KARL KRAUS: ¿SU TIEMPO, EL NUESTRO?

 



Pilar Alberdi

 

 «En medio del humo de la actualidad la realidad se esfuma» Ernst Fischer

 

Vivimos tiempos de oscuridad. ¿Por qué leer si es más fácil encender la televisión y ver cualquier serie, concurso, película y entrar a las redes sociales de Internet a disputar como afamados polemistas y, además, sobre cualquier tema? ¿Por qué hacernos problemas si podemos reírnos de los problemas de los demás y sentirnos a causa de unas simples risas, superiores?

El intelectual ha desaparecido de la cultura, y los que quedan, por lo general tienen dueño: la izquierda, la derecha, el globalismo, el nacionalismo. Hay pocos intelectuales independientes, dentro de lo que pueda entenderse por esto.

Karl Kraus percibía los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial como un tiempo «sonoro», la radio dominaba el discurso.

El escritor refleja su enorme desasosiego frente a la falsa realidad de los hechos en un ensayo titulado con no poca ironía En esta gran época, a la que consideraba, una absurda época definida por la «cantidad». Es decir, un espacio-tiempo donde todo debía ser medido para adquirir un tono de verosimilitud, de virtual apariencia científica; una época capaz de hacer morir envenenados en las trincheras, a los soldados de la Primera Guerra Mundial, y poco después, ya en tiempos de paz, ofrecer excursiones turísticas a esos lugares donde se celebraron las batallas y se derramó la joven sangre. Sucedió entre las dos guerras, él lo cuenta. Y lo peor es que la época de la «cantidad» no acabó. Seguimos todavía en esta «gran época», sepámoslo o no, la misma que creó un chivo expiatorio (los judíos), la que recientemente fue a por los siguientes (musulmanes), y ahora ―tal parece―a por toda la humanidad. Vivimos tiempos de oscuridad.

La actualidad de la época, su cercanía, su impronta sobre nosotros es lo que confunde a los seres humanos. Convivimos con la locura, porque quienes afirman su intención de cuidarte, hablan de la necesidad (la suya) de reducir la población mundial. Cuando la verdad es horrible, cuesta aceptarla. Y cuando no les hemos enseñado a nuestros hijos cómo de cruel es la maldad, estos se encuentran indefensos.

Si el pasado pudiera hablar, y en realidad está hablando siempre, nos recordaría que para algunos personajes de la Historia, especialmente para algunos grupos de poder, el fin, es decir sus fines, sus negocios, su iniquidad, justifica todos los medios. Llámense Campos de concentración y exterminio, vacunas o confinamiento.

Quizá por eso a Kraus le preocupaba el lenguaje; porque el lenguaje avisa de lo que está por venir, incluso de lo que sucede ya, de esa neolengua que va retorciendo lentamente los conceptos hasta que ya no podemos reconocernos en ellos. Escuchamos decir: «hijas, hijos, hijes», «personas que menstruan», «un hombre embarazado».

¿Acaso no oímos, no nos saturan los medios con la palabra «vacuna» contra el SARS-CoV-2 cuando deberían hablar de la participación en un «experimento» en Fase III, en la que más de la mitad de la población mundial ha participado ya, dirigidos por los medios de comunicación de masas, propiedad global de una media docena de grupos empresariales? Lo visual unido a lo sonoro. ¿Y creíamos haber dejado atrás aquellos tiempos oscuros?

Dos peligros amenazaban la época de Kraus y la nuestra: la cantidad y la máquina. Por eso, se preguntaba insistentemente el escritor hacia dónde iba el mundo, y su respuesta era: «hacia el precipicio». Y aunque muchos de sus contemporáneos dijeron: «esto no puede continuar así»; no solo continúo, sino que se agravó. Reconocemos esas palabras, no son nuevas. Se han oído y las seguiremos oyendo una y otra vez, quizá nosotros mismos las hemos dicho: «esto no puede continuar así». ¡Claro que no, faltaría más!, no debería, pero: ¿quién lo va a impedir?

Por aquel entonces, en la época de Kraus se iba a la catástrofe sin más, sin que la gente se opusiera, incluso con entusiasmo nacionalista, se iba porque estaba mandado por el poder que organizaba los hechos y por los sectores económicos que intentaban sacar ganancia con un bando y con el otro también, porque «en un mundo de intelectuales que se someten a la época, también había, ¡oh, desgracia!, y lo explica muy bien Kraus, «cristianos intelectualizados», que habían olvidado ya el sentido cristiano de la vida y seguían las palabras ocultas del poder. Pero sobre todo había gente que ansiaba sentirse superior y tener algo de que jactarse, algo que la distinguiese de su vecino, o del ciudadano tras la cercana frontera. Y esa gente, en tiempos de crisis, solo sabe hacer una cosa: unirse bajo un líder común que les permita cabalgar sueños de gloria. Pero el esplendor es efímero, la tela de la bandera pronto se rompe, los colores se desgastan, los cantos y los brindis cesan porque el verdadero enemigo es invisible, se oculta en el poder que domina el mundo.

Pedía, por tanto, Kraus, para su época responsabilidad, más allá de la tonta «obediencia a la autoridad» de turno. Escribió: “La máquina le ha declarado la guerra a Dios”. Pero, me pregunto: ¿qué era Dios en esa catástrofe? ¿En ese intermedio entre la primera guerra mundial y la segunda? ¿Una catedral protegida con bolsas rellenas de arena contra los bombardeos? ¿Eso era Dios? ¿Una campana caída? ¿Un credo religioso o dos alentando o dejando que se persiguiera a otro? ¿Qué era Dios, sino la valentía de unos pocos?

Kraus todavía nombraba a Dios. Sabía que si este habitaba en alguna parte era en los seres capaces de decir «no». Y ahora sumemos a la máquina y la cantidad, la Inteligencia Artificial, y ¿qué vemos? El abismo, la guerra del hombre contra el hombre.

Destruir una cultura, una familia, es fácil; siempre es más fácil romper una amistad y una pareja que construirla. Por eso, llevarse por delante aquello que puede representar la idea divina es fácil, sin embargo, no faltarán jamás personas que la representen, serán pocas, pero sabrán estar presentes para la vida. Hay palabras que no desaparecen, esto habrá que afirmarlo, ya que el hombre en busca de sentido, las necesita. ¿O no decían los griegos «Dios es el día y la noche, la oscuridad y la luz». O no decían en tiempos de los primeros padres de la Iglesia cristiana, «Dios es Uno», pero ¿qué es Uno, sino la unidad, el todo; mi pertenencia como ser humano al Universo, mi correspondencia y mi disposición hacia el Otro?

En los tiempos de Kraus, según él lo manifestó, la prensa en manos del poder económico era un recurso bélico más, y de los peores; nos dice: la prensa “viene apenas después del submarino, del zeppelin y del victorioso obús”, es decir, las noticias acompañaban a los hechos, los anticipaban, incluso los creaban.

Kraus, no era un hombre perfecto, pero todavía conservaba el valor de defender algo que otros cerca de él perdían cobardemente: las convicciones. Y no era un hombre con pseudopersonalidad, esa clase de aparente personalidad tan abundante hoy en día.

Su humor tan excepcional le permitió escribir sobre las «verdades relativas». Dijo: «El escepticismo ha evolucionado desde el «que sais-je» (qué se yo) al “yo qué sé». No se puede decir más claro. El relativista al acomodarse a los tiempos, en su afán de ser moderno, no hace realmente otra cosa que repetir la ideología puesta en circulación, y no se esfuerza en pensar por sí mismo si hay una idea mejor que otra. Lo suyo es pasotismo puro.

Kraus fue amigo de Benjamín y maestro de Wittgenstein; como sabemos, este último acabó desestimando la posibilidad que él mismo había defendido en su juventud de crear a partir de la Lógica simbólica un lenguaje más exacto. En la madurez de su vida comprendió que ante todo, nos enseñan a comportarnos ante las palabras.

El escritor también vivió otras batallas personales, por ejemplo, luchó contra las ideas de Sigmund Freud, porque le parecía que aquel médico y psicoanalista pretendía tener todas las respuestas de lo que era un hombre partiendo de la líbido. Y él intuía que había más.

Conoció la realidad del tiempo que le tocó vivir desde la acera de la burguesía a la que como integrante de la mismaalertó sobre la decadencia del capitalismo que la sostenía; blandísimass arenas movedizas, capitalismo que funcionaba gracias a clichés y fraseologías repetidas una y mil veces, y a una prensa siempre servil al litigio entre fronteras, al belicismo, y al poder que pudiera ofrecer rápidos beneficios económicos.

Sin duda, Kraus fue en toda regla un servidor de la Lengua, por eso pudo advertir sobre las formas degradadas que la información iba adquiriendo.

Mientras Shakespeare nos cuestiona todavía con su maravilloso: «¿Ser o no ser?». Kraus dejó escrito en sus Aforismos, algo tan claro como el aire de un nuevo día: «Aparentar tiene más letras que ser». Y, ¡qué fácil es aparentar! Hasta la mentira quiere aparentar ser la verdad.

Si lo pensamos bien, eso es lo que le pasa a las épocas, a las culturas y a las personas. Aparentar significa no reconocer ―entre otras cosas― las debilidades sobre las que algo se sustenta.

Krauss como Fernando Pessoa pasó parte de su vida editando una revista, es verdad que poseía los medios económicos para hacerlo, pero eso solo no justifica su tarea y su enorme empeño; como hemos insistido antes, tenía convicciones, pasión por lo que hacía. La revista se llamaba “La antorcha”, desde esas páginas su pensamiento crítico batalló sin descanso contra toda clase de enemigos, pero sobre todo contra los indiferentes y los crédulos.

En las páginas de su revista colaboraron numerosos e insignes escritores, y cuando faltaron, él se multiplicó en varios heterónimos. Fue de este modo, muchos, siendo uno solo.

Su tiempo no lo reconoció; es lógico, las épocas solo reconocen lo que sobresale, no lo profundo.


Referencias:

KRAUS, KARL. En esta gran época, Aforismos, La urna no es orinal.

BENJAMÍN, WALTER. Dirección única.

FISCHER, ERNST. Literatura y crisis de la civilización europea Kraus, Musil, Kafka.

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