BALADA TRISTE DE LOS NIÑOS QUE FUIMOS



 Pilar Alberdi

 

 Yo vivía entre sentimientos.

En las tardes de verano, en aquel garaje que nos parecía inmenso, el grupo de amigos jugábamos a la «gallinita ciega». Contra la pared, colgada de un clavo, había una bolsa de pan duro; niños salvajes, ¡con qué gusto lo devorábamos!

Aquella era vida, la de la niñez; estaba toda entera, como una fruta madura.

El tiempo de la niñez era otro tiempo; se perdió.

La familia latía a un ritmo; nosotros, al nuestro.

Éramos tan niños de la calle que, las familias, algunas, eran como una noche oscura por la que caíamos al atardecer.

Los niños se pasan los primeros años de su vida mirando sus dedos para aprender a contar.

Uno se sube al tren de los recuerdos, y no sabe en qué estación se detendrá. ¿Será Platero, ese pequeño, peludo y suave burro el que nos reciba, o tal vez El Principito?

Los niños no saben nada del azar; por eso, tampoco saben nada de la vida. A un verdadero niño no se le pregunta qué quiere ser de mayor.

La niñez desapareció con las primeras caricias adolescentes.

El Dios de nuestros padres nos consoló de los primeros golpes. Caímos muchas veces; otras tantas nos levantamos.

Cuando uno es niño aprende a atarse el nudo de las zapatillas para hacer hacerse mayor.

En verano, el alquitrán de las calles se derretía. Entonces, aprovechábamos  para hacer canicas. Pequeños rebaños de ovejas negras que rodarían más tarde a nuestras órdenes.

Balada triste de los niños que fuimos. Canción de la infancia nunca olvidada: «¡Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan! Piden pan, no les dan».

Llegamos a otro país, y allí aprendimos a comer fresas silvestres.

La niñez es un recuerdo que se hace mayor.

Donde los adultos veían solo niños, nosotros lo éramos todo: el principio y el fin.

¡Admirar, admirar, admirar! Oler el perfume de las flores. Emocionarse, habitarse, deleitarse... Éramos filósofos y no lo sabíamos.

Alimentábamos nuestros juegos con más juegos.

Conocimos la muerte por los polluelos que caían de los nidos de los árboles, y aprendimos a ser sus fieles sepultureros. Construíamos cruces con palitos, y rezábamos por las mamás y los papás pájaros que se quedaban solos.

Las bicicletas de nuestros hermanos nos quedaban grandes. Pedaleábamos de pie. Las aceras eran infinitas y de colores.

Dos moscas copulando y volando juntas, eran como ver una atracción de circo.

A veces, jugábamos a desaparecer; y otras, como si fuéramos niños ricos, regalábamos nuestros viejos juguetes.

No teníamos nada, y lo teníamos todo.

No hubo lágrimas más saladas que las de la niñez.

Salvamos nuestra dignidad y nuestro orgullo rebelándonos, a veces, tan en silencio que nadie lo supo.

«¡Por una chocolatina, un mundo!» Ese fue nuestro lema.

¿Cómo no íbamos a ser felices? Teníamos toda la vida por delante, y no lo sabíamos.

 

 

Nota: en 2017 escribí por aquí un artículo sobre "la vejez". Os dejo el enlace .

Comentarios

  1. Magnífico, como todo lo que escribes. Gracias.

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    1. Muchas gracias, Javier. Es una suerte para mí, tenerte como lector. Saludos.

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