© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 27 de agosto de 2010

CORAZONES DE PLOMO



Por Pilar Alberdi



Podría decir: corazones de plomo, los mejores. Esto es lo que parecen insinuarnos los cuentos infantiles. Hay algo en esos corazoncitos de plomo que no podrían tener jamás los de oro, porque el oro está emparentado con el deseo de riqueza y los de plomo con la pobreza.
Dichas estas palabras, voy a hablar de un cuento de Oscar Wilde, titulado El príncipe feliz, que tiene como referente, bajo mi punto de vista, otro de Hans Cristhian Andersen, El soldadito de plomo. Y si me apuran, también relación con la Vida de Gautama Budha. Pero comencemos ya por la primera historia. En vida, el Príncipe feliz vivía en el Palacio de la Despreocupación donde no se permitía la entrada del dolor. Convertido en una estatua y con la ayuda de una golondrina descubrirá poco a poco que el dolor existe en el mundo..
Poco a poco descubre que con su corazón de plomo percibe lo que no sentía antes con su corazón humano, le es revelado el dolor, y la comprensión le lleva a querer regalar cuanto posee a los más pobres. Pero ¿qué posee en ese alto pedestal donde se encuentra y sobre el que va cayendo la nieve del invierno? Un rubí en la empuñadura, dos zafiros en sus ojos y el cuerpo laminado en oro. Así, con ayuda de la golondrina que va demorando la partida a regiones más cálidas y que cada día que pasa se siente más agotada, el príncipe regala sus joyas a una pobre costurera que tiene a su pequeño hijo enfermo; a un escritor que desea acabar una obra y que vive en una gélida buhardilla; a una pequeña cerillera a la que se le han caído las cerillas al río, y ya no podrá obtener ganancia alguna con su venta, y sí, acaso, alguna reprimenda por parte de su familia.
Mientras tanto, la golondrina insiste día tras día en que se tiene que ir a Egipto a ver los ibis rojos y las orillas del gran río y las pirámides. Pero la golondrina aún se ve llevada a cumplir un encargo más; debe dar a los pobres de la ciudad, las láminas de oro que habían hecho tan hermosa la estatua del príncipe. Y cuando la tarea fue cumplida, una noche especialmente gélida, el corazón de plomo del príncipe se partió en dos, y la golondrina se murió de frío a sus pies.
Cuando las autoridades descubrieron en qué estado se encontraba la estatua del príncipe, a la que compararon con la de un «pobre», decidieron derribar la estatua porque «lo que no es bello no es necesario». Y mientras discutían entre sí, cada uno de ellos, pensaba lo bien que quedaría representado en estatua sobre ese pedestal que iba a quedar vacío.
Unos días después, la estatua del Príncipe Feliz fue retirada y unos hombres la llevaron a fundir, mientras los grandes señores de la ciudad discutían en qué se iba a utilizar ese plomo. (Generalmente se utilizaba para fabricar balas de cañón). Sin embargo, el encargado de la forja descubriría algo extraño, y fue que el corazón de plomo del príncipe no se fundía, y harto ya de intentarlo, lo arrojó desesperado sobre un montón de desperdicios en donde también estaba la golondrina muerta.
En ese momento, Dios le pidió a un ángel que bajasa a la ciudad y le trajese las dos cosas más valiosas que encontrase en ella, y el ángel le llevó: el cuerpo de la golondrina muerta y el corazón de plomo del príncipe.
Pero aún me queda por decir algo más. Veamos qué sucedía en el relato El soldadito de plomo. Voy a intentar ser breve. Un niño festeja su cumpleaños. Entre los regalos recibe una caja con soldados. Sólo uno es diferente: le falta una pierna. De una u otra manera se ve envuelto en varias peripecias: la primera noche cuando todos duermen, juega con los demás juguetes entre los que hay una bailarina que danza apoyada en un solo pie y de la que el soldadito se enamora perdidamente. También hay un duende que lo amenaza conque le pasarán cosas malas. De hecho, a causa de los juegos de los niños, al día siguiente, el soldadito cae del balcón a una alcantarilla, se aleja empujado por la corriente del agua, llega al mar y se lo come un pez, quien, a su vez, es capturado por un pescador. Poco después, la criada de la casa en la que vive el niño va al mercado, compra el pez ,y cuando lo abren, el pequeño recupera el soldadito que para entonces ya estaba perdidamente enamorado de la bailarina, a quien no había dejado de añorar mientras vivía sus aventuras. ¡Y aquí es donde se percibe el gran acierto de Andersen y su psicología! La bailarina igual que el soldadito está apoyada en un solo pie.
Pero el maléfico duende sigue haciendo de las suyas, y mientras un travieso niño arroja al soldadito al fuego de la estufa, la bailarina es llevada hasta la boca abierta de aquel fuego por el viento. Al final de la historia, sólo queda de ambos: una lentejuela y el corazón de plomo que el fuego no alcanza a fundir.
Las historias me han dejado el anhelo de conocer cuáles serían las dos cosas más valiosas que encontraría un ángel en esta ciudad o en la tuya, y también el deseo de que hacia el final de mi vida mi corazón haya sido capaz de tener, aunque más no sea, unos pocos gramos de esa clase de plomo...

2 comentarios:

  1. Gracias por tus palabras hermosas!!!!
    Gracias por tu visita... Es increible la inmediatez de la comunicación a través de los nuevos medios tecnológicos. No evito salir de mi asombro todavía.
    Saludos

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  2. La entrañable persona que escribió el comentario que contesto tiene un blog donde va dejando partecitas de su corazón... Lo encontrarán en la sección Blogs que sigo. Su título: "Agárrate cielo". Lo escribe desde Argentina con sentimientos que bien pueden ser los nuestros.
    Se los recomiendo.
    Pilar

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