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sábado, 18 de marzo de 2023

EL ESPECTÁCULO DE LOS ESPECTADORES

 

 

 Pilar Alberdi

 Para saber cómo se comporta un real espectador hay que acudir a esos cafés donde la gente se sienta de cara a la calle y de perfil a la acera. El paso de los otros nos recuerda que existimos; mientras ellos se mueven, nosotros descansamos.

Sin duda, Francia fue pionera en este tipo de cafés, y también en ese arte de ser el ciudadano espectador, la incipiente burguesía en busca del progreso, la clase media espectadora. Una vez se prueba, rara vez se abandona. El pobre también aspira a ocupar su silla. Mirar y ser mirado. Una comunidad irrelevante la de los que caminan y la de los que están quietos; la de los que observan y los que ignoran. Un «Nadie es menos que nadie» blinda el espectáculo. ¡Ay, vanidad de vanidades!

Sentí esa sensación en los cafés de Biarritz, y luego en los de París. Mientras caminaba miraba a los sentados. Uno sabe que Simone de Beauvoir y Sartre, Colette, Margaritte Duras, Brigitte Bardott, Catherine Deneuve, o Cortázar, Gabriel García Márquez, Huidobro, y tantísimos más mantuvieron vigente esa práctica. Estar allí, sin ser vistos del todo, y viendo; incluso escribiendo.

Si uno ya está instalado en la parte confortable de la vida, en ese momento en que la vida de uno se ha estabilizado económicamente, puede permanecer más tiempo sentado mirando pasar la vida. La vida que son los otros, de los que todo se ignora, a los que enmarcamos como un paisaje en un cuadro.

Gran espectadora, como siempre ha sido, la clase media es adicta al rito. De ella hablan todos, es ella a la que quieren conquistar los políticos. Una clase escurridiza que mira a su conveniencia, que flota en el ajetreo de los avatares sociales, que se pierde de sí misma en tanto se renueva, porque no siempre es fácil ascender a esta clase o a otra más alta, pero sí  bajar de ellas.

Y se me ha dado en pensar en todo esto porque yo misma, a veces tomo asiento en alguna de las cafeterías de la costa malagueña y me quedo mirando hacia el paseo por el que pasa gente caminando, en bicicleta, corriendo; ágiles bañistas solitarios o parejas camino de la arena, familias numerosas acarreando sombrillas, sillas, bolsos y heladeras, sombreros, coloridos flotadores con formas de cisnes, unicornios, tiburones y hasta cocodrilos para pasar una larguísima jornada playera con probable insolación incluida, espacio refulgente de luz, donde las clases sociales se arrejuntan y se muestran enamoradas de los mismos objetos: el pequeño espacio de sombra que ofrece una palmera, el paso de las olas, las gaviotas, el velero blanco que acaba de romper la línea del horizonte.

Creo que me he metido en este embrollo de pensamientos porque he releído unos apuntes que tenía guardados de la lectura de Los Miserables y de Nuestra Señora de Notre Dame, ambas obras de Victor Hugo, verdadera derrama humana de los más altos y los más bajos procederes, joyas terroríficas del quehacer humano, impronta literaria sin par, y recuerdo que en la primera de estas obras se hablaba de ese cálculo tan grosero como gravoso de las cuentas nacionales correspondientes a saludos por «salvas, cortesías reales y militares», de formalidades llevadas a cabo en ciudades, fortalezas y puertos, en las que el mundo se gastaba «novecientos mil francos al día, trescientos millones al año» calculados a 6 francos el tiro, y que se convertían en vano humo, en pólvora consumida,  en jolgorio de sonidos, en festejo portuario, palaciego y callejero para el que tampoco faltarían espectadores, patriotas incluso, que nunca conocieron una guerra pero que accedían a oír su imitación en el sonido sórdido y perseverante de los cañones golpeando el aire.

Y al mirar entre los apuntes de la lectura de Nuestra Señora de Notre Dame, una historia por supuesto más concentrada todavía que la anterior, en la que los personajes resultan extremadamente cercanos como si estuvieran siempre en un primer plano; por ejemplo, la gitanilla perseguida, la anciana que por voluntad propia se ha recluido en un «olvidadero» por haber perdido en el pasado a su pequeña hija, acto del  que en su día acusó a gitanos; triste humilladero desde el que pide la muerte para esa gitana joven a la que todos persiguen y a la que solo intenta salvar el jorobado. Para cuando la mujer comprende, por circunstancias que no es necesario detallar aquí, que esa joven es su niña perdida, ya será tarde para salvarla.

Y ¿quiénes están alrededor de esta historia en movimiento? Claro, no podían faltar, los espectadores, los que no pueden escasear en parte alguna, porque mientras la desgracia no les toque a ellos, son felices. Y si bien alguna vez se asoma la piedad a sus rostros, más los recorre la perfidia.

Victor Hugo, con su habitual talento, los describe así: «A las puertas, a las ventanas, a las buhardillas, por los tejados, hormigueaban millares de buenas caras de la clase media, tranquilas y honestas, mirando al Palacio, mirando la barahúnda y no pidiendo más, porque muchas gentes en París se conforman con el espectáculo de los espectadores, y ya es para nosotros cosa muy curiosa una muralla (en ese caso de gentes y guardias) tras la cual pase algo». Porque el espectador lo que anhela sin decirlo es que pase algo, lo que sea, pero a ser posible sin que le afecte.

Además, veámoslo de este modo, nadie juzga a los espectadores. Tampoco juzga nadie a los pueblos que han perpetuado en el tiempo, dictaduras. Nadie les exige cuentas de lo que sus ojos vieron; de lo que su corazón sintió; de los pensamientos bochornosos que elaboraron con sus pequeñas mentes, de las puertas o ventanas tras las que se escondieron para ver mejor la escena.

Nadie está exento, por supuesto, ninguna clase, todas aspiran a ser parte del gran espectáculo.

 

Artículo publicado en la revista Perro negro, 15-03-2023


jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.

sábado, 10 de enero de 2015

VÍCTOR HUGO. DE BRUSELAS A BRUJAS



Reseña:Pilar Alberdi

Sabemos por la presentación de esta obra de la editorial Casimiro Libros que «En 1837, Victor Hugo (1802-1885) ya ha publicado Hernani, Cromwell, Nuestra Señora de París o el poemario Las voces interiores. Su fama va creciendo pero aún puede disfrutar de cierto anónimato, sobre todo lejos de París, en sus viajes por Francia y Europa».
No hay cámara fotográfica, no se trata de un pintor que abarca pincelada a pincelada el paisaje, sólo es un hombre que escribe y que, a veces, también dibuja: «Adorada esposa, estoy deslumbrado aun de Bruselas, o, por mejor decir, de dos cosas que he visto en Bruselas: el palacio municipal con su plaza, y Santa Gúdula». Sus palabras servirán a otros para imaginar. Victor Hugo se ha comprado una guía por si fuera conveniente seguir los pasos de otro, pero las observaciones son suyas: nos cuenta cómo son las vidrieras de las Iglesias, los púlpitos, sus adornos; compara lo que ha visto en una ciudad con otra, y en las tiendas descubre ediciones falsificadas de sus obras. Le sucede lo mismo que a otros escritores de su época, al mismo Dickens (1812-1870), por ejemplo, cuando viaja a América. Igual, compra una de esas ediciones, nadie sabe que él es Victor Hugo.
No sólo admira y escribe, también dibuja, y lo hace bien. Ha pasado por Bruselas, Mons, Lovaina, Malinas... ¡Tanto para contar! Iglesias semiderruidas, capillas rebosantes de pinturas... Bedeles despreciables que dejan ver, a cambio de una suculenta propina, un cuadro de Rubens...
Y entonces, ya en Malinas, se produce el encuentro: «En Malinas pasa el ferrocarril. He ido a verlo». Y luego, llega la sorpresa. Lo ha probado, explica: «Me he reconciliado, con los ferrocarriles decididamente son muy hermosos. El primero que vi no pasaba de ser un innoble ferrocarril de fábrica. Ayer hice el viaje de ida y vuelta desde Amberes a Bruselas». El asombro le puede.«Partí a las cuatro y diez, y había regresado a las oche y cuarto». Pero, ¿qué sintió Victor Hugo, cómo vivió por primera vez esos primeros instantes sobre el ferrocarril? Dice: «Es un movimiento magnífico y que hay que sentir para darse cuenta. La rapidez es inaudita. Las flores de la orilla del camino no son flores, sino manchas, o mejor, rasgos encarnados o blancos; no se ven puntos, todo se convierte en líneas; los trigos son grandes cabelleras rubias, las mielgas son largas trenzas verdes; las ciudades...» Las descripciones nos llevan a ese momento, comparo esas fugaces imágenes con las que vemos actualmente desde los trenes de alta velocidad, me pregunto, ¿qué le parecería? Acaso: ¿un paisaje borroso que viaja a nuestro lado? ¿Algo que no merece ser mirado porque marea?
Victor Hugo vive en un tiempo en que la gente es mísera, no en vano escribió Los miserables. La Revolución Industrial que tanto prometía sólo ha hecho ricos a unos pocos,pero también en un tiempo en que la gente cantaba mientras hacia sus labores. En Gante no ha querido perderse un paseo por la costa para ver el mar y ha escuchado cómo «se alejaban vagamente los cantos de los marineros que iban hacia el mar». Todavía no hace tanto se cantaba.
No se cansa una de Victor Hugo. Al contrario, y le seguimos en su viaje mientras se alegra de saber que al día siguiente llegará a otra ciudad, y allí irá al correo para recoger la correspondencia de los suyos, mientras aprovecha para enviar la suya. Pero no les cuento más, ahora es su turno de seguir leyendo.


Palabras de la contraportada

«En agosto de 1837, acompañado de su amante Juliette Drouet, Víctor Hugo recorrerá Flandes en busca de arte y arquitectura. Maravillado por cuanto veía, no dejará de escribir a su esposa Adèle para contarle cada una de las etapas de su viaje».


Casimiro Libros
www.casimirolibros.es
Madrid, 2014