Pilar
Alberdi
En
tiempos de incertidumbre como
los que vivimos he
releído a Marco Aurelio. En concreto: sus Meditaciones.
El libro, en estos pasados años ha cambiado al mismo tiempo que yo
también
lo
hacía. En esta ocasión, me han llamado la atención algunas de sus
opiniones que en otro tiempo no tuvieron la fuerza para hacerlo.
En
ese último momento de la vida, el
que queda explicado en el libro, Marco
Aurelio, quiere ser filósofo, pero reconoce que ya no puede. Aun
leyendo a Platón, a Epicteto y a otros, y recordando la enseñanza
de Sócrates, se reconoce como lo que fue, un hombre de acción. Eso
no podrá cambiarse. Además, insiste, ya no le quedan años
suficientes para leer cuanto quisiera. ¿A qué insistir? Por ello, a
sí mismo se ordena olvidar los libros que no ha de leer y actuar en
su presente con filosofía, teniendo en cuenta que cada día puede
ser el último. Se
trata de una
filosofía personal; sin intención de transmitirla a los demás a
través de una obra escrita, y,
sin
embargo, culmina en ese período sus Meditaciones.
Con
respecto a su futuro fallecimiento indica que es bueno saber que
alguno se alegrará de su muerte. Será así porque uno no puede ser
del gusto de todo el mundo, pero también porque hay otros, que en el
pasado lo festejaron, ahora no, y esperan beneficiarse con nuevos
cargos cuando él ya no esté. Así, ante el dolor que le causan
algunas cuestiones, se recomienda a sí mismo rebajar el tono de su
imaginación, no hacerse más preguntas que las necesarias; descansar
un poco, no indagar más allá, ni demasiado lejos de lo que tiene a
la vista, y abandonar las suposiciones. Porque suponer, con su grado
de imaginación latente para suponer situcaciones, pensamientos y un
largo etcétera, requiere mucho tiempo.
Marco
Aurelio busca ser objetivo. Como es un anciano mira atrás y piensa
―entre otros temas― en los miembros de su familia. Comienza la
obra agradeciendo lo que recibió de cada uno de ellos, ya sea la
capacidad de aceptar la reconciliación, la libertad de criterio, el
no vanagloriarse con honores aparentes, el vivir frugalmente aun en
palacio, y un largo etcétera de cuestiones. Cada una de estas
disposiciones o virtudes aprendidas le recuerda a una persona de su
entorno. Sabe que, a partir del despuntar del alba, cuando se dirija
a cumplir con sus tareas, se encontrará en su camino con «un
indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un
insociable», eso es la vida, y se aconseja ser capaz de dominarse.
«Pues hemos nacido para colaborar” dirá, reflejando en sus
palabras aquellas que dejó escritas Cicerón: «No hemos nacido solo
para nosotros».
El
perfil estoico de Marco Aurelio intenta justificar la parte de la
vida y de la historia que le ha tocado en suerte. ¿Podía él no
haber sido quien fue?
Aún
viviendo «tres mil» o «diez mil años», se repite, uno no pierde
«otra vida que la que tiene». Esta es la valiosa, la que se puede
mejorar como a un diamante; la que se pierde también en un instante;
sí, pero sobre todo ocurrirá un día, que será el último, en una
hora que servirá para que otros digan: «Marco Aurelio ha muerto»,
algo que a él, no podrá ya importarle.
Unida
la filosofía a la vida, la primera le sirve para saber cómo actuar
frente a sus propios pensamientos y especialmente ante los hechos a
los que se enfrenta. Piensa que «si la inteligencia nos es común,
también la razón». De tal modo que todo es razonable. Y esta
posibilidad, esta certeza de la razón común es la que facilita el
acceso a la ley y a la ciudadanía.
No
recuerdo haber visto citado en estas páginas a Cicerón, a quien
intuyo, leyó. La sombra de Cicerón es alargada… Pienso en
Spinoza, en Hegel, en tantos más que recibieron del romano; pero los
textos de otros autores anteriores y esto resulta evidente, le sirven
de reclamo para sus meditaciones. Ahí está Epícteto: «Eres una
pequeña alma que sustenta un cadáver». No faltan a ese encuentro
de sus pensadores preferidos: Hipócrates de Cos, Heráclito de
Efeso, Demócrito de Abdera, Aristófanes, Aristóteles, Platón,
Hesíodo, Diógenes Laercio, Crates de Tebas, Jenocrátes de
Calcedonia, Crisipo, Menandro, Epicuro, Empédocles, y autores
trágicos como Homero y Eurípides. Ya sea que les cite, ya que
ofrezca una clara referencia, siempre los tiene presentes.
Marco
Aurelio ha pisado el terreno de la filosofía al tener constancia del
final del hilo de su vida, no porque no la hubiera expuesto antes,
sino porque la edad, proclama que la sentencia que ha de llevarse a
cabo y que él acepta, está unida al olvido: «Estarás muerto en
seguida, y aún no eres ni sencillo, ni imperturbable, ni andas sin
miedo de que puedan dañarte desde el exterior, ni tampoco eres
benévolo para con todos, ni cifras la sensatez en la práctica de la
justicia». (Parágrafo 37) Y un poco más adelante, añade: «Dentro
de poco, ceniza o esqueleto; y, o bien un nombre o ni siquiera un
nombre; y el nombre un ruido y un eco». (Libro V) Esta constatación
le obliga a hacerse nuevas preguntas: «Qué vale la pena entonces?
¿Ser aplaudido? No. Por consiguiente, tampoco ser aplaudido por
golpeteo de lenguas, que las alabanzas del vulgo son golpeteos de
lenguas. Por lo tanto, has renunciado también a la vana gloria».
(Libro VI)
Estamos
ante un Marco Aurelio asomado a la Nada, y esta es inconmensurable.
Su poder se expande sobre cuanto tiene vida, es más, la acentúa.
Convencido
de que «Lo que no beneficia al enjambre no beneficia a la abeja»
percibe que todo está entrelazado. Frente al arrebato, la desmesura,
la pérdida de control; tiene claro el camino a seguir: «Cava en tu
interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz
de brotar continuamente, si no dejas de excavar». (Libro VII). Pero
qué difícil de extraer es ese valioso material; más preciado que
el oro; más que los palacios y los tesoros; más que la victoria en
todas las guerras.
Y
ahí está, sí bien no desesperado, sí cavilante, Marco Aurelio
preparándose para la muerte, comprendiendo la de otros, las de su
propia familia. Dice: «Lucila sepultó a Vero; a continuación,
Lucila; Secunda, a Máximo; seguidamente, Secunda; Epitincano, a
Diótimo; luego, Epitincano; Antonino, a Faustina; luego, Antonino. Y
así, todo. Céler, a Adriano; a continuación , Céler. ¿Y dónde
están aquellos hombres agudos y perspicaces, ya conocedores, ya
engreídos?» (Libro VIII). Cualquiera de nosotros ha visto caer a
sus mayores del mismo modo, y a los no tan mayores también,
desgraciadamente, porque lo que uno desea es tenerlos consigo. ¿Quién
no podría comprender el dolor profundo del hombre que es testigo del
final de los suyos? Todos lo seremos algún día.
La
vida tiene un límite y ese límite enseña dos cosas fundamentales:
primero, que en esa frontera todo desaparece; segundo, que quizá
quede algo profundo como el recuerdo, durante un breve espacio de
tiempo, se queda.
Marco
Aurelio se aferra a su conciencia, a esa «guía interior» en la que
confía férreamente, aun así, una y otra vez no deja de percibir
que todo es cambio y que «La causa del conjunto universal es un
torrente impetuoso». Y esa fuerza: «Todo lo arrastra». (Libro IX)
Todo se lo lleva. Y aunque él lo sepa, y otros antes que él lo
supieron, y otros que vendrán después también lo sabrán y
repetirán casi con las mismas palabras esas idénticas
preocupaciones, encuentra que así como «una pequeña araña se
enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebratillo; otro, una
sardina en la red; otro, cochinillos; otro, osos; y el otro
Sármatas», siendo estos junto con los Galos algunos de los enemigos
del Imperio Romano, que Marco Aurelio combatía. La muerte en todas
partes, piensa, y eso le sorprende, habiendo él mismo ordenado
tantas muertes.
Algo
así llegó a cuestionarse Victor Hugo, siglos
después, en
su obra Dios.
Se
trata de
un drama poético en el que los creyentes, los ateos, los agnósticos
dirigen sus preces a Dios,
cada uno desde sus posiciones filosóficas, y al reclamarle a la
divinidad desde una de estas partes por qué tanta muerte, la
respuesta de Dios consiste en mirar hacia el fogón, el de las casas
de quienes le reclaman, mostrándoles cuánta muerte se necesita solo
para
que los que piden explicaciones vivan. «Muerto el pájaro,
desaparecido el nido dirá el poeta». Sí; no preguntes más… Eso
es todo. Pero muerto el pájaro aún seguirá cantando en tu corazón.
Yo
supongo, no lo sé, que a Marco Aurelio le habrán realizado una
máscara mortuoria después de su fallecimiento.
Refiere
Salvador Mas,
en su libro Pensamiento
romano, por
boca
del historiador Polibio,
cómo
eran las pompas de los romanos ilustres de aquellas época. En esos
casos, lo privado se convertía en público. Las palabras de elogio
al fallecido se las dedicaba un miembro de su familia. Ya sabemos que
en Roma había varias familias importantes (los Claudio, Horacio,
etc.). Después de los ritos y el enterramiento, una máscara del
rostro del muerto quedaba expuesta dentro de una hornacina de madera
en el hogar familiar. Estas
máscaras conocidas
con el nombre de «imagines
maiorum»,
que traducido literalmente quiere decir, «retratos
de los antepasados» estaban
realizadas con cera de abeja. Cuando
pasado
el tiempo
otro familiar fallecía, este tipo de imágenes, las de los
antepasados
fallecidos, eran
portadas en el acto del sepelio por hombres de la familia parecidos
físicamente a aquellos ya desaparecidos. (POL., V, 54-56) Era, en
cierto grado, un recordatorio hacia sí mismos y hacia el resto de
las gentes, sobre su origen, sus ancestros, y lo que debía esperarse
de sus descendientes.
He
ahí, la importancia de los gens,
de la familia, y también de la conducta. Imaginemos por un instante
esa clase de actos,
esas procesiones;
los pensamientos de la gente que asistía a ellos. ¿Si los
fallecidos
volviesen a la vida, estarían orgullosos de sus descendientes? ¿Lo
estaban estos de sus ascendientes, cuyas máscaras mortuorias
portaban?
La
costumbre de hacer máscaras mortuorias solo fue superada siglos
después por la llegada de la fotografía. Hasta los más pobres del
siglo XVIII se endeudaban para poder quedarse con una foto de su
difunto; ya que eran tan caras para la mayoría, que en vida
difícilmente podían hacerlas.
Todos
conocemos esa línea de frontera que separa a los vivos de los
muertos; todos nos debemos a ella. Indudablemente, vivir es de
valientes, y reflexionar, como decía Cicerón: «es vivir dos
veces». Marco Aurelio tuvo su vida de acción, y después, quizá
demasiado tarde o deberíamos decir, tal vez en el momento justo,
tuvo su segunda y más verdadera, vida, la filosófica.
Referencias bibliográficas:
Aurelio,
Marco. Meditaciones.
Planeta-De-Agostini, Barcelona, 1995.
Mas,
Salvador. Pensamiento
romano.
Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, 2006.