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sábado, 14 de diciembre de 2019

LA DEMOCRACIA EN PELIGRO


Pilar Alberdi

Entendemos por régimen democrático un sistema con una cierta estabilidad social y económica, en el que los representantes políticos de los diferentes partidos pueden ser elegidos, tras un período determinado previamente por ley. Pero, cuando las democracias se desestabilizan es necesario descubrir cómo se produce la crisis, quiénes y cómo la fomentan o se benefician de ello.
En el presente artículo intentaré dar cuenta de la lectura de dos obras que nos pueden ayudar a la mejor comprensión del tema. Se trata de los libros La quiebra de las democracias del sociólogo español Juan José Linz (1926-2013) y Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblat. Comenzaré por este último, publicado en 2018 que debe mucho al de Juan Linz publicado en 1987, y a quien rinden reconocimiento.
Los autores de Cómo mueren las democracias alertan sobre las maneras en que una democracia puede fracasar ya sea por un golpe de generales, pero también a causa de líderes electos que ingresan en instituciones democráticas a las que rápidamente pasan a desmantelar, como fueron los casos de Mussolini y Hitler. Sin embargo, la forma más común de que una democracia caiga es por una erosión continuada sobre la misma, llevada a cabo por las decisiones de los propios partidos políticos, que mirando más hacia sus propios intereses que a los del sistema democrático, es decir, al interés general, no atinan a comprender, por extraño que parezca, la gravedad de lo que está ocurriendo y las consecuencias que tendrá para su propio partido, además de para su país. En este tipo de situaciones hay que incluir de fondo una posible crisis socioeconómica o la acción de partidos nacionalistas emergentes, con carácter secesionista, cuya intención puede ser la de separarse e independizarse o unirse a otro Estado. Dadas estas condiciones es fácil que aparezcan figuras autoritarias que enfrentándose a las políticas establecidas que dificultan o impiden la formación de un gobierno, deseen alzarse con el poder, y hasta lo consigan.
Para estos autores, lo fundamental para que la democracia se mantenga en pie no es, en cualquiera de los casos posibles, lo que hagan estas figuras advenedizas, sino la actuación del resto de los partidos, quienes deberían «impedirles llegar al poder, con acciones como las siguientes: manteniéndoles alejados de los puestos principales, negándose a aprobarlos o a alienarse con ellos, y, en caso necesario, haciendo causa común con la oposición en apoyo a candidatos democráticos», aunque esto les supusiese un enfrentamiento con su propio electorado e incluso una pérdida de votantes.
Este libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblat está dedicado en parte al caso de los Estados Unidos, tras la elección de Trump; indaga también en las posibles consecuencias de su reelección que podría ser favorecida por el supremacismo blanco como respuesta a una variada etnicidad con la llegada de migrantes, además de otros problemas de tipo económico. Trump representaría para ese supremacismo en auge, la solución que les defenderá de estos cambios, en especial, por no ser el típico político profesional, mostrarse autoritario, dispuesto a expulsar migrantes ilegales o hacer construir miles de kilómetros de muros para impedir su entrada, y deseoso de fundar un nuevo orden mundial.
Lo peor de esta nueva variedad de personajes autoritarios, además de su xenofobia, antifeminismo, y negacionismo del cambio climático, es que tienden a culpar de los males del sistema democrático o del mal funcionamiento de este, a la inmigración, otras religiones y etnias que no sean la suya. Y cuando se les critica desde los medios de comunicación, niegan la presencia de los periodistas, imponiéndoles el veto o el acceso a sus actos.
Este tipo de políticos intentan distorsionar la realidad para hacerla a su medida. Citan los autores algunos ejemplos: para Berlusconi los jueces que emitían sentencias contrarias a sus intereses eran «comunistas»; para Viktor Orban, los periodistas que le criticaban se comportaban como «terroristas». Oímos a diario los exabruptos que dice Salvini. Poniendo un ejemplo actual, los autores consideran que Donald Trump ganó las elecciones por el desafecto de la gente con la política. Votaron en parte a un empresario, y en gran medida a un habitual de las tertulias televisivas, es decir, a un no-político, rico sí, pero no más culto que ellos. Para estos autores, aún a riesgo de que el electorado se enfadase con el partido Republicano, este debería haber frenado el ascenso de Trump, es más, deberían haber manifestado como hicieron algunos de sus otros candidatos, entre ellos algunos senadores, congresistas y gobernadores, su desaprobación a Trump, y a continuación deberían haber pedido el apoyo de los votantes para su adversario, en este caso, adversaria (Hillary Clinton), de manera similar a como ocurrió en Francia hace poco tiempo, cuando para evitar el ascenso de la extrema derecha encabezada por Mary Le Pen, Francoise Fillon solicitó a sus votantes que apoyasen en las urnas (segunda vuelta) a Emanuelle Macron.
El libro también toma en cuenta a los gobiernos latinoamericanos, y las formas de acceso de algunos políticos a las instituciones democráticas partiendo inicialmente de golpes militares, y, posteriormente, a través de las instituciones (Perón en Argentina, Chávez en Venezuela), o analiza las dictaduras de los años setenta del pasado siglo en América Latina.
Hoy, sería fundamental sumar a esos análisis, las actitudes del presidente de Brasil, y los casos de los autoproclamados «presidentes» Juan Guaidó (Venezuela) y Jeanine Añez (Bolivia). Además, hemos podido constatar la importancia étnica que para la política democrática están teniendo los pueblos originarios de América, por ejemplo, en Ecuador y Bolivia; y también su influencia en Brasil, México, Chile, por citar unos ejemplos.
Como hemos comentado al comienzo del artículo, este libro Cómo mueren las democracias se muestra deudor de los análisis de Juan Linz en La quiebra de las democracias, que a su vez recoge a pie de página su diálogo con otros autores, entre los que podemos hallar a Weber, Giuseppi di Palma, Rainer Lepsius, Pareto, Sartori, L. J. Henderson, De Felice, entre otros.
A Linz hay que agradecerle, como español con residencia en los Estados Unidos, que tomase en cuenta para sus investigaciones el caso de España. Cuando la democracia cayó, al iniciarse la Guerra Civil, algo que como bien indica, no fue un proceso de días, sino de años de constante desgaste institucional en un sistema democrático con numerosos partidos, diversas coaliciones, y el auge de nacionalismos periféricos en pugna con el Estado. Por ello, hace hincapié, en la necesidad por parte de los políticos, que son los que parecen enterarse siempre en último término, debido a sus propios intereses partidistas, de la manera cómo se produce ese desgaste de años, ese grave desequilibrio progresivo que ahonda las divisiones, y puede amenazar reforzando enfrentamientos, disputas entre partidos y gobiernos cada vez más débiles, forzando coaliciones, para finalmente, una vez caída la democracia, dar paso, por lo general, a un gobierno autoritario y de derechas. Esa caída supondrá, además, en el futuro, y en el caso de que la democracia pueda ser recuperada, la necesidad de poner en marcha procesos, no siempre fáciles, destinados a la creación de una nueva «democracia sucesora», como ocurrió, en Italia y España.
Linz indica cómo esos «momentos dramáticos», cuyos nombres conocemos por los libros de historia, y que simbolizan el «cambio de poder» como «la marcha de Roma de Mussolini», «la Machtergreifung de Hitler», «la guerra española», «Praga, febrero de 1948», o «el golpe contra Allende», solo son el final de una larga crisis.
El autor pone la mira en los partidos leales al sistema democrático como garantía de reequilibramiento y continuación, frente a los desleales o semileales, especialmente en aquellos casos en que se da un «pluralismo polarizado», «con cinco o más partidos relevantes», donde se puedan dar coaliciones y oposiciones bilaterales, y estén presentes, además, nacionalismos regionales con exigencias secesionistas. «En última instancia ―nos dice― el derrumbamiento es el resultado de procesos iniciados por la incapacidad del gobierno de resolver problemas para los cuales las oposiciones desleales se ofrecen como solución». Si ante la falta de soluciones la crisis se agudiza, ocurren dos procesos, por un lado, el electorado tiende a los extremos, y por otro, se produce una «transferencia de la autoridad a elementos no democráticos», baste como recordatorio, el caso de Von Papen que facilitó que Hitler llegase a ser canciller de Alemania, con las funestas consecuencias que conocemos. Es decir, frente a un advenedizo que viene con fuerza y que parece recoger el favor popular, los partidos viejos o algunos de estos favorecen su llegada al poder con el fin de recoger simpatías y posibles votantes. A este tipo de uniones se las denomina «alianzas fatídicas», porque el advenedizo pasará a ocupar el lugar de los anteriores.
En cualquier caso, una crisis prolongada, supone coaliciones, y esto a su vez, crisis dentro de esas coaliciones, ya que al margen de la participación en una coalición, cada partido puede seguir la línea de sus propios intereses al margen de la política general, lo que llevaría a una pérdida de poder y credibilidad del gobierno, por lo que se formarían otras alianzas, que seguirían por el mismo camino de convocar nuevas elecciones, surgiendo a medida que pasa el tiempo una mayor fragmentación, y el veto permanente de unos contra otros. Hay, además, otros poderes (económicos, religiosos, militares, etc.), a los que la sociología define como «poderes neutrales», no porque no tengan sus propios intereses, sino porque no ocupan el gobierno, que también pueden ir tomando posiciones en vistas a lo que pueda suceder. Y hay otros poderes, de los que el libro no habla, que actúan a nivel global, como los grandes fondos de inversión que afectan a la estabilidad de las democracias y que, a su vez, quizá, representan algo así como lo que en el pasado fueron las injerencias extranjeras.
El hecho de que se repitan elecciones continuamente erosiona claramente el sistema democrático, y demuestra que algo está fallando. Unos datos que aporta Linz sobre España: del 21 de marzo de 1918 al 13 de septiembre de 1923, hubo 12 gobiernos, con 7 primeros ministros, siendo la duración media de cada gobierno de 166 días. (Por si sirve de referencia, en Alemania, del 9 de noviembre de 1918 al 27 de marzo de 1930, hubo 18 gobiernos y 9 primer ministros, con una duración media de gobierno de 210 días). Después de la depresión general que sufrió Europa, el número de gobiernos en España del 14 de abril de 1931 al 18 de julio de 1936 fue de 19 gobiernos, con ocho primeros ministros, y una duración media de estos gobiernos de 101 días. (En Alemania, del 30 de marzo de 1930 al 30 de enero de 1933, fueron 4 gobiernos y 3 primeros ministros con una duración media de 258 días).
Teniendo en cuenta que «La mayoría de la gente obedece por costumbre y en base a un cálculo racional de las ventajas» que puede obtener con su obediencia, Linz opina que no es la gente la que puede impedir la llegada del fascismo a las instituciones sino los partidos políticos, y que es deber de estos consolidar la democracia. Advirtiéndonos, además, del peligro que supone «La vana esperanza de hacer más democráticas a las sociedades por vías no democráticas», porque esta vana esperanza «ha contribuido demasiado frecuentemente a crisis de regímenes democráticos y en última instancia ha preparado el camino a gobiernos autocráticos». Un favor más que nos hace Linz en este libro es recordarnos que el atractivo del fascismo de entreguerras se basó en la necesidad de afirmar la solidaridad nacional frente a un sistema que permitía las divisiones y los conflictos de interés dentro de la propia sociedad, así como la amenaza del internacionalismo de ciertas propuestas políticas. Sin embargo, eso no acabó evitando, el propio internacionalismo del fascismo. Por último, y es un dato muy interesante, que puede pasar muchas veces inadvertido, había una juventud dispuesta a defender ideologías idealistas, puesto que de una u otra manera todas defendían algo que no estaba presente.
En nuestro tiempo estamos viendo ponerse en movimiento a la juventud por el cambio climático; por otra parte, algunos partidos proponen se pueda votar a partir de los 16 años; habrá que estar atentos a lo que pueda deparar el futuro, sin olvidar jamás, que el hombre renueva sus mitos, no sin ponerse en peligro.


Linz, Juan José. La quiebra de las democracias. Alianza Universidad, Madrid, 1987.
Levitsky, Steven y Ziblat, Daniel. Cómo mueren las democracias. Ariel, Buenos Aires, 2018.

sábado, 7 de noviembre de 2015

CONVERSACIONES PRIVADAS

Maurice Merleau-Ponty

Pilar Alberdi

Fue en 1947 cuando Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) publicó Terror y humanismo. Todavía cercano el final de la Segunda Guerra Mundial, realiza un profundo análisis del mundo marxista y del liberal. Situando el acontecer del primero en un imprevisto devenir, como fue el caso de que se diera la Revolución rusa, en 1917, en una sociedad escasamente industrial. Con las Actas de los procesos estalinistas y con amplios detalles de las mismas explica cómo lo que condenó a Bujarin, no culpó a Stalin poco después, cuando firmó un tratado con los nazis, cuyo fin último, en realidad, fue darse tiempo y prepararse para la guerra con Alemania.
Este libro de Merleau-Ponty sigue a una lectura anterior, Conversaciones privadas de Hitler, que también comentaré.
Explica el filósofo ese deseo de «preservar lo humano más allá de las miserias de la política». Razona:«Asistíamos en 1939 a dos maneras de burlarse del mundo: una era en efecto, decir que se desarmaría Alemania mediante concesiones, la otra que Alemania simulaba que la firmeza evitaría una guerra». Ya sabemos lo que ocurrió después.
Sin embargo, lo que me interesa recalcar del ensayo es su necesidad de señalar que «No podemos elegir entre la pureza y la violencia, sino entre distintos tipos de violencia», «La violencia es el punto de partida común de todos los regímenes», incluido el liberal.
Del marxismo dirá que con todas sus posibles equivocaciones ha intentado mostrar que el camino de la humanidad está en reconocer al otro, algo que intuye es difícil de conseguir, y en más de una ocasión recurre a Hegel, para recordar la conocida «dialéctica del amo y el esclavo». El diálogo muestra que en la Historia siempre hay quienes se arrogan el derecho de ser «sujetos», mientras condenan a los demás a ser meros «objetos».
Presta especial atención a las actitudes que se toman ante los hechos históricos, especialmente, las más subjetivas. Ofrece un lugar especial a los resistentes, a aquellos que no están dispuestos a dar la razón a los hechos como se presentan en el momento en que son impuestos, aquellos que creen que la razón está más allá de estos. Según salgan las cosas en la Historia, así se juzgará a unos y otros. Pone el ejemplo de la Resistencia francesa y de los colaboracionistas, no juzga a nadie, pero no por eso deja de señalar que muchos colaboracionistas lo fueron para evitar males mayores. Y da cuenta, de que si la Historia hubiese acabado de forma diferente no habrían sido juzgados.
«Solo los niños imaginan que sus vidas son separables de la de los otros, que su responsabilidad se limita a lo que ellos mismos han hecho, que existe una frontera entre el bien y el mal». Pero en la vida real esto no es posible, la realidad es más compleja, y las personas dependen, no sin responsabilidad, de lo que suceda en el ámbito de la política. «¿Qué podemos contestar cuando un indochino o un árabe nos hace observar que ha visto nuestras armas pero no nuestro humanismo?» se pregunta. Sentenciará: «Ningún político puede enorgullecerse de ser inocente».
En un momento de la obra analiza las maniobras de Hitler, decidido a conquistar el Este sin antes haber conquistado el Oeste.
Como he dicho antes, he tenido ocasión de leer Las conversaciones privadas de Hitler, en la copia registrada por Hugh Trevor Roper. Hay otras dos copias, una incompleta, pero no es este sitio para explicar esa pequeña historia. Se trata de una recopilación de conversaciones, simples monólogos, resultado de las conversaciones de sobremesa que mantenía. Constan las fechas, las visitas y de qué temas se conversó con esas personas. Las conversaciones estaban destinadas a ser publicadas. Entre las muchas cosas que dice sobresale su interés por la conquista de Rusia, incluso más que los temas sobre los judíos que solo aparecen a partir de la mitad del libro. Hay frases de una sinceridad espeluznante: «No he venido al mundo para hacer a los hombres mejores, sino para aprovecharme de sus debilidades». Expresa sus planes: «Las bellezas de Crimea, que una autopista nos hará accesibles: he ahí nuestra Riviera, para nosotros los alemanes». Mientras por un lado afirma que nacionalsocialismo y religiones no pueden existir juntas, habla de que no potenciará el ateísmo, y calcula que las religiones se extinguirán por sí mismas. La realidad económica, y la gran frustración producto de los años precedentes y también de los resultados de la Primera Guerra Mundial están expresados claramente, su problema es cómo vender lo que fabrican; en qué mercados colocar las mercancías, por otra parte, piensa: «Creo que el fin de esta guerra significará el comienzo de una amistad duradera con Inglaterra, pero tendremos que dejarla primero K.O.». Comenta que en el futuro no habrá fronteras en Europa, y que las autopistas la recorrerán de una punta a la otra. El único país industrial será Alemania y se cuidarán muy mucho de facilitar tecnología y maquinaria a otros países. Sobre sus planes en otros territorios: «Rumania hará bien en renunciar en cuanto pueda, a poseer una industria propia. Dirigirá las riquezas de su suelo, particularmente de su trigo, hacia el mercado alemán. Recibirá de nuestra parte como contrapartida, los productos manufacturados que necesite». Imagina con vistas al futuro que Inglaterra y Estados Unidos acabarán enzarzados en una guerra. Dice que son muchos los que pensaban que los alemanes mirarían hacia las riquezas del Oeste, pero que él siempre tuvo claro conseguir las tierras del Este: «Lo que la India fue para Inglaterra, lo serán los territorios del Este para nosotros». Habla de que el Sha de Persia agradecerá su protección frente a la Inglaterra que teme, y que Alemania debe firmar cuanto antes un tratado con los turcos. Si le critican por los más de doscientos cincuenta mil muertos, dice que ha dado más de dos millones de nacimientos, porque todas las guerras incentivan la proliferación y sobre este particular opina que todas las familias deberían tener, por lo menos, cuatro hijos. No ha destruido París porque es una ciudad que ama y admira, dice que sólo ha ordenado bombardear la zona de los aeródromos, pero que no dudará en borrar de la faz de la tierra a Leningrado. Sobre los habitantes del Este, los considera «una masa de esclavos natos que necesitan un amo». Su idea: crear colonias con los soldados exentos del servicio militar, que deberán casarse con campesinas. Se repiten frases como: «El más fuerte se impone», «El éxito todo lo justifica». «El país que estamos conquistando será para nosotros, una fuente de materias primas y un mercado para nuestros productos pero nos guardaremos de industrializarla». Se alegra de haber puesto un solo tipo de cocina en el ejército, lo que favorecía la igualdad y la camaradería entre soldados y oficiales. En cuanto a las listas de cosas por hacer, generalmente las hace con dos temas. En una de estas, apunta: «Conservar al precio que sea nuestras posiciones del Este», «Mantener la guerra lo más lejos posible de nuestras fronteras». Sobre otros Estados, indica: «Los países a los que invitemos a participar en nuestro sistema económico deben tener derecho a su parte de las riquezas naturales de las regiones rusas», «Me he preguntado estos días si no deberíamos reunir a los dirigentes responsables de la economía de los siguientes países: Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica, Suecia y Finlandia. Les daríamos una idea de las perspectivas que se presentan hoy» lo dice refiriéndose a Rusia. «No hay más que un deber: germanizar ese país por medio de la emigración de alemanes y considerar a los indígenas como pieles rojas», «No sé por qué un alemán que come un pedazo de pan debe atormentarse por la idea de que el suelo que ha producido este pan ha sido conquistado por la espada. Cuando comemos el trigo de Canadá no pensamos en los indios expoliados».
Después de esas lecturas, evidentemente, no he podido dejar de pensar en el presente, en esa coalición de más de 65 países que actúa sobre el Próximo Oriente (los mismos territorios que antes fueron colonias de Europa), sobre el petróleo y el gas que hay allí, sobre la destrucción, los millones de desplazados y el dolor humano causados estos años. Por supuesto, no he podido dejar de reflexionar sobre las «conversaciones privadas», esas en las que se habla de cómo repartir esto o aquello, o dónde imponer una nueva frontera o levantar un muro, conversaciones que quizá nunca se publiquen, o sí, de muchos de los gobernantes occidentales, de muchos de aquellos que consiguen hábilmente que sus guerras siempre estén fuera de sus fronteras y de aquellos que han favorecido con armas a grupos rebeldes para desestabilizar regiones. Terror y humanismo, decía Maurice Merleau-Ponty, esa es la cuestión.


Maurice Merleau-Ponty.
Filósofo francés.
Autor entre otras obras de Fenomenología de la percepción, La estructura del comportamiento, Terror y humanismo, El signo, Lo visible y lo invisible.
Más datos en el siguiente enlace