«DIARIO DE LA FELICIDAD» DE NICOLAE STEINHARDT

 



Pilar Alberdi

 

¿De cuántas formas podemos presentar a Nicolae Steinhardt (1912-1989)? Siguiendo las referencias del libro podemos enumerar las siguientes: autor rumano de la generación de entreguerras de la talla de Eugenio Ionesco, Mircea Eliade, Emil Cioran o Alexandru Cioranescu. De algunos de ellos fue amigo y compañero de estudios. De profesión, abogado. Por la línea paterna, pariente de Sigmund Freud. De origen, judío, pero no practicante. Con la llegada del comunismo a Rumanía es implicado en el proceso de los intelectuales misticolegionarios o el grupo Noica, siendo condenado a 12 años de trabajos forzados. Finalmente, la pena quedó reducida a cinco años gracias a  una amnistía. La acusación: reunirse para leer literatura extranjera y mantener contacto con autores de otros países. En la prisión mantendrá un progresivo acercamiento al cristianismo. Allí recibirá el bautismo cristiano ortodoxo por el monje ―también detenido― Mina Dobzen; actuando como  padrino Emmanuel Vidrasco, y como testigo  Alexandru Paleologu. En 1964, al salir de la cárcel, y teniendo prohibido ejercer su profesión de abogado, realizó distintos tipos de trabajos, por ejemplo, conserje en un Ministerio, editor y traductor en una editorial. En 1976 publicó Entre la vida y los libros, y en 1980 Las incertidumbres literarias. Será a los 68 años, en 1980, cuando ingrese como monje en el monasterio de Rohia, en donde trabajará como bibliotecario.

Diario de la felicidad no es un Diario en el sentido literal, tal como sugiere el título, ya que los presos no disponían en su encierro de material para escribir. Es un testimonio posterior en donde se aúnan al mismo tiempo una exigente introspección, unida a una vastísima cultura, resultado de lecturas filosóficas, teológicas, sociológicas, psicológicas, científicas, antropológicas, literarias, históricas, lo que le permite enriquecer el texto con certeros ejemplos y sutiles analogías. Esas lecturas también nos permiten conocer sus preferencias. En la larga lista de autores, cita a escritoras como Simone Weil y Beauvoir.

Encarcelado junto a otros intelectuales, maestros y profesores, gitanos, protestantes, Testigos de Jehová, sacerdotes católicos y ortodoxos, políticos, masones, empresarios, jóvenes legionarios, incluso comunistas que habían caído en desgracia; el bagaje cultural que compartían en común les permitió mantener vivo su conocimiento. Diariamente conversaban sobre los más variados temas, relataban cuentos, recitaban poesías que los más jóvenes aprendían con placer.

En la obra refleja los tres modos que encontró ―a través de sus vivencias personales y las de otros― para escapar de un universo concentracionario como aquél. Por un lado está la fe, pero la deja aparte porque depende de la gracia. Por tanto, toma como primera opción la «solución Solzhenitsin», consistente en entrar al organismo represivo pensando: “desde este momento estoy muerto”, nada peor me puede pasar. La segunda solución es la de Alexandr Zinoviev, basada en la «autoadaptación total al sistema» con el único fin de sobrevivir. La tercera, es la solución de Vladimir Bukovski y Winston Churchill y se resume en no darse jamás por vencido y mantener la lucha.

 Nicolae Steindhardt considera que las tres soluciones son válidas. El objetivo es, en todos los casos, mantener la libertad interior, ese lugar al que el aparato represivo no puede entrar sin permiso. Dentro suyo, seguirá siendo un hombre con sus ideales, aunque para los carceleros sea menos que nada. No en vano cita en Diario de la Felicidad algunas palabras de la leyenda del Gran Inquisidor rescatadas por Dostoievski en su obra Los hermanos Karamazov. Allí, el Inquisidor recrimina a Jesús con estas palabras: «En vez de dominar la libertad de las gentes; tú la hiciste mayor. ¿Acaso has olvidado que la tranquilidad y hasta la muerte son más caros al hombre que la libre elección en el conocimiento del bien y del mal?».

Este tema de la libertad es fundamental en el pensamiento de Nicolae Steinhardt. La conciencia permite la libertad de reflexión y la de acción. Y «la verdad» que molesta, es la que menos desea oír «el sistema» (sea este el que sea). Ofrece algunos ejemplos: en la Revolución Francesa, la verdad que no se podía expresar pasaba por reconocer que alguien solo por ser noble no debía morir; en la época de Cromwell, se podían decir muchas verdades, pero jamás escapar de lo escrito en la Biblia, literalmente. A ese tipo de verdades que no se pueden decir, las llama «la verdad prohibida de cada momento» histórico.

Sabe que la palabra se degrada cuando la vida política y comunitaria se degradan. Sabe también que palabras justificadoras, oportunamente salvadoras de la conciencia, como «no lo sabía», aparecen tras las grandes tragedias. Y también comprende que caída una «teocracia» (como representante de una forma de poder, el que sea), tras ese momento inicial en que todos se identifican como iguales, lo que suele ser muy propio de cualquier cambio, especialmente tras las revoluciones, surge una «nueva teocracia», distinta de la anterior en cuanto al modelo o los propósitos, pero cruel en las formas, único modo de mantener su poder en el tiempo. Por otra parte, los totalitarismos cambian o varían sus ideas llevados por la necesidad, y cuando esto sucede, quien ayer era un héroe mañana puede convertirse en un traidor. Sin embargo, el problema más grave de los totalitarismos es la delación. El espantoso abrazo de la autoridad que hace por la fuerza a todos presuntamente iguales en los idearios postulados por el poder, y no acepta singularidades ni oposiciones. Dice: «la bondad, la decencia, el heroísmo, la dignidad. ¡Grandes palabras!» (…)  Con esas palabras en la boca, se puede delatar, ultrajar, humillar y asesinar.

Entiende, tal y como expresa Simone Weil, que ese Dios que se retrae es al mismo tiempo (¡tremenda paradoja!), el que permite ser; pero «ser» en esta condición, significa elección, uso de la libertad. «Dios está completamente ausente del mundo, pero está completamente presente dentro de nosotros». Y el Diablo ―afirma― es tan pobre que ni siquiera ha creado un mundo; porque «el mal» es un parásito del bien, precisamente en un mundo donde ―según el autor― «el vicio de la envidia es incomparablemente más activo que el egoísmo». El odio siempre está ahí. Pero no solo hay malos en el grupo de los Otros, sino en el de los Nuestros. Y estos grupos pueden variar con el tiempo y las circunstancias: porque nuestro grupo puede ser el de la familia, el de los amigos, el del trabajo, el del partido político, el de los compañeros de celda en una prisión, y malos puede haber en cualquier parte. Malos incluso para los suyos.

No duda en afirmar lo cercano que está Kierkegaard del Evangelio, cuando afirma: «Lo contrario del pecado no es la virtud, lo contrario del pecado es la libertad». Incluso citará en otro párrafo las palabras de Jean Paul Sartre: «Estamos condenados a ser libres».

Otro de sus autores preferidos es Cervantes, por su calidad moral, y por su obra El Quijote, porque en esta vida hay que ser héroe para mantenerse en la propia senda.

Percibe en las creencias orientales (budismo, zen, incluso hinduismo…) una «reacción» frente a la «acción» que exige el cristianismo;  y en el ateísmo del presente observa frivolidad. De este modo describe su visita a París (1936-39): «Abundancia. Vacaciones pagadas, cremas para broncear la piel, excursiones, coches, aperitivos. Aperitivos, huelgas, vacaciones. Hasta la saciedad. Monótonos. Sabidos de antemano. Que nadie les diga cosas desagradables. Que les dejen en paz. Esto es lo que quieren». Le parece un mundo hedonista e indiferente en el que impera como respuesta el «me da igual», el «no me importa». Que lo mismo les valía para decirlo contra el país, los padres, el pasado o el futuro. Y, además, nos dice, estaban «hartos, aburridos, muertos». Nadie les venció, nunca serán héroes, no se pondrán a prueba, si algo esperaban es que se les liberase del peso de su libertad. Por tanto, lo que le parece ver son «cuerpos sin alma» a los que solo les importa la moda. Dirá: «el espíritu [en este tipo de personas] es una especie de loro incoherente fabricado en dos mil millones de ejemplares y habla sin cesar en la jaula de la materia».

Steindhart no niega la paradoja de ser cristiano en estos tiempos, por eso ve con ojos afirmativos la oración: «Creo; ayuda a mi falta de fe». El cristiano no es, al menos no debería serlo, el ser inactivo frente a lo que sucede, al contrario, es el que se pregunta ¿qué debo hacer?, y el que se arriesga a tomar una decisión. No es fácil ―opina― ser cristiano en sociedad, más fácil le parece ser cristiano en el seminario.

Le sorprende un mundo que cree ciegamente en las «leyes físicas», y no cree en la que él denomina la «ley del sacrifico». Ley que parecen reconocer, además del cristianismo, otras creencias como la hindú con su Karma o el Talmud que «habla abiertamente del escriba y de los archivos». Podemos sumar la religión musulmana, incluso el antiguo zoroastrismo, y la simbología egipcia con su pesaje del alma. Víctor Hugo llegó a decir que cuando se asume el deber, uno puede llegar a sentir que su vida se vuelve un infierno, pero pese a todo continúa adelante. Inmanuel Kant, por su parte, habló del imperativo categórico, aquella obligación ética, que nos indica el camino del que uno no puede escapar.

«Toma tu cruz y sígueme»: la traducción podría ser en pocas palabras, no faltará la maldad que te lleve a la cruz, no faltará una situación que debas redimir o solucionar por la cobardía o la indiferencia de otros. A cambio, encontrarás en ese camino la hesiquia (serenidad, paz interior, felicidad, si así puede llamarse al deber cumplido). Ese camino no garantiza el triunfo, pero sí la lucha y el aprendizaje. Y ese combate es importante. Hay que oponerse al mal. Dirá: «El lobo se come la cabra del señor Seguin, en el relato de Alphonse Daudet; pero al alba, después de que la cabra luchase toda la noche».

En cambio, ser cobarde es aceptar la maldad. Esa maldad que nada da a cambio al que cree en ella. ¿Acaso da tranquilidad? Se pregunta el autor: «¿Qué obtuvo Judas del diablo? Nada. Se ganó el desprecio de los ancianos y devolvió el dinero. Eligió la horca y las carcajadas del maligno. El cristianismo sacrifica todo lo que es humano, pero da algo a cambio: la tranquilidad. Pero el diablo es más exigente: a cambio del sentimiento de dignidad no ofrece más que la desesperación. Le das tu conciencia, tu paz, tu sueño, le vendes a tus amigos y a tus parientes, le cedes todo e incluso más que todo: y todo por nada».

Por tanto, ser cristiano es poner en ello la propia vida. Y no es descabellado pedirle al cristiano que crea en los milagros, puesto que es capaz de convertir el mal en bien. ¿Hay mayor milagro que ese? En sus palabras: «Entré en la cárcel ciego (con vagos atisbos de luz, pero no sobre la realidad, sino interiores; iluminaciones que nacen de la propia tiniebla y deshacen la oscuridad sin disiparla) y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo, el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado, con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo».

 

Referencia: Diario de la felicidad. Ediciones Sígueme S. A. U., Salamanca, 2007

 

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