Pilar Alberdi
«Veo a las golondrinas volar en la tarde de verano. Me digo ―pensando con desgarramiento en mamá―: ¡qué barbarie no creer en las almas, en la inmortalidad de las almas!, ¡qué imbécil verdad es el materialismo!»
Cuando esto lo dice un ateo, algo de razón tendrá.
Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, que le transforma en un adulto huérfano, también le hace constatar que se ha quedado solo para siempre, porque no alcanza a ver nada más allá de ese presente doloroso, donde el único ámbito seguro que encuentra para recogerse es el hogar que compartía precisamente con quien ya no está.
Hogar que es patria, esperanza, mimo, afianzamiento de uno mismo.
Conclusión: la vida es aprendizaje, conocimiento acumulativo.
Leía estos días la obra Diario de duelo de Roland Barthes (1915-1980), el reconocido filólogo y semiólogo. La obra nos habla del estado en que se encontraba el escritor tras el fallecimiento de su madre, en cuya compañía vivió durante toda su vida. Un caso similar, si la comparación es posible y creo que sí, al de Jorge Luis Borges con su madre.
Escribe: «Ahora, por todas partes, en el café o en la calle, veo a cada individuo bajo la especie del que-debe-morir» (…) Y, con no menor evidencia, los veo como no sabiéndolo”. Pero lo saben, eso es lo que en el fondo subyace en la observación. El deseo de negación de la muerte terrena.
Luego hablaremos de quién fue esta mujer para su hijo, un hombre que se define, pese al duelo que debería tenerlo sometido a la angustia, de este modo: «Pero, ay, es lo contrario lo que sucede. No solamente no abandono ninguno de mis egoísmos, de mis pequeños apegos, continúo sin cesar, dándome preferencia, más aún no llego a entregarme a un ser». Están los otros, pero no son tan fundamentales como lo fue la mujer en la que encontraba afecto y respeto.
Sin embargo, como indica el ensayista, su madre se convirtió poco a poco durante los últimos meses de su vida en una hija a la que cuidó con dedicación y esmero. El 19 de noviembre de 1977, escribe: «Durante meses fui su madre. Es como si hubiera perdido a mi hija», pero también es como si hubiera perdido el sentido de la vida.
El hijo que fue cuidado, cuida a su vez; el hijo amado refiere cómo las palabras «¡Mi Roland, mi Roland!», que tantas veces le decía cariñosamente, estuvieron también entre sus últimas palabras.
Y el hombre al que ella como madre ayudó a ser seguro, de repente se vuelve frágil y débil de espíritu: «La aflicción como una piedra/ (en mi cuello), /en el fondo de mí». Sentirse es saberse «medio muerto» y el mundo que le rodea, además lo deprime, escasea la voluntad que antes le hizo famoso, incluso está dispuesto a renunciar a la tarea intelectual, «tengo el sentimiento oscuro», dice, «de que, como ella ya no está, no es preciso hacerme reconocer».
Pero, ¿quién fue ella? Escribe Roland Barthes el 31 de mayo de 1978: «Mamá esta presente en todo lo que yo he escrito: en que hay por todas partes una idea del Bien Soberano».
Pero no es solo eso, el 27 de julio del mismo año, dice: «Mamá me enseñó que no se puede hacer sufrir a quien se ama». Y ¿cómo puede haber una idea del Bien Soberano si no hubiera un sentido?
Lo peor ha pasado. Reflexiona: «La enfermera de la mañana le hablaba a mamá como a un niño con una voz un poco fuerte, inquisitorial, rezongona y boba. No sabe que mamá la juzga. [Esto es la tontería] No se habla nunca de la inteligencia de una madre, como si eso fuera menguar su afectividad, ponerla en la distancia. Pero la inteligencia es: todo lo que nos permite vivir soberanamente con un ser». No se puede decir mejor. ¿Quién nos hace mejores? Aquél que nos reconoce, que nos empuja para que seamos la mejor versión de nosotros mismos: la que no miente, la que madura, la que siempre dice la verdad, la que aun con miedo se muestra valiente.
Creo que tiene razón, si la ignorancia produce el mal, la inteligencia que es conciencia del otro y empatía, debería favorecer el bien.
Y esa «devaluación» de sí a la que el duelo le obliga, esa no preferencia de sí, también le hace constatar mirando el vuelo de las golondrinas… «¡qué imbécil verdad es el materialismo!».
Porque la trascendencia está ahí, por todas partes, como escondida, hasta que uno la ve.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
GRACIAS POR TU COMENTARIO.