ser era único y portaba una historia de vida. Muchos de los exiliados que fueron hacia Francia, en la época del gobierno de Vichy, acabaron en los campos de concentración nazis. Mas de 7000 fueron enviados a Mathausen. De ellos, 4676 encontraron allí la muerte. Es conocida la foto de la liberación de este campo en que una pancarta. dice: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras».
Cuando decimos el exilio intelectual, entonces sí, aparecen los nombres y la lista de los más conocidos, entre ellos: María Zambrano, Rafael Alberti, Teresa León, Ramón Gaya, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Victoria Kent, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ayala, Concha Méndez, Max Aub, Juan Ramón Sender, Pedro Garfias, María Lejárraga, Antonio Machado, Tomas Segovia, Blas Cabrera, Severo Ochoa, Rosa Chacel, Américo Castro, Fernando de los Ríos, Manuel Altolaguirre, Luis Buñuel, Pablo Picasso, y muchos más. El libro Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, publicado por la editorial Renacimiento en 2017 reúne las vidas de 1191 artistas, escritores, científicos, que fueron al exilio.
Sabemos lo que es esto, históricamente uno de los peores castigos que podían aplicarse en el pasado; encontramos referencias en las tragedias griegas; conocemos la actitud de Sócrates ante la posibilidad de un destierro o una huida salvadora, prefiriendo aceptar una muerte cuyo valor estaba en la enseñanza de lo que no debería haber sucedido.
Muchos niños y niñas españoles fueron enviados a otros países con la intención de salvarlos, algunos nunca volvieron. Frente a la muerte, la vida. Frente al «valor cero» que es el de la nada (Broch), la esperanza, porque en esta cabe entera la vida.
Dice María Zambrano en el artículo «El saber de la esperanza (Notas inconexas)»: «Tuvimos que pasar la frontera de Francia uno a uno, para enseñar los más la ausencia de pasaporte, yo sí tenía» […] «Y el hombre que me precedía llevaba a la espalda un cordero del que me llegaba su aliento y que por un instante, de esos indelebles, de esos que valen para siempre, por toda una eternidad, me miró. Y yo lo miré. Nos miramos el cordero y yo. El hombre siguió, y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad». Zambrano hizo suyo el exilio, lo aceptó, supongo, como se acepta lo que no tiene solución. Cuando por fin regresó para quedarse, le sorprendió que el cordero no estuviese esperándola al pie del avión. Solo cuando al día siguiente vio «las imágenes que sacaron los fotógrafos que me aguardaban, tan conmovedoras, tan blancas, tan puras, entonces vi que el cordero era yo». Ella era como exiliada, como representante de otros muchos, el cordero. Un tema que volverá a tratar en otras obras, el de los inocentes destinados al sacrificio para salvación de los culpables.
He tenido estos días la oportunidad de leer un trabajo en prosa poética de Juan Ramón Jiménez, «Espacio», que no conocía. Lo escribió (1941-1954) en su exilio en USA, uno de los varios sitios en los que estuvo, lo mismo que le había sucedido a María Zambrano, dispersos por el mundo, los exiliados acabaron yendo de un país a otro, hasta encontrar aquel en el que poder quedarse. Lo que está explicando Juan Ramón de manera informal, espontánea, siempre poética, es que allí donde va está su tierra, su Moguer natal, las ciudades en las que vivió (Madrid, Sevilla), que la patria, aquello que él sintió como patria, no se separa de él, lo desborda. Dice: «Y por debajo de Washington Bridge (el puente con más de esta Nueva York) pasa el campo amarillo de mi infancia» […] «Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande». Y unos renglones después, dice: «En el jardín de St. John the divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español; y los niños del coro, lengua eterna, igual del Paraíso y de la luna, cantaban con campanas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro».
Todo exilio es doloroso. La semilla de los que se fueron dio como fruto en toda América, ese puñado de casas vivas españolas como son los Centros navarros, gallegos, vascos, asturianos…, donde la emigración se reunía y continúa reuniéndose. Allí están los hijos, los nietos y bisnietos del exilio español.
Cuando la palabra «patria» ocupa cada una de las esferas de la vida pública, cuando se eleva como una bandera que pertenece a unos y no a otros, acaba devorando a sus hijos. Es la palabra de los dictadores, de los «salvadores», de los monistas, aquellos que creen que para cualquier problema solo hay una única solución.
Por eso, la palabra «patria», cuando de verdad espanta, es precisamente cuando niega el diálogo, cuando no acepta escuchar ni mirar al otro y camina por una estrecha callejuela dirigiéndose hacia la oscuridad.

Referencias.:
Zambrano, María. «El saber de la esperanza (Notas inconexas)» recogido en el libro Las palabras del regreso (Ed. Cátedra, 2009).
Jiménez, Juan Ramón. Espacio. Edición de Aurora de Albornoz. Editora Nacional. Madrid, 1984.


Artículo publicado en El cuaderno, abril 2019.

sábado, 30 de marzo de 2019

¿Qué tienen que ver un libro, la globalización y un puesto en el mercado?



Pilar Alberdi

Una se pregunta si las pequeñas historias importan a alguien, y yo creo que sí. Así que voy a comenzar esta reflexión hablando de un mercado en el que sus puestos de venta de frutas, pescados, carnes… van cerrando. Es verdad, que ya había visto cerrar otros puestos de mercado, en una ciudad mayor, en donde antes vivía. Allí reacondicionaron aquellos servicios municipales como locales para artesanos, artistas y otras actividades culturales. La verdad es que aquellos puestos la mayor parte del día estaban cerrados.
La ciudad que conocimos se muere y lo estamos viendo. ¿Lo estamos viendo? Tengo mis dudas. A nadie le parece extraño que los supermercados hayan copado las ventas. Es lógico, «allí se compra más barato», dicen. Y, además, parece haber una cierta competencia entre ellos, «en este se compra más barato que en aquel ―nos explican―, además en aquel tienes una bolera, cines, restaurantes». Y el paseo del domingo, antes hasta la Iglesia; se convierte en el paseo hasta el Super. Y es entonces cuando el pequeño comercio comienza a morir en silencio y esto afecta a las familias, es decir, a algunas familias, las que vivían de sus puestos de venta, hoy un comercio imposible.
Hace varias décadas ya, los pueblos del interior de España comenzaron a despoblarse. Se vivía mejor en las ciudades, allí había más posibilidad de encontrar trabajo, y de que los hijos estudiasen en la universidad para «labrarse» un futuro. Hoy, los que todavía quedan en los pueblos, leo que más de 78.000 poblaciones solo tienen 100 habitantes, acuden a manifestarse a la capital, porque en la capital, es donde se supone que a uno lo oyen. De verdad, ¿alguien escucha?
Y viene todo esto a cuenta, tras la lectura de un libro sumamente esclarecedor como es el de Esteban Hernández: El tiempo pervertido ―Derecha e izquierda en el siglo XXI ―. Un tiempo pervertido que es, en realidad un tiempo detenido, sin avance, o con un avance tan vertiginoso, que donde antes se encontraban dos fuerzas pugnando por ganar el pulso político del futuro frente al pasado, o el del pasado frente al futuro, hay un presente desazonante.
Nos dice Esteban Hernández que el tiempo de la globalización, tal y como se ha llevado ha cabo está finiquitado. Me ha recordado aquel tiempo de expansión colonialista que se llevó por delante a tantas regiones, y que tras la Segunda Guerra Mundial hubo que desanudar, para mejor conveniencia de los privilegiados, y acaso convivencia de todos, aunque seguramente no reparó en los que quedaron por el camino.
Cuando un libro tiene algo que decir una discute con él. Yo lo he hecho. No me ha dejado indiferente y festejo que el periodista esté tan a pie de calle, tan atento a lo que se publica diariamente, que no se le escape una noticia, aunque incluso yo no comulgue con algunas de sus ideas.
En esta obra nos habla de los cuatro últimos repliegues conservadores y lo que han conseguido sus partícipes, mientras volaban alto con las alas de la globalización. Cuando estas alas para algunos ya no funcionan, al menos para la nueva visión de algunas de las partes, algunas políticas han de cambiar.
Las grandes élites financieras se han hecho con la intermediación. Sus principales negocios giran en ese entorno: llámense estas compañías Amazon o Uber. Implantan su modelo de negocio, en donde este ya estaba, apropiándose el espacio, ampliándolo gracias a una cantidad ingente de capital.
Los Estados, todo lo han permitido de esta globalización. Las lentejas que comemos se traen de otros países, y las naranjas españolas se pudren en los campos porque el precio que imponen los intermediarios, no alcanza para cosecharlas.
Pero no todos se han dejado hacer de este modo, allí donde Hernández ve torpeza por haber dejado que China, que como bien señala, no estaba en los años setenta entre los cien primeros países del mundo, se convirtiese en la segunda potencia del mundo, o la primera, deberíamos decir; pero donde él ve torpeza, yo veo avaricia. Tantos millones de chinos y tanto para venderles… Pero los dirigentes chinos actuaron con la mirada más larga, impusieron vetos, controles, cualquier empresa que se quisiese radicar allí sólo podría tener el 49 % de capital. El restante 51 % sería para China. Imaginen una España que hubiera hecho algo similar; cuán rica sería; unos países que hubieran puesto sus trabas.
Hernández explica cuáles son los posibles caminos que tiene Europa, él plantea tres posibilidades claras. Y sin entrar aquí en detalles que merecen ser leídos con atención en el propio libro, solo hay algo en contra que él también señala: ese tiempo pervertido, detenido; esa falta de valentía frente a lo que sería posible cambiar.
Comencé este artículo hablando de un puesto en un mercado, que en una pequeña localidad de Málaga, acabará bajando su persiana. No es el primero; en ese mercado, solo quedan unos pocos más abiertos, y más pronto que tarde, el resto se verá obligado a cerrar.
La vida explica claro; pero a veces parece que no comprendemos. Hay gente empeñada también en que lo tecnológico sea lo primero; esos robots que mueven objetos, esos coches que rodarán solos; esos empleados que serán aquí y allá sustituidos por máquinas, por inteligencia artificial; esos genes modificados que alargaran la vida, pero ¿de quién? Lo que se dice menos, es que de ese portento se beneficiarán solo la clase social triunfadora y unas pocas empresas multinacionales, mientras los demás, incluidas las anteriores élites nacionales, empobrecerán.
Supongamos ahora que la familia que tenía el puesto que acaba de cerrar en el mercado, poseía unos pequeños ahorros en un banco, es posible que estos estén trabajando ya, en uno de esos grandes fondos de inversión, por ejemplo, para comprar pisos en las grandes capitales, valga el ejemplo de Madrid, es decir arrojando al extrarradio a los que antes vivían en el centro, con el fin de conseguir una alta rentabilidad para sus inversores. Es casi seguro que la familia que ha bajado la persiana de ese puesto no haya pensado en esto; igual que el que acude al super no ha pensado en esta familia.
En resumen, «es el capitalismo», nos dicen; pero somos nosotros.
Lean, este libro. Lo merece.

sábado, 23 de febrero de 2019

COLETTE: UNA ESCRITORA FIEL A SÍ MISMA




Pilar Alberdi

Tengo varias fotografías de Colette frente a mí, y la veo: seria, seria; gata, gata … Así percibo yo a Colette (1874-1954), una escritora poco conocida en España, a no ser por la reciente película de Wash Westmoreland. ¿Le hace justicia? Sin duda. Es la imagen resignificada y actualizada a tenor de los tiempos que corren de una mujer camino de su liberación: la escritora encerrada por su primer marido en una habitación para que escriba las obras que él firmará poco después, la amante de otras mujeres y otros hombres, la libertina, justiciera, rebelde, y también la convencional con sus tres matrimonios, su maternidad, y la búsqueda del éxito social, pero sobre todo de su seguridad económica. Ella se describió como una empresaria, capaz de obtener buenos dividendos por sus obras, a través de las publicaciones, la representación teatral y el cine. Lo fue, sin duda, y eso le permitió enfrentarse a la vida. Pero también fue más cosas: una adoradora de la naturaleza y los animales; una adolescente orgullosa disimulada bajo las capas de los años. Y aunque hoy una película la haya subido a la tribuna y le haga justicia, con un toque actual y feminista, no puede poner sobre la mesa su literatura, esa feliz destilación de palabras y sentimientos que reúne en algunas de sus obras, aunque ponga por boca de Colette, la frase: «La mano que sostiene la pluma escribe la historia». Para llegar a Colette, hay que leerla.
Por eso, el deleite expresivo de las secuencias cinematográficas, la excelente actuación de las actrices y actores, no puede compararse, aunque se aproxime a la figura de la escritora, con una lectura de sus obras. En este sentido, pondré de ejemplo, Sido, una pequeña pero intensa narración de ambiente familiar donde retrata su vida en el pequeño pueblo de Saint-Sauveur, en la Puisanye francesa, en un entorno en donde las casas se unían por detrás en amplios patios y jardines, con sus huertos. Escribirá: «Oh, amable vida civilizada de nuestros jardines! […] Veranos casi sin noches porque me gustaba ya tanto el alba, que mi madre me la concedía como premio» para poder ser la primera en pisar el campo, en recoger arándanos, en espiar la eclosión del sol.
Imaginemos, si nos es posible, una vida sin radio ni televisión, donde sus hermanos, como ella explica, leen a todas horas, y los gatos son una especie de parte matereológico diario. «Va a helar, la gata baila». […] «Cuando se trata de un leve viento pasajero, la gata se enrosca en forma de turbante con el hocico incrustado en el movimiento del rabo», es la madre quien habla por boca de la escritora. «Y si se trata de un gran frío, el gato resguarda la planta de sus patas delanteras y las dobla en forma de manguito». De la madre, «Sido», diminutivo de Sidoney, nombre que también lleva Colette, es de quien recibe ese agudo sentido de la observación. Es un tiempo en que las «visitas» se devuelven, y si sobran flores y frutos se envía a los hijos a repartirlos entre los vecinos.
El padre de Colette, es para la madre, su segundo marido. Tras su fallecimiento la familia descubrió en los últimos estantes de su biblioteca personal unos cuadernos en blanco en donde había escrito los títulos de obras nunca escritas, de las que tampoco había algún resumen o idea. Fue para el conjunto familiar, la revelación de que habían tenido en la familia alguien que había mantenido en secreto «la ilusión de una carrera de escritor». Precisamente lo que Colette sería después, lo que su padre no llegó a saber, y a ella le dolía, porque además, pensaba le había conocido poco. «Amargamente; ahora estoy segura de ello, el ausente necesita tiempo para recobrar su verdadera forma en nosotros. Muere, madura, se fija. “¿Eres tú? ¡Por fin…! No te había comprendido. Nunca es demasiado tarde, puesto que he comprendido lo que mi juventud me ocultaba en otro tiempo, mi animado, mi alegre padre mantenía interiormente la tristeza profunda de los amputados. No nos dábamos cuenta apenas de que le faltaba, cortada por arriba del muslo, una pierna. ¿Qué hubiéramos dicho viéndolo andar de pronto como todo el mundo?» Aquellas hojas blancas ―explicará Colette― las usarían posteriormente para escribir recetas de cocina, forrar frascos de confituras, y hasta para ser emborronadas por los niños de la familia. «El capitán» como era conocido, por su participación en la Primera Guerra Mundial, donde perdió una pierna, construía para divertimiento de Colette casitas de escarabajos, con sus puertas y ventanas, y barquitos de madera. Y así, mientras este hombre según la observación de Colette, «amaba sin medida» a su madre, Sido lo hacía «con un amor invariable», y respetuoso. Una madre que para saber la hora no consultaba el reloj, sino la altura del sol sobre el horizonte; que conocía como la mejor de las campesinas todos los nombres de las flores y árboles de la región, y que escapaba todos los años unos días a París, quizá con la secreta intención de recuperar sus años juveniles, marcó la curiosidad de conocimiento de Colette.
La relación que unía a la madre con los gatos, pasó también a Colette, ocupando un espacio significativo en su vida. Escribió: «el único riesgo que se corre con los gatos es el de aumentar el conocimiento». No le faltaron perros. Y ¿qué le daban los perros? «Lejos de mi intención olvidaros, perros vehementes, maltratados, hartos de nada, ¿cómo podría pasarme sin vosotros? Os soy tan necesaria… Vosotros hacéis que yo sienta lo que valgo».
En una colección de artículos, Los zarcillos de la vid, entre otros temas, ajusta sus cuentas con el tiempo. Lo hace especialmente en el artículo titulado: «Ensueño de Año Nuevo». Dice: «Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma. Un año más… ¿para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba cambió para mí la forma de los años». Los años ya no volverán a ser «aquella cinta desenrrollada que de enero ascendía a la primavera», luego al verano y finalmente subía hasta llegar al próximo Año Nuevo. Era aquel, el tiempo lento de los años juveniles… El espejo en que se mira, y al que le habla, no le devuelve ya a la adolescente que fue, pero continúa admirándola en la lejanía; sabe que ya nunca volverá a tener aquel orgullo, aquella arrogancia salvaje. Se conduele, y al mismo tiempo se consuela: «Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria». Finalmente, dirá: «Sigue el camino, tiéndete solo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada…»
«Duerme privilegiada…» Sí, privilegiada, por haberse mantenido, fiel a aquella adolescente, por no haberla abandonado nunca.
Colette, también fue la mujer que voló en globo, en dirigible, en avión; la periodista que lamentaba no poder vestirse como los hombres porque así la policía no le pondría reparos para acercarse a la escena de un crimen; con el tiempo recibió el Premio Goncourt ,y en sus últimos años la hicieron miembro de la Academia.
Y así, mientras miro sus retratos, estas imágenes que ahora me ofrece Google, pienso: «Ahí está: «seria, seria; gata, gata», Colette, la vieja adolescente, fiel a sí misma.


Referencias: Las citas corresponden a los libros. Sido. Ediciones G. P., Barcelona, 1972, y Los zarcillos de la vid, Plaza & Janés, Barcelona, 1983.


Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.

jueves, 7 de febrero de 2019

EL EFECTO MATEO


Pilar Alberdi

¿Es la mitad de la población sadomasoquista? Así lo pensaba Erich Fromm en su Anatomía de la destructividad humana. El sadomasoquista, al mismo tiempo que es capaz de doblegarse de modo abyecto ante la autoridad, se impone despóticamente sobre sus inferiores en cuanto tiene ocasión. Una sociedad en cuyos platos de la balanza podemos observar esta condición existencial se vuelve peligrosa, según la época, y aún más cuando una gran masa de la población se torna necrófila. Hitler fue un necrófilo. Es decir, un necrófilo, en casos como el suyo, es aquel que no se contenta con ver sufrir a otro bajo su sometimiento, sino que aspira a su aniquilamiento. En suma, una sociedad que necesita dominar a otros es la que ha dado éxitos a obras recientes como 50 sombras de Grey. Pero, tal vez, debamos partir para analizar estos hechos, no solo de lo exterior, sino mirando hacia nuestro interior, doblemente oculto por la máscara cultural y la personal.
Por este motivo, voy comenzar este acercamiento al autoritarismo y la agresividad con autores cristianos, una es Madeleine Delbrél (1904-1944), y otro, Herman Broch (1886-1951), escritor de origen judío convertido al catolicismo en su madurez, para continuar con otro de origen sefardí, pero no católico, Elías Canetti, porque me parece que en sus palabras se encuentra una noción de humanismo que, cuanto menos, es garante de la conciencia de la existencia del Otro, y del enorme temor que tienen los que dominan, a la muerte, esa que no quieren para sí, pero que otorgan con desmesurada ira a los demás.
Lo primero que señalan algunos de estos autores, por ejemplo Herman Broch, es que el Estado tiene su ideología. Dentro de esa ideología que hace posible al Estado, y que no fue otra cosa en sus comienzos que la suplantación de las creencias religiosas por un Estado confesional, capaz como en el pasado lo hicieron las religiones, de inaugurar un doloroso camino de guerras y enfrentamientos para el despliegue de su colosal obra. El Estado como ideal suponía una mejora de la vida en la tierra, pero sabemos que no solo eso, también sería raíz generadora de males como el colonialismo, con su carga xenófoba y racista, y base sustancial para el surgimiento —entre otras— de las dos guerras mundiales.
La escritora Madeleine Delbrél, por su parte, nos recuerda que «esos últimos» [citados en el Evangelio], para los que existe la promesa de convertirse en los primeros, no son unos «“últimos” imaginarios, ni siquiera unos últimos a nuestro estilo». No. Sencillamente, «Son los últimos que los hombres toman por últimos sin preguntarles su opinión; personas que deben pedir todo a los demás, porque no tienen nada, que les permita tener algo». Son, en definitiva, unas personas que reciben de los demás, no aquello que más necesitan, sino la condición de «últimos», con las terribles consecuencias que esto pueda suponer.
Hegel asumió el juego de la razón utilitarista de la Historia como la lucha de los pueblos o de las culturas o, mejor cabría decir de los juegos de poder, por eso sitúa a «los últimos» (personas o conglomerado de personas reunidas en pueblos, naciones o Estados) como aquellos que pareciendo, por la fuerza de otros más poderosos, más débiles e inferiores, son rechazados, deportados, vencidos, sometidos, aniquilados; simples descartes humanos para la burguesa «trinidad hegeliana» constituida por la Razón, Dios y el Estado.
Si para Husserl, el papel del filósofo debía ser el de convertirse en «el defensor de la humanidad»; algo imposible desde los planteamientos de Hegel que está del lado de los triunfadores, es decir, de una mínima parte de la humanidad; para Herman Broch, «La filosofía ha perdido el principio del conocimiento que se ha hundido muy hondo» (La muerte de Virgilio) desde que surgió en el pasado. También para Broch, un escritor verdadero debería estar por entero, enfrentado a su época, porque la luz que nos ilumina, social, política, etc., no es más que un fuego fatuo, mientras nos conducimos a la muerte. Frente a este «valor cero» o falso valor de la muerte, aquí Broch demuestra el interés que sintió en su madurez por la lógica matemática, el verdadero valor, tiene que estar en la vida. No puede haber conciliación con la muerte, y no puede darse a otros impunemente. De hecho, la mirada crítica hacia la muerte es razón suficiente para potenciar la vida, pero cómo o en qué sentido, ahí radica la importancia del tema.
Quizá, a algún lector pueda parecerle extraño que Broch se convirtiera al catolicismo, del mismo modo que en su día también lo hicieron Oscar Wilde y Gilbert Chesterton, mientras otros manifestaron un acercamiento consecuente como fue el caso de Henri Bergson, quien finalmente optó por mantenerse dentro de la religión judía por no parecer traidor al destino de los suyos.
Algunos de los escritores que he citado vivieron y padecieron las dos últimas guerras, por eso pueden presentar estos temas de manera aguda. El horror no es algo que haya quedado al margen de sus vidas. Y la peste que asoló el siglo XX, tenía claramente la forma del fascismo.
Elías Canetti nos recuerda en el largo ensayo La conciencia de las palabras que el deseo innato que mueve al hombre a seguir adelante en la vida es el de la «supervivencia». De ahí, que no debería extrañarnos que la paz solo encubre otras guerras, especialmente económicas, de dominio comercial, que son en general, espacios de preparación para las que vendrán.
Como el poder y la supervivencia están imbricados, a más poder, mayor deseo de supervivencia, y también mayor negación de aquello que aparece como débil, pero cuya presencia resulta por alguna razón, amenazante. Ninguna de estas prácticas sería posible masivamente sin un discurso que las estimule.
El deseo que hoy recorre Europa con la aparición en varios países de grupos y partidos neofascistas manifestándose abiertamente a favor de la expulsión de inmigrantes, aclaremos, de inmigrantes pobres, de Oriente Medio o África y de religión musulmana, solo habla, y esto es lo trágico, del deseo de supervivencia del hombre común europeo frente a la crisis económica y política ―propia de la globalización y del cambio climático―, del que sin duda es parte responsable, y que ha afectado a su modo de vida; pero muy especialmente por otra pérdida: la de valores que incluyen el reconocimiento de la dignidad humana, sin cuya base es imposible nuestra humanidad común o aquello que consideramos garante de la misma. Afirma Canetti: para el que tiene poder «el placer que le causa sobrevivir va aumentado con su poder» y esto le permite ceder a sus deseos de doblegar e imponerse al Otro. El último y verdadero deseo que subyace en esta supervivencia es el de sobrevivir a grandes masas de personas. ¿Recuerdan al personaje de Ismael en Moby Dick? Igual que Job, sólo él escapó para contarlo. ¿No creen que en el fondo del pensamiento de todos subyace esa idea? ¿En qué piensan los ricos que se construyen bunkers? ¿De qué hablan aquellos científicos que explican que la salvación de la humanidad depende de los viajes al espacio? Al margen de todas las connotaciones religiosas que muestra la obra de Melville, explicada por el propio autor en su correspondencia, en donde la ballena blanca es la representación de Dios y el capitán Ahab del demonio (hombre), me pregunto: ¿el obrero europeo que se suma a las ideas de expulsión de inmigrantes más pobres que él, qué siente? ¿No será, acaso, poder? ¿Tal vez encubre en su ocultamiento psicológico, la idea de su propia salvación a partir del apartamiento o la destrucción del Otro? ¿Hasta dónde puede ser posible este desconocimiento si advertimos sus consecuencias?
Desgraciadamente, en esta vida se impone a diario lo que se ha dado en llamar «el efecto Mateo», concepto utilizado por primera vez por el sociólogo Robert K. Merton y que remite al Evangelio de Mateo: «Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará». Algo que se repite de muchos modos en la vida. Y solo pondré un par de ejemplos: si tienes dinero los bancos te darán más dinero; o el del propio Merton, si eres un científico muy citado en artículos, lo serás más.
Este es el horror y nosotros debemos conocerlo, debemos saber que existe dentro nuestro, que el poder no es algo que está en otra parte, sino que somos parte de él; «circula en cadena» según la acertada definición de Foucault, y que la tentación de ser más que el Otro, de sentirnos más seguros, nos determina, y que domesticar estos impulsos es propio de gente que reflexiona. «No nos engañemos, nunca seremos buenos» decía Herman Broch. No, ser bueno es casi un imposible, porque ser bueno es ser manso y tener en consideración a los demás; ser bueno es casi imposible por nuestra propia constitución y por la moral utilitarista que rige la época. Y considerar que por ser ciudadanos de un Estado esto nos permite negar al Otro, ocultando la humanidad que nos reúne, no deja de ser una absurda idolatría.



Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.

sábado, 5 de enero de 2019

UNA SOCIEDAD DE ADMIRADORES Y ADORADORES


Pilar Alberdi

Decía Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759): «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable» o «Hay más gente buscando un puesto de trabajo de la que pueda conseguirlo», frases que nos recuerdan lo que sucede en nuestros días, y que para el autor fueron un anticipo de su libro más conocido La riqueza de las naciones (1776).
Voy a intentar hacer una síntesis con los puntos principales de su Teoría de los sentimientos morales. Smith afirma que tanto los afectos como las acciones proceden de los «sentimientos», y que estos son posibles gracias a la «imaginación». Sinceramente, una no esperaría hallar esa palabra, «imaginación», en una teoría moral, pero ahí está, luminosa como la luz de un claro día de verano, y pronto nos vemos obligados a darle la razón: ¿podríamos sin «imaginación» ponernos en el lugar de otro?
Afirma Smith: «lloramos incluso ante la representación imaginaria de una tragedia» porque hemos sabido colocarnos en el lugar de los personajes. Y, ¿de qué modo simpatizamos con los pareceres y opiniones de los demás? Por supuesto, a través de los sentimientos, pero siempre, contando con la imaginación. ¿Qué es sino esa enorme alegría que sentimos al percibir cómo compartimos con otras personas sentimientos parecidos? ¿No es eso lo que vivimos cuando nos enamoramos, cuando compartimos amistad o disfrutamos en compañía de otras personas de distintas actividades sociales? La imaginación, esa maravillosa diosa, nos permite ser conscientes de las alegrías o de los sufrimientos de los demás. Nos hace ricos en emociones y nos transforma.
Adam Smith crítica los privilegios sin contrapartidas que ostentaba la nobleza de su época. Dice: «los grandes jamás consideran a los inferiores como iguales», y esto que debería preocupar a los inferiores, da como resultado que los inferiores admiren a la grandeza. Por eso, critica que la grandeza sea contemplada con «el respeto y la admiración que solo se deben a la sabiduría y la virtud». Y añade: «La amplia masa de la humanidad está formada por admiradores y adoradores, y, lo que parece más extraordinario, muy frecuentemente por admiradores y adoradores desheredados de la riqueza y la grandeza». Y ¿qué vemos hoy? Más de lo mismo. Hoy no se admira el conocimiento, la dedicación de toda una vida a una tarea que acaso a ojos de la mayoría pueda ser inútil o pasar desapercibida; los admiradores del presente ven programas de televisión o compran revistas donde los ricos de vieja alcurnia enseñan sus palacetes y mansiones, incluso sus museos; los nuevos ricos sus yates, amantes, e hijos; los famosos, sus escándalos; y las realezas, sus retoños. Pero no es Adam Smith, el único que habló de sentimientos, también lo hizo Stuart Mill, uno de los padres de la «Teoría utilitarista». Decía este, que el «Principio de la felicidad para el mayor número» constituía el criterio de la moralidad. Y aunque algunos negaban este derecho, para Bentham, Mill y otros, no se trataba tanto de garantizar la felicidad como de «prevenir la infelicidad», teniendo en cuenta que, aunque «la mayoría de las acciones están pensadas no para beneficio del mundo sino de los individuos, es a partir de estos que se constituye el bien del mundo». Lo que pasa es que, si se protege más el egoísmo de unos que el de otros, queda poco para repartir.
Ahora, preguntémonos: ¿qué es para Stuart Mill lo que sostiene la conciencia? Pues sí, también, exactamente eso: los sentimientos. La elección de nuestros actos se basa en esa sensación preferente de comodidad que podemos tener si hacemos las cosas como percibimos que deberíamos hacerlas, y no al contrario. Por eso, dice: «No cabe duda de que esta sensación [la de la conciencia] no tiene fuerza vinculante en aquellos que no poseen los sentimientos a los que se apela». ¿No es acaso eso lo que pensamos de quienes infringen daños psíquicos, físicos y morales a los demás? ¿No decimos de ellos que, si nos parecen inhumanos, es porque intuimos les falta conciencia?
Visto lo visto, lo que nos dejan claro estos pensadores, y, muy especialmente Adam Smith, es que «imaginación» y «sentimiento» van de la mano, y que no es otra cosa, dicho de una manera sencilla, que eso que la cultura popular ha enseñado siempre en un refrán como la capacidad «de ponerse en los zapatos de otro». Y a eso, yo no dudaría en llamarle: sabiduría.


Artículo publicado en El Cuaderno Diciembre 2018.


¿TODOS TENEMOS DERECHO A UNA OPINIÓN?



Pilar Alberdi

«La vida de las palabras no es independiente de las ideas». Réne Guénon

Todos creemos que tenemos derecho a una opinión. El profesor David Godden en su artículo «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático» , explica cuál es el método que ha utilizado para saber qué piensan los estudiantes universitarios que acuden a su clase sobre esta cuestión, y si estarían dispuestos a cambiar su opinión por otra.
Somete a los estudiantes a que escriban en un papel su opinión sobre un determinado tema que él les plantea. Luego, recoge y reparte aleatoriamente esas opiniones, y les pregunta si aceptarían la que han recibido. La respuesta es, fundamentalmente, «no». Prefieren la suya. No ceden ante la posibilidad de ampliar hacia otra perspectiva y zanjan la cuestión con la conocida excusa de que «todo el mundo tiene derecho a una opinión». A lo que David Godden contesta que solo tienen derecho a tener una opinión aquellos que pueden ofrecer razones. En realidad, el caso es algo más complejo de lo que acabo de describir, pero en esencia es así.
David Godden reconoce que las charlas de su homólogo, Patrik Stoken, quien suele afirmar: «No. No todos tienen derecho a tener una opinión» le motivaron a escribir su artículo. Esto me recuerda la pregunta de Kant: «Si ahora nos preguntáramos; ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?; la respuesta sería: ¡No!; pero sí vivimos en una época de Ilustración» . La verdad es que tras escribirlo me asaltan las dudas. Cualquiera diría que en parte permanecemos en aquella minoría de edad que él denunciara. Hoy tenemos educación, pero ¿pensamos por nosotros mismos? Pensar supone tener creencias. Y esto como señalaba William Clifford, no es poca cosa. Porque «una acción cuando se ha llevado a cabo es correcta o incorrecta para siempre» y toda acción tiene que ver con una creencia. Por tanto, deberíamos analizar continuamente nuestras creencias, porque cada una de ellas reafirma las anteriores y evita la llegada de otras nuevas o mejores.
Pero, tomemos en cuenta esas palabras: «opinión» y «creencia», y vayamos al diccionario. ¿Qué dice allí? Veamos. «Opinión»: «Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», y a continuación en «Opinión pública»: «Sentir o estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados»; ahora, nos fijamos en la palabra «creencia», y encontramos su primera acepción: «Firme asentimiento y conformidad con algo». Por tanto, una opinión siempre se asienta sobre una creencia del tipo que esta sea. De tal hecho, se deduce que una creencia incide y sirve de fundamento para el resultado de nuestras opiniones y de nuestros actos, sean que los realicemos o no, pero aún si no los realizamos, influyen indirectamente sobre nosotros y el sentido de nuestras creencias futuras y sobre las de los demás. Y, por supuesto, las de los demás sobre las nuestras.
Después de afirmar que la filosofía descansa en una práctica argumentativa basada en «pedir y dar razones», de la que Sócrates es el ejemplo elegido, se sorprende Godden del invariable resultado de la prueba a que somete a sus estudiantes. Él, pretende crear una «disonancia cognitiva» al intentar que cambien las opiniones dadas si encuentran otra mejor. Al enfrentarlos a una opinión diferente, quisiera verlos forzados a replantearse la suya, pero, muy por el contrario, cada uno se aferra a la emitida con más vehemencia si cabe. Es entonces cuando el profesor les dice, que si bien tienen «derecho político» a tener su opinión, no tienen «derecho racional» a la misma, si no pueden dar razones. ¿Pueden darlas? No sabiendo dar razones del propio pensamiento, ¿bajo qué condición de verdad van a juzgar las de otros? ¿Cómo pueden saber que aquellos argumentos que otros sostienen no son mejores o cómo van a poder determinar cuáles son peores?
Sentimos sobre estas apreciaciones la larga sombra de Kant, cuando decía que hay una conciencia moral universal, de la que todos tenemos conocimiento.
Godden llama la atención sobre el hecho de que la «legitimación política» para emitir una opinión es un derecho básico (que incluso puede ser punible en ciertos casos según sea la ley), pero ese derecho básico que permite a todos tener una opinión, no exige justificarla, en consecuencia, muchos tienen opiniones como quien tiene cuadros colgados de las paredes de su casa. Cuando estas opiniones que se poseen del mismo modo que se tienen otras cosas, sin mayor reflexión, cansan o se pasan de moda, se cambian por otros. La «legitimación política», de algún modo aquella Constitución civil ideal que pensara Kant, permite tener una opinión, pero no garantiza que quien la tenga pueda justificarla con razones. Quizá oyó esa opinión en un programa de radio o en uno de la televisión o la leyó en un periódico, y ni siquiera la contrastó. Exenta de «legitimación racional» esa opinión que también es creencia o publicidad pasa de boca en boca hasta que ya no tiene sabor, y alguien se la traga definitivamente.
Por supuesto que a Godden le preocupa cómo piensan los jóvenes y deja el porqué de tal conducta a nuestra imaginación. Pero, ¿y los adultos, que hacemos con nuestras opiniones y creencias? ¿De verdad son nuestras? ¿Por qué nos parece que los jóvenes se aferran a sus opiniones más que los mayores, aunque sean incapaces de defenderlas con razones? Yo encuentro que la respuesta es sencilla. A los jóvenes, desde niños se les enseña a obedecer, dentro de instituciones como la familia, las de tipo religioso, la educativa. Si el joven ―y antes el niño que fue― tiene una opinión propia, en general, y salvo que tenga una familia de tipo protectora o democrática y no rígida, no expresará su opinión más personal por temor a las consecuencias. Dirá lo que se espera que diga, la que está acostumbrado a oír; responde, en suma, del modo en que se le ha educado. Luego, cuando el joven comienza a salir de su entorno, en la adolescencia, se encuentra con sus pares, que es un grupo de notable influencia, y allí también será sometido a la dura prueba de dar su opinión verdadera o replegarse a la opinión de la mayoría si quiere seguir siendo parte del grupo en cuestión. Lo habitual, lógicamente, es el sometimiento al grupo; además, una persona aparece como normalizada si tiene amigos, aunque estos, realmente no pasen de ser coleguillas. A fin de cuentas, el joven depende de los adultos para sobrevivir, y sabemos que el espécimen humano que más abunda en el mundo es el de los «obedientes». Obediencia que se presenta como virtud pero que nace de la credulidad, impuesta afectivamente, léase con autoridad. El joven precisa, además, hacer su camino para ganar experiencia en la vida; luego, se ve enfrentado a decir lo que piensa verdaderamente o lo que parece que todo el mundo piensa; y elige lo que le es más cómodo.
Hoy llamamos ser «razonables» a vivir de acuerdo con las normas sociales de convivencia, a ser educados. Se vive en la insinceridad por contagio, ¿cómo soportaría tanta gente las condiciones en que les toca vivir o trabajar? Pero ser educados no es ser razonables. La mayoría de las veces ni siquiera basta con querer ser racional, hay que ser valiente. Se necesita ser valiente hasta para ser bueno. Se prefiere la opinión parecida a la de uno o mejor aún, la opinión general, que favorece la no-discordancia externa o al menos el disimulo sobre las propias dudas. Y el consenso, que no falte, pero que haya consenso no quiere decir que hay racionalidad.
Cuando a Hume, algunos hombres de la aristocracia le preguntaron quien ganaría la disputa entre la realeza y la aristocracia, si todos los aristócratas juntos tenían la misma fortuna que la realeza, el filósofo contestó que ganaría la realeza, porque su patrimonio estaba unido y podía tomar decisiones sin tener que conciliar con otros, y también ganaría por la «opinión», que era la que realmente movía el mundo. La opinión, o sea, en su caso, la tradición. Lo que nos ayuda a intuir que la riqueza puede favorecer un cierto tipo de opinión basado en la tradición que favorece a su vez a la consolidación de la riqueza y de ciertos rangos de poder, y allí donde el círculo se cierra vuelve una y otra vez a comenzar, afianzando las mismas creencias.
La credulidad es como un contagio de la ignorancia, por ejemplo, el presidente Busch anunció que era posible que Sadam Huseim tuviese armas químicas y con esta mínima evidencia inicio una guerra no declarada como tal, cuyas consecuencias repercutieron en la vida de millones de personas. Jamás se encontraron aquellas armas. Pero como este, se podrían poner muchos ejemplos. Y la pregunta es: ¿En qué medida son responsables quienes han creído lo que Bush decía? ¿Qué otras creencias anteriores facilitaron esa última?
Resulta evidente como pide Clifford que a las creencias hay que revisarlas a menudo. ¿Qué pienso? ¿Por qué pienso eso? ¿Cómo me convencieron de que tal cosa sea mejor que otra?
Opinar por opinar le parece interesante a mucha gente. Sin embargo, Platón creía que cualquiera valía para opinar, sin tener siquiera conocimientos para hacerlo. Eso es, precisamente, lo que observamos en tantos programas de televisión y radio, a los que se suele llamar «tertulias», y, en realidad, solo se trata de que allí parece que tiene la razón el que grita más fuerte y el que interrumpe el mayor número de veces. Ejemplo que se retransmite directamente a todos los hogares como si esa fuera una ley social de los modales al uso. Y, curiosamente, muchas de esas personas que chillan y no se dejan hablar las unas a las otras, tienen estudios universitarios. Así, mientras buscan en sus teléfonos móviles más información de aquí o de allá, que ellos identifican como «opiniones de sus fuentes», repiten incansablemente aquello de «Déjame terminar mi argumento», mientras el otro le contesta lo mismo, y uno se pregunta, pero «¿qué argumento?», cuando no ha visto cruzar por el aire una sola razón y solo ha visto un baile de informaciones diversas y cambiantes, a las que ellos suelen llamar algunas veces, «opiniones contrastadas»; eso, además de todas esas «falacias» que cruzan a diario los «platós» de las cadenas de televisión y surcan los renglones de la prensa diaria.
Godden dice que se juzga muy mal a quien cambia de opinión. Y tiene razón. Lo habitual es que se valore que si uno es de un partido político tiene que serlo para toda la vida, y, lógicamente, así nos va. Se perdona mejor que alguien se divorcie de su pareja que el hecho de que abandone a su partido, cuando este, en realidad puede llevar años engañándole con políticas que le perjudican, como por ejemplo: aumento de la deuda externa; reducción de los gastos en salud y educación; caótica situación del Fondo de reserva de la Seguridad Social, la conocida como «hucha de las pensiones»; conculcación del derecho al trabajo y a una vivienda digna.
En esta posmodernidad en la que vivimos, hay dos temas que dejamos de lado; uno de ellos es el de la muerte; se aleja a los niños de ese conocimiento, de asistir a funerales, acudir a cementerios o ver personas muertas, y se aleja a los niños de esto, tanto como de decirles la verdad sobre algunos temas. Pero los muertos igual que la verdad, existen, es aquella que ajustada a una «evidencia proporcional», tiene mayor sentido. Y lo que está claro es que vivimos y vamos a morir, y que entre varias razones alguna habrá mejor que otra, por lo que la verdad o si se prefiere la mejor razón, según la evidencia reconocida, existe, y si la buscamos, sabremos encontrarla. Otra pérdida inestimable que se ha agudizado con los tiempos actuales es la pérdida del sentido de lo que somos, la «especie», y eso que tanto Kant como Clifford, sólo por citar dos ejemplos, insisten en que nuestra realización última está ahí, en la especie, y uno no puede ser infiel al futuro de los que han de venir, por eso tiene que pensar bien sus creencias, porque es lo que les vamos a dejar. De momento, por no pensar suficiente les dejaremos el «cambio climático» que da para muchas opiniones pero que es producto de las creencias de una época, aquella que creía en «el mito del progreso». De verdad, parece que pese a las teorías de Darwin, no nos gusta eso de sentirnos especie como si fuéramos animales, que lo somos. Pero lo de la especie, precisamente aquello en que tenemos éxito, ya que nuestras vidas son cortas, pero podemos pasar el legado a las futuras generaciones, no nos gusta, aunque sí nos place hablar de «humanidad». Hoy, bajo el pretexto de una individualidad, una independencia económica personal y una «pseudopersonalidad igual a la de todos», nos contentamos. Sin embargo, nuestra responsabilidad como especie es fundamental, querer ignorarla es desestimar el peligro que supone la crisis ecológica o las políticas de algunos países y empresas que no colaboran a su mejora.
No, no todos somos ilustrados; hay que reconocerlo. Ser un especialista en esto o aquello no nos hace ilustrados, querer mantenernos en constante aprendizaje, sí; dar y pedir razones, sí; y esto incluye el saber reconocer en nuestras propias opiniones las creencias que las sustentan. Hoy, a la razón se la ha disfrazado, parece que alcanza con ser educados en el sentido de seguir las reglas sociales, de saber estar, de no proponer un tema que sea digno de ser ponderado y disputado.
Dice Godden que las personas que se aferran a sus razones «aunque tales personas no pueden ser silenciadas deben ser ignoradas», pero creo yo, que primero tendremos que encontrar a esas personas que razonan. La medida del hombre público, con sus intereses partidarios, mal puede ser la medida del resto de los hombres; la del periodista que se siente con derecho a opinar de todo un poco, tampoco; ni los mass media que responde a los intereses de sus dueños y a los mercaderes de turno.
Lo que deberíamos tener claro como bien dijo William Clifford en su obra La ética de una creencia es lo siguiente: «Una creencia de una persona no es de ninguna manera un asunto privado que le concierna exclusivamente a ella». Si pudiéramos tomar conciencia de esto, algo bueno estaría ocurriendo en el mundo, para empezar, todos seríamos menos crédulos.


Bibliografía:
CLIFFORD, WILILAM. La ética de la creencia
https://es.scribd.com/document/357791756/Clifford-1877-La-Etica-de-La-Creencia
GODDEN, DAVID. «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático».
Revista Iberoamericana de Argumentación. Segunda Época. RIA 14 (2017: 75-105)
https://revistas.uam.es/index.php/ria/article/download/8210/8551
KANT, INMANUEL. ¿Qué es la ilustración? Alianza. Madrid, 2013.
STOKES, PATRICK. «No, you’re not entitled to your opinion»
http://theconversation.com/no-youre-not-entitled-to-your-opinion-9978

Artículo publicado en la revista Cronopio 17/07/2018

martes, 9 de octubre de 2018

¿QUÉ PENSARÁN DE NOSOTROS DENTRO DE DOSCIENTOS AÑOS?


Pilar Alberdi

Decía Mircea Eliade en Mito y Realidad que los artistas «por su creación» (…) «anticipan lo que sucederá ―a veces con una o dos generaciones más tarde―». Alegrémonos, pues, de los Bradbury, los Asimov, los Clarke, Gibson, Leguin, Pohl, Heinler, Dick, y tantos más. Su mundo de ciencia ficción ya está aquí retratado: inteligencia artificial, poshumanismo, planes para viajar a Marte.
He vuelto a leer las obras de teatro de Anton Chejov. Cuando una relee se da cuenta cómo ha pasado el tiempo. Quizá lo que interesó en el pasado, hoy nos parece ya intrascendente, y, sin embargo, somos capaces gracias al conocimiento adquirido de oír otros acordes.
Leo a Chejov (La gaviota,Tío Vania, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos…), y esto es lo que encuentro: el retrato de la burguesía rusa, poco ilustrada; la enorme distancia social con los siervos; el desprecio hacia los siervos ancianos que no son útiles en sus tareas y en algún caso su defensa; mujeres que aspiran a poder trabajar para conseguir su independencia, para dar sentido a sus vidas, pero que al conseguirlo encuentran que no cualquier trabajo puede satisfacer esa expectativa; también son ellas, básicamente, las que sin romper sus matrimonios tienen amantes, circunstancia aceptada por los maridos; los personajes que identificamos como los álter ego de Chejov (médicos o escritores) realizan su trabajo con responsabilidad y buena disposición pero disfrutan verdaderamente de lo placentero de la vida cuando pueden salir a dar un paseo, a pescar o acudir al teatro, esto cuando están en la ciudad, pues las obras de Chejov se desarrollan en el campo o en pequeñas ciudades. Además, estos personajes muestran su preocupación por temas ecológicos, como por ejemplo, la tala indiscriminada de bosques, que nadie parece controlar.
De estos personajes, probablemente sea Boris Alexeyevich Trigorin como dramaturgo, uno de los personajes de La Gaviota el que mejor represente las angustias del escritor. La escena se desarrolla en una finca. Cuando la joven Nina Mijailovna Sarechnai, hija de un terrateniente, a la que le gustaría ser actriz, le expresa cuánto lo admira, observamos la perplejidad del escritor, que parece preguntarse: ¿qué hay de admirable en la tarea que realiza? ¿El éxito? Ella, le alaba en primer lugar su «buena suerte». Y se lo demuestra opinando sobre la vida de otros hombres: «Los hay que apenas hacen otra cosa que no sea arrastrar una existencia absurda y oscura», en cambio él, «tiene una vida interesante».
Como es lógico, él no puede verse de ese modo, se conoce demasiado bien, y sabe que solo tiene un pensamiento fijo: escribir. Cuando termina una novela, da comienzo otra. «Apenas he escrito una novela y… sin saber por qué tengo que empezar otra. Luego una tercera y después una cuarta».
Me resulta imposible como escritora no sonreír ante esas palabras. Tan sencillo este oficio, y tan complejo; tan exterior y tan subjetivo. El dramaturgo contesta a la joven admiradora: «Escribo sin darme tregua, y no puedo obrar de otro modo. ¿Y qué le pregunto yo hay en todo eso de maravilloso?» El escritor le aclara que cuando no escribe, además, toma nota de cuanto ve, huele, toca, siente, para guardarlo en su «despensa literaria», o sea, siempre está escribiendo, incluso cuando no escribe. Si por casualidad huele a heliotropo, explica, su mente registra el dato inmediatamente: «olor empalagoso», y al instante añade «el color de la viudez».
Se da el caso de que plantamos en el jardín de nuestra casa, hace ya bastantes años un heliotropo, era nuestro pequeño homenaje a la poeta Rosalía de Castro, a la que mucho le gustaba esa flor. Ahora, también Chejov va a estar presente cuando mire hacia el arbusto. Pero, lo que importa para este artículo es, no solo el buen hacer del escritor que pone en ello todo su empeño, obediente a una obligación que no alcanza a adivinar cómo se ha impuesto a sí mismo con ese grado de severidad, sino: ¿qué piensa esa burguesía del futuro? ¿Cómo lo imagina a doscientos o trescientos años? Este tema, importante de por sí, se alude en varias de las obras de Chejov, y siempre de un modo similar: el progreso obrará milagros, habrá educación para todos, por lo que llegará a tener sentido saber dos o tres idiomas, y de allí a doscientos o trescientos años, ya muy lejos de ese final del siglo XIX, la humanidad será feliz. Sin embargo, un par de preguntas queda en pie enlazando ese deseo generoso: ¿Nos recordarán? ¿Serán conscientes de cuánto sufrimos?
Dejo a Chejov y sus obras; dejo también a esa burguesía rusa que aún no conoce, aunque algo intuye, lo que iba a llegar más tarde, y me acerco a la novela La marca de George Orwell, ya en pleno siglo XX. Como una gota en el gran océano del Imperio británico, Orwell conoce bien ese mundo, por haber sido parte de él, y como autor es uno de los que mejor diseccionó los totalitarismos. Recordemos obras suyas como Rebelión en la granja y 1984, donde la vigilancia, la mentira, el control sobre los individuos, el oscurantismo, el castigo, la desaparición de personas, el racismo a partir de las diferencias étnicas, la propaganda política, y las guerras no-totales, generadoras de negocio, son normas habituales.
No conocía esta novela y entro en ella sabiendo que algo especial encontraré: esa visión, ese apunte sobre la debilidad de las personas para ser ellas mismas, frente a una política que las amalgama o al menos lo intenta en un pensamiento común, unitario, en general poco ético, con el que el poder de turno dirige sus vidas.
El argumento de la obra se desarrolla en Birmania. Los europeos que viven allí (oficiales del ejército, propietarios de plantaciones, comerciantes…) se reúnen en los llamados Clubes ingleses, y en el escenario de la novela como era de esperar existe uno. De repente ha llegado la orden de que se debe incorporar a cada uno de esos Clubes un representante de los nativos. Una especie de seguro de buena convivencia, frente a la amenaza creciente de revueltas y estallidos sociales. Es una oportunidad para mostrarse cercanos a los nativos. Evidentemente, la orden provoca rechazo entre los europeos. En la práctica, los blancos que se reúnen en esos clubes exclusivos, en los que los grandes ventiladores de sus amplios salones son accionados desde fuera gracias a cuerdas de las que tiran los nativos, no quieren dejar atrás sus privilegios y no están dispuestos a aceptar la orden. Nuestro protagonista está harto de oír lo que se dice de los nativos en el Club, hay incluso quien les llama «negros». Como oficial del ejército, mantiene amistad, si cabe llamarlo de este modo, con un médico nativo, es una amistad de conveniencia donde el nativo puede intimar en cierto grado con esa cultura a la que considera superior, luego veremos por qué; mientras el europeo, no sin tomar algunas precauciones, puede expresarse con cierta libertad o puede hablar de temas que sería imposible hacerlo con los europeos.
En la obra se deja claro que el médico no ha pasado por una universidad, pero que sus conocimientos sirven para atender las necesidades de los habitantes locales.
En una de estas reuniones, el médico le manifiesta el deseo de ser incluido como miembro del Club inglés, y le ruega que lo recomiende, lo que le pondría a salvo de un plan que ha urdido otro nativo, con más poder y más influencias, en su contra. Conociendo a los suyos, y lo que estos opinan de los nativos, el oficial no alcanza a entender cómo desea estar con ellos; pero el médico sencillamente vela por su propia seguridad, y el espejo del poder extranjero que representa el Club inglés sería su mejor defensa.
Hablan del tema y no logran ponerse de acuerdo. El médico le manifiesta su opinión. Básicamente le dice que los ingleses han traído la paz. Pero donde el nativo observa que los ingleses han implantado el progreso, el oficial le indica que lo único que han creado las escuelas coloniales son «fábricas de empleados baratos». La «pax británica», esa que avanza por la fuerza, llevando por delante la bandera del «Progreso», solo supone la defensa de los intereses británicos en la región. Por quitarles —le dice— les han arrebatado hasta la creatividad, y con ello la industria que antes realizaban con éxito. Le explica: «Fíjese hacia 1840 se construían en la India buenos barcos y los sabían manejar muy bien. Ahora nadie sabe construir allí ni un bote de pesca. En el siglo XVIII los hindués sabían fundir cañones que estaban a la altura de los europeos. Ahora, después de un dominio inglés de ciento cincuenta años, no son capaces de hacer un simple cartucho» (…) ¿Qué ha sido de las muselinas hindués?». Ya no se fabrican en la India.
Me quedo pensando en esas palabras, y en estas: colonialismo, globalización… Es verdad que las diferencias pueden ser muchas, y, sin embargo… Se deslocalizan fábricas, se desindustrializa una región para industrializar otra donde la mano de obra salga a precio de saldo, y la miseria —como nos recuerda Victor Hugo en Los miserables— siempre tiene víctimas para ofrecer.
¿Este oficial que lo percibe todo y no hace nada para cambiar los hechos es mejor que sus compañeros? ¿Este hombre que tiene una amante nativa a la que trata como a una sierva, y a la que desestima cuando aparece una señorita inglesa casadera, puede colaborar a la libertad de los demás? Este sujeto que lo primero que hace cuando llega a su casa, para distraerse, es poner en el gramófono un disco de moda de los años 20, uno que le recuerde su tierra o el resto de Occidente, y lime su añoranza, al mismo tiempo que sabe que le será difícil regresar porque siente que ya no es de ninguna parte. Lo que es real es que él también se siente en una cárcel donde se ve obligado a un cierto tipo de comportamiento: camaradería con sus pares, superioridad y desprecio a los nativos.
Como no logran ponerse de acuerdo en su conversación, como el nativo parece no comprender lo que el oficial ve tan claramente, sentados los dos frente al bello paisaje oriental, mientras beben alcohol, el oficial levanta un pie que apoyaba sobre la baranda y señalando el paisaje con él, expresa: «A veces pienso que dentro de dos siglos todo eso…, todo eso se habrá esfumado: bosques, pueblos, monasterios, pagodas… En su lugar habrá pequeños hotelitos separados cincuenta yardas unos de otros. Se extenderán por esas colinas, todo lo que la vista pueda abarcar con todos los gramófonos tocando la misma canción».
Escribo esto mientras escucho la «canción del verano», un éxito a nivel mundial. Esa canción que repiten invariablemente en todos los bares a través de los televisores y las radios; esa canción que el año pasado tenía otro título y al siguiente otro distinto; esa canción que une sentimientos y pensamientos comunes, mientras miro desde el paseo marítimo cómo pasan los cruceros con sus miles de pasajeros camino del puerto. Luego, al detenerme frente al pequeño local de una agencia de viajes veo la oferta de unas vacaciones especiales en Oriente y unos «vuelos baratos». Y pienso en esa gente capaz de recorrer 10.000 kilómetros o más para pasar unas vacaciones de quince días encerrada en un complejo hotelero de lujo al otro lado del mundo, apartados de todo, incluso de la pobreza y la realidad social que les rodea, porque resulta exótico contarlo en varias fotos de playa o selva acompañadas de muy pocas palabras en sus cuentas de Instagram, Facebook o Twitter. Entonces, me pregunto: ¿cómo evitarlo? Pienso en Orwell, y me digo: «¡Qué razón tenía!» Cómo acertó en su predicción de «los hotelitos»… Y en Guy Lebord y su libro La sociedad del espectáculo donde explica sencillamente cómo el turista es una mercadería más que hay que enviar a otros territorios para que rinda su plusvalía. Y recuerdo a Chejov, ¡cómo no recordarlo!, él y sus pensamientos de cómo sería la vida doscientos años después, cuando imprevistamente decido que debo apuntar en mi libreta de notas una escena que acabo de ver en la playa, y que podría ser importante en un cuento. En eso estoy, cuando vuelve a sonar la canción del verano. «¡Otra vez!», pienso. Y sé que al otro lado del mundo estará ocurriendo lo mismo. Y vuelvo una vez más sobre las palabras de Orwell, precisamente a esas en las que le pregunta al nativo: «¿A dónde cree que conducirá este progreso?» Y sin esperar respuesta, él mismo se contesta: «A nuestra alegría de gramófonos». Sí, «nuestra alegría de gramófonos», eso es todo; pero ¿podríamos cambiarlo?, creo que deberíamos intentarlo.


Artículo publicado en El Cuaderno 08/10/2018

Enlace: Si quieres oírla, así sonaba aquella música de gramófono de los años 20 del pasado siglo.

miércoles, 1 de agosto de 2018

EL NAUFRAGIO HUMANO: LOS NOMBRES DE LA DESIGUALDAD



Pilar Alberdi

Supón que naufragas en el mar y la buena fortuna te acerca a una isla. Con la esperanza de ser rescatado decides organizar tus días; improvisas una balsa y regresas a los restos encallados del barco para recuperar provisiones. Recoges ―entre otras muchas cosas― herramientas de carpintero, cuerdas y tablas que podrán servirte de gran ayuda, además de velas, papel y tinta, incluidas galletas marineras. Después, aprovechando parte de los elementos que has reunido, te construyes ―guareciéndote en el interior de una cueva―, una rudimentaria vivienda, a la que cercas con una alta empalizada. La única forma de entrar o salir es con una escalera de mano que has preparado con esmero. El futuro, a partir de estas primeras previsiones, será tan favorable para ti, que pronto construirás nuevos refugios a los que llamarás «casas de campo», incluso tendrás allí algunos cultivos; como si esto no fuera bastante felicidad encontrarás en la isla un perro y dos gatos que te darán compañía, y de las cabras salvajes que has visto en los riscos te harás con un rebaño de no menos de cuarenta animales. Y como tu pasado era el comercio de mercancías y la propiedad de plantaciones, pronto sentirás la necesidad de llevar un inventario de tus nuevos bienes, y un poco después también te pondrás a la tarea de escribir un Diario para relatar tu vida en la isla. Evidentemente, no puedes olvidar el mundo del que vienes, y ese inventario y el Diario son su manifestación tangible. Por cierto, a la isla no le has puesto un nombre.
Pasa el tiempo, un día, de la manera más inesperada llegan a tu isla, está claro que ya la consideras tuya, varios hombres, con la intención de asesinar a uno de los que van en el grupo. Ante la situación, tú lo salvas. Él, ese extraño, tiene un idioma, es decir un mundo con fronteras donde ese idioma se inscribe, y es muy diferente al tuyo. Con el paso de los días, él no intentará enseñártelo, pero tú sí a él. ¿Cómo podría ser de otra manera? A fin de cuentas, esa isla es tuya, en la medida en que hasta ayer eras el único habitante, y ese hombre es un «salvaje», según los términos de tu época y la consideración en que como europeo le tienes. Y, entonces, como estás decidido a mostrarle tu mundo, la frontera que marcan tus palabras frente a las suyas, te decides a enseñarle tu idioma, y señalando su joven pecho, le dices: «Tú: Viernes». Lo repites otra vez; más veces. Ya está; lo ha entendido. Le has puesto un nombre, y le invitas a decirlo mientras lo señalas otra vez, y descubres que él asiente obediente, incluso mejor que el loro aquel que encontraste en la isla y al que con mucho trabajo le enseñaste tu nombre, con la secreta intención de que otros loros de la isla también lo aprendiesen. Imagino lo que habrá sido para ti la posibilidad de imaginar numerosos loros volando por la isla gritando tu nombre. Sin embargo, quieres asegurarte de que se ha aprendido bien la lección e insistes nuevamente, mientras el joven repite sin dudarlo: «Viernes», él es Viernes, ya está; y tú eres su testigo. Y cuando lo ha aprendido bien, cuando has confirmado que se lo sabe de memoria, le dices, señalando tu honorable pecho, tu dignidad, tu persona: «Llámame, Amo». Le repites la palabra varias veces: «Amo», «Amo», «Amo»; y él la aprende también. Mientras tu verdadero nombre queda oculto.
Sí, apreciado lector, lo has adivinado, esta es la historia de un personaje de nombre Robinson Crusoe, la historia escrita por Daniel Defoe; la historia, créeme, del Mundo tal y como lo conocemos.
El deseo de reconocimiento impregna nuestras relaciones. Y es, permítanme poner un ejemplo básico y fundamental, en la obra Fenomenología del Espíritu de Hegel, donde mejor se describe el proceso del «deseo del deseo del otro», que no es otra cosa que el deseo de ser reconocido. Probablemente, sin este análisis que tenía otros antecedentes ya en Fitche, incluso en Hölderling, el camino habría sido más oscuro para pensadores como Marx, Freud o Nietzsche, conocidos más tarde como «los filósofos de la sospecha».
La metáfora con la que Hegel representa el hecho es conocida como Alegoría del amo y el esclavo. Explica en ella cuál es el deseo del esclavo: que el amo le reconozca de igual a igual como persona; pero el amo jamás hará eso, a lo más reconocerá como igual a otro amo, si no existe otra alternativa.
No falta este conocimiento en la sabiduría popular, como tampoco faltó en Hobbes o en Maquiavelo o en los filósofos griegos.
En esta escuela de no-reconocimientos que parece estar en el centro de las relaciones personales, ocupa su espacio el desprecio o el menosprecio. El amo (y entiéndase por esto la posición de dominio) se juega su su estatus, su poder en ese posible reconocimiento.
Cuando el obrero se organizaba ante el patrón, pedía el reconocimiento; cuando la mujer lo exige ante el hombre pide el reconocimiento, son solo dos ejemplos de exigencias de reconocimientos; pero se pueden sumar cuantos movimientos identitarios queramos, especialmente, muchos de los que se han hecho visibles estos últimos tiempos. Allí donde una voz se levanta, ya está pidiendo que se le reconozca.
El no reconocimiento es injusticia para quien lo sufre. Y quienes lo hacen aseguran su poder; es más, haciéndolo, disfrutan con su poder y lo que este les permite hacer.
Escribió Rousseau en su Discurso de la desigualdad que «El salvaje [entendamos esto como el hombre en su estado más natural] vive en sí mismo, en cambio el hombre sociable, siempre vive fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los demás». De ahí, la necesidad de reconocimiento incluso en la convención de las relaciones sociales. Lo que no excluye, como sabemos hoy, la necesidad de reconocimiento tribal.
Pero, estar en la opinión de los demás es ser reconocido como amo o como esclavo, una de las dos, con todos los matices que se quiera poner al hecho. Engels aplicó esta idea de las relaciones a las «clases sociales». Y Nietzsche sufría cuando pensaba que las personas eran como barriles huecos sin toda esa serie de títulos y saberes con los que se adornaban, y que les servían para sentirse superiores a los demás.
Pero a mí, lo que me preocupa de esta historia, en fin, en lo que me ha dejado pensando, es en aquel loro al que Robinson Crusoe enseñó su nombre completo; nada de «Robinson» solo. Porque no se contentó con enseñarle solo el nombre, sino también el apellido. Ni debió parecerle difícil para que lo aprendiera el loro. No solo eso, sino que deseó que el loro ya enseñado, al repetir el nombre, se lo enseñase a los demás loros de la isla.
Intento imaginar otra escena, una que no aparece en la narrativa de esa historia, por ejemplo, el náufrago europeo que se siente dueño de la isla da un nombre («Viernes») al recién llegado, personaje del que nunca sabremos su verdadero nombre, mientras que él se hace llamar «Amo», sin especificarle cuál es su auténtico nombre. Tenemos, pues, dos nombres imaginarios o al menos no reales en cuanto que no son los de los sujetos. Y desde estos nombres se tratan por imposición de uno de ellos. Ahora, imaginen que por una sincronía de esas que gustaban tanto a Carl Jung, en el instante en el que el europeo hace repetir al indígena la palabra «Amo», aparece el loro al que le había enseñado su verdadero nombre volando a baja altura, posándose sobre el hombro del personaje principal mientras repite: «¡Robinson Crusoe!», que serían palabras sin ninguna importancia para Viernes, que no las conoce, y ya puestos para «Amo», que no aceptará reconocerlas.
Esto, a su vez, me hizo pensar en un loro argentino, en realidad era una lora, de esas de plumaje verde que se ven ahora mucho en España, a la que alguien hirió en un ala, y a la que cuidé en mi adolescencia unos meses hasta que se recuperó. Una tarde, supongo que de otoño o de invierno, estábamos las dos en la cocina, ella en su jaula, de la que la dejábamos salir cuando podíamos cuidarla en el patio, y yo haciendo unos deberes para el instituto. Reconozco que fue mirarla y sentí una enorme tentación, ¿de posteridad? No lo sé. El caso es que comencé a repetir mi nombre, solo mi nombre sin los más de ocho apellidos vascos que lo acompañan; ella, pobrecita bajaba los párpados y los abría, mientras yo repetía y repetía mi nombre; el caso es que no demoró mucho en aprenderlo. Pero no me bastó con ese reconocimiento; fui a buscar a mi madre que a modo de testigo más tarde pudo dar testimonio de lo ocurrido. Tendría yo por entonces catorce años.
Después de tener este recuerdo, pensé: lo único que me diferencia a mí de Robinsón Crusoe y su loro es que yo era una adolescente. Mi ignorancia sobre cómo era el mundo, evidentemente, era mayor que la suya; él sabía que lugar ocupaba; yo no, o no con la consciencia que ahora tengo; es lo bueno de hacerse mayor.
En fin, dejo aquí la historia plenamente convencida de que si buscan en sus recuerdos, hallarán una larga cadena de reconocimientos y no-reconocimientos, dados y recibidos. De algunos se enorgullecerán, y de otros se avergonzarán.
Por supuesto, no es igual imponer el nombre a un animal que a una persona, ni es lo mismo decir Robinson Crusoe que Amo, aunque las dos representen al mismo ser. Creo que Robinson fue mejor persona cuando enseñó al loro su nombre, pero más sincero cuando enseñó al nativo su verdadero corazón en un nombre: Amo.
Mucha razón tenía Wittgenstein cuando explicó que no solo nos enseñan palabras, sino cómo debemos comportarnos ante las palabras. ¿Alguna duda? Piensen en palabras… ¿Ya? Entonces tendrán claro que algunas palabras esperan un determinado comportamiento de nosotros. Es todo tan sencillo como eso: la palabra «madre» despierta unos sentimientos, la palabra «patria» otros, «rey»; sigan sumando: «maestra», «bombón», «circo», «alegría», «fallecimiento», «contrato temporal», «verano», «desahucio», «demócrata», «pobreza». Nos han enseñado cómo debemos comportarnos ante esas palabras. Luego cuesta deshacerse de ese comportamiento si uno no lo considera adecuado.
Cuando una las ve en el diccionario, a las palabras me refiero ―a mí de joven me encantaba leer el diccionario una y otra vez― parecen inofensivas, simples letras, sabemos lo que significan, qué ámbito delimitan, a qué se refieren; también percibimos si tienen doble sentido, y sus varias acepciones, incluso su facilidad para convertirse en ambiguos eufemismos, pero si te acostumbras a leerlas mucho, luego ves que te sobra léxico, porque la mayoría de las personas se conforman con menos, y mientras ellos no sienten que les faltan palabras, a ti te sobran. Ahora bien, una vez que conoces la verdadera historia de Robinson Crusoe, una vez que deja de parecerte esa historia de un náufrago solitario en una isla, cuando comprendes de qué va realmente la historia, una historia de no-reconocimiento, entonces es como si uno descubriera el mundo otra vez. Y lo que ves, te puede gustar o no, pero por fin sientes que está más claro.


Publicado en La Soga -Revista Cultural- 31/07/2018