LIBERTAD SÍ, PERO: ¿QUÉ LIBERTAD?

 




Pilar Alberdi

 

“El último paso de la razón consiste en reconocer que hay infinidad de cosas que la superan”. Pascal

 

Me asombro cuando encuentro una pregunta sencilla, hay muchas, probablemente tantas como piedras por el camino o como rojas amapolas de primavera. Todas tan parecidas, y tan distintas. Pero hay algunas que, además, son claves. Resultan, bajo nuestra mirada, como esas estrellas que brillan más que las otras.

Una de estas preguntas es la que tiene que ver con la libertad. ¿Somos libres? ¿Hasta dónde lo somos? Esta pregunta ocupó las mentes y la vida de algunos de los mejores pensadores de todos los tiempos. De aquellos que conocemos y de aquellos cuyo testimonio se perdió. La libertad va ligada, sin duda alguna, al menos para mí, a un examen de conciencia persistente. El zoroastrismo, el cristianismo, solo por citar dos corrientes religiosas, lo asumieron. Toda elección significa un juicio. ¿Qué eliges? ¿Cómo decides? ¿Por qué? Es curioso comprender cómo muchos de los primeros padres de la Iglesia iniciaron su camino en la filosofía. Pero, ¿se puede ser mejor persona, se pueden tener mejores elecciones sin pensar? El malvado es astuto, no inteligente.

El examen de conciencia fue preocupación esencial en Agustín de Hipona. Escribió: Libre arbitrio. La confesión, es parte de ese proceso. En su caso, la hizo pública. Uno reconoce en sí una necesidad de mejora humana cuando se equivoca, cuando encuentra frente a su horizonte un mejor camino que aquel por el que transitaba. Su “ordo amoris” (el orden del amor) de Agustín impera sobre ese centro de conciencia. ¿Soy libre para qué, desde qué posición, en qué medida los valores en los que yo creo y asumo me condicionan? ¿Lo hacen para bien? ¿Qué importancia juega esto en mi propia naturaleza? ¿Es justo que culpe a otro por como soy?

Erasmo levantó su Diatribae de libero arbitrio contra las ideas protestantes. Lutero tardó un año en contestarle en su De servo arbitrio. El primero creía que existe esa libertad que nos permite elección; el segundo, no. De ahí, ese protestantismo que opina que o nacimos buenos o nacimos malos.

Decía Ciceron (La República, III, 17): “Existe una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza universal, inmutable, eterna, cuyos mandatos estimulan el deber y cuyas prohibiciones alejan del mal”. Vemos que él, admirador de Sócrates, lo sabía. Pero dejaremos el análisis sobre Sócrates para el final.

El hombre muchas veces quisiera vivir como el animal. Atarse como explicaba Nietzsche en La segunda intempestiva al “poste del momento”, ese poste, ¿verdad?, en que se dejaban atadas las riendas del caballo. Pero su querer es humano, no animal, por tanto, su interés en este sentido está condenado al fracaso. Como ser humano debe asumir su responsabilidad. Martin Heideguer, lo mentó así: “el mineral no tiene mundo, el animal tiene un poco de mundo, el hombre tiene mundo”. Siendo este el caso, el hombre tiene conciencia.

Esta conciencia le habla del valor de la vida y de la muerte, este conocimiento directo y sus sentimientos solo pueden recordarnos la oración de Pico de la Mirándola. En ese texto pone en boca del Creador un mensaje para Adán, y esas palabras solo hacen referencia a que le dio la libertad de elección, el hombre puede hacer de él lo que por sí mismo quiera.

¿Y qué hay ahí, en esa dignidad? ¿Qué imperativo? Conciencia, es decir conocimiento de sí, trascendencia: porque el individuo puede pensar las consecuencias de su acción. De este modo su hacer o su no hacer se prolonga en el tiempo. (Luego hablaré del Tiempo como parte fundamental en este conocimiento).

De momento, continuemos en lo que estábamos. Pongamos por caso: ¿dónde me encuentro yo ahora? Mientras escribo hasta olvido el escritorio y el teclado del ordenador en que mis manos se apoyan, por supuesto olvido los libros que se asientan en las estanterías, incluso el lugar que esta casa ocupa en este pueblo, y hasta el pueblo en sí, incluso olvido que escribo desde mis sentimientos para otros. Mejor lo dijo Emmanuel Mounier: “por la potencia expansiva de mi conciencia yo soy estas montañas mismas que veo, todo este país del cual yo abarco el destino, estos amigos lejanos de los que vivo”. O Merleau Ponty: “Sentado ante mi mesa, que pienso en el puente de la Concorde, no estoy en mi pensamiento que estoy en el puente de la Concorde”. El hombre puede pensar incluso más allá de su muerte, piensa en el sentido de su vida, anhela dejar algo, sea este algo una conducta, unas palabras, una obra de creación, se exige el amor, la piedad, el respeto para sus contemporáneos.

Alguien me dirá, no todos. Tendrá razón: no todos. Los que se desprecian a sí mismos desprecian a los demás. Por despreciar, desprecian el Universo. Generalmente actúan en grupo, como una camarilla. Su yo se enaltece con la destrucción no con la creación. A esos soberbios, a muchos de ellos hoy podemos verlos cerca del cientificismo, que no de la verdadera ciencia, y por eso les valen aquellas palabras de Sagan: “Si deseas un pastel desde cero debes inventar el Universo”. Sagan, seguramente, había conocido ese desprecio, y esa fue su respuesta. En ese camino del desprecio del hombre, piensan algunos que vale más un dron asesino, un robot, una IA (creada por el mismo hombre) que un ser humano. 

Y sí he dicho antes que dejaba a Sócrates para el final, es porque quería referirme también a Lev Shestov, a Aristóteles y un poco a Platón. Para Shestov, Sócrates reconoce el poder de la Necesidad, es decir aquello que una vez ocurrido no tiene solución. Sócrates sabe que para cumplir con lo aprendido y enseñado, siendo condenado por la Asamblea de Atenas, tiene que darse muerte por su propia mano con veneno, ese es el castigo que se le impone. Sócrates no se detiene ante la Necesidad, aunque le afecte a sí mismo. Aristóteles sí, por eso, prefiere la medianía. En ella no hay riesgo de que la Necesidad suceda.

Aristóteles es un materialista que en el fondo niega lo esencial, mientras que Platón, un idealista, no se conforma con lo sucedido a Sócrates. Allí hizo su aparición la Necesidad, y Sócrates en honor a su rectitud y para enseñanza del pueblo, la aceptó.

Son dos caminos. Sócrates no era académico. Básicamente se limitó a hacerle preguntas a la gente, para que por ellos mismos se dieran cuenta cuán poco sabían.

La Necesidad que acepta el hombre de bien incluye la inmortalidad. ¿Qué quiere decir esto? Que toma en cuenta todo el tiempo, no este tiempo. Sabe que hay un valor más alto que atañe a la propia dignidad y que cruza el pasado, el presente y el futuro, incluso la propia vida. Que la Necesidad no solo es aquello que nos obliga, sino a los que nos obligamos, cuando hallamos en esto sentido.

Escuchémoslo en boca de Shestov, y se entenderá más fácil: “digámoslo así: en el año 399 a. C., condenado a muerte por sus conciudadanos, el anciano Sócrates tomó de manos del carcelero la copa de cicuta (…) La Necesidad oye y entiende de razones y no puede oponerse a Sócrates, no puede en general oponerse al hombre que ha descubierto el misterio de su poder, y tiene la suficiente audacia como para darle órdenes sin volverse para hablar con ella”.

Solo los relativistas no comprenden esto.

 

 

Referencias:

Mounier, Emmanuel. Introducción a los existencialismos.

Ponty, Merleau. Lo invisible y la naturaleza.

Shestov, Lev: Atenas y Jerusalén.

 

Foto: El espejo de la vida, pintura de Giuseppe Pelliza da Volpedo 


Nota: 

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