jueves, 25 de febrero de 2016

EN DEFENSA DE LOS ANIMALES


Por: Pilar Alberdi

En estos momentos, al escribir las primeras líneas que irán dando forma a este artículo, me viene a la memoria una cita de Aristóteles, un antiguo refrán -viejo para él ya en su tiempo, y con más razón para nosotros en la actualidad-: "Una golondrina no hace verano". Y, sin embargo, cuánto nos alegra verlas.
Asombra el tiempo. No más que la espiritualidad de ciertas creencias orientales, por ejemplo, cuyos miembros son incapaces de matar un insecto. Hay personas que barren su camino para no pisarlos y se tapan la nariz y la boca para no respirarlos. O la creencia budista, capaz de hacernos recapacitar sobre las reencarnaciones de las personas en animales, seres que habitualmente, consideramos inferiores. Una vieja idea, la del «eterno retorno», presente ya en Platón (La República). No más que la cantidad de holocaustos, de ofrendas a los dioses, de animales inmolados en tantas religiones para saber qué comunicaban los dioses a los humanos a través de las vísceras de los animales sacrificados.
No dejemos de pensar también en los animales maltratados para nuestro consumo o los utilizados groseramente en tantas fiestas populares.
Es frase repetida en el tiempo que todos somos griegos. Quizá sea verdad, al menos yo, doy por aceptado que todos nos volvemos griegos, cuando comprendemos como el poeta Cavafis, la necesidad de retrasar el regreso a Ítaca. Pero esta comprensión llega con la madurez: lo que importa es el camino.
Realmente no es mal comienzo para este ensayo, darle inicio en Grecia, en la cultura helenística, porque los mitos lo permiten... Zeus, transformado en toro, raptando a Europa. Diana, cazadora. Cancerbero, un perro de tres cabezas, guardián del Infierno. Neptuno, en Tesalia, haciendo brotar de una fuente, el primer caballo. El cadáver del poeta Hesíodo, devuelto a la playa por unos delfines. Los grandes ritos funerarios, las piras de leña ardiendo con inmolación de animales...
También los hebreos nos hablan de animales. El Antiguo y el Nuevo Testamento. Dios, se dice, creó a los animales antes que al hombre. Dios ordena a Noé que recogiese algunas parejas de especies animales, y las protegiese en su embarcación. Eva es tentada por una serpiente. De las diez plagas que azotaron a Egipto, cuatro fueron de animales: ranas, mosquitos, moscas y langostas. Jonás fue tragado y luego devuelto a tierra por una ballena. Daniel se enfrentó a los leones. Un buey y un asno dieron calor a Jesús en un pesebre. El cordero se convierte, es la representación y el símbolo de la víctima expiatoria.
Todo esto, sin contar con otras realidades y otras mitologías, sin contar con las pinturas de las cuevas prehistóricas en las que podemos observar la relación de nuestros lejanos antepasados con los animales. Ni tomamos ahora en cuenta de manera especial a los animales sagrados de Egipto asociados a los dioses y las dinastías; ni la personificación de éstos, en las Fábulas de Esopo; ni la copia o atributos que hacemos de ellos, valga como ejemplo la formación de los soldados romanos llamada «testudo» que imitaba una caparazón de tortuga. También podríamos referirnos al valor de su domesticación. Incluso a nuestra relación con ellos: sirvan de ejemplo algunos anacoretas de la Iglesia Católica que han tenido un trato especial con los animales, un verdadero acercamiento a la naturaleza, a este mundo concreto, frente al otro que la religión presumía en el cielo.
Muchas veces, la ignorancia de los hechos sobre animales que se relataban era escalofriante. En el siglo segundo de nuestra era, Claudio Eliano, escribió su De natura animalium, que ha llegado hasta nuestros días, con el título de Historia de los animales. Para escribir su obra, se basó en opiniones vertidas por autores que le precedieron: Aristófanes, Esquilo, Aristóteles, Demócrito, Filóro, Ninfis, Filarco, Sófocles, Hegemón, Apolodoro, Euforión, Cenótemis, Heródoto, Alejandro, etc., así como en las opiniones de terceras personas y en observaciones propias. En lo relatado, hay una antropologización exagerada y antinatural. Léase este fragmento: «El ascaro es un pez que come vegetales marinos y algas; su lujuria, la mayor que existe entre todos los peces, y su apetito amoroso que nunca llega a saciarse hacen que pueda ser capturado». O este otro: «Los peces llamados raños por los pescadores expertos se prestan mutua asistencia como si de personas honestas y buenas compañeras se tratase».
En esas fantasías populares que refiere Claudio Eliano, recuerden que participaban de una cultura eminentemente oral para la mayoría, hay perros enamorados de poetisas y hasta hienas que cambian de sexo de año en año.
También nos habla de aves capaces de llevar a sus nidos, diferentes clases de hierbas para protegerse de las brujerías, y nos indica que quemando plumas de buitre las serpientes salen de sus escondrijos. La serpiente es un animal presente en todas las mitologías primitivas, ya sea en Oriente o en Occidente. Ante tanta maravilla, sólo cabe la sorpresa, pero en el caso de las serpientes, sucede que ya no estamos acostumbrados a verlas, pero antes había muchas y, evidentemente, representaban un peligro que luego se ha transmitido en los mitos y las alegorías. Nuestros abuelos, todavía habrán podido ver bastantes cuando segaban los campos.
Por una parte, Eliano, nos comenta el gran amor de algunos animales —especialmente de los perros— hacia sus dueños, nombrando casos de canes que permanecieron junto a los cadáveres o las tumbas de sus amos, unos muriéndose de pena; otros, arrojándose a la pira funeraria con el fin de salvarles. En la actualidad, también conocemos casos de perros que han permanecido junto a las sepulturas de sus protectores.Claudio Eliano refiere, además, cómo los romanos en guerra con los celtas, descubrieron que los gansos eran mejores guardianes que los perros. Pues hallándose Roma ocupada por los celtas, excepto en la Colina del Capitolio, el guardia de la colina, el cónsul Marco Manlio, confió el cuidado de una zona a los perros. Dándose cuenta de la situación, el enemigo arrojó a los perros comida, y estos, golosos, se callaron, pero quiso la suerte que unos gansos del porquerizo estuvieran sueltos por allí, y al serles arrojada la comida, comenzaron a graznar como siempre hacen. «Por esta razón todavía hoy cada año los perros en Roma, son sometidos a la pena de muerte, como castigo por aquella vieja traición; por el contrario, un ganso es llevado en una litera entre pompa y boato, ciertos días».
Claudio Eliano, no deja de citar pasajes de la Historia de los Animales de Aristóteles, que varios siglos después, concretamente en el siglo XV y todavía con posterioridad, reproducían los principales diccionarios de latín. Leamos lo que dice uno de estos sobre el «camello»: «Camelus: Camello, animal feo, de largo cuello; sufre gran carga, y por tres días la sed; enturbia el agua antes que beba, por no verse en ella tan feo».
En la cita que hace Eliano de la obra de Aristóteles sobre el camello, leemos: "El camello no gusta para nada de tomar agua limpia y pura, y, por el contrario, piensa que el agua barrosa y sucia es la mejor bebida". Libro XVIII. Párrafo 7.
Otro ejemplo, en este caso sobre las hormigas. Busco primero en el diccionario en latín: «Fornicae indicae: hormigas de la India, tan grandes como lobos de color pardo de gato, con cuernos que sacan el oro del mineral».
La cita que refleja Eliano sobre estos animales, dice: "Las hormigas de la India que son guardianas del oro no cruzan jamás el río Campilino (...)
Me sorprende las ideas que podrían hacerse aquellas gentes, las que leyeran esta obra sobre esos tan extraños animales… tal y como los dibuja el escritor.
Está claro que mi viejo diccionario reproduce lo dicho por otros anteriores o por la tradición, pero por eso mismo, es fiel a historias repetidas en el tiempo.
Evidentemente, los romanos, no llegaron a conocer estas hormigas, de lo contrario las habrían utilizado en los vastos dominios de su imperio, para sus vastas explotaciones mineras, o para la construcción de sus villaes, en lugar de hacerlo con esclavos sometidos por las guerras o comprados en los mercados. Pero no deja de resultar curiosa, la definición del tamaño y color de las hormigas: "tan grandes como lobos de color pardo de gato".
Muchos de los ejemplos precedentes, nos hablan del concepto del animal como aquel ser al que hay que temer, como un enemigo peligroso. Tema en que la ignorancia, en sus más curiosas formas, sumó efectos devastadores. Llámese brujería, o feroz Inquisición, enjuiciando, excomulgando, y ejecutando penas de muertes no solo sobre personas sino sobre gatos, musarañas, perros, cerdos, gallos, ratas, ratones, hallados culpables de los más variopintos hechos. Lo que al fin y al cabo no era nuevo, pues ya vimos con anterioridad lo referido por Claudio Eliano, sobre la pena de muerte impuesta a los perros romanos por aquella actitud golosa que tuvieron sus antecesores, culpándoles por preferir la comida que los enemigos de Roma pusieron a su alcance antes que defender la ciudad Imperial, como si los pobres animales hubieran podido decidir sobre tal desenlace, como si hubieran podido elegir entre ser fieles o traidores.
Lo que llamaríamos «culpa por heredad», tan común en los tiempos antiguos para las personas, a los hijos se los podía condenar por las culpas de sus padres, quedó aplicado a los animales. Sobre estos temas de la culpa que recae sobre otros, también pueden verse casos en el Antiguo y el Nuevo Testamento, y muy especialmente en la tradición griega, de la que los autores más conocidos de la tragedia, han dejado numerosos ejemplos.
Más adelante en el tiempo, ya en la época Moderna, escribía Michel de Montaigne: «Los animales tienen algo de más generoso que los hombres, pues jamás ningún león se puso al servicio de otro león, ni ningún caballo al servicio de otro caballo, por miseria de ánimo» (Ensayos). Ay, ¡qué fuerte suena eso! Pero, sin duda, somos así. También escribió: «Preciso resulta limitar al hombre y situarle dentro de los límites del orden natural». El humanista que defendía estos principios, el señor de Montaigne, vivía encerrado en su castillo, mientras fuera se desarrollaba una terrible guerra religiosa, ante la que podía sentirse protegido dentro de su exilio palaciego e interior,se prendían las hogueras y se aumentaba la crueldad de las represiones y asesinatos, hechos que él detestaba.
No podemos negar que los animales han representado ―desde tiempo inmemorial― una parte de nuestras reflexiones. Los defensores de la «teología natural», los que decían que todo tiende al bien, justificaban la presencia de los carnívoros, como necesaria, y no por ello, la naturaleza dejaba de tender al bien. Juzgaban ese final como una muerte rápida y segura, no por senilidad, ni enfermedad. Sin embargo, el descubrimiento para su conocimiento de la existencia de unos insectos como los icneumónidos (un tipo de avispas) que inyectan sus larvas en seres vivos, a los que las larvas poco a poco van devorando, en un orden de tortura estremecedor: primero, las masas adiposas, luego, el aparato digestivo y por último, el corazón y el sistema nervioso central, de tal modo que la víctima se mantenga el mayor espacio de tiempo con vida, y si bien los defensores de la «teología natural», continuaron defendiéndola, surgieron otras ideas o principios que se expresarían científicamente en El origen de las Especies de Darwin, publicado en 1859, y que se inclinaban claramente, hacia la no moralización de la naturaleza. Además, se rompía con la idea de unos padres primeros o naturales como Eva y Adán (monogenismo), al descubrirse en el Nuevo Mundo otros habitantes, lo que abrió la perspectiva a un poligenismo, varias parejas iniciales, contrario a lo que había expresado la Biblia.
El escritor contemporáneo Asimov (1920-1992), quien fue un constante «interrogador» de la esencia de la vida, tuvo un curioso acierto al señalar, cómo «Los seres humanos, han atribuido a cada tipo de alas unos caracteres míticos adecuados, y han conseguido de este modo dejar muy clara la relativa popularidad de las tres principales. Así, demonios y dragones, tienen alas de murciélago; las hadas, diáfanas alas de mariposa, y los ángeles están equipados con grandes alas de pájaro». Alas de pájaro también fueron atribuidas a un animal mítico como Pegaso. Alas de pájaro, necesitó el hombre (Leonardo Da Vinci, y tantos otros...) para comprender cómo sería aquello de «volar» y ser capaz de intentarlo.
Sin olvidar, esa serie larga de animales mitológicos, como centauros, faunos, sátiros, tritones, sirenas; y otros igual de fabulosos, como aves fénix, basiliscos, dragones, grifos e hipogrifos, unicornios, catoblepas, etc, para cuyo mejor conocimiento derivo al lector al excelente libro de Jorge Luis Borges El libro de los Seres Imaginarios, en el que se dan incluso referencias de animales soñados y descritos por escritores como Kafka, Lewis y Poe a través del discurrir de sus sueños. Y también me gustaría remitir a una curiosísima selección de «fauna imaginaria estadounidense» donde se nombra un pez como el Googang, que nada para atrás con la intención de que no se le meta agua en los ojos, y un ave como el Goofus Bird, que construye su nido al revés, y vuela también hacia atrás, porque no le importa adónde va, sino donde estuvo. No deja de resultar curioso y evidentemente es un antecedente que Claudio Eliano, en su Historia de los animales citase un ave similar.
Pero aún queda, formular una pregunta sobre lo que planteaba Asimov: ¿son esas alas, unos caracteres míticos adecuados a las formas de volar, o... son morales? ¿Por qué la humanidad las ha elegido de ese modo? Sin duda, siempre es más preocupante un murciélago que un pájaro. Pero esto también depende, y es parte del relativismo cultural, porque hay pueblos que los cazan, y los comen y para su vida son esenciales y beneficiosos. Evidentemente, el tipo de alas elegidas para la representación, sea cual sea el caso, son morales, porque son las personas y no la naturaleza, quienes desde sus ideas (las de su cultura) juzgan qué clase de alas, representan la maldad o la bondad.
Mientras releía la obra El tiempo, gran escultor de Margarite Yorcenar, encuentro entre un total de dieciocho artículos, cuatro dedicados a la defensa de los animales. Me sorprendo porque en la primera lectura no había reparado en ello. Sus títulos son: «Animales de hermosa piel», «¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?», «Esa siniestra facilidad para morir», «Opiano o la caza».La serenidad de la excelente escritora que es Yourcenar, impuesta en el conjunto de su obra y muy especialmente, entre otras novelas, en Memorias de Adriano, da paso en estos ensayos a un ataque duro y frontal sobre la actitud mantenida por los humanos contra los animales. Valora en esos artículos el legado judeo-cristiano, y cita entre otros a santos que han tenido un especial contacto con los animales, como San Jerónimo, San Roque, San Blas, San Francisco de Asís. Podríamos sumar a la larga lista de santos ilustres, a San Antonio Abad, patrón de los animales en España.
Yourcenar señala que «todo lector de novelas de Serie Negra o de sucesos siniestros, todo espectador de películas violentas contribuye sin saberlo a esa pasión por matar». El artículo en cuestión sale en defensa directa de unos jóvenes que se han quitado la vida «por amor», y en defensa indirecta de los animales.
Quien haya leído a autores como Chejov, a Poe, a Kafka, sabe que no es así, y que estos autores, solo por citar algunos, poseían tal percepción de la realidad y su violencia, que podían ver y transmitir hasta los más mínimos detalles el abuso de poder. Ser testigos de la violencia, no nos hará necesariamente más violentos, padecerla quizá, pero conocerla, quizá nos ponga en alerta contra ella. En La Sala Número Seis, un cuento de Chejov, en el que la burocracia y el desinterés de una institución va a destruir a un médico que se interesa por el bienestar de sus pacientes, este nos dice: «El hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, es decir del coche y el despacho, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí». Y si como muestra vale un botón, bien merece la pena que citemos aquí a Patricia Highsmith (1921-1995), exitosa escritora de novelas de terror, en cuyos textos, no falta un alto grado de misoginia, mientras destaca en su defensa de los animales. En su libro Los cadáveres exquisitos, encontramos el cuento titulado «Un ajuste de cuentas», que en el fondo es un alegato de defensa contra las condiciones de la cría de pollos y gallinas de forma industrial y los terribles padecimientos que sufren estos animales, condiciones que se pueden extender a otros muchos: cerdos, vacas, ovejas, conejos, etc. ¿Podríamos acaso, acusar a un escritor como Stephen King, de promover la violencia sólo porque la muestra? ¿Qué viene a decirnos en una obra como Cementerio de Animales, sino que al hombre no le alcanzan los límites de su vida; que el hombre nunca está lo bastante conforme con su realidad, y que si le dieran la libertad de elegir, sin duda, elegiría vivir eternamente, a costa de lo que fuere?
Es precisamente el hombre —no el que escribe, ni el que lee obras de terror o de misterio―, sino el que las realiza desde la sombra del poder que justifica para sí, el que es peligroso. Quizá cuando leemos obras de misterio o de terror, lo que hacemos es enfrentarnos a nuestros temores, es decir, al miedo al otro, por lo que fuera capaz de hacer o al miedo a uno mismo, esto de manera más inconsciente sobre lo que uno mismo pudiera llegar a hacer. Ahí están como muestra los miedos atávicos al canibalismo. Y es ese poder, amparado bajo las formas más reconocibles del interés económico, el que continúa cazando ballenas (Noruega y Japón), pese a la prohibición acordada por la Comisión Ballenera Internacional. Y es ese poder (Noruega), el que ya en 1995, justificaba la caza de 2.600 crías de bebés foca para utilizar su piel para abrigos bajo el supuesto de «fines científicos». Y son las mujeres —como dice la Yourcenar con terrible ironía― «esos individuos de la especie femenina», las que se vestirán con ellos. Y es ese poder el que masacra delfines y otras especies.
Algo de la idea del pasado, la de cazar para sobrevivir, se ha perdido. Michel Tournier, escribe en El Viento Paráclito que no es igual cazar a un animal macho que a una hembra, aunque el primero no supiera en qué liza estaba: «la caza sólo es digna del cazador si el animal cazado es macho». No sé quién aprobaría hoy estas palabras, seguramente, los cazadores.
Otros escritores que han hablado en defensa de los animales son Víctor Hugo, y también Arthur Schopenhauer, en este último, lo curioso es que mientras defiende a los animales, niega la igualdad de derechos a las mujeres, con una crítica ácida y malévola, que intuyo se debe a la pésima relación que mantuvo siempre con su madre y en menor grado con su hermana, o quizá a algún no desvelado por él, desengaño amoroso, o más simplemente a su propia incapacidad de observar la contradicción de sus propios sentimientos, más todavía tratándose de un filósofo que hace de la reflexión su tarea diaria.
¿No resulta aterrador y desesperante conocer que en España cada año se asesina a más de 50.000 galgos? Mueren ahorcados o abatidos por los propios cazadores después del período de caza.
Evidentemente, la muerte no se mira por todos de la misma manera. En carta personal con el escritor Miguel Delibes (1920-2010), este me confirmaba que le costaba aceptar la muerte del toro en la Plaza, pero que sin embargo él no tenía escrúpulos en cazar una perdiz, como otros no tenemos reparos en comernos una chuleta de buey, o una pechuga de pollo o un filete de merluza. En buena medida, en todo interviene la cultura en la que uno está inmerso.
Tengo por costumbre, acudir al mercadillo de El Rastro de Madrid, a sus librerías de viejo, de las que vuelvo, tantas veces, con algún pequeño tesoro. Estas escapadas al mercadillo, me recuerdan mi niñez en busca de caracolas en una desierta playa, mi adolescencia hallando fósiles marinos al pie de unos acantilados, y siempre el mar, ese mar del que me encuentro lejos, pero que el bullicio, el oleaje de la inmensa cantidad de gente de la ciudad que se da cita en el rastrillo, me devuelve en cada nueva cita.
Voy a hablar pues, y dentro del tema que nos ocupa, de una de esas pequeñas joyas. El libro al que me refiero se titula: Enjuiciamiento de animales y de objetos inanimados, en la segunda mitad del siglo XX. El autor: Niceto Alcalá-Zamora y Castillo. Es una separata ("sobretiro" le llaman en la edición mexicana) de la Revista de la Facultad de Derecho de México. Tomo XX. Julio-diciembre. Núms. 79-80. Sin año de edición, que yo calculo, por las últimas fechas de las citas, el ensayo fue escrito hacia 1971-72.
Divididas por año en que ocurrió el suceso, el país, la infracción cometida por los animales, y la especie zoológica a la que pertenecían, el autor comenta una serie de artículos periodísticos internacionales, que fue recopilando con ayuda de algunos de sus amigos.
De este modo se citan, por ejemplo, «el allanamiento de moradas y lesiones, ocasionadas por un toro, en México, en 1956»; «un homicidio causado en Francia, en 1964, por tres elefantes»; «una infracción de tránsito cometida en una pista de aviación por cuatro burros, en México, en 1965»; «los insultos y palabras gruesas, pronunciadas por un loro, en Brasil, en 1965, con la consiguiente denuncia a la policía»; etc. Ciertamente, la lista es larguísima. Y uno y otro ejemplo, me han hecho pensar en otros ejemplos curiosos que conozco. Así, una noticia de la incursión de cuatro burros en una pista de aviación, pude relacionarla con mi recuerdo de un viaje a París y aterrizaje en el aeropuerto de Orly, alrededor de cuyas pistas, pudimos ver cantidad de conejos silvestres, entrando y saliendo de sus madrigueras, tan felizmente, y un paso de las ruedas de los aviones, lo que al parecer no era contradictorio con el buen funcionamiento del aeropuerto y la seguridad.
Ciertamente, los recortes periodísticos contemporáneos de ese tipo de noticias en las que animales se veían tratados por el derecho penal de las personas, volvieron a recordarnos oscuros juicios del pasado en tiempos de la Inquisición. Pero, por otro lado, los títulos de este tipo de noticias invitan a una sonrisa. Unos ejemplos: «Tendrán que juzgar a un perro por cleptómano», «Preso, en Lima, un loro poco cortés», «El puma ex-mascota de la UNAM tiene problemas con la justicia»; y un titular que riza el rizo, publicado en el periódico Ya (Madrid) con fecha 21-7-66, que dice: «Muere en Mula, mordido por un burro: El agresor huyó después al monte». El suceso ocurrió en un caserío perteneciente al municipio de Mula, en Murcia, y no se escapa al lector, la intencionalidad jocosa del redactor, pese a lo trágico del suceso.
Mientras pensaba en escribir este ensayo e iba tomando notas, me dediqué a recortar de los periódicos aquellos artículos que hiciesen hincapié en el tema de los animales, y estos son algunos de los temas que encontré. De su veracidad no puedo dar fe. Doy la fecha (algunas veces, aproximada), y el periódico. Por aquel entonces, los diarios no tenían ediciones digitales a través de Internet:
15-1-95 «Un perro fiel hasta la muerte, un collie, se lanzó al vacio desde un noveno piso tras la muerte de su amo». La noticia sirve para que se citen en el artículo otros casos de animales, fieles a sus dueños. El de un perro de nombre Fido, que siguió a sus amos a través de 1.500 kilómetros para reunirse con ellos en Gijón. El de un pastor alemán de nombre Doc, que recibió la medalla de la Sociedad Protectora de Animales de Valencia, en recompensa por haber salvado de morir ahogado en el mar a un niño. El de un lobo, de nombre Milk, adiestrado como perro policía, y convertido en un experto en salvamento de personas atrapadas por la nieve y el agua.
4-2-95. El País. «Una elefanta escapada de un circo arrancó una farola en Arganda. Una elefanta, de 22 años, propiedad del Nuevo Circo Americano, vagó tranquilamente durante la madrugada del jueves al viernes por las calles de Arganda del Rey (28.400 habitantes), porque estaba sedienta.
El paquidermo, algo despistado por no encontrar corrientes de agua, sólo pudo olisquear una alcantarilla. El sonido que provenía de ella le pareció lo más cercano al de los ríos africanos» comenta José Luis Aceituno, concejal de servicios generales de Arganda. Junto a la alcantarilla se levantaba una farola. Sofana, que así se llamaba la elefanta, no lo dudó. La arrancó creyendo que era un árbol. E
5-2-1995 El País. «Primer elefante nacido en cautividad en spaña. El parque Cabárceno (Cantabria) acoge desde el sábado el primer elefante africano que nace en cautividad en España».
5-2-1995 El País. «Londres investiga la muerte de la primera víctima en defensa de los animales». (Se refiere a la primera víctima humana, en una manifestación en defensa del transporte de animales vivos por tierra o mar, etc.)
4-3-1995 El País. «El Parlamento Británico tramita una ley para prohibir cazar zorros». (Zorros y otro tipo de animales, con cepos o trampas).
11-3-95 (Aprox.) El País. Un pastor y su rebaño son condenados a pagar a Renfe y a los pasajeros de un tren que embistió al rebaño, una indemnización por daños y perjuicios.
18-3-1995 El País. «Noruega vuelve a cazar 'bebés' de foca».
18-3-95 El País. «La policía de Aranjuez mata a tres toros escapados de una finca». (Se comenta que el dueño no tenía forma de hacerlos regresar y que ese fue el motivo de la matanza, cuando suponemos, se les podría haber adormecido y transportado).
23-3-95 El País. «El toro embolado le cuesta a Colmenar de Oreja una multa de medio millón». El Ayuntamiento de Colmenar de Oreja (5.370 habitantes) tendrá que rebañar sus arcas por haber permitido en septiembre de 1993 que un toro llevase atadas antorchas en los cuernos para divertir a los vecinos.
Semana del 19 de marzo al 26. Varios medios citan la noticia. «Ante la colocación de varios paquetes con gas tóxico en varias estaciones de metro en Tokio, las autoridades japonesas registraron distintas sedes de la secta La Verdad Suprema. (Las imágenes de fotografías y televisión mostraban a los policías con máscaras antigas, y portando en sus manos jaulas con canarios, que serían los primeros en indicar la presencia de algún componente químico peligroso para la salud en el caso de que se desvanecieran o muriesen a causa de su inhalación. Ciertamente, cuesta creer que en un país tan adelantado, no tengan un método mejor.
No hablaremos aquí, en este momento, de los animales que se han utilizado en las guerras (palomas, perros), ni de los que se utilizan para detectar la presencia de drogas; ni tampoco en este momento de los que hacen de lazarillos, o son utilizados para desplazar carga o viajeros; ni de los que se utilizan para hacer deporte; ni de todas las mascotas. Pero sí queremos dejar testimonio de ellos.
A veces, la tradición nos devuelve frente a tanta barbarie contra los animales, una imagen curiosa: Babieca, el caballo del Cid, yace según la leyenda enterrado muy cerca de su amo, en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos.
Europa se escandaliza de la llamada «fiesta nacional española», leo, pero yo misma he visto en las paredes de la basílica de Sacré-Coeur de Montmartre en París, pinchos en las cornisas de las paredes, para mantener alejadas a las palomas y que no ensucien las paredes y el suelo, lo mismo que ya las hay en España. Esos pinchos no matan, pero impiden protegerse, anidar.
¿De qué modo se ha de medir la violencia contra los animales?¿De cuántos modos se muestra esa violencia en nuestros días?
El tema de la defensa de los animales es una batalla a combatir en muchos frentes. Y en la que más, en nuestras conciencias. ¿Qué sentimos al respecto? ¿Qué ideas tenemos o defendemos? ¿Qué pensábamos antes y qué pensamos ahora? Es evidente que nos lo dan todo, así ha sido siempre, ¿qué les damos nosotros a cambio? Es evidente que olvidamos que pertenecemos a los Primates, que tantas veces se nos olvida que somos tan animales como ellos, aunque cognitivamente podamos sentirnos superiores y podamos destruirlos a todos e incluso a nosotros mismos.
Este artículo lo escribí en 1995. Vuelvo a su lectura en febrero de 2016. Sumo alguna reflexión para relacionarlo directamente con el tiempo actual. Evidentemente, la lista a la que hay que poner soluciones es inmensa y continúa vigente: evitar el sufrimiento de los animales en los laboratorios; el de los vertidos de plásticos al mar que tan directamente les afecta; cuidar las marismas que sirven de protección en la migración de las aves; revisar o reformular cuestiones como las de la clonización o investigaciones con genes de animales; la defensa de animales amenazados de extinción por causas humanas; y tantos más.
De entonces a aquí, un largo camino se ha llevado a cabo en el mundo y en España en defensa de los animales. En Cataluña se han prohibido las corridas de toros; se lucha en defensa de la utilización de animales en otras fiestas tradicionales, como las que incluyen un toro alanceado (Tordesillas) o aquellas en que se arrojan animales desde lo alto de los campanarios. Hay ayuntamientos que siguiendo iniciativas populares han declarado que no permitirán los espectáculos de circos que utilicen animales. Se continúa denunciando y persiguiendo a los maltratadores. Y un partido político español, PACMA, los defiende de manera prioritaria en su programa, al igual que otras muchas ONG y asociaciones. Sin duda, queda mucho por hacer, pero estamos en el buen camino.

sábado, 13 de febrero de 2016

DOSTOYEVSKI: CAMINO DE SIBERIA


Pilar Alberdi

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881), fue detenido por orden de Nicolás I, acusado de «conspiración política y encubrimiento de los enemigos del Zar de Rusia». Participaba junto a otros escritores en una tertulia literaria, organizada por el escritor Petrashevski, en donde se leían obras de autores socialistas franceses. Alguien debió pensar que lo que se debatía en ella era peligroso para el zarismo, tengamos en cuenta que la situación social en ese momento era grave. Por todas partes comenzaban a estallar las conocidas como Primaveras de los pueblos de Europa (1848), revueltas populares como la de la Comuna de París, por ejemplo, que amenazaban la pervivencia de la Restauración (acuerdo de diferentes monarquías para contrarrestar los efectos de la Revolución Francesa, tras la caída de Napoleón).
Detenido y enjuiciado, Dostoyevski fue condenado a muerte en 1849; unos meses después se le conmutó la pena por trabajos forzados que cumplió en la prisión de Omsk en Siberia.
De aquella experiencia salió con unos Apuntes de Siberia, sobre los que más tarde elaboró la obra Memorias de la casa muerta, un verdadero testimonio de la vida en las prisiones zaristas. El texto fue publicado en la revista Tiempo, creada por Dostoyevski y su hermano.
La primera parte de la obra narra la vida de un funcionario que llega a una típica ciudad de Siberia en donde conoce ―entre otras muchas personas― a Petróvich Goryánchikov, del que sospecha por sus actitudes y su forma de ser, debe tener un pasado especial. Se comenta ya desde las primeras líneas que muchos forzados de origen noble después de salir de prisión se dedican a la enseñanza, generalmente se trataba de personas caídas en desgracia, con un difícil retorno a sus ciudades de origen, pero con una amplia cultura y excelentes conocimientos de la lengua francesa, tan necesaria para la época. Tal el caso del personaje que da clases a varios niños. El narrador, ávido por conocer el pasado de Goryánchikov, desea entablar algún tipo de relación con él, sin embargo, sus intentos acaban siempre en fracaso. Poco después fallece, y el narrador como buscando aquella comunicación fallida, y llevado por la curiosidad consigue alquilar la misma habitación que aquel había arrendado. En ella encuentra unos papeles que formarán el resto de la historia. La casera se disculpa al ver el interés por aquellos escritos y le indica que puede quedárselos, pero que faltarán algunos folios que utilizó para encender el fuego de la estufa. De este modo, la narración comienza a unir los acontecimientos vividos por el fallecido, un noble condenado a trabajos forzados, que debemos entender fueron, en gran medida, los sucesos vividos por Dostoievski, tras la llegada a Siberia.
De Memoria de la casa muerta se han entresacado varias de las frases más citadas de Dostoyevski. Destaco: «el hombre es un animal que se acostumbra a todo. Incluso a situaciones que le lastiman», «hay gente mala en todas partes, pero hay buenos entre ellos», «el hombre y el ciudadano desaparecen para siempre en el tirano», «los lobos no se comen unos a otros».
Sobre el espantoso sitio de encierro, donde se hacinan cientos de hombres en diferentes barracones de madera, y donde se pierde la intimidad, explica: «Es el presidio una casa muerta-viva, una vida sin objeto». Allí sucede que hay hombres que sienten que una vez en presidio pueden hacer, además, cosas aún peores de las que habían hecho: reclusos vanidosos, soberbios, fanfarrones, orgullosos, sin sentimientos y apenas pensamientos; pero que no están solos en su caída a los abismos, ya que por la otra parte, la de los vigilantes, los hay que se envalentonan en cuanto consiguen ascender en el escalafón. Algunos comandantes, especialmente aquellos que han accedido al puesto sin haber pasado por una escuela militar, son los más crueles. Gustan de justificar sus actos con palabras como: «¡Yo soy el zar, yo soy Dios!». «Sus abusos enfurecían hasta la locura a los presos». También comenta el narrador quiénes eran los verdugos, los había «oficiales» y «obligados», estos últimos eran elegidos entre los presos. En todos los casos eran temidos y adulados, a partes iguales. Su sola presencia imponía respeto. Contra lo que uno pudiera imaginar, el protagonista los describe como hombres inteligentes, y con un enorme amor propio que aumentaba con la sumisión que los reclusos les mostraban. Los castigos, apaleamientos y latigazos, podían sumar hasta 4500 de una vez, con intervalos de media hora para que el preso respire, eso al margen de que la mayoría de las veces caían inconscientes, y en esas condiciones se les continuaba apaleando. Como resulta previsible, muchos morían durante el castigo o poco después; otros acababan en el hospital, y tardaban semanas en recuperarse. Sabidos estos temas por las conversaciones de los reclusos, algunos de los que llegaban nuevos y estaban pendientes de recibir latigazos, solían incurrir en un acto punible, con el fin de que su causa se abriese nuevamente y se retrasase el castigo, que con la nueva acción, evidentemente, aumentaría.
Los dilemas que plantea la obra son varios: ¿de qué sirve la reclusión si de ella no saldrán hombres mejores?, ¿por qué deben permanecer juntos los detenidos por causas menores o políticas con otros reclusos condenados por asesinatos o violaciones?, ¿tiene que darse la misma pena a quien acaba asesinando por un cebolla que a hombres que han premeditado largamente uno o varios asesinatos?
«Las intrigas, las calumnias, las frases picantes, la envidia y las reyertas eran lo que conformaba aquella vida infernal». «El espionaje y la demencia eran moneda común en las prisiones».
Las puertas que se cierran por la noche tras el conteo de los hombres en los barracones se abren por las mañanas. Todos los días la misma cruda realidad. Y en cada cobertizo, un «cabo de varas», en representación de la autoridad, nombrado entre los reclusos más ancianos, aquellos que no podían ya cumplir con los trabajos forzados. En realidad, un cargo testimonial, dado que lo más que podía hacer ese tipo de persona era dar cuenta de lo que ocurriese.
En el relato de este escenario inhumano, solo se salva la gente humilde de los pueblos y los campesinos, que conocen bien la dura vida del territorio y ayudan a los prisioneros socorriéndolos con limosnas o enviando pan y otros alimentos para que sean repartidos. En la calle, cuando se los encuentran, ya porque lleven a alguno de los penados al hospital o porque vayan formando en pelotón a realizar algún trabajo, la gente humilde les saluda, se santiguan ante ellos, y les dan alguna moneda. «No sin razón en Rusia se llama desgracia al delito y desgraciado al delincuente». Otros que favorecen a los penados, son los médicos del hospital, que muchas veces les permiten quedarse allí, pese a saber que han acudido con la excusa de un catarro. Permanecer unos días en aquel recinto podía suponer para el recluso una recuperación física, gracias a la comida de mejor calidad y el descanso, aunque al mismo tiempo corriesen el riesgo de contraer una enfermedad contagiosa, ya que todos los condenados a trabajos forzados que ingresaban en el hospital permanecían en una única sala de veintidós camas, cerrada con llave y guardada en la puerta por soldados.
Al margen de todos los aspectos que pudiera comentar sobre esta obra, hay uno verdaderamente relevante: la organización económica dentro del penal. Se parece a lo relatado por Primo Levi (1919-1987), un siglo después, en Si esto es un hombre, sobre las condiciones que él vivió en el campo de trabajos forzados de Monowitz (Auschwitz III), durante el final del nazismo.
Esta economía podía comenzar desde el mismo punto de partida hacia el penal. Lo hacían en grupos de doscientos hombres. En el caso que se narra, el viaje duraba quince días a pie. Era otoño y podemos imaginar el frío, pero todavía de alguna manera son casi libres, la naturaleza les rodea, duermen a las afueras de los pueblos, va con ellos un cantinero, y no les falta algo para llevarse a la boca. Y lo mejor, todavía no les han colocado los grilletes con las cadenas que arrastrarán durante su reclusión. Ya en el viaje se dan los primeros casos de la economía perversa que comentamos. En el grupo van prisioneros con distintos tipos de condenas («colonos, mineros o forzados»). Como las condiciones son muy diferentes y las probabilidades de salir con vida también, alguno puede intentar cambiar su pena por la de otro, con engaños que incluyen aguardiente y dinero. Si esto ocurre, antes de proseguir el viaje «Se anuncia el cambio a todo el convoy y si se teme alguna denuncia se unta la mano a los sospechosos». Quien fue emborrachado y engañado para hacer el cambio, no podrá romper el contrato realizado ante testigos, sin riesgo de perder la vida.
Ya en prisión, los nuevos descubren que los condenados, sucios y con la cabeza rasurada, visten uniformes diferentes según los cargos que pesan sobre ellos. El del protagonista será: «chaqueta de paño, mitad color chocolate y mitad ceniza, y los pantalones los mismos colores cambiando de pernera». Esta prenda debía durar un año, pero se estropeaba antes. También les daban un capote que les renovaban a los tres años, y este sí, podía llegar a durar más tiempo, por lo que alcanzaba un alto precio en el mercado interno. Como ha quedado claro que la única prenda que recibían para vestir no alcanzaba el año, debían conseguir alguna otra de presos que ya no estuviesen allí, como era el caso de los que habían cumplido condena.
«Todos los efectos que entrega el Estado quedan de propiedad del forzado, cuando los ha usado el tiempo fijado por el reglamento, aquél los vende enseguida porque hasta los andrajos tienen un valor positivo en el mercado del penal». «El dinero, vuelvo a repetirlo, ejerce un papel soberano en el presidio».
El jabón que les daban era apenas una lámina, pero se podía comprar trozos mayores. Proveerse de agua, un cubo, por ejemplo, alcanzaba varios kopeks.
Los penados con acusaciones más graves, los que estaban condenados a veinte años, llevaban una marca a fuego en la frente, igual que se hacía en tiempos de los romanos. Se cuenta la historia de un recluso de cincuenta años con una condena a veinte años. Su única ilusión era salir para casarse. Alguien le facilitó una pomada y le dijo que si se la ponía todos los días sobre la frente, la marca se le borraría para cuando cumpliese la condena. La esperanza de salir de allí, para aquél, así como para el resto de hombres, era lo que los mantenía con vida.
El único libro permitido en la prisión era la Biblia. Muchos campesinos se las regalan a los penados, y dentro de sus lomos los reclusos encontraban un poco de dinero, alguna moneda, para paliar sus necesidades. «Existe en Siberia no poca gente que dedica su vida a socorrer fraternalmente a los desgraciados, y tiene el mismo afecto que un padre para sus hijos, y una compasión santa y desinteresada». Sobre esta cuestión, el narrador, comenta sorprendido: «Hay quien dice, lo he oído y aún leído, que un vivísimo amor al prójimo no es, al fin y al cabo, sino profundo egoísmo. Pero ¿qué egoísmo puede existir en esto? Confieso que no llegaré jamás a comprenderlo». Fuera está la compasión que llega y humaniza a través los campesinos y las gentes humildes del pueblo, dentro la prevención ante el otro.
El recluso que llega por primera vez solo tiene el suelo para dormir; poco a poco deberá proveerse de una almohada, un colchón, una manta. Si es noble y tiene dinero o su familia se lo puede enviar, podrá mejorar su ración de comida con un suplemento de carne, que alguien se encargará de comprar en el pueblo, esta tarea la hacían los inválidos, que no podían acudir a cumplir con los trabajos forzados; también conseguiría quien se la cocinase. Las mantas, estaban hechas con restos de uniformes. Había quien negociaba con aguardiente, cigarros, panecillos.
El recién llegado escuchará por primera vez, el ruido de las cadenas. Como es nuevo, es el único que no las tiene; se las pondrán poco después. Para eso, le llevarán al día siguiente a la forja del pueblo. Las cadenas, para que nos sirva de referencia, pesaban entre 8 y 12 libras; 10 libras, por tanto, equivalían a 4 kilográmos y medio, peso con el que deberán cargar todos los días. Si las argollas de los grilletes se quedaban sobre los tobillos, muy pronto, y debido al roce y al movimiento de las mismas, aparecían heridas. Para evitarlo, ya que su tamaño lo permite, los presos se las suben hasta la parte superior de las pantorrillas. En ese momento, el preso descubre que, además de proveerse de otras cosas, elementales para su supervivencia, deberá conseguir unas tiras de cuero de unos 17 centímetros o más, dos por cada pierna, con las que sujetar las anillas de los grilletes por debajo de la rodilla. Las tiras de cuero servían para evitar los roces del metal contra la piel. Y el tamaño de las tiras era para sujetarlas a la cintura de la ropa interior.
Como se aprecia, todos luchan por tener dinero, pueden maltratar a otro para obtenerlo, aunque luego se lo gasten en un momento si alguien consigue aguardiente. El narrador cree que el dinero, la terrible economía que se ha instaurado en el lugar, sirve para dar sentido a la vida de la mayoría, del mismo modo que la esperanza de salir de allí, les mantiene con vida. En ese ambiente, cada uno hace el papel que corresponde a su clase. Quien ha sido noble puede pagar. El que nada tiene puede conseguirlo ofreciendo sus servicios para cualquier tarea o vendiendo sus escasas pertenencias. En el momento en que hace su entrada un judío se le trata como un prestamista, y este a cambio de salvar su situación, actúa como tal. Acepta en empeño unos pantalones de uniforme, que no valen, su precio, y que además deberá cuidar para que nadie se los robe hasta que el recluso decida recuperarlos.
Pero en el penal, también viven, al margen de pequeños animalejos que les hacen los días imposibles, varias mascotas en las que pueden depositar una caricia, una mirada sin prevenciones. Son los presos quienes las compran y las alimentan.
Como dice el protagonista, el penal en invierno es tolerable, pero de ningún modo lo es en primavera cuando el sol y el deshielo llaman a la fuga. Solo los que están al final de sus condenas evitan ese peligroso sueño. La vida verdadera está en otra parte. Todos lo saben.
El día de descanso de Navidad, único día que gozan libre, les permiten organizarlo a su manera. También podrán acudir a «misa de gallo» en el pueblo. Para divertirse han preparado una obra de teatro. Viendo y oyendo a los actores (que también hacen los papeles femeninos), la vida ha aparecido en escena, y todos han podido evadirse un momento gracias también a la pequeña orquesta que han formado con balalaikas fabricadas caseramente y algunos instrumentos que han conseguido prestados en el pueblo.
La «misa de gallo», a la que el protagonista asiste unas horas después, recordemos que ha sido un noble, generalmente se les retiraban sus derechos nobiliarios al entrar en prisión, resultará un choque entre los recuerdos del pasado y la realidad del presente. En la reflexión que sigue, se puede apreciar el conflicto de quien ha vivido otra vida:
«Me acuerdo de cuando, siendo niño aún, la masa del pueblo se aglomeraba a las puertas del templo y retrocedía servilmente ante unas charreteras, un señor barrigudo o una dama vestida con provocativa elegancia, y ahora yo ocupaba el sitio del pueblo, es decir, estábamos detrás del pueblo, cargados de cadenas y menospreciados. Todos se apartaban de nosotros, huían de nuestro contacto, y nos temían; algunos, empero, nos daban limosna».
Si creemos que mucho ha cambiado la vida desde entonces y es verdad que ha cambiado, ruego a la generosa lectora o lector que ha llegado hasta aquí, que visite alguno o todos los enlaces que he colocado a continuación. Y luego, hágase la pregunta: ¿tanto ha cambiado?




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Citas del artículo: El idiota-El supulcro de la vida. Ed. Porrua. México, 1986