jueves, 26 de septiembre de 2024

HANNAH ARENDT: «RESPONSABILIDAD Y JUICIO»



Pilar Alberdi

 

Afirmaba Sócrates que «es más feo hacer una injusticia que recibirla». Y lo decía, precisamente, cuando faltaba poco para que por su propia mano diese cumplimento a la sentencia de muerte, a la que le había condenado por mayoría la Asamblea ateniense. Por eso, recuerda Hannah Arendt que frente a los hechos acaecidos en el período de la Segunda Guerra Mundial, ella «había dado por descontado que todos creían todavía, con Sócrates, que es mejor sufrir una injusticia que cometerla»,previsión que desgraciadamente resultó errónea.

Mucho le preocupó el mal. Ella llamó «desafío para el pensamiento», que es lo que siempre ha sido, a la «banalidad del mal». Y pasa a consignar cómo se caracteriza el mal. Primero por su falta de raíz, por su superficialidad. Como tal es fácil de contagiar no exige pensamiento, pero sí astucia, conformismo, indiferencia. El mal, por tanto, es algo que puede hacer cualquiera, solo hace falta un poco de ignorancia y nada de reflexión propia.

Para la filósofa «la culpa» nunca puede alcanzar la condena de «culpa colectiva», y de hecho habitualmente vemos que no se condena a los pueblos, porque asumir esto sería como aceptar que todos son culpables, y por la misma razón tampoco habría una «absoluta inocencia colectiva». Por eso la pregunta fundamental sobre el totalitarismo o cualquier otro caso de genocidio o dictadura es: no tanto «¿Por qué obedeciste?» sino «¿Por qué colaboraste?».

En esta obra, además, demuestra Arendt un amplio conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Aporta un concepto «teoría del engranaje» para llamar la atención sobre el avance de la ideología totalitaria, y lo explica de este modo: «Cada pieza del engranaje debe ser prescindible sin que cambie el sistema». Si cada pieza (sujeto) responde cumpliendo la misión correspondiente, el totalitarismo se mantiene en el poder. Llama la atención sobre el papel de los funcionarios alemanes, porque manifiesta contrariada fueron los mismos antes, durante el gobierno nazi y después, cuando todo pareció volver a «la normalidad», pero ¿qué normalidad podía ser esa? ¿Y a quién representaban esos funcionarios obedientes a la ideología de turno?

Arendt apela a Kant para recordarnos que la verdadera «llaga o mancha» está en la «mendacidad», en el mentir. Si uno se miente a sí mismo, también será capaz de mentir a los demás. Al mentir uno niega su capacidad de discernimiento, y sobre todo su dignidad. Se aliena. Se convierte en cosa.

Ella llega a la conclusión de que no se puede confiar en personas que acatan obedientemente normas, en cambio, sí se puede confiar en personas capaces de ir contra sus propios intereses al negarse a aceptar esas mismas normas.

Juzgar, y es a lo que apela Arendt, supone devolver la dignidad a la persona, es decir, recordarle que tiene una dignidad como ser humano, aunque no haya sabido dar ejemplo de ella. Dice: «La grandeza del procedimiento judicial consiste precisamente en que incluso una pieza del engranaje pueda recuperar su condición de persona». Es decir, que lo que se le recuerda con el juicio es que ha perdido su dignidad, que no se ha comportado como lo que se esperabas de un ser humano.

Se ha comentado mucho sobre la posible influencia de Heidegger sobre Arendt, en su época de estudiante, pero tras la lectura de Responsabilidad y juicio se pueden apreciar amplias lecturas sobre temas morales y éticos. Entre ellas, el libro Antropología práctica de Kant. Entre varios temas importantes, Kant describe en esa obra qué cosa es un «temperamento» (aquel con el que se nace, la inclinación hacia una manera de ser) y pone énfasis en cómo se adquiere un «carácter», que es básicamente, no mintiendo. Él formula la cuestión así: «¿Qué cabe hacer para ejercitar un carácter?» y contesta «La persona no debe mentir» y en segundo lugar «ha de cumplir sus promesas» (…) y añade «el carácter no se basa en el temperamento, sino en la libertad de elección».

Destaca en este libro de Hannah Arendt, de manera muy especial, los tres momentos de la vida de una persona, que son: memento nasci, memento vivere y memento mori. Siendo para ella, el de nacer, el más importante, quitando importancia a aquello de Heidegger de «somos para la muerte».

Además, en la trascendencia de los actos, lo bien actuado es un nuevo memento nasci realizado a conciencia. De este modo en cada acto se nace a la bondad una vez más, igualmente a la lealtad, al amor. Son elecciones de sentido, que dan sentido a la propia vida.

En su obra La condición humana reconoce a la natalidad como «categoría política». Porque toda política verdaderamente humana debería defender ese presupuesto a priori, el milagro de una vida que surge cuando podía no haberlo hecho, llegando a decir en Los orígenes del totalitarismo, unas palabras de Agustín de Hipona, recordemos que su tesis de doctorado la hizo sobre los libros de este, por tanto, es obra que conocía bien. Las palabras en cuestión son: «Initium ut ese homo creatus est» (“para que un comienzo se hiciera fue creado el hombre”). Este comienzo es garantizado por cada nuevo nacimiento; este comienzo es, desde luego, cada hombre». Y cuando la persona tiene dignidad y no se miente, cuando no miente a los demás y se comporta humanamente, empáticamente con el resto de seres y animales, con la naturaleza de la que forma parte, y cada acto es una elección en libertad, una decisión propia meditada, entonces el sentido de la propia vida se manifiesta sinceramente.

 

Referencias:

HARENDT, HANNAH. Responsabilidad y juicio. Paidós. Barcelona, 2019.


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