© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 15 de marzo de 2013

«LA NADA GRIEGA»




Reseña: Pilar Alberdi


Lo primero que hay que decir de este libro es que está muy bien elegido, como todos los de la editorial Sequitur, que cuenta en este momento con tres Colecciones: la de Libros del ciudadano, Sequitur literarios y Clásicos , en la que encontramos La nada griega de Miguel Catalán. En alguna otra ocasión he tenido la suerte de poder acercarles algunos libros de esta editorial, entre los que recuerdo ahora: la poesía de Filipa Leal y la de Antonio Nobre. Excepcionales poetas portugueses.Y entre los Clásicos, la maravillosa obra Elogio de la estupidez de Jean Paul Richter, que a tantos ha gustado y gustará. Pero vean qué nombre tiene la otra colección, creada cuando todavía no vivíamos estos tiempos acíagos, y, sin embargo, ya se adivinaba que llegarían. Esta es la colección Libros del ciudadano en donde aparecen publicadas —entre otras importantes obras— desde un clásico como De un nuevo complot contra los industriales de Stendhal (1783-1842), hasta libros de actualidad como Hay alternativas de Vicenc Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón con prólogo de Noam Chomsky, que va ya por su onceava edición; Planeta indignado de Josep María Antentas y Esther Vivas, y El extranjero (Sociología del extraño) de George Simmel.
Este libro La nada griega del filósofo español Miguel Catalán González reúne numerosas frases y pequeños escritos cuyos temas, de una manera general, abarcan la ética desde distintas vertientes: sociológica, política, filosófica, religiosa, psicológica y me atrevería a decir: cotidiana. Y es esta particularidad última, la que nos permite recomendarla como una obra literaria para los tiempos que vivimos. En ella conviven el saber filosófico mezclado con lo prosaico y cotidiano de donde saca sus fundamentos y al contrario. Así una frase nos transporta al pasado, al pensamiento de grandes pensadores, mientras que otra nos sitúa en el aquí y el ahora de la convivencia diaria y otorga voz a las personas de nuestros días. He ahí su encanto.
Hay, por supuesto, un punto de ironía. Quien ve la verdad, y entiendo por esto quien analiza, quien alcanza a ver aspectos especiales de las cuestiones se encontrará con ella a menudo, porque la ironía entraña una cierta sonrisa ante aspectos que no se habían vislumbrado antes o que aún no perciben otros. La vida, el acontecer de la vida con sus trampas y sus cuestiones se hace presente y nos detiene ante hechos, objetos o sucesos en los que antes no habíamos reparado de un modo concreto.
Voy a citar aquí un pequeño texto de apenas unos renglones para que se hagan una idea de aquello con lo que se van a encontrar: algo más de un centenar de paradojas.
El texto 51, por ejemplo.
«Salvado por el marco
Los muebles atesoran una historia que los hace más o menos honorables. Todos, menos el espejo. Sólo el marco dignifica este mueble tan pueril que agota su esencia imitando el presente».
La primera de estas frases nos invita a adentrarnos en nuestra memoria personal. ¿Creemos que los muebles atesoran una historia? ¿Qué muebles recordamos en nuestra vida? ¿Fueron importantes? ¿Acaso alguno? ¿Le teníamos cariño, nos agradaba o al contrario, nos disgustaba? Todo esto ocurre en segundos. Hemos tenido decenas de pensamientos. La segunda oración nos confirma en la idea de que un mueble puede ser un tesoro, algo especial, pero en este caso, el del espejo, sólo por el marco. Eso es lo que opina el autor y nos pone ante una paradoja, una contradicción. ¿Realmente es más importante el marco que el espejo? Es probable que nosotros percibamos como más valioso el espejo que nos muestra nuestro rostro o el de otras personas, ese espejo por el que podemos mirarnos, además, como si fuéramos otro. Y cuando estamos a punto de sentir que no estamos de acuerdo con el autor, él nos revela una verdad sencilla, que no sólo nos habla del espejo, sino de muchas cuestiones más: el espejo se agota intentando un presente distinto en cada siglo. Y entonces notamos que ese espejo también puede representar las vidas de generaciones o la de las personas y los esfuerzos que estas hacen, y los nuevos pensamientos nos conducen a sumar y entrelazar más asociaciones que ayudan a ampliar lo enunciado. Y luego surge la pregunta: ¿cómo tan pocas palabras han podido decir tanto? Y ahí está reunida la sabiduría de lo aprendido pero también la capacidad de colocar en su punto justo un sustantivo, un verbo, un adjetivo para que amplifique lo enunciado. Si lo piensan, la sabiduría popular, la herencia que nos legaron nuestros mayores, las antiguas leyes de las religiones y la ética, de lo social y lo privado, están reunidas en una larga serie de refranes. Nos gustan esas sentencias cortas que se ajustan además a tantos temas.
Voy a poner otro ejemplo. Una frase tan sencilla como la siguiente, nos dejará pensando: «Esas personas que llegan a la vejez sin pasar por la madurez». Sabemos que es verdad, las vemos a diario. Pero también nos sorprende otra en la que un niño contesta que la rosa tiene olor a ambientador. (Algo que no existía en mi niñez, en donde sí había bolsitas confeccionadas por nuestras madres o abuelas que contenían plantas aromáticas (lavanda), o se colocaban frutos (membrillo) o jabones perfumados que se guardaban en los armarios. Nosotros, por ejemplo, la gente de mi edad nunca habríamos podido contestar cuando éramos niños que una rosa tenía olor a ambientador. Y esta simple respuesta marca una época que, a su vez, nos lleva a otra serie de preguntas y respuestas.
Como digo, es una obra que nos obligara a hacernos preguntas aunque no queramos. Hay temas más profundos y más sencillos. En el libro hay referencias a escritores, filósofos, científicos, pero no por eso resulta una lectura para especialistas. Intenta, creo yo, tocar las heridas de lo cotidiano, y lo consigue.
Y quisiera traer ya para acabar el texto 95 de este libro, en el que un hombre «al salir del garaje subterráneo» de su casa goza del devenir de la primavera que se muestra en los nuevos brotes de los árboles y en otra serie de manifestaciones, tanto es así, que le parece que de joven no se percataba del cambio de las estaciones.Confuso y sorprendido por este descubrimiento se encuentra con una vecina, él le comenta el tema, ella piensa lo mismo, y el narrador nos dice que «(...) hablando hemos llegado a la misma conclusión. Es que entonces éramos la primavera».
Y nosotros sentimos que sí, que así era. Estábamos demasiado vivos o vivos de otra manera.
Si quisiéramos hallar aquí referencias filosóficas, las encontraríamos, podríamos descubrir El mito de la caverna de Platón, hay otra vida más allá de nuestra vida, sólo que muchas veces no la vemos. No en vano esta recopilación de paradojas se titula: La nada griega.



Obras de Miguel Catalán González

Biobibliografía Miguel Catalán Martínez


Editorial Sequitur
«Esta palabra “sequitur”[sic:sékwitur], tercera persona del presente indicativo del verbo latino “sequor”: procede, prosigue, resulta, sigue. Inferencia que se deduce de las premisas: secuencia, conforme, movimiento acorde, dinámica en cauce”.


4 comentarios:

  1. Gracias por descubrirme este libro. Me lo llevo bien apuntado.
    Besotes!!!

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  2. Oh, los muebles, qué gran tema... Me ha gustado mucho tu entrada. Encantada de leerte ;-))

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    1. Gracias Angélica. El espejo en que nos miramos siempre estará ahí.
      Abrazos.

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