viernes, 18 de septiembre de 2026

ERNST JÜNGER: LA EMBOSCADURA

 

Pilar Alberdi

 

La emboscadura de Ernst Jünger se publicó por primera vez en Alemania en 1951 con el título Der Waldgang que quiere decir: «paseo por el bosque» o «caminar por el bosque» o «irse al bosque».

El traductor, el filólogo Andrés Sánchez Pascual, utilizó para la edición española, la palabra Emboscadura, como síntesis del acto de emboscarse, de retirarse a un lugar apartado de la civilización. La diferencia entre Naturaleza y Cultura, la expusieron los griegos: civilización era la «polis», asentada sobre la naturaleza ya dominada donde vivían las familias, los clanes y donde había actividad política.

Pero ¿qué pasa cuando la «polis» y sus élites atienden a sus propias necesidades de sobrevivencia y perpetuidad y no al ser, como aquel que dio origen al sistema? Cae en la corrupción.

El escrito pone a modo de ejemplo para su desarrollo una «democracia», la llama él «plebiscitaria», en la que los resultados de las consultas son siempre un 98% favorables y solo un 2%, lo son desfavorables, compuesta de «noes» y votos nulos. Evidentemente, Jünger no se pregunta qué está pasando ahí, porque lo sabe e intuye además, que el lector al que expone su teoría, también lo entiende. Más bien se pregunta por cómo funciona esa votación, y lo que ve es uniformes, uniformamientos varios, sin excepción; una vida uniformada, puesto que incluso quienes recepcionan los votos, aunque visten con camisa, también lo están.

La mirada del autor, su celo intelectual y su reconocimiento está puesto sobre esa minoría, ese 2% de «hombres libres», los que todavía tienen alguna opción de ser ellos mismos.

El texto recoge otro concepto interesante que es el de «figuras», tomado en la obra en el sentido de «tipos» fijados, muy propio de la tradición gestalt (Goethe, Hegel, Kant…). De estos tipos toma en cuenta los del «trabajador» y del «Soldado desconocido». Estas figuras son el centro mismo de una época industrial y belicista, como la que el autor retrata. El trabajador como contraparte que aspira al poder del burgués y el soldado desconocido como el resultado caótico de la guerra que destruye todo a su paso.

El texto asume que el sistema para sobrevivir funciona de dos modos: uno varonil de oposición uno femenino de asimilación. El primero incumbe el rechazo y el segundo anticipa algún tipo de absorción. Creo que esto no ha variado y también lo podemos observar en nuestros días.

El «emboscado» está decidido a enfrentar al sistema. Su resistencia asume la no participación. Como no puede detener el juego del poder, simplemente, se aparta. Lo hace en su propia defensa y en la de una minoría selecta que todavía piensa por sí misma.

No le preocupa tanto quienes imponen este modelo, sabe que están ahí y han estado siempre en la Historia, sino quienes desde su vileza, se someten a él sin rechistar.

El emboscado, por tanto, asume lo que antes intuía, que «el lugar de la libertad, es completamente distinto de la mera oposición y también es diferente del lugar que pueda brindar la huida». Es decir, y según entiendo, no es un lugar como oposición para la lucha y el reclamo del poder, tampoco es un espacio de desaparición activo, pero incluye, la búsqueda de claridad, un punto de verdad y no está dispuesto a aceptar cualquier ley, ya sea que se la quieran imponer por «la propaganda» o por «la violencia». Esto nos recuerda otro concepto afín al de apartamiento o emboscado como es el de «exilio interior», al que tantas personas han tenido que recurrir en la historia para sobrevivir intelectual y espiritualmente.

Él sabe que los hechos ya incluyen otros hechos, así «la Paz de Versalles incluía la Segunda Guerra Mundial». Pero intuye algo más y es muy importante: «La libertad, sin embargo, aunque siempre se recubra con los ropajes propios de cada tiempo, es inmortal. A lo cual se añade que es preciso readquirirla una y otra vez».

Pensemos un momento: ¿Hay oscuridad en ese emboscamiento? Sí, pero es de un tipo afin a lo contemplativo, cuyos símbolos podríamos reconocer, por ejemplo, en el desierto, la caverna; en suma, el apartamiento, la soledad necesaria para percibir más allá de lo impuesto. Hay en todo esto algo muy propio de la búsqueda del erémita.

Como el autor nos muestra la verdad a la que ha llegado hay un dato que es necesario traer a colación para quienes lo desconozcan: Ernest Jüng se convirtió al catolicismo a la edad de 101 años. Todavía viviría unos años más, hasta los 103.

En esta obra que muestra su gran tranformación, así lo entiendo, y su acercamiento a esa decisión, dirá que nuestro mundo está regido por el miedo y la aniquilación, por tanto, insistirá, afirmando que lo más necesario de recordar es que ese miedo, sea cual sea, siempre es en el fondo miedo a la muerte. Por lo tanto, hay que vencer en principio esa idea de muerte, y hacerlo desde la espiritualidad.

Dice: «Vencer el miedo a la muerte es, pues, vencer todos los demás terrores; solo en relación con esta cuestión fundamental tienen significado todos ellos. De ahí que la emboscadura, la marcha al bosque, sea en primer término una marcha hacia la muerte. Esa marcha lleva hasta el borde de la misma muerte y, si es preciso, hasta pasa a través de ella». Palabras que nos recuerdan aquellas de Platón en el Fedon por boca del personaje de Sócrates: «los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir, y son los hombres a quienes resulta menos temeroso estar muerto».

Y, podríamos decir que hasta aquí está hecha la semblanza general del propósito de esta obra, pero hay más: es profunda, yo la percibo cercana a algunas obras de San Agustín y nos deja un abundante pozo de reflexión, un recuerdo vivo de un ser que se ha encontrado a sí mismo y su misión en el camino de la vida.

El autor, nos recuerda, por ejemplo, la valentía de aquellos que tomando conocimiento de la verdad expresada por Cristo aceptaron el martirio, a quienes considera «más fuertes que el estoicismo, más fuertes que aquellos centenares de miles de personas que los encerraban en los circos. Al Fundador —nos dice— siguieron también los innumerables seres humanos que han muerto llenos de confianza. Esto es algo que en nuestros días está operando de una manera más intensa de lo que a primera vista se cree. Las catedrales se derrumban, pero en los corazones subsiste un saber, un patrimonio heredado, que va socabando los palacios de la tiranía del mismo modo que lo hicieron las catacumbas», porque tiranías y abuso de poder habrá siempre, pero tampoco faltarán los que ejerzan la libertad que como seres humanos les compete y esto es una elección personal.


Referencias:

Jünger, Ernst. La emboscadura. Tusquets, 2022.

martes, 16 de junio de 2026

MARCO AURELIO: «MEDITACIONES»

 

 

Pilar Alberdi

 

En tiempos de incertidumbre como los que vivimos he releído a Marco Aurelio. En concreto: sus Meditaciones. El libro, en estos pasados años ha cambiado al mismo tiempo que yo también lo hacía. En esta ocasión, me han llamado la atención algunas de sus opiniones que en otro tiempo no tuvieron la fuerza para hacerlo.

En ese último momento de la vida, el que queda explicado en el libro, Marco Aurelio, quiere ser filósofo, pero reconoce que ya no puede. Aun leyendo a Platón, a Epicteto y a otros, y recordando la enseñanza de Sócrates, se reconoce como lo que fue, un hombre de acción. Eso no podrá cambiarse. Además, insiste, ya no le quedan años suficientes para leer cuanto quisiera. ¿A qué insistir? Por ello, a sí mismo se ordena olvidar los libros que no ha de leer y actuar en su presente con filosofía, teniendo en cuenta que cada día puede ser el último. Se trata de una filosofía personal; sin intención de transmitirla a los demás a través de una obra escrita, y, sin embargo, culmina en ese período sus Meditaciones.

Con respecto a su futuro fallecimiento indica que es bueno saber que alguno se alegrará de su muerte. Será así porque uno no puede ser del gusto de todo el mundo, pero también porque hay otros, que en el pasado lo festejaron, ahora no, y esperan beneficiarse con nuevos cargos cuando él ya no esté. Así, ante el dolor que le causan algunas cuestiones, se recomienda a sí mismo rebajar el tono de su imaginación, no hacerse más preguntas que las necesarias; descansar un poco, no indagar más allá, ni demasiado lejos de lo que tiene a la vista, y abandonar las suposiciones. Porque suponer, con su grado de imaginación latente para suponer situcaciones, pensamientos y un largo etcétera, requiere mucho tiempo.

Marco Aurelio busca ser objetivo. Como es un anciano mira atrás y piensa ―entre otros temas― en los miembros de su familia. Comienza la obra agradeciendo lo que recibió de cada uno de ellos, ya sea la capacidad de aceptar la reconciliación, la libertad de criterio, el no vanagloriarse con honores aparentes, el vivir frugalmente aun en palacio, y un largo etcétera de cuestiones. Cada una de estas disposiciones o virtudes aprendidas le recuerda a una persona de su entorno. Sabe que, a partir del despuntar del alba, cuando se dirija a cumplir con sus tareas, se encontrará en su camino con «un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable», eso es la vida, y se aconseja ser capaz de dominarse. «Pues hemos nacido para colaborar” dirá, reflejando en sus palabras aquellas que dejó escritas Cicerón: «No hemos nacido solo para nosotros».

El perfil estoico de Marco Aurelio intenta justificar la parte de la vida y de la historia que le ha tocado en suerte. ¿Podía él no haber sido quien fue?

Aún viviendo «tres mil» o «diez mil años», se repite, uno no pierde «otra vida que la que tiene». Esta es la valiosa, la que se puede mejorar como a un diamante; la que se pierde también en un instante; sí, pero sobre todo ocurrirá un día, que será el último, en una hora que servirá para que otros digan: «Marco Aurelio ha muerto», algo que a él, no podrá ya importarle.

Unida la filosofía a la vida, la primera le sirve para saber cómo actuar frente a sus propios pensamientos y especialmente ante los hechos a los que se enfrenta. Piensa que «si la inteligencia nos es común, también la razón». De tal modo que todo es razonable. Y esta posibilidad, esta certeza de la razón común es la que facilita el acceso a la ley y a la ciudadanía.

No recuerdo haber visto citado en estas páginas a Cicerón, a quien intuyo, leyó. La sombra de Cicerón es alargada… Pienso en Spinoza, en Hegel, en tantos más que recibieron del romano; pero los textos de otros autores anteriores y esto resulta evidente, le sirven de reclamo para sus meditaciones. Ahí está Epícteto: «Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver». No faltan a ese encuentro de sus pensadores preferidos: Hipócrates de Cos, Heráclito de Efeso, Demócrito de Abdera, Aristófanes, Aristóteles, Platón, Hesíodo, Diógenes Laercio, Crates de Tebas, Jenocrátes de Calcedonia, Crisipo, Menandro, Epicuro, Empédocles, y autores trágicos como Homero y Eurípides. Ya sea que les cite, ya que ofrezca una clara referencia, siempre los tiene presentes.

Marco Aurelio ha pisado el terreno de la filosofía al tener constancia del final del hilo de su vida, no porque no la hubiera expuesto antes, sino porque la edad, proclama que la sentencia que ha de llevarse a cabo y que él acepta, está unida al olvido: «Estarás muerto en seguida, y aún no eres ni sencillo, ni imperturbable, ni andas sin miedo de que puedan dañarte desde el exterior, ni tampoco eres benévolo para con todos, ni cifras la sensatez en la práctica de la justicia». (Parágrafo 37) Y un poco más adelante, añade: «Dentro de poco, ceniza o esqueleto; y, o bien un nombre o ni siquiera un nombre; y el nombre un ruido y un eco». (Libro V) Esta constatación le obliga a hacerse nuevas preguntas: «Qué vale la pena entonces? ¿Ser aplaudido? No. Por consiguiente, tampoco ser aplaudido por golpeteo de lenguas, que las alabanzas del vulgo son golpeteos de lenguas. Por lo tanto, has renunciado también a la vana gloria». (Libro VI)

Estamos ante un Marco Aurelio asomado a la Nada, y esta es inconmensurable. Su poder se expande sobre cuanto tiene vida, es más, la acentúa.

Convencido de que «Lo que no beneficia al enjambre no beneficia a la abeja» percibe que todo está entrelazado. Frente al arrebato, la desmesura, la pérdida de control; tiene claro el camino a seguir: «Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz de brotar continuamente, si no dejas de excavar». (Libro VII). Pero qué difícil de extraer es ese valioso material; más preciado que el oro; más que los palacios y los tesoros; más que la victoria en todas las guerras.

Y ahí está, sí bien no desesperado, sí cavilante, Marco Aurelio preparándose para la muerte, comprendiendo la de otros, las de su propia familia. Dice: «Lucila sepultó a Vero; a continuación, Lucila; Secunda, a Máximo; seguidamente, Secunda; Epitincano, a Diótimo; luego, Epitincano; Antonino, a Faustina; luego, Antonino. Y así, todo. Céler, a Adriano; a continuación , Céler. ¿Y dónde están aquellos hombres agudos y perspicaces, ya conocedores, ya engreídos?» (Libro VIII). Cualquiera de nosotros ha visto caer a sus mayores del mismo modo, y a los no tan mayores también, desgraciadamente, porque lo que uno desea es tenerlos consigo. ¿Quién no podría comprender el dolor profundo del hombre que es testigo del final de los suyos? Todos lo seremos algún día.

La vida tiene un límite y ese límite enseña dos cosas fundamentales: primero, que en esa frontera todo desaparece; segundo, que quizá quede algo profundo como el recuerdo, durante un breve espacio de tiempo, se queda.

Marco Aurelio se aferra a su conciencia, a esa «guía interior» en la que confía férreamente, aun así, una y otra vez no deja de percibir que todo es cambio y que «La causa del conjunto universal es un torrente impetuoso». Y esa fuerza: «Todo lo arrastra». (Libro IX) Todo se lo lleva. Y aunque él lo sepa, y otros antes que él lo supieron, y otros que vendrán después también lo sabrán y repetirán casi con las mismas palabras esas idénticas preocupaciones, encuentra que así como «una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebratillo; otro, una sardina en la red; otro, cochinillos; otro, osos; y el otro Sármatas», siendo estos junto con los Galos algunos de los enemigos del Imperio Romano, que Marco Aurelio combatía. La muerte en todas partes, piensa, y eso le sorprende, habiendo él mismo ordenado tantas muertes.

Algo así llegó a cuestionarse Victor Hugo, siglos después, en su obra Dios. Se trata de un drama poético en el que los creyentes, los ateos, los agnósticos dirigen sus preces a Dios, cada uno desde sus posiciones filosóficas, y al reclamarle a la divinidad desde una de estas partes por qué tanta muerte, la respuesta de Dios consiste en mirar hacia el fogón, el de las casas de quienes le reclaman, mostrándoles cuánta muerte se necesita solo para que los que piden explicaciones vivan. «Muerto el pájaro, desaparecido el nido dirá el poeta». Sí; no preguntes más… Eso es todo. Pero muerto el pájaro aún seguirá cantando en tu corazón.

Yo supongo, no lo sé, que a Marco Aurelio le habrán realizado una máscara mortuoria después de su fallecimiento.

Refiere Salvador Mas, en su libro Pensamiento romano, por boca del historiador Polibio, cómo eran las pompas de los romanos ilustres de aquellas época. En esos casos, lo privado se convertía en público. Las palabras de elogio al fallecido se las dedicaba un miembro de su familia. Ya sabemos que en Roma había varias familias importantes (los Claudio, Horacio, etc.). Después de los ritos y el enterramiento, una máscara del rostro del muerto quedaba expuesta dentro de una hornacina de madera en el hogar familiar. Estas máscaras conocidas con el nombre de «imagines maiorum», que traducido literalmente quiere decir, «retratos de los antepasados» estaban realizadas con cera de abeja. Cuando pasado el tiempo otro familiar fallecía, este tipo de imágenes, las de los antepasados fallecidos, eran portadas en el acto del sepelio por hombres de la familia parecidos físicamente a aquellos ya desaparecidos. (POL., V, 54-56) Era, en cierto grado, un recordatorio hacia sí mismos y hacia el resto de las gentes, sobre su origen, sus ancestros, y lo que debía esperarse de sus descendientes.

He ahí, la importancia de los gens, de la familia, y también de la conducta. Imaginemos por un instante esa clase de actos, esas procesiones; los pensamientos de la gente que asistía a ellos. ¿Si los fallecidos volviesen a la vida, estarían orgullosos de sus descendientes? ¿Lo estaban estos de sus ascendientes, cuyas máscaras mortuorias portaban?

La costumbre de hacer máscaras mortuorias solo fue superada siglos después por la llegada de la fotografía. Hasta los más pobres del siglo XVIII se endeudaban para poder quedarse con una foto de su difunto; ya que eran tan caras para la mayoría, que en vida difícilmente podían hacerlas.

Todos conocemos esa línea de frontera que separa a los vivos de los muertos; todos nos debemos a ella. Indudablemente, vivir es de valientes, y reflexionar, como decía Cicerón: «es vivir dos veces». Marco Aurelio tuvo su vida de acción, y después, quizá demasiado tarde o deberíamos decir, tal vez en el momento justo, tuvo su segunda y más verdadera, vida, la filosófica.



Referencias bibliográficas:

Aurelio, Marco. Meditaciones. Planeta-De-Agostini, Barcelona, 1995.

Mas, Salvador. Pensamiento romano. Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, 2006.


lunes, 23 de febrero de 2026

RAY DALIO: «PRINCIPIOS PARA ENFRENTARSE AL NUEVO ORDEN MUNDIAL»

 


Pilar Alberdi


Comenzaré este artículo haciendo tres preguntas. La primera: ¿Quién es Ray Dalio? Respuesta: Es el creador en 1975 de uno de los mayores fondos de inversión del mundo.

Segunda pregunta: ¿Por qué escribió este libro? Respuesta: Porque necesitaba comprender cómo funciona el sistema mundo, tal como lo conocemos. Y, una vez puesto en la tarea, quiso saber cómo actúan los ciclos que producen que un imperio caiga mientras otro asciende y los procesos que ocurren en medio de estos sucesos.

Tercera pregunta: ¿Para quién escribió la obra? Respuesta: No solo para sí, sino también para los demás, porque entender cómo ocurre esto, en qué período de tiempo, debido a qué factores, fue importante para él, en su día, y en consecuencia también para nosotros, hoy.

De hecho, ya en la Introducción del ensayo aclara que si se desea acelerar el proceso de la lectura de este libro que tiene 680 páginas, puede hacerse siguiendo a modo de resumen los párrafos que aparecen en negrita.

Creo también, que Ray Dalio ha querido exponer y alertar, y también considero que la persona que lea su obra se beneficiará de estos conocimientos que especulan sobre la realidad actual: «Los tiempos que vienen ―dice― serán radicalmente diferentes a lo que hemos experimentado hasta ahora en nuestra vida pero se parecerán mucho a otras etapas de la Historia». Es decir, estamos ya acercándonos a un final de ciclo y al comienzo de otro o lo que es lo mismo veremos el declive de un imperio que será suplantado por otro porque así están dadas las circunstancias. ¿Cómo se desarrollarán los hechos? En parte podemos anticiparlos, hay antecedentes históricos, pero en parte no.

Dicho lo anterior y tras afirmar lo importante que resulta el proceso de «evolución» para las personas, compara este con el proceso de empuje y crecimiento de algunos países hasta convertirse en imperios.

Esto obliga a comprender el Gran Ciclo de ascenso y declive de los imperios y sobre todo qué papel juega en esta circunstancia crucial la deuda a largo plazo de la moneda de reserva mundial que esté actuando en ese momento, hoy el dólar, del mismo modo que otras monedas de reserva lo hicieron en el pasado y otras lo harán en el futuro, mientras que en los momentos más duros de la crisis, el oro será un resguardo, y la posesión del mismo parte de un nuevo inicio.

Ray Dalio emprendió el estudio de casos históricos y comprobó que los imperios duran entre 100 y 250 años y dentro de ese marco «los ciclos del dinero y el crédito» entre 50 y 100 años. Este proceso histórico está marcado por tres factores: 1) «el ciclo de los mercados de deuda y capital», 2) «el ciclo de orden y desorden interno» y 3) «el ciclo de orden y desorden externo».

Intentaré explicar resumidamente estos enunciados: si la moneda que actuaba como moneda de reserva para todo el mundo ya no resulta segura por varias razones, por ejemplo, por su desvalorización por exceso de deuda acumulada a largo plazo, por la emisión constante de más moneda para suplir el déficit, por políticas gubernamentales inconsistentes, inadecuadas o poco respetuosas con los tenedores de esa moneda, caso reciente el de los fondos rusos (en dólares) retenidos en EE UU y otros países de la CE, la moneda caerá no solo por estos procederes, sino porque aquellos otros países que la tienen intentarán poco a poco liberarse de ella, lo que harán gradualmente para no verse a su vez perjudicados. Vemos así como numerosos países intentan desprenderse poco a poco de los bonos del tesoro de un país en declive. Puesto que la crisis de aquel les podría arrastrar en su caída.

Si, además, en el interior del propio país aumenta la desigualdad económica y social, y hay choques ideológicos, racistas o de cualquier otro tipo, la desestabilización está garantizada, las protestas irán en aumento, y el resultado puede acabar en una rebelión o revolución.

Del análisis histórico y en consonancia con lo anterior se desprende que siempre hay en la cúspide social una élite o «clase dominante» (representa el 2% de la población) que gobierna esencialmente mirando hacia sus intereses económicos y políticos con el fin de mantener su poder. Afirma Ray Dalio: «he aprendido que el factor determinante a lo largo del tiempo y en todos los países ha sido, por encima de cualquier otra cuestión, la lucha por «la creación y la distribución del poder y de la riqueza» y, en menor medida, «las ideologías y la religión».

También podemos comprobar que el sistema que hasta hace bien poco acostumbrábamos a llamar «democracia representativa» se está mostrando en demasiados casos como «plutocracia» o «autarquía».

Además, sumado a los anteriores factores, si el orden externo cambia, la inseguridad del imperio aumenta, y es posible que se produzcan guerras que detengan por un tiempo el declive o por el contrario, que lo aceleren.

Como expresa el autor: «Por primera vez desde que nació, Estados Unidos se encuentra con una verdadera potencia rival». Se refiere a China, mientras que la antigua URSS solo fue una rival militar, según su criterio. Pero ahora los EE UU se encuentran ante una verdadera potencia económica que opera en todos los órdenes. Y el panorama actual sobre lo que sucede en Oriente Medio, el ascenso de los BRIC, los nuevos compromisos de defensa mutua entre varios países, la deuda irresoluble de Estados Unidos, a los que añadiría la profunda crisis moral de Occidente (archivos Epstein, ordenador de Hunter Biden, etcétera) nos da una pauta de lo que puede suceder tanto en el futuro inmediato como a medio y largo plazo.

El libro, por tanto, se centra en el estudio del Imperio estadounidense y también en sus precedentes, británico y holandés, así como en otros menos relevantes desde su de vista como fueron el alemán, el chino, el francés, el hindú, el japonés y el ruso.

Como inversor, Ray Delio, entiende que los detalles importan, que no hay que dejarse llevar por lo general o por datos que cómo los índices bursátiles solo muestran una mínima parte de la realidad. Siendo los verdaderos factores determinantes de la riqueza y el poder de un país, los siguientes: «educación, competitividad, innovación y tecnología, producción económica, participación en el comercio mundial, fuerza militar, poderío como centro financiero, estatus de la moneda como divisa de reserva». El país que esté bien situado en esta línea de salida tendrá posibilidades de convertirse en el nuevo imperio, pero ello supondrá inevitablemente un período de inestabilidad, de destrucción y construcción que afectará al mundo tal y como lo conocemos.


Referencias:

Dalio, Ray. Principios para enfrentarse al Nuevo Orden Mundial

Editorial Deusto, 2022.



domingo, 8 de febrero de 2026

«LOS DOMINGOS»

 

Pilar Alberdi


Los domingos de la directora Alauda Ruiz de Azúa estuvo muy poco tiempo en los cines, lo habitual para un mercado acostumbrado a las grandes producciones y a las novedades de Hollywood, un mercado que curiosamente niega los ángeles pero no los superhéroes voladores, de tal manera que para poder verla he tenido que recurrir a buscarla en Internet, y pronto hallé una versión repartida para la prensa.

La película la vi ayer por la noche junto a mi esposo. En el cansancio de esa hora aún tuvimos tiempo de tomar posteriormente un café y cruzar impresiones. Hoy continuaremos profundizando sobre el tema.

En alguna de las reseñas leídas recientemente se recordaba que había gustado por igual a creyentes y no creyentes. No lo sé. Quiero decir que uno, ¿quién es uno?, en cada momento de su vida está en una situación dada y está bien dentro de su creencia, o portando su creencia, la que sea en esa circunstancia, sin saber si se mantendrá en ella más adelante o qué le deparará mañana la vida, por cierto, siempre tan compleja. Y esta es una de las diferencias de esta película con otras absurdamente insustanciales y vanales.

Anoche me debatía en estos y otros pensamientos, pero cuando me desperté esta mañana, tenía claro lo que iba a escribir, incluso podía habelo dictado a alguien, ahora no sé si lo tengo tan claro. Me limitaré a no hacer una reseña convencional y sí a plantear algunas preguntas. Quizás le sirvan a alguien.

Pero me desperté, como digo, feliz, entusiasmada, lucida, reconociendo que hoy con toda seguridad iba a escribir sobre la película, aunque no era mi idea anoche, puesto que me acosté pensando que al día siguiente, precisamente hoy, domingo, entre las primeras tareas que tendría que hacer estaba la de ir a buscar unos pasteles para el almuerzo.

En general en esta casa, los postres los cocina mi esposo, pero hoy hará una paella y como a mí se me da peor lo de los postres, los iré a comprar. La vida es esto ¿no? La vida son las familias con sus más y sus menos y en ellas cada individuo luchando por comprender, por salir adelante. Y por saber, sobre todo, quién es uno, hacia dónde se dirige, qué le dicen los demás que es la vida, en qué creencias se mueve la sociedad en la que vive, su propia familia y la persona, y las modas que van llegando y lo convulsionan todo. No, la vida no es fácil, decir lo contrario sería mentir.

Pero esa pregunta de qué es la vida, pasado el ajetreo de la misma, esa etapa de enamorarse, de tener hijos y criarlos, de progresar en el trabajo, de asegurar un futuro material, de cuidar a los que están a nuestro lado, a los que se cruzan en nuestro camino, insiste para hacernos llegar las preguntas esenciales que más tarde o más temprano requieren una respuesta. ¿Qué es este mundo? ¿Que ocurre en él? ¿Qué vida debo vivir? ¿Cómo decidir a los casi dieciocho años cuál será mi vida futura? Y luego, esa preocupación de los padres por el futuro de los hijos: qué decidirán, a quién encontrarán en su camino, qué vida harán, de qué modo podemos ayudarlos.

La película nos muestra el recorrido de una joven estudiante y una «llamada» a una «vocación religiosa». No solo están las dudas que ella pueda tener sino las de las personas que la rodean. Y en este sentido la perspectiva que se nos ofrece es amplia. Para decirlo de una manera sencilla, nadie quiere que se equivoque, ni ella, por supuesto. Además desde la parte religiosa se acepta que el camino es difícil y que no siempre se llega a dar el último paso, siendo precisamente lo importante atender a esa posible vocación, a esa reflexión y a ese proceso.

Pero, veámoslo de otro modo: ¿acaso no asusta cuando un hijo dice que quiere estudiar una profesión y a uno le parece que no es la que le conviene o que el trabajo por el que quiere optar no es el adecuado? Y, acaso ¿esto no es aplicable a otras muchas situaciones?

En un tiempo de oscuridad como el que estamos viviendo, no tenemos más que leer los archivos de Epstein para saber en qué punto de malignidad, depravación y decadencia nos encontramos, recordar que el pasado de Europa ha sido cristiano es importante y que aunque a veces no se mantenga en la práctica religiosa, sí lo hace en su cultura.

A veces, parece que nos empujan a una guerra velada de religiones. La trama que hay detrás de lo que ocurre es espantosa. Pero qué es eso que tanto molesta del cristianismo, qué es eso que facilita que se quemen iglesias o se ataque a creyentes, a religiosos y religiosas, o consiga tan fácilmente la burla y la ridiculización de la tradición, y solo pondré por caso, los ejemplos de los juegos olímpicos de 2024 en Francia o precisamente en estos días los actuales juegos de invierno en Milán. ¿De dónde sale ese ritualismo y satanismo?

Creo que para contestar esto me serviré de unas palabras de monseñor Fulton Sheen y de su libro ¿Se puede creer aún?: «Hubo una vez en que una persona vino a ser juzgada por todo el amor que provocaba en torno suyo». Y esta es una verdad muy grande, él vino a recordar el verdadero amor universal, aquel que está más cerca del samaritano que del fariseo, aquel que expone dividido lo que es del César y lo que es de Dios. De este modo acompañó a los pecadores (¿quién no comete faltas?) y para todos, incluso en la hora de su asesinato tuvo misericordia. Recordemos sus últimas palabras: «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen». Qué enorme mal es la ignorancia. Qué terrible la acción del mal. Por tanto, es normal que cualquiera se asuste ante la perspectiva de no llegar a esa altura: la del amor y la entrega incondicional y el perdón de las faltas propias y ajenas, como es el caso de la joven protagonista, siendo precisamente ese su deseo, y aun más oscura es la perspectiva en quien no cree.

Nos faltan en estos tiempos cultura religiosa. Y ese es un daño. Y nos falta respeto y ese es otro daño básico y esencial.

Bien, hasta aquí mis palabras. Dejo al pie algunas reseñas con distintas opiniones por si a alguien le pudiesen orientar. Algo está claro, Los domingos, no es una película cualquiera.



Algunas reseñas desde distintos puntos de vista:

Los domingos o el milagro de creer en algo. Gemma Ribero 

Reseña en vídeo del obispo Munilla 

¿Por qué los domingos es la mejor película de terror de 2025. Unadesoladora muestra de nuestro fracaso como sociedad. Autor: Franchico


domingo, 18 de enero de 2026

«DIARIO DE DUELO» DE ROLAND BARTHES

 


Pilar Alberdi


«Veo a las golondrinas volar en la tarde de verano. Me digo ―pensando con desgarramiento en mamá―: ¡qué barbarie no creer en las almas, en la inmortalidad de las almas!, ¡qué imbécil verdad es el materialismo!»

Cuando esto lo dice un ateo, algo de razón tendrá.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, que le transforma en un adulto huérfano, también le hace constatar que se ha quedado solo para siempre, porque no alcanza a ver nada más allá de ese presente doloroso, donde el único ámbito seguro que encuentra para recogerse es el hogar que compartía precisamente con quien ya no está.

Hogar que es patria, esperanza, mimo, afianzamiento de uno mismo.

Conclusión: la vida es aprendizaje, conocimiento acumulativo.

Leía estos días la obra Diario de duelo de Roland Barthes (1915-1980), el reconocido filólogo y semiólogo. La obra nos habla del estado en que se encontraba el escritor tras el fallecimiento de su madre, en cuya compañía vivió durante toda su vida. Un caso similar, si la comparación es posible y creo que sí, al de Jorge Luis Borges con su madre.

Escribe: «Ahora, por todas partes, en el café o en la calle, veo a cada individuo bajo la especie del que-debe-morir» (…) Y, con no menor evidencia, los veo como no sabiéndolo”. Pero lo saben, eso es lo que en el fondo subyace en la observación. El deseo de negación de la muerte terrena.

Luego hablaremos de quién fue esta mujer para su hijo, un hombre que se define, pese al duelo que debería tenerlo sometido a la angustia, de este modo: «Pero, ay, es lo contrario lo que sucede. No solamente no abandono ninguno de mis egoísmos, de mis pequeños apegos, continúo sin cesar, dándome preferencia, más aún no llego a entregarme a un ser». Están los otros, pero no son tan fundamentales como lo fue la mujer en la que encontraba afecto y respeto.

Sin embargo, como indica el ensayista, su madre se convirtió poco a poco durante los últimos meses de su vida en una hija a la que cuidó con dedicación y esmero. El 19 de noviembre de 1977, escribe: «Durante meses fui su madre. Es como si hubiera perdido a mi hija», pero también es como si hubiera perdido el sentido de la vida.

El hijo que fue cuidado, cuida a su vez; el hijo amado refiere cómo las palabras «¡Mi Roland, mi Roland!», que tantas veces le decía cariñosamente, estuvieron también entre sus últimas palabras.

Y el hombre al que ella como madre ayudó a ser seguro, de repente se vuelve frágil y débil de espíritu: «La aflicción como una piedra/ (en mi cuello), /en el fondo de mí». Sentirse es saberse «medio muerto» y el mundo que le rodea, además lo deprime, escasea la voluntad que antes le hizo famoso, incluso está dispuesto a renunciar a la tarea intelectual, «tengo el sentimiento oscuro», dice, «de que, como ella ya no está, no es preciso hacerme reconocer».

Pero, ¿quién fue ella? Escribe Roland Barthes el 31 de mayo de 1978: «Mamá esta presente en todo lo que yo he escrito: en que hay por todas partes una idea del Bien Soberano».

Pero no es solo eso, el 27 de julio del mismo año, dice: «Mamá me enseñó que no se puede hacer sufrir a quien se ama». Y ¿cómo puede haber una idea del Bien Soberano si no hubiera un sentido?

Lo peor ha pasado. Reflexiona: «La enfermera de la mañana le hablaba a mamá como a un niño con una voz un poco fuerte, inquisitorial, rezongona y boba. No sabe que mamá la juzga. [Esto es la tontería] No se habla nunca de la inteligencia de una madre, como si eso fuera menguar su afectividad, ponerla en la distancia. Pero la inteligencia es: todo lo que nos permite vivir soberanamente con un ser». No se puede decir mejor. ¿Quién nos hace mejores? Aquél que nos reconoce, que nos empuja para que seamos la mejor versión de nosotros mismos: la que no miente, la que madura, la que siempre dice la verdad, la que aun con miedo se muestra valiente.

Creo que tiene razón, si la ignorancia produce el mal, la inteligencia que es conciencia del otro y empatía, debería favorecer el bien.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, esa no preferencia de sí, también le hace constatar mirando el vuelo de las golondrinas… «¡qué imbécil verdad es el materialismo!».

Porque la trascendencia está ahí, por todas partes, como escondida, hasta que uno la ve.