martes, 16 de junio de 2026

MARCO AURELIO: «MEDITACIONES»

 

 

Pilar Alberdi

 

En tiempos de incertidumbre como los que vivimos he releído a Marco Aurelio. En concreto: sus Meditaciones. El libro, en estos pasados años ha cambiado al mismo tiempo que yo también lo hacía. En esta ocasión, me han llamado la atención algunas de sus opiniones que en otro tiempo no tuvieron la fuerza para hacerlo.

En ese último momento de la vida, el que queda explicado en el libro, Marco Aurelio, quiere ser filósofo, pero reconoce que ya no puede. Aun leyendo a Platón, a Epicteto y a otros, y recordando la enseñanza de Sócrates, se reconoce como lo que fue, un hombre de acción. Eso no podrá cambiarse. Además, insiste, ya no le quedan años suficientes para leer cuanto quisiera. ¿A qué insistir? Por ello, a sí mismo se ordena olvidar los libros que no ha de leer y actuar en su presente con filosofía, teniendo en cuenta que cada día puede ser el último. Se trata de una filosofía personal; sin intención de transmitirla a los demás a través de una obra escrita, y, sin embargo, culmina en ese período sus Meditaciones.

Con respecto a su futuro fallecimiento indica que es bueno saber que alguno se alegrará de su muerte. Será así porque uno no puede ser del gusto de todo el mundo, pero también porque hay otros, que en el pasado lo festejaron, ahora no, y esperan beneficiarse con nuevos cargos cuando él ya no esté. Así, ante el dolor que le causan algunas cuestiones, se recomienda a sí mismo rebajar el tono de su imaginación, no hacerse más preguntas que las necesarias; descansar un poco, no indagar más allá, ni demasiado lejos de lo que tiene a la vista, y abandonar las suposiciones. Porque suponer, con su grado de imaginación latente para suponer situcaciones, pensamientos y un largo etcétera, requiere mucho tiempo.

Marco Aurelio busca ser objetivo. Como es un anciano mira atrás y piensa ―entre otros temas― en los miembros de su familia. Comienza la obra agradeciendo lo que recibió de cada uno de ellos, ya sea la capacidad de aceptar la reconciliación, la libertad de criterio, el no vanagloriarse con honores aparentes, el vivir frugalmente aun en palacio, y un largo etcétera de cuestiones. Cada una de estas disposiciones o virtudes aprendidas le recuerda a una persona de su entorno. Sabe que, a partir del despuntar del alba, cuando se dirija a cumplir con sus tareas, se encontrará en su camino con «un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable», eso es la vida, y se aconseja ser capaz de dominarse. «Pues hemos nacido para colaborar” dirá, reflejando en sus palabras aquellas que dejó escritas Cicerón: «No hemos nacido solo para nosotros».

El perfil estoico de Marco Aurelio intenta justificar la parte de la vida y de la historia que le ha tocado en suerte. ¿Podía él no haber sido quien fue?

Aún viviendo «tres mil» o «diez mil años», se repite, uno no pierde «otra vida que la que tiene». Esta es la valiosa, la que se puede mejorar como a un diamante; la que se pierde también en un instante; sí, pero sobre todo ocurrirá un día, que será el último, en una hora que servirá para que otros digan: «Marco Aurelio ha muerto», algo que a él, no podrá ya importarle.

Unida la filosofía a la vida, la primera le sirve para saber cómo actuar frente a sus propios pensamientos y especialmente ante los hechos a los que se enfrenta. Piensa que «si la inteligencia nos es común, también la razón». De tal modo que todo es razonable. Y esta posibilidad, esta certeza de la razón común es la que facilita el acceso a la ley y a la ciudadanía.

No recuerdo haber visto citado en estas páginas a Cicerón, a quien intuyo, leyó. La sombra de Cicerón es alargada… Pienso en Spinoza, en Hegel, en tantos más que recibieron del romano; pero los textos de otros autores anteriores y esto resulta evidente, le sirven de reclamo para sus meditaciones. Ahí está Epícteto: «Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver». No faltan a ese encuentro de sus pensadores preferidos: Hipócrates de Cos, Heráclito de Efeso, Demócrito de Abdera, Aristófanes, Aristóteles, Platón, Hesíodo, Diógenes Laercio, Crates de Tebas, Jenocrátes de Calcedonia, Crisipo, Menandro, Epicuro, Empédocles, y autores trágicos como Homero y Eurípides. Ya sea que les cite, ya que ofrezca una clara referencia, siempre los tiene presentes.

Marco Aurelio ha pisado el terreno de la filosofía al tener constancia del final del hilo de su vida, no porque no la hubiera expuesto antes, sino porque la edad, proclama que la sentencia que ha de llevarse a cabo y que él acepta, está unida al olvido: «Estarás muerto en seguida, y aún no eres ni sencillo, ni imperturbable, ni andas sin miedo de que puedan dañarte desde el exterior, ni tampoco eres benévolo para con todos, ni cifras la sensatez en la práctica de la justicia». (Parágrafo 37) Y un poco más adelante, añade: «Dentro de poco, ceniza o esqueleto; y, o bien un nombre o ni siquiera un nombre; y el nombre un ruido y un eco». (Libro V) Esta constatación le obliga a hacerse nuevas preguntas: «Qué vale la pena entonces? ¿Ser aplaudido? No. Por consiguiente, tampoco ser aplaudido por golpeteo de lenguas, que las alabanzas del vulgo son golpeteos de lenguas. Por lo tanto, has renunciado también a la vana gloria». (Libro VI)

Estamos ante un Marco Aurelio asomado a la Nada, y esta es inconmensurable. Su poder se expande sobre cuanto tiene vida, es más, la acentúa.

Convencido de que «Lo que no beneficia al enjambre no beneficia a la abeja» percibe que todo está entrelazado. Frente al arrebato, la desmesura, la pérdida de control; tiene claro el camino a seguir: «Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz de brotar continuamente, si no dejas de excavar». (Libro VII). Pero qué difícil de extraer es ese valioso material; más preciado que el oro; más que los palacios y los tesoros; más que la victoria en todas las guerras.

Y ahí está, sí bien no desesperado, sí cavilante, Marco Aurelio preparándose para la muerte, comprendiendo la de otros, las de su propia familia. Dice: «Lucila sepultó a Vero; a continuación, Lucila; Secunda, a Máximo; seguidamente, Secunda; Epitincano, a Diótimo; luego, Epitincano; Antonino, a Faustina; luego, Antonino. Y así, todo. Céler, a Adriano; a continuación , Céler. ¿Y dónde están aquellos hombres agudos y perspicaces, ya conocedores, ya engreídos?» (Libro VIII). Cualquiera de nosotros ha visto caer a sus mayores del mismo modo, y a los no tan mayores también, desgraciadamente, porque lo que uno desea es tenerlos consigo. ¿Quién no podría comprender el dolor profundo del hombre que es testigo del final de los suyos? Todos lo seremos algún día.

La vida tiene un límite y ese límite enseña dos cosas fundamentales: primero, que en esa frontera todo desaparece; segundo, que quizá quede algo profundo como el recuerdo, durante un breve espacio de tiempo, se queda.

Marco Aurelio se aferra a su conciencia, a esa «guía interior» en la que confía férreamente, aun así, una y otra vez no deja de percibir que todo es cambio y que «La causa del conjunto universal es un torrente impetuoso». Y esa fuerza: «Todo lo arrastra». (Libro IX) Todo se lo lleva. Y aunque él lo sepa, y otros antes que él lo supieron, y otros que vendrán después también lo sabrán y repetirán casi con las mismas palabras esas idénticas preocupaciones, encuentra que así como «una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebratillo; otro, una sardina en la red; otro, cochinillos; otro, osos; y el otro Sármatas», siendo estos junto con los Galos algunos de los enemigos del Imperio Romano, que Marco Aurelio combatía. La muerte en todas partes, piensa, y eso le sorprende, habiendo él mismo ordenado tantas muertes.

Algo así llegó a cuestionarse Victor Hugo, siglos después, en su obra Dios. Se trata de un drama poético en el que los creyentes, los ateos, los agnósticos dirigen sus preces a Dios, cada uno desde sus posiciones filosóficas, y al reclamarle a la divinidad desde una de estas partes por qué tanta muerte, la respuesta de Dios consiste en mirar hacia el fogón, el de las casas de quienes le reclaman, mostrándoles cuánta muerte se necesita solo para que los que piden explicaciones vivan. «Muerto el pájaro, desaparecido el nido dirá el poeta». Sí; no preguntes más… Eso es todo. Pero muerto el pájaro aún seguirá cantando en tu corazón.

Yo supongo, no lo sé, que a Marco Aurelio le habrán realizado una máscara mortuoria después de su fallecimiento.

Refiere Salvador Mas, en su libro Pensamiento romano, por boca del historiador Polibio, cómo eran las pompas de los romanos ilustres de aquellas época. En esos casos, lo privado se convertía en público. Las palabras de elogio al fallecido se las dedicaba un miembro de su familia. Ya sabemos que en Roma había varias familias importantes (los Claudio, Horacio, etc.). Después de los ritos y el enterramiento, una máscara del rostro del muerto quedaba expuesta dentro de una hornacina de madera en el hogar familiar. Estas máscaras conocidas con el nombre de «imagines maiorum», que traducido literalmente quiere decir, «retratos de los antepasados» estaban realizadas con cera de abeja. Cuando pasado el tiempo otro familiar fallecía, este tipo de imágenes, las de los antepasados fallecidos, eran portadas en el acto del sepelio por hombres de la familia parecidos físicamente a aquellos ya desaparecidos. (POL., V, 54-56) Era, en cierto grado, un recordatorio hacia sí mismos y hacia el resto de las gentes, sobre su origen, sus ancestros, y lo que debía esperarse de sus descendientes.

He ahí, la importancia de los gens, de la familia, y también de la conducta. Imaginemos por un instante esa clase de actos, esas procesiones; los pensamientos de la gente que asistía a ellos. ¿Si los fallecidos volviesen a la vida, estarían orgullosos de sus descendientes? ¿Lo estaban estos de sus ascendientes, cuyas máscaras mortuorias portaban?

La costumbre de hacer máscaras mortuorias solo fue superada siglos después por la llegada de la fotografía. Hasta los más pobres del siglo XVIII se endeudaban para poder quedarse con una foto de su difunto; ya que eran tan caras para la mayoría, que en vida difícilmente podían hacerlas.

Todos conocemos esa línea de frontera que separa a los vivos de los muertos; todos nos debemos a ella. Indudablemente, vivir es de valientes, y reflexionar, como decía Cicerón: «es vivir dos veces». Marco Aurelio tuvo su vida de acción, y después, quizá demasiado tarde o deberíamos decir, tal vez en el momento justo, tuvo su segunda y más verdadera, vida, la filosófica.



Referencias bibliográficas:

Aurelio, Marco. Meditaciones. Planeta-De-Agostini, Barcelona, 1995.

Mas, Salvador. Pensamiento romano. Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, 2006.








lunes, 23 de febrero de 2026

RAY DALIO: «PRINCIPIOS PARA ENFRENTARSE AL NUEVO ORDEN MUNDIAL»

 


Pilar Alberdi


Comenzaré este artículo haciendo tres preguntas. La primera: ¿Quién es Ray Dalio? Respuesta: Es el creador en 1975 de uno de los mayores fondos de inversión del mundo.

Segunda pregunta: ¿Por qué escribió este libro? Respuesta: Porque necesitaba comprender cómo funciona el sistema mundo, tal como lo conocemos. Y, una vez puesto en la tarea, quiso saber cómo actúan los ciclos que producen que un imperio caiga mientras otro asciende y los procesos que ocurren en medio de estos sucesos.

Tercera pregunta: ¿Para quién escribió la obra? Respuesta: No solo para sí, sino también para los demás, porque entender cómo ocurre esto, en qué período de tiempo, debido a qué factores, fue importante para él, en su día, y en consecuencia también para nosotros, hoy.

De hecho, ya en la Introducción del ensayo aclara que si se desea acelerar el proceso de la lectura de este libro que tiene 680 páginas, puede hacerse siguiendo a modo de resumen los párrafos que aparecen en negrita.

Creo también, que Ray Dalio ha querido exponer y alertar, y también considero que la persona que lea su obra se beneficiará de estos conocimientos que especulan sobre la realidad actual: «Los tiempos que vienen ―dice― serán radicalmente diferentes a lo que hemos experimentado hasta ahora en nuestra vida pero se parecerán mucho a otras etapas de la Historia». Es decir, estamos ya acercándonos a un final de ciclo y al comienzo de otro o lo que es lo mismo veremos el declive de un imperio que será suplantado por otro porque así están dadas las circunstancias. ¿Cómo se desarrollarán los hechos? En parte podemos anticiparlos, hay antecedentes históricos, pero en parte no.

Dicho lo anterior y tras afirmar lo importante que resulta el proceso de «evolución» para las personas, compara este con el proceso de empuje y crecimiento de algunos países hasta convertirse en imperios.

Esto obliga a comprender el Gran Ciclo de ascenso y declive de los imperios y sobre todo qué papel juega en esta circunstancia crucial la deuda a largo plazo de la moneda de reserva mundial que esté actuando en ese momento, hoy el dólar, del mismo modo que otras monedas de reserva lo hicieron en el pasado y otras lo harán en el futuro, mientras que en los momentos más duros de la crisis, el oro será un resguardo, y la posesión del mismo parte de un nuevo inicio.

Ray Dalio emprendió el estudio de casos históricos y comprobó que los imperios duran entre 100 y 250 años y dentro de ese marco «los ciclos del dinero y el crédito» entre 50 y 100 años. Este proceso histórico está marcado por tres factores: 1) «el ciclo de los mercados de deuda y capital», 2) «el ciclo de orden y desorden interno» y 3) «el ciclo de orden y desorden externo».

Intentaré explicar resumidamente estos enunciados: si la moneda que actuaba como moneda de reserva para todo el mundo ya no resulta segura por varias razones, por ejemplo, por su desvalorización por exceso de deuda acumulada a largo plazo, por la emisión constante de más moneda para suplir el déficit, por políticas gubernamentales inconsistentes, inadecuadas o poco respetuosas con los tenedores de esa moneda, caso reciente el de los fondos rusos (en dólares) retenidos en EE UU y otros países de la CE, la moneda caerá no solo por estos procederes, sino porque aquellos otros países que la tienen intentarán poco a poco liberarse de ella, lo que harán gradualmente para no verse a su vez perjudicados. Vemos así como numerosos países intentan desprenderse poco a poco de los bonos del tesoro de un país en declive. Puesto que la crisis de aquel les podría arrastrar en su caída.

Si, además, en el interior del propio país aumenta la desigualdad económica y social, y hay choques ideológicos, racistas o de cualquier otro tipo, la desestabilización está garantizada, las protestas irán en aumento, y el resultado puede acabar en una rebelión o revolución.

Del análisis histórico y en consonancia con lo anterior se desprende que siempre hay en la cúspide social una élite o «clase dominante» (representa el 2% de la población) que gobierna esencialmente mirando hacia sus intereses económicos y políticos con el fin de mantener su poder. Afirma Ray Dalio: «he aprendido que el factor determinante a lo largo del tiempo y en todos los países ha sido, por encima de cualquier otra cuestión, la lucha por «la creación y la distribución del poder y de la riqueza» y, en menor medida, «las ideologías y la religión».

También podemos comprobar que el sistema que hasta hace bien poco acostumbrábamos a llamar «democracia representativa» se está mostrando en demasiados casos como «plutocracia» o «autarquía».

Además, sumado a los anteriores factores, si el orden externo cambia, la inseguridad del imperio aumenta, y es posible que se produzcan guerras que detengan por un tiempo el declive o por el contrario, que lo aceleren.

Como expresa el autor: «Por primera vez desde que nació, Estados Unidos se encuentra con una verdadera potencia rival». Se refiere a China, mientras que la antigua URSS solo fue una rival militar, según su criterio. Pero ahora los EE UU se encuentran ante una verdadera potencia económica que opera en todos los órdenes. Y el panorama actual sobre lo que sucede en Oriente Medio, el ascenso de los BRIC, los nuevos compromisos de defensa mutua entre varios países, la deuda irresoluble de Estados Unidos, a los que añadiría la profunda crisis moral de Occidente (archivos Epstein, ordenador de Hunter Biden, etcétera) nos da una pauta de lo que puede suceder tanto en el futuro inmediato como a medio y largo plazo.

El libro, por tanto, se centra en el estudio del Imperio estadounidense y también en sus precedentes, británico y holandés, así como en otros menos relevantes desde su de vista como fueron el alemán, el chino, el francés, el hindú, el japonés y el ruso.

Como inversor, Ray Delio, entiende que los detalles importan, que no hay que dejarse llevar por lo general o por datos que cómo los índices bursátiles solo muestran una mínima parte de la realidad. Siendo los verdaderos factores determinantes de la riqueza y el poder de un país, los siguientes: «educación, competitividad, innovación y tecnología, producción económica, participación en el comercio mundial, fuerza militar, poderío como centro financiero, estatus de la moneda como divisa de reserva». El país que esté bien situado en esta línea de salida tendrá posibilidades de convertirse en el nuevo imperio, pero ello supondrá inevitablemente un período de inestabilidad, de destrucción y construcción que afectará al mundo tal y como lo conocemos.


Referencias:

Dalio, Ray. Principios para enfrentarse al Nuevo Orden Mundial

Editorial Deusto, 2022.



domingo, 8 de febrero de 2026

«LOS DOMINGOS»

 

Pilar Alberdi


Los domingos de la directora Alauda Ruiz de Azúa estuvo muy poco tiempo en los cines, lo habitual para un mercado acostumbrado a las grandes producciones y a las novedades de Hollywood, un mercado que curiosamente niega los ángeles pero no los superhéroes voladores, de tal manera que para poder verla he tenido que recurrir a buscarla en Internet, y pronto hallé una versión repartida para la prensa.

La película la vi ayer por la noche junto a mi esposo. En el cansancio de esa hora aún tuvimos tiempo de tomar posteriormente un café y cruzar impresiones. Hoy continuaremos profundizando sobre el tema.

En alguna de las reseñas leídas recientemente se recordaba que había gustado por igual a creyentes y no creyentes. No lo sé. Quiero decir que uno, ¿quién es uno?, en cada momento de su vida está en una situación dada y está bien dentro de su creencia, o portando su creencia, la que sea en esa circunstancia, sin saber si se mantendrá en ella más adelante o qué le deparará mañana la vida, por cierto, siempre tan compleja. Y esta es una de las diferencias de esta película con otras absurdamente insustanciales y vanales.

Anoche me debatía en estos y otros pensamientos, pero cuando me desperté esta mañana, tenía claro lo que iba a escribir, incluso podía habelo dictado a alguien, ahora no sé si lo tengo tan claro. Me limitaré a no hacer una reseña convencional y sí a plantear algunas preguntas. Quizás le sirvan a alguien.

Pero me desperté, como digo, feliz, entusiasmada, lucida, reconociendo que hoy con toda seguridad iba a escribir sobre la película, aunque no era mi idea anoche, puesto que me acosté pensando que al día siguiente, precisamente hoy, domingo, entre las primeras tareas que tendría que hacer estaba la de ir a buscar unos pasteles para el almuerzo.

En general en esta casa, los postres los cocina mi esposo, pero hoy hará una paella y como a mí se me da peor lo de los postres, los iré a comprar. La vida es esto ¿no? La vida son las familias con sus más y sus menos y en ellas cada individuo luchando por comprender, por salir adelante. Y por saber, sobre todo, quién es uno, hacia dónde se dirige, qué le dicen los demás que es la vida, en qué creencias se mueve la sociedad en la que vive, su propia familia y la persona, y las modas que van llegando y lo convulsionan todo. No, la vida no es fácil, decir lo contrario sería mentir.

Pero esa pregunta de qué es la vida, pasado el ajetreo de la misma, esa etapa de enamorarse, de tener hijos y criarlos, de progresar en el trabajo, de asegurar un futuro material, de cuidar a los que están a nuestro lado, a los que se cruzan en nuestro camino, insiste para hacernos llegar las preguntas esenciales que más tarde o más temprano requieren una respuesta. ¿Qué es este mundo? ¿Que ocurre en él? ¿Qué vida debo vivir? ¿Cómo decidir a los casi dieciocho años cuál será mi vida futura? Y luego, esa preocupación de los padres por el futuro de los hijos: qué decidirán, a quién encontrarán en su camino, qué vida harán, de qué modo podemos ayudarlos.

La película nos muestra el recorrido de una joven estudiante y una «llamada» a una «vocación religiosa». No solo están las dudas que ella pueda tener sino las de las personas que la rodean. Y en este sentido la perspectiva que se nos ofrece es amplia. Para decirlo de una manera sencilla, nadie quiere que se equivoque, ni ella, por supuesto. Además desde la parte religiosa se acepta que el camino es difícil y que no siempre se llega a dar el último paso, siendo precisamente lo importante atender a esa posible vocación, a esa reflexión y a ese proceso.

Pero, veámoslo de otro modo: ¿acaso no asusta cuando un hijo dice que quiere estudiar una profesión y a uno le parece que no es la que le conviene o que el trabajo por el que quiere optar no es el adecuado? Y, acaso ¿esto no es aplicable a otras muchas situaciones?

En un tiempo de oscuridad como el que estamos viviendo, no tenemos más que leer los archivos de Epstein para saber en qué punto de malignidad, depravación y decadencia nos encontramos, recordar que el pasado de Europa ha sido cristiano es importante y que aunque a veces no se mantenga en la práctica religiosa, sí lo hace en su cultura.

A veces, parece que nos empujan a una guerra velada de religiones. La trama que hay detrás de lo que ocurre es espantosa. Pero qué es eso que tanto molesta del cristianismo, qué es eso que facilita que se quemen iglesias o se ataque a creyentes, a religiosos y religiosas, o consiga tan fácilmente la burla y la ridiculización de la tradición, y solo pondré por caso, los ejemplos de los juegos olímpicos de 2024 en Francia o precisamente en estos días los actuales juegos de invierno en Milán. ¿De dónde sale ese ritualismo y satanismo?

Creo que para contestar esto me serviré de unas palabras de monseñor Fulton Sheen y de su libro ¿Se puede creer aún?: «Hubo una vez en que una persona vino a ser juzgada por todo el amor que provocaba en torno suyo». Y esta es una verdad muy grande, él vino a recordar el verdadero amor universal, aquel que está más cerca del samaritano que del fariseo, aquel que expone dividido lo que es del César y lo que es de Dios. De este modo acompañó a los pecadores (¿quién no comete faltas?) y para todos, incluso en la hora de su asesinato tuvo misericordia. Recordemos sus últimas palabras: «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen». Qué enorme mal es la ignorancia. Qué terrible la acción del mal. Por tanto, es normal que cualquiera se asuste ante la perspectiva de no llegar a esa altura: la del amor y la entrega incondicional y el perdón de las faltas propias y ajenas, como es el caso de la joven protagonista, siendo precisamente ese su deseo, y aun más oscura es la perspectiva en quien no cree.

Nos faltan en estos tiempos cultura religiosa. Y ese es un daño. Y nos falta respeto y ese es otro daño básico y esencial.

Bien, hasta aquí mis palabras. Dejo al pie algunas reseñas con distintas opiniones por si a alguien le pudiesen orientar. Algo está claro, Los domingos, no es una película cualquiera.



Algunas reseñas desde distintos puntos de vista:

Los domingos o el milagro de creer en algo. Gemma Ribero 

Reseña en vídeo del obispo Munilla 

¿Por qué los domingos es la mejor película de terror de 2025. Unadesoladora muestra de nuestro fracaso como sociedad. Autor: Franchico


domingo, 18 de enero de 2026

«DIARIO DE DUELO» DE ROLAND BARTHES

 


Pilar Alberdi


«Veo a las golondrinas volar en la tarde de verano. Me digo ―pensando con desgarramiento en mamá―: ¡qué barbarie no creer en las almas, en la inmortalidad de las almas!, ¡qué imbécil verdad es el materialismo!»

Cuando esto lo dice un ateo, algo de razón tendrá.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, que le transforma en un adulto huérfano, también le hace constatar que se ha quedado solo para siempre, porque no alcanza a ver nada más allá de ese presente doloroso, donde el único ámbito seguro que encuentra para recogerse es el hogar que compartía precisamente con quien ya no está.

Hogar que es patria, esperanza, mimo, afianzamiento de uno mismo.

Conclusión: la vida es aprendizaje, conocimiento acumulativo.

Leía estos días la obra Diario de duelo de Roland Barthes (1915-1980), el reconocido filólogo y semiólogo. La obra nos habla del estado en que se encontraba el escritor tras el fallecimiento de su madre, en cuya compañía vivió durante toda su vida. Un caso similar, si la comparación es posible y creo que sí, al de Jorge Luis Borges con su madre.

Escribe: «Ahora, por todas partes, en el café o en la calle, veo a cada individuo bajo la especie del que-debe-morir» (…) Y, con no menor evidencia, los veo como no sabiéndolo”. Pero lo saben, eso es lo que en el fondo subyace en la observación. El deseo de negación de la muerte terrena.

Luego hablaremos de quién fue esta mujer para su hijo, un hombre que se define, pese al duelo que debería tenerlo sometido a la angustia, de este modo: «Pero, ay, es lo contrario lo que sucede. No solamente no abandono ninguno de mis egoísmos, de mis pequeños apegos, continúo sin cesar, dándome preferencia, más aún no llego a entregarme a un ser». Están los otros, pero no son tan fundamentales como lo fue la mujer en la que encontraba afecto y respeto.

Sin embargo, como indica el ensayista, su madre se convirtió poco a poco durante los últimos meses de su vida en una hija a la que cuidó con dedicación y esmero. El 19 de noviembre de 1977, escribe: «Durante meses fui su madre. Es como si hubiera perdido a mi hija», pero también es como si hubiera perdido el sentido de la vida.

El hijo que fue cuidado, cuida a su vez; el hijo amado refiere cómo las palabras «¡Mi Roland, mi Roland!», que tantas veces le decía cariñosamente, estuvieron también entre sus últimas palabras.

Y el hombre al que ella como madre ayudó a ser seguro, de repente se vuelve frágil y débil de espíritu: «La aflicción como una piedra/ (en mi cuello), /en el fondo de mí». Sentirse es saberse «medio muerto» y el mundo que le rodea, además lo deprime, escasea la voluntad que antes le hizo famoso, incluso está dispuesto a renunciar a la tarea intelectual, «tengo el sentimiento oscuro», dice, «de que, como ella ya no está, no es preciso hacerme reconocer».

Pero, ¿quién fue ella? Escribe Roland Barthes el 31 de mayo de 1978: «Mamá esta presente en todo lo que yo he escrito: en que hay por todas partes una idea del Bien Soberano».

Pero no es solo eso, el 27 de julio del mismo año, dice: «Mamá me enseñó que no se puede hacer sufrir a quien se ama». Y ¿cómo puede haber una idea del Bien Soberano si no hubiera un sentido?

Lo peor ha pasado. Reflexiona: «La enfermera de la mañana le hablaba a mamá como a un niño con una voz un poco fuerte, inquisitorial, rezongona y boba. No sabe que mamá la juzga. [Esto es la tontería] No se habla nunca de la inteligencia de una madre, como si eso fuera menguar su afectividad, ponerla en la distancia. Pero la inteligencia es: todo lo que nos permite vivir soberanamente con un ser». No se puede decir mejor. ¿Quién nos hace mejores? Aquél que nos reconoce, que nos empuja para que seamos la mejor versión de nosotros mismos: la que no miente, la que madura, la que siempre dice la verdad, la que aun con miedo se muestra valiente.

Creo que tiene razón, si la ignorancia produce el mal, la inteligencia que es conciencia del otro y empatía, debería favorecer el bien.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, esa no preferencia de sí, también le hace constatar mirando el vuelo de las golondrinas… «¡qué imbécil verdad es el materialismo!».

Porque la trascendencia está ahí, por todas partes, como escondida, hasta que uno la ve.

jueves, 27 de noviembre de 2025

¿Ateos o creyentes? (Gianni Vattimo, Michel Onfray y Paolo Flores D’Arcais)

 

 Pilar Alberdi

 

¿Ateos o creyentes?  presenta conversaciones sobre filosofía, política, ética y ciencia, y ha sido publicado por la editorial Paidós de Madrid, en la colección Contextos.

Por la nota introductoria a cargo del editor conocemos que el libro es el resultado de la reunión de tres filósofos y la charla que mantuvieron el 8 de diciembre de 2006 en Turín, lugar de residencia de Gianni Vattimo, ciudad a la que Paolo Flores d’ Arcais y Michel Onfray habían llegado la tarde anterior desde Roma y Caen, respectivamente. (Gianni Vattimo falleció en 2023).

Según el editor, los filósofos «se habían tomado la molestia de redactar una lista razonada de los temas a tratar» a partir de los cuales y, sin más preámbulos, dio comienzo la conversación. Sin embargo, luego veremos que no fue así, gracias a una declaración de uno de los autores, en los aportes finales del libro que dieron en llamar «posdata ciega». Aunque este dato hubiera faltado, cualquier lector avezado comprueba con la lectura que hay exposiciones impropias de una conversación normal, al margen de que los temas a tratar estuvieran previamente concertados. Pero de esto hablaremos al final.

De los tres filósofos, dos se manifiestan ateos (Michel Onfray y Paolo Flores D’ Arcais) y uno creyente, Gianni Vattimo.

Si consideramos la obra como un diálogo, tendremos dificultad para relacionarla con los diálogos filosóficos clásicos como pudieran ser los de Platón, San Agustín o Cicerón. No porque aquellos sean más literarios o porque los interlocutores en esta ocasión no sean heterónimos como fueron los casos de aquellos autores, ya porque esos personajes les sirvieran de portavoces de sus ideas o de otras contrarias para llevar a término alguna verdad posible, sino porque en aquellos no hay un punto agonístico como el que se presenta en este, una confrontación, en este caso presencial, por momentos demasiado agria.

La obra comienza con palabras de Paolo Flores d’Arcais, quien considera que la filosofía, sí desea continuar siendo lo que fue, es decir, un conocimiento que busca la verdad, por tanto, que intenta alejarse del pensamiento mágico, debe contar con filósofos ateos. Dice: «el ateísmo debería ser desde hace mucho tiempo, el horizonte normal e inclusivo de la filosofía». Esto debería haber ocurrido a partir de Hume, Kant y Darwin, pero no ha sucedido, y el desencantamiento del mundo no se ha producido. Su actitud crítica se verifica en la afirmación de que conocemos «la no existencia de Dios y de la inmortalidad del alma». Para D’Arcais el ser humano es «un simio modificado» para el que ni siquiera son necesarias ya las típicas preguntas de quiénes somos o a dónde vamos, porque según sus propias palabras: «Sabemos quiénes somos, unos simios apenas modificados. Conocemos el inicio, el Big Bang. Y sabemos a dónde vamos: a ninguna parte».

Respecto a las religiones D’Arcais tiene claro que, según idea general de todas las religiones, para la mayoría de los creyentes son falsas todas, menos la propia. Y, si algunos principios siguen, las religiones, es el de haber servido de explicación para cuestiones «históricas, antropológicas, sociológicas, psicológicas», como quien no viendo nada al final del túnel, pone allí una luz.

Por otra parte, frente a las ideas creacionistas y el sentido escatológico, apocalípticos de la vida, que sustentan la mayoría de las religiones, Flores d’Arcais pone el énfasis en la contingencia, en cómo esto que somos podía no haber sido.

Para el d’Arcais cuando se acaba el cuerpo se acaba la supuesta alma. Y opina que, si se quiere sostener que el alma existe, el requisito mínimo es demostrarlo, ya que es lo menos que exigiría el conocimiento científico actual.

Frente a estas afirmaciones, las razones que contrapone Gianni Vattimo para definirse como «creyente» son: en primer lugar, que su creencia no le ha sido impuesta. Lo cierto es que en este caso y no menos en el caso anterior, cabe la pregunta de hasta dónde nos condiciona la cultura para recibir y luego optar o afirmarse en un tipo de creencia u otra. Es evidente que sin la Revolución Científica y un mejor conocimiento del Universo Flores d’Arcais, probablemente, no pensaría como lo hace. Aunque, ¿hasta dónde es verdadero todo lo que sabemos? Los paradigmas cambian, incluso los de la ciencia. Gianni Vattimo, en cambio, sí reconoce la influencia cultural, dirá: «La Biblia es la base de una tradición a la que pertenezco» y asume que, si hubiera nacido en otra cultura, tendría otra religión. Aprovecha para recordar a Paolo Flores d’Arcais que Leibniz, Descartes y Kant creían en Dios. Aunque cualquier ateo podría responder a esto que su creencia se corresponde con la época que les tocó vivir. Más tarde llegarían los «filósofos de la sospecha» (Marx, Nietszche, Freud). Aquí también podemos hacer hincapié en una consideración: no todas las personas son iguales, si no, no existirían los místicos, ni personas que han tenido-vivido experiencias que les han llevado a la creencia en algo que está más allá de nuestro conocimiento. Lo decía el propio Pascal en sus pensamientos, cuando la fe decae, ahí están los milagros para volver a creer. O Karl Popper cuando opina sobre la inteligencia que no es material sino trascendente. No es que Popper para quien toda aseveración en ciencia es una conjetura (teoría) mientras no se demuestre lo contrario, haya participado en este diálogo, pero puedo imaginar lo interesante que hubiera sido, a fin de cuentas es el padre de la falibilidad.

Pero volvamos a la reunión de los tres filósofos. Para Gianni Vattimo, las culturas: «son sistemas simbólico-institucionales que permiten a determinadas sociedades asegurar la propia supervivencia e instituir un diálogo entre generaciones». Lo que vive la cultura, cada cultura, es ese «logos que se transmite». Podemos decir que la cultura da una cierta identidad al individuo al compartir con los suyos una serie de creencias y simbologías.

Michel de Onfray, aparece en la conversación, a partir del capítulo tres. Ateniéndose a los aspectos históricos de la civilización que conocemos, opina que sin Constantino, la religión cristiana no habría alcanzado el poder que tuvo. Y sobre los autores citados por los otros dos, uno desde una perspectiva de pensamiento ateo y, el otro desde una visión propia de un creyente, les recuerda que esos filósofos que han nombrado (Leibniz, Descartes, Kant) querían demostrar con la razón que Dios existe. Cita también a Feuerbach, Bakunin, Nietzsche, y al idealismo alemán. Y sobre la razón por la que uno es de tal o cual religión, trae a colación lo que Montaigne dijo de las religiones, confirmando aquello de que se tiene, en principio, la religión del lugar en que se ha nacido, aquella del propio entorno.

Igual que Paolo Flores d’Arcais piensa que la demostración de que existe Dios corresponde a quienes creen en él. Pero aquí cabría la pregunta fundamental: ¿los creyentes actuales necesitan demostrar la existencia de Dios? No. Para un creyente, la fe es la disposición de la gracia. Más bien es el ateo que precisa de Dios (o lo que esto pudiera significar para un ateo) quien debería justificar su no existencia. Se trata de un tema de fe, y la fe puede dar lugar a la imposición a otros de la misma fe, si se da el caso, pero no ha implicado jamás esa necesidad de demostración, el creyente acepta lo que hay de trascendente, en lo que intuye, participa como un ser humano con dignidad.

Gianni Vattimo por su parte, dice sentirse religioso «a su manera». No da a la «razón» el valor que le dan los anteriores porque la considera, igual que la creencia religiosa, dentro del horizonte cultural en el cual se mueven las personas. Me permito añadir: es una «razón», que como se ha demostrado muchas veces, responde a los intereses de cada época, de los grupos de poder y, en consecuencia, puede resultar sumamente irracional, como sucedió con el nazismo. Por tanto, podríamos decir que Gianni Vattimo iguala ambas creencias o que no afirma que una sea superior a la otra. Lo cual resulta raro, porque si uno se dice creyente, cree, y si no se manifiesta de este modo, no. Pone como ejemplo que no se pueden ver los «neutrinos» aunque la ciencia los nombre, y no por eso los científicos dejan de creer en ellos. Paolo Flores d’Arcais le contesta que hay una tecnología atómica que está ahí, y Vattimo, asumiendo lo que hay, le replica que le preocupa que el Estado sea quien a través de sí mismo o de particulares nutra a la ciencia, entiendo que se refiere a lo económico, subvenciones, etc. Le parece ―dice―que no hay «verdad objetiva», es decir, que hay unos intereses del tipo que sean que hacen posible que la ciencia siga unos caminos y no otros con más facilidad.

D’Arcais, le indica que lo ve así porque «es tolerante». Es decir, porque no es un ateo ni un creyente totalmente identificado con su creencia. A mí me queda la misma sensación después de leer sus afirmaciones, mientras D’Arcais dice que Vattimo, cree especialmente en la inmortalidad del alma, que es lo que justificaría a Dios.

Ya en el capítulo quinto, Onfray trae a la luz un tema preocupante, el de las «víctimas», que han tratado numerosos autores, y como es ateo, no lo hace desde un punto de vista religioso. Evidentemente, el tema de las víctimas ha estado siempre presente en muchas pensadoras y pensadores, por ejemplo, lo apreciamos en Walter Benjamin o en Hannah Arendt, entre otros. Dice Onfray: «La idea —extremadamente peligrosa— de que la razón occidental había producido Auschwitz es una idea que me horripila. Porque, contrariamente a las afirmaciones de la Escuela de Frankfort la razón occidental no ha producido Auschwitz. Al contrario, es la carencia de razón o la falta de razón la causa de esta locura homicida». Yo creo que aquí Onfray tiene y no tiene razón, intuyo que inconscientemente está haciendo una diferencia entre un pensamiento profundo, verdaderamente racional con participación de la duda y el juicio suspendido, y uno superficial y abstracto. Quizá habría que traer a colación el hecho de que Hitler tomaba opiáceos, se sabe que otros oficiales también, que se facilitaban drogas a los soldados y que la población, supongo que inducidos por las circunstancias a las que estaban sometidos utilizaban preferentemente un medicamento de nombre Pervitin, que contenía metanfetaminas. ¿Hasta qué punto toda esta gente podía ser razonable? ¿Se drogaban para no pensar, para sobrevivir, simplemente? Llegados a este momento, una pensaría que Vattimo desde un punto de vista religioso defendería a las víctimas, especialmente basado en su creencia de la inmortalidad del alma, sin embargo, tras algunas duras palabras de Paolo Flores d’Arcais, dice que no está de acuerdo con la retórica del proceso de Nuremberg donde los vencedores juzgan a los vencidos. Afirma: «Las normas no las encontramos en la “naturaleza”, por eso estoy en contra de la retórica del proceso de Núremberg, con los vencedores que condenan a los vencidos en nombre de la humanidad. Como sucede hoy que Bush bombardea Irak en nombre del derecho de los iraquíes a la democracia…» Realmente, el diálogo por momentos resulta perturbador para esta lectora. Allá otros la manera en que lo hayan entendido, pero D’Arcais debería saber que a los culpables se los juzga, como gustaba decir Hannah Arendt, para recordarles que las personas tienen dignidad y que ellos los culpables la han perdido, se les juzgar para recordarles que son personas y que todas las personas son responsables de ser dignas, esa dignidad, precisamente que no han respetado y ellos han perdido, y en cuanto al tema de Irak, el interés de Bush en Irak no fue la democracia, sino el petróleo, la dominación sobre un espacio geoestratégicamente clave, y un largo etcétera. A veces, de verdad lo digo, no entiendo como algunos académicos viven tan apartados de la realidad, puede que las verdaderas razones de atacar Irak no se supieran en un primer momento, pero luego, sí.

Pero el diálogo o lo que sea que los tres filósofos hacen sigue adelante. Interviene Onfray para decir que los hechos históricos ni siquiera confirman la existencia de Nazaret cuando nació Jesús, y que la de este es una historia a posteriori de Constantino. De repente Onfray aparece como el negacionista de Jesús. De verdad, no me lo esperaba.

Ya en el capítulo séptimo, mientras Paolo Flores d’Arcais dice que la humanidad no ha podido cumplir con lo que prometió al hacernos autónomos, Vattimo afirma que él considera que dado que la «proveniencia» de la que su vida ha dependido, es decir, de que la vida fuera posible, él se siente agradecido, razón por la cree que está llamado a corresponder a ese acto de afirmación de la vida, ya sea que lo haya creado Dios o el Big Bang, y por si quedasen dudas, añade: «tanto monta, monta tanto».

Pues, es difícil de comprender, porque el debería saber que antes del Big Bang también debería haber algo y que las teorías son eso, teorías. Y yo ya noto que en este punto de la lectura me estoy cansando, pero como soy perseverante, sigo adelante con la misma.

Después de escuchar a Vattimo, Michel de Onfray, responde: «en una lógica etológica siempre se tiene miedo, efectivamente de ser ingeridos, destruidos, digeridos, negados». Me gustaría recordar que el término «ethnos» para los griegos significa los otros pueblos, los que no eran griegos, los bárbaros.

Nos encontramos, ya avanzada la mitad del libro, con el tema musulmán, pero antes Onfray dirá sobre la cuestión previa, que está en contra de la etología porque lo que hemos creado es una «antinaturaleza».

Aquí se produce una activación de la confrontación. A la igualdad del hombre, todos los hombres son iguales para la Iglesia, que postula Vattimo, Onfray opondrá la igualdad de los Derechos del hombre y la escuela pública, como único elemento educativo, a lo que Vattimo le responde: —¡Hegel! ¡Hegel! ¡Hegel!

También hubiera podido decirle: —¡Historicismo! ¡Historicismo! ¡Historicismo! Y Karl Popper si hubiera estado presente, lo hubiera aplaudido. Y argüiría: «La idea de que una predicción puede influir sobre el suceso predicho es muy antigua» y le contaría la historia de Edipo.

Como queriendo recordarle o reprocharle la defensa del Estado, a fin de cuentas como ¿religión secular?, y la idea hegeliana de que el Estado (con pretensiones objetivas) vale, además de que tiene todo el poder, más que los individuos y sus postulados subjetivos. Evidentemente, Vattimo, se ha mostrado fuerte. A lo que Onfray le contesta que los derechos humanos llegan para reducir la desigualdad de más de 2000 años de cristiandad. Vattimo, le contesta: «Yo me siento más feliz de ser un cristiano —que peca o que no consigue pecar— que creyendo que vengo de la nada y voy hacia la nada».

Paolo Flores d’Arcais, en la parte que le toca, reconoce que como ateo no se siente feliz de observar que hay ateos que se benefician de privilegios y aprovecha el tema para hacer una crítica a Ratzinger y a la Iglesia jerárquica. Y yo me pregunto qué tendrán que ver en ese tema Ratzinger y a la Iglesia jerárquica.

De repente, aunque el choque ya estaba anunciado, aparece ahora sí con fuerza el tema de la «guerra de civilizaciones» y el «fundamentalismo musulmán». Recordemos que el libro es de 2006, lo que nos permitirá ver cómo las cruzadas culturales cambian según sean los intereses. Vattimo dirá que la razón universal ha justificado el bombardeo de Irak. Y en cuanto a su pensamiento sobre las diferentes costumbres de los musulmanes que viven en Europa, dice que, igual que se permite el aborto por el Estado, él dejaría también que el Estado se ocupase de la mutilación genital femenina, por temas de supervivencia. Evidentemente, aquí hay tema para otro artículo. Realmente escuchar esto resulta cuanto menos perturbador, aunque comprendo perfectamente lo que está queriendo decir.

El pensamiento de Onfray, que se dice ateo, es manifiestamente contrario a todo lo musulmán y no hay un matiz diferente para decirlo de otro modo. Es verdad que criticó a la Iglesia y a las religiones en general durante estos diálogos, pero no del modo que lo hace con los musulmanes. Si la traducción es correcta y entiendo que lo es, afirma: «No hay libertad para un musulmán, porque musulmán significa aquél que está sometido». No es verdad que esto sea así, musulmán es «sumiso», y ¿no lo es aquel que se pone bajo una religión, o aquél que no ateniéndose a religión alguna, se somete al Estado y sus leyes o a cualquier otra creencia? Pero Onfray no se detendrá aquí, sino que se referirá a Huttington y su conflicto, entiéndase el «choque de Civilizaciones», que tan oportunamente fue promocionado en USA y Europa, justo antes del ataque a Irak, sin contar todo lo que sucedió después, y que alteró para siempre la vida de cien millones de musulmanes y de no musulmanes en Oriente Próximo,y cuyas consecuencias últimas seguimos viendo.

Como no parece haber nada destacable ni respetable para estos filósofos en el mundo musulmán, Vattimo afirma «también yo preferiría, sin duda, vivir antes en Israel que en una Palestina musulmana o en cualquier otra país islámico, aunque debo reconocer que Túnez y Marruecos no me vendrían mal. Pero si digo esto, Paolo me alinea inmediatamente con el ejército americano. Niego, pues, la actitud de la guerra de religión, que hoy se nos recomienda cada vez más». Lo último que dice parece contradecir lo primero.

D’Arcais, que mantuvo la posición atea, llega a decir que «el mundo islámico se relame de placer» cuando escucha que los republicanos libertarios estadounidenses están pidiendo que si una mujer acepta casarse con un hombre que ya tiene otras mujeres, sea permitido. Y añade que «No sufrir mutilaciones sexuales es un derecho civil elemental (establecida la premisa de la igual dignidad mínima), pero bombardear Irak es una decisión arbitraria absolutamente impugnable».

Gianni Vattimo, contesta: «¡Cómo! El pueblo iraquí tiene derecho a la democracia…»

Arcais le contesta que, si eso es así, el Vaticano, también tendría derecho como Estado a bombardear Italia porque en Italia se permite el aborto.

Onfray considera que la muerte del Estado, que es lo que está ocurriendo, sin ninguna duda, promoverá «el advenimiento, en su lugar de un gobierno planetario que será el del dinero, de los poderosos y el de los propietarios. Yo no aspiro a ello».

En este punto de la lectura aparece también el tema de la «eutanasia».

Finalmente, el libro se cierra con tres artículos de los autores bajo el título general de Posdatas. Flores d’Arcais indica que comprende que el rechazo al ateísmo surja del miedo al «colonialismo de la Razón europea» y critica que la filosofía pretenda estar al margen de los hechos. Gianni Vattimo se afirma en lo dicho y critica las posiciones de los ateos; y Michel Onfray indica que no le gusta el libro que se publicará como resultado de su encuentro, pues, la conversación que podía ser interesante por lo que fue, ha sido reescrita por ellos. Evidentemente, de todo el libro, lo más interesante, si pretendemos acercarnos a la verdad, es este último gesto de advertencia. 

 

Referencias:

Vattimo, G., Onfray, M., & Flores D'Arcais, P. (2009). ¿Ateos o creyentes? Conversaciones sobre filosofía, política, ética y ciencia. Paidós.

Nota: el presente artículo es una variación de un trabajo que realicé para la universidad. Creo que en este, ¿fallido? diálogo, en el que no ha faltado la intención, por supuesto, no lograda, de decir lo "políticamente correcto", encontramos algunos de los problemas contemporáneos más acuciantes e importantes de la Europa actual.