DUDAS EN TIEMPOS DE COVID: RAZONES FILOSÓFICAS Y PSICOLÓGICAS

 



Pilar Alberdi

 

 ¿Miras la televisión? Yo no la miro.

Desde que comenzó lo que se ha llamado «pandemia» me tomo la rutina diaria de ver numerosos periódicos digitales para copiar enlaces de las noticias más destacadas, simplemente por no perder la relación de los hechos y que en el futuro no intenten cambiar mis recuerdos por otros inventados.

De ese modo he podido comprobar cómo los medios de comunicación repiten los mismos idearios y hasta con las mismas palabras, pero en diferentes lenguas, en un país y en otro. ¿Recuerdan cuando en todos los países se aplaudía a los sanitarios por la tarde?

Las contradicciones que presentaba y presenta el lenguaje en la prensa así como en la televisión deberían haber alertado a la mayoría de la población, pero no ha sido así.

Hoy podemos afirmar que al menos 2.400 millones de personas en el mundo han participado en un experimento.

Ahora mismo se pretende que veamos la realidad a través de una única «categoría»: Covid, y otras pocas que se relacionan con esta. Pero el mundo y lo que en él sucede hay que poder analizarlo desde otras categorías, y en este momento, hay dos que me parecen fundamentales: verdad y mentira, o aquellos que identificaron los primeros filósofos, Mal y Bien.

Hoy sabemos más sobre la cuestión que hace un año. En este tiempo hemos oído hablar de la proteína espiga e incluso de las nanopartículas de dióxido de grafeno. Y sabemos que la mayoría de las personas que se vacunaron tienen más riesgo de enfermar que los no vacunados. Las cifras de vacunados hospitalizados supera el 80-85% en los países con más inoculaciones como es el caso de Islandia, Israel y Chile.

He hablado en otros artículos de cómo nos desinforman mientras aparentan informarnos. Por eso, aun siendo una gran tentación, evitaré tocar en esta ocasión el tema. Estoy segura que muchas personas que se han vacunado a esta altura de los hechos se sentirán defraudadas.

Precisamente estos estos días vi a un hombre en un video diciendo que en el futuro, parte de nuestros cerebros estarán unidos a Google, y eso nos hará superiores. Permítanme que sonría. Si la inteligencia va por ahí, ese no es el camino correcto. Y les voy a poner un ejemplo. Escribí en ese buscador la palabra «rocío» en minúscula, pues quería encontrar una fotografía del rocío sobre unas flores. Lo que me ofreció fueron imágenes y textos sobre Rocío Carrasco, su esposo, su exesposo, sus hijos, en fin sobre su docuserie, qué canal lo emite, los enlaces a los periódicos y revistas en donde se habla del tema, etcétera. Es decir, el buscador no ha entendido que «rocío» no es «Rocío» y que «Rocíos» puede haber muchas. Temamos, pues, sobre lo que nos pueda ofrecer este y otros gigantes de la comunicación, bajo eso que se llama NOM (Nuevo Orden Mundial).

Como el análisis lo merece, voy a proponer una vuelta al pasado. Un paseo por el mundo griego y su filosofía, una reflexión sobre los Principios básicos de la Lógica, como son el Principio de Identidad, y el Principio de no contradicción. Podría sumar también el Principio del Tercero Excluido, y el Principio de razón suficiente de Leibniz.

Estos principios del razonamiento son básicamente los pilares sobre los que se sostiene el pensamiento. Por ejemplo, por el Principio de Identidad sabemos que «todo objeto es idéntico a sí mismo», o lo que es lo mismo: «A es A» y no puede ser otra cosa.

Por el Principio de contradicción si se da que «A es A » y al mismo tiempo se afirma a continuación que «A no es A», resulta evidente que ambas afirmaciones no podrán ser verdaderas a la vez, porque la segunda, simplemente, contradice la primera.

El Principio del tercero excluido supone que si de algo se puede afirmar que es o verdadero o falso, solo existirá la opción elegida y ninguna otra.

Finalmente por el Principio de Razón Suficiente propuesto por Leibniz, se afirma que todo lo que es, tiene en sí razón suficiente para ser lo qué es, cómo es y del modo que es.

En las próximas líneas y si además tenemos el recuerdo de lo sucedido este tiempo atrás comprenderemos cuán huérfanos se quedaron aquellos principios de atención y de qué terrible modo se han ignorado.

Las vacunas «autorizadas» que «no aprobadas» y aplicadas en Fase III de experimentación a la población mundial, no son las vacunas tal y como las conocíamos, cuyo tiempo de prueba y seguridad llevaban años de estudio antes de ser utilizadas. Por tanto, si teníamos una idea de lo que eran las vacunas, las de siempre, estas no son como aquellas, y están realizadas por diferentes empresas y con distintos métodos. Si además teníamos conocimiento de que las vacunas inmunizaban, ahora resulta que no. Las personas inoculadas pueden infectar y ser infectadas; y en los países con mayor población vacunada (Islandia, Israel, Chile), los que ocupan las camas de los hospitales son los vacunados, es decir, los que aceptaron participar como voluntarios en la Fase III del desarrollo de vacunas. (Lo habitual en anteriores vacunas ha sido que esta fase se cubriese con solo unos miles de voluntarios, y no con millones). El objetivo de esta fase según la Agencia española de medicamentos y productos sanitarios es verificar «de forma robusta los aspectos de seguridad y eficacia del fármaco». Como sabemos si para otras vacunas se precisaba receta y consentimiento informado para estas no, y tampoco existe la posibilidad de reclamaciones a las compañía farmacéuticas, precisamente, por haberse ofrecido como voluntario. Los gobiernos tampoco se responsabilizan.

Mientras tanto, las personas mayores en las residencias, a los que se puso dos dosis y se les quiere inocular la tercera, están enfermando y falleciendo, mientras algunos periodistas, virólogos y médicos afines a este experimento intentan modificar su discurso anterior, dados los hechos actuales. Pero, ¿cuántas personas acudieron a vacunarse gracias a su consejo, mientras se denigraba y se sancionaba a otros científicos que alertaban del peligro de este experimento masivo?

En todo lo dicho y en lo que ustedes mismos han escuchado durante meses encontrarán vulnerados los principios básicos del razonamiento.

Con 50 fallecimientos en otros procesos investigación de vacunas, el fármaco se hubiese suspendido. Fueron necesarios 11.000 muertos para que unos médicos italianos rebelándose contra las autoridades sanitarias de su país realizaran las primeras autopsias. Además, el debate científico fue y es persistentemente negado en los mass media, especialmente en los canales de televisión, que es lo que más mira la población. Si hoy alguien quiere informarse debe buscar medios alternativos.

Y no solo no se han respetado los principios básicos del razonamiento, sino que una y otra vez se han repetido falacias. ¿Qué es una falacia? Es una proposición que se muestra creíble sin ser verdadera, y cuyo fin es atacar las ideas del oponente.

Con ese fin se ha recurrido a numerosas falacias, como la Falacia ad hominen (cuando no se puede atacar la idea se ataca a la persona, y hemos visto cómo se ofendía a quienes se salían de lo impuesto, y por la misma razón hemos valorado su valentía); la Falacia del hombre de paja (con esta se tergiversa lo que el otro dice para no reconocer que tiene razón, bastaba con llamarlos «negacionistas», «antivacunas»);la Falacia de la apelación a la autoridad (esta ha sido de las más recurrentes, se apela a una autoridad como por ejemplo un «comité de expertos» que, como en el caso de España, luego resultó que no existió, o se apela a un organismo supranacional (OMS) financiado fundamentalmente por Fundaciones privadas y por las grandes farmacéuticas); la Falacia de la falsa equivalencia donde se comparan datos o cosas incomparables, por ejemplo, se dice ha habido tantos casos detectados por PCR, se indica el número pero no se dice sobre qué total se tomó la muestra; la Falacia del falso dilema donde te proponen que la solución única y exclusivamente pasa por elegir entre dos opciones, por ejemplo, vacunarte o no vacunarte, sin darte otra opción, como podría ser y como se ha hecho en otros países, con fármacos económicos, de probada eficacia; la Falasia generalista (ya sabemos lo que ocurre con las generalizaciones, sirven para descalificar muy fácilmente y rápidamente al contrario, esta suele ser una falacia muy usada en periodismo y en política); la Falasia Circular (no salimos de lo que ya hemos dado por aceptado previamente, por ejemplo, que las PCR valen para detectar la Covid, cuando el propio creador de la prueba niega esa validez, y los CDC norteamericanos a día de hoy la han desestimado.

Siendo fundamentales los anteriores aspectos filosóficos, ahora veremos los psicológicos que también han entrado en juego a nivel general. Pensemos que hemos vivido una situación insólita que ha sido capaz de cerrar para siempre empresas que sobrevivieron a las dos grandes guerras mundiales. Una situación que rompió la vida tal y como la conocíamos, endeudó a las personas, a las empresas y a los países, y sembró el pánico.

El comportamiento que yo he observado este año ante la promesa de una vacuna salvadora ha sido el siguiente: primero, esperanza de que la vacuna llegue al propio país; segundo, cuando ha llegado y han conseguido por grupo de edad ―como se estableció― la cita para la inoculación, han comentado con felicidad en las Redes Sociales que tenían la cita, y posteriormente y a medida que se iban cumpliendo los plazos, podíamos ver en muchos casos a la persona haciéndose la foto de la primera inoculación y después de la segunda. Pero llega junio-julio de 2021 en España y hay gente que confiesa que se ha dejado inocular por presiones laborales o familiares, que tiene dudas, ya se va sabiendo «oficialmente» que los vacunados contagian y son contagiados, algo que otros virólogos, biólogos y médicos sabían a mediados de 2020. Y de pronto estamos en agosto, y esos medios oficiales han comenzado a vacunar a niños y adolescentes, pese a saberse ya, que el 87 % sufrirá graves consecuencias, cuando la enfermedad, realmente, apenas les afecta.

Finalmente, hay dos Principios de Sigmund Freud muy conocidos en Psicología, uno es el Principio del Placer y el otro, el Principio de realidad. Si el primero nos inclina al placer, el segundo nos invita a tomar en cuenta lo que hay. El primero explicaría al segundo, me someto por comodidad, porque parece que tendré mayor beneficio, porque sino al final igual me sucederá aquello con lo que me amenazan, también podré viajar y mostrar el «pase sanitario».

Para comprender mejor esto, podemos recurrir a otros dos Principios, son de Max Horkheimer, sociólogo, psicólogo y filósofo, y son bajo mi punto de vista deudores de los anteriores: el Principio de la mayoría (preferimos estar de acuerdo con la mayoría que ser parte de la minoría y ser señalados) y el Principio de adaptación (haremos lo que sea necesario para no parecer distintos a la media).

Creo que la gente no solo ha olvidado los principios lógicos básicos del razonamiento que están en el lenguaje, sino refranes alertadores que nuestros mayores decían en el pasado: «―¿Dónde va Vicente?» ―Dónde va la gente» y nos explicaban que eso no debía hacerse, porque podíamos decidir por nosotros mismos. ¿Podíamos, queríamos? Aquí está la cuestión. Dejarse inocular tiene unas consecuencias, y no hacerlo también. Y no solo eso, del modo en que se ha planteado, con censura incluida y falta de debate científico, ha causado problemas en las familias, con los amigos, en el trabajo.

Aquí no se trata de ser generosos participando en un experimento porque ni tan siquiera eso que han dado en llamar «inmunidad de rebaño» es posible, porque es un concepto de medicina veterinaria para animales en grupos cerrados que no se relacionan con otros. Aquí se trata una vez más de la libertad de elección. Y esto comienza en esa famosa frase que dice: «Conócete a ti mismo», esa reflexión y ese conocimiento de uno mismo y de los demás nos debería dar las pautas de cómo actuar en la vida, en quien confiar y en quién no, qué creer y qué no.

Lo he dicho al inicio de este artículo: yo no veo televisión, o dicho de otro modo: «Me llamaron del ambulatorio y me preguntaron: «¿Quiere vacunarse contra la Covid?» Fíjense en el verbo que utilizaron: «¿Quiere?» Yo, simplemente conteste: “No, gracias”». Y sigo perteneciendo a ese mínimo porcentaje de no vacunados.


Artículo publicado en Euskal News, el 14 de agosto de 2021. Enlace.





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