© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


jueves, 17 de octubre de 2013

GUY DE MAUPASSANT: «SICILIA»


Por: Pilar Alberdi


En su época, el siglo XIX, este magnífico texto de Guy de Maupassant (1850-1893), también podría haberse titulado: Defensa de Sicilia. «Existe en Francia el convencimiento de que Sicilia es un lugar salvaje, difícil e incluso peligroso para el que la quiera visitar. De vez en cuando, algún viajero, que pasa por ser bastante audaz, se aventura a llegar hasta Palermo, y regresa afirmando que es una ciudad interesante. Y eso es todo», se lamenta el escritor, que ha buscado la oportunidad de visitar la isla y otros lugares cercanos a ella, y está dispuesto a convencer a los viajeros franceses de que cualquiera de los caminos que les lleven a Sicilia dará como resultado un feliz encuentro con un pueblo de carácter agradable, con un legado, el de la cultura latina y griega, que les sorprenderá. Comenta: «Es, al igual que España, el país de las naranjas, de la tierra florida, donde el aire —en primavera— es un puro perfume». Además, cuenta con un volcán poderoso, el Etna.
La visita le sirve para reflexionar sobre la arquitectura de su tiempo a la que no ve posible comparar con la clásica. El siglo que le ha tocado vivir «parece haber perdido el don de fabricar belleza con piedras, el misterioso secreto de la seducción de las líneas, el sentido de la estética en los monumentos. Parece que no entendiéramos, que no supiéramos que la simple proporción de un muro puede infundir en el espíritu la misma sensación de gozo artístico, la misma emoción secreta y profunda que una obra maestra de Rembrandt, de Velázquez o de Veronés». Y pone como ejemplo
los templos griegos de Segesta y el de Juno, y otros como el de Selinunte, o los maravillosos teatros que, como todos los teatros que hicieron los griegos, están ubicados en lugares estratégicos, desde los cuales se pueden ver hermosas vistas, como si se tratase de un teatro dentro de otro teatro.
Maupassant, como un niño inquieto, no parece tener límite en su curiosidad. Lo festeja todo: hasta la coincidencia de haberse alojado en el mismo hotel, en que lo hizo Wagner, muchos años atrás, para dar fin a su obra Parsifal. Cuando el encargado del hotel, le muestra la habitación que ocupó el músico, le dice:«Aquí guardaba la ropa blanca, después de haberla impregnado con esencias de rosa. Este olor ya nunca desaparecerá».
Sin duda, muestra el escritor, la vitalidad del hombre del siglo XIX, el que no depende de un jornal exiguo, al que le gusta la naturaleza, salir al campo, la montaña, el mar; de hecho, el viaje lo ha realizado en un barco a vela de su propiedad; y cuando canta la belleza de la tierra que visita, describe con sencillas pinceladas el placer de ver aloes florecidos, vides, las ornamentaciones coloridas de los carros que transportan turistas, y hasta las mismas piedras de los caminos por los que asciende con sus amigos a las montañas. Todo es digno de admirar y de ser recordado: los volcanes, la luz del cielo, el aire que respiran, los rostros de los lugareños; incluso las espeluznantes galerías del Cementerio de los Capuchinos, donde se exponen difuntos momificados. Pero no sólo tiene la mirada dispuesta para lo bello, la visión de niños trabajando en las minas de azufre, le hace decir: «Esta deleznable explotación de la infancia es una de las cosas más triste que puedan verse».
El viaje continúa. Si de Palermo cruzó a Sicilia, de esta irá hacia Mesina: «No hay el menor soplo de brisa; sólo la marcha del barco turba la calma del aire dormido sobre el agua. Las orillas de Sicilia y de Calabria destilan un aroma de naranjos en flor tan intenso que todo el estrecho está perfumado, como si fuera la habitación de una mujer». Pasarán entre Escila y Carabidis hasta quedar frente a las islas Lípari, en donde destacan los volcanes Stromboli y Vulcano. De Lípari sale mucha de la piedra pómez que se comercia en el mundo. Y cuando unos días después llegan a Siracusa, explica: «Mucha gente atraviesa continentes enteros para ir en peregrinación a ver alguna estatua milagrosa». Y él lo ha hecho para ver a la Venus de Siracusa y también para admirar el Carnero de bronce. De la Venus, dice: «Una obra de arte sólo es superior cuando es, al mismo tiempo, un símbolo y la expresión exacta de una realidad». Esa mujer en mármol tiene la cualidad de parecer viva. Lo afirma el hombre que describe los paisajes, las ciudades, sus habitantes, sus costumbres, Guy de Maupassant, el lector de los autores rusos, el poeta sentimental, el cercano escritor de cuentos, el viajero convertido en turista.



Palabras de la contraportada:

«En la primavera de 1885, hastiado de París, Maupassant zarpó desde Cannes a bordo de un yate comprado con la fortuna que le proporcionaban sus éxitos literarios. Surcando el mar, llegará hasta “la perla del Mediterráneo”, hasta esa isla en donde “se encuentra todo cuanto en la tierra haya para seducir la mirada, el espíritu y la fantasía».

La editorial: Casimiro Libros.

2 comentarios:

  1. No es que me repita es que relatas también que dan ganas de ponerte a leer de inmediato.
    Gracias Pilar. Un cariñoso saludo.

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  2. Admiro a los autores del siglo XIX, y el editor de Casimiro Libros tiene el talento de elegir textos interesantes, que no solo explican el pensamiento de una época, sino que sin editores de este tipo, que también publican obras actuales, difícilmente podríamos acceder a este tipo de textos, que están más allá de las "modas literarias" del momento.
    Un abrazo, Javier.

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