© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

lunes, 17 de marzo de 2014

MONTESQUIEU: «ENSAYO SOBRE EL GUSTO»


Por: Pilar Alberdi

¿Han leído las Cartas Persas de Montesquieu? Si es así no hará falta que les recomiende la lectura de este Ensayo sobre el gusto (Ediciones Casimiro), porque querrán leerlo; pero si no fuera así, no duden en hacerse con él. A mí, me alegró la mañana del domingo. Es que hasta la portada ya traía en sí, esa alegría de los días de sol. Admirable ese Triunfo de la Venus Marina de Sebastiano Ricci de 1713, y que tan bien acompaña la época del autor, Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, que vivió entre 1689 y 1755. Lo que de vana apariencia tiene esa definición tiene de claridad su prosa. Abogado, filósofo, consejero del Parlamento de Burdeos, debe a su tío el título. Fue, sin lugar a dudas, un entregado lector de los clásicos latinos, razón que le estimuló a escribir Consideraciones sobre la causa de la grandeza y la decadencia de los romanos. Su interés por la política le supuso la escritura de El espíritu de las leyes, en donde explicaba la necesidad de la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y de una monarquía constitucional. El texto le valió que la Iglesia católica incluyera la obra en el Index Librorum Prohibitorum.
Se inicia la obra con una introducción de Pedro Aullón de Haro, doctor en Filosofía y Letras y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Alicante, que nos sitúa frente al autor de este ensayo, que como nos indica fue entregado para «la Encyclopédie por solicitud de Diderot y D'Alembert». Importante también su aclaración de que no todo lo que se publicó en la famosa Enciclopedia, eran obras verdaderamente originales. Ya que como indica «Es de saber que en la Encyclopédie, cosa que curiosamente suele silenciarse, ni mucho menos siempre se actúo en esa línea de deferencia sino con frecuencia más bien traduciendo y plagiando sin respeto ni pudor alguno». Aprovecha también el profesor Pedro Aullón de Haro para aclararnos que el Ensayo sobre el gusto ha sido conocido en España por la traducción que hizo del mismo Manuel Granell, que es la misma que se ofrece en este libro. Pero, ¿qué es el gusto, de qué quiere hablarnos Montesquieu a partir de esa palabra? Nos indica Aullón: «Diremos que la idea de gusto naturalmente se origina de manera metafórica a partir de una noción del sentido gustativo, pero podría añadir sin embargo que sintetiza una relación extensible a la completa esfera de los cinco sentidos» (…) «Sea como fuere, el gusto es en primer término una concepción, una actitud y una tendencia comúnmente desarrolladas sobre inclinaciones o preferencias, especialmente respecto de ciertas clases de objetos que, en ese mismo ámbito común, presentan una disposición antinómica determinada como “buen gusto”/”mal gusto”», con una numerosa variabilidad. Nos explicará, además, el introductor, entre otros temas, qué entienden los franceses por ilustración neoclásica frente a clasicismo renacentista.
Y ahora sí, ya estamos dispuestos para acercarnos a este precioso ensayo de Montesquieu en el que no faltan las palabras «alma» y «espíritu» en representación, entiendo yo de «razón, entendimiento conciencia, aprehensión o comprensión» hasta que una palabra como «máquina», en referencia al cuerpo, nos sitúa de golpe en los tiempos de la Ilustración y el inicio del positivismo. Se pregunta el autor de dónde saca el alma los diferentes placeres con los que las personas gozan y se contesta: «Son estos los diferentes placeres de nuestra alma que forman los objetos del gusto, como lo bello, lo bueno, lo agradable, lo ingenuo, lo delicado, lo tierno, lo gracioso, el “no se qué”, lo noble, lo grande, lo sublime, lo majestuoso, etc. Por ejemplo, cuando hallamos placer en ver una cosa que nos es útil, decimos que es buena; cuando hallamos placer en verla, sin que obtengamos de ella una utilidad presente, la llamamos bella». En este tipo de detalles, de distinciones, de observación de símiles o diferencias es donde la capacidad de Montesquieu sobresale. Pero esa fuente de placeres nos dice, en primer lugar está en nosotros, en nuestra disposición. Más allá de que algo nos guste o no, está el sentimiento que nos produce y la sorpresa que nos causa, pero sin curiosidad, nada sería posible y tampoco sin “ideas accesorias”. Pero tampoco basta con señalar estos aspectos, también se pregunta por qué nos gusta un cierto tipo de arte, que hay allí, ya sea una pintura o un escrito, qué nos llama la atención, de qué autor, y cómo lo consigue, y entonces descubre, también para nosotros, un cierto orden, un grado de variabilidad, una simetría, un contraste, una sorpresa, y hasta cierta ambigüedad y duplicidad que nos puede hacer dudar de aquello que un segundo antes nos gustaba. Algo nos agrada sí, pero también puede llegar a desagradarnos; algo llama nuestra atención pero puede dejar de hacerlo. Escapamos de lo igual y repetitivo, damos prioridad a la novedad. Montesquieu sabe que el suyo, ya no es tiempo de poemas pastoriles, que la ciudad acarrea su carga de «avaricia, ambición y atormentadoras pasiones» y que aunque uno pueda conformarse con el paisaje ideal de una pintura, acaso de proporciones perfectas que ni existan como tales en la realidad, también es verdad que no cualquiera puede acceder a un paisaje de esas características. Ni en aquel tiempo suyo, ni en el nuestro. Por tanto: ¿dónde está la bondad, la belleza? Sin duda, el autor contestaría que en nosotros porque él cuando mira la obra de Miguel Ángel, ve que en todas ha puesto «nobleza». Y lo sabe porque Montesquieu conoce la nobleza, por eso puede verla.
Lo cierto es que por un momento hemos caído en las redes de su mundo, nos ha atrapado con su encanto, y si nos deja otra vez en el nuestro, es decir, si nos caemos de su pensamiento al nuestro, es, creo yo, para que continuemos pensando. ¿En qué? Hay tantas cosas para pensar, diría él, tantas que tienen «ese no sé qué»...



Palabras de la contraportada

«Las fuentes de lo bello, de lo bueno, de lo agradable están en nosotros mismos e investigarlas es investigar las causas de los placeres de nuestra alma».

6 comentarios:

  1. Pilar tú eres bella buena y de alma blanca y noble

    Y muy inteligente!

    Me haré de este ensayo sobre el gusto. Me gusta.

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  2. Ese no se qué que te atrapa y te hace recapacitar en las lecturas... Lo que me molesta es que no me va a dar tiempo a leer todo lo que hay que leer, y después asimilar para seguir leyendo.
    Gracias Pilar, como siempre te agradezco muchísimo que me guies siempre también

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    1. A mí me pasa lo mismo, Javier, ¡tanto para leer! No sé quien dijo (siento no recordarlo en este momento) que a los libros deberían venderlos con el tiempo para leerlos. Ojalá fuera posible.
      Un abrazo para ti.

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  3. Qué maravilloso artículo, y cuánto aprendemos de todo lo que escribes, Pilar; y cuánto por leer, como ya te comentan. Voy a buscar ese tiempo para leer este ensayo, que ignoraba por completo.
    Gracias por todo lo que me aportas.
    Un abrazo.

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