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martes, 16 de junio de 2015

RIQUEZA Y OPINIÓN



Por: Pilar Alberdi


La propiedad y la opinión, es lo que mueve el mundo. Pensaba en todo esto después de leer a David Hume (1711-1776), «el buen David» como le llamaban, que escribió demasiado joven su obra más importante (Tratado de la naturaleza humana); él, que nació cien años antes que el socialismo o el comunismo, dijo en el siglo XVIII, que la «propiedad» unida a la «opinión» es la que gobierna el mundo. Y que cuanto más grande sea esta propiedad [entendida como riqueza] y en menos manos esté más poder. Esa cuestión que plantea en uno de sus Ensayos Políticos respondía a la pregunta de si la monarquía inglesa sobreviviría a cualquier cambio que pudiesen llevar adelante los miembros de la Cámara de los Comunes (terratenientes), y su respuesta fue que dado que la familia real era la más rica del reino, la propiedad de los miembros de la Cámara de los Comunes, aunque fuese grande permanecería separada. No se equivocaba. Nada ocurrió, y como saben, hoy, la monarquía inglesa representa a la familia más rica de Inglaterra.

Los que ven fantasmas, sólo ven uno: el comunismo. ¡Oh, qué poco han leído muchos de los que asisten a esas seudotertulias políticas! Casi todas las utopías, la de Tomás Moro, la primera que llevó ese nombre, la de Francis Bacon, la de Campanella, recogen esa idea de propiedad en común y trabajo compartido. También están los textos de los socialistas utópicos (Rousseau, Mably, Meslier, Morelly, Babeuf, etc). Y, por supuesto, todas las relaciones de las comunidades tribales.
Pero sírvanos el ejemplo de David Hume sobre la propiedad en pocas manos y la riqueza como la opinión que mueve el mundo, para pensar cómo los pequeños comerciantes van desapareciendo frente a las grandes superficies comerciales, y cómo las compañías medianas ceden ante las multinacionales, y cómo los robots van sustituyendo a la personas, y de qué modo los capitales que antes hacían rica a una Nación, ceden su puesto y también el poder del Estado a grandes flujos económicos y financieros que ajenos a cualquier idea de bien común, sólo buscan el lucro a nivel internacional, mientras no se respeta el medio ambiente, se proponen objetivos que luego no se cumplen o no son obligatorios para la mayoría de los gobiernos, y la tecnología, con sus tecnócatras de turno, quieren obligarnos a pensar que las personas que no tienen trabajo, sobran. Pensemos que sólo unas pocas grandes multinacionales dominan el sector de la distribución y venta de alimentos a nivel mundial, ¿nos damos cuenta lo que esto significa? Pensemos en esos focos de conflicto que se intentan levantar en las costas de China, hoy ya primera potencia mundial. Recapacitemos sobre estos bloques económicos que reúnen conjuntos de Estados, al más puro estilo «1984», la obra de George Orwell. ¿Tenemos de qué asustarnos?
En suma: Marx, sólo ha dicho lo que ha dicho, pero otros muchos lo dijeron antes que él, por ejemplo, el francés Pierre Joseph Proudhon quien escribió, y esto lo recogió Marx en sus Manuscritos, que «Si consideramos, como los economistas, al trabajador cual una máquina viviente, el salario que recibe vendrá a representar el gasto necesario para la conservación y reparación de la máquina». Por aquellas fechas, Gran Bretaña iniciaba su primera reforma sobre el trabajo infantil, corría el año 1830, y estas fueron algunas de aquellas disposiciones: que los niños menores de 9 años no trabajasen y que los mayores de 9 cumpliesen jornadas de 8 horas, no de hasta 16 horas como era habitual. Sumemos más datos: en 1848 se produce la llamada Primavera de los pueblos, y los intentos de la Restauración para imponer nuevamente las monarquías absolutas, fracasan. En ese año, Marx publica su Manifiesto. Entre sus afirmaciones, que la burguesía se acabará destruyendo a sí misma al quedar el capital cada vez en menos manos. Si alguien tiene dudas, por favor, que mire el panorama internacional. Quizá, si algo tuviera yo que reprocharle a Marx, sería su gran optimismo sobre los individuos y los motivos que los impulsarían a actuar bien. Hoy mismo he escuchado a unas personas comentar que estaban en un partido político «emergente» porque son «distintas». No hay distintos. Buenos y malos, eso somos. Mejores o peores, también. Es decir, se le puede reprochar a Marx, yo se lo reprocho, esa idea de que al final, todos serían iguales y nadie estaría sobre nadie, pero ya lo señaló muy bien Hobbes: el hombre es deseo y lo que más desea es poder. Por tanto, siempre surgirá la «dialéctica del amo y el esclavo» que definió Hegel. Para ejemplo, ahí está esa «subasta» de inmigrantes, lo han conseguido, han llegado a Europa, ahora hay que repartirlos, pero la voluntad es escasa. Y luego, toda esa cantidad de desplazados por las guerras y los intereses del petróleo, personas, familias y niños con una vida cortada, lastimada, esos miles y miles de sirios que intentan pasar a Turquía, y esos grupos terroristas que nadie sabe muy bien quién los financia, y si no se sabe es porque no se quiere que se sepa, igual que se esconde el oscuro comercio de armas.
Pero no nos imaginemos mejores, ni perfectos, y menos aun cuando el horizonte se llena de preguntas. ¿Se impondrá este neoliberalismo conservador de Tratados que se negocian en secreto, a espaldas de los ciudadanos (TTIP, y ahora el nuevo TISA como acaba de desvelar la WikiLeaks)? ¿Continuarán creándose bloques económicos? Es evidente que sí, algunos de los últimos en África, que se suman a los ya existentes en otros continentes. ¿Prevalecerá esta especie de imposición de Estado Mínimo que impulsa las privatizaciones y deja al azar la estabilidad de los ciudadanos y en riesgo sus derechos fundamentales? Y, mientras esto ocurre, ¿seguiremos calificando al resto del mundo desde nuestro europeísmo etnocentrista, desde esta filial norteamericana en que se ha convertido Europa? ¿Seguirá mandando Alemania sobre el resto de los Estados europeos? ¿Qué clase de «gobernanza mundial» es esta, la de los organismos fácticos y financieros que dirigen el mundo? No es la primera vez que existe este tipo de mundialización: a principios del siglo XX los Estados más importantes de Europa se habían repartido el mundo en colonias de distinto tipo, necesitaban comercializar sus excedentes, y, además, se justificaban pensando que su cultura era superior a la de otros, y, luego, cuando ya no convino, cuando la Segunda Guerra Mundial acabó, se descolonizó el mundo en tan solo veinte años.
Quizá, en este punto, sería interesante volver nuevamente sobre las ideas de Hume y rescatar otro de sus importantes debates. Su reflexión sobre los «entusiastas», a los que también llamaba «presuntuosos» y los «supersticiosos» en la política, a los primeros los consideraba abiertos a las nuevas ideas y a los segundos temerosos de cualquier cambio. De este modo, señala que «la superstición es enemiga de la libertad civil y el entusiasmo, su aliado». Traía el ejemplo desde el ámbito de la religión, citando el caso de la Reforma, y lo aplicaba a la política de su tiempo. De su tiempo decimos, pero en el fondo toda política, de derechos por los que hay que luchar, pertenece al presente de los pueblos. «Entusiastas», decía, los que encontraban razones basadas en la reflexión y la crítica para el cambio; «supersticiosos», aquellos que se conformaban con lo recibido, con palabras que fueron pasando de generación en generación, con alegorías que quizá fueron las correctas para una época, con sombras que se proyectaban desde la tradición. Y esto, en un tiempo como fue el de la Reforma, en el que el 75% de la población era campesina, el único estamento que pagaba impuestos, y para colmo analfabeta; por tanto, las personas no podían acceder a una lectura libre de la Biblia, por un lado, porque no les estaba permitido, y por otro, porque estaba escrita en latín, lengua que desconocían. Los «entusiastas» reformadores imprimieron la Biblia en lenguas nacionales, mientras la Iglesia Católica siguió manteniendo las misas en latín hasta mediados del siglo XX. Sin duda, la Reforma cambió el panorama europeo, y como Weber dijo en Economía y Sociedad, también marcó el rumbo que seguiría el capitalismo.
En resumen: ningún hecho ocurre sin necesidad, y, a veces, uno solo, en un tiempo determinado, representa lo fundamental. Ya se llame Lutero y clave Las 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittemberg en 1517, se caiga el Muro de Berlín en 1989, o se llenen las plazas de España a partir del 15 de mayo de 2011. Y en medio de todo esto, las ideas, sí, pero también la riqueza y la pobreza, en pugna siempre, y la opinión, la establecida y normalizada por la costumbre, pero también la que busca hacerse oír.
Tomemos en cuenta los siguientes datos: los integrantes del Club Bilderberg, entre los que están algunos de los más ricos y poderosos, un año más sustraerán al debate público sus conversaciones. ¿Cómo llamaríamos a eso? Nos explican en las noticias que los inversores de bonos españoles, hasta que lleguen las elecciones generales de noviembre, buscarán refugio en los bonos alemanes, aunque les ofrezcan menor rendimiento. En 2012 y en 2013 el FMI ofreció disculpas por las medidas de austeridad aplicadas en Europa. Sin embargo, en 2015 continúan pidiendo más de lo mismo y en 2014 hasta se atrevieron a solicitar una quita del 10% de la riqueza privada, para reducir la deuda pública. Es evidente que, cada vez que el FMI o la troika hablan están indicando el camino que deben seguir o no los fondos de inversión. También pidió el FMI en su día, disculpas por las políticas aplicadas en latinoamérica a partir de los años 70 del s. XX. ¿Qué son esas disculpas frente a deudas impagables y sufrimiento por la desindustrialización y el paro, esto sin contar las dictaduras que sirvieron de apoyo a aquellas políticas? Leo que el Partido Transhumanista Mundial que aboga por la longevidad y los futuros ciborgs en los que los humanos acabarán convertidos, busca gente que quiera adherirse y aportar dinero a su proyecto, aclarando que los primeros que se beneficiarán serán los ricos, es decir, los que puedan pagar esos servicios. Mientras tanto, sueldos miserables, que no alcanzan para vivir, alertan de un neoesclavismo salvaje, muy propio de la Primera Revolución Industrial, cuando ya estamos en la Tercera.
Que este es el mundo en que vivimos, no hay duda, pero que urge cambiarlo, también. La propiedad y la opinión mueven el mundo. Se endeudan los Estados, nos endeudamos las personas, se trafica a nivel político con corruptelas de la más variada calaña, se desprecian derechos fundamentales, y hay toda una larga serie de medios de comunicación al servicio de esa opinión, la opinión que hace cada día más ricos a unos en detrimento de la mayoría. Decía Condorcet: «Los amigos de la verdad son quienes la buscan, y no quienes se vanaglorian de haberla encontrado». Distingamos, pues, entre las verdades que nos quieren vender y las mentiras.


Nueva Tribuna
16-06-2015

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.