© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


martes, 6 de septiembre de 2011

PRIMAVERA MORTÍFERA de Lajos Zilahy



Por: Pilar Alberdi

Siente una el placer de leer literatura de calidad, tal y como se cumple con esta obra del autor húngaro Lajos Zilahy (1891-1974).
Según podemos saber por los datos que nos ofrece la editorial Funambulista, Primavera Mortífera se publicó en 1922 y dio al autor un temprano éxito, repetido con otras obras como Dos cautivos. Además, la obra se publicó en España en los años 50 consiguiendo un gran éxito.
La sinopsis, esos datos que siempre buscamos con anhelo en la contraportada de un libro cuando conocemos al autor o la portada ha logrado atraer nuestra atención, dice:
«A través de una carta dirigida a un amigo de infancia, el narrador refiere su drama existencial: joven aristocrático de provincias, su noviazgo frustrado con Edit von Ralben (hija del ministro de la Guerra) lo llevará a la desesperación del juego y de la bebida, infierno del que lo salvará otra mujer, Józsa, con la que tiene la intención de casarse a los pocos días...»
Uno olvida pronto la sinopsis para adentrarse en la historia. Se inicia con una pequeña introducción en tercera persona que nos arrastra al ambiente del lugar donde podemos adivinar el movimiento de las olas del río Danubio frente a la ciudad de Budapest. En esos prados las mujeres arrastran melancólicamente las punteras de sus sombrillas por el suelo, y todos parecen encontrar respuesta a sus pensamientos en el movimiento de las olas y en la corriente del río que fluye entre dos orillas.
Esa introducción nos recuerda otras escenas que hemos vivido en las lecturas de grandes maestros del este europeo, en los que se aprecia una vida hecha de rutinas, donde el campo y la ciudad no estaban tan lejanos uno del otro como ahora, y la contemplación regala un mundo de percepciones únicas y especiales. Después el discurso se establecerá en primera persona.
Hay momentos de gran tristeza en esta obra. Instantes en que nos reconocemos como personas, no por haberlos vivido, sino por haber sentido cosas parecidas, quizá en nuestra infancia, en la adolescencia o en la primera juventud. Pienso, por ejemplo, en un objeto (un juguete, una carta de amor...) que se abandona o que se guarda cuidadosamente en un lugar en donde otros no lo puedan hallar, y que pasados los años se vuelve a recordar y se busca hasta encontrarlo.
Pienso en el conocimiento de la naturaleza que tenían antes las personas, en la facilidad con que escritores cómo Lajos Zilahy da nombre a los árboles, y nos transmite la vida que en ellos se percibe, ese rumor de las hojas que parece que se mueven obligadas por el viento en una sola dirección igual que el destino impulsa a las personas hasta el final de sus vidas.
No es la misma imagen si el autor dijese que «el padre Beniczky (...) leía los periódicos» que cuando nos dice que los leía «sentado bajo los arces». Hay un movimiento en todas las cosas, las hojas que se mueven al viento, la muchedumbre que fluye y es observada, un murmullo que se vuelve silencio, y sin embargo nada cambia demasiado, es como el aire que se eleva en un pequeño remolino para volver a caer poco después sobre el polvo o como las volutas de humo que salen de una chimenea y de otra, a veces juntas, a veces, en tiempos diferentes, mientras una ciudad adquiere personalidad propia gracias a sus gentes y su historia. Y en esa vida, a mitad de camino entre el pueblo y la ciudad, vemos que no basta con tener dinero para acceder a la alta sociedad, que la burocracia y las recomendaciones de familiares o amigos sirven para conseguir un puesto en un ministerio, en una alcaldía, en el gobierno... Que una buena posición y hasta un buen casamiento se sostienen en ese tipo de normas no escritas pero siempre vigentes. Y también nos permite ver el escritor la vida de personas que son felices casi con nada, o mejor, que tienen un amor que los salva de la amenaza de esa nada contra la que avanzan, mientras que el protagonista que lo tuvo todo y sólo rozó el amor, se hunde poco a poco.
Aparecen temas sociales como la amenaza de las llamadas eufemísticamente «enfermedades juveniles», representadas por males como la sifílis, a las que eran condenadas por contagio muchas jóvenes casaderas.
El ambiente con sus clases sociales, sus ostentosas propiedades y carruajes, los paseos por el campo, y las caricias escondidas de los enamorados nos hablan de una época que ya pasó, pero que sigue presente ante nosotros gracias a la literatura y la pintura.
Dice el protagonista que el hombre queda marcado para siempre cuando conoce a la mujer que será «la mujer» de su vida. Pienso que a las mujeres nos sucede lo mismo. Y la prueba es ese final del libro en que tres personas se ven afectadas por un amor no correspondido.

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