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jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.

jueves, 7 de febrero de 2019

EL EFECTO MATEO


Pilar Alberdi

¿Es la mitad de la población sadomasoquista? Así lo pensaba Erich Fromm en su Anatomía de la destructividad humana. El sadomasoquista, al mismo tiempo que es capaz de doblegarse de modo abyecto ante la autoridad, se impone despóticamente sobre sus inferiores en cuanto tiene ocasión. Una sociedad en cuyos platos de la balanza podemos observar esta condición existencial se vuelve peligrosa, según la época, y aún más cuando una gran masa de la población se torna necrófila. Hitler fue un necrófilo. Es decir, un necrófilo, en casos como el suyo, es aquel que no se contenta con ver sufrir a otro bajo su sometimiento, sino que aspira a su aniquilamiento. En suma, una sociedad que necesita dominar a otros es la que ha dado éxitos a obras recientes como 50 sombras de Grey. Pero, tal vez, debamos partir para analizar estos hechos, no solo de lo exterior, sino mirando hacia nuestro interior, doblemente oculto por la máscara cultural y la personal.
Por este motivo, voy comenzar este acercamiento al autoritarismo y la agresividad con autores cristianos, una es Madeleine Delbrél (1904-1944), y otro, Herman Broch (1886-1951), escritor de origen judío convertido al catolicismo en su madurez, para continuar con otro de origen sefardí, pero no católico, Elías Canetti, porque me parece que en sus palabras se encuentra una noción de humanismo que, cuanto menos, es garante de la conciencia de la existencia del Otro, y del enorme temor que tienen los que dominan, a la muerte, esa que no quieren para sí, pero que otorgan con desmesurada ira a los demás.
Lo primero que señalan algunos de estos autores, por ejemplo Herman Broch, es que el Estado tiene su ideología. Dentro de esa ideología que hace posible al Estado, y que no fue otra cosa en sus comienzos que la suplantación de las creencias religiosas por un Estado confesional, capaz como en el pasado lo hicieron las religiones, de inaugurar un doloroso camino de guerras y enfrentamientos para el despliegue de su colosal obra. El Estado como ideal suponía una mejora de la vida en la tierra, pero sabemos que no solo eso, también sería raíz generadora de males como el colonialismo, con su carga xenófoba y racista, y base sustancial para el surgimiento —entre otras— de las dos guerras mundiales.
La escritora Madeleine Delbrél, por su parte, nos recuerda que «esos últimos» [citados en el Evangelio], para los que existe la promesa de convertirse en los primeros, no son unos «“últimos” imaginarios, ni siquiera unos últimos a nuestro estilo». No. Sencillamente, «Son los últimos que los hombres toman por últimos sin preguntarles su opinión; personas que deben pedir todo a los demás, porque no tienen nada, que les permita tener algo». Son, en definitiva, unas personas que reciben de los demás, no aquello que más necesitan, sino la condición de «últimos», con las terribles consecuencias que esto pueda suponer.
Hegel asumió el juego de la razón utilitarista de la Historia como la lucha de los pueblos o de las culturas o, mejor cabría decir de los juegos de poder, por eso sitúa a «los últimos» (personas o conglomerado de personas reunidas en pueblos, naciones o Estados) como aquellos que pareciendo, por la fuerza de otros más poderosos, más débiles e inferiores, son rechazados, deportados, vencidos, sometidos, aniquilados; simples descartes humanos para la burguesa «trinidad hegeliana» constituida por la Razón, Dios y el Estado.
Si para Husserl, el papel del filósofo debía ser el de convertirse en «el defensor de la humanidad»; algo imposible desde los planteamientos de Hegel que está del lado de los triunfadores, es decir, de una mínima parte de la humanidad; para Herman Broch, «La filosofía ha perdido el principio del conocimiento que se ha hundido muy hondo» (La muerte de Virgilio) desde que surgió en el pasado. También para Broch, un escritor verdadero debería estar por entero, enfrentado a su época, porque la luz que nos ilumina, social, política, etc., no es más que un fuego fatuo, mientras nos conducimos a la muerte. Frente a este «valor cero» o falso valor de la muerte, aquí Broch demuestra el interés que sintió en su madurez por la lógica matemática, el verdadero valor, tiene que estar en la vida. No puede haber conciliación con la muerte, y no puede darse a otros impunemente. De hecho, la mirada crítica hacia la muerte es razón suficiente para potenciar la vida, pero cómo o en qué sentido, ahí radica la importancia del tema.
Quizá, a algún lector pueda parecerle extraño que Broch se convirtiera al catolicismo, del mismo modo que en su día también lo hicieron Oscar Wilde y Gilbert Chesterton, mientras otros manifestaron un acercamiento consecuente como fue el caso de Henri Bergson, quien finalmente optó por mantenerse dentro de la religión judía por no parecer traidor al destino de los suyos.
Algunos de los escritores que he citado vivieron y padecieron las dos últimas guerras, por eso pueden presentar estos temas de manera aguda. El horror no es algo que haya quedado al margen de sus vidas. Y la peste que asoló el siglo XX, tenía claramente la forma del fascismo.
Elías Canetti nos recuerda en el largo ensayo La conciencia de las palabras que el deseo innato que mueve al hombre a seguir adelante en la vida es el de la «supervivencia». De ahí, que no debería extrañarnos que la paz solo encubre otras guerras, especialmente económicas, de dominio comercial, que son en general, espacios de preparación para las que vendrán.
Como el poder y la supervivencia están imbricados, a más poder, mayor deseo de supervivencia, y también mayor negación de aquello que aparece como débil, pero cuya presencia resulta por alguna razón, amenazante. Ninguna de estas prácticas sería posible masivamente sin un discurso que las estimule.
El deseo que hoy recorre Europa con la aparición en varios países de grupos y partidos neofascistas manifestándose abiertamente a favor de la expulsión de inmigrantes, aclaremos, de inmigrantes pobres, de Oriente Medio o África y de religión musulmana, solo habla, y esto es lo trágico, del deseo de supervivencia del hombre común europeo frente a la crisis económica y política ―propia de la globalización y del cambio climático―, del que sin duda es parte responsable, y que ha afectado a su modo de vida; pero muy especialmente por otra pérdida: la de valores que incluyen el reconocimiento de la dignidad humana, sin cuya base es imposible nuestra humanidad común o aquello que consideramos garante de la misma. Afirma Canetti: para el que tiene poder «el placer que le causa sobrevivir va aumentado con su poder» y esto le permite ceder a sus deseos de doblegar e imponerse al Otro. El último y verdadero deseo que subyace en esta supervivencia es el de sobrevivir a grandes masas de personas. ¿Recuerdan al personaje de Ismael en Moby Dick? Igual que Job, sólo él escapó para contarlo. ¿No creen que en el fondo del pensamiento de todos subyace esa idea? ¿En qué piensan los ricos que se construyen bunkers? ¿De qué hablan aquellos científicos que explican que la salvación de la humanidad depende de los viajes al espacio? Al margen de todas las connotaciones religiosas que muestra la obra de Melville, explicada por el propio autor en su correspondencia, en donde la ballena blanca es la representación de Dios y el capitán Ahab del demonio (hombre), me pregunto: ¿el obrero europeo que se suma a las ideas de expulsión de inmigrantes más pobres que él, qué siente? ¿No será, acaso, poder? ¿Tal vez encubre en su ocultamiento psicológico, la idea de su propia salvación a partir del apartamiento o la destrucción del Otro? ¿Hasta dónde puede ser posible este desconocimiento si advertimos sus consecuencias?
Desgraciadamente, en esta vida se impone a diario lo que se ha dado en llamar «el efecto Mateo», concepto utilizado por primera vez por el sociólogo Robert K. Merton y que remite al Evangelio de Mateo: «Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará». Algo que se repite de muchos modos en la vida. Y solo pondré un par de ejemplos: si tienes dinero los bancos te darán más dinero; o el del propio Merton, si eres un científico muy citado en artículos, lo serás más.
Este es el horror y nosotros debemos conocerlo, debemos saber que existe dentro nuestro, que el poder no es algo que está en otra parte, sino que somos parte de él; «circula en cadena» según la acertada definición de Foucault, y que la tentación de ser más que el Otro, de sentirnos más seguros, nos determina, y que domesticar estos impulsos es propio de gente que reflexiona. «No nos engañemos, nunca seremos buenos» decía Herman Broch. No, ser bueno es casi un imposible, porque ser bueno es ser manso y tener en consideración a los demás; ser bueno es casi imposible por nuestra propia constitución y por la moral utilitarista que rige la época. Y considerar que por ser ciudadanos de un Estado esto nos permite negar al Otro, ocultando la humanidad que nos reúne, no deja de ser una absurda idolatría.



Artículo publicado en El Cuaderno, febrero 2019.

sábado, 30 de enero de 2016

ARTHUR SCHOPENHAUER: EL ARTE DE SOBREVIVIR




Por: Pilar Alberdi


Plantea Arthur Schopenhauer (1788-1860)en esta obra una reflexión sobre importantes temas. El autor, que recoge en buena medida el pensamiento de Platón (dualidad de un mundo terrenal y otro espiritual superior), también recoge el de la voluntad, ya manifiesta en Spinoza e incluso en autores anteriores como Scoto. Una voluntad que es la de la vida, la de la naturaleza, la del Universo en que nos encontramos, y que se impone al mundo tal y como lo conocemos.
Para empezar trata el tema de las diferentes maneras en que se siente el tiempo en la infancia, la juventud y la vejez. Compara la primera mitad de la vida con una tela bordada, y el resto con su revés, es decir, con la forma en que fue realizada. No estoy segura de que todas las personas puedan valorar esta comparación, pero alguien que ha bordado, entenderá perfectamente. Casi asombra que se le haya ocurrido a un hombre, tal que siempre la tarea de bordar ha sido, en general, realizada por las mujeres. También compara la primera mitad de la vida con la elaboración de un texto, una narrativa propia, y el resto con su comentario.
Como en la vida todo es cambio y movimiento, aquello que en esencia Aristóteles llamó acto y potencia, es decir, la forma tendiendo a su «telos» (el fin para el que existe), la persona da respuesta a una enorme cantidad de «tareas que debe resolver» para asegurar su propia sobrevivencia. En este sentido, la realidad cotidiana, es la que nos marca el día a día, es decir, aquello sobre lo que tenemos un conocimiento directo. En ese estado permanente de actividad, en que una ocupación llama a otra, la importancia de estas tareas y estos intereses u obligaciones, también cambia con el transcurso del tiempo. Dice Schopenhauer: «Cuánto más tiempo vivimos son menos los asuntos que nos parecen importantes». La edad relativiza las urgencias y confirma ciertos hechos: «hay cantidad de gente con la que es imposible entenderse a partir de los 40». ¿El motivo? No uno, muchos, la experiencia, la prudencia que da el haber vivido. El filósofo cita varias veces la frase del Eclesiástes «Vanidad de vanidades y todo es vanidad». Pero, ¿es eso? Schopenhauer vive en Francfurt, en un ambiente protestante, y ya sabemos que los protestantes entienden que el hombre es malo por naturaleza y que más que por la fe y las obras será salvado si Dios lo elige. El autor, como comentaré después, lleva tiempo con la mirada puesta en Oriente, en su forma de entender la vida, pero el ambiente en el que vive le afecta. Si todo es vanidad de vanidades: ¿cómo encontrar el sentido en la vida? La escolástica no había encontrado paz con este tema, la imperfección estaba en el hombre. Y, además, para un centroeuropeo tener éxito en los negocios, se había convertido en una especie de ser un elegido por Dios, un nominado, y es lo que denunciará más adelante Max Weber, en su ensayo La ética protestante y el capitalismo, realidad económica-política en la que aún hoy vivimos, y que pretende explicar las vidas por su valor en el mercado: dónde trabajas, qué puesto ocupas, cuánto ganas.
Pero, volvamos al tiempo del filósofo. Explica con tono melancólico: «Las horas del muchacho duran más que los días del anciano». ¿No hay ahí como un tintinear de monedas en la hucha del tiempo? ¿Las de esas horas intensas y maravillosas atrapadas en unos pocos años? En el recuerdo es como un tesoro que reluce con luz propia y, ¡qué lástima!, los jóvenes rara vez saben lo que poseen, porque para ellos, la vida, está más adelante, en sus proyectos, en lo que el futuro hará de ellos. Solo más tarde, recuperarán aquellos instantes con la tibia sensación de haberlos perdido para siempre.
Schopenhauer, que tiene como referentes contemporáneos a Hegel (a quien detesta) y a Kant, del que toma parte de su teoría crítica, en parte para oponerse y en parte para hacerla suya, seguramente habrá leído de este, las cuatro preguntas antropológicas: «¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?» Y esas preguntas, siempre, exigen algún tipo de respuesta.
Schopenhauer, es un anciano vital y, sin embargo, comprende: la vejez es la hora en la que todas las máscaras caen. En este sentido bien se le podría considerar uno de los anticipadores de los llamados «filósofos de la sospecha» (Nietzsche, Freud, Foucault), los que arrancan las máscaras, los que desvelan lo oculto, aunque si es así, también deberíamos incluir a otros como Aristarco de Samos, Copérnico, Galileo y Kepler con su heliocentrismo o a Darwin con su Selección de las especies, o a Linneo que no dudó en ser el primero en situarnos en el taxón de los primates, aunque por entonces no se hablase de los homínidos. Y a tantos, y tantos más. Casi puede oírse el ruido: todas las máscaras caen. Los “yoes” caen. Ya no hay forma de engalanar la vida, de hacerla atractiva: «uno ha acabado reconociendo la nadería y vacuidad de todas las maravillas del mundo, en especial del lujo, la pompa y la aparente grandeza». Y lo dice un hombre que vivió sencillamente, intentando cuidar la herencia recibida para poder dedicarse al estudio. Sus mayores lujos, así cuentan quienes le conocieron, consistían en una comida diaria en un mesón, alguna salida al teatro o la ópera, la adquisición de libros, y una o dos caminatas al día para mantener la salud.
Quién fuimos, quién queríamos ser, quién hemos sido. Y, sin embargo, como dirá Kant, pese a todo, el hombre aspira a trascender la experiencia. Y ahí, está el sentido, lo trascendental buscado con vehemencia, nos obliga a recapacitar sobre la ética.
Schopenhauer critica el egoísmo, al que considera la mayor iniquidad: «El egoísmo es colosal: domina al mundo», dirá. ¿Quién podría rebatirle?
Sorprendente para su época, lo insinuamos antes, el filósofo tiene amplios conocimientos sobre el Corán, los Upanishad (Vedas), así como sobre el brahmanismo, sintoísmo, zen y budismo. Es un hombre que ha leído mucho. Las citas de otros autores en sus obras son un permanente reconocimiento a aquéllos. Otro escritor alemán que, un siglo más tarde, se acercará al pensamiento oriental fue Herman Hesse. Recordemos su Siddharta. Desde ese punto de vista, el del budismo, la vida se convierte en un karma, una especie de pago de los errores cometidos en otra anterior. El respeto a los demás y a los animales y a la naturaleza es fundamental. Schopenhauer como otros escritores fue un gran defensor de los animales. Sin duda, la serenidad de estos postulados se contrapone a los cabellos blancos y alados del filósofo, o a esos ojos avizores con los que parece desnudar el mundo. Tanta energía y, a la vez, una búsqueda tan intensa de la serenidad.
Como filósofo le preocupa la enorme tarea del ser humano por adquirir conocimiento, tantas horas, tanto esfuerzo. Y, sin embargo, pese a esa ingente labor: «Cada treinta años llega una generación nueva que no sabe nada y tiene que empezar desde el comienzo». Es verdad que el legado pasa de unos a otros, y que el mundo avanza, pero, ¿hacia dónde? En los años treinta del s. XX, otros filósofos alemanes (Adorno, Horkheimer, Marcusse…), que también vivieron en Frankfurt, como en su día Schopenhauer, señalaron en su Teoría Crítica y en Dialéctica de la Ilustración cómo el Progreso había suplantado al «mito», y la tecnología se estaba convirtiendo en un peligro para el ser humano. Además, sabían de lo que hablaban porque tenían al nazismo delante de sus ojos. ¿De qué servía el progreso si era capaz de destruir a la humanidad?
No en vano, la pregunta más grave de Schopenhauer sería: ¿Cuál es el más grave mal que aflige al hombre? Y sobre esto no tiene dudas: el hombre mismo, que es capaz de tratar al otro de manera injusta. Pero también la vida tal como se presenta es dolor. Por si hiciera falta algún ejemplo, cita el caso de los niños de 5 años condenados a trabajar en los talleres textiles, en jornadas de doce y catorce horas diarias, «haciendo la misma y monótona tarea» todos los días.
No es este un libro alegre. No lo pretende: «la vida es sufrimiento», esa es la afirmación principal. Y teniendo conocimiento de esto, se pregunta qué ética hay que tener al respecto. ¿Cómo hacerle frente? Evidentemente, su juicio es crítico. ¿Nos sometemos a la Voluntad del mundo, o intentamos superar esa voluntad, oponiéndonos a la injusticia, intentando cambiarlo?
El texto que nos ocupa es una obra de madurez, concisa y clara. Schopenhauer mira la vida, así lo entiendo, desde la cumbre de una montaña de años que le han dado experiencia, y no le gusta lo que ve; aunque la suya haya tenido un buen pasar no estuvo ajena a problemas familiares y a fracasos académicos, como la de cualquier otro. Sabe que la vida es «muerte pospuesta», y que solo los sabios portan esa carga diariamente, mientras los necios la ignoran o pretenden ignorarla hasta su último momento, lo que tal vez les permita hacer peor las cosas o escapar a los dilemas éticos. Pero también intuye que la meta final es la gran oportunidad de dejar de ser ese «yo» impuesto, ese yo, cuya vida pudo ser de derrota, exclusión, dolor físico y psicológico, de inhumanidad sufrida y causada por otros. Aunque tampoco duda de que el que hace sufrir y el que sufre son a la larga parte del mismo dolor. El libro IV de su obra El mundo como voluntad y representación, precisamente es el que está dedicado a la voluntad, (los tres anteriores pertenecen a la representación).En la obra explica de qué modo el sujeto cognoscente y el objeto-mundo son necesarios para la realidad que conocemos, la cual, sin las personas que participan, no existiría, al menos no en el sentido que nosotros podemos darle hoy, y como dijo Diderot: ¿quién hablaría del mundo?
Justo allí, en ese último horizonte donde las preguntas se acaban o comienzan, Gadamer decía que uno avanza con su propio horizonte de comprensión, y ya Dilthey y Heidegger habían expresado, que el ser es devenir y comprensión. Al final, estará el límite como en un espejo, falta saber que nos reflejará: ¿una vida con sentido? Pero, ¿el más malvado de los personajes no ha puesto también un sentido en lo que ha hecho? ¿Sentido y ética están en relación? Acaso como decía Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas». ¿No precisa la filosofía de esa parte de los sofistas que entendían la verdad como algo relativo? ¿Podemos fijar la verdad? ¿Nos quedamos dentro de los márgenes de un relativismo que nos desespera?
Ante preguntas de este tipo, es lógico que nos asalte la perplejidad. Porque a aquellas sigue otra: ¿todos tenemos conciencia? ¿Y, de qué clase es esta? Porque si tuviéramos que hacer caso a Sócrates (470-399 a. C.), el buen actuar, la virtud, tiene que ver con tener conocimiento. Y se supone que a mayor conocimiento, mayor virtud y verdad. Pero Sócrates que también era humano, duda. Y lo muestra Platón en su obra Parménides, allí relata como convencido Sócrates de que pueda haber ideas inmanentes como las de Belleza, Bondad, Virtud, no ha pensado como le insinúa Parménides que también debería haber otras como las que afectarían al pelo, la basura, «y todo cuanto hay de indecente o innoble, ¿y no encuentras la misma dificultad? ¿Ha lugar o no a reconocer para cada una, una idea distinta, que existe independientemente de los objetos, con los cuales está en contacto?»
Sócrates, contesta: «Nada de eso, con relación a estos objetos, nada existe, más que lo que vemos. Temería incurrir en un gran absurdo, si les atribuyese también ideas. Sin embargo, mi espíritu se ve perturbado algunas veces por este pensamiento; que lo que es verdadero respecto a ciertas cosas, podrían muy bien serlo de todas. Pero cuando tropiezo con esta cuestión, me apresuro a huir de ella por miedo a caer y perecer en un abismo de indagaciones frívolas».
Poco han cambiado las cosas. Nosotros también tendemos a huir de aquello que nos horroriza.
Y ¿qué le contesta, Parménides? Que es joven, que ya entenderá, que lo múltiple cabe en lo Uno, y que así como hay ideas de lo bello, lo honesto y lo justo, están las otras; esas otras, que tanto nos preocupan.


Citas y referencias:
Schopenhauer: El arte de sobrevivir. Ed. Herder, Madrid, 2013
Sócrates fue obligado por la Asamblea a suicidarse. Se puede leer Apología de Sócratesde Platón.
Parménides. Platón. Obras completas, tomo IV.Edición, traducción y notas de Patricio de Azcárate. Madrid, 1871.

sábado, 28 de noviembre de 2015

SOBRE LA LECTURA Y LOS LIBROS: ARTHUR SCHOPENHAUER


Reseña: Pilar Alberdi


«Es preciso comenzar por decir que Arthur Schopenhauer es el mayor crítico moderno de la lectura, el más importante pensador que ha aplicado su reflexión extensamente y con relieve a ese asunto» expresa Pedro Aullón de Haro (Universidad de Alicante) en la introducción de Sobre la lectura y los libros. Indicando que como ese conocimiento, en general, no consta, ha decidido «dedicar un pequeño esfuerzo a explicar el problema concreto», especialmente, en un momento en que «los campos que llamaremos en general de las ciencias del lenguaje y de la historia de la cultura, exigen al menos una revisión de ciertos aspectos histórico-filosóficos y una puesta a punto más comprehensiva y estable por parte de la investigación filológica o regida por esta», consciente de que la cuestión de la lectura « ha devenido en un problema de primera magnitud escolar y cultural y aun en lo que tiene que ver con el propio estar del ser humano en el mundo», lo que nos remite a pensar en el mundo como representación y en el conocimiento como construcción. Creer que la realidad es idéntica para todos sería el primer error.
Aullón distingue entre dos tipos de lectura, una a la que llama seria y otra más superficial. La lectura, íntima y en soledad, se ha separado de la oralidad, lo que resulta paradójico en la medida en que esta oralidad está, en otros ámbitos de la investigación, siendo materia de estudio. Por otra parte, la lectura no es solo la lectura de una determinada obra, sino el interés por el conjunto de la obra de una escritora o escritor, y por este en sí. El lector quiere saber ¿por qué dice lo que dice?, ¿para quién?, ¿sobre qué aspectos?, ¿en qué medida tienen relación con el lector y con el mundo como conocimiento?
Pese a todas las críticas recibidas, especialmente la de Hegel, la obra de Schopenhauer ha superado el paso del tiempo, y se mantiene actual, quizá porque reúne, y esto es una apreciación personal, todos los pensamientos más intensos de la persona, en su aspecto formal con relación a la cultura y a otras cuestiones del vivir.
Señala Pedro Aullón de Haro que el pensamiento de Schopenhauer es un pensamiento crítico, importa menos si podemos estar de acuerdo con él, porque en la medida en que ha desaparecido de los estudios de Retórica, lo que antes se denominaba el Arte de la Lectura, su legado es importante. Podemos encontrarlo en obras como Educación, Parerga y paralipómena, Sobre juicio, crítica, aplauso y fama, El oficio de escritor, La erudición y los eruditos.
Siempre que hablamos de una praxis hermenéutica, indicamos el acto, la voluntad de «interpretar», de abrir un «diálogo» con otros autores, y esto es lo que ha hecho Schopenhauer, con criterio propio sobre clásicos y también orientalistas; fue en toda regla un «intérprete de la vida» como afirma Aullón, quien objetiva que para Schopenahuer «vida» y «mundo» pueden ser leídos. El introductor pasa a señalar después cuatro temas por los que resulta manifiesta la preocupación del filósofo alemán: una «teoría crítica de la actividad de leer», una «teoría crítica del intelectual y del mundo académico», una «teoría de la recepción literaria» y de la «historia literaria», siendo, entre todas sus obras, Sobre la lectura y los libros, un conjunto de pequeños textos de fácil lectura para cualquiera y no por eso menos críticos.
Schopenhauer, que desconfiaba de las novelas en general por no ajustarse a la realidad, fue, sin embargo, un gran admirador de Cervantes y su famosa novela Don Quijote de la Mancha. Lo que le gustaba a Schopenhauer y esto no es difícil de apreciar es la calidad literaria. Por supuesto, también critica Schopenhauer a los que escriben solo por dinero, pero no por esta razón, sino porque la consecuencia, ante el apremio de la publicación, es la creación de obras sin suficiente calidad literaria.
Sobre el acto de leer piensa que los lectores honran a los escritores de siglos anteriores. Ya que lo que sobresale en su siglo, generalmente se apaga con los mismos fuegos de artificio con que fue impulsado, «la alabanza deshonesta de lo malo», eso es lo que le duele, y el silencio ante el trabajo de mérito, porque la mala crítica, la crítica interesada, «eleva a verdad lo que es un engaño».



Palabras de la contraportada:

«Arthur Schopenhauer es el mayor crítico moderno de la lectura, el más importante pensador que ha aplicado su reflexión extensamente y con relieve a este asunto.
Su pensamiento al respecto sigue siendo de fuerte actualidad y permanencia en sus diagnósticos de transcendencia psicológica, pedagógica, historiográfica, social y ética».
(De la introducción de Pedro Aullón de Haro)


Algunos ejemplos de lo que podrás leer en Sobre la lectura y los libros

«Según Herodoto, Jerjes lloró a la vista de su innumerable ejército, pensando que de todos aquellos hombres no quedaría uno solo vivo en cien años. ¿Quién no llorará también, a la vista del espeso catálogo de la feria de Leipzig, pensando que de todos esos libros, tal vez no quedará uno solo vivo en diez años?»
«Nunca se leerá demasiado poco lo malo, ni con exceso lo bueno».
«Se escriben libros sobre tal o cual gran genio de la Antigüedad, y el público los lee, pero no lee las obras que produjo ese genio».




Accede a Sobre la lectura y los libros
en el catálogo de la editorial Sequitur

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.