lunes, 31 de marzo de 2014

JOHAN HUIZINGA: «DE LO LÚDICO Y LO SERIO»


Por: Pilar Alberdi


«Holanda a dado a Europa y, quizás subrayadamente a España, aparte de unos cuantos pintores muy importantes de la llamada Escuela flamenca, dos figuras eminentes e influyentes, ni más ni menos, y ambos maestros del humanismo, Erasmo de Rotterdam y Johan Huizinga (1872-1945). Además, este último difundió y se reconoció en la obra del clásico renacentista». De este modo, comienza la introducción del profesor Pedro Aullón de Haro, de la Universidad de Alicante, para la publicación en la editorial Casimiro del discurso que pronunció en 1933, en la Universidad de Leiden, Johan Huizinga, mientras ocupaba el cargo de rector magnífico, recordándonos el introductor que al margen de los vaivenes políticos que conoció el pasado siglo, la obra de Huizinga, «ha disfrutado de un extraordinario número constante de lectores».
El ensayo, cuyo título original fue Acerca de los límites entre lo lúdico y lo serio en la cultura dio pie al posterior libro de Huizinga, Homo ludens. Para el autor, la idea de «continuidad» en la cultura o la civilización prevalece en lo esencial sobre la de «evolución».Y es algo en lo que se hace hincapié desde hace tiempo en diferentes aspectos por parte de numerosos pensadores. ¿La civilización camina de modo lineal? ¿A dónde va? ¿A qué llamamos Progreso?
Esa idea de «continuidad» la afirmó de un modo especial en otro de sus ensayos: Historia Cultural, publicado en 1929 en el que presenta varias tesis, entre ellas, la de que «El concepto de evolución es de escasa utilidad para el estudio de la historia, y frecuentemente ejerce una influencia perturbadora». Es decir, fija a priori el punto de vista sobre aquello que se desea reflexionar y exponer.
Sobre este particular Pedro Aullón de Haro señala los criterios de Huizinga sobre el tema y los resume en una contundente frase: «Si la tradición no es interrogada no produce historia» y es que de tanto repetir los hechos, ciertos episodios de un modo similar, y en esto no podríamos negar que unos libros parecen la copia de otros, se agradece una mirada diferente. Aceptar que el juego y los límites del mismo con lo serio, lo formal, todo aquello que consideramos no-juego es una realidad constante en nuestras vidas, nos sorprenderá.
Y ahora sí, vayamos con el ensayo de Huizinga que no es fruto de una reflexión al azar. Él mismo lo aclara exponiendo: «Hoy les hablaré de una cuestión con la que me topé hace ya treinta años y con la que desde entonces he vuelto a encontrarme una y otra vez en los ámbitos más diversos. (…) Mi discurso versará sobre el juego y la seriedad en la cultura». Y añade algo importante que sirve para explicar cómo algunas palabras caen en desuso o pierden su importancia frente a otras. «Si hablo de cultura, no es porque este vocablo me resulte más grato al oído que el de “civilización”, sino porque en nuestro pensamiento contemporáneo ha ido cobrando un valor distinto y a su vez distintivo que hace que ya no podamos prescindir de él». A continuación desarrolla ideas como que la cultura es «aspiración de dominio de la naturaleza», «servicio» al que asocia con herramienta de conocimiento y, «expresión», es decir, la cultura es «transformación» y pone como ejemplos «una rueda, un microscopio, un concepto filosófico, un acorde musical», podemos sumar un poema, una metáfora, que aportan y esto es lo fundamental, una diferencia que es también «fijación, creación, ya sea imaginaria, material o lingüística». Pero el juego que se expresa en los animales (filogenéticamente) y en los niños (ontogenéticamente), para ser cultural en un sentido amplio tiene que contener el factor social añadido de la participación. Y cuando Huizinga continúa con este tipo de análisis descubre que el juego impregna desde los inicios, la vida social de los pueblos bajo distintas manifestaciones. Por una parte es juego, pero también es fiesta, competición, culto y arte. Y ¿cuándo es serio? Cuando roza ese límite o pertenece a él, cuando está inserto en las actividades sociales y tantas veces, sin que ni siquiera nos demos cuenta. Recordemos a los griegos con sus juegos (competiciones), con sus escuelas de filosofía, con su retórica. ¿Y no hay juego-competitivo en las batallas, en la creación de cerámicas, en el intercambio de productos que llevaban a cabo los pueblos del pasado? Se dedica el autor también a explicarnos las derivaciones semánticas, qué significaba o representaba en latín, la palabra «juego»; qué representa en alemán, en inglés. Y vemos, descubrimos cómo el concepto se amplía o disminuye según el significado que alcance en una lengua u otra. Luego, ¿de qué modo se vivía el juego en los tiempos arcaicos y de qué modo lo vivenciamos ahora? ¿Tenemos conciencia de en qué parcelas de nuestras vidas se halla, de si es lo mismo en nuestra sociedad que en otras?
De esto trata esta conferencia, preludio de un interesante libro posterior, Homo ludens. Pero, consigue algo más, diría que mucho más. Escrito con sencillez, con esa claridad pasmosa del que mucho ha pensado, con ese convencimiento de los buenos profesores que saben que aprenden más cuanto más enseñan; consigue una y otra vez obligarnos a reflexionar sobre nuestra cultura y nuestra vida. Les animo a leerla.
En esta editorial también encontrarán El problema del Renacimiento escrita en 1920 por Johan Huizinga.

martes, 25 de marzo de 2014

CAMINOS



Por: Pilar Alberdi

Para Ernesto


Decimos: el tiempo pasa, las personas pasan, la vida es un camino... ¿Qué queda entonces? Los pequeños actos de las personas que se transmiten de una generación a otra. «El hombre es elección» decía Epícteto. Y en ese camino de la vida vamos acompañados de distintas personas y hay veces que el sendero se desvía de nuestros sueños; otros en que aparece una selva o un bosque, o más allá una difícil cima que hay que superar, aunque una llanura al otro lado nos prometa el final del viaje.
Hacerse mayor tiene sus ventajas y desventajas: ya sabes quién has sido en la vida, y si deseas cambiar algo, quizá todavía queda algo de tiempo.
Llegar a ese punto en que uno puede peinar cabellos blancos como los que vio en sus padres o acaso en sus abuelos, tiene algo de revelación y de sorpresa. De repente, la vida te avisa que has llegado a viejo. Te miras al espejo y dices: «sí esa soy yo» o «ese soy yo», y mientras descubres alguna arruga nueva, la piel que se ha vuelto más fina; te das cuenta que es hora de dejar atrás una parte de tu equipaje. Miras a tu alrededor y piensas: demasiados libros, adornos, palabras dichas o no dichas; aciertos y equivocaciones; y aunque has dejado muchas cosas por el camino, las fotos nunca te parecen demasiadas. Hay buenos momentos para recordar.
Y es verdad que casi te falta voluntad para hacer ciertos trabajos que antes hacías con placer, pero solo eres tú, consolándote de la juventud que ya no está, mientras dejas que avance la edad con sus flojeras pero también con su mayor sabiduría y te dedicas a recoger amaneceres en fotos y a escuchar agradecida el canto de los pájaros, a mirar el cielo azul, a buscarle formas a las nubes. Y es que ahora, como te has hecho mayor y tienes nietos, es también como si volvieras atrás, y juegas a la pelota, al escondite, al corre corre que te pillo, al parchís, a la oca, a las damas, al ajedrez, ves con placer una serie infantil o una para adolescentes y vuelves a sonreír como si otra vez tuvieras, 2, 3, 5 o 7 años y hasta quisieras recordar aquello que no recuerdas. Y piensas ya en los días de sol y playa que quedan por vivir y hasta en el momento en que ellos también se independicen.
Sin duda, el mayor regalo que nos pueden dar los niños es el de hacernos vivir en presente.
Y la vida sigue... Enseñamos a los pequeños de la familia a decir: «por favor», «gracias». Los vemos educados, tan maravillosos, con esos ojazos que se desviven por un helado, con esas manos manchadas de chocolate, con esos besos pegajosos...
“La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes” escribió José Martí
Hagamos de nuestros niños, niños humildes, que sepan disfrutar de las pequeñas cosas, que no aspiren a nada grande fuera de ellos mismos. Todo está en su corazón y en el camino.
Y sé que podría terminar aquí estas palabras, pero me gustaría contarles una pequeña historia. Hace un par de meses, hablando con una persona a la que quiero mucho, le explicaba yo cómo había ido a vivir en mi niñez de un país a otro, y le contaba que sólo esperaba como todo niño al que se saca del entorno donde nació, el regreso. Todo lo que iba a encontrar en ese anhelado regreso. Pero al regreso, no quedaba nada de lo que yo creía que había dejado. Ni volví al mismo colegio, ni al mismo barrio, ni tuve ya los mismos amigos. Entonces fue cuando esta persona me dijo: «Es que los caminos sólo son de ida. Nunca de regreso».
Filosofía pura, pensé: «los caminos sólo son de ida...», mientras reflexionaba qué oportuno hubiera sido que alguien me lo explicara en la niñez.

lunes, 17 de marzo de 2014

MONTESQUIEU: «ENSAYO SOBRE EL GUSTO»


Por: Pilar Alberdi

¿Han leído las Cartas Persas de Montesquieu? Si es así no hará falta que les recomiende la lectura de este Ensayo sobre el gusto (Ediciones Casimiro), porque querrán leerlo; pero si no fuera así, no duden en hacerse con él. A mí, me alegró la mañana del domingo. Es que hasta la portada ya traía en sí, esa alegría de los días de sol. Admirable ese Triunfo de la Venus Marina de Sebastiano Ricci de 1713, y que tan bien acompaña la época del autor, Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, que vivió entre 1689 y 1755. Lo que de vana apariencia tiene esa definición tiene de claridad su prosa. Abogado, filósofo, consejero del Parlamento de Burdeos, debe a su tío el título. Fue, sin lugar a dudas, un entregado lector de los clásicos latinos, razón que le estimuló a escribir Consideraciones sobre la causa de la grandeza y la decadencia de los romanos. Su interés por la política le supuso la escritura de El espíritu de las leyes, en donde explicaba la necesidad de la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y de una monarquía constitucional. El texto le valió que la Iglesia católica incluyera la obra en el Index Librorum Prohibitorum.
Se inicia la obra con una introducción de Pedro Aullón de Haro, doctor en Filosofía y Letras y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Alicante, que nos sitúa frente al autor de este ensayo, que como nos indica fue entregado para «la Encyclopédie por solicitud de Diderot y D'Alembert». Importante también su aclaración de que no todo lo que se publicó en la famosa Enciclopedia, eran obras verdaderamente originales. Ya que como indica «Es de saber que en la Encyclopédie, cosa que curiosamente suele silenciarse, ni mucho menos siempre se actúo en esa línea de deferencia sino con frecuencia más bien traduciendo y plagiando sin respeto ni pudor alguno». Aprovecha también el profesor Pedro Aullón de Haro para aclararnos que el Ensayo sobre el gusto ha sido conocido en España por la traducción que hizo del mismo Manuel Granell, que es la misma que se ofrece en este libro. Pero, ¿qué es el gusto, de qué quiere hablarnos Montesquieu a partir de esa palabra? Nos indica Aullón: «Diremos que la idea de gusto naturalmente se origina de manera metafórica a partir de una noción del sentido gustativo, pero podría añadir sin embargo que sintetiza una relación extensible a la completa esfera de los cinco sentidos» (…) «Sea como fuere, el gusto es en primer término una concepción, una actitud y una tendencia comúnmente desarrolladas sobre inclinaciones o preferencias, especialmente respecto de ciertas clases de objetos que, en ese mismo ámbito común, presentan una disposición antinómica determinada como “buen gusto”/”mal gusto”», con una numerosa variabilidad. Nos explicará, además, el introductor, entre otros temas, qué entienden los franceses por ilustración neoclásica frente a clasicismo renacentista.
Y ahora sí, ya estamos dispuestos para acercarnos a este precioso ensayo de Montesquieu en el que no faltan las palabras «alma» y «espíritu» en representación, entiendo yo de «razón, entendimiento conciencia, aprehensión o comprensión» hasta que una palabra como «máquina», en referencia al cuerpo, nos sitúa de golpe en los tiempos de la Ilustración y el inicio del positivismo. Se pregunta el autor de dónde saca el alma los diferentes placeres con los que las personas gozan y se contesta: «Son estos los diferentes placeres de nuestra alma que forman los objetos del gusto, como lo bello, lo bueno, lo agradable, lo ingenuo, lo delicado, lo tierno, lo gracioso, el “no se qué”, lo noble, lo grande, lo sublime, lo majestuoso, etc. Por ejemplo, cuando hallamos placer en ver una cosa que nos es útil, decimos que es buena; cuando hallamos placer en verla, sin que obtengamos de ella una utilidad presente, la llamamos bella». En este tipo de detalles, de distinciones, de observación de símiles o diferencias es donde la capacidad de Montesquieu sobresale. Pero esa fuente de placeres nos dice, en primer lugar está en nosotros, en nuestra disposición. Más allá de que algo nos guste o no, está el sentimiento que nos produce y la sorpresa que nos causa, pero sin curiosidad, nada sería posible y tampoco sin “ideas accesorias”. Pero tampoco basta con señalar estos aspectos, también se pregunta por qué nos gusta un cierto tipo de arte, que hay allí, ya sea una pintura o un escrito, qué nos llama la atención, de qué autor, y cómo lo consigue, y entonces descubre, también para nosotros, un cierto orden, un grado de variabilidad, una simetría, un contraste, una sorpresa, y hasta cierta ambigüedad y duplicidad que nos puede hacer dudar de aquello que un segundo antes nos gustaba. Algo nos agrada sí, pero también puede llegar a desagradarnos; algo llama nuestra atención pero puede dejar de hacerlo. Escapamos de lo igual y repetitivo, damos prioridad a la novedad. Montesquieu sabe que el suyo, ya no es tiempo de poemas pastoriles, que la ciudad acarrea su carga de «avaricia, ambición y atormentadoras pasiones» y que aunque uno pueda conformarse con el paisaje ideal de una pintura, acaso de proporciones perfectas que ni existan como tales en la realidad, también es verdad que no cualquiera puede acceder a un paisaje de esas características. Ni en aquel tiempo suyo, ni en el nuestro. Por tanto: ¿dónde está la bondad, la belleza? Sin duda, el autor contestaría que en nosotros porque él cuando mira la obra de Miguel Ángel, ve que en todas ha puesto «nobleza». Y lo sabe porque Montesquieu conoce la nobleza, por eso puede verla.
Lo cierto es que por un momento hemos caído en las redes de su mundo, nos ha atrapado con su encanto, y si nos deja otra vez en el nuestro, es decir, si nos caemos de su pensamiento al nuestro, es, creo yo, para que continuemos pensando. ¿En qué? Hay tantas cosas para pensar, diría él, tantas que tienen «ese no sé qué»...



Palabras de la contraportada

«Las fuentes de lo bello, de lo bueno, de lo agradable están en nosotros mismos e investigarlas es investigar las causas de los placeres de nuestra alma».

MÁLAGA EN MARZO

Amanecer, día 14 de marzo. Rincón de la Victoria. (Málaga)

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.