«LA LUZ NO USADA»

 


Pilar Alberdi


«El aire se serena y viste de hermosura/ y luz no usada, Salinas, cuando suena, /la música estremada/ por vuestra sabia mano gobernada». Fray Luis de León dedicó su Oda III, a la que pertenecen estos versos, al compositor, director de coros, y organista invidente, Francisco de Salinas. Este catedrático de música de la Universidad de Salamanca, perdió la visión a los once años; y habiéndola conocido, tal y como busca hacernos comprender el poeta, retornaba en bellas armonías.

No era la luz común, la misma que implora el canto del gallo cada mañana. Ni la de los tempraneros grillos implorando con su monótona repetición de cri-cri, algo de amor para empezar el día. Ni la que proclaman los relojes alertándonos de su diaria y exigente presencia. Ni tan siquiera era la luz del sol cubriendo de azul y blanco el mar; o la de la reflectante luna. Era otra cosa, algo más: la luz retornando en el recuerdo de un hombre que había perdido la luz.

Pienso en esos destellos de luz que nos han dejado los que ya no están con nosotros. Siguen brillando en la distancia. Pienso en sus manos traqueteando entre las cosas que fueron suyas, en sus infancias y su juventud contadas tantas veces; en sus vidas logradas o infortunadas; en sus trabajos; sus idas y venidas por la vida; en sus ensimismamientos o su generosidad. Los conocimos en la luz y los recordamos sabiendo que pervive en el recuerdo aquella luz suya, y ahora también su luz no usada.

El poema de Fray Luis de León habla de un alma que aprende solo cuando recuerda que existe, del mismo modo que para recuperar la luz hay que recordarla por quien ya no puede verla, pero la siente, en el calor del sol, en el curso del agua en el riachuelo, en las voces vibrantes, en la acariciadora mano, en la ancianidad que ya no recuerda las palabras justas.

La luz para Francisco de Salinas, era una luz distinta de la de sus contemporáneos. De los que acudían a la Iglesia a escuchar su luz sonora. ¿Era distinta o era la misma? No, igual no era. Y cuando esto sucede, me atrevo a afirmar con serena confianza, se alcanza la armonía, y sobre todo el sentido de unidad, aquello que desmiente al Tiempo de las horas e incluso a la distancia. ¿Qué es la distancia para quien recuerda, para quien puede poner en pie sus sentimientos, para quien no se deja degradar por la equidistancia sumisa, la inconsistencia de los pareceres, la desazón inútil, la presencia sutil y otras veces encarnada de la nada?

No es la luz, la música, pero se le parece; y como ella, vibra, tanto como el espíritu vibra en la palabra.

La historia de aquel pequeño vidente, luego ciego, la recoge el músico en sus notas, y el poeta con la precisión de sus palabras; pero ninguno habla del niño que observó por primera vez los rostros de sus padres, que escuchó el balar de las ovejas y el sonido de los cencerros, el que percibió sol amarillo posarse sobre el lomo de los animales, el cloquear ensolado que rondaba los pasos y el picoteo apresurado de las pardas gallinas del corral sobre los granos de maíz, el que acompañaba solícita a la araña en el telar humedecido por una fina llovizna otoñal. No en vano: «El aire se serena y viste de hermosura/ y luz no usada» cuando el compositor toca las teclas del órgano con su música. La luz no usada de una vida convertida en música, y luego, con renovada energía convertida en poesía, en letras que se unen y se separan como antes ocurriera con las notas musicales, y después a través de los siglos con otras generaciones que se unen, llegan, y se marchan. Porque la vida es eso, ¿no?, un difícil juego de espejos en equilibrio.

Esto me trae el recuerdo de las palabras de María Zambrano en la última escena de La tumba de Antígona: «Yo no sabía, no, que la luz tiene semillas». Sí que las tiene, y las prodiga. Lo especial, lo sublime, siempre tendrá semillas. ¡Cuán cierto es esto! Ahí están Francisco de Salinas, Fray Luis de León, María Zambrano…El personaje de Antígona, y tantos otros, anónimos, pero no para los corazones buenos. Y esa es la maravilla, ¿no? Y esa es la luz... ¿Quién no aspira a esa luz, a ese equilibrio? ¿Surge de nosotros o llega desde fuera? ¿Es un encuentro mutuo? ¿Es reconocimiento? ¿Acaso reminiscencia? Es lo envolvente, ya sea pura luz de música o palabras, o amor, simple amor envolvente, que de eso trata, la luz no usada.



Fray Luis de León (1527-1591)

Francisco de Salinas (1513-1590)



Comentarios

  1. Hermoso artículo, Pilar. Tú también tienes una gran luz interior que nos ilumina a los que te seguimos.
    Gracias, siempre.

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  2. Muchas gracias. Ojalá sea así.
    Saludos.

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