© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


sábado, 22 de octubre de 2011

DOS CAUTIVOS de Lajoz Zilahy




Por: Pilar Alberdi

Publicada en España el pasado mes de junio por la Editorial Funambulista,la obra Dos cautivos de Lajos Zilahy nos cuenta la historia de dos jóvenes Miett y Péter que viven en la ciudad de Buda en Hungría. Poco a poco el libro nos muestra cómo son sus vidas antes de conocerse; después, cuando se enamoran, contraen matrimonio, sueñan con un futuro acorde a la clase social a la que pertenecen. Pero entonces, llegan los sucesos de Sarajevo que acaban en la Primera Guerra Mundial y sus vidas como las de muchos otros quedan rotas por las funestas circunstancias. Acompañan a Miet y Péter personajes secundarios como la madre y un amigo de Péter, o el padre, el ama de llaves y los conocidos de Miett, entre ellos una amiga muy querida.

Si tuviera que comparar esta obra con otras diría que se une en intención a la denuncia de la hipocrecía del siglo XIX que aún pervivía en el XX.

Destacaría en Lajos Zilahy su gran capacidad para describir con frases sencillas el tiempo y el entorno, tal y como pedía Antón Chejov. Algo que aunque parezca fácil no lo es. Pondré dos ejemplos: «Hacía un tiempo desapacible; soplaba el viento y llovía». «Pequeños copos de nieve bailoteaban en torno a la amarillenta luz de las farolas de gas». Reprsentan en sí mismas una gran economía de palabras, pero que leídas en el contexto de la obra ofrecen el resultado esperado para realzar la escena y las emociones que en ella se viven.
Por otra parte, la cercanía a la naturaleza del escritor resulta evidente cuando se sirve de ella para explicar las épocas del año, ya sea que nos diga que aparecen las vendedoras de la flor de la nieve y los ramitos de violeta por las escalinatas de la iglesia o que están en la «segunda floración de las acacias».
Detalles de la vida diaria nos muestran un mundo que parece amar y odiar a las mujeres al mismo tiempo. Por un lado celebran su belleza, y por otra las consideran viejas a partir de los 24 años de edad.

Personalmente he sentido que el narrador se hace demasiado visible en la parte media del libro, explicándonos lo que hacen los personajes más que mostrándonos las acciones de una manera directa como lo había hecho al principio, sin embargo las pequeñas perlas literarias que saltan por una línea y otra compensan sobradamente este hecho y nos llevan a un final en donde los sentimientos vuelven a prevalecer.

Sirva de ejemplo de esas joyas literarias, la descripción de la madre de Péter: «Aquella viejecita tan sencilla y pulcra, de mirada mariposeante, no había representado gran cosa en su vida».

Aunque considero que falta un mayor dramatismo en las escenas que suceden en Rusia; esa clase de destrucción enfurecida que sí puede percibirse en los escritores rusos (Babel, Pasternak...) de ese momento en que confluyen el final de la Primera Guerra Mundial con la Revolución rusa de 1917, estamos en presencia, sin duda, de una obra que se ha ganado por derecho propio un lugar destacado en la literatura centroeuropea.

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