© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

miércoles, 5 de febrero de 2014

PAUL CÉZANNE: LEER LA NATURALEZA


Por: Pilar Alberdi


Si algo destaca en Paul Cézanne (1839-1906) es su sinceridad, su eterna búsqueda de la plasmación de la imagen a partir de la emoción pero también de la técnica. Admiraba a Rodin y también la espontáneidad con que pintaba Monet, pero cuando una observa imágenes de las pinturas de unos y otros, la sinceridad de Cézanne es abrumadora, parece que no se diera ninguna concesión para conseguir el éxito, ni unas ventas más fáciles. Su línea no es esa, es la del trabajo. Este es su éxito, es el único que se permite.
La obra Paul Cézanne: leer la naturaleza publicada por la editorial Casimiro se divide en dos partes. En la primera nos encontramos con una conferencia del historiador italiano Lionello Venturi (1885-1961) leída en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1955 y publicada posteriormente en Four Steps toward Modern Art, Columbia University Press, 1956. En la segunda parte del libro se recogen extractos de las cartas de Cézanne a su familia, a pintores como Claude Monet, escritores como Emilio Zola, amigos y conocidos.
Lionello Venturi comienza su conferencia diciendo que todo el arte del siglo XX lleva la impronta del Cubismo, que no solo revolucionó a la pintura sino a las demás artes, incluso a la arquitectura y a la decoración. Frente al Cubismo no lograron imponerse ni el Expresionismo ni el Futurismo, y al indagar de dónde provenía el cubismo, afirma que de Cézanne, lo mismo que el Fauvismo y el Expresionismo le debían mucho a Gauguin y a Van Gogh. Está claro que aquella pintura, el Impresionismo, que a los organizadores de los salones de pintura de París les parecía «incoherente» iba a marcar el futuro de la pintura de un modo u otro. Pero si una mira la pintura de Cézanne también ve el rastro de la de Camille Pisarro que influyó en todos ellos. Fue el mismo Camille quien recomendó a Cézanne que pintara la realidad exterior y eso fue lo que comenzó a hacer: «casas con techos de paja, campos y árboles, y también a sugerir el efecto de luz y sombra mediante la pincelada corta de la técnica impresionista». Su práctica le llevó a descubrir que «los azules de las sombras y los naranjas de las luces dan a la totalidad del cuadro un esplendor imposible de obtener mediante el claroscuro». De este modo, «el nuevo orden por él imaginado necesitaba de la sugestión de las formas geométricas, y así lo dijo en 1904», «ver la naturaleza como un cilindro, esfera y cono, la totalidad colocada en perspectiva, de modo que cada lado de un objeto o de un plano se dirija hacia un punto central... La naturaleza es para nosotros cuestión de profundidad, no de superficie; de ahí la necesidad de introducir en las vibraciones de la luz, representadas por rojos y amarillos, un número suficiente de tonos azulados para lograr una impresión atmosférica». (Valga como prueba la pintura de la portada de este libro. Ahí pueden observarse esos tonos y algo más: el monte Saint Victorie que tantas veces pintó. Apreciamos que para lograr ese sentido de profundidad acercó la montaña y, a la vez, alejó el primer plano de las casas).«Es decir, abstraía de sus posiciones reales tanto el primer plano como el fondo y excluía del espacio pictórico el lugar donde él mismo se encontraba, eliminando con ello toda referencia subjetiva». Me pregunto por qué la mayoría de nosotros cuando vemos un cuadro no vemos más que un cuadro sin comprender todo el estudio y los cientos de pasos previos que dieron vida a ese cuadro. Cézanne deseaba ver por primera vez, pero conseguirlo después de haber visto tanto, resultaba imposible. Amaba lo primigenio y se debatía con angustia en lo conocido. «Pintar —decía Cézanne— no es copiar el motivo como un esclavo; es encontrar una armonía entre numerosas relaciones». En su caso eran los diferentes planos, también la creación de una atmósfera que recordara el aire, que diera sensación de lejanía.
Bella conferencia la de Lionello Venturi que nos permite acercanos, ya conmovidos, a la parte final de esta obra, a los fragmentos de algunos textos de Cézanne. Recibimos así las palabras del pintor que aconseja a jóvenes pintores la visita a los museos y a continuación seguir solos el camino, como única manera de aprendizaje. Sonreía ante la fama de un Rembrandt ante el que se detenían las personas, pensando que si bajase su precio se detendrían menos. Escribe al pintor Émile Bernard: «¡Qué difícil es pintar bien! ¿Cómo dirigirse sin rodeos hacia la naturaleza?(...) ¡Quién pudiera ver como el que acaba de nacer! Hoy nuestra vista está un poco cansada, desgastada por el recuerdo de mil imágenes. ¡Los museos, los cuadros de los museos...! ¡Y las exposiciones....! Ya no vemos la naturaleza; recreamos cuadros.»
Tiene sus preferencias pictóricas, por ejemplo, los venecianos y los españoles. Admira el cuadro Las bodas de Canaá de Veronese. Como ejemplo de la manera en que unos colores se insertan en otros y de cómo se ha conseguido mostrar el volumen, cita el cuadro Las mujeres de Argel de Delacroix.
Y en cuanto al tema de la profundidad sabe que no se puede modificar sin faltar a la verdad, aunque se consiga con ello el efecto buscado.
De Velázquez cree que se vengó a través de sus cuadros de aquello que tenía que hacer por obligación. Como en aquel tiempo no había fotografía debía pintar al rey a caballo, a su mujer, a sus hijas, al anciano, al mendigo... Pero él los pinto como los veía.
«Un arte que no tiene a la emoción por principio no es arte». Mi acuerdo es total. Así lo siento. Y eso no al margen de la técnica, que no tiene que ser la de las escuelas, aquellas sí, claro, pero solo al principio como base, para pasar al estudio propio, el que le lleva a decir: «¿Hay acaso una sola línea recta en la naturaleza, dígame...?» Se pregunta dónde esta su viejo pueblo, dónde se perdió aquel en el que nació. Vive en él y, sin embargo, añora la electricidad a petróleo que doraba los objetos frente a la blanca luz eléctrica. Recuerda el pasado de calles de tierra, frente a ese progreso que todo lo transforma o más bien trastorna: «eso que llaman progreso no es más que una invasión de bípedos, que no descansan hasta transformar todo en odiosos muelles con farolas de gas o, peor aún, con alumbrado eléctrico. ¡En qué tiempos vivimos!». ¡Ay, si nos viera actualmente! Pero nos queda la emoción, acaso sea lo único que salva siempre al arte.
Un bello resumen de la vida de un pintor es lo que nos ofrece esta obra: con sus claros y oscuros, y esa voz que se eleva diciendo: «Yo no soy nada ; no he hecho nada; pero he aprendido». Y esa frase que le dice a su hijo: «La modestia siempre se ignora a sí misma». Y tanto por aprender.



Visita el catálogo de la Editorial Casimiro.

Nota:
Exposición de la obra de Cézanne en Madrid a partir del próximo 18 de mayo en el Museo Thyssen.

2 comentarios:

  1. Querida Pilar, quequieres que te diga de todos los pintores que nombres en tu fantástico escrito, si su pintura se pudiera reunir en una sola, sería algo parecido a lo que escribes: una verdadera armonía de las cosas. Sublime la pintura es una de las artes más bellas, que encierran tantas cosas, tantos impetus, tantas verdades

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    1. Tienes razón, Javier. La belleza tiene muchas formas y la pintura siempre logra conmovernos. Quizá obviamos, y esa es la parte que me resulta tan interesante, cuánto pensamiento hay en las mentes de los artistas, cuánto han intentado comprender, cuántas decisiones han tomado en el camino a seguir, en los colores a utilizar, en los intentos por crear algo nuevo. Cuando se les escucha hablar, es decir, para nosotros cuando podemos leer lo que sintieron y pensaron es cuando se percibe aún más sufuerza creadora.
      Saludos.

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