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jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.