Mostrando entradas con la etiqueta Bauer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bauer. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de marzo de 2014

«EL MALESTAR EN LA CULTURA»



Por: Pilar Alberdi

«La religión viene a perturbar este libre juego de elección y adaptación, al imponer a todos por igual su camino único para alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento. Su técnica consiste en rebajar el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia. A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza nada más».

El texto pertenece a la obra El malestar en la cultura de Sigmund Freud y sintetiza en unas pocas líneas el sometimiento que ha representado la religión dentro de la cultura para las personas. Quizás no fuera vano recordar la unión de religión y Estado, en el sentido de sistema político y económico. En realidad, Freud no está diciendo nada nuevo que ya no se dijese en la época y baste para ello recordar a algunas figuras como Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo, a Bruno Bauer que dijo aquello de «La religión es el opio de los pueblos», luego repetido por Marx, sólo que estos actuaban desde un punto de vista político, que es el único desde el que una vez puestas en marcha las ideas se pueden hacer cambios. Freud no podía tener en mente esa perspectiva porque tenía una vida acomodada, atendía a burgueses, por lo cual descubrió males psiquícos que poco tenían que ver con males físicos (contínuos embarazos, muerte infantil, somatizaciones, alcoholismo, etc.) que pertenecían a otra esfera social, la de la vida de los pobres, y que otros médicos y psicólogos señalarían posteriormente.
En el momento en que Freud escribe esa obra tiene 83 años. Por tanto, tras una larga vida en la que como psicoanalista también ha tenido que enfrentarse a las creencias, no sólo a las de los demás sino a las suyas propias, a las recibidas durante generaciones, está en condición de decir lo que opina. Su enfermedad (cáncer de boca) y el consumo de opiáceos, más el conjunto de sus vivencias personales y profesionales no están al margen de su pensamiento sino que son parte del mismo. Por ejemplo, su convencimiento de que la necesidad del niño por el padre es lo que permite el paso siguiente a la creencia en un dios creador, un dios padre. Como Freud no tiene una visión femenina del mundo, por supuesto, esta figura no podía estar representada por una mujer. En realidad, Freud, pese a su inteligencia y su conocimiento de la psique humana es parte de la cultura de su tiempo.
Su apelación a que la necesidad de Dios queda justificada por la necesidad del niño hacia la figura paterna, curiosamente, no dice nada de la materna, llama la atención. En cualquier caso, se trata de una necesidad amorosa. El objeto de deseo es el amor, y el reconocimiento que se supone consentido por el solo hecho de ser personas es lo que puede ofrecer la religión, especialmente, a las personas de la misma religión. Si no paz en este mundo, por lo menos en otro, sino felicidad en este, sí en el siguiente. Cielo, infierno, reencarnación… En el fondo, quiero que el otro (ya sea Dios o mi vecino o mi hijo o mi padre) reconozca mi deseo de que me reconozca. Es la tesis de Hegel. Lo corrobora también cuando dice «En cuanto a las necesidades religiosas considero irrefutable su derivación del desamparo infantil (…) Me sería imposible indicar ninguna necesidad infantil tan poderosa como la del amparo paterno».
Hoy, la antropología que ha ido mucho más allá del camino recorrido por esta obra y también por otras del autor como Mito y Tabu, y en ese sentido, hay nuevas perspectivas sobre lo que fueron las antiguas culturas de los pueblos primitivos, no basadas en la escasez, cuya idea económica nos persigue de manera obsesiva por lo menos desde los tiempos del Imperio romano, y que podemos encontrar en textos como los de Séneca o Cicerón, sino en una economía de la abundancia en un mundo en el que no había escasez de alimentos.
El problema de Freud es que utiliza mucho las generalizaciones y el sentido de autoridad y la tercera persona del plural en su discurso.
Hay en la obra a la que pertenece el texto una explicación del sentimiento de culpa, por aquel ritual de muerte de los hijos hacia el padre del que Freud habla insistentemente. Una falta de seguridad y de felicidad que se funda en esa búsqueda a toda costa de la misma felicidad, algo tan difícil de conseguir. Así frente a la felicidad del ciudadano ideal para la pólis de Platón, o a la felicidad conseguida mediante el deber cumplido como norma que uno se impone (Kant), esta felicidad del siglo XIX y XX que Freud parece representar, es meramente, una felicidad utilitarista, del mismo tipo de la que se negocia con Dios a cambio de favores, pero que todavía nos evoca aquella otra felicidad de la que los filósofos griegos sabían no era igual para los ricos que para los pobres, pues si los primeros buscaban los honores, la distinción por el mérito, los segundos el acceso a una vida mejor de la que carecían, y ese objeto de una vida mejor, ese deseo, no podía estar muerto en la época de Freud, lo que pasa es que no pasaba por el punto de mira y los intereses de éste, que permanecía apartado por un lado de esas necesidades básicas y por otro, de la esfera política. Y, en este sentido, está claro que mientras el Progreso pueda ofrecernos protección, algo del Dios de todas las religiones habrá muerto y seguirá muriendo cada día, lo que no quiere decir que nuestro deseo de felicidad no siga en pie y un nuevo Dios, llamado Progreso, Justicia Social, Amor, Occidente, Paz, Salud o como queramos llamarle, nos seguirá tentando día a día con su protección, por nuestra debilidad, como dice Freud, o por nuestra convicción de que un mundo mejor y una felicidad mayor es posible.