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sábado, 5 de enero de 2019

¿TODOS TENEMOS DERECHO A UNA OPINIÓN?



Pilar Alberdi

«La vida de las palabras no es independiente de las ideas». Réne Guénon

Todos creemos que tenemos derecho a una opinión. El profesor David Godden en su artículo «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático» , explica cuál es el método que ha utilizado para saber qué piensan los estudiantes universitarios que acuden a su clase sobre esta cuestión, y si estarían dispuestos a cambiar su opinión por otra.
Somete a los estudiantes a que escriban en un papel su opinión sobre un determinado tema que él les plantea. Luego, recoge y reparte aleatoriamente esas opiniones, y les pregunta si aceptarían la que han recibido. La respuesta es, fundamentalmente, «no». Prefieren la suya. No ceden ante la posibilidad de ampliar hacia otra perspectiva y zanjan la cuestión con la conocida excusa de que «todo el mundo tiene derecho a una opinión». A lo que David Godden contesta que solo tienen derecho a tener una opinión aquellos que pueden ofrecer razones. En realidad, el caso es algo más complejo de lo que acabo de describir, pero en esencia es así.
David Godden reconoce que las charlas de su homólogo, Patrik Stoken, quien suele afirmar: «No. No todos tienen derecho a tener una opinión» le motivaron a escribir su artículo. Esto me recuerda la pregunta de Kant: «Si ahora nos preguntáramos; ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?; la respuesta sería: ¡No!; pero sí vivimos en una época de Ilustración» . La verdad es que tras escribirlo me asaltan las dudas. Cualquiera diría que en parte permanecemos en aquella minoría de edad que él denunciara. Hoy tenemos educación, pero ¿pensamos por nosotros mismos? Pensar supone tener creencias. Y esto como señalaba William Clifford, no es poca cosa. Porque «una acción cuando se ha llevado a cabo es correcta o incorrecta para siempre» y toda acción tiene que ver con una creencia. Por tanto, deberíamos analizar continuamente nuestras creencias, porque cada una de ellas reafirma las anteriores y evita la llegada de otras nuevas o mejores.
Pero, tomemos en cuenta esas palabras: «opinión» y «creencia», y vayamos al diccionario. ¿Qué dice allí? Veamos. «Opinión»: «Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», y a continuación en «Opinión pública»: «Sentir o estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados»; ahora, nos fijamos en la palabra «creencia», y encontramos su primera acepción: «Firme asentimiento y conformidad con algo». Por tanto, una opinión siempre se asienta sobre una creencia del tipo que esta sea. De tal hecho, se deduce que una creencia incide y sirve de fundamento para el resultado de nuestras opiniones y de nuestros actos, sean que los realicemos o no, pero aún si no los realizamos, influyen indirectamente sobre nosotros y el sentido de nuestras creencias futuras y sobre las de los demás. Y, por supuesto, las de los demás sobre las nuestras.
Después de afirmar que la filosofía descansa en una práctica argumentativa basada en «pedir y dar razones», de la que Sócrates es el ejemplo elegido, se sorprende Godden del invariable resultado de la prueba a que somete a sus estudiantes. Él, pretende crear una «disonancia cognitiva» al intentar que cambien las opiniones dadas si encuentran otra mejor. Al enfrentarlos a una opinión diferente, quisiera verlos forzados a replantearse la suya, pero, muy por el contrario, cada uno se aferra a la emitida con más vehemencia si cabe. Es entonces cuando el profesor les dice, que si bien tienen «derecho político» a tener su opinión, no tienen «derecho racional» a la misma, si no pueden dar razones. ¿Pueden darlas? No sabiendo dar razones del propio pensamiento, ¿bajo qué condición de verdad van a juzgar las de otros? ¿Cómo pueden saber que aquellos argumentos que otros sostienen no son mejores o cómo van a poder determinar cuáles son peores?
Sentimos sobre estas apreciaciones la larga sombra de Kant, cuando decía que hay una conciencia moral universal, de la que todos tenemos conocimiento.
Godden llama la atención sobre el hecho de que la «legitimación política» para emitir una opinión es un derecho básico (que incluso puede ser punible en ciertos casos según sea la ley), pero ese derecho básico que permite a todos tener una opinión, no exige justificarla, en consecuencia, muchos tienen opiniones como quien tiene cuadros colgados de las paredes de su casa. Cuando estas opiniones que se poseen del mismo modo que se tienen otras cosas, sin mayor reflexión, cansan o se pasan de moda, se cambian por otros. La «legitimación política», de algún modo aquella Constitución civil ideal que pensara Kant, permite tener una opinión, pero no garantiza que quien la tenga pueda justificarla con razones. Quizá oyó esa opinión en un programa de radio o en uno de la televisión o la leyó en un periódico, y ni siquiera la contrastó. Exenta de «legitimación racional» esa opinión que también es creencia o publicidad pasa de boca en boca hasta que ya no tiene sabor, y alguien se la traga definitivamente.
Por supuesto que a Godden le preocupa cómo piensan los jóvenes y deja el porqué de tal conducta a nuestra imaginación. Pero, ¿y los adultos, que hacemos con nuestras opiniones y creencias? ¿De verdad son nuestras? ¿Por qué nos parece que los jóvenes se aferran a sus opiniones más que los mayores, aunque sean incapaces de defenderlas con razones? Yo encuentro que la respuesta es sencilla. A los jóvenes, desde niños se les enseña a obedecer, dentro de instituciones como la familia, las de tipo religioso, la educativa. Si el joven ―y antes el niño que fue― tiene una opinión propia, en general, y salvo que tenga una familia de tipo protectora o democrática y no rígida, no expresará su opinión más personal por temor a las consecuencias. Dirá lo que se espera que diga, la que está acostumbrado a oír; responde, en suma, del modo en que se le ha educado. Luego, cuando el joven comienza a salir de su entorno, en la adolescencia, se encuentra con sus pares, que es un grupo de notable influencia, y allí también será sometido a la dura prueba de dar su opinión verdadera o replegarse a la opinión de la mayoría si quiere seguir siendo parte del grupo en cuestión. Lo habitual, lógicamente, es el sometimiento al grupo; además, una persona aparece como normalizada si tiene amigos, aunque estos, realmente no pasen de ser coleguillas. A fin de cuentas, el joven depende de los adultos para sobrevivir, y sabemos que el espécimen humano que más abunda en el mundo es el de los «obedientes». Obediencia que se presenta como virtud pero que nace de la credulidad, impuesta afectivamente, léase con autoridad. El joven precisa, además, hacer su camino para ganar experiencia en la vida; luego, se ve enfrentado a decir lo que piensa verdaderamente o lo que parece que todo el mundo piensa; y elige lo que le es más cómodo.
Hoy llamamos ser «razonables» a vivir de acuerdo con las normas sociales de convivencia, a ser educados. Se vive en la insinceridad por contagio, ¿cómo soportaría tanta gente las condiciones en que les toca vivir o trabajar? Pero ser educados no es ser razonables. La mayoría de las veces ni siquiera basta con querer ser racional, hay que ser valiente. Se necesita ser valiente hasta para ser bueno. Se prefiere la opinión parecida a la de uno o mejor aún, la opinión general, que favorece la no-discordancia externa o al menos el disimulo sobre las propias dudas. Y el consenso, que no falte, pero que haya consenso no quiere decir que hay racionalidad.
Cuando a Hume, algunos hombres de la aristocracia le preguntaron quien ganaría la disputa entre la realeza y la aristocracia, si todos los aristócratas juntos tenían la misma fortuna que la realeza, el filósofo contestó que ganaría la realeza, porque su patrimonio estaba unido y podía tomar decisiones sin tener que conciliar con otros, y también ganaría por la «opinión», que era la que realmente movía el mundo. La opinión, o sea, en su caso, la tradición. Lo que nos ayuda a intuir que la riqueza puede favorecer un cierto tipo de opinión basado en la tradición que favorece a su vez a la consolidación de la riqueza y de ciertos rangos de poder, y allí donde el círculo se cierra vuelve una y otra vez a comenzar, afianzando las mismas creencias.
La credulidad es como un contagio de la ignorancia, por ejemplo, el presidente Busch anunció que era posible que Sadam Huseim tuviese armas químicas y con esta mínima evidencia inicio una guerra no declarada como tal, cuyas consecuencias repercutieron en la vida de millones de personas. Jamás se encontraron aquellas armas. Pero como este, se podrían poner muchos ejemplos. Y la pregunta es: ¿En qué medida son responsables quienes han creído lo que Bush decía? ¿Qué otras creencias anteriores facilitaron esa última?
Resulta evidente como pide Clifford que a las creencias hay que revisarlas a menudo. ¿Qué pienso? ¿Por qué pienso eso? ¿Cómo me convencieron de que tal cosa sea mejor que otra?
Opinar por opinar le parece interesante a mucha gente. Sin embargo, Platón creía que cualquiera valía para opinar, sin tener siquiera conocimientos para hacerlo. Eso es, precisamente, lo que observamos en tantos programas de televisión y radio, a los que se suele llamar «tertulias», y, en realidad, solo se trata de que allí parece que tiene la razón el que grita más fuerte y el que interrumpe el mayor número de veces. Ejemplo que se retransmite directamente a todos los hogares como si esa fuera una ley social de los modales al uso. Y, curiosamente, muchas de esas personas que chillan y no se dejan hablar las unas a las otras, tienen estudios universitarios. Así, mientras buscan en sus teléfonos móviles más información de aquí o de allá, que ellos identifican como «opiniones de sus fuentes», repiten incansablemente aquello de «Déjame terminar mi argumento», mientras el otro le contesta lo mismo, y uno se pregunta, pero «¿qué argumento?», cuando no ha visto cruzar por el aire una sola razón y solo ha visto un baile de informaciones diversas y cambiantes, a las que ellos suelen llamar algunas veces, «opiniones contrastadas»; eso, además de todas esas «falacias» que cruzan a diario los «platós» de las cadenas de televisión y surcan los renglones de la prensa diaria.
Godden dice que se juzga muy mal a quien cambia de opinión. Y tiene razón. Lo habitual es que se valore que si uno es de un partido político tiene que serlo para toda la vida, y, lógicamente, así nos va. Se perdona mejor que alguien se divorcie de su pareja que el hecho de que abandone a su partido, cuando este, en realidad puede llevar años engañándole con políticas que le perjudican, como por ejemplo: aumento de la deuda externa; reducción de los gastos en salud y educación; caótica situación del Fondo de reserva de la Seguridad Social, la conocida como «hucha de las pensiones»; conculcación del derecho al trabajo y a una vivienda digna.
En esta posmodernidad en la que vivimos, hay dos temas que dejamos de lado; uno de ellos es el de la muerte; se aleja a los niños de ese conocimiento, de asistir a funerales, acudir a cementerios o ver personas muertas, y se aleja a los niños de esto, tanto como de decirles la verdad sobre algunos temas. Pero los muertos igual que la verdad, existen, es aquella que ajustada a una «evidencia proporcional», tiene mayor sentido. Y lo que está claro es que vivimos y vamos a morir, y que entre varias razones alguna habrá mejor que otra, por lo que la verdad o si se prefiere la mejor razón, según la evidencia reconocida, existe, y si la buscamos, sabremos encontrarla. Otra pérdida inestimable que se ha agudizado con los tiempos actuales es la pérdida del sentido de lo que somos, la «especie», y eso que tanto Kant como Clifford, sólo por citar dos ejemplos, insisten en que nuestra realización última está ahí, en la especie, y uno no puede ser infiel al futuro de los que han de venir, por eso tiene que pensar bien sus creencias, porque es lo que les vamos a dejar. De momento, por no pensar suficiente les dejaremos el «cambio climático» que da para muchas opiniones pero que es producto de las creencias de una época, aquella que creía en «el mito del progreso». De verdad, parece que pese a las teorías de Darwin, no nos gusta eso de sentirnos especie como si fuéramos animales, que lo somos. Pero lo de la especie, precisamente aquello en que tenemos éxito, ya que nuestras vidas son cortas, pero podemos pasar el legado a las futuras generaciones, no nos gusta, aunque sí nos place hablar de «humanidad». Hoy, bajo el pretexto de una individualidad, una independencia económica personal y una «pseudopersonalidad igual a la de todos», nos contentamos. Sin embargo, nuestra responsabilidad como especie es fundamental, querer ignorarla es desestimar el peligro que supone la crisis ecológica o las políticas de algunos países y empresas que no colaboran a su mejora.
No, no todos somos ilustrados; hay que reconocerlo. Ser un especialista en esto o aquello no nos hace ilustrados, querer mantenernos en constante aprendizaje, sí; dar y pedir razones, sí; y esto incluye el saber reconocer en nuestras propias opiniones las creencias que las sustentan. Hoy, a la razón se la ha disfrazado, parece que alcanza con ser educados en el sentido de seguir las reglas sociales, de saber estar, de no proponer un tema que sea digno de ser ponderado y disputado.
Dice Godden que las personas que se aferran a sus razones «aunque tales personas no pueden ser silenciadas deben ser ignoradas», pero creo yo, que primero tendremos que encontrar a esas personas que razonan. La medida del hombre público, con sus intereses partidarios, mal puede ser la medida del resto de los hombres; la del periodista que se siente con derecho a opinar de todo un poco, tampoco; ni los mass media que responde a los intereses de sus dueños y a los mercaderes de turno.
Lo que deberíamos tener claro como bien dijo William Clifford en su obra La ética de una creencia es lo siguiente: «Una creencia de una persona no es de ninguna manera un asunto privado que le concierna exclusivamente a ella». Si pudiéramos tomar conciencia de esto, algo bueno estaría ocurriendo en el mundo, para empezar, todos seríamos menos crédulos.


Bibliografía:
CLIFFORD, WILILAM. La ética de la creencia
https://es.scribd.com/document/357791756/Clifford-1877-La-Etica-de-La-Creencia
GODDEN, DAVID. «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático».
Revista Iberoamericana de Argumentación. Segunda Época. RIA 14 (2017: 75-105)
https://revistas.uam.es/index.php/ria/article/download/8210/8551
KANT, INMANUEL. ¿Qué es la ilustración? Alianza. Madrid, 2013.
STOKES, PATRICK. «No, you’re not entitled to your opinion»
http://theconversation.com/no-youre-not-entitled-to-your-opinion-9978

Artículo publicado en la revista Cronopio 17/07/2018

sábado, 30 de enero de 2016

ARTHUR SCHOPENHAUER: EL ARTE DE SOBREVIVIR




Por: Pilar Alberdi


Plantea Arthur Schopenhauer (1788-1860)en esta obra una reflexión sobre importantes temas. El autor, que recoge en buena medida el pensamiento de Platón (dualidad de un mundo terrenal y otro espiritual superior), también recoge el de la voluntad, ya manifiesta en Spinoza e incluso en autores anteriores como Scoto. Una voluntad que es la de la vida, la de la naturaleza, la del Universo en que nos encontramos, y que se impone al mundo tal y como lo conocemos.
Para empezar trata el tema de las diferentes maneras en que se siente el tiempo en la infancia, la juventud y la vejez. Compara la primera mitad de la vida con una tela bordada, y el resto con su revés, es decir, con la forma en que fue realizada. No estoy segura de que todas las personas puedan valorar esta comparación, pero alguien que ha bordado, entenderá perfectamente. Casi asombra que se le haya ocurrido a un hombre, tal que siempre la tarea de bordar ha sido, en general, realizada por las mujeres. También compara la primera mitad de la vida con la elaboración de un texto, una narrativa propia, y el resto con su comentario.
Como en la vida todo es cambio y movimiento, aquello que en esencia Aristóteles llamó acto y potencia, es decir, la forma tendiendo a su «telos» (el fin para el que existe), la persona da respuesta a una enorme cantidad de «tareas que debe resolver» para asegurar su propia sobrevivencia. En este sentido, la realidad cotidiana, es la que nos marca el día a día, es decir, aquello sobre lo que tenemos un conocimiento directo. En ese estado permanente de actividad, en que una ocupación llama a otra, la importancia de estas tareas y estos intereses u obligaciones, también cambia con el transcurso del tiempo. Dice Schopenhauer: «Cuánto más tiempo vivimos son menos los asuntos que nos parecen importantes». La edad relativiza las urgencias y confirma ciertos hechos: «hay cantidad de gente con la que es imposible entenderse a partir de los 40». ¿El motivo? No uno, muchos, la experiencia, la prudencia que da el haber vivido. El filósofo cita varias veces la frase del Eclesiástes «Vanidad de vanidades y todo es vanidad». Pero, ¿es eso? Schopenhauer vive en Francfurt, en un ambiente protestante, y ya sabemos que los protestantes entienden que el hombre es malo por naturaleza y que más que por la fe y las obras será salvado si Dios lo elige. El autor, como comentaré después, lleva tiempo con la mirada puesta en Oriente, en su forma de entender la vida, pero el ambiente en el que vive le afecta. Si todo es vanidad de vanidades: ¿cómo encontrar el sentido en la vida? La escolástica no había encontrado paz con este tema, la imperfección estaba en el hombre. Y, además, para un centroeuropeo tener éxito en los negocios, se había convertido en una especie de ser un elegido por Dios, un nominado, y es lo que denunciará más adelante Max Weber, en su ensayo La ética protestante y el capitalismo, realidad económica-política en la que aún hoy vivimos, y que pretende explicar las vidas por su valor en el mercado: dónde trabajas, qué puesto ocupas, cuánto ganas.
Pero, volvamos al tiempo del filósofo. Explica con tono melancólico: «Las horas del muchacho duran más que los días del anciano». ¿No hay ahí como un tintinear de monedas en la hucha del tiempo? ¿Las de esas horas intensas y maravillosas atrapadas en unos pocos años? En el recuerdo es como un tesoro que reluce con luz propia y, ¡qué lástima!, los jóvenes rara vez saben lo que poseen, porque para ellos, la vida, está más adelante, en sus proyectos, en lo que el futuro hará de ellos. Solo más tarde, recuperarán aquellos instantes con la tibia sensación de haberlos perdido para siempre.
Schopenhauer, que tiene como referentes contemporáneos a Hegel (a quien detesta) y a Kant, del que toma parte de su teoría crítica, en parte para oponerse y en parte para hacerla suya, seguramente habrá leído de este, las cuatro preguntas antropológicas: «¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?» Y esas preguntas, siempre, exigen algún tipo de respuesta.
Schopenhauer, es un anciano vital y, sin embargo, comprende: la vejez es la hora en la que todas las máscaras caen. En este sentido bien se le podría considerar uno de los anticipadores de los llamados «filósofos de la sospecha» (Nietzsche, Freud, Foucault), los que arrancan las máscaras, los que desvelan lo oculto, aunque si es así, también deberíamos incluir a otros como Aristarco de Samos, Copérnico, Galileo y Kepler con su heliocentrismo o a Darwin con su Selección de las especies, o a Linneo que no dudó en ser el primero en situarnos en el taxón de los primates, aunque por entonces no se hablase de los homínidos. Y a tantos, y tantos más. Casi puede oírse el ruido: todas las máscaras caen. Los “yoes” caen. Ya no hay forma de engalanar la vida, de hacerla atractiva: «uno ha acabado reconociendo la nadería y vacuidad de todas las maravillas del mundo, en especial del lujo, la pompa y la aparente grandeza». Y lo dice un hombre que vivió sencillamente, intentando cuidar la herencia recibida para poder dedicarse al estudio. Sus mayores lujos, así cuentan quienes le conocieron, consistían en una comida diaria en un mesón, alguna salida al teatro o la ópera, la adquisición de libros, y una o dos caminatas al día para mantener la salud.
Quién fuimos, quién queríamos ser, quién hemos sido. Y, sin embargo, como dirá Kant, pese a todo, el hombre aspira a trascender la experiencia. Y ahí, está el sentido, lo trascendental buscado con vehemencia, nos obliga a recapacitar sobre la ética.
Schopenhauer critica el egoísmo, al que considera la mayor iniquidad: «El egoísmo es colosal: domina al mundo», dirá. ¿Quién podría rebatirle?
Sorprendente para su época, lo insinuamos antes, el filósofo tiene amplios conocimientos sobre el Corán, los Upanishad (Vedas), así como sobre el brahmanismo, sintoísmo, zen y budismo. Es un hombre que ha leído mucho. Las citas de otros autores en sus obras son un permanente reconocimiento a aquéllos. Otro escritor alemán que, un siglo más tarde, se acercará al pensamiento oriental fue Herman Hesse. Recordemos su Siddharta. Desde ese punto de vista, el del budismo, la vida se convierte en un karma, una especie de pago de los errores cometidos en otra anterior. El respeto a los demás y a los animales y a la naturaleza es fundamental. Schopenhauer como otros escritores fue un gran defensor de los animales. Sin duda, la serenidad de estos postulados se contrapone a los cabellos blancos y alados del filósofo, o a esos ojos avizores con los que parece desnudar el mundo. Tanta energía y, a la vez, una búsqueda tan intensa de la serenidad.
Como filósofo le preocupa la enorme tarea del ser humano por adquirir conocimiento, tantas horas, tanto esfuerzo. Y, sin embargo, pese a esa ingente labor: «Cada treinta años llega una generación nueva que no sabe nada y tiene que empezar desde el comienzo». Es verdad que el legado pasa de unos a otros, y que el mundo avanza, pero, ¿hacia dónde? En los años treinta del s. XX, otros filósofos alemanes (Adorno, Horkheimer, Marcusse…), que también vivieron en Frankfurt, como en su día Schopenhauer, señalaron en su Teoría Crítica y en Dialéctica de la Ilustración cómo el Progreso había suplantado al «mito», y la tecnología se estaba convirtiendo en un peligro para el ser humano. Además, sabían de lo que hablaban porque tenían al nazismo delante de sus ojos. ¿De qué servía el progreso si era capaz de destruir a la humanidad?
No en vano, la pregunta más grave de Schopenhauer sería: ¿Cuál es el más grave mal que aflige al hombre? Y sobre esto no tiene dudas: el hombre mismo, que es capaz de tratar al otro de manera injusta. Pero también la vida tal como se presenta es dolor. Por si hiciera falta algún ejemplo, cita el caso de los niños de 5 años condenados a trabajar en los talleres textiles, en jornadas de doce y catorce horas diarias, «haciendo la misma y monótona tarea» todos los días.
No es este un libro alegre. No lo pretende: «la vida es sufrimiento», esa es la afirmación principal. Y teniendo conocimiento de esto, se pregunta qué ética hay que tener al respecto. ¿Cómo hacerle frente? Evidentemente, su juicio es crítico. ¿Nos sometemos a la Voluntad del mundo, o intentamos superar esa voluntad, oponiéndonos a la injusticia, intentando cambiarlo?
El texto que nos ocupa es una obra de madurez, concisa y clara. Schopenhauer mira la vida, así lo entiendo, desde la cumbre de una montaña de años que le han dado experiencia, y no le gusta lo que ve; aunque la suya haya tenido un buen pasar no estuvo ajena a problemas familiares y a fracasos académicos, como la de cualquier otro. Sabe que la vida es «muerte pospuesta», y que solo los sabios portan esa carga diariamente, mientras los necios la ignoran o pretenden ignorarla hasta su último momento, lo que tal vez les permita hacer peor las cosas o escapar a los dilemas éticos. Pero también intuye que la meta final es la gran oportunidad de dejar de ser ese «yo» impuesto, ese yo, cuya vida pudo ser de derrota, exclusión, dolor físico y psicológico, de inhumanidad sufrida y causada por otros. Aunque tampoco duda de que el que hace sufrir y el que sufre son a la larga parte del mismo dolor. El libro IV de su obra El mundo como voluntad y representación, precisamente es el que está dedicado a la voluntad, (los tres anteriores pertenecen a la representación).En la obra explica de qué modo el sujeto cognoscente y el objeto-mundo son necesarios para la realidad que conocemos, la cual, sin las personas que participan, no existiría, al menos no en el sentido que nosotros podemos darle hoy, y como dijo Diderot: ¿quién hablaría del mundo?
Justo allí, en ese último horizonte donde las preguntas se acaban o comienzan, Gadamer decía que uno avanza con su propio horizonte de comprensión, y ya Dilthey y Heidegger habían expresado, que el ser es devenir y comprensión. Al final, estará el límite como en un espejo, falta saber que nos reflejará: ¿una vida con sentido? Pero, ¿el más malvado de los personajes no ha puesto también un sentido en lo que ha hecho? ¿Sentido y ética están en relación? Acaso como decía Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas». ¿No precisa la filosofía de esa parte de los sofistas que entendían la verdad como algo relativo? ¿Podemos fijar la verdad? ¿Nos quedamos dentro de los márgenes de un relativismo que nos desespera?
Ante preguntas de este tipo, es lógico que nos asalte la perplejidad. Porque a aquellas sigue otra: ¿todos tenemos conciencia? ¿Y, de qué clase es esta? Porque si tuviéramos que hacer caso a Sócrates (470-399 a. C.), el buen actuar, la virtud, tiene que ver con tener conocimiento. Y se supone que a mayor conocimiento, mayor virtud y verdad. Pero Sócrates que también era humano, duda. Y lo muestra Platón en su obra Parménides, allí relata como convencido Sócrates de que pueda haber ideas inmanentes como las de Belleza, Bondad, Virtud, no ha pensado como le insinúa Parménides que también debería haber otras como las que afectarían al pelo, la basura, «y todo cuanto hay de indecente o innoble, ¿y no encuentras la misma dificultad? ¿Ha lugar o no a reconocer para cada una, una idea distinta, que existe independientemente de los objetos, con los cuales está en contacto?»
Sócrates, contesta: «Nada de eso, con relación a estos objetos, nada existe, más que lo que vemos. Temería incurrir en un gran absurdo, si les atribuyese también ideas. Sin embargo, mi espíritu se ve perturbado algunas veces por este pensamiento; que lo que es verdadero respecto a ciertas cosas, podrían muy bien serlo de todas. Pero cuando tropiezo con esta cuestión, me apresuro a huir de ella por miedo a caer y perecer en un abismo de indagaciones frívolas».
Poco han cambiado las cosas. Nosotros también tendemos a huir de aquello que nos horroriza.
Y ¿qué le contesta, Parménides? Que es joven, que ya entenderá, que lo múltiple cabe en lo Uno, y que así como hay ideas de lo bello, lo honesto y lo justo, están las otras; esas otras, que tanto nos preocupan.


Citas y referencias:
Schopenhauer: El arte de sobrevivir. Ed. Herder, Madrid, 2013
Sócrates fue obligado por la Asamblea a suicidarse. Se puede leer Apología de Sócratesde Platón.
Parménides. Platón. Obras completas, tomo IV.Edición, traducción y notas de Patricio de Azcárate. Madrid, 1871.