Pilar
Alberdi
Leo
mucho y escribo poco, es verdad. Entre manos tengo los borradores de
un par de ensayos pero aún tardarán en salir al exterior, hay que
darles un tiempo de sosiego, un poco de silencio y de sombra en un
retirado cajón, una calma que anticipe o sea puente a nuevas
reflexiones; y quizá, aquí y allá, en los tupidos renglones, un
cambio en el orden de las palabras que surgirá más tarde.
Verdaderamente
me subo a hombros de gigantes cuando leo, y desde allí oteo el
mundo. Es como estar en otro continente, en otras tradiciones, en
otra clase de «tiempo»,
el de gentes lúcidas y
sensatas. Solo un interés me empuja: comprender, es decir,
comprender mejor cada día.
Haciendo
justicia a los términos «leo
mucho y escribo poco», aquí dejo someramente los títulos y
autores de algunas de mis últimas lecturas, que no son todas, por
supuesto, en esta visita constante que hago a bibliotecas físicas y
virtuales. Algunos ejemplos:
Lectura
de libro de Antonio Barcena: Hannah Arendt —Una filósofa
de la natalidad —. Arendt comprendió que la «humanitas»,
lo humano renace una y otra vez con cada ser, que cada ser es una
nueva oportunidad para garantizar, afianzar lo humano. ¿Acaso no
destellan con luz propia en la humanidad unos pocos individuos
portadores de esa humanidad? ¿Y acaso no han sido ellos quienes han
dado ejemplo en ese sentido?
El
autor nos recuerda lo que dijo André Enegren sobre la filósofa:
«Hannah Arendt no pertenecía a nadie». Y es esa, su condición de
«apátrida», la base que justifica dicha afirmación. Pero no toda,
porque siempre reconoció que su madre le enseñó a ser fuerte, a
oponerse a lo que fuera si creía tener razón, especialmente si la
ofensa de la que fuese testigo no fuera ni siquiera contra ella misma
sino contra otros más débiles, incapaces de defenderse o de
reconocer la ofensa. Incluso cuando de algún modo tuvo patria, fue
valiente. Lo fue siempre. Para atreverse a decir lo que se piensa, y
para pensarlo, para oponerse a lo que hay, a lo que se impone, al vil
engaño, hay que ser valiente.
Sobre
esta condición de «apátrida» en tiempos de la guerra y la
posguerra, la autora se expreso del siguiente modo:«Al perder
nuestro hogar perdimos nuestra familiaridad con la vida cotidiana. Al
perder nuestra profesión perdimos nuestra confianza en ser útiles
en el mundo. Al perder nuestra lengua perdimos la naturalidad de
nuestras reacciones; la sencillez de nuestros gestos y la expresión
espontánea de nuestros sentidos. Dejar a nuestros parientes en los
guetos polacos, a nuestros mejores amigos morirse en los campos de
concentración significó el hundimiento de nuestro mundo privado».
Muchos de estos intelectuales ya no volverían a ver a sus
familiares, especialmente a sus padres. Lo contó en Nosotros los
refugiados, (1943).
A
Hannah Arendt se la cita mucho, es verdad, muchísimo en artículos
académicos y otros textos de filosofía escritos por hombres y
también por mujeres, pero no aparece en la mayoría de los libros de
filosofía para universitarios. Esto sí que es terrible. ¡Qué
silencio! Todavía le deben su lugar en la Historia de la filosofía
pese a sus estudios sobre el totalitarismo y la violencia a los que
tantos recurren.
El
mal le preocupó siempre. Frente al bien al que consideraba profundo,
con raíces firmes, el mal era algo superficial que crecía
rápidamente como un hongo infectando todo en su camino. Quizá por
eso, supo ver por un lado el «mal
radical», el
del instigador y
propulsor, y aquello otro que definió como la «banalidad
del mal», la de sus
seguidores, la de aquel que sin hacerse muchos problemas de
conciencia intenta sobrevivir al sistema, pretendiendo eludir toda
responsabilidad cuando se la piden con excusas como la de haber
obedecido leyes que fueron legales en un determinado momento
histórico. Lo explica en El caso Eichmann. Pero la ley moral
no es la ley oportunista de los hombres.
Lectura
del artículo de Jacques Maritain: «Santo
tomás de Aquino y el problema del mal. Principios generales»:
El autor invita a la reflexión partiendo de la claridad
exponencial de Tomás de Aquino sobre el mal. ¿En qué momento se
produce? El resumen sería: faltar a la regla (lo que está ordenado)
es previo a la caída. Si hay caída es porque hay una regla o norma
que no se ha respetado. El pensamiento no es el mal; con el acto
comienza el mal verdaderamente. Mientras haya pensamiento puede haber
reflexión y cambio de proceder. Una vez cometido el acto nos
encontramos de frente con la consecuencia.
Lectura
de Las paradojas de la irracionalidad de Donald Davidson:
Todas las acciones aún las más incomprensibles pueden ser
explicadas. No hay falta de conciencia salvo en algunos casos
concretos como demencias, etc. Ninguna acción adolece de
consecuencias.
Releí
La fábrica del hombre occidental de C C Lewis: La pregunta
griega «¿qué es?», el conocido «tò tí esti» de Aristóteles
pasó a ser en los latinos el «qué
de la cosa», la
«quididad».
Nos
preocupó y siempre nos preocupará aquello a lo que nos enfrentamos.
Es evidente que a unos más que a otros, y toda corriente filosófica
lo ha hecho a su manera.
Lewis,
además, nos propone una cuestión fundamental, nos dice que lo que
nos hace humanos es la pregunta: «¿Por qué…?». Con ella —añado—
expresamos nuestro sentido de la justicia, de la libertad, la
exigencia de una respuesta que nos conforme, que se ajuste a razones.
Lo
humano no es, no ha sido y no será jamás obediencia ciega. Lo
humano se opone al conformismo, a la sumisión y a la obediencia
impuesta provenga de donde provenga. Pongo un ejemplo sencillo que
los que hemos sido padres podemos recordar fácilmente: hay un
momento en que el niño pasa de decir «sí» a todo a decir «no»,
cabe pensar que en ese paso ha habido un aprendizaje. ¿Le han
engañado? Ya no se deja engañar. ¿Le han llevado donde no ha
querido? Ya no lo aceptará. Y el rotundo «no»
lo dirá como defensa de sí, aunque no siempre le genere beneficios,
porque aun le falta comprensión y palabras. Es parte del
aprendizaje. Después, el niño irá avanzando hacia la adolescencia
y hacia la juventud. Si el razonamiento crítico pervive en ese
camino, muchas veces habrá de cuestionar los hechos y se hará la
pregunta: «¿Por qué…?» Pregunta que al mismo tiempo que
cuestiona al otro o lo otro, es fundamental para sí mismo y el resto
de la humanidad.
También
leí Las dos claves de la moral de Henri Bergson. Entre sus
páginas hay un concepto que no sé si sería suyo o lo tomó del
acervo popular: «el filósofo del hormiguero», me inclino más a
esta última proposición por el modo en que lo explica.
La
cuestión es la siguiente, llega el día en que la hormiga se
pregunta para qué tantos trabajos, por qué debe cumplir con las
obligaciones impuestas. La hormiga triunfa sobre su condición de
obrera cuando se plantea las preguntas, pero pronto cede a la
tentación de alejarse del hormiguero y de la tarea. Ella porta una
«filosofía del
hormiguero» que la obliga
a reconocerse entre las demás hormigas y a ser parte necesaria del
sistema, por tanto, pronto establecerá para sí y se rendirá a un
pensamiento que justifique su propio comportamiento y el del
hormiguero al que pertenece.
Asiento
en que todos podemos ser filósofos del hormiguero pero hay momentos
en que hay que saber decir «no»,
especialmente cuando todos dicen «sí»
sin reflexionar ni investigar,y cuando oponerse a la mayoría
parece un suicidio. Es lo difícil: aquí prima el valor de la
persona.
También
releí otra obra de Bergson: Memoria y vida, —textos
seleccionados por Gilles Deleuze—.
Ahí aparece un tema fundamental en su obra: «la duración y el yo»
donde la memoria, el recuerdo de sí y la lealtad que uno se tiene a
sí mismo es importante. La conciencia de lo vivido y actuado, nos
ofrece una base importante sobre la continuidad de ese tipo de
acciones que sirven de refuerzo y garantía del propio proceder y de
alguna manera a la propia individualidad.
Una
de las últimas obras que he leído es una recopilación de textos de
José Bergamín con introducción y prólogo de Nigel Dennis. En la
sección correspondiente a los ensayos, aparece en primer lugar el
titulado: La decadencia del analfabetismo”. Probablemente los
lectores jóvenes no sepan quién fue Bergamín, pero los de mi edad
sí. A Bergamín, como a muchos de su época, les pilló el toro de
la Guerra Civil por el camino.
¿Qué
pasa con la alfabetización? La respuesta es sencilla: la
alfabetización iguala a la media, impone una cierta manera de ser
desde la escuela. Es una alfabetización a partir de letras, incluso
de números donde todo responde a un orden, a una corrección, a una
normativa, a una adecuación a la regla. La diferencia con el
analfabeto es que este conoce las palabras de los suyos, porta una
memoria oral; se mantiene dentro de las tradiciones; es rico en
poesía, esa otra forma de la filosofía profunda donde las palabras
no son lo esencial sino el sentido, y las imágenes que estas sean
capaces de retratar. Y con respecto a esto último pone como ejemplo
a los niños. Un niño no puede pensar con frases elaboradas, piensa
con lo que ve, con lo que siente. Así hemos pensado siempre, aunque
luego busquemos las palabras adecuadas para poder explicar algo con
detalle.
Nos
da a entender Bergamín que con las palabras
«deber»,«aprobar»,«nota», aparece la «razón práctica» del
alfabetizado, aquella de la que habló Kant, frente a la «razón
pura» del analfabeto. Toda razón práctica hay que imponerla, la
razón pura es natural, intuitiva.
Quizá
de aquel analfabetismo también surgieron cosas malas, pero una
muchedumbre dirigida desde los mass media, que toda ella sigue el
mismo discurso impuesto masivamente, por ejemplo de odio, es, sin
duda peor, porque teniendo los medios para su propia educación y
reflexión, el alfabetizado no los utiliza. Nos está pasando hoy:
todos alfabetizados, pero ¿quién lee? ¿Quién investiga, quién se
instruye? La gente ve y escucha lo que le dicen por el televisor. Los
alfabetizados de hoy, además, están rendidos al mundo virtual.
No
quiero dejar sin citar por último el libro El arte de la poesía
de Ezra Pound y la importancia que otorga a la imagen. Esto estaría
en consonancia con lo dicho en el anterior apartado. No pensamos con
palabras pensamos con imágenes a las que nombramos con palabras,
para las que buscamos idealmente las palabras adecuadas. Siendo con
preferencia eso, lo que transmite un verdadero poeta en su poema.
Para
Pound una imagen es un «complejo intelectual y emotivo en un
instante temporal». Afirma: «vale más presentar una sola imagen en
toda una vida que producir obras voluminosas». Una imagen supera la
limitación de cualquier traducción deficiente, cruza fronteras con
facilidad, se anticipa a la palabra y después la capta para ser
nombrada. Pienso en la Alegoría de la Caverna de Platón. En este
caso es un ensayo, pero igual vale, porque nadie negará además lo
poético filosófico en analogías como esa que refleja Platón.
Podríamos decir de la imagen que es aquello que leemos entre líneas,
que supera el decir de las palabras, que subyace a las mismas, que
nos impulsa a hacernos más preguntas.
Por
último, he releído algunos libros de George Steiner, de Gustavo
Bueno, de Josep María Esquirol, varios sobre temas de lógica, uno
sobre la antigua Grecia de Karpp Ernst. Releí la Ética a Nicómaco,
y de Ernst Gugendhat, Propedéutica de la ética.
Y
así bien podemos decir se pasaron los días mientras llegaba
esforzada y alegra la primavera.
Renovación,
renacer, he ahí la vida.