ESTRELLAS AMARILLAS

 

 

Pilar Alberdi

 

En mi niñez y supongo que en la de la mayoría de los niños, las estrellas eran blancas. Sí, son mis preferidas. Donde resido, el espacio abierto nos permite mirarlas con placer.

Mis hijos y mis nietos, en sus libros de lecturas, estoy segura, las han visto de muchos colores: azules, naranjas, verdes, moradas. Los cuentos lo permiten todo.

Pero hay un día en que uno se entera, quizá con suerte en la adolescencia, que hubo «estrellas amarillas». Y llamo «suerte» a algo tan trágico, porque cuanto antes se enteren los niños de estas cosas, mejor. Por lo general, no se cuentan en los colegios porque el currículo no permite explicarlo todo, dicen. Y en las familias, ¡uf!, ya sabemos lo que pasa: «es mejor no sacar esos temas». Pero los niños, si no la tienen cerca, a «la maldad» me refiero,  deben conocerla, aunque sea de oídas, saber cómo actúa, que astucias utiliza, cómo traiciona.

El problema que tiene «pensar», es que si alguien nos explica los hechos de un modo determinado es difícil imaginarlos de otro. En el mundo de nuestra niñez nos decían que todas las ovejas eran buenas y todos los lobos malos. Al menos, así era para nosotros; pero nosotros, teníamos escasos libros.

Pondré un ejemplo, sabemos que los judíos eran señalados por los nazis obligándolos a identificarse con estrellas de cinco puntas, de  tela amarilla, que debían mostrar sobre su ropa.  Luego, en los Campos de Concentración y Exterminio, un triángulo de otro color sobre uno amarillo hasta completar la forma de la estrella de David, indicaba a los carceleros cuál era la acusación por la que se encontraba allí una persona: comunista, Testigo de Jehova, homosexual, judío, disidente político, gitano,  etcétera.

Realmente, nunca me pregunté de dónde procedían esas «estrellas amarillas». Ellas, desde las primeras películas que vi por la televisión, que en aquella época era en blanco y negro,  aparecían sobre la ropa de las personas.

Veréis, soy fiel en esto conmigo; y creo que al hacerlo así, lo soy con los demás también. Siempre intento ver mi propia carencia de análisis y allí donde encuentro el fallo, intento tomar nota para la próxima vez. Y me reto de este modo a ser más lúcida. Porque si no vi algo ayer, puede que no lo perciba mañana. Pero parece que nunca es suficiente. En resumen: la pregunta de dónde salían esas «estrellas amarillas» nunca me la hice. No existió para mí tal cuestión. Cuando fui consciente de ellas, aparecían sobre la ropa de las actrices y actores que interpretaban aquella brutal e inhumana historia. Y esto me perturba porque me hace consciente de cuántas preguntas necesarias y fundamentales pueden no llegar a existir para uno, si uno no se las hace.

Y esto que para mí es perturbador, a la Historia, la abruma. Y lo digo porque esta palabra, por su etimología, nos recuerda un molusco llamado «broma», que horada la madera de los barcos haciendo canalillos que rompen la estructura y  dejan pasar el agua. Y eso, es lo que sentimos cuando estamos abrumados, ¡ese desasociego!, ese sentir que nos estamos quebrando, rompiendo por dentro.

Fue en la novela Sin destino de Imre Kertész donde vi por primera vez reflejado aquello que no me había preguntado nunca.

El joven protagonista y su madrastra entran en una tienda. Los dueños son judíos como ellos, y tienen estrellas amarillas en las solapas, pero hay algo más, esas estrellas que lucen, son casi perfectas, mucho mejor que las suyas, y, además, se venden.

«Las estrellas de la tienda, de tela amarilla, estaban fijadas a una cartulina recortada, con lo que resultaban mucho más bonitas, que las caseras, que a menudo tenían las puntas desiguales».

¿Se dan cuenta? Tener que lucir algo por obligación, demostrativo de sumisión, y pese a todo, preferirla bonita. Porque cuando la realidad te doblega e intimida, la vida sigue ahí.

La estrella amarilla pasó a ocupar un espacio importante en el mundo. Y, sin embargo, cuando el joven ve a la chica que le gusta, y  a la que quisiera dar un beso, piensa: «Debajo de su estrella amarilla ya le han comenzado a crecer los senos».

No sé, es algo como lo que estamos viendo, ¿no?, que la gente se deja poner algo que no son vacunas, en una fase experimental, mientras se hace una foto que inmediatamente transmite a sus amistades a través del teléfono móvil con textos como el siguiente: «¡Por fin! Muy feliz de recibir mi primera dosis».

No soy la única a la que le preocupa no pensar suficiente. Lo sé. Y es una frase que repito entre los míos a menudo: «Nunca pensamos suficiente». ¡Nunca! Estoy convencida.

Imre Kertész tiene otros libros, también muy interesantes, por ejemplo: Yo, otro.

Ahí, nos dice: «¿Qué hacer con el reproche de que los judíos no opusieron resistencia cuando los llevaron a Auschwitz?» Pero, pregunto yo: ¿es que sabían a dónde los llevaban en aquellos trenes? No, los Auschwitz, ese horror, aparecen después, cuando lo desvela el paso de los días, cuando la Historia que se pretende legítima, ya no se sostiene. Pero no nos engañemos, el autor también lo sabía, solo que demoró en decirlo, porque unas páginas más adelante afirma: «Las situaciones modernas siempre riman de alguna manera con Auschwitz; de algún modo Auschwitz siempre surge de las situaciones modernas».

No estaba solo en este pensar. A todos los intelectuales de ese período les preocupaba lo mismo. Y la gente, entonces, no pensaba más que ahora. Lo dicen ellos; yo solo puedo hablar por lo que veo ahora.

 

Nota: publicado en Euskal News el día 26 de junio de 2021.

Comentarios

Entradas populares de este blog

JEAN FRANÇOIS LYOTARD: ¿POR QUÉ FILOSOFAR?

«DIARIO DE LA FELICIDAD» DE NICOLAE STEINHARDT

"UN ARTISTA DEL HAMBRE" FRANZ KAFKA