© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

martes, 5 de febrero de 2013

CLAUDE MONET: «LA PINTURA DESDE EL JARDÍN»


Conversaciones con Marc Elder


Por: Pilar Alberdi

"El motivo es para mí del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo". Claude Monet

¿Qué esperamos de un artista? Que esté vivo, en contacto con la naturaleza y también con su sentir, es decir con sus pensamientos más íntimos, con las vivencias que le ofrece y él recibe de cuanto lo rodea. Y esto es lo que tiene Claude Monet (1840-1926). Así nos lo recuerda Marc Elder en las conversaciones que mantuvo con el artista en 1922. El resultado de este encuentro es una verdadera joya que recoge Ediciones Casimiro.
Comienza así: ―Vayamos a verlos: estarán abiertos.
Son las diez y media de la mañana y el pintor acaba de sacar su reloj de bolsillo para ver la hora.
Habla de los nenúfares, esos que eligió al azar y se atrevió a plantar en un falso estanque.
A continuación su acompañante, Marc Elder, escritor y crítico literario, distinguido con el premio Goncourt, comenta: «Cuesta abajo recorremos el sendero jalonado de abetos y sus sombras. A ambos lados, los lirios despliegan como vaporosas telas que filtran en lila la luz del sol. Todo está cubierto de claveles, azaleas, pies de alondras, campánulas..., mientras los rosales se levantan formando arcos que abrazan el aire. Cruzamos la carretera y esa vía del tren por la que Clemenceau llama a Monet «¡El señor del ferrocarril en el jardín!». Los nenúfares tienen su cercado junto a los prados que bordean el Sena».
El lugar donde ocurría este hecho era el jardín de la casa de Monet, hoy museo, que se puede visitar en el pueblo de Giverny, en la región de Normandía (Francia).
Al principio, el jardín, supuso un gran esfuerzo para toda la familia; después, cuando las ventas de cuadros aumentaron, también se ocuparon varios jardineros. La idea de hacer un estanque surgió inesperadamente, tomó el agua de un cauce lateral del río Sena.
Lo que viene a contarnos esta obra de un modo tan directo es ese estar presente de Monet en la vida.
Como le encantaba pintar el río Sena, se preparó una barca, de tal modo que con una simple protección que servía a modo de habitación, podía pintar desde ella.
La obra recoge numerosas anécdotas. Se cita aquella en que Monet, desesperado, porque van a vender y talar unos álamos que lleva tiempo pintando, decide ir a pujar por ellos. En la subasta se pone de acuerdo con un comprador al que ayuda con dinero a cambio de que no tale los árboles por un tiempo.
Ante hechos así, surge la pregunta que me hago muchas veces: ¿qué nos interesa de un artista? Su persona, sin duda. El resto es un reflejo.
He disfrutado, tengo que decirlo, de la lectura de esta pequeña obra, acercándome una vez más a este pintor que fue denostado como todos los de su grupo. Aprovecho para recordar que ellos se autodenominaron «independientes» y que el término de «impresionistas» se les aplicó con el fin de desmerecerlos. Se les negó la exposición en los salones más importantes, se les criticó, y hasta sus propias familias les negaron recursos... (Pueden ver al final de esta nota la pintura Mujeres en el jardín de Claude Monet que no fue aceptado en el Salón de París de 1867).Pero ahí están sus cuadros. Unas pocas personas los compraban, entre ellos, Gustave Caillebotte (1848-1894). A su muerte legó su colección personal de «sesenta cuadros de Degas, Renoir, Cézane, Manet, Monet, Pissarro y Sisley al Estado con la condición de que se expusieran en el Louvre o en el Museo del Luxembourg». Fíjense el detalle, la defensa de aquellos a los que había admirado y apoyado, incluso más allá del límite de su propia vida. Por supuesto, enseguida aparecieron los detractores a ese deseo, y la controversia no se resolvió hasta 1947. Hoy se exponen en el Museo d'Orsay. Hermoso edificio construido como estación de ferrocarril con motivo de la Exposición Universal de 1900. Museo que, hace muchos años ya, tuve el placer de visitar. Recuerdo incluso unos cuadros de Zuloaga que me impresionaron mucho.
Una conversación sincera, esta, la de Claude Monet con Marc Elder que nos permite conocer detalles interesantes como el viaje que el pintor realizó a Madrid en 1904 para visitar el Museo del Prado, o saber de qué pintores «impresionistas» estaba formada su propia colección de cuadros. Si a ello, le sumamos comentarios sobre otros artistas o temas diversos, el resultado es muy grato.
Evidentemente, Claude Monet era un hombre de preguntas y esto cambia mucho la percepción de la vida. Él se pregunta, por ejemplo, cuánto durará la pintura que están haciendo, le preocupa saber, especialmente, cuánto durarán los colores. Atento a lo que le rodea ha visto el deterioro que habían sufrido los cuadros de Delacroix y la indiferencia del Estado para intervenir. Si eso pasaba con Delacroix... Y sobre el barniz que dora lo pintado, tan presente en tantos museos, dice: «¡El barniz es la muerte imponiéndose sobre la pintura! Sólo en un museo he podido disfrutar de la frescura de la pintura viva, tal y como la aplicó la mano del pintor: en Madrid, en el Prado. ¡Menudo museo! El más bello de cuantos conozco. En sus salas, rodeado de esos Tiziano, esos Rubens, Velázquez, Tintoretto que parecen haber sido pintados la misma víspera, que desprenden tanta fuerza, tanta luz, tanto color, la emoción me pudo y lloré, lloré sin poder contenerme...» .
Siente admiración por los artistas que debieron someterse a mecenazgos (Iglesia, reyes, nobles) para pintar y cita a Miguel Ángel, indicando la capacidad de «Crear belleza pese a las limitaciones»... Opina que trabajaban como artesanos, y añade: «aún no se había inventado eso de la misión del arte, el sacerdocio del genio, el individualismo omnisciente y demás pamplinas; se trataba de conocer el oficio y de ejercerlo con honestidad».
El pintor asegura que una de las grandes penas de su vida fue que a Corot, a quien admiraba, no le gustasen los «impresionistas». A cambio, Daumier los respetaba, y eso le alegraba.
Nos retrata también esta conversación la vida cotidiana del artista. Por ejemplo: entra la esposa de Monet y le dice al pintor que «las japonesas», dos gallinas de esa variedad, no aparecen. Entonces Monet se enfunda su abrigo y sale a buscarlas entre las flores.
En el terreno hay una casa y dos talleres.
«En el cuarto de estar, una gran habitación de paredes blancas, sólo hay cuadros del maestro. A la derecha, una ventana, al fondo, una vidriera por la que entran profusamente luz y flores. Unas butacas de mimbre dan un toque campestre; también hay unos confortables sillones. Es un lugar alegre. Y para completar la impresión de alegría, cuatro filas de cuadros corren por toda la pared, puestos uno junto a otro sin marco, casi tocándose. Pero en el resto de la casa sólo hay grabados japoneses».
De los japoneses dice que gustan de su pintura y que algunos le han dicho que se parece a la suya. Y, sin duda, es así . Se trata de captar el instante, de la búsqueda de la serenidad, de su reflejo, así me atrevo a definirlo. Pero veamos la forma de expresarlo por boca de Monet cuando le muestra grabados japoneses a su acompañante, en concreto, uno con flores: «Hokusai, dice despacio... Mire la mariposa luchando contra el viento, las flores doblándose... Nada sobra... La sobriedad de la vida...»
Hay cuadros que no vende, que no venderá jamás mientras su economía se lo permita; otros, si un comprador insiste, se irán. Cuando esta conversación se realiza, aunque intuyo que fueron varias visitas, el pintor tiene ochenta años, la vista mal, pero continúa trabajando, fumando y disfrutando de las flores en el jardín o en los jarrones, de la luz del sol, del colorido de los peces en el estanque bajo las hojas de los nenúfares o de la belleza de las glicinas que bajan hacia el puentecillo japonés que han colocado sobre el estanque.
El texto se completa, con fotografías y con una última carta del pintor al escritor en donde, sin desesperación, le cuenta que ya casi no ve, y que lo mejor que puede hacer es no intentar retocar ni pintar porque estropea los lienzos.
Finalmente, se aporta el dato de una operación de cataratas que le devolverá la visión y que le permite decir a Marc Elder: que ya «Con el animo sereno, Claude Monet pinta».


Enlace a la Editorial Casimiro

Visita la página web de la Fondation Claude Monet (Casa museo).


Nota: aprovecho para recomendarles dos obras más de la editorial Casimiro sobre dos pintores citados en esta entrada: Camille Corot y Daumier.



Esta imagen corresponde al cuadro de Claude Monet titulado Mujeres en el jardin que fue rechazado en el Salón de París de 1867.


Y este, también de Monet, titulado: Impresión: sol naciente es el que los críticos utilizaron para dar el nombre de «impresionistas».




Monet legó en vida varios de sus cuadros al Estado francés.
Su hijo Michel, único heredero, donó la casa, hoy museo, a la Academia Francesa de Bellas Artes. Esto ocurrió en 1966 y en 1980 se habilitó para las visitas públicas.

4 comentarios:

  1. Monet representa para mí, mejor que ningún otro, la pasión por la pintura en sí, por la mancha de color colocada junto a las demás con la absoluta ternura y dedicación de un padre.
    El impresionismo es un salto, diría casi mágico, en la historia de la pintura. Sorprende que nuestros antepasados no pudieran apreciarlo.

    Me ha encantado tu texto, dan realmente ganas de leer el libro.

    Un abrazo. (Tienes un blog muy interesante.)

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  2. Gracias, Volarela. A mí también me produce sorpresa. Y tienes mucha razón al decir "salto mágico". Es tal cual: un antes y un después.
    Te agradezco tu visita.
    Un abrazo para ti también.

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  3. Es una entrada apasionante sin duda sobre todo lo que el arte significa para un artista. Personalmente me encanta la pintura capaz de retratar la vida cotidiana en todos sus colores y formas. Hay muchas frases de nota, pero me quedo con la frase del comienzo:

    "El motivo es para mí del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo". Claude Monet

    Hay algo mágico entre los significados que la conforman.

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  4. Parece que el tiempo no ha pasado sobre esas obras. Es una maravilla. Gracias por pasar por aquí, Begoña.
    Un abrazo.

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