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sábado, 21 de mayo de 2016

Svetlana, Alexiévich: «La guerra no tiene rostro de mujer»



Pilar Alberdi

Leer un libro es participar del conocimiento que lo impregna. Entre 17 y 35 millones de soviéticos perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy la cifra que todos barajan es de unos 22 millones. El libro de la periodista Svetlana Alexiévich, reciente Premio Nobel de Literatura, recoge en una experiencia coral las voces de mujeres que participaron en el ejército. Nadie esperaba esa guerra, es un testimonio que se repite. Lo curioso es que cuando una ha leído a numerosos escritores centroeuropeos, muchos de ellos, alemanes incluso, tampoco la imaginaron. De repente, estaba ahí.
Las mujeres soviéticas se incorporaron, tantas de ellas como voluntarias con apenas 16-17 años, a un ejército masculino. Hasta dos años después no recibieron ropas interiores femeninas. Fueron con sus bonitas trenzas, acudieron ilusionadas a alistarse, a veces tuvieron que suplicarlo, y el primer día que les cortaron el cabello, comprendieron lo que iba a ser la guerra. Luego llegarían esos momentos en que se ve el primer muerto o aquel en que se mata por primera vez. La mayoría coincidirá en que de repente se volvieron viejas, y a causa del susto, a tantas de ellas se les volvió blanco el cabello.
Estas historias hay que leerlas o no comprenderíamos bien cómo fue esa guerra. A ellas, no les gusta ver películas de guerra porque mienten. La guerra es otra cosa. No querían matar, y allí estaban. No sabrían si tendrían futuro, y allí peleaban. El primer frente en las trincheras; el segundo frente, compuesto también en gran medida por mujeres, se encargaba de lavar uniformes, de hacer el pan. Imaginemos aquel frío, aquellas batallas en que todo ardía, la facilidad con que los soldados perdían sus piernas, sus brazos. Muchas de estas mujeres se encargaban de sacar a los hombres heridos del campo de batalla, lo hacían arrastrándose, y no debían olvidar el arma del soldado. Vivieron la guerra entre el lodo, la nieve y la sangre. La mayoría de ellas no soporta ese olor, muchas no tienen nada rojo en sus hogares. Pero la guerra está ahí, en su memoria y vuelve, día sí y día no.
Por supuesto que sabían bien quién era el enemigo, pero también había momento de piedad para el enemigo. Incluso se preguntaban cómo era posible tener esa piedad, pero aquellos que tenían enfrente, sin duda muchos de ellos, no eran otra cosa que víctimas de las circunstancias que les habían tocado vivir, obligados a matar. Tan jóvenes, tan hermosos y tan vulnerables. Y si difícil era ver hombres muertos, cuando veían mujeres, un extraño pudor las hacía pensar en su propio destino. En esa guerra hubo francotiradoras, servidoras de piezas de artillería, operadoras de globos aerostáticos, mecánicas, aviadoras, ingenieras zapadoras, enfermeras, médicas.
Entre los recuerdos, la casa. El hogar al que retornar, el espacio en donde poder reencontrase con los suyos, pero, ¿dónde estarían? ¿Los que habían marchado a la guerra habrían regresado y los que se quedaron, qué habría sido de ellos?
No es una historia fácil de contar y a estas mujeres les duele contarla, a muchas se les atragantan las palabras, algunas no saben cómo hallarlas. Varias son increíblemente poéticas. Hay compasión por las personas y por los animales. Una de ellas desearía avisar a los pájaros antes de que comience la batalla para que se alejen; otra se pregunta cómo el enemigo ha podido cometer graves asesinatos ante unos caballos, esos caballos incapaces de pisar a los muertos. Animales, al fin y al cabo, tan asustados o más que las personas en el campo de batalla.
Cruzan territorios para vencer o quizá habría que decir para que todo acabe pronto y para volver a casa, para poner punto y final a lo que les ha tocado vivir; aquello que no dudarían en volver a enfrentar si hiciera falta. Todos esperan que llegue el día de la Victoria, y cuando escuchan la palabra, «¡Victoria!», cuando realmente ha llegado ese sonido que anticipa que han sobrevivido a la guerra, casi no se lo creen. En la pared del Reichstag una joven soldado escribirá junto a otros testimonios: «Os ha vencido una muchacha rusa de la ciudad de Sarátov». ¡Habían pasado tanta hambre! Soñaban con comida todas las noches, que les resulta sorprendente haber llegado a Berlín.
«Los tiempos cambian, pero ¿y los humanos?» se pregunta la periodista que ha escuchado y reunido pacientemente los testimonios.
Cuentan esas voces que cuando llegaron a territorio alemán encontraron en las trincheras termos con café. Les parecía increíble. ¿Cuándo había sido la última vez que alguno de ellos había tomado un café? Viendo aquel idílico paisaje de prados, montañas y preciosas casas de campo, les costaba entender para qué quería Hitler su tierra. Por eso no era extraño, y muchos lo vieron, que en las casas alemanas se fusilase juegos de porcelana, copas, almohadas, ropas de cama… Todo aquel lujo.
Y como si todo esto no bastase, como si lo más digno y lo más bajo del ser humano no lo hubiesen visto a diario en el campo de batalla, un campo que avanzaba junto a ellos, que se extendía cada día un poco más, aún quedaba el regreso, y la pregunta aquélla, la más importante, la que comentaban por las noches, sobre lo que harían después de la guerra (casarse, continuar los estudios) se quedaba detenida en el aire, porque no sabían lo que se iban a encontrar al regresar, porque había que empezar de nuevo y olvidar.
Hay que dar las gracias a este coro de mujeres. Son testimonios que hay que leer.

sábado, 7 de noviembre de 2015

CONVERSACIONES PRIVADAS

Maurice Merleau-Ponty

Pilar Alberdi

Fue en 1947 cuando Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) publicó Terror y humanismo. Todavía cercano el final de la Segunda Guerra Mundial, realiza un profundo análisis del mundo marxista y del liberal. Situando el acontecer del primero en un imprevisto devenir, como fue el caso de que se diera la Revolución rusa, en 1917, en una sociedad escasamente industrial. Con las Actas de los procesos estalinistas y con amplios detalles de las mismas explica cómo lo que condenó a Bujarin, no culpó a Stalin poco después, cuando firmó un tratado con los nazis, cuyo fin último, en realidad, fue darse tiempo y prepararse para la guerra con Alemania.
Este libro de Merleau-Ponty sigue a una lectura anterior, Conversaciones privadas de Hitler, que también comentaré.
Explica el filósofo ese deseo de «preservar lo humano más allá de las miserias de la política». Razona:«Asistíamos en 1939 a dos maneras de burlarse del mundo: una era en efecto, decir que se desarmaría Alemania mediante concesiones, la otra que Alemania simulaba que la firmeza evitaría una guerra». Ya sabemos lo que ocurrió después.
Sin embargo, lo que me interesa recalcar del ensayo es su necesidad de señalar que «No podemos elegir entre la pureza y la violencia, sino entre distintos tipos de violencia», «La violencia es el punto de partida común de todos los regímenes», incluido el liberal.
Del marxismo dirá que con todas sus posibles equivocaciones ha intentado mostrar que el camino de la humanidad está en reconocer al otro, algo que intuye es difícil de conseguir, y en más de una ocasión recurre a Hegel, para recordar la conocida «dialéctica del amo y el esclavo». El diálogo muestra que en la Historia siempre hay quienes se arrogan el derecho de ser «sujetos», mientras condenan a los demás a ser meros «objetos».
Presta especial atención a las actitudes que se toman ante los hechos históricos, especialmente, las más subjetivas. Ofrece un lugar especial a los resistentes, a aquellos que no están dispuestos a dar la razón a los hechos como se presentan en el momento en que son impuestos, aquellos que creen que la razón está más allá de estos. Según salgan las cosas en la Historia, así se juzgará a unos y otros. Pone el ejemplo de la Resistencia francesa y de los colaboracionistas, no juzga a nadie, pero no por eso deja de señalar que muchos colaboracionistas lo fueron para evitar males mayores. Y da cuenta, de que si la Historia hubiese acabado de forma diferente no habrían sido juzgados.
«Solo los niños imaginan que sus vidas son separables de la de los otros, que su responsabilidad se limita a lo que ellos mismos han hecho, que existe una frontera entre el bien y el mal». Pero en la vida real esto no es posible, la realidad es más compleja, y las personas dependen, no sin responsabilidad, de lo que suceda en el ámbito de la política. «¿Qué podemos contestar cuando un indochino o un árabe nos hace observar que ha visto nuestras armas pero no nuestro humanismo?» se pregunta. Sentenciará: «Ningún político puede enorgullecerse de ser inocente».
En un momento de la obra analiza las maniobras de Hitler, decidido a conquistar el Este sin antes haber conquistado el Oeste.
Como he dicho antes, he tenido ocasión de leer Las conversaciones privadas de Hitler, en la copia registrada por Hugh Trevor Roper. Hay otras dos copias, una incompleta, pero no es este sitio para explicar esa pequeña historia. Se trata de una recopilación de conversaciones, simples monólogos, resultado de las conversaciones de sobremesa que mantenía. Constan las fechas, las visitas y de qué temas se conversó con esas personas. Las conversaciones estaban destinadas a ser publicadas. Entre las muchas cosas que dice sobresale su interés por la conquista de Rusia, incluso más que los temas sobre los judíos que solo aparecen a partir de la mitad del libro. Hay frases de una sinceridad espeluznante: «No he venido al mundo para hacer a los hombres mejores, sino para aprovecharme de sus debilidades». Expresa sus planes: «Las bellezas de Crimea, que una autopista nos hará accesibles: he ahí nuestra Riviera, para nosotros los alemanes». Mientras por un lado afirma que nacionalsocialismo y religiones no pueden existir juntas, habla de que no potenciará el ateísmo, y calcula que las religiones se extinguirán por sí mismas. La realidad económica, y la gran frustración producto de los años precedentes y también de los resultados de la Primera Guerra Mundial están expresados claramente, su problema es cómo vender lo que fabrican; en qué mercados colocar las mercancías, por otra parte, piensa: «Creo que el fin de esta guerra significará el comienzo de una amistad duradera con Inglaterra, pero tendremos que dejarla primero K.O.». Comenta que en el futuro no habrá fronteras en Europa, y que las autopistas la recorrerán de una punta a la otra. El único país industrial será Alemania y se cuidarán muy mucho de facilitar tecnología y maquinaria a otros países. Sobre sus planes en otros territorios: «Rumania hará bien en renunciar en cuanto pueda, a poseer una industria propia. Dirigirá las riquezas de su suelo, particularmente de su trigo, hacia el mercado alemán. Recibirá de nuestra parte como contrapartida, los productos manufacturados que necesite». Imagina con vistas al futuro que Inglaterra y Estados Unidos acabarán enzarzados en una guerra. Dice que son muchos los que pensaban que los alemanes mirarían hacia las riquezas del Oeste, pero que él siempre tuvo claro conseguir las tierras del Este: «Lo que la India fue para Inglaterra, lo serán los territorios del Este para nosotros». Habla de que el Sha de Persia agradecerá su protección frente a la Inglaterra que teme, y que Alemania debe firmar cuanto antes un tratado con los turcos. Si le critican por los más de doscientos cincuenta mil muertos, dice que ha dado más de dos millones de nacimientos, porque todas las guerras incentivan la proliferación y sobre este particular opina que todas las familias deberían tener, por lo menos, cuatro hijos. No ha destruido París porque es una ciudad que ama y admira, dice que sólo ha ordenado bombardear la zona de los aeródromos, pero que no dudará en borrar de la faz de la tierra a Leningrado. Sobre los habitantes del Este, los considera «una masa de esclavos natos que necesitan un amo». Su idea: crear colonias con los soldados exentos del servicio militar, que deberán casarse con campesinas. Se repiten frases como: «El más fuerte se impone», «El éxito todo lo justifica». «El país que estamos conquistando será para nosotros, una fuente de materias primas y un mercado para nuestros productos pero nos guardaremos de industrializarla». Se alegra de haber puesto un solo tipo de cocina en el ejército, lo que favorecía la igualdad y la camaradería entre soldados y oficiales. En cuanto a las listas de cosas por hacer, generalmente las hace con dos temas. En una de estas, apunta: «Conservar al precio que sea nuestras posiciones del Este», «Mantener la guerra lo más lejos posible de nuestras fronteras». Sobre otros Estados, indica: «Los países a los que invitemos a participar en nuestro sistema económico deben tener derecho a su parte de las riquezas naturales de las regiones rusas», «Me he preguntado estos días si no deberíamos reunir a los dirigentes responsables de la economía de los siguientes países: Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica, Suecia y Finlandia. Les daríamos una idea de las perspectivas que se presentan hoy» lo dice refiriéndose a Rusia. «No hay más que un deber: germanizar ese país por medio de la emigración de alemanes y considerar a los indígenas como pieles rojas», «No sé por qué un alemán que come un pedazo de pan debe atormentarse por la idea de que el suelo que ha producido este pan ha sido conquistado por la espada. Cuando comemos el trigo de Canadá no pensamos en los indios expoliados».
Después de esas lecturas, evidentemente, no he podido dejar de pensar en el presente, en esa coalición de más de 65 países que actúa sobre el Próximo Oriente (los mismos territorios que antes fueron colonias de Europa), sobre el petróleo y el gas que hay allí, sobre la destrucción, los millones de desplazados y el dolor humano causados estos años. Por supuesto, no he podido dejar de reflexionar sobre las «conversaciones privadas», esas en las que se habla de cómo repartir esto o aquello, o dónde imponer una nueva frontera o levantar un muro, conversaciones que quizá nunca se publiquen, o sí, de muchos de los gobernantes occidentales, de muchos de aquellos que consiguen hábilmente que sus guerras siempre estén fuera de sus fronteras y de aquellos que han favorecido con armas a grupos rebeldes para desestabilizar regiones. Terror y humanismo, decía Maurice Merleau-Ponty, esa es la cuestión.


Maurice Merleau-Ponty.
Filósofo francés.
Autor entre otras obras de Fenomenología de la percepción, La estructura del comportamiento, Terror y humanismo, El signo, Lo visible y lo invisible.
Más datos en el siguiente enlace



martes, 16 de junio de 2015

RIQUEZA Y OPINIÓN



Por: Pilar Alberdi


La propiedad y la opinión, es lo que mueve el mundo. Pensaba en todo esto después de leer a David Hume (1711-1776), «el buen David» como le llamaban, que escribió demasiado joven su obra más importante (Tratado de la naturaleza humana); él, que nació cien años antes que el socialismo o el comunismo, dijo en el siglo XVIII, que la «propiedad» unida a la «opinión» es la que gobierna el mundo. Y que cuanto más grande sea esta propiedad [entendida como riqueza] y en menos manos esté más poder. Esa cuestión que plantea en uno de sus Ensayos Políticos respondía a la pregunta de si la monarquía inglesa sobreviviría a cualquier cambio que pudiesen llevar adelante los miembros de la Cámara de los Comunes (terratenientes), y su respuesta fue que dado que la familia real era la más rica del reino, la propiedad de los miembros de la Cámara de los Comunes, aunque fuese grande permanecería separada. No se equivocaba. Nada ocurrió, y como saben, hoy, la monarquía inglesa representa a la familia más rica de Inglaterra.

Los que ven fantasmas, sólo ven uno: el comunismo. ¡Oh, qué poco han leído muchos de los que asisten a esas seudotertulias políticas! Casi todas las utopías, la de Tomás Moro, la primera que llevó ese nombre, la de Francis Bacon, la de Campanella, recogen esa idea de propiedad en común y trabajo compartido. También están los textos de los socialistas utópicos (Rousseau, Mably, Meslier, Morelly, Babeuf, etc). Y, por supuesto, todas las relaciones de las comunidades tribales.
Pero sírvanos el ejemplo de David Hume sobre la propiedad en pocas manos y la riqueza como la opinión que mueve el mundo, para pensar cómo los pequeños comerciantes van desapareciendo frente a las grandes superficies comerciales, y cómo las compañías medianas ceden ante las multinacionales, y cómo los robots van sustituyendo a la personas, y de qué modo los capitales que antes hacían rica a una Nación, ceden su puesto y también el poder del Estado a grandes flujos económicos y financieros que ajenos a cualquier idea de bien común, sólo buscan el lucro a nivel internacional, mientras no se respeta el medio ambiente, se proponen objetivos que luego no se cumplen o no son obligatorios para la mayoría de los gobiernos, y la tecnología, con sus tecnócatras de turno, quieren obligarnos a pensar que las personas que no tienen trabajo, sobran. Pensemos que sólo unas pocas grandes multinacionales dominan el sector de la distribución y venta de alimentos a nivel mundial, ¿nos damos cuenta lo que esto significa? Pensemos en esos focos de conflicto que se intentan levantar en las costas de China, hoy ya primera potencia mundial. Recapacitemos sobre estos bloques económicos que reúnen conjuntos de Estados, al más puro estilo «1984», la obra de George Orwell. ¿Tenemos de qué asustarnos?
En suma: Marx, sólo ha dicho lo que ha dicho, pero otros muchos lo dijeron antes que él, por ejemplo, el francés Pierre Joseph Proudhon quien escribió, y esto lo recogió Marx en sus Manuscritos, que «Si consideramos, como los economistas, al trabajador cual una máquina viviente, el salario que recibe vendrá a representar el gasto necesario para la conservación y reparación de la máquina». Por aquellas fechas, Gran Bretaña iniciaba su primera reforma sobre el trabajo infantil, corría el año 1830, y estas fueron algunas de aquellas disposiciones: que los niños menores de 9 años no trabajasen y que los mayores de 9 cumpliesen jornadas de 8 horas, no de hasta 16 horas como era habitual. Sumemos más datos: en 1848 se produce la llamada Primavera de los pueblos, y los intentos de la Restauración para imponer nuevamente las monarquías absolutas, fracasan. En ese año, Marx publica su Manifiesto. Entre sus afirmaciones, que la burguesía se acabará destruyendo a sí misma al quedar el capital cada vez en menos manos. Si alguien tiene dudas, por favor, que mire el panorama internacional. Quizá, si algo tuviera yo que reprocharle a Marx, sería su gran optimismo sobre los individuos y los motivos que los impulsarían a actuar bien. Hoy mismo he escuchado a unas personas comentar que estaban en un partido político «emergente» porque son «distintas». No hay distintos. Buenos y malos, eso somos. Mejores o peores, también. Es decir, se le puede reprochar a Marx, yo se lo reprocho, esa idea de que al final, todos serían iguales y nadie estaría sobre nadie, pero ya lo señaló muy bien Hobbes: el hombre es deseo y lo que más desea es poder. Por tanto, siempre surgirá la «dialéctica del amo y el esclavo» que definió Hegel. Para ejemplo, ahí está esa «subasta» de inmigrantes, lo han conseguido, han llegado a Europa, ahora hay que repartirlos, pero la voluntad es escasa. Y luego, toda esa cantidad de desplazados por las guerras y los intereses del petróleo, personas, familias y niños con una vida cortada, lastimada, esos miles y miles de sirios que intentan pasar a Turquía, y esos grupos terroristas que nadie sabe muy bien quién los financia, y si no se sabe es porque no se quiere que se sepa, igual que se esconde el oscuro comercio de armas.
Pero no nos imaginemos mejores, ni perfectos, y menos aun cuando el horizonte se llena de preguntas. ¿Se impondrá este neoliberalismo conservador de Tratados que se negocian en secreto, a espaldas de los ciudadanos (TTIP, y ahora el nuevo TISA como acaba de desvelar la WikiLeaks)? ¿Continuarán creándose bloques económicos? Es evidente que sí, algunos de los últimos en África, que se suman a los ya existentes en otros continentes. ¿Prevalecerá esta especie de imposición de Estado Mínimo que impulsa las privatizaciones y deja al azar la estabilidad de los ciudadanos y en riesgo sus derechos fundamentales? Y, mientras esto ocurre, ¿seguiremos calificando al resto del mundo desde nuestro europeísmo etnocentrista, desde esta filial norteamericana en que se ha convertido Europa? ¿Seguirá mandando Alemania sobre el resto de los Estados europeos? ¿Qué clase de «gobernanza mundial» es esta, la de los organismos fácticos y financieros que dirigen el mundo? No es la primera vez que existe este tipo de mundialización: a principios del siglo XX los Estados más importantes de Europa se habían repartido el mundo en colonias de distinto tipo, necesitaban comercializar sus excedentes, y, además, se justificaban pensando que su cultura era superior a la de otros, y, luego, cuando ya no convino, cuando la Segunda Guerra Mundial acabó, se descolonizó el mundo en tan solo veinte años.
Quizá, en este punto, sería interesante volver nuevamente sobre las ideas de Hume y rescatar otro de sus importantes debates. Su reflexión sobre los «entusiastas», a los que también llamaba «presuntuosos» y los «supersticiosos» en la política, a los primeros los consideraba abiertos a las nuevas ideas y a los segundos temerosos de cualquier cambio. De este modo, señala que «la superstición es enemiga de la libertad civil y el entusiasmo, su aliado». Traía el ejemplo desde el ámbito de la religión, citando el caso de la Reforma, y lo aplicaba a la política de su tiempo. De su tiempo decimos, pero en el fondo toda política, de derechos por los que hay que luchar, pertenece al presente de los pueblos. «Entusiastas», decía, los que encontraban razones basadas en la reflexión y la crítica para el cambio; «supersticiosos», aquellos que se conformaban con lo recibido, con palabras que fueron pasando de generación en generación, con alegorías que quizá fueron las correctas para una época, con sombras que se proyectaban desde la tradición. Y esto, en un tiempo como fue el de la Reforma, en el que el 75% de la población era campesina, el único estamento que pagaba impuestos, y para colmo analfabeta; por tanto, las personas no podían acceder a una lectura libre de la Biblia, por un lado, porque no les estaba permitido, y por otro, porque estaba escrita en latín, lengua que desconocían. Los «entusiastas» reformadores imprimieron la Biblia en lenguas nacionales, mientras la Iglesia Católica siguió manteniendo las misas en latín hasta mediados del siglo XX. Sin duda, la Reforma cambió el panorama europeo, y como Weber dijo en Economía y Sociedad, también marcó el rumbo que seguiría el capitalismo.
En resumen: ningún hecho ocurre sin necesidad, y, a veces, uno solo, en un tiempo determinado, representa lo fundamental. Ya se llame Lutero y clave Las 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittemberg en 1517, se caiga el Muro de Berlín en 1989, o se llenen las plazas de España a partir del 15 de mayo de 2011. Y en medio de todo esto, las ideas, sí, pero también la riqueza y la pobreza, en pugna siempre, y la opinión, la establecida y normalizada por la costumbre, pero también la que busca hacerse oír.
Tomemos en cuenta los siguientes datos: los integrantes del Club Bilderberg, entre los que están algunos de los más ricos y poderosos, un año más sustraerán al debate público sus conversaciones. ¿Cómo llamaríamos a eso? Nos explican en las noticias que los inversores de bonos españoles, hasta que lleguen las elecciones generales de noviembre, buscarán refugio en los bonos alemanes, aunque les ofrezcan menor rendimiento. En 2012 y en 2013 el FMI ofreció disculpas por las medidas de austeridad aplicadas en Europa. Sin embargo, en 2015 continúan pidiendo más de lo mismo y en 2014 hasta se atrevieron a solicitar una quita del 10% de la riqueza privada, para reducir la deuda pública. Es evidente que, cada vez que el FMI o la troika hablan están indicando el camino que deben seguir o no los fondos de inversión. También pidió el FMI en su día, disculpas por las políticas aplicadas en latinoamérica a partir de los años 70 del s. XX. ¿Qué son esas disculpas frente a deudas impagables y sufrimiento por la desindustrialización y el paro, esto sin contar las dictaduras que sirvieron de apoyo a aquellas políticas? Leo que el Partido Transhumanista Mundial que aboga por la longevidad y los futuros ciborgs en los que los humanos acabarán convertidos, busca gente que quiera adherirse y aportar dinero a su proyecto, aclarando que los primeros que se beneficiarán serán los ricos, es decir, los que puedan pagar esos servicios. Mientras tanto, sueldos miserables, que no alcanzan para vivir, alertan de un neoesclavismo salvaje, muy propio de la Primera Revolución Industrial, cuando ya estamos en la Tercera.
Que este es el mundo en que vivimos, no hay duda, pero que urge cambiarlo, también. La propiedad y la opinión mueven el mundo. Se endeudan los Estados, nos endeudamos las personas, se trafica a nivel político con corruptelas de la más variada calaña, se desprecian derechos fundamentales, y hay toda una larga serie de medios de comunicación al servicio de esa opinión, la opinión que hace cada día más ricos a unos en detrimento de la mayoría. Decía Condorcet: «Los amigos de la verdad son quienes la buscan, y no quienes se vanaglorian de haberla encontrado». Distingamos, pues, entre las verdades que nos quieren vender y las mentiras.


Nueva Tribuna
16-06-2015

viernes, 13 de diciembre de 2013

«EL PRINCIPIO ESPERANZA» de Ernst Bloch.


Reseña: Pilar Alberdi

«¿Quién somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué esperamos? ¿Qué nos espera? (…) Se trata de aprender la esperanza». Así comienza el primer libro de El principio Esperanza de Ernst Bloch (1885-1997). En su clase inaugural en la Universidad de Tubinga, allá por 1961, preguntó: «¿Puede desilusionarnos la esperanza» Y contestó: «Claro que sí, esto sucede con facilidad», es decir, es propio de la esperanza. Y tiene sentido. «El efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior. El trabajo de este efecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismo pertenecen». Y se podría añadir: aunque no estén presentes luego, ya que eso, también forma parte de lo que vendrá después.
Ernst Bloch escribió El principio Esperanza, entre los años 1938 a 1947. Se compone de tres obras de las que realizó dos nuevas revisiones en 1953 y 59. Supone, por tanto, que los ensayos que se incluyen, responden a temas variados (religión, política, filosofía, arte, literatura, psicoanálisis, mitología, guerras mundiales, sociedad...). El estilo, también se muestra variado por el paso del tiempo, aunque no así, el propósito inicial, que fue el de investigar la «utopía», palabra creada por Tomás Moro, para su libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía. La obra fue publicada en 1516. ¿Resultará extraño que aquella sociedad no se pareciese a las europeas, que existiese en ella la propiedad común, y se ejerciese el voto? La obra consigna referencias claramente griegas, cercanas quizá a aquel «límite de la pobreza» que representaba una parcela de tierra para cada uno de los ciudadanos y que Platón instituía en la sociedad ideal de su obra Leyes. Una obra más serena que su juvenil República, aunque ambas sociedades se sostuviesen sobre el trabajo de los esclavos.
El autor critica al mundo que critica la utopía como algo irrealizable, cuando resulta claro que nuestra vida está plagada de castillos en el aire, siempre necesarios para levantar los verdaderos. La utopía como un ideal para mejorar la sociedad, la persona. Como antítesis de la utopía, Bloch, nos presenta la nada. Ese vacío que conocemos bien cuando nos faltan motivos para seguir adelante, metas por cumplir, y cuando todo lo que nos rodea parece inmodificable. Sin embargo, en un momento dado aparece otra vez el deseo, la esperanza e incluso, por qué no, hasta la utopía de un mundo mejor.
Dice Bloch: «La mayoría de los hombres son demasiado cobardes para el mal, demasiado débiles para el bien». Entonces vemos surgir esa gris medianía, tantas veces impuesta desde el poder... Una medianía acomodaticia, consensuadora para que nada cambie, y contra la que han luchado siempre individuos con las ideas claras, es decir con la ética suficiente para imponerse a la conveniencia. Se me ocurren varios nombres, seguro que a ustedes también.
Hablo en presente porque, creo yo, que los autores siguen vivos en su palabra. Y de este modo continuaré. A Bloch le preocupa: el hombre que no tiene conciencia de clase, el que no comprende que si es pobre, salvo excepciones, pasará la misma posición a su descendencia. El rico, nos comenta con gran acierto, como puede cumplir la mayoría de sus deseos, cuando va a un restaurante mira el lado izquierdo de la carta, aquel, en donde se cita el plato que puede degustar, pongamos por caso, una langosta; mientras que el pobre, antes de poder decidir, mirará el lado derecho del menú, aquel en donde aparece el precio.
La suya es una interpretación marxista. En sus últimos años cuando observa la sociedad en que vive, le preocupa «el anciano, con el que el mundo capitalista no sabe qué hacer», y dice con palabras claras: «Los negocios capitalistas solo pueden llevarse a cabo si la conciencia de sus víctimas es adormecida en las horas de solaz». Es algo que estamos viviendo en Europa; especialmente en algunos países. De repente, se nos secuestró el llamado «Estado de Bienestar». Y, ahora, estamos despertando. Si buscábamos razones, poco a poco, aparecen.
Lo curioso del deseo como función de la esperanza es que también incluye lo que ni siquiera podemos cambiar, por ejemplo, que mañana haga buen tiempo. O que lo haga el fin de semana, o que llegue alguien de visita, o que nos suban el sueldo. Y, esto que indica el autor es una verdad contundente, que desmonta el más absurdo racionalismo; vivimos con cientos de deseos, somos deseo.
El escritor no camina a solas con sus ideas. Se apoya en las de otros para refutarlas o consensuar, y busca esas zonas oscuras que han quedado sin aclarar, para poner allí, su punto de vista. Cita a Wichelm Meister («Los deseos son presentimientos de las capacidades que anidan en nosotros, precursores de aquello que seremos un día capaces de realizar»); a Hamann «¿Quién puede pretender, tener un concepto adecuado de lo presente sin saber de lo futuro? Lo futuro determina lo presente, y este determina lo pasado». Si miramos desde el futuro, seguramente vemos más claro. Al menos, podemos interpretar, dar un sentido.
A veces, el deseo, ni siquiera se parece al deseo que se alcanza. El escritor pone el ejemplo del rey Melenao, buscando a Elena de Troya, y cuando la encuentra en Egipto [el comentario original aparece en una obra de Eurípides], ésta le dice, que la que está en Troya es una especie de aparición o fantasma, y que la verdadera es ella, la que tiene ante sí, la que está en Egipto frente a él, pero Melenao no se conforma. Y es que, a veces, lo deseado, cuando se consigue, pierde un poco de su encanto. Pero, eso no impide que sigamos deseando.
¿Con qué me quedo de estos libros? Sin duda, con todo. Lo primero con la importancia de la esperanza y de su fundamento: el deseo. Y, por supuesto, con el convencimiento de que nada del futuro está fijo, lo estamos construyendo a cada instante, ahora mismo. Luchar por mantener vivo el deseo y la esperanza, ese debería ser uno de nuestros principales objetivos. Cuando nos faltan, sabemos, reconocemos que algo o alguien nos ha vencido. Que no se diga de nosotros, aquello que dijo Jean Pau, y que Bloch reproduce: «Como no habéis podido vivir vuestros bellos días tan bellamente como resplandecían después en el pasado o antes en la esperanza, preferís alargar el día sin ambos». No, de ningún modo, no hay que conformarse con alargar el día, ni permitir que aparezca tan gris; hay que hacerlo como lo hemos soñado, creernos merecedores de nuestras esperanzas, de lo contrario, ¿qué sentido tendría dar seres para la vida si esta no puede ser digna y hermosa? No permitamos que otros nos digan que nuestros sueños no son posibles. «La alegría es la aristocracia de la dicha. (…) El consejo de despreciar la dicha no proviene de los héroes, sino de los explotadores», de quienes quieren y ordenan que todo siga igual, porque a ellos les beneficia. Podríamos decir que la Historia es vieja, pero también, que no acabamos de aprenderla.
He disfrutado mucho con esta obra, está escrita, además, de una manera sencilla, sin deseo de ostentación de conocimientos, aunque el autor los tenga en alto grado, y he salido de ella con el convencimiento de haber estado con una persona que hizo su camino, acompañado de la esperanza; unas veces ilusionado, otras desencantado.
Para finalizar esta semblanza del autor y su obra, me gustaría resaltar un pasaje en que habla de la niñez, la adolescencia y la juventud. Vemos así, que el niño siempre quiere crecer, no ser niño; el adolescente desea escapar solo a una isla; y, poco después, ese mismo adolescente convertido en un joven, detesta la soledad y busca la compañía. No sigo, porque si ustedes son adultos, ya sabrán lo que desean en este momento.
A continuación dejo un pequeño párrafo, que he releído ya varias veces, y que me parece un compendio en miniatura de la belleza, pero también de una delicada comprensión del mundo. Aquí, brilla más el poeta que el filósofo, acaso el músico, que también lo fue; pero el uno sin el otro, no estarían completos. El primero, porque percibe lo instantáneo; el segundo, porque lo analiza. Afirma el autor: «Se desea aquello que los nombres hablan. El niño quiere ser cobrador o confitero». Y todo lo inalcanzable le llama la atención, por ejemplo, una mariposa: «algo incomprensiblemente multicolor vuela como mariposa. También las piedras viven, no se escapan de las manos, puede jugarse con ellas, y ellas juegan con uno». (...)«Quisiera que todo fuese así, decía un niño, y se refería a una canica que se había ido rodando, pero que le esperaba».
Quedémonos, pues, con esa idea de unidad con Todo, y con esa canica; única, especial, que igual que un deseo por cumplir, nos espera un poco más adelante.




Ediciones Trotta

jueves, 7 de noviembre de 2013

«EL HOMBRE REBELDE» de Albert Camus


«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no». Alber Camus

Reseña: Pilar Alberdi

No quiero dejar pasar este día, en que se celebra el natalicio de Albert Camus (1913-1960), sin recordarlo en este blog. La última obra que releí, entre las muchas suyas que aprecio sinceramente, es El hombre rebelde; que me parece, además, de actualidad en una Europa en crisis, moral en primer lugar, política en segundo, y económica como consecuencia. Temas que no entraré a valorar para este artículo, pero que percibimos sin esfuerzo, en la insensibilidad política de algunos dirigentes que olvidan que su deber es servir a todos los ciudadanos, en la proliferación y aumento de grupos y partidos de corte fascista, en la persecución de gitanos, como ha ocurrido recientemente en Francia e Italia.
Pero, volvamos al texto de El hombre rebelde. Las palabras iniciales, dicen: « Hay crímenes de pasión y crímenes de lógica. Las fronteras que los separan es incierta». Y después de aclarar la diferencia, y de presumir que el primero tiene como característica un tipo de carácter o de pasión, argumenta, que quienes se suman a los crímenes de lógica o premeditados son personas que «por falta de carácter, corren en busca de una doctrina», y «desde el momento en que el crimen (de grupo o Estado, el paréntesis es mío) se razona, prolifera como la razón misma, y toma todas las formas del silogismo».
Cuando en este libro, Albert Camus se pregunta: «¿Qué es un hombre rebelde?» Contesta: «Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (...) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es». Esa persona que dice «no», es la que piensa por sí misma, tomando en cuenta el legado cultural y político previo, pero con un criterio que intenta sea propio.
El autor escribe este libro después de la Segunda Guerra Mundial, y da la cifra de lo que han creado los últimos cincuenta años de guerras y persecuciones en Europa: setenta millones de muertos. Una cifra escalofriante.
Al escritor le preocupa, igual que a otros intelectuales, el «nihilista» que no ama su vida, porque aquel que da poco valor a la suya, especialmente cuando no consigue lo que quiere, es decir, cuando se sitúa en el resentimiento, muy poco valor puede dar a la vida de otro. No será casual que los líderes nazis se suicidaran, señala. Simplemente, si el mundo no podía ser como ellos querían para sí y para los suyos, ya no tenía sentido, al margen, de la derrota a la que se enfrentaban y a las consecuencias por el genocidio.
La rebelión nace de la conciencia. Sin embargo, y llamando la atención sobre la obra de Scheler, El hombre del resentimiento, y lo que en ella se comenta, recuerda que «el espíritu de rebelión se expresa dificilmente en las sociedades en las que las desigualdades son muy grandes (régimen de castas hindues) o, por el contrario, en las que la igualdad es absoluta (ciertas sociedades primitivas)». Pero, ¿qué podríamos decir de nuestros estados «democráticos». Y su respuesta es: «El espíritu de rebelión no es posible sino en los grupos en que una igualdad teórica encubre grandes desigualdades de hecho».Por lo tanto, es posible.
Cuando la perdida de los dioses o de un Dios es un hecho, solo queda vivir «en una historia desconsagrada». Esto le lleva a recordar cómo en las antiguas culturas, la griega, por ejemplo, el asesinato era lo «inexplicable y lo inexpiable»; tanto, me permito recordar, que la «venganza» era obligada para los sucesores, y también la «culpa», que pasaba de una generación a otra, cuando era el caso de un asesinato premeditado. Por tanto, son las personas las que deben poner los límites, las que deben darse una humanidad salvadora o sacralizada donde las personas sean un fin y no un medio.
El análisis de la obra de Sade, le permite decir que la expresión literaria de crueldad se orilla en espacios cerrados: «castillos de séxtuple cerco de murallas”.Y ¿qué otra cosa han hecho siempre los genocidas, los dictadores, los violentos? Territorios y estados carcelarios. Porque en la obra de Sade concluye «El máximo de goce coincide con el máximo de destrucción» para añadir a continuación «Sade es el literato perfecto. Construyó una ficción para darse la ilusión de ser». Al fin y al cabo, una ficción, pero, ¿qué pasa cuando esta ficción se produce sobre la realidad? Demasiados ejemplos conocemos.
Sigue Camus nombrando obras literarias: a Milton y su poema El paraíso perdido, en donde este autor exalta lo demoníaco; a Blacke. Señala el acierto de Baudelaire, quien dijo que «vivir y morir ante un espejo» era la divisa del «petimetre», que es por función un «opositor». También nombra al personaje de Iván, en Los hermanos Karamazov de Dovstoievsky, cuando dice: «sé solamente que el sufrimiento existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra» pero, se cuestiona Iván, si no hay virtud «Todo está ya permitido». Cita también obras de Maurice Blanchot, de Stirner, de Fichte, de Sthendal, de Nietzche y de éste, su terrible frase: «Es el bien el que necesita que lo justifiquen».
Albert Camus es un hombre moral con una ética hecha en base a su experiencia de vida y conocimientos. Sabe que «la tiranía es para los mediocres más natural que el arte», y la teme, y al mismo tiempo nos invita a leer al Breton, que dijo: «¿Debemos abandonar toda esperanza?». El análisis de Camus no tiene dudas sobre los hechos, de los que él ha sido en parte testigo, y los sitúa de modo general en el contexto histórico: « el siglo XIX, que es el de la rebelión, termina en el siglo XX, el siglo de la justicia y la moral, en el que todos se golpean el pecho», sin embargo, es el siglo en donde se han realizado crímenes contra la humanidad con un resultado de millones de víctimas.
Hasta la última página de este libro, Camus busca respuestas y da ejemplos, mientras analiza revoluciones y totalitarismos, convencido de que el fascismo, del tipo que sea, siempre desprecia al individuo y, por tanto, a la humanidad. Por último, incluye un tercer apartado sobre Rebelión y arte, en el que aprecia la voluntad de crear mundos mejores a través del arte. Ahí, deja plasmadas algunas de sus más conocidas frases, como «El mundo novelesco no es sino la corrección de este» y «No basta con vivir; es necesario un destino»; frases que no consiguen, pese a su esperanza, borrar la realidad expresada y sentida en tantas otras: «En cierto sentido, la amarga intuición del cristianismo y su pesimismo legítimo en cuanto al corazón humano consisten en que la injusticia generalizada es tan satisfactoria para el hombre como la justicia total». Este conocimiento, el de que un puñado de hombres pueda sumir en la oscuridad a una población concreta o a la humanidad entera, debería mantenernos alertas, más todavía de lo que ya estamos.

martes, 17 de septiembre de 2013

LA CONDICIÓN HUMANA


La condición humana de Hannah Arendt

Por: Pilar Alberdi

En la edición que manejo, Paidós, 2009, quinta reimpresión, traducción de Ramón Gil Novales e introducción de Manuel Cruz, la escritora da comienzo al libro, que escribió en 1963, con un prólogo en donde manifiesta los avances técnicos, el deseo aparente de la humanidad de ir al espacio (en 1957 se lanzó el primer satélite orbital), la de sobrepasar los límites conocidos de la vida en la tierra gracias a los avances científicos (médicos, genéticos...), y el posible desprecio de esta Tierra, que fue cobijo y aún lo es, de tantos seres humanos, como ella dice «individuos, entidades únicas, no intercambiables e irrepetibles, (que) aparecen y parten». Se sorprendería si viviera, ella que sufrió de cerca y que narró los horrores del nazismo, del desprecio que muestran los gobernantes del mundo en temas como el ecológico. Tenemos un ejemplo dramático en España en donde se va a castigar a las energías renovables y a los consumidores independientes que la producen, cuando está bien demostrado que este tipo de energías son fundamentales para escapar del consumo de combustibles fósiles. Dicho lo presente, rectifico en el hecho de haber admitido que se soprendería; no, no lo haría, de ningún modo, justo ella que analizó con interés en esta misma obra la «glorificación del trabajo» de nuestra sociedad moderna, que llevó a un primer lugar, aquello que los antiguos despreciaban. Y a las personas que hacen estas tareas, las nombra de dos modos: los homo faber, a quien define como aquel que piensa y crea, y que además busca «hacer el mundo más útil y hermoso» y el homo laborans, aquel que considera que «la vida es el más elevado de todos los bienes» y favorece el hacerla «más fácil y larga». Dentro del primer grupo, incluye a las artes. Y aunque todo esto, a simple vista, está muy bien y sirve para clasificar, de algún modo, las actividades actuales de las personas dentro de esta Época Moderna, señala el «comportamiento máquina» de las personas en esta sociedad, en la que prevalece el intercambio (compra-venta-producción) de objetos, y en donde los individuos no se muestran como son, sino como se espera que sean dentro de ese contexto comercial, dejando al margen sus propias opiniones y sentimientos que sí pueden ser expuestos en el ámbito privado. De este modo «La redención de la vida, que es sostenida por la labor, es mundanidad, sostenida por la fabricación».
Señala: «los hombres, no importa lo que hagan, son siempre seres condicionados», ya desde su nacimiento lo son, y además «los hombres crean de continuo sus propias y autoproducidas condiciones que, no obstante su origen humano y variabilidad, poseen el mismo poder condicionante que las cosas naturales».
«Mediante la acción y el discurso los hombres muestran quienes son» pero hay pocas oportunidades y ante el conformismo social, nos dice, las hazañas cada vez serán menores, aunque divide claramente lo que es la fuerza del poder y señala los imperios del terror y del totalitarismo. Y deja palabras perturbadoras como que la «bondad» no es de este mundo. «Este no ser del mundo inherente a las buenas acciones, hace del amante de la bondad una figura esencialmente religiosa y de la bondad, al igual que la sabiduría en la antigüedad, una cualidad en esencia no humana, super humana».
Por último, en «ese océano de inseguridad que es el futuro», y que ella tiene presente cuando escribe esta obra, «Cualquier cosa que sea lo que nos aporte el futuro, el proceso de alienación del mundo iniciado por la expropiación y que se caracteriza por un progreso siempre creciente de la riqueza, asumirá proporciones aún más radicales si se le permite seguir su propia e inherente ley. Porque los hombres no pueden convertirse en ciudadanos del mundo como lo son de su propio país».

jueves, 3 de enero de 2013

"CONTINENTE SALVAJE" DE KEITH LOWE



Por: Pilar Alberdi

Acabo de terminar de leer Continente salvaje del historiador Keith Lowe publicada por Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores. Fue mi autoregalo para estas fiestas. Me lo tenía prometido, y hasta había nombrado la obra por este blog hace ya un tiempo, con motivo de otra reseña.
La lectura del primer capítulo facilitada por la editorial en su página fue un incentivo en toda regla para introducirme en estas quinientas páginas.
Sin duda es esa clase de libros de historia que deberían leer todos los europeos, sin excepción, y de manera especial cada estudiante de secundaria. Se podría sumar, además, otros datos sobre lo que ocurrió en las islas del Pacífico, Japón, China que no son en principio, motivo de este estudio.
Desgraciadamente nos han dado la idea de la unidad de Europa contra los nazis y también de que todo consistía en una guerra entre estos y los aliados, pero lo que aquí vemos supera lo imaginado.
El autor ha conseguido reunir datos de lo que ocurrió en la Europa del este, menos conocidos para los europeos de occidente; nos explica la importancia de los odios étnicos y raciales, las deportaciones no sólo de judíos, gitanos, enfermos mentales o disminuidos físicos, comunistas, gays, lesbianas o disidentes políticos durante la guerra, sino de lo que aconteció en los diez años posteriores, más de lo mismo, pero en esta ocasión no sólo sobre esas minorías ,sino sobre otras como tártaros que vivían en Crimea, personas de origen alemán que vivían en Polonia y Checoslovaquia, comunistas de Grecia, sólo por poner algunos ejemplos, aunque también cabría sumar el de los hijos nacidos de violaciones, que fueron miles. Si el horror de lo vivido nos salpica, el baile de cifras resulta espeluznante, sólo de «trabajadores forzados» o más claramente «trabajadores esclavos» había ocho millones en Alemania; también los japoneses los tenían, se servían para ello de coreanos y chinos, entre otros. Práctica que no acabó con el final de la contienda, ya que siguió ejerciéndose esta violencia sobre las personas en la Europa del este. Todo esto me hizo recordar lo acontecido con los pueblos originarios de Argentina en el siglo XIX, tema que trato en la novela Las fotos del inglés, los sobrevivientes del genocidio fueron repartidos como esclavos o trabajadores forzados y las familias separadas.
Una Europa derrotada, furiosa con sus políticos, donde la moral sólo respondía a fines tácticos o de sobrevivencia, esto es lo que nos describe el libro. El relato de niños que vivían en la calle, en grupos, me trajo la imagen de lo que contaba Víctor Hugo en Los miserables, pero esto ocurría diez años después de ese mes de mayo de 1945 en que se produjo la rendición de Alemania. Estos niños temían a los adultos, a las personas que llevaban uniformes, a cualquiera.
Los 35 millones de muertos que dejó la Segunda Guerra Mundial no están representados en películas como Casablanca, aunque nos siga encantando. Ni de otras muchas, realizadas con el único fin de exaltamiento patriótico,nos faltan más películas como Cartas desde Iwo Jima, producida y dirigida en 2006 por Clint Eastwood.
Cientos de miles de violaciones, vejaciones, palizas, matanzas, despeñamientos, saqueos, crucificciones, enterramientos vivos, y deportaciones en masa ocurrieron en Europa.
Asombra que sobre ese pasado, estén levantados los cimientos actuales. Sólo pensarlo da vértigo. Reflexiono sobre las obras de autores que vivieron de cerca esta guerra y no encuentro en el recuerdo de sus textos principales, esta saña, esta violencia y desesperación y, sobre todo, ese sentimiento general de haber sido engañado. No lo veo en Esperando a Godot de Samuel Béckett, acaso sí en Madre Coraje (aunque corresponda a otra época) de Bertolt Brecht; la percibo mejor en la obra de teatro La visita de la vieja dama de Dürrenmatt, no porque se hable de la guerra, sino y es algo en lo que hace hincapie el autor de Continente salvaje, el deseo de venganza era inmenso, y cualquiera podía ser una víctima de otro en cualquier momento, para luego acabar convirtiéndose en verdugo. Acaso recibo mejor ese sinsentido, la mentira, el servilismo y, a la vez, la valentía de algunas personas en los textos de escritores rusos como Alexander Solyenitzin.
El ensayo muestra la complicidad, el autoritarismo en toda la escala social, la irresponsabilidad colectiva diluida, la deshumanización del otro a unos límites difíciles de imaginar, la huida de los judíos sobrevivientes a Palestina, la imposibilidad de juzgar a todos los «colaboracionistas», no sólo por su alto número, sino por la necesidad de pasar página y avanzar hacia el futuro después de realizar algunos juicios ejemplares como el de Núremberg.
No tengan dudas. Este libro les dejará pensando. Hace 68 años que acabó esa guerra. Y muchas cosas han pasado desde entonces como la desaparición de la URSS. Para los entendidos en temas de la Segunda Guerra Mundial, quizá, sólo sea un libro más que podrán sumar a los que ya conocen, pero para los neófitos, es un buen punto de partida, en donde no se idealiza a nada ni a nadie.



Sinopsis del editor

"La Segunda Guerra Mundial dejó a Europa sumida en el caos. Paisajes y cultivos destruidos, ciudades completamente arrasadas y más de 35 millones de muertos. En la mayor parte del continente, las instituciones como la policía, los medios de comunicación, el transporte, los gobiernos locales y nacionales, habían dejado de existir. Los índices de criminalidad aumentaron, las economías colapsaron y los ciudadanos europeos estaban al límite de la extenuación.
En este apasionante estudio de los años posteriores a la guerra, Keith Lowe describe un continente todavía sacudido por la violencia, donde una gran parte de la población no había aceptado aún que la guerra hubiera terminado. El libro subraya la ausencia de moralidad y la insaciable sed de venganza consecuencia del conflicto. Describe los choques étnicos y los enfrentamientos civiles que azotaron las vidas de la gente común desde el mar Báltico al Mediterráneo y el establecimiento de un nuevo orden que finalmente trajo una difícil estabilidad a un continente devastado.
Casi todo lo referente a la Segunda Guerra Mundial ha sido estudiado y difundido. Sin embargo, muy poco es lo que se conoce de los cinco años posteriores a la guerra en los que murieron también millones de europeos y decenas de millones sufrieron los horrores de la posguerra. Basado en documentos originales, entrevistas y estudios académicos en ocho lenguas diferentes, Continente salvaje cambia radicalmente la visión que hasta hoy se tenía de la Segunda Guerra Mundial y ayuda a entender la Europa de nuestros días, heredera de aquellos conflictos".

Accede a un fragmento en la página de la editorial.

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