© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

jueves, 16 de abril de 2015

EL MERCADEO DE LA POLÍTICA



Por: Pilar Alberdi


Es año de elecciones. Es bueno hacer un poco de Historia. En 1848, año conocido en Europa como La Primavera de los pueblos, una serie de revoluciones acabó con el privilegio de las monarquías, no con todas, desde luego, pero se comenzaba a poner punto y final al Antiguo Régimen, a las Alianzas que se habían firmado tras la derrota de Napoleón y que incluían tratados de comercio y defensa en común. Las ideas liberales bullían en las calles, la Ilustración se abría paso, los privilegios debían retroceder, el sentimiento nacionalista de los pueblos iba a dar forma a los nuevos Estados. Tiempo después, Víctor Hugo, dejaría constancia de algunos de estos hechos en su obra Los miserables (1862).
Es bueno recordar la Historia de vez en cuando, recordarla trayéndola al papel. Por aquella época también surgieron los primeros partidos políticos obreros, representaban a una clase social que buscaba sus derechos: el proletariado frente a los partidos de notables.
Luego, mucho más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial llegaron los «partidos aparato». los también llamados «atrapalotodo» (Otto Kirchheimer, 1966) o de «masas». Y es lo que tenemos, todavía y a lo que hay que sumar una nueva definición, la de «partidos de medios», que buscan el escaparate, la ventana (radio, periódicos, televisión...) por los que se intenta ganar votantes, especialmente, cada cuatro años, con múltiples llamadas de atención y promesas que luego, en gran medida, serán pronto olvidadas. A lo que nos ofrecen le podemos llamar: oportunismo y, por supuesto, demagogia. El compromiso de quienes dicen representarnos no es real, es acomodaticio, y representa más que la voluntad de las personas, las ideas políticas de un grupo en el poder. ¡Qué lejos queda la Antigua Democracia griega, con sus sorteos para la participación en política y sus revocaciones! Democracia participativa, sin intermediarios, sin representantes que luego acaban traicionando a los ciudadanos.
Lo absurdo de este mercadeo político en busca de electores es la confianza que tienen algunos en que la gente no tiene memoria, y quizá no la tiene o, al menos, no toda la que debería. Acaso las promesas engañan fácil al oído o simplemente nos faltan lecturas, comprensión, juicio crítico, valentía. Porque hay que ser valiente para disentir, para oponerse. Kant decía que la gente no quiere pensar, para qué van a molestarse en pensar, escribía, si pueden pagar por el pensamiento de otros. Supongo que se refería a los libros y a la prensa de su época. Pero ¿quién lee libros hoy en día? ¿Quién los lee de política, sociología, economía, educación? Es como si el mundo estuviera separado entre especialistas, y, además, lejos, muy lejos, la universidad de los periódicos. Si lo que allí se piensa y se analiza no alcanza a llegar a los periódicos, el cotilleo diario de los periódicos no ayuda al análisis profundo, ¿el comentario superficial de la noticia de hoy, de qué nos servirá mañana? Si su fin es entretener, al final, se quedará traducida en unas pocas palabras para la charla del café, la cena de la noche o la noticia que trasladaremos a las redes sociales.
Esta crisis no pasará, no es sólo española, la complejidad del tema exigiría tener una clase política capaz de alertar con veracidad, todos los días, sobre lo que está ocurriendo. El malestar en que nos encontramos y que se agudizará durante los próximos años, responde a cuestiones económicas y geopolíticas dentro de la forma en que se está llevando a cabo la llamada «globalización». No basta decir que han cerrado estos últimos años 500.000 pequeñas empresas en España, lo que hay que repetir es que el tejido comercial e industrial difícilmente será reparado, y que las grandes empresas continuarán marchándose fuera a buscar mano de obra barata y que será en otros países, hoy unos, mañana otros, en donde adquirirán la materia prima, producirán y exportarán, rompiéndose un estatus económico que siempre había sido el de adquirir materia prima, trasladarla a los países de Europa, manufacturarla y vendérsela a aquellos de donde se había obtenido la materia prima. Esa era la ganancia y esa la desesperación de los pueblos subdesarrollados que acumulaban deudas infinitas, siguiendo criterios de desarrollo de organismos internacionales, que condicionaban los créditos a la aceptación de sus políticas. Y ahora, ya lo estamos viendo en Grecia y España, Europa también está afectada por estas políticas y aumentan las bolsas de pobreza y las deudas que superan el PIB de los Estados. A esto se le llama «libre comercio», «economía desregulada», beneficia a las multinacionales y a los grandes capitales que «juegan» en la «economía casino» (Keynes) de Wall Street, es decir, de las bolsas y de la economía que ya no se rige por el patrón oro. Si en el pasado a cualquier tipo de política económica similar se le imponía una restricción, ahora, se le quitan todas, porque ya no se trata de que un Estado defienda lo que entendería como una intrusión económica de otro que buscando su propio beneficio impida o disminuya el propio bienestar, y con ello el de las personas que viven en su territorio, ahora se trata de los intereses del capital, de un flujo de capitales cosmopolita e internacional, sin más interés que su propios rendimientos, del que son incluso parte los pequeños ahorradores, y que no entiende de fronteras ni de Estados. Realmente, la globalización es eso, con la colaboración de los organismos que dirigen este proceso y con sus directrices, llámense FMI, BM, BCE, las reuniones del Foro de Davos, el Club Bilderberg o el Consenso de Washington. El capital para el capital, pero ¿y a las personas quién las salva?
Desde hace tiempo, hay gente que alerta de los problemas. Ziygmunt Bauman, por ejemplo, es uno de ellos, y así lo dice en su obra Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Esos, «residuos económicos» —las personas—, esos «daños colaterales del progreso económico», esos «consumidores fallidos» que se caen del «sistema» o que ni siquiera han podido acceder a él, frente a Estados y políticas que pretenden culpar al ciudadano de lo que le ocurre en su vida privada, cuando lo que a éstos les sucede en sus vidas privadas es obra de lo que la política económica a nivel mundial les impone en su realidad social. Este orden mundial, ya no dividido en bloques militares tanto como en bloques económicos (CEE, BRICS, MERCOSUR, TLCAN...) irá redefiniendo nuestras vidas según sus prioridades, mientras los Estados, como representantes de sus poblaciones, perderán poder frente a la economía financiera especulativa, las privatizaciones, la pérdida de millones de puestos de trabajos en Europa.
Por supuesto, que todos somos bienvenidos en este sistema si tenemos poder adquisitivo, el problema es tenerlo. Se da por hecho que nuestras son todas las libertades y también los derechos (de movimiento, de propiedad...) si nuestra cuenta del banco es abultada y podemos permitírnoslo. Nuestros políticos, que saben esto, ya porque consientan, ya porque participen, tienen una enorme responsabilidad, por eso es de agradecer el comportamiento de aquellos, muy pocos, que nos alertan.
«Consumidores de última generación», así podríamos llamarnos. Me parece un término válido, mientras nos refugiamos en nuestro pasado recuerdo del Estado de Bienestar, y protegemos las fronteras con altos muros, «devoluciones de inmigrantes sin papeles», para que nadie venga a robarnos lo que es nuestro, el pan de nuestros hijos, el futuro de nuestros nietos, mientras el ladrón que ya está en casa, salta de beneficio en beneficio, se queda aquí unos pisos que antes eran del Estado, allí la privatización de un servicio, deslocaliza una empresa, y nos asombra con su espectáculo de mago de circo, convenciéndonos de que lo mejor está por llegar, de que la crisis que se iba a terminar hace unos años se acabará en los próximos. Gira y gira la ruleta de la «economía casino».
Así, cada día más vulnerables, más precarios, más pobres, somos los perplejos ciudadanos de un tiempo que no esperábamos, una parte más del juego de los poderosos, mientras las noticias se encargan de ponernos el miedo en el cuerpo con guerras de las que no tenemos mucha información, con grupos terroristas que aparecen y desaparecen de los telediarios según conviene, con enfermedades que preocupan o se destacan según en qué continente suceden o a quién afectan. A fin de cuentas, piensan, sólo somos electores, valemos igual que un voto, pero yo pienso que algo más, también.



Publicado en Nueva Tribuna 16-04-2015

4 comentarios:

  1. Muy buena entrada nos compartes, amiga.

    Gracias + Abrazo

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  2. Recordando el título del famoso ensayo de Erich Fromm, "Del tener al ser", nos hemos obcecado tanto en el "tener" que hemos perdido la orientación hacia el "ser". Tu lúcido comentario ha de servir para que nos paremos un momento a pensar, falta nos hace. Un saludo Pilar.

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    Respuestas
    1. Sí, "Tener o ser" una obra interesantísima de Froom. Tengo por aquí varias suyas. En "El corazón del hombre", muy interesante, dice: "El homo mechanicus espera que tiene que haber un botón que, al oprimirlo traiga la felicidad, amor, placer". Pero nada se nos dará si no lo exigimos. Quizá hable de este libro próximamente.
      Un abrazo.Saludos.

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