© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


miércoles, 19 de diciembre de 2012

PARADOJAS DE LA NOVELA BREVE EN ESPAÑA

Por: Pilar Alberdi

El libro que da más dinero es aquel que comercialmente vale más, quizá por eso, la novela breve ha estado apartada de los catálogos de las grandes editoriales, quienes han impuesto la novela larga, y quizá también por la misma razón han sido las editoriales pequeñas, aquellas que comenzaban su camino (Acantilado, Funambulista, Navona...) las que se han dedicado a publicar novela breve de autores extranjeros, especialmente europeos y norteamericanos. Y si no han apostado por autores españoles conocidos, pienso que sería porque tendrían dificultad para encontrar libres los derechos, y si tampoco han publicado a autores españoles desconocidos, reflexiono, sería porque tendrían el convencimiento de que no salvarían gastos, de ahí que publicasen a autores extranjeros, incluso a los menos o a los nada conocidos por los lectores españoles, aunque esos escritores fueran famosos en sus países de origen. También sabemos que las grandes editoriales dejaron otro hueco de mercado a las pequeñas en el género de cuento, el de poesía o el de teatro.
Tal ha sido la imposición de la novela larga, que hasta hemos visto el aumento de páginas a fuerza de agrandar la letra y cómo prosperaban, con qué fuerza inusitada, las novelas río, largas, larguísimas, donde se dice una y otra vez más de lo mismo, pero entretienen, de eso no tengo duda, especialmente en esos veinte minutos de lectura antes del descanso nocturno.
El reciente ganador del Nobel de Literatura, el novelista chino Mo Yan, se describió como un “cuentacuentos” y como “un chico de granja”. Me encanta la definición porque el hombre es autor de numerosas novelas breves. Y lo digo, porque a veces, se intenta disminuir el valor de una novela breve comparándola con un cuento, cuando ya sabemos que a una novela breve le basta con tener algo más de veinte páginas, aunque lo habitual es que se cuente como tal, aquella que llega a las setenta y cinco y no sobrepasa las ciento veinte. Inútil desmerecimiento... Hay cuentos tan bellos, que sin ellos, la vida casi no tendría sentido.
Imagino a este novelista «cuentacuentos» en esa cena de gala para recibir el Premio Nobel. El menú estuvo compuesto de «trucha alpina acompañada de terrina de coliflor, huevas de albur de Kalix y mayonesa al eneldo; faisán con rebozuelos relleno de pera pochada, verduras invernales y puré de patas Almond, en salsa de vino tinto» y, de postre, «trilogía de cerezas con mascarpone al pistacho y sorbete de cerezas negras». Tengo que ponerme a la tarea de averiguar que son las «huevas de albur de Kalix», cuando lo sepa me sentiré más tranquila. Me lo imaginó ahí, ante esa selección de platos extranjeros, un hombre que fue humilde y al que han criticado por sobrevivir en la China más dura, en la de la Revolución Cultural, en el lado oscuro de la dictadura, bajo un régimen de opresión y persecución.
En resumen: digámoslo en primer lugar: se lee poca novela breve. ¿La razón? Porque se ha editado poco, porque ha habido pocos sellos que apostasen por ella como fue el caso de Anagrama, hoy del grupo Feltrinelli. Y cito a esta editorial porque quiero hablar de una novela breve magnífica, editada por este sello: El libro de mi madre de Albert Cohen, autor de la emblemática obra Bella del Señor.
Se nos dice en la contraportada del libro que la madre del autor murió en Francia, en la ciudad de Marsella ocupada por los nazis. El escritor residía en Londres. De su dolor surgió el texto Chant de mort que una década después tomó nueva forma bajo el título El libro de mi madre que se publicó en el país galo en 1954. No puedo sustraerme a la tentación de copiar aquí unas frases de esa contraportada: «un personaje femenino cuya irrepetible individualidad encaja magistralmente en las constantes universales que encarna: la madre que encuentra sentido a su existencia en el amor incondicional a su hijo, la mujer que disfruta y padece las pequeñas cosas de la vida, la judía emigrada que sufre de extranjería espiritual en un mundo ajeno y remeda patéticamente sus usos y costumbres...»
Muchas veces no estoy de acuerdo con las opiniones que se vierten en las solapas o las contraportadas de los libros, incluso me duele el engaño de que se nos intente vender lo que no es y, a veces, he llegado a preguntarme si esas personas distinguidas o famosas o la mano anónima que en nombre de las editoriales escribe esos textos,de verdad, han leído el libro, podría poner algunos ejemplos,porque parece que hasta desconocen de qué va realmente la historia, pero no es ahora el caso. Aquí ni siquiera hay un «más de lo mismo». Por eso quiero resaltar los autores de las palabras que envuelven como un papel de regalo este libro, porque son justas. Las escriben: Gérard Valbert, Roger Giron y Marcel Pagnol.
Con los ojos puestos en la protagonista, y aunque son madres muy diferentes, tiene ésta en algún momento algo de la madre de El baile de Irène Némirovsky, las dos buscan adaptarse a la nueva sociedad en que se encuentran. Quizá sea en lo único en que se parecen, ya que no son idénticas en su papel de madres, más bien al contrario. Una ha vivido con lo justo, y eso enseña a tener sueños como el de sacarse al lotería. La otra fue rica, y esa clase de sueños no entraban en su cabeza.
El libro de mi madre es una novela que remite a la biografía del autor: Dice: «Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie». Pasan los años y el escritor no se recupera de la pérdida de la madre. Hay momentos en que cree que finge que está vivo, porque lo suyo es un desvivir, y otros en los que habla como si ella le escuchara. Cuando la recuerda dice: «Sentada bajo el retrato de mis quince años que era su altar». Ella ejercía su «doméstico sacerdocio» en la cocina. Ni siquiera se había casado por amor, la habían casado, pero como relata el hijo, el amor surgió por un común acuerdo de la pareja obligada al matrimonio «contra la vida perversa» y por la llegada del hijo. El autor se burla de sí mismo cuando dice que sintiéndose él en Ginebra un «adulto disfrazado de funcionario», su madre se enorgullecía de sus pequeños triunfos. Era el mismo hijo que la hacía esperar cuando quedaban para verse.
«Era ya vieja a la sazón, bajita, y algo metida en carnes». Le duele tanto esa muerte que no puede volver a leer las cartas que ella le escribió durante los años de la guerra, y en las que pensaba a diario añorando el reencuentro. En cambio, la guerra le dio a la madre una estrella amarilla, la señaló como judía y la humilló ante los nazis y el hijo en la distancia nada pudo hacer.
En la soledad, el autor se canta la nana que le cantaba su madre... Ella no estaba llamada al mundo del hijo, del joven que sobresalía en sociedad, aceptaba ser postergada, «pecador como todos los vivos», él se recrimina el tiempo que no le dio, y cuando anhela volver a oír su voz «No contesta la que siempre contestaba», dice.
Si pueden conseguirla, lean esta novela. Los hijos para ser tienen que independizarse de los padres, de aquello que fue su vida, pero luego la mirada vuelve atrás y ve.

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