© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

lunes, 27 de mayo de 2013

RICHARD WAGNER -ARTE Y REVOLUCIÓN—



Reseña:Pilar Alberdi

El presente libro se compone de tres artículos escritos por Richard Wagner (1813-1883) a mediados del siglo XIX: La revolución, Arte y Revolución y El principio del comunismo (Apuntes sobre el arte del futuro).
Lo primero que sorprende, al menos así ha sido para mí, es la fuerza y nobleza de estos textos en dónde el autor, no sólo se pregunta qué es el arte antes de una revolución o en su seno, y de qué modo afecta a los artistas. Sus ideas, por su pureza, le ganaron la amistad de Nietzche, aunque luego se distanciaran porque, aparentemente, en teoría es más fácil definir qué se espera del arte, que conseguirlo, y aún más cuando hay imperativos comerciales. Wagner quería un arte que hiciera pensar frente a uno que entretenga y distraiga. El ideal de la pureza persigue al buen artista, muchos años después, el también alemán, Bertolt Brecht, se afanaba, por una parte en presentar una obra dramática y por otra, en recordarle al público constantemente, que estaba viendo teatro. No quería que la gente se compadeciera, que acompañara a los personajes, anhelaba que reflexionasen. Que llevasen, que trasladasen esa historia que estaban viendo a su vida, que la emoción y la piedad durasen más que una hora.
Cuando Wagner dice «Europa nos parece un gigantesco volcán, de cuyo interior emana un pavoroso rugido, un crescendo permanente» nos obliga a pensar en nuestra época, en este tiempo, en la desazón que la idealizada «Europa del bienestar» tiene para los países del Sur y, ahora también, de algunos de los del Norte. Habla, en su época, 1849, de la Revolución que se avecina como la liberadora de las divisiones y hace suyo, como artista, el deseo: «Quiero destruir la locura que hace al hombre vasallo de su propia obra, la propiedad» (…) «Quiero destruir el existente orden de las cosas, un orden que divide a la humanidad, pues lo único que hace con todos ellos es convertirlos en desgraciados. Quiero destruir el orden que convierte a millones en esclavos de unos pocos».
Él quiere, él desea, él pide, se exige a sí mismo, sentirse parte de eso que ha de venir, y analiza: «La hipocresía es, sin lugar a dudas, el rasgo más sobresaliente, la verdadera fisonomía de todos los siglos de cristianismo» (…) «el arte, en lugar de emanciparse de sus amos, ya fueran los educados príncipes o la espiritual iglesia, optó por venderse en cuerpo y alma a un amo peor: la Industria».
Sentimos que se rasga las vestiduras Wagner, cuando dice sobre el proceder de muchos artistas: «Su verdadera esencia es la industria, su propósito moral, la acumulación de riquezas, su propósito estético, entretener al ocioso». Créanme que una emoción contenida surge de esas últimas palabras y más si pensamos cuán pocas veces, menos de las que serían necesarias, el arte es político. No voy a citar nombres, pero, por favor, piensen ustedes, qué es lo que se ha vendido estos últimos años en España, en Europa. Se imponen modas, gustos estéticos, más de lo mismo, porque eso es lo que vende.
En un tiempo en que no existía la televisión ni la radio, Wagner sabe dónde está el arte de las clases pudientes, pero también, a la que acceden gentes con menores recursos, en el teatro. Y lamenta lo que ve cuando acude a las salas: entretenimiento, distracción. Él, quiere otra cosa. «Pero, ¿qué fama cabe ganarse con el arte de nuestros días? La fama que otorga esa opinión pública a la que va destinado el arte y a la que el ambicioso no podrá seducir sin someterse a sus triviales exigencias». Está claro que si trasladamos esto a la literatura y a otras artes apreciaremos más de lo mismo.
El teatro le parece un «establecimiento industrial» más, lo que hace imposible compararlo con el arte griego, con el apogeo de la tragedia, con ese pueblo reunido en el anfiteatro, para ver, para conocer sus propias tragedias. Explica: «Por su educación, el griego era, ya desde su temprana juventud, un individuo despierto y capaz de disfrutar del arte; nuestra miserable educación, destinada a alimentar a la industria, nos enseña a disfrutar con superficialidad y arrogancia». Sólo esas tres palabras «nuestra miserable educación», ya darían para un largo artículo.
¡Grande, Wagner! Y tiene un sueño, el de que las personas se liberen del trabajo que las hace esclavas, para dejar esa esclavitud a las máquinas. Tendría que venir a vernos... Y tiene otro sueño, el de que desmitificar la «razón», aquella de la que se apropian algunos individuos y los estados, para que deje de ser una narrativa de conveniencias impuestas, una «fantasía» para el beneficio de quienes detentan el poder, y en cambio, se atienda a las necesidades del pueblo. «El heleno nos muestra lo hermoso que el ser humano puede ser, pero también nos muestra lo depravado que puede ser». Y esto es lo que hay que mostrar, el mal ,porque en la medida que lo conocemos nos podemos defender mejor. Es absurdo enseñar a nuestros niños que no se debe mentir, cuando luego, les tenemos que decir, que no se puede decir todo o, peor aún, que la mentira abunda por doquier.
¿Consiguió Wagner lo que quería con su música? Sin duda, lo intentó.
Estos libros de Casimiro, nos traen la mejor literatura, pero sobre todo, nos devuelven a la actualidad. He ahí la paradoja o no.


Palabras de la contraportada:
«Sólo la Revolución puede devolvernos la obra de arte total. La tarea que nos espera es enorme»

Editorial Casimiro Libros

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3 comentarios:

  1. "...un orden que divide a la humanidad, pues lo único que hace con todos ellos es convertirlos en desgraciados."
    Pilar, estoy impresionada, nada sabía del pensador que tan bellos sonidos supo crear.
    Muchisimas gracias.
    Feliz miércoles y un abrazo.

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    1. Puedo asegurarte que tengo el mismo sentimiento que tú, no sé cuántas vidas necesitaríamos para saber lo necesario.
      Un abrazo, y gracias.

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  2. Muchas gracias por recomendar la biografía de Wagner de mi blog. Saludos

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