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sábado, 21 de marzo de 2015

LA MORAL DE LA PANDILLA



Por: Pilar Alberdi


Miro a mi alrededor, y ¿qué veo? «La moral de la pandilla». Es una definición de Albert Camus que hago mía. La veo en los pequeños actos y en los grandes, toda ella impregnada de amiguismo, narcisismo y perversión. Se la puede encontrar en los colegios, en los lugares de trabajo, en los gobiernos, en las instituciones, incluso en las familias. Lo que para algunos es el juego de ganar, para otros es una desventaja. Cuando obtienen poder, privilegios, dinero, lo que se llevan es parte de nuestra vida, incluso parte de las vidas de los que están por venir. Sin duda, muchas veces, la sociedad entera se pliega a los deseos de la pandilla. Otras, aunque quiera negarse, no encuentra el modo. Muchas, las más, descubre tarde lo que sucede. Por eso digo que cuando miro a mi alrededor, ¿qué veo? Eso, la moral de la pandilla.
Recapacitaba en ello releyendo dos libros, uno de Primo Levi, y otro de Albert Camus. En el primero, Si esto es un hombre, el autor que comienza con un poema del mismo nombre, apela a nuestro juicio y lo hace con un llamamiento a «Los que vivís seguros,/ en vuestras caldeadas casas». A continuación pasa a describir su realidad en el campo de concentración y de extermino de Auschwitz-Birkenau para contarnos la vida de los rapados de ojos espantados que pelean por un panecillo, de aquéllos que morirán mañana por un sí o un no.
Aquel campo tenía grabadas en la puerta de entrada las palabras: «El trabajo os hará libres». ¡Qué ironía!
Que Primo Levi fuera detenido casi al final de la guerra, lo afirma en varias ocasiones, que solo tuviera que pasar un invierno en Auschwitz-Birkenau, más la circunstancia de que era joven, ayudó a que salvara su vida.
La posguerra intentó pasar página rápidamente sobre los hechos y las víctimas; por eso, Perlt Harbor o el Día D con el desembarco de los aliados en Europa se convirtieron en el centro de atención de numerosos libros y películas. Había que olvidar el genocidio, había que olvidar también las ciudades alemanas bombardeadas por los norteamericanos, la entrada de los rusos en Berlín, había que hacer diana en algunos actos heroicos, y el cine en blanco y negro evitaba el color de la sangre. Generales gloriosos, camaradas que fueron héroes. Viéndolo de ese modo, es fácil comprender que los principales científicos alemanes acabasen viviendo en Estados Unidos, país que se benefició de los avances técnicos alcanzados por los nazis en armamento y en el envío de cohetes al espacio. Las mismas personas que ayudaron a crear las bombas que asolaron Londres fueron las que hicieron posible los viajes tripulados al espacio y provocaron nuestra sonrisa crédula o incrédula de que se había llegado a la luna. Las bombas atómicas quedaron selladas a nuestra memoria con la Guerra Fría, y la de hidrógeno aún no había sido creada.
Por supuesto, Primo Levi no consiguió ninguna editorial importante que quisiera publicar en ese momento su obra. ¿Quién querría seguir removiendo en las múltiples heridas?
La moneda dentro del campo eran los panecillos. Pero ¿quién podía prescindir de medio panecillo o de una sopa acuosa? También el fondo de la sopa, tenía un precio. Y si uno lograba a través de una persona que tuviese acceso al exterior conseguir doce cigarrillos, quizá pudiese canjearlos por un panecillo.
Lo que tiene la pandilla es que impone sus normas y, además, se burla. Un panecillo y una sopa acuosa para salir cada día a las fábricas a trabajar como esclavos, en fila, en formación, marchando como si fueran un ejército, con suecos de madera, sin calcetines, con menos treinta grados de frío y nieve, con pijamas a rayas. Y, por si fuera poco, cerca de la puerta de salida, la banda de música de los soldados nazis tocando melodías, Rosamunde, por ejemplo, una obertura de Shubert.
De vez en cuando hay que leer y volver a releer estos libros, para alterarse, para renovar la percepción de los hechos sociales, de lo contrario uno no sabe a qué se expone. Uno no está atento a lo que podría suceder mañana.
La pandilla veja y ridiculiza, es su tarea, disfruta con el dolor ajeno, somete y niega la humanidad del otro. Albert Camus dijo en El hombre rebelde, la otra obra que quería comentarles: «Quien mata o tortura no conoce sino una sombra en su victoria: no puede sentirse inocente. Por lo tanto, tiene que crear la culpabilidad en la víctima misma».
De repente, esas palabras me han recordado aquello que se repitió con asiduidad estos últimos años: que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, que si alguien no puede pagar una hipoteca no haberse metido en una, que la gente prefiere estar en el paro cobrando un subsidio en vez de tener un trabajo, que si bajando los sueldos y congelando las pensiones se produciría el milagro de la recuperación. Entonces, me detengo, y observo las cifras, es decir, el resultado: más de 12.000 millones en riesgo de pobreza y exclusión social, eso sin contar los que se han marchado.
¿Cuál es el sentido que impera en el campo?, se preguntaba Primo Levi. ¿Hay alguno? Sí, el del no-sentido. «Aquí todo está prohibido —dice Levi―, no por ninguna razón oculta, sino porque el campo se ha creado para ese propósito».
¿Y qué es un campo? Sí, ya sabemos cuáles fueron aquellos, pero también hay otros. Digamos que son territorios-lugares-espacios donde se vive una situación determinada, pero ya que estábamos con ese tema de la culpabilización del otro, hablemos de situaciones ignominiosas, como por ejemplo que una persona esté pasando necesidades, salga a la calle, rebusque en un contenedor intentando encontrar algo de comida, y se le multe, o se le eche de una casa que quedará vacía y nadie habitará, pero que uno de esos fondos de inversión que saben cómo hacer «negocio», y en los que acaso tú, ciudadano sensato, estás participando con los ahorros que te administra tu banco, también participarás. Evidentemente, la vida no es ya que sea una pesadilla para muchos, sino que las reglas que se imponen son inmorales aunque puedan ser legales y frente a las cuales escapar parece imposible.
La ley que impera, decía Levi, es la de «come tu pan y si puedes el de tu vecino». La víctima es obligada a participar en el sistema.
Me gustaría llamar la atención sobre ésto: Janis Irving L. en El pensamiento grupal (1987) y es un dato que pueden ampliar en la Wikipedia, señala como características de un grupo, y considero que podríamos aplicarlas a las actividades de muchos, lo siguiente: «ilusión de invulnerabilidad, creencia incuestionable en la moralidad inherente al grupo (aunque sea inmoral), racionalización colectiva de las decisiones del grupo, estereotipo compartido sobre miembros de otros grupos, especialmente de los oponentes, censura y evitación de la autocrítica, ilusión de unanimidad, presión directa a quienes se opongan a conformarse, miembros que protegen al grupo de información negativa», y podríamos incluir otros temas como el modo de elección de la jefatura que siempre recaerá sobre los mismos debido a la forma cómo están instaurados los procesos de elección-votación. Otros sociólogos han señalado, además, la rigidez de las organizaciones y la burocratización, y todos, la irresponsabilidad que supone el que las decisiones se tomen grupalmente, lo que permite que la responsabilidad individual se diluya y se evite pensar en otras alternativas, en situaciones contingentes, en nuevos objetivos o, simplemente, en temas de conciencia.
Quizá por todo esto, es por lo que yo cuando miro a mi alrededor, ¿qué veo? La moral de la pandilla. Y me da pena, y me resulta intolerable, que tan pocos sean la desgracia de tantos.



Publicado en Nueva Tribuna 20-03-2015

jueves, 7 de noviembre de 2013

«EL HOMBRE REBELDE» de Albert Camus


«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no». Alber Camus

Reseña: Pilar Alberdi

No quiero dejar pasar este día, en que se celebra el natalicio de Albert Camus (1913-1960), sin recordarlo en este blog. La última obra que releí, entre las muchas suyas que aprecio sinceramente, es El hombre rebelde; que me parece, además, de actualidad en una Europa en crisis, moral en primer lugar, política en segundo, y económica como consecuencia. Temas que no entraré a valorar para este artículo, pero que percibimos sin esfuerzo, en la insensibilidad política de algunos dirigentes que olvidan que su deber es servir a todos los ciudadanos, en la proliferación y aumento de grupos y partidos de corte fascista, en la persecución de gitanos, como ha ocurrido recientemente en Francia e Italia.
Pero, volvamos al texto de El hombre rebelde. Las palabras iniciales, dicen: « Hay crímenes de pasión y crímenes de lógica. Las fronteras que los separan es incierta». Y después de aclarar la diferencia, y de presumir que el primero tiene como característica un tipo de carácter o de pasión, argumenta, que quienes se suman a los crímenes de lógica o premeditados son personas que «por falta de carácter, corren en busca de una doctrina», y «desde el momento en que el crimen (de grupo o Estado, el paréntesis es mío) se razona, prolifera como la razón misma, y toma todas las formas del silogismo».
Cuando en este libro, Albert Camus se pregunta: «¿Qué es un hombre rebelde?» Contesta: «Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (...) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es». Esa persona que dice «no», es la que piensa por sí misma, tomando en cuenta el legado cultural y político previo, pero con un criterio que intenta sea propio.
El autor escribe este libro después de la Segunda Guerra Mundial, y da la cifra de lo que han creado los últimos cincuenta años de guerras y persecuciones en Europa: setenta millones de muertos. Una cifra escalofriante.
Al escritor le preocupa, igual que a otros intelectuales, el «nihilista» que no ama su vida, porque aquel que da poco valor a la suya, especialmente cuando no consigue lo que quiere, es decir, cuando se sitúa en el resentimiento, muy poco valor puede dar a la vida de otro. No será casual que los líderes nazis se suicidaran, señala. Simplemente, si el mundo no podía ser como ellos querían para sí y para los suyos, ya no tenía sentido, al margen, de la derrota a la que se enfrentaban y a las consecuencias por el genocidio.
La rebelión nace de la conciencia. Sin embargo, y llamando la atención sobre la obra de Scheler, El hombre del resentimiento, y lo que en ella se comenta, recuerda que «el espíritu de rebelión se expresa dificilmente en las sociedades en las que las desigualdades son muy grandes (régimen de castas hindues) o, por el contrario, en las que la igualdad es absoluta (ciertas sociedades primitivas)». Pero, ¿qué podríamos decir de nuestros estados «democráticos». Y su respuesta es: «El espíritu de rebelión no es posible sino en los grupos en que una igualdad teórica encubre grandes desigualdades de hecho».Por lo tanto, es posible.
Cuando la perdida de los dioses o de un Dios es un hecho, solo queda vivir «en una historia desconsagrada». Esto le lleva a recordar cómo en las antiguas culturas, la griega, por ejemplo, el asesinato era lo «inexplicable y lo inexpiable»; tanto, me permito recordar, que la «venganza» era obligada para los sucesores, y también la «culpa», que pasaba de una generación a otra, cuando era el caso de un asesinato premeditado. Por tanto, son las personas las que deben poner los límites, las que deben darse una humanidad salvadora o sacralizada donde las personas sean un fin y no un medio.
El análisis de la obra de Sade, le permite decir que la expresión literaria de crueldad se orilla en espacios cerrados: «castillos de séxtuple cerco de murallas”.Y ¿qué otra cosa han hecho siempre los genocidas, los dictadores, los violentos? Territorios y estados carcelarios. Porque en la obra de Sade concluye «El máximo de goce coincide con el máximo de destrucción» para añadir a continuación «Sade es el literato perfecto. Construyó una ficción para darse la ilusión de ser». Al fin y al cabo, una ficción, pero, ¿qué pasa cuando esta ficción se produce sobre la realidad? Demasiados ejemplos conocemos.
Sigue Camus nombrando obras literarias: a Milton y su poema El paraíso perdido, en donde este autor exalta lo demoníaco; a Blacke. Señala el acierto de Baudelaire, quien dijo que «vivir y morir ante un espejo» era la divisa del «petimetre», que es por función un «opositor». También nombra al personaje de Iván, en Los hermanos Karamazov de Dovstoievsky, cuando dice: «sé solamente que el sufrimiento existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra» pero, se cuestiona Iván, si no hay virtud «Todo está ya permitido». Cita también obras de Maurice Blanchot, de Stirner, de Fichte, de Sthendal, de Nietzche y de éste, su terrible frase: «Es el bien el que necesita que lo justifiquen».
Albert Camus es un hombre moral con una ética hecha en base a su experiencia de vida y conocimientos. Sabe que «la tiranía es para los mediocres más natural que el arte», y la teme, y al mismo tiempo nos invita a leer al Breton, que dijo: «¿Debemos abandonar toda esperanza?». El análisis de Camus no tiene dudas sobre los hechos, de los que él ha sido en parte testigo, y los sitúa de modo general en el contexto histórico: « el siglo XIX, que es el de la rebelión, termina en el siglo XX, el siglo de la justicia y la moral, en el que todos se golpean el pecho», sin embargo, es el siglo en donde se han realizado crímenes contra la humanidad con un resultado de millones de víctimas.
Hasta la última página de este libro, Camus busca respuestas y da ejemplos, mientras analiza revoluciones y totalitarismos, convencido de que el fascismo, del tipo que sea, siempre desprecia al individuo y, por tanto, a la humanidad. Por último, incluye un tercer apartado sobre Rebelión y arte, en el que aprecia la voluntad de crear mundos mejores a través del arte. Ahí, deja plasmadas algunas de sus más conocidas frases, como «El mundo novelesco no es sino la corrección de este» y «No basta con vivir; es necesario un destino»; frases que no consiguen, pese a su esperanza, borrar la realidad expresada y sentida en tantas otras: «En cierto sentido, la amarga intuición del cristianismo y su pesimismo legítimo en cuanto al corazón humano consisten en que la injusticia generalizada es tan satisfactoria para el hombre como la justicia total». Este conocimiento, el de que un puñado de hombres pueda sumir en la oscuridad a una población concreta o a la humanidad entera, debería mantenernos alertas, más todavía de lo que ya estamos.