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martes, 16 de junio de 2026

MARCO AURELIO: «MEDITACIONES»

 

 

Pilar Alberdi

 

En tiempos de incertidumbre como los que vivimos he releído a Marco Aurelio. En concreto: sus Meditaciones. El libro, en estos pasados años ha cambiado al mismo tiempo que yo también lo hacía. En esta ocasión, me han llamado la atención algunas de sus opiniones que en otro tiempo no tuvieron la fuerza para hacerlo.

En ese último momento de la vida, el que queda explicado en el libro, Marco Aurelio, quiere ser filósofo, pero reconoce que ya no puede. Aun leyendo a Platón, a Epicteto y a otros, y recordando la enseñanza de Sócrates, se reconoce como lo que fue, un hombre de acción. Eso no podrá cambiarse. Además, insiste, ya no le quedan años suficientes para leer cuanto quisiera. ¿A qué insistir? Por ello, a sí mismo se ordena olvidar los libros que no ha de leer y actuar en su presente con filosofía, teniendo en cuenta que cada día puede ser el último. Se trata de una filosofía personal; sin intención de transmitirla a los demás a través de una obra escrita, y, sin embargo, culmina en ese período sus Meditaciones.

Con respecto a su futuro fallecimiento indica que es bueno saber que alguno se alegrará de su muerte. Será así porque uno no puede ser del gusto de todo el mundo, pero también porque hay otros, que en el pasado lo festejaron, ahora no, y esperan beneficiarse con nuevos cargos cuando él ya no esté. Así, ante el dolor que le causan algunas cuestiones, se recomienda a sí mismo rebajar el tono de su imaginación, no hacerse más preguntas que las necesarias; descansar un poco, no indagar más allá, ni demasiado lejos de lo que tiene a la vista, y abandonar las suposiciones. Porque suponer, con su grado de imaginación latente para suponer situcaciones, pensamientos y un largo etcétera, requiere mucho tiempo.

Marco Aurelio busca ser objetivo. Como es un anciano mira atrás y piensa ―entre otros temas― en los miembros de su familia. Comienza la obra agradeciendo lo que recibió de cada uno de ellos, ya sea la capacidad de aceptar la reconciliación, la libertad de criterio, el no vanagloriarse con honores aparentes, el vivir frugalmente aun en palacio, y un largo etcétera de cuestiones. Cada una de estas disposiciones o virtudes aprendidas le recuerda a una persona de su entorno. Sabe que, a partir del despuntar del alba, cuando se dirija a cumplir con sus tareas, se encontrará en su camino con «un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable», eso es la vida, y se aconseja ser capaz de dominarse. «Pues hemos nacido para colaborar” dirá, reflejando en sus palabras aquellas que dejó escritas Cicerón: «No hemos nacido solo para nosotros».

El perfil estoico de Marco Aurelio intenta justificar la parte de la vida y de la historia que le ha tocado en suerte. ¿Podía él no haber sido quien fue?

Aún viviendo «tres mil» o «diez mil años», se repite, uno no pierde «otra vida que la que tiene». Esta es la valiosa, la que se puede mejorar como a un diamante; la que se pierde también en un instante; sí, pero sobre todo ocurrirá un día, que será el último, en una hora que servirá para que otros digan: «Marco Aurelio ha muerto», algo que a él, no podrá ya importarle.

Unida la filosofía a la vida, la primera le sirve para saber cómo actuar frente a sus propios pensamientos y especialmente ante los hechos a los que se enfrenta. Piensa que «si la inteligencia nos es común, también la razón». De tal modo que todo es razonable. Y esta posibilidad, esta certeza de la razón común es la que facilita el acceso a la ley y a la ciudadanía.

No recuerdo haber visto citado en estas páginas a Cicerón, a quien intuyo, leyó. La sombra de Cicerón es alargada… Pienso en Spinoza, en Hegel, en tantos más que recibieron del romano; pero los textos de otros autores anteriores y esto resulta evidente, le sirven de reclamo para sus meditaciones. Ahí está Epícteto: «Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver». No faltan a ese encuentro de sus pensadores preferidos: Hipócrates de Cos, Heráclito de Efeso, Demócrito de Abdera, Aristófanes, Aristóteles, Platón, Hesíodo, Diógenes Laercio, Crates de Tebas, Jenocrátes de Calcedonia, Crisipo, Menandro, Epicuro, Empédocles, y autores trágicos como Homero y Eurípides. Ya sea que les cite, ya que ofrezca una clara referencia, siempre los tiene presentes.

Marco Aurelio ha pisado el terreno de la filosofía al tener constancia del final del hilo de su vida, no porque no la hubiera expuesto antes, sino porque la edad, proclama que la sentencia que ha de llevarse a cabo y que él acepta, está unida al olvido: «Estarás muerto en seguida, y aún no eres ni sencillo, ni imperturbable, ni andas sin miedo de que puedan dañarte desde el exterior, ni tampoco eres benévolo para con todos, ni cifras la sensatez en la práctica de la justicia». (Parágrafo 37) Y un poco más adelante, añade: «Dentro de poco, ceniza o esqueleto; y, o bien un nombre o ni siquiera un nombre; y el nombre un ruido y un eco». (Libro V) Esta constatación le obliga a hacerse nuevas preguntas: «Qué vale la pena entonces? ¿Ser aplaudido? No. Por consiguiente, tampoco ser aplaudido por golpeteo de lenguas, que las alabanzas del vulgo son golpeteos de lenguas. Por lo tanto, has renunciado también a la vana gloria». (Libro VI)

Estamos ante un Marco Aurelio asomado a la Nada, y esta es inconmensurable. Su poder se expande sobre cuanto tiene vida, es más, la acentúa.

Convencido de que «Lo que no beneficia al enjambre no beneficia a la abeja» percibe que todo está entrelazado. Frente al arrebato, la desmesura, la pérdida de control; tiene claro el camino a seguir: «Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz de brotar continuamente, si no dejas de excavar». (Libro VII). Pero qué difícil de extraer es ese valioso material; más preciado que el oro; más que los palacios y los tesoros; más que la victoria en todas las guerras.

Y ahí está, sí bien no desesperado, sí cavilante, Marco Aurelio preparándose para la muerte, comprendiendo la de otros, las de su propia familia. Dice: «Lucila sepultó a Vero; a continuación, Lucila; Secunda, a Máximo; seguidamente, Secunda; Epitincano, a Diótimo; luego, Epitincano; Antonino, a Faustina; luego, Antonino. Y así, todo. Céler, a Adriano; a continuación , Céler. ¿Y dónde están aquellos hombres agudos y perspicaces, ya conocedores, ya engreídos?» (Libro VIII). Cualquiera de nosotros ha visto caer a sus mayores del mismo modo, y a los no tan mayores también, desgraciadamente, porque lo que uno desea es tenerlos consigo. ¿Quién no podría comprender el dolor profundo del hombre que es testigo del final de los suyos? Todos lo seremos algún día.

La vida tiene un límite y ese límite enseña dos cosas fundamentales: primero, que en esa frontera todo desaparece; segundo, que quizá quede algo profundo como el recuerdo, durante un breve espacio de tiempo, se queda.

Marco Aurelio se aferra a su conciencia, a esa «guía interior» en la que confía férreamente, aun así, una y otra vez no deja de percibir que todo es cambio y que «La causa del conjunto universal es un torrente impetuoso». Y esa fuerza: «Todo lo arrastra». (Libro IX) Todo se lo lleva. Y aunque él lo sepa, y otros antes que él lo supieron, y otros que vendrán después también lo sabrán y repetirán casi con las mismas palabras esas idénticas preocupaciones, encuentra que así como «una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebratillo; otro, una sardina en la red; otro, cochinillos; otro, osos; y el otro Sármatas», siendo estos junto con los Galos algunos de los enemigos del Imperio Romano, que Marco Aurelio combatía. La muerte en todas partes, piensa, y eso le sorprende, habiendo él mismo ordenado tantas muertes.

Algo así llegó a cuestionarse Victor Hugo, siglos después, en su obra Dios. Se trata de un drama poético en el que los creyentes, los ateos, los agnósticos dirigen sus preces a Dios, cada uno desde sus posiciones filosóficas, y al reclamarle a la divinidad desde una de estas partes por qué tanta muerte, la respuesta de Dios consiste en mirar hacia el fogón, el de las casas de quienes le reclaman, mostrándoles cuánta muerte se necesita solo para que los que piden explicaciones vivan. «Muerto el pájaro, desaparecido el nido dirá el poeta». Sí; no preguntes más… Eso es todo. Pero muerto el pájaro aún seguirá cantando en tu corazón.

Yo supongo, no lo sé, que a Marco Aurelio le habrán realizado una máscara mortuoria después de su fallecimiento.

Refiere Salvador Mas, en su libro Pensamiento romano, por boca del historiador Polibio, cómo eran las pompas de los romanos ilustres de aquellas época. En esos casos, lo privado se convertía en público. Las palabras de elogio al fallecido se las dedicaba un miembro de su familia. Ya sabemos que en Roma había varias familias importantes (los Claudio, Horacio, etc.). Después de los ritos y el enterramiento, una máscara del rostro del muerto quedaba expuesta dentro de una hornacina de madera en el hogar familiar. Estas máscaras conocidas con el nombre de «imagines maiorum», que traducido literalmente quiere decir, «retratos de los antepasados» estaban realizadas con cera de abeja. Cuando pasado el tiempo otro familiar fallecía, este tipo de imágenes, las de los antepasados fallecidos, eran portadas en el acto del sepelio por hombres de la familia parecidos físicamente a aquellos ya desaparecidos. (POL., V, 54-56) Era, en cierto grado, un recordatorio hacia sí mismos y hacia el resto de las gentes, sobre su origen, sus ancestros, y lo que debía esperarse de sus descendientes.

He ahí, la importancia de los gens, de la familia, y también de la conducta. Imaginemos por un instante esa clase de actos, esas procesiones; los pensamientos de la gente que asistía a ellos. ¿Si los fallecidos volviesen a la vida, estarían orgullosos de sus descendientes? ¿Lo estaban estos de sus ascendientes, cuyas máscaras mortuorias portaban?

La costumbre de hacer máscaras mortuorias solo fue superada siglos después por la llegada de la fotografía. Hasta los más pobres del siglo XVIII se endeudaban para poder quedarse con una foto de su difunto; ya que eran tan caras para la mayoría, que en vida difícilmente podían hacerlas.

Todos conocemos esa línea de frontera que separa a los vivos de los muertos; todos nos debemos a ella. Indudablemente, vivir es de valientes, y reflexionar, como decía Cicerón: «es vivir dos veces». Marco Aurelio tuvo su vida de acción, y después, quizá demasiado tarde o deberíamos decir, tal vez en el momento justo, tuvo su segunda y más verdadera, vida, la filosófica.



Referencias bibliográficas:

Aurelio, Marco. Meditaciones. Planeta-De-Agostini, Barcelona, 1995.

Mas, Salvador. Pensamiento romano. Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, 2006.


jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.