© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

domingo, 2 de febrero de 2014

ALEGRES RESPLANDORES


Por: Pilar Alberdi

Sonrío, mientras leo un pequeño ensayo de George E. Moore titulado El tema de la ética. Evidentemente, es un tema serio y de filosofía analítica. El filósofo analiza qué se quiere decir cuando se intenta definir una palabra como «bueno» y llega a la conclusión de que es una palabra simple, no compleja, por tanto, que no puede ser dividida en sus partes como tantas veces se ha intentado desde la filosofía y la escolástica a partir de las diferentes clases de virtudes. Intentando poner, además, un orden riguroso sobre cuál es más necesaria, cuál iría en primer lugar o cual es más importante. Afirma y con razón que sería difícil intentar una definición más, y después de todo, ¿para qué una más?, si «lo bueno es lo bueno», y que cada uno entienda.
«Bueno» no es una palabra como árbol que es compleja y de la que podemos decir que está formada por partes que podemos distinguir como tronco, hojas, semillas, raíces, y si me lo permiten: nidos, gotas de lluvia, sombra de nubes... No sé si Moore habría aceptado estas últimas divisiones. Espero que sí. Al menos, podríamos distinguirlas. Pero no era esto lo que me alegró el alma, y a mí no me molesta en absoluto decir esta palabra «alma», que yo entiendo a mi manera y otros seguramente a la suya, sino que comparase a «bueno» con «amarillo» como dos palabras simples, y me queda la pregunta de por qué esa y no otra. ¡Qué casualidad habiendo tantas como hay! Bueno y amarillo. Y no porque se relacionen semánticamente, sino porque ambas son simples. Simple la palabra «amarillo» y simple también la palabra «bueno». Entonces él dice: «bueno» pueden ser tantas cosas, pero sobre todo es eso, «bueno». «En tanto que la ética se permita dar listas de virtudes o incluso nombrar elementos constitutivos de lo ideal, es indistinguible de la casuística». Se queja con razón. ¿Y que le pasa a la casuística? Pues que no le basta con una explicación general, que siempre tiende a crear categorías, divisiones y quiere obligar a que otros estén de acuerdo o tengan que defender sus posiciones en caso contrario, aportando otras categorías. Pero sin detenerme en esto, que él inscribe dentro de las «falacias naturalistas», aún cayendo yo misma en otra falacia de este tipo, sonrío ante la palabra amarillo... Me encanta. Sonrío como quien ve asomar en el mes de febrero el verano, como quien —de repente— disfruta recibiendo el sol en el rostro y percibe algún grado más de calor en el cuerpo y lo saborea como el anticipo de los helados que se comerá en verano.
Comentaba Martin Heidegger, en uno de sus textos, que hacia 1885 Nietzsche escribió: «Nuestro pensamiento debe tener la vigorosa fragancia de un campo de trigo en una tarde de verano». Y a continuación se preguntaba Heidegger, un filósofo acostumbrado a vivir largas temporadas en una pequeña cabaña de la montaña en donde escribió la mayor parte de su obra: «¿Cuántos tienen aún hoy los sentidos para esta fragancia?» Y yo me pregunto, inmediatamente: ¿Cuántos pueden hoy estar junto a un campo de trigo?
Qué lejos nos quedan los campos de trigo en las ciudades...
Amarillo, el oro de los campos, ¡ahí estaba!; se ha dejado sentir tras una lectura atenta, un recuerdo. Y pensaba yo estas cosas mientras acompañaba a una persona a una localidad cercana a donde vivo. Una pequeña llovizna que más parecía del Norte dejaba caer sus gotas sobre el parabrisas. Más lejos, los almendros alumbraban el campo destacando en suaves pinceladas blancas. Podía imaginar esos pompones de pétalos cubriéndoles las ramas. Y, mientras íbamos hacia ese pueblo vi el cartel de otro: «Colmenar», y pensé: cuántos pueblos se llaman de ese modo en España, y cómo allí donde ya no quedan colmenares, donde las abejas no rumorean enseñoreándose sobre los campos, entrando y saliendo de sus casitas de madera, yendo y viniendo a sus panales, el nombre que dio origen a tantos pueblos da testimonio de un pasado que ya pasó, sí, y que, sin embargo, está aquí. Y en todos estos pensamientos estaba a causa del tal Roger E. Moore, nada circunspecta eso sí, pensando en qué es «lo bueno», ese tema sobre el que trata la ética y nuestra vida, y entonces fue cuando apareció el color amarillo, ese color, el de la palabra, el que estaba escrito y tan vivo, y me hizo sonreír, y luego, claro, como si los rayos del sol que asomaban entre las nubes fueran de miel, mientras avanzaba el vehículo en el que viajábamos lentamente por la carretera, llegaron ellas —las abejas del pasado― envueltas solo por una palabra: «colmenar», y se quedaron un rato dando vueltas alrededor de las flores, dando un repaso al presente que no conocían. Venían de un pasado que no viví, que ya pasó, pero que estaba aquí. Que podía ser «enjambre» o «abeja» las palabras que me las recordaran, pero fue «colmenar». Alegres resplandores, pienso, mientras creo escuchar un zumbido que se aleja y anticipo por un instante el verano que está por llegar.

10 comentarios:

  1. Estimada escritora, cuando el cerebro es herramienta creativa -me gusta-

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    1. Muy agradecida por tus palabras, Sofía.
      Un abrazo.

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  2. Qué hermosa reflexión de lo leído, y cuánta percepción sobre la vida de las cosas, al mismo tiempo, al hilo de ese ensayo analítico y quizá sin más pretensiones que las propias del divague de la filosofía. Me quedo con los matices de esa percepción sobre la sugerencia que nos aportan las palabras, las sencillas palabras, ya sea como verbo, adjetivo, nombre... Y es cierto, a veces, una palabra llega y no pasa de largo, nos invita a entrar en sus estancias, y, hasta vivir en ella un instante... A mi me pasa con algunas, muchas, pero ya eso sería contar historias...
    Realmente, me ha resultado relajante y evocador leerla, Pilar. Saludos, lindo día.

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    1. Gracias a ti, Clarisa.
      Me alegra tenerte como lectora, compartir momentos de poesía.
      Saludos.

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  3. Que hermosa narrativa haz creado ha partir de la palabras bueno y amarillo, leídas y maravillosamente transportadas a tu vida diaria. Puedo sentir, a través de tus palabras, la simpleza de bueno, amarillo, la nostalgia de los colmenares y los olores de la campiña. Gracias por haberle dado un momento de placentero descanso a mi alma, que yo la entiendo como vos la sentís. Un abrazo.

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    1. Pese a la nieve, el frío, la lluvía, el oleaje tremendo del Norte; también pese a la terrible situación económica que estamos viviendo, por el Sur de España ya pre-sentimos la primavera. Pequeños momentos de plenitud.
      Parece imposible que estos arbolillos, hoy floridos almendros que pacen al sol en la serranía de Málaga tuviesen hace apenas un mes, muchos de sus frutos en sus ramas. Recuerdo cuando no hace tanto tiempo todavía, dejé por aquí alguna foto.
      Arte y vida, y tú lo sabes tan bien, van juntos.
      Gracias por estar ahí, favoreciendo siempre el arte, la literatura.
      Saludos.
      Un abrazo.

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  4. Me gusto mucho, para mi, leer su reflexión fue algo BUENO, ya que me dio esperanza y me hizo valorar mas las cosas que están a mi alrededor. Me impresionó su forma de vivir la vida, se nota que es usted una persona que mira con los ojos del corazón. Un abrazo fuerte.

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  5. Es placentera tu narrativa, ha sido agradable la visita a tu blog, saludos

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