© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

Puedes visitar mi página web en el siguiente enlace

sábado, 19 de agosto de 2017

LA NIÑEZ


Foto y texto: Pilar Alberdi

Vivíamos entre sentimientos.
En las tardes de verano, en aquel garaje que nos parecía inmenso, jugábamos a la gallinita ciega. Había allí una bolsa de pan duro: ¡niños salvajes, con qué gusto lo devorábamos!
Aquella era vida, la de la niñez; estaba toda entera.
El tiempo de la niñez era otro tiempo, se perdió.
Éramos tan niños de la calle que las familias nos veían regresar rendidos al atardecer.
Curioso: se pasan los niños mirándose los dedos para aprender a contar.
La calle parecía vencida ante nuestros patines y bicicletas; las aceras las bordábamos con rayuelas dibujadas con tiza.
Más tarde, nos subimos al tren de las palabras y nos encontramos por el camino con un burro de nombre Platero.
Los niños no saben nada del azar; por eso, tampoco saben nada de la vida.
El dios de nuestros padres nos consoló de los primeros golpes. Caímos muchas veces; nos levantamos otras tantas.
En verano, el asfalto de las calles se derretía junto a las aceras. Entonces, nosotros aprovechábamos para hacer canicas de alquitrán con un palito. Pequeños rebaños de ovejas negras que rodarían a nuestro gusto para caer en un agujero.
Balada triste de los niños que fuimos: «Aserrín, aserrán; piden pan, no les dan».
Donde los adultos veían solo niños, justo un paso más allá estábamos nosotros.
Nos contaron que anudarse bien las zapatillas nos haría mayores. Les creímos.
¡Sentir, admirar, emocionarse! Habitábamos tierra de filósofos, pero éramos niños y no lo sabíamos.
Nuestros sueños, los alimentábamos siempre con más sueños.
Jugábamos al escondite para despistar un momento al presente.
Nadie como nosotros para creer en la majestuosidad de los barcos y los aviones de papel.
Como si fuéramos niños ricos, alguna vez, hasta donamos nuestros juguetes a niños que nos dijeron eran más pobres que nosotros.
Día a día ganábamos nuestra dignidad rebelándonos contra las injusticias: las regañinas, la primera bofetada, la piedra que arrojamos o nos arrojaron.
Nuestro lema fue: «¡Por un chocolate, un mundo!».
La niñez es un recuerdo que se hace mayor.

4 comentarios:

  1. Muy bello este texto. Me hizo volar a aquellos maravillosos tiempos.
    Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es lo mismo que yo encuentro en tus maravillosos abanicos pintados a mano.
      Dejo aquí el enlace a tu página: https://cuadromovilesrefrescantes.blogspot.com.es/
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Las imágenes que recreas son hermosas. El viaje de la vida nos obliga a alejarnos del tiempo niño. Es emotivo volver a la inocencia a través de tu maravilloso texto. Comprender que aún nos habita.
    Un abrazo, Pilar.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.