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domingo, 6 de junio de 2021

LIBERTAD SÍ, PERO: ¿QUÉ LIBERTAD?

 




Pilar Alberdi

 

“El último paso de la razón consiste en reconocer que hay infinidad de cosas que la superan”. Pascal

 

Me asombro cuando encuentro una pregunta sencilla, hay muchas, probablemente tantas como piedras por el camino o como rojas amapolas de primavera. Todas tan parecidas, y tan distintas. Pero hay algunas que, además, son claves. Resultan, bajo nuestra mirada, como esas estrellas que brillan más que las otras.

Una de estas preguntas es la que tiene que ver con la libertad. ¿Somos libres? ¿Hasta dónde lo somos? Esta pregunta ocupó las mentes y la vida de algunos de los mejores pensadores de todos los tiempos. De aquellos que conocemos y de aquellos cuyo testimonio se perdió. La libertad va ligada, sin duda alguna, al menos para mí, a un examen de conciencia persistente. El zoroastrismo, el cristianismo, solo por citar dos corrientes religiosas, lo asumieron. Toda elección significa un juicio. ¿Qué eliges? ¿Cómo decides? ¿Por qué? Es curioso comprender cómo muchos de los primeros padres de la Iglesia iniciaron su camino en la filosofía. Pero, ¿se puede ser mejor persona, se pueden tener mejores elecciones sin pensar? El malvado es astuto, no inteligente.

El examen de conciencia fue preocupación esencial en Agustín de Hipona. Escribió: Libre arbitrio. La confesión, es parte de ese proceso. En su caso, la hizo pública. Uno reconoce en sí una necesidad de mejora humana cuando se equivoca, cuando encuentra frente a su horizonte un mejor camino que aquel por el que transitaba. Su “ordo amoris” (el orden del amor) de Agustín impera sobre ese centro de conciencia. ¿Soy libre para qué, desde qué posición, en qué medida los valores en los que yo creo y asumo me condicionan? ¿Lo hacen para bien? ¿Qué importancia juega esto en mi propia naturaleza? ¿Es justo que culpe a otro por como soy?

Erasmo levantó su Diatribae de libero arbitrio contra las ideas protestantes. Lutero tardó un año en contestarle en su De servo arbitrio. El primero creía que existe esa libertad que nos permite elección; el segundo, no. De ahí, ese protestantismo que opina que o nacimos buenos o nacimos malos.

Decía Ciceron (La República, III, 17): “Existe una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza universal, inmutable, eterna, cuyos mandatos estimulan el deber y cuyas prohibiciones alejan del mal”. Vemos que él, admirador de Sócrates, lo sabía. Pero dejaremos el análisis sobre Sócrates para el final.

El hombre muchas veces quisiera vivir como el animal. Atarse como explicaba Nietzsche en La segunda intempestiva al “poste del momento”, ese poste, ¿verdad?, en que se dejaban atadas las riendas del caballo. Pero su querer es humano, no animal, por tanto, su interés en este sentido está condenado al fracaso. Como ser humano debe asumir su responsabilidad. Martin Heideguer, lo mentó así: “el mineral no tiene mundo, el animal tiene un poco de mundo, el hombre tiene mundo”. Siendo este el caso, el hombre tiene conciencia.

Esta conciencia le habla del valor de la vida y de la muerte, este conocimiento directo y sus sentimientos solo pueden recordarnos la oración de Pico de la Mirándola. En ese texto pone en boca del Creador un mensaje para Adán, y esas palabras solo hacen referencia a que le dio la libertad de elección, el hombre puede hacer de él lo que por sí mismo quiera.

¿Y qué hay ahí, en esa dignidad? ¿Qué imperativo? Conciencia, es decir conocimiento de sí, trascendencia: porque el individuo puede pensar las consecuencias de su acción. De este modo su hacer o su no hacer se prolonga en el tiempo. (Luego hablaré del Tiempo como parte fundamental en este conocimiento).

De momento, continuemos en lo que estábamos. Pongamos por caso: ¿dónde me encuentro yo ahora? Mientras escribo hasta olvido el escritorio y el teclado del ordenador en que mis manos se apoyan, por supuesto olvido los libros que se asientan en las estanterías, incluso el lugar que esta casa ocupa en este pueblo, y hasta el pueblo en sí, incluso olvido que escribo desde mis sentimientos para otros. Mejor lo dijo Emmanuel Mounier: “por la potencia expansiva de mi conciencia yo soy estas montañas mismas que veo, todo este país del cual yo abarco el destino, estos amigos lejanos de los que vivo”. O Merleau Ponty: “Sentado ante mi mesa, que pienso en el puente de la Concorde, no estoy en mi pensamiento que estoy en el puente de la Concorde”. El hombre puede pensar incluso más allá de su muerte, piensa en el sentido de su vida, anhela dejar algo, sea este algo una conducta, unas palabras, una obra de creación, se exige el amor, la piedad, el respeto para sus contemporáneos.

Alguien me dirá, no todos. Tendrá razón: no todos. Los que se desprecian a sí mismos desprecian a los demás. Por despreciar, desprecian el Universo. Generalmente actúan en grupo, como una camarilla. Su yo se enaltece con la destrucción no con la creación. A esos soberbios, a muchos de ellos hoy podemos verlos cerca del cientificismo, que no de la verdadera ciencia, y por eso les valen aquellas palabras de Sagan: “Si deseas un pastel desde cero debes inventar el Universo”. Sagan, seguramente, había conocido ese desprecio, y esa fue su respuesta. En ese camino del desprecio del hombre, piensan algunos que vale más un dron asesino, un robot, una IA (creada por el mismo hombre) que un ser humano. 

Y sí he dicho antes que dejaba a Sócrates para el final, es porque quería referirme también a Lev Shestov, a Aristóteles y un poco a Platón. Para Shestov, Sócrates reconoce el poder de la Necesidad, es decir aquello que una vez ocurrido no tiene solución. Sócrates sabe que para cumplir con lo aprendido y enseñado, siendo condenado por la Asamblea de Atenas, tiene que darse muerte por su propia mano con veneno, ese es el castigo que se le impone. Sócrates no se detiene ante la Necesidad, aunque le afecte a sí mismo. Aristóteles sí, por eso, prefiere la medianía. En ella no hay riesgo de que la Necesidad suceda.

Aristóteles es un materialista que en el fondo niega lo esencial, mientras que Platón, un idealista, no se conforma con lo sucedido a Sócrates. Allí hizo su aparición la Necesidad, y Sócrates en honor a su rectitud y para enseñanza del pueblo, la aceptó.

Son dos caminos. Sócrates no era académico. Básicamente se limitó a hacerle preguntas a la gente, para que por ellos mismos se dieran cuenta cuán poco sabían.

La Necesidad que acepta el hombre de bien incluye la inmortalidad. ¿Qué quiere decir esto? Que toma en cuenta todo el tiempo, no este tiempo. Sabe que hay un valor más alto que atañe a la propia dignidad y que cruza el pasado, el presente y el futuro, incluso la propia vida. Que la Necesidad no solo es aquello que nos obliga, sino a los que nos obligamos, cuando hallamos en esto sentido.

Escuchémoslo en boca de Shestov, y se entenderá más fácil: “digámoslo así: en el año 399 a. C., condenado a muerte por sus conciudadanos, el anciano Sócrates tomó de manos del carcelero la copa de cicuta (…) La Necesidad oye y entiende de razones y no puede oponerse a Sócrates, no puede en general oponerse al hombre que ha descubierto el misterio de su poder, y tiene la suficiente audacia como para darle órdenes sin volverse para hablar con ella”.

Solo los relativistas no comprenden esto.

 

 

Referencias:

Mounier, Emmanuel. Introducción a los existencialismos.

Ponty, Merleau. Lo invisible y la naturaleza.

Shestov, Lev: Atenas y Jerusalén.

 

Foto: El espejo de la vida, pintura de Giuseppe Pelliza da Volpedo 


Nota: 

Todos los derechos reservados.

Puuedes visitar la web de la autora en el siguiente enlace .

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.