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domingo, 18 de enero de 2026

«DIARIO DE DUELO» DE ROLAND BARTHES

 


Pilar Alberdi


«Veo a las golondrinas volar en la tarde de verano. Me digo ―pensando con desgarramiento en mamá―: ¡qué barbarie no creer en las almas, en la inmortalidad de las almas!, ¡qué imbécil verdad es el materialismo!»

Cuando esto lo dice un ateo, algo de razón tendrá.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, que le transforma en un adulto huérfano, también le hace constatar que se ha quedado solo para siempre, porque no alcanza a ver nada más allá de ese presente doloroso, donde el único ámbito seguro que encuentra para recogerse es el hogar que compartía precisamente con quien ya no está.

Hogar que es patria, esperanza, mimo, afianzamiento de uno mismo.

Conclusión: la vida es aprendizaje, conocimiento acumulativo.

Leía estos días la obra Diario de duelo de Roland Barthes (1915-1980), el reconocido filólogo y semiólogo. La obra nos habla del estado en que se encontraba el escritor tras el fallecimiento de su madre, en cuya compañía vivió durante toda su vida. Un caso similar, si la comparación es posible y creo que sí, al de Jorge Luis Borges con su madre.

Escribe: «Ahora, por todas partes, en el café o en la calle, veo a cada individuo bajo la especie del que-debe-morir» (…) Y, con no menor evidencia, los veo como no sabiéndolo”. Pero lo saben, eso es lo que en el fondo subyace en la observación. El deseo de negación de la muerte terrena.

Luego hablaremos de quién fue esta mujer para su hijo, un hombre que se define, pese al duelo que debería tenerlo sometido a la angustia, de este modo: «Pero, ay, es lo contrario lo que sucede. No solamente no abandono ninguno de mis egoísmos, de mis pequeños apegos, continúo sin cesar, dándome preferencia, más aún no llego a entregarme a un ser». Están los otros, pero no son tan fundamentales como lo fue la mujer en la que encontraba afecto y respeto.

Sin embargo, como indica el ensayista, su madre se convirtió poco a poco durante los últimos meses de su vida en una hija a la que cuidó con dedicación y esmero. El 19 de noviembre de 1977, escribe: «Durante meses fui su madre. Es como si hubiera perdido a mi hija», pero también es como si hubiera perdido el sentido de la vida.

El hijo que fue cuidado, cuida a su vez; el hijo amado refiere cómo las palabras «¡Mi Roland, mi Roland!», que tantas veces le decía cariñosamente, estuvieron también entre sus últimas palabras.

Y el hombre al que ella como madre ayudó a ser seguro, de repente se vuelve frágil y débil de espíritu: «La aflicción como una piedra/ (en mi cuello), /en el fondo de mí». Sentirse es saberse «medio muerto» y el mundo que le rodea, además lo deprime, escasea la voluntad que antes le hizo famoso, incluso está dispuesto a renunciar a la tarea intelectual, «tengo el sentimiento oscuro», dice, «de que, como ella ya no está, no es preciso hacerme reconocer».

Pero, ¿quién fue ella? Escribe Roland Barthes el 31 de mayo de 1978: «Mamá esta presente en todo lo que yo he escrito: en que hay por todas partes una idea del Bien Soberano».

Pero no es solo eso, el 27 de julio del mismo año, dice: «Mamá me enseñó que no se puede hacer sufrir a quien se ama». Y ¿cómo puede haber una idea del Bien Soberano si no hubiera un sentido?

Lo peor ha pasado. Reflexiona: «La enfermera de la mañana le hablaba a mamá como a un niño con una voz un poco fuerte, inquisitorial, rezongona y boba. No sabe que mamá la juzga. [Esto es la tontería] No se habla nunca de la inteligencia de una madre, como si eso fuera menguar su afectividad, ponerla en la distancia. Pero la inteligencia es: todo lo que nos permite vivir soberanamente con un ser». No se puede decir mejor. ¿Quién nos hace mejores? Aquél que nos reconoce, que nos empuja para que seamos la mejor versión de nosotros mismos: la que no miente, la que madura, la que siempre dice la verdad, la que aun con miedo se muestra valiente.

Creo que tiene razón, si la ignorancia produce el mal, la inteligencia que es conciencia del otro y empatía, debería favorecer el bien.

Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, esa no preferencia de sí, también le hace constatar mirando el vuelo de las golondrinas… «¡qué imbécil verdad es el materialismo!».

Porque la trascendencia está ahí, por todas partes, como escondida, hasta que uno la ve.

sábado, 22 de febrero de 2014

ARCIMBOLDO. Una visión de Roland Barthes



Por: Pilar Alberdi


Emociona encontrarse con este ensayo, Arcimboldo, retórico y mago,escrito por Roland Barthes sobre la obra pictórica de Giuseppe Arcimboldo (1527-1593). Veamos que tienen uno y otro. Pero comencemos por el segundo, una pintura ideada a través de la conjunción de frutas, hortalizas, animales, para darnos algunos de los retratos más contundentes de la pintura, unos juegos, unas presentaciones que en cuanto se cambia la posición cambia el mensaje, allí donde había un frutero aparece un rostro, en donde una bandeja con dos cochinillos, también otro rostro. Hay algo de truco, sí que nos recuerda a los dibujos animados, de los que hemos tenido ocasión de vislumbrar algunas muestras en la primera pintura china. Hay mucho de vida en movimiento, de interpretación, y de respuesta que se ofrece más allá de la representación. ¿Qué dicen estos cuadros? Supongo que algo así como «si tu crees que la vida es como es, te equivocas», y está bien que nos equivoquemos y, al mismo tiempo, que descubramos.
«Oficialmente, Arcimboldo era retratista del emperador Maximiliano». También, oficialmente, lo era en España, Velázquez, sin embargo, su visión, su aporte y su mirada crítica, superadora del propio personaje y del boato de la corte nos dejaron, en ambos casos, algo más que esa pretendida pintura oficial sometida a los intereses de un momento histórico.
Para hablar de esta pintura, Barthes abre la puerta del recuerdo hacia su niñez. ¿Qué le encantaba entonces? Y recuerda unos juegos cercanos a la idea de estos cuadros. Por ejemplo, dice: «Podemos jugar al “retrato chino”; un jugador sale de la habitación, mientras los otros eligen un personaje; el primero regresa a la habitación y debe resolver el enigma mediante el paciente método de las metáforas y las metonimias:
—De ser mejilla, ¿qué sería?
—Un melocotón.
—De ser collar, ¿qué sería?»
Y el juego continúa y mientras se ejercita la imaginación aparece la figura que había que adivinar, así sucede con los cuadros de Giuseppe Arcimboldo. «Su pintura tiene una carga lingüística, su imaginación es claramente poética: no crea signos, los combina, los permuta, los descubre» y nos asombra, y más, mucho más, esto es lo que afirma Barthes a continuación y me encanta copiarlo aquí: «en eso mismo consiste la tarea del obrero del lenguaje». Sí, señor, así se nombran las interminables horas de estudio, de reflexión y de escritura. Obrero, obrera, eso somos.
Hay un punto barroco en los cuadros de Arcimboldo, y también surrealista, como si esta idea de la pintura, este movimiento, también se hubiera formulado entonces. Y esto es lo importante: «El procedimiento opera en dos tiempos: primero, en el momento de la comparación, apela simplemente al sentido común y plantea la cosa más banal del mundo: una analogía; pero, en un segundo momento, la analogía enloquece, es llevada hasta el extremo, explotada radicalmente hasta su propia negación: la analogía se convierte en metáfora: el casco ya no es como un plato, es un plato». (…) «El arte de Arcimboldo no es extravagante: se mantiene siempre dentro de los confines del sentido común, en las lindes del proverbio; los príncipes hacia quienes iban destinadas estas diversiones debían poder asombrarse con ellas pero también dominarlas». ¿Quieren los príncipes divertirse? Aquí, tienen. ¿Quieren los adultos volver a la niñez? Aquí tienen también. ¿Quieren ver cómo es el invierno, la primavera, la perversión, la creación y destrucción, y cómo aunque no nos guste reconocerlo somos naturaleza? Aquí tienen. Así, todo queda dicho desde el silencio de unas formas y unos colores, desde la combinación y un lenguaje que apela a la inteligencia, al pensamiento que no podrá ser evitado pese a lo fantasmagórico de la visión.
Recuerdo de mis visitas al Museo del Prado de Madrid algunos cuadros de este tipo, y es evidente que aquel estilo se impuso.
Como Barthes es un lingüista que además ama la literatura, profesor, durante tantos años, nos explica cómo en estos cuadros se produce una doble articulación igual que la que se produce en el lenguaje. Las palabras serían los elementos (imágenes), «la carcasa de pollo, un mazo, la cola de un pescado, legajos de papeles», por sí solas, no significan nada sin embargo en cuanto encuentran, se acomodan a un orden producen un mensaje que es en sí, otra cosa. Así, dice Barthes: «Arcimboldo modificará el sistema pictórico, lo forzará a desdoblarse, hipertrofiará su poder significante, analógico, produciendo una especie de monstruo estructural, fuente causante de un malestar sutil (porque intelectual), y aún más penetrante que si el horror procediera de una simple exageración o de una mera confusión de los elementos: porque todo en ellos significa a dos niveles, la pintura de Arcimboldo funciona como una negación un tanto terrorífica del lenguaje pictórico».
Ahora, veamos algunas de estas explicaciones de un modo más concreto: «Una concha sirve de oreja, es una Metáfora. Un montón de peces forman Agua —en la que habitan los peces—, es una Metonimia. El Fuego se convierte en una cabeza envuelta en llamas, es una Alegoría. Enumerar frutas, melocotones, peras, cerezas, frambuesas, espigas para sugerir el Verano, es una alusión. Repetir el pez para formar con él aquí una nariz, ahí una boca es una Antanaclasis (repetir una palabra cambiando su significado). Evocar una palabra con otra con la que comparte una misma soronidad (“¡Qué clara eres, Clara!”), es una Paronomasia; evocar una cosa con otra que tiene la misma forma (una nariz por la grupa de un conejo, es una paranomasia de imagenes, etc...».
Cuánto que agradecer, tener un maestro, Barthes, y una editorial como Casimiro que nos acercan esta visión, esta comprensión de la pintura y, a la vez, de la literatura. Ese camino reversible que también hay entre ellas. Tan lejos estamos ya de todos aquellos maravillosos recursos estilísiticos que los poetas de antes conocían bien que volver a ellos siempre resulta una sorpresa.
El «cifrado y el descifrado», el «efecto de conjunto», el «lenguaje doble», «las figuras reversibles», todo está ahí, conjugándose, adentrándose, expresándose.
Puedo asegurarles que disfrutarán con este ensayo, que no es largo, con las explicaciones claras, contundentes, ejemplares, con ese conocimiento que Barthes tiene del lenguaje y su estructura también aplicable como en este caso a la pintura y, por tanto, y como ya sabemos al discurso, el de la política, el de la publicidad, el que sea, y por supuesto a la imagen y su mensaje. Cada frase, es un acierto. Por último nos comenta la obra de algunos pintores que aplicaron este tipo de doble mensaje en su obra como el caso de Magritte o Marx Ernst.
Imágenes en color —y también en blanco y negro — de los cuadros y bocetos, sirven para comprender mejor lo dicho. Hay un camarero que bien puede parecer un Sancho Panza y un bibliotecario que resulta de una modernidad que raya en lo imposible con su rostro y cuerpo realizado con libros y que bien pudiera parecer uno de estos don Quijote que hemos tenido ocasión de ver en más de una ocasión y que remiten sin duda a este origen.
Por último, hay un artículo titulado Manierismo en la corte del emperador de Achille Bonito Oliva que nos sitúa en ese siglo XVI en el que si bien el artista se libera de pertenecer a los gremios no ganará su libertad creativa y menos aún cuando esté al servicio de un príncipe. Leemos aquí que el artista de esta época ya no es el renacentista, se queda en el manierismo y la cita, mientras ve como «lo real se le escapa por senderos tortuosos y oscuros. El tiempo, el presente, es sólo cúmulo de caminos cerrados, imposibilidad de la acción y de la praxis directa: sólo cabe confiar en la memoria, recurrir a la cultura». Ha llegado el Barroco. Recurrir a la cultura para hacer cultura, para transmitir un mensaje válido y pese a todo encubrimiento y cifrado, sincero. Ese es el tiempo de Arcimboldo que será el pintor de la corte de Praga. Percibimos su desesperación y, a la vez, todo su misterio. Si esperaba miradas cómplices que superaran el paso del tiempo, ya las obtuvo. Su pintura está ahí para nuestro disfrute y para su memoria.

Palabras de la contraportada

«En sus “cabezas compuestas”, Arcimboldo parece estar respetando las nobles convenciones del retrato: los códigos de la pose, del encuadre y de la exaltación le sirven de premisa y, sin embargo, ¿por qué esa extrañeza, entre el asombro y el estupor, que provocan sus cuadros?»

La primavera de Arcimboldo expuesta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Nota: en la sala de exposiciones de la Fundación Juan March en Madrid se expondrán próximamente dos pinturas de de Arcimboldo. Más información en el siguiente enlace.