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viernes, 29 de septiembre de 2023

DE EREMITAS Y SABIOS ―La caverna como símbolo―


 

Pilar Alberdi

 

Hay cavernas famosas y cavernas humildes. Cavernas conocidas y desconocidas. Cavernas con pinturas rupestres muy admiradas como las de Altamira. Hay cuevas formadas de piedras calizas como la de Nerja o las del Peñón de Gibraltar. Y hay grutas, bellísimas, especiales, donde el culto religioso, completa y refleja la dignidad de las personas.

Caverna, cueva, gruta…Estas palabras tienen en común su etimología. Provienen del latín «caverna», y este a su vez de «cavus» (hueco) del verbo «cavare» (hacer un hoyo, cavar). Y aun siendo palabras equivalentes, las sentimos y las presenciamos distintas, ya sea por sus espacios, la estrechez o amplitud de sus salas, o por sus colores interiores ante una luz artificial llevada por la mano del hombre, o por su natural construcción arquitectónica de milenios. Una persona dentro de una galería de cuevas, a fin de cuentas,  es algo minúsculo, casi imperceptible.

Hay otro tipo de cuevas, más cercanas en el tiempo, trabajadas por el hombre. Un hermoso ejemplo de esto en España son las cuevas eremíticas de Álava de los siglos VI y VII (Alta Edad Media). Junto a ellas hay pequeños cementerios con sepulcros tallados en la piedra. Allí intuimos condensados: recogimiento y oración, y, por supuesto, el Alfa y Omega del sentido de sus vidas.

Comprendemos lo que buscaban: una vida ensimismada, pero unida a la comunidad de sus pares más cercanos. «Ora et labora», una vida frugal y sencilla. Tal vez recibieran alimentos o limosnas de los vecinos más cercanos o de peregrinos.

Recordemos también a los conocidos Padres del desierto, entre ellos a san Antonio Abad (s. IV d. C.) Su espiritualidad dio lugar a focos de peregrinación y a la fundación de ermitas e iglesias.

Escribía la poeta española Carmen Conde en uno de sus poemas dedicados a la maternidad: «Una madre es la cueva de donde arranca el río» de la vida. Es bella la metáfora: río que es camino, agua que es continuación de vida y, a la vez, prerrogativa de epifanía, contenida en ese útero-cueva, protector.

Además, sabemos que la mayoría de las cavernas son el resultado del nacimiento de un río o del paso de este por su interior con variaciones en su recorrido original debido al paso de los años, y la erosión del agua de lluvia filtrándose lentamente desde la superficie.

La poeta Carmen Conde, como decíamos, escribió con denuedo sobre la maternidad de su madre y la suya, afirmando el milagro de cada nacimiento. Cueva-madre-útero, cueva-familia, cueva- pueblo- nación. Cavernas protectoras por antonomasia. Incluso el Estado cuando alcanza a cumplir con ese cometido.

Para el eremita: cueva como elección de humildad y penitencia por las faltas de los hombres; de templanza y conocimiento de sí.

Esto, que ahora escribo, es un reflejo del ser en la naturaleza de la que formamos parte, pero también de lo que anhelamos, creemos e idealizamos: protección, porque por pequeña que sea en esta vida esa ayuda, siempre la necesitamos y siempre estaremos obligados a darla. Cueva-caricia; cueva-abrazo; cueva-palabra, también.

Sirvan, pues, estas reflexiones para traer al presente las cavernas antes comentadas, y de paso una muy famosa, fuente de luminosidad filosófica como es la ya mítica caverna de Platón, citada en el libro séptimo de La República. Ella, a su modo, protectora de una «falsa realidad».

Comunica Platón a través de Sócrates, que: «Filósofo es aquel que ha ascendido hasta la contemplación de la Idea del Bien». Idea trascendente por excelencia. Entendiendo como «bien» algo superior, identificado con la Belleza y la Verdad.

Hablamos, pues, de la conocida Alegoría de la caverna. En ella, nos explica el filósofo la existencia imaginaria de un antro subterráneo, una caverna, donde algunos hombres permanecen encadenados por el cuello y las piernas desde la infancia, sin poder mover el cuerpo ni la cabeza y viendo solamente los objetos que tienen enfrente, figuras y sombras sobre una pared rocosa. Ofrece más detalles: «Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor les alumbra». Hay un camino lateral por el que pasan personas «llevando objetos de toda clase, figuras de hombre, de animales, de madera o piedra, de suerte que todo esto aparezca (reflejado) sobre el muro» ubicado frente a ellos. El resultado es que, esos hombres, en sus circunstancias, solo alcanzan a ver las sombras de lo que es. Y, aunque ellos, no lo sepan o no lo quieran saber, esa realidad es falsa.

La filósofa Hannah Arendt en su obra La vida del espíritu da por hecho que esos condenados, además, estaban impedidos a comunicarse entre ellos, quizá porque siendo presumiblemente esclavos, hablarían diferentes lenguas.

Ciertamente, la Alegoría de la Caverna de Platón no ha dejado de interesar a sus lectores durante más de dos mil años.

El tema nos sugiere varias preguntas fundamentales: ¿Vivimos en una situación similar a la de los hombres de esa caverna? ¿Somos incapaces de percibir nuestras propias limitaciones comprensivas? ¿Nos devora la pasión y nos arrastran los hechos superficialmente percibidos? ¿Nos condiciona todo lo aprendido y esto nos impide ser valientes para intentar ampliar nuestro horizonte? ¿Consideramos lo irreal como real a falta de mayores conocimientos?

En esta historia, Sócrates, no cree que esas personas aun estando encadenadas y engañadas quieran liberarse por su propio gusto, pues asume que de ningún modo sentirán ese deseo, ya que la propia ignorancia de su situación real les impide tener esa necesidad. Es más, el filósofo cree que están cómodos en esa situación. Por lo tanto, cuando piensa en la posible liberación de alguno de ellos, opina que habría que forzarle a querer liberarse. Pero si eso sucede, opina, lo que ocurrirá después de forzarle «a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz, hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá los ojos y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos», pero, si continúa avanzando, tras un espacio de tiempo, podrá ver el sol y todo aquello sobre lo que este se refleja.

A continuación, inquiere Sócrates a uno de sus contertulios, si cree que ese hombre que ha salido y ha conocido la realidad tal cual es querrá volver con sus antiguos compañeros. Pregunta: «¿Crees que envidiaría aún los honores, las alabanzas y las recompensas que allí se daban al que más pronto observaba las sombras a su paso, al que con más seguridad recordaba el orden en que marchaban?». En el fondo, esos reconocimientos de formas, esa configuración de un mundo, hacían aceptable su situación y se les premiaba por reconocer esas sombras de realidad.

Como vemos, una de las características de la situación de los encadenados es que ninguno tiene acceso a otra realidad, pero si alguno pudiera liberarse, si conociera el exterior y volviese para contarlo, ¿alguno de los que siguen allí encadenados, le creería? Evidentemente, no.

Para Leo Strauss, la caverna que describe Platón por boca de Sócrates, es aquella en la que se dan por aceptados unos valores recibidos, no cuestionados por la mayoría, es decir, por las personas que están allí. A esta caverna, le da el nombre de «Caverna Primera».

Sin embargo, para que el hombre pueda liberarse de su esclavitud, es decir, de las ideas impuestas y asumidas sin examen, de aquello que se le presenta y acepta como real, estas personas deberían poder acceder a otra realidad, otro espacio o refugio intelectual, otra caverna, en suma, donde las personas se pusieran de acuerdo sobre los valores importantes a respetar tanto para sí mismos como para los demás. Esta sería la «Segunda Caverna».

El problema para Strauss es que hasta no hace mucho nos encontrábamos (nuestra sociedad) en la Primera Caverna y ahora estamos en la Segunda Caverna, pero en esta no se cuestiona ya nada, es decir nos encontramos en una especie de limbo de pareceres. Todo se da por hecho, se acepta, y no se pone en cuestión. Lo que reina es el «todo vale», la indiferencia, el «y a mí, qué», por tanto, un acusado relativismo impuesto como ideología y como consecuencia directa, un acentuado nihilismo. De este modo, si todo es relativo, si la autoridad es impuesta por un ente no elegido ni consensuado, ¿qué valores asumiremos como verdaderos y necesarios? Para el filósofo nos encontramos frente a «la negación dogmática de la existencia misma de valores y jerarquías» por lo que sería fundamental establecer claramente cuáles de los anteriores valores seguirán en vigencia y si hay que sumar alguno nuevo. Personalmente, no dudo en afirmar que serían parte de estos valores las conocidas como virtudes griegas y, por supuesto, las cristianas, entre ellas, la teologales.

La Europa de la cristiandad esta sí que está en peligro de extinción. Quizá por ello, quien pudo verlo y apreciarlo desde la casa principal de la religión católica, el propio Papa Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), filósofo además de teólogo, alertó de que muy pronto, el cristianismo se reduciría a un pequeño grupo de personas como al comienzo de su historia. Surge la pregunta: ¿Sería este un cristianismo más auténtico, no conformado simplemente por la tradición y la cultura? Posiblemente. Y ya vemos indicios, tanto del declinar como de nuevas posturas que buscan verdaderos cristianos. (Ver Referencias al final de este artículo).

Evidentemente, la cruz del que dice la verdad, valiente por principio, perseguido, humillado, no puede estar y nunca lo estará formada por la T fordiana, cínica y tecnológicamente representada en Un mundo feliz de Aldous Huxley. Porque a la hora, además, de caer en la cruz, mejor en la de Jesús que en la de los ladrones como decía Hans Jonas. Y mucho ladrón de vida se ve actualmente en nuestra sociedad sometida actualmente a una ideología temporal que la desprecia mientras intenta nuclearse bajo un poder globalista y con intereses perversos de sumisión y falta de libertades para la mayoría. Pero mantengo la esperanza: creo que el que es fuerte está siempre preparado para la verdad; mientras que el que es débil será siempre adepto de la mentira y de los beneficios que esta le pueda reportar.

Antes de terminar me gustaría traer a este artículo la inteligente lucidez de Chesterton, recordándonos en su obra El hombre eterno, dos cavernas o cuevas que relaciona directamente con Jesús de Nazaret: la primera, la de su nacimiento, pues en tierras áridas era normal y sigue siéndolo, que estos corrales estén horadados en la tierra para servir de establo. También señala la cueva-caverna de su sepultura.

Los ascetas del pasado y también los del presente, los que buscan en el silencio la respuesta que puede inclinarnos a la comprensión más profunda, tienen mucho que decirnos.

En la página web de una Iglesia de Valencia encontré unas palabras sobre san Antonio Abad, hombre dedicado a la contemplación y la oración, allá por el siglo IV. Datos probablemente tomados de la biografía que escribió San Atanasio de Alejandría, al cual nombran. Sea como fuere, lo que se dice es que en una ocasión el santo tuvo unas visiones en las que la tierra aparecía cubierta de serpientes a las que podemos interpretar como los males del mundo. Ante ese espectáculo, el santo pregunta: «¿Quién podrá escapar, Señor?» A lo que una voz le responde: «La humildad, Antonio». ¡La humildad! No la debilidad, no la vanidad, no la soberbia, no la ira, sino la humildad capaz de reconocer la verdad.

La pregunta es: ¿Podemos cambiar este devenir? ¿Querríamos? ¿O vamos a conformarnos con ser como los hombres de la Alegoría de la caverna de Platón?

 

 

Referencias:

Cuevas de Valdegovía, descubriendo a los eremitas de Álava

https://www.tierrasinsolitas.com/cuevas-eremiticas-de-valdegovia-alava/

Monjes, eremitas y anacoretas: los padres del desierto

https://es.catholic.net/op/articulos/53629/cat/1191/monjes-eremitas-y-anacoretas-los-padres-del-desierto.html#modal

Vida de san Antonio Abad

https://sanmartinvalencia.es/vida-de-san-antonio-abad/

 PLATÓN. La República. Editorial Offsetgrama. Argentina, 1983.

Benedicto XVI. https://es.wikipedia.org/wiki/Benedicto_XVI

Conde, Carmen. El verso corresponde al poema «Apagada».

Getafe pone fin a los bautismos por tradición familiar o cultural

https://alfayomega.es/getafe-pone-fin-a-los-bautismos-por-tradicion-familiar-o-cultural/

Más información sobre anacoretas (mujeres y hombres). Se pueden ver también pinturas de Velázquez, Goya, El Greco, Zurbarán, El Bosco sobre San Antonio en:

San Anton y los eremitarios

https://chitiya.wordpress.com/2020/01/17/san-anton-y-los-eremitorios/

viernes, 13 de mayo de 2022

CONTRA LOS FILÓSOFOS DEL HORMIGUERO

 


Pilar Alberdi

Leo mucho y escribo poco, es verdad. Entre manos tengo los borradores de un par de ensayos pero aún tardarán en salir al exterior, hay que darles un tiempo de sosiego, un poco de silencio y de sombra en un retirado cajón, una calma que anticipe o sea puente a nuevas reflexiones; y quizá, aquí y allá, en los tupidos renglones, un cambio en el orden de las palabras que surgirá más tarde.

Verdaderamente me subo a hombros de gigantes cuando leo, y desde allí oteo el mundo. Es como estar en otro continente, en otras tradiciones, en otra clase de «tiempo», el de gentes lúcidas y sensatas. Solo un interés me empuja: comprender, es decir, comprender mejor cada día.

Haciendo justicia a los términos «leo mucho y escribo poco», aquí dejo someramente los títulos y autores de algunas de mis últimas lecturas, que no son todas, por supuesto, en esta visita constante que hago a bibliotecas físicas y virtuales. Algunos ejemplos:

Lectura de libro de Antonio Barcena: Hannah Arendt —Una filósofa de la natalidad —. Arendt comprendió que la «humanitas», lo humano renace una y otra vez con cada ser, que cada ser es una nueva oportunidad para garantizar, afianzar lo humano. ¿Acaso no destellan con luz propia en la humanidad unos pocos individuos portadores de esa humanidad? ¿Y acaso no han sido ellos quienes han dado ejemplo en ese sentido?

El autor nos recuerda lo que dijo André Enegren sobre la filósofa: «Hannah Arendt no pertenecía a nadie». Y es esa, su condición de «apátrida», la base que justifica dicha afirmación. Pero no toda, porque siempre reconoció que su madre le enseñó a ser fuerte, a oponerse a lo que fuera si creía tener razón, especialmente si la ofensa de la que fuese testigo no fuera ni siquiera contra ella misma sino contra otros más débiles, incapaces de defenderse o de reconocer la ofensa. Incluso cuando de algún modo tuvo patria, fue valiente. Lo fue siempre. Para atreverse a decir lo que se piensa, y para pensarlo, para oponerse a lo que hay, a lo que se impone, al vil engaño, hay que ser valiente.

Sobre esta condición de «apátrida» en tiempos de la guerra y la posguerra, la autora se expreso del siguiente modo:«Al perder nuestro hogar perdimos nuestra familiaridad con la vida cotidiana. Al perder nuestra profesión perdimos nuestra confianza en ser útiles en el mundo. Al perder nuestra lengua perdimos la naturalidad de nuestras reacciones; la sencillez de nuestros gestos y la expresión espontánea de nuestros sentidos. Dejar a nuestros parientes en los guetos polacos, a nuestros mejores amigos morirse en los campos de concentración significó el hundimiento de nuestro mundo privado». Muchos de estos intelectuales ya no volverían a ver a sus familiares, especialmente a sus padres. Lo contó en Nosotros los refugiados, (1943).

A Hannah Arendt se la cita mucho, es verdad, muchísimo en artículos académicos y otros textos de filosofía escritos por hombres y también por mujeres, pero no aparece en la mayoría de los libros de filosofía para universitarios. Esto sí que es terrible. ¡Qué silencio! Todavía le deben su lugar en la Historia de la filosofía pese a sus estudios sobre el totalitarismo y la violencia a los que tantos recurren.

El mal le preocupó siempre. Frente al bien al que consideraba profundo, con raíces firmes, el mal era algo superficial que crecía rápidamente como un hongo infectando todo en su camino. Quizá por eso, supo ver por un lado el «mal radical», el del instigador y propulsor, y aquello otro que definió como la «banalidad del mal», la de sus seguidores, la de aquel que sin hacerse muchos problemas de conciencia intenta sobrevivir al sistema, pretendiendo eludir toda responsabilidad cuando se la piden con excusas como la de haber obedecido leyes que fueron legales en un determinado momento histórico. Lo explica en El caso Eichmann. Pero la ley moral no es la ley oportunista de los hombres.

Lectura del artículo de Jacques Maritain: «Santo tomás de Aquino y el problema del mal. Principios generales»: El autor invita a la reflexión partiendo de la claridad exponencial de Tomás de Aquino sobre el mal. ¿En qué momento se produce? El resumen sería: faltar a la regla (lo que está ordenado) es previo a la caída. Si hay caída es porque hay una regla o norma que no se ha respetado. El pensamiento no es el mal; con el acto comienza el mal verdaderamente. Mientras haya pensamiento puede haber reflexión y cambio de proceder. Una vez cometido el acto nos encontramos de frente con la consecuencia.

Lectura de Las paradojas de la irracionalidad de Donald Davidson: Todas las acciones aún las más incomprensibles pueden ser explicadas. No hay falta de conciencia salvo en algunos casos concretos como demencias, etc. Ninguna acción adolece de consecuencias.

Releí La fábrica del hombre occidental de C C Lewis: La pregunta griega «¿qué es?», el conocido «tò tí esti» de Aristóteles pasó a ser en los latinos el «qué de la cosa», la «quididad».

Nos preocupó y siempre nos preocupará aquello a lo que nos enfrentamos. Es evidente que a unos más que a otros, y toda corriente filosófica lo ha hecho a su manera.

Lewis, además, nos propone una cuestión fundamental, nos dice que lo que nos hace humanos es la pregunta: «¿Por qué…?». Con ella —añado— expresamos nuestro sentido de la justicia, de la libertad, la exigencia de una respuesta que nos conforme, que se ajuste a razones.

Lo humano no es, no ha sido y no será jamás obediencia ciega. Lo humano se opone al conformismo, a la sumisión y a la obediencia impuesta provenga de donde provenga. Pongo un ejemplo sencillo que los que hemos sido padres podemos recordar fácilmente: hay un momento en que el niño pasa de decir «sí» a todo a decir «no», cabe pensar que en ese paso ha habido un aprendizaje. ¿Le han engañado? Ya no se deja engañar. ¿Le han llevado donde no ha querido? Ya no lo aceptará. Y el rotundo «no» lo dirá como defensa de sí, aunque no siempre le genere beneficios, porque aun le falta comprensión y palabras. Es parte del aprendizaje. Después, el niño irá avanzando hacia la adolescencia y hacia la juventud. Si el razonamiento crítico pervive en ese camino, muchas veces habrá de cuestionar los hechos y se hará la pregunta: «¿Por qué…?» Pregunta que al mismo tiempo que cuestiona al otro o lo otro, es fundamental para sí mismo y el resto de la humanidad.

También leí Las dos claves de la moral de Henri Bergson. Entre sus páginas hay un concepto que no sé si sería suyo o lo tomó del acervo popular: «el filósofo del hormiguero», me inclino más a esta última proposición por el modo en que lo explica.

La cuestión es la siguiente, llega el día en que la hormiga se pregunta para qué tantos trabajos, por qué debe cumplir con las obligaciones impuestas. La hormiga triunfa sobre su condición de obrera cuando se plantea las preguntas, pero pronto cede a la tentación de alejarse del hormiguero y de la tarea. Ella porta una «filosofía del hormiguero» que la obliga a reconocerse entre las demás hormigas y a ser parte necesaria del sistema, por tanto, pronto establecerá para sí y se rendirá a un pensamiento que justifique su propio comportamiento y el del hormiguero al que pertenece.

Asiento en que todos podemos ser filósofos del hormiguero pero hay momentos en que hay que saber decir «no», especialmente cuando todos dicen «sí» sin reflexionar ni investigar,y cuando oponerse a la mayoría parece un suicidio. Es lo difícil: aquí prima el valor de la persona.

También releí otra obra de Bergson: Memoria y vida, —textos seleccionados por Gilles Deleuze—. Ahí aparece un tema fundamental en su obra: «la duración y el yo» donde la memoria, el recuerdo de sí y la lealtad que uno se tiene a sí mismo es importante. La conciencia de lo vivido y actuado, nos ofrece una base importante sobre la continuidad de ese tipo de acciones que sirven de refuerzo y garantía del propio proceder y de alguna manera a la propia individualidad.

Una de las últimas obras que he leído es una recopilación de textos de José Bergamín con introducción y prólogo de Nigel Dennis. En la sección correspondiente a los ensayos, aparece en primer lugar el titulado: La decadencia del analfabetismo”. Probablemente los lectores jóvenes no sepan quién fue Bergamín, pero los de mi edad sí. A Bergamín, como a muchos de su época, les pilló el toro de la Guerra Civil por el camino.

¿Qué pasa con la alfabetización? La respuesta es sencilla: la alfabetización iguala a la media, impone una cierta manera de ser desde la escuela. Es una alfabetización a partir de letras, incluso de números donde todo responde a un orden, a una corrección, a una normativa, a una adecuación a la regla. La diferencia con el analfabeto es que este conoce las palabras de los suyos, porta una memoria oral; se mantiene dentro de las tradiciones; es rico en poesía, esa otra forma de la filosofía profunda donde las palabras no son lo esencial sino el sentido, y las imágenes que estas sean capaces de retratar. Y con respecto a esto último pone como ejemplo a los niños. Un niño no puede pensar con frases elaboradas, piensa con lo que ve, con lo que siente. Así hemos pensado siempre, aunque luego busquemos las palabras adecuadas para poder explicar algo con detalle.

Nos da a entender Bergamín que con las palabras «deber»,«aprobar»,«nota», aparece la «razón práctica» del alfabetizado, aquella de la que habló Kant, frente a la «razón pura» del analfabeto. Toda razón práctica hay que imponerla, la razón pura es natural, intuitiva.

Quizá de aquel analfabetismo también surgieron cosas malas, pero una muchedumbre dirigida desde los mass media, que toda ella sigue el mismo discurso impuesto masivamente, por ejemplo de odio, es, sin duda peor, porque teniendo los medios para su propia educación y reflexión, el alfabetizado no los utiliza. Nos está pasando hoy: todos alfabetizados, pero ¿quién lee? ¿Quién investiga, quién se instruye? La gente ve y escucha lo que le dicen por el televisor. Los alfabetizados de hoy, además, están rendidos al mundo virtual.

No quiero dejar sin citar por último el libro El arte de la poesía de Ezra Pound y la importancia que otorga a la imagen. Esto estaría en consonancia con lo dicho en el anterior apartado. No pensamos con palabras pensamos con imágenes a las que nombramos con palabras, para las que buscamos idealmente las palabras adecuadas. Siendo con preferencia eso, lo que transmite un verdadero poeta en su poema.

Para Pound una imagen es un «complejo intelectual y emotivo en un instante temporal». Afirma: «vale más presentar una sola imagen en toda una vida que producir obras voluminosas». Una imagen supera la limitación de cualquier traducción deficiente, cruza fronteras con facilidad, se anticipa a la palabra y después la capta para ser nombrada. Pienso en la Alegoría de la Caverna de Platón. En este caso es un ensayo, pero igual vale, porque nadie negará además lo poético filosófico en analogías como esa que refleja Platón. Podríamos decir de la imagen que es aquello que leemos entre líneas, que supera el decir de las palabras, que subyace a las mismas, que nos impulsa a hacernos más preguntas.

Por último, he releído algunos libros de George Steiner, de Gustavo Bueno, de Josep María Esquirol, varios sobre temas de lógica, uno sobre la antigua Grecia de Karpp Ernst. Releí la Ética a Nicómaco, y de Ernst Gugendhat, Propedéutica de la ética.

Y así bien podemos decir se pasaron los días mientras llegaba esforzada y alegra la primavera.

Renovación, renacer, he ahí la vida.

domingo, 6 de junio de 2021

LIBERTAD SÍ, PERO: ¿QUÉ LIBERTAD?

 




Pilar Alberdi

 

“El último paso de la razón consiste en reconocer que hay infinidad de cosas que la superan”. Pascal

 

Me asombro cuando encuentro una pregunta sencilla, hay muchas, probablemente tantas como piedras por el camino o como rojas amapolas de primavera. Todas tan parecidas, y tan distintas. Pero hay algunas que, además, son claves. Resultan, bajo nuestra mirada, como esas estrellas que brillan más que las otras.

Una de estas preguntas es la que tiene que ver con la libertad. ¿Somos libres? ¿Hasta dónde lo somos? Esta pregunta ocupó las mentes y la vida de algunos de los mejores pensadores de todos los tiempos. De aquellos que conocemos y de aquellos cuyo testimonio se perdió. La libertad va ligada, sin duda alguna, al menos para mí, a un examen de conciencia persistente. El zoroastrismo, el cristianismo, solo por citar dos corrientes religiosas, lo asumieron. Toda elección significa un juicio. ¿Qué eliges? ¿Cómo decides? ¿Por qué? Es curioso comprender cómo muchos de los primeros padres de la Iglesia iniciaron su camino en la filosofía. Pero, ¿se puede ser mejor persona, se pueden tener mejores elecciones sin pensar? El malvado es astuto, no inteligente.

El examen de conciencia fue preocupación esencial en Agustín de Hipona. Escribió: Libre arbitrio. La confesión, es parte de ese proceso. En su caso, la hizo pública. Uno reconoce en sí una necesidad de mejora humana cuando se equivoca, cuando encuentra frente a su horizonte un mejor camino que aquel por el que transitaba. Su “ordo amoris” (el orden del amor) de Agustín impera sobre ese centro de conciencia. ¿Soy libre para qué, desde qué posición, en qué medida los valores en los que yo creo y asumo me condicionan? ¿Lo hacen para bien? ¿Qué importancia juega esto en mi propia naturaleza? ¿Es justo que culpe a otro por como soy?

Erasmo levantó su Diatribae de libero arbitrio contra las ideas protestantes. Lutero tardó un año en contestarle en su De servo arbitrio. El primero creía que existe esa libertad que nos permite elección; el segundo, no. De ahí, ese protestantismo que opina que o nacimos buenos o nacimos malos.

Decía Ciceron (La República, III, 17): “Existe una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza universal, inmutable, eterna, cuyos mandatos estimulan el deber y cuyas prohibiciones alejan del mal”. Vemos que él, admirador de Sócrates, lo sabía. Pero dejaremos el análisis sobre Sócrates para el final.

El hombre muchas veces quisiera vivir como el animal. Atarse como explicaba Nietzsche en La segunda intempestiva al “poste del momento”, ese poste, ¿verdad?, en que se dejaban atadas las riendas del caballo. Pero su querer es humano, no animal, por tanto, su interés en este sentido está condenado al fracaso. Como ser humano debe asumir su responsabilidad. Martin Heideguer, lo mentó así: “el mineral no tiene mundo, el animal tiene un poco de mundo, el hombre tiene mundo”. Siendo este el caso, el hombre tiene conciencia.

Esta conciencia le habla del valor de la vida y de la muerte, este conocimiento directo y sus sentimientos solo pueden recordarnos la oración de Pico de la Mirándola. En ese texto pone en boca del Creador un mensaje para Adán, y esas palabras solo hacen referencia a que le dio la libertad de elección, el hombre puede hacer de él lo que por sí mismo quiera.

¿Y qué hay ahí, en esa dignidad? ¿Qué imperativo? Conciencia, es decir conocimiento de sí, trascendencia: porque el individuo puede pensar las consecuencias de su acción. De este modo su hacer o su no hacer se prolonga en el tiempo. (Luego hablaré del Tiempo como parte fundamental en este conocimiento).

De momento, continuemos en lo que estábamos. Pongamos por caso: ¿dónde me encuentro yo ahora? Mientras escribo hasta olvido el escritorio y el teclado del ordenador en que mis manos se apoyan, por supuesto olvido los libros que se asientan en las estanterías, incluso el lugar que esta casa ocupa en este pueblo, y hasta el pueblo en sí, incluso olvido que escribo desde mis sentimientos para otros. Mejor lo dijo Emmanuel Mounier: “por la potencia expansiva de mi conciencia yo soy estas montañas mismas que veo, todo este país del cual yo abarco el destino, estos amigos lejanos de los que vivo”. O Merleau Ponty: “Sentado ante mi mesa, que pienso en el puente de la Concorde, no estoy en mi pensamiento que estoy en el puente de la Concorde”. El hombre puede pensar incluso más allá de su muerte, piensa en el sentido de su vida, anhela dejar algo, sea este algo una conducta, unas palabras, una obra de creación, se exige el amor, la piedad, el respeto para sus contemporáneos.

Alguien me dirá, no todos. Tendrá razón: no todos. Los que se desprecian a sí mismos desprecian a los demás. Por despreciar, desprecian el Universo. Generalmente actúan en grupo, como una camarilla. Su yo se enaltece con la destrucción no con la creación. A esos soberbios, a muchos de ellos hoy podemos verlos cerca del cientificismo, que no de la verdadera ciencia, y por eso les valen aquellas palabras de Sagan: “Si deseas un pastel desde cero debes inventar el Universo”. Sagan, seguramente, había conocido ese desprecio, y esa fue su respuesta. En ese camino del desprecio del hombre, piensan algunos que vale más un dron asesino, un robot, una IA (creada por el mismo hombre) que un ser humano. 

Y sí he dicho antes que dejaba a Sócrates para el final, es porque quería referirme también a Lev Shestov, a Aristóteles y un poco a Platón. Para Shestov, Sócrates reconoce el poder de la Necesidad, es decir aquello que una vez ocurrido no tiene solución. Sócrates sabe que para cumplir con lo aprendido y enseñado, siendo condenado por la Asamblea de Atenas, tiene que darse muerte por su propia mano con veneno, ese es el castigo que se le impone. Sócrates no se detiene ante la Necesidad, aunque le afecte a sí mismo. Aristóteles sí, por eso, prefiere la medianía. En ella no hay riesgo de que la Necesidad suceda.

Aristóteles es un materialista que en el fondo niega lo esencial, mientras que Platón, un idealista, no se conforma con lo sucedido a Sócrates. Allí hizo su aparición la Necesidad, y Sócrates en honor a su rectitud y para enseñanza del pueblo, la aceptó.

Son dos caminos. Sócrates no era académico. Básicamente se limitó a hacerle preguntas a la gente, para que por ellos mismos se dieran cuenta cuán poco sabían.

La Necesidad que acepta el hombre de bien incluye la inmortalidad. ¿Qué quiere decir esto? Que toma en cuenta todo el tiempo, no este tiempo. Sabe que hay un valor más alto que atañe a la propia dignidad y que cruza el pasado, el presente y el futuro, incluso la propia vida. Que la Necesidad no solo es aquello que nos obliga, sino a los que nos obligamos, cuando hallamos en esto sentido.

Escuchémoslo en boca de Shestov, y se entenderá más fácil: “digámoslo así: en el año 399 a. C., condenado a muerte por sus conciudadanos, el anciano Sócrates tomó de manos del carcelero la copa de cicuta (…) La Necesidad oye y entiende de razones y no puede oponerse a Sócrates, no puede en general oponerse al hombre que ha descubierto el misterio de su poder, y tiene la suficiente audacia como para darle órdenes sin volverse para hablar con ella”.

Solo los relativistas no comprenden esto.

 

 

Referencias:

Mounier, Emmanuel. Introducción a los existencialismos.

Ponty, Merleau. Lo invisible y la naturaleza.

Shestov, Lev: Atenas y Jerusalén.

 

Foto: El espejo de la vida, pintura de Giuseppe Pelliza da Volpedo 


Nota: 

Todos los derechos reservados.

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