© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


martes, 9 de agosto de 2016

MI MADRE TENÍA UN MUNDO



Pilar Alberdi


En mi cumpleaños, con cariño.


Mi madre tenía un mundo. Yo creo tenerlo. Mi hijos lo tienen. Cada uno con sus márgenes, con su paisaje de realidades viejas y nuevas. Estos son los legados familiares. Fructifican. Se transmiten de una generación a otra. Se reciben y se dan. Cada ser tocado por la originalidad de otro, por su esperanza, sus ilusiones, sus dichas y frustraciones, sus aciertos y también sus destemplanzas. Nadie es perfecto, pero todos somos únicos. Algunos más que otros. Hago reverencias a los que sienten, porque de ellos es el mundo. El que no siente está muerto para la vida. El que no siente no puede tratar de comprender a las flores, a los animales. El que no siente cree que el cielo es azul, pero el que siente se pregunta por qué es azul, y no rojo o verde o violeta.
Creo que escribo con frases cortas, pero realmente ahora que reflexiono veo que no son cortas sino que reúnen pequeños contenidos, que yo sé que están ahí. Aunque no aparezcan, ya en el primer fragmento hay fronteras, provincias, continentes, tormentas… Hablando de tormentas, cuando yo era niña esperábamos las tormentas sobre los grandes ventanales de la Escuela de Cerámica, y mientras se acercaban aquellas feroces nubes, nosotros, las niñas y niños del barrio, de pie en los ventanales, cantábamos «¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva», y cuando caían los primeros, enormes… goterones como piedras, y el olor a ozono impregnaba el aire, y el aroma a tierra subía hasta nuestros pulmones, entonces, mientras volaban por el aire pequeños papeles y hojas de árboles que parecían azotados por el viento, corríamos, entre gritos y risas, a protegernos bajo los aleros de las casas. En esos porches en los que también contábamos cuentos de miedo, en verano, por las noches.
Mi madre perteneció a una cultura oral. Yo, a una visual. Su memoria le permitía repetir las historias una y otra vez. Sabía uno que no se dejaba una palabra olvidada, jamás. Ella fue de un pueblo como yo de una ciudad. Aquellas palabras suyas relataban su mundo. Juntas conocimos el mar, y recorrimos el océano Atlántico en busca de un sueño.
En el tiempo de mi madre unos pocos años de colegio bastaban. Había que ayudar a la familia; los niños ya nacían casi adultos. A ella la vida se le fue cosiendo, bordando y en sus últimos años, ya con la enorme dificultad de la artritis que padecía, todavía tenía ánimo para pintar al óleo, hasta que eso también tuvo que dejarlo, entonces solo le quedó la televisión, ese extraño objeto, al que ella no había prestado mayor atención en su vida. ¡Qué gran derrota! Mi madre nunca fue mujer de televisión y yo he salido parecida.
Cuando mi madre fue niña tenían muñecas de trapo. Las de porcelana eran para las niñas ricas. Ella debió tener muy pocas porque en mis cumpleaños siempre me regalaba una, y siempre me hacía dudar de mi futura maternidad por lo poco que yo las apreciaba. Pero no importa, uno de mis hijos tiene un Cinexin porque, seguramente, yo recordaba que nunca conseguí aquel deseado regalo. Es así de simple, es deber de los hijos perdonar a sus padres, y de estos a sus hijos.
Cumplo 62 años. Vieja ante el espejo, pero fuera de él, todavía invicta, activa, libre y con ilusiones.
Un recuerdo de infancia: cuando yo tenía ocho-nueve años por mi ciudad todavía circulaban carros: el del lechero, el repartidor de la soda, el del hielo. Convivían dos mundos: restos del antiguo y el moderno. Pero nosotros, no percibíamos esa diferencia. Para nosotros se trataba de uno solo.
Después de cruzar el océano, casi adolescente, conocí el pueblo de mi madre. Allí, las aldeanas bajaban a la Plaza de Verduras a vender sus productos, y lo hacían montadas en burros. Hermosos Plateros de cuento. Y cuando subías al monte, además de poder probar unas fresas silvestres, alguna manzana y hasta cerezas en verano, sentías el placer en otoño de recoger muchas setas, además de ver esos henares amarillos, esos perros solitarios que te ladraban desde las puertas de las casas con la intención de alejarte, esas ovejas que subían el monte marcando el paso al compás del cencerro de la oveja guía, mientras las arañas tejían sus telas en los cercados, y el txirimiri, siempre amenazante, tentaba con dejar caer las primeras gotas, mientras veías más allá o más acá, cómo se labraban las pequeñas parcelas de tierra junto a los caseríos, con yuntas de bueyes enjaezados humildemente. Pero, nada de eso existe, ya. Ese tiempo ha pasado.
Muchas veces les digo a mis nietos: «¡Yo no sé qué os enseñan en el colegio!». Es como un reproche, que me digo a mí misma. Lo sé. Pero, ¿para qué quieren tantos libros y tantos exámenes si no saben cómo fue la vida de sus antepasados?
Hace poco le expliqué a mi nieta que cuando nosotros éramos niños apenas había objetos de plástico. ¡No se lo podía creer! Yo intenté que se imaginara ese mundo sin bolsas de las que ahora tienes que comprar en los supermercados, dicen, por un tema ecológico, y antes te las daban gratis, claro, por un tema de competencia comercial. Le pido a mi nieta que imagine un mundo sin bolígrafos. Sé que lo intenta, pero en el fondo no puede. En el colegio, le explico, con muy pocos años de edad, nosotros que nos sentábamos en pupitres de madera dobles escribíamos con plumilla y tinta, y el resto, por ejemplo las cuentas, con lápiz. En medio del pupitre, un tintero para compartir. Junto a cada cuaderno, siempre a mano un secante. Y si esto hoy parece tan lejano en el tiempo, añado que en la secundaría teníamos una asignatura de nombre Caligrafía en la que escribíamos con pluma, y hacíamos letra gótica y letra inglesa. Y ojo, nos parecía lo más normal del mundo y nos resultaba placentero, una de esas asignaturas en las que no había prisas. Aunque, para prisas, las de ahora. Ni siquiera nos parecía una contradicción que otra asignatura fuera mecanografía.
Sí, mi madre tuvo un mundo y yo creo que también lo tengo. Nuestros mundos se unían por las esquinas, a veces, la costura se rompía, pero en el fondo de nuestras almas nunca nos fallamos.
Mi nieta, que siempre habla de que tendrá una granja cuando se mayor, se asombra cuando le pregunto cómo cree ella que se vendían los huevos cuando yo era niña. Me contesta que en un envase de plástico. Le digo que no, y le recuerdo que todavía no se utilizaba el plástico para todo. «¡De cartón!», deduce. «Tampoco». La costumbre de usar el cartón del modo en que hoy lo conocemos, llegó luego. «¡Ay, abuela!», ríe, mientras piensa. La ayudo. Voy hasta un cuartito que tenemos en el patio y que utilizamos como despensa, traigo de allí un periódico viejo y del frigorífico una docena de huevos que retiro rápidamente del envase, cómo no, de plástico. Tomo del periódico una de las hojas dobles y la corto por la mitad. Coloco una de estas hojas extendida sobre la mesa. Pongo tres huevos sobre ella, y doy una vuelta con el papel hasta cubrirlos, luego sumo tres huevos más, y doy otra vuelta de papel. Doblo el sobrante de los bordes como haríamos con el envoltorio de una caja de bombones. El paquetito ha quedado perfecto. Hago lo mismo con la otra media docena y al acabar coloco este segundo paquete sobre el primero. «¡Ya está!», le digo. Mi nieta sonríe. Le ha gustado. La abuela sabe poco de magia pero ¡hay que ver qué cosas se trae del pasado! «A ver, me dice, déjame probar». La dejo, está conociendo un mundo sin plástico, aquel lejano mundo en el que yo viví y todavía el más lejano en el que mi madre vivió su niñez. Y se lo está pasando en grande.
Y alguien dirá que esto son palabras, pero son más que palabras. Las palabras tienen vida. En suma, hasta aquí las cuentas, mamá, sólo quería decirte que estás tan viva como antes. Que seguimos cruzando el océano como sirenas en busca de sueños perdidos, que el barco amarra en todos los puertos y en todos, toca su bocina, y que volamos por el cielo como dos globos que no se creen perdidos. Y como si fuera todavía una niña, déjame decirte mamá, en este día tan especial para mí, que te agradezco infinitamente que tú tuvieras un mundo, porque es lo más maravilloso que me has dejado. Ahora que yo tengo el mío, lo comparto. Pero en el mío, que lo sepas, que te quede bien claro, va el tuyo. Gracias.

11 comentarios:

  1. Mucha sensibilidad, muy tierno. Yo soy de un mundo diferente, pero también tuve una madre, y era parecida en algunos aspectos a la que describes; me conmovió (es, sencillamente, el poder de las palabras bien tejidas). Felicitaciones.

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  2. Qué bien me llegan estas sabias reflexiones, amiga. Cuánta realidad de vida en tu decir, cuánta ternura. Ha sido un verdadero placer leerte.
    Mis parabienes y sentida felicitación.

    Beso

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  3. Evocando el mundo de tu madre, el tuyo, has despertado en mi muchos recuerdos. Tú, tu nieta; yo y mis hijas mantenemos el nexo de una cultura visual conectada aún con la oral gracias a los libros que comenzamos a compartir con la lectura en voz alta en la infancia y que en mi casa, por suerte, aún pervive. Que nos lean historias, que leamos para otros cuando no pueden leer me parece uno de los grandes placeres, tan sencillo y cercano que nadie debería perdérselo. ¡Felicidades por tus 62 años plenamente vividos!

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  4. Pilar, gracias por tu precioso y evocador artículo. Las vivencias que en el cuentas me han traído muchos recuerdos y reflexiones a la memoria. He vuelto a sentir junto a a mí a mí madre, de la que esta pasada semana se cumplió un año de su fallecimiento.
    ¡Muchas gracias y feliz cumpleaños!
    Un abrazo.

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  5. hermoso recordatorio trajo muchísimos recuerdos a mi persona ,es un verdadero honor poder leer sus publicaciones .gracias un fuerte abrazo

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  6. Qué decirte, Pilar, una hermosa dedicatoria a tu madre, que también me hizo pensar y recordar a la mía. Un texto muy bello que he disfrutado y me ha transmitido esa humanidad tuya en todo cuanto escribes. Agradable leerte.
    Un abrazo y felicidades. ¡Salud!

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  7. Muchas gracias por sus comentarios.
    Abrazos.

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  8. Muy bonito, Pilar, esta evocación que haces, en el día de tu cumpleaños, del mundo de tu madre. No sabes lo bien que comprendo todo tu mundo, que es el mío también pues nuestras edades son parejas. Yo también conocí la convivencia en la ciudad de caballerías y automóviles, las docenas de huevos envueltas en papel de periódico, los pupitres de a dos con tintero para compartir, los juegos nerviosos y melindrosos ante la proximidad de la tormenta (¡Que llueva, que llueva, la...)... Y por todo esto -¡y lo bien que lo sabes comunicar a través de tu escritura!- esta entrada tuya me ha encantado.
    Un abrazo, Pilar

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  9. Bello escrito,una reverencia a tu madre,también yo le he escrito a mi madre y a sus inexistentes recuerdos,pues la perdí muy pronto. Si estamos de acuerdo las palabras tienen vida y además son la semilla de la creación,cumplo algo mas de 62,pero siento algo similar a lo que tu expresas. Que llueva,que llueva...jajaja el mundo sin bolsas de estas,sin plásticos si ya es inconcebible...Hola Pilar, un saludo. Nellylita 51

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  10. Muy agradecida por sus comentarios, Juan Carlos, Nellylita.
    Cordiales saludos.

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  11. He vuelto h leer. Si las palabras tienen vida, por ello me atrajeron nuevamente, el mundo de tu madre y el tuyo. Un saludo.

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