© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 13 de diciembre de 2013

«EL PRINCIPIO ESPERANZA» de Ernst Bloch.


Reseña: Pilar Alberdi

«¿Quién somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué esperamos? ¿Qué nos espera? (…) Se trata de aprender la esperanza». Así comienza el primer libro de El principio Esperanza de Ernst Bloch (1885-1997). En su clase inaugural en la Universidad de Tubinga, allá por 1961, preguntó: «¿Puede desilusionarnos la esperanza» Y contestó: «Claro que sí, esto sucede con facilidad», es decir, es propio de la esperanza. Y tiene sentido. «El efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior. El trabajo de este efecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismo pertenecen». Y se podría añadir: aunque no estén presentes luego, ya que eso, también forma parte de lo que vendrá después.
Ernst Bloch escribió El principio Esperanza, entre los años 1938 a 1947. Se compone de tres obras de las que realizó dos nuevas revisiones en 1953 y 59. Supone, por tanto, que los ensayos que se incluyen, responden a temas variados (religión, política, filosofía, arte, literatura, psicoanálisis, mitología, guerras mundiales, sociedad...). El estilo, también se muestra variado por el paso del tiempo, aunque no así, el propósito inicial, que fue el de investigar la «utopía», palabra creada por Tomás Moro, para su libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. La obra fue publicada en 1516. ¿Resultará extraño que aquella sociedad no se pareciese a las europeas, que existiese en ella la propiedad común, y se ejerciese el voto? La obra consigna referencias claramente griegas, cercanas quizá a aquel «límite de la pobreza» que representaba una parcela de tierra para cada uno de los ciudadanos y que Platón instituía en la sociedad ideal de su obra Leyes. Una obra más serena que su juvenil República, aunque ambas sociedades se sostuviesen sobre el trabajo de los esclavos.
El autor critica al mundo que critica la utopía como algo irrealizable, cuando resulta claro que nuestra vida está plagada de castillos en el aire, siempre necesarios para levantar los verdaderos. La utopía como un ideal para mejorar la sociedad, la persona. Como antítesis de la utopía, Bloch, nos presenta la nada. Ese vacío que conocemos bien cuando nos faltan motivos para seguir adelante, metas por cumplir, y cuando todo lo que nos rodea parece inmodificable. Sin embargo, en un momento dado aparece otra vez el deseo, la esperanza e incluso, por qué no, hasta la utopía de un mundo mejor.
Dice Bloch: «La mayoría de los hombres son demasiado cobardes para el mal, demasiado débiles para el bien». Entonces vemos surgir esa gris medianía, tantas veces impuesta desde el poder... Una medianía acomodaticia, consensuadora para que nada cambie, y contra la que han luchado siempre individuos con las ideas claras, es decir con la ética suficiente para imponerse a la conveniencia. Se me ocurren varios nombres, seguro que a ustedes también.
Hablo en presente porque, creo yo, que los autores siguen vivos en su palabra. Y de este modo continuaré. A Bloch le preocupa: el hombre que no tiene conciencia de clase, el que no comprende que si es pobre, salvo excepciones, pasará la misma posición a su descendencia. El rico, nos comenta con gran acierto, como puede cumplir la mayoría de sus deseos, cuando va a un restaurante mira el lado izquierdo de la carta, aquel, en donde se cita el plato que puede degustar, pongamos por caso, una langosta; mientras que el pobre, antes de poder decidir, mirará el lado derecho del menú, aquel en donde aparece el precio.
La suya es una interpretación marxista. En sus últimos años cuando observa la sociedad en que vive, le preocupa «el anciano, con el que el mundo capitalista no sabe qué hacer», y dice con palabras claras: «Los negocios capitalistas solo pueden llevarse a cabo si la conciencia de sus víctimas es adormecida en las horas de solaz». Es algo que estamos viviendo en Europa; especialmente en algunos países. De repente, se nos secuestró el llamado «Estado de Bienestar». Y, ahora, estamos despertando. Si buscábamos razones, poco a poco, aparecen.
Lo curioso del deseo como función de la esperanza es que también incluye lo que ni siquiera podemos cambiar, por ejemplo, que mañana haga buen tiempo. O que lo haga el fin de semana, o que llegue alguien de visita, o que nos suban el sueldo. Y, esto que indica el autor es una verdad contundente, que desmonta el más absurdo racionalismo; vivimos con cientos de deseos, somos deseo.
El escritor no camina a solas con sus ideas. Se apoya en las de otros para refutarlas o consensuar, y busca esas zonas oscuras que han quedado sin aclarar, para poner allí, su punto de vista. Cita a Wichelm Meister («Los deseos son presentimientos de las capacidades que anidan en nosotros, precursores de aquello que seremos un día capaces de realizar»); a Hamann «¿Quién puede pretender, tener un concepto adecuado de lo presente sin saber de lo futuro? Lo futuro determina lo presente, y este determina lo pasado». Si miramos desde el futuro, seguramente vemos más claro. Al menos, podemos interpretar, dar un sentido.
A veces, el deseo, ni siquiera se parece al deseo que se alcanza. El escritor pone el ejemplo del rey Melenao, buscando a Elena de Troya, y cuando la encuentra en Egipto [el comentario original aparece en una obra de Eurípides], ésta le dice, que la que está en Troya es una especie de aparición o fantasma, y que la verdadera es ella, la que tiene ante sí, la que está en Egipto frente a él, pero Melenao no se conforma. Y es que, a veces, lo deseado, cuando se consigue, pierde un poco de su encanto. Pero, eso no impide que sigamos deseando.
¿Con qué me quedo de estos libros? Sin duda, con todo. Lo primero con la importancia de la esperanza y de su fundamento: el deseo. Y, por supuesto, con el convencimiento de que nada del futuro está fijo, lo estamos construyendo a cada instante, ahora mismo. Luchar por mantener vivo el deseo y la esperanza, ese debería ser uno de nuestros principales objetivos. Cuando nos faltan, sabemos, reconocemos que algo o alguien nos ha vencido. Que no se diga de nosotros, aquello que dijo Jean Pau, y que Bloch reproduce: «Como no habéis podido vivir vuestros bellos días tan bellamente como resplandecían después en el pasado o antes en la esperanza, preferís alargar el día sin ambos». No, de ningún modo, no hay que conformarse con alargar el día, ni permitir que aparezca tan gris; hay que hacerlo como lo hemos soñado, creernos merecedores de nuestras esperanzas, de lo contrario, ¿qué sentido tendría dar seres para la vida si esta no puede ser digna y hermosa? No permitamos que otros nos digan que nuestros sueños no son posibles. «La alegría es la aristocracia de la dicha. (…) El consejo de despreciar la dicha no proviene de los héroes, sino de los explotadores», de quienes quieren y ordenan que todo siga igual, porque a ellos les beneficia. Podríamos decir que la Historia es vieja, pero también, que no acabamos de aprenderla.
He disfrutado mucho con esta obra, está escrita, además, de una manera sencilla, sin deseo de ostentación de conocimientos, aunque el autor los tenga en alto grado, y he salido de ella con el convencimiento de haber estado con una persona que hizo su camino, acompañado de la esperanza; unas veces ilusionado, otras desencantado.
Para finalizar esta semblanza del autor y su obra, me gustaría resaltar un pasaje en que habla de la niñez, la adolescencia y la juventud. Vemos así, que el niño siempre quiere crecer, no ser niño; el adolescente desea escapar solo a una isla; y, poco después, ese mismo adolescente convertido en un joven, detesta la soledad y busca la compañía. No sigo, porque si ustedes son adultos, ya sabrán lo que desean en este momento.
A continuación dejo un pequeño párrafo, que he releído ya varias veces, y que me parece un compendio en miniatura de la belleza, pero también de una delicada comprensión del mundo. Aquí, brilla más el poeta que el filósofo, acaso el músico, que también lo fue; pero el uno sin el otro, no estarían completos. El primero, porque percibe lo instantáneo; el segundo, porque lo analiza. Afirma el autor: «Se desea aquello que los nombres hablan. El niño quiere ser cobrador o confitero». Y todo lo inalcanzable le llama la atención, por ejemplo, una mariposa: «algo incomprensiblemente multicolor vuela como mariposa. También las piedras viven, no se escapan de las manos, puede jugarse con ellas, y ellas juegan con uno». (...)«Quisiera que todo fuese así, decía un niño, y se refería a una canica que se había ido rodando, pero que le esperaba».
Quedémonos, pues, con esa idea de unidad con Todo, y con esa canica; única, especial, que igual que un deseo por cumplir, nos espera un poco más adelante.




Ediciones Trotta

10 comentarios:

  1. un precioso comentario y un resumen del contenido interesante
    gracias

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  2. Siempre te lo digo, da gusto leer tus magníficas reseñas

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    1. Siempre un placer encontrarte por aquí, Javier.
      Buena semana, y gracias.

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  3. Muy lúcida tu reseña. Finalmente, somos nada. Éxitos Pilar.

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    1. Muchas gracias, Luis.
      Llegaremos a ser esa nada, sin duda. Consuela saber y siempre son ejemplo a imitar, saber que hay personas que dejan mucho en su camino. Me emocioné leyendo en tu perfil de Blogger la anécdota que cuentas de tu padre.
      Invito a los amigos y a los lectores que que pasan por aquí a visitar tu blog en http://rockysullivanchavez.blogspot.com.es/.
      Un abrazo.

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  4. Muy argumentado. Me ha gustado. Felicitaciones.

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  5. Agradecida por tu visita y tus palabras, Manuel.
    Saludos.

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  6. Que bueno resulta estar en el camino y encontrarse con un texto como este, que nos oriente a la esperanza. Gracias. Un saludo desde Culiacán, Sinaloa, México.

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