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 GUSTAR A TODOS


 Pilar Alberdi

 Nunca me preocupé de gustar a los demás. Los demás podían gustar de mí si querían. ¡Mentira! Esta última frase jamás la pensé. Pero una vez, sí, una sola vez en mi vida, viajaba yo en lo que entonces llamábamos un trasatlántico desde Buenos Aires a España y el padre de un amiguito que me había hecho en la piscina de clase turista me preguntó si hacía deporte «porque caminaba como una deportista». Sonrío al recordarlo. Tan pocas palabras habían bastado para hacerme sentir una reina. Está en alguna novela mía, que no se ha publicado todavía. Tenía yo 11 años.

Hoy todo el mundo parece feliz con solo intentar gustar a los demás. No lo comprendo, de verdad. Para ello, se visten de manera similar, nada de destacar en exceso, mejor todos pareciditos, y se tatúan con dibujos similares y a veces hasta increíbles, y no hablo de dragones o demonios. El otro día, por ejemplo, estaba yo en la playa y vi pasar a mi lado, ¡lo juro! se me fueron los ojos tras ese tatuaje, vi pasar como digo, el brazo de una mamá joven que llevaba tatuados dos personajes de dibujos animados: Minnie y Mickey. Pensé a modo de disculpa, supongo, se lo hizo por agradar a la niñita de dos años que llevaba a su lado hacia la primera ola de mar que estaba por llegar a la orilla. Esa niña crecerá, pensé, y sonreirá, y al final sabrá la historia de la valiente madre que se dejó tatuar aquellos personajes infantiles solo para agradarla a ella, para hacerla sentir bien. La mujer engordará y probablemente el dibujo se difumine, el rostro de Minnie se ensanche, las orejas de Mickey se agranden; y muchas olas llegarán después a la orilla, igualitas que aquella, miles para cuando la niña ya convertida en mujer tenga algún hijo, y repita la historia. Porque eso de repetir las historias se da bien en las familias generosas. Y ella también, casi con seguridad, se tatuará algo. La fidelidad suele pasar de una generación a otra.

Me he quedado pensando en los personajes de tebeos de mi niñez: el Pájaro loco, el pato Lucas, el pato Donald, tío Gilito y sus sobrinos… También Bugs Bunny y su panda, Silvestre, Piolín… Y luego esos otros personajes televisivos y peliculeros: Tarzán, los colonos de Caravana… Creo que por nada del mundo hoy, alguno de estos podría salvarse de la cultura de la cancelación.

De verdad, no entiendo muchas cosas, pero lo de los tatuajes, menos que nada. Para mis lecturas de niñez y adolescencia los tatuajes eran «añadidos textuales sin descifrar»  (bueno, esto lo aprendí cuando estudiaba Psicología) en los cuerpos de los piratas de los cuentos o en presidiarios reales. Ningún encanto especial tenían para nosotros los tatuajes, en un momento social, en que no se utilizaban como adorno o simbología estética.

Estaba todavía pensando en estos temas cuando… De repente, ¡zaz!, veo pasar  a mi lado, justo entre nuestra obediente sombrilla que vuelca su sombra hacia el oeste, como todas las demás sombrillas de la playa, y las coloridas toallas de nuestras vecinas, dos chicas alemanas, a otro bañista, de ciudad, muy blanquito él, pero con un brazo  enteramente  tatuado de negro. ¿Todo negro? Todo; absolutamente negro. Casi me parece escuchar aquello de «Houston, tenemos un problema» porque en ese brazo cabe el Universo entero. Y claro, la imaginación me vence y comienzo a inventarme historias. Tira de mí la creatividad mientras veo no tan lejos las grúas del puerto de Málaga y más allá la serranía, mientras acompañada de los chillidos de las cotorras argentinas que anidan en las palmeras cercanas, me pregunto: ¿Qué historia borró, qué corazón partido por una flecha, qué nombre que tanto amó y estaba enlazado al suyo? Llego a la conclusión de que es imposible borrar nada. ¿Puede haber algo que resalte más que ese brazo que grita a los cuatro vientos que algo ha sido borrado y que un secreto yace bajo ese pigmento negro?

Lo de amar y desamar tampoco lo entiendo. Se ama y punto. Se ama el lugar en que uno nació, la patria chica (el pueblo, la ciudad) y la grande (la Nación), se ama a los padres, a la pareja. Amar se ama siempre, y se comienza por uno. Para dar amor hay que tener amor. Lo otro, es intentar dar de lo que no se tiene, y eso, claro, a la larga, es un fracaso.

Sigo en la playa. Sentada en una silla de playa, por supuesto. Mi esposo también. A mi lado,  lee una novela en su Tablet. A él, el mar le gusta lo justo; mirarlo y disfrutarlo con los ojos, siempre. Recordar otros mares de lugares en los que vivimos juntos, también. Disfrutarlo entre el humo y el aroma que sale de las barquitas donde asan los espetos de sardinas. Mi esposo parece que está aquí; pero engaña. Está en Venecia, sí, sigue los pasos del comisario Brunetti. Me cuenta que la esposa de este comisario es profesora en la Universidad, hija de un conde, además, y le encanta cocinar, cocina mucho para su esposo. ¿Le pregunto de dónde saca el tiempo? Se sorprende de la pregunta. Pero mientras me mira con una mirada que está a más de 1.400 kilómetros, y está pensando en ella ―la mujer de Brunetti―, también está pensando en los Espaghetti alle Vongole, en los Ravioli di zucca con burro, en el Risoto de Fiori di zucca e zenzero que ella cocina. Y, mientras a la distancia saborea con la imaginación esas delicias, sé que está pensando que probablemente tengo razón, que resulta un tanto imposible que ella pueda compaginar cocina y enseñanza, pero él disfruta con estos personajes del libro, con esos menús de nombres tan bonitos y sofisticados. Es más, no iremos a la ciudad de Venecia, al menos no por el momento, pero si fuéramos, él sabe dónde encontrar la comisaria en la que figura trabajar el tal Brunetti y sabría que vaporettos deberíamos tomar para ir a un sitio u otro y qué puentes cruzar. Donna León no podría estar más orgullosa de un lector como este. Es fiel y romántico. Recuerdo una visita que hicimos a Italia. Primero una breve estancia en Milán,  luego en Bolonia y en tercer lugar  en Florencia. Allí pasamos una noche en un hotelito precioso y a la mañana siguiente al salir a la calle, ¡oh, sorpresa!, allí estaba a un paso de la puerta del hotel, aquel grafitti escrito como para nosotros: «¡Buen giorno, amore mío!».

Todavía en la playa, él sigue con la lectura, pero yo si cierro los ojos casi puedo trasladarme a la niñez, a aquellos domingos intensísimos de sol y mar, que muchas veces acababan en insolación. Mi esposo, enfrascado en su lectura, probablemente se ha subido a una góndola que aparece en la página 70 de la novela que está leyendo, y que a él le está pareciendo tan real que hasta ha creído sentir que una gota de agua de la laguna le salpicaba el cuerpo. Y así ha sido, porque unos niños han salido corriendo desde el mar intentado mojarse con el agua que habían recogido previamente en unos cubos y nos han salpicado, mientras corrían dando grandes zancadas, levantando la arena y molestando a los veraneantes.

No, de verdad no hace falta gustar a todo el mundo; con gustarle a una persona basta. Y para un personaje, basta incluso con gustarle a otro personaje o a un lector tan leal como este, que acaba de posar su mirada sobre una gaviota que aparece en la página 80 de la novela que está leyendo, y a esta altura casi resultaría absurdo preguntarle dónde está, si en Venecia o en Málaga, cuando la gaviota, precisamente, ha levantado el vuelo.

De repente, miro el reloj: ―¡Vaya! Es hora de marcharnos ―le digo. Y nos disponemos a volver a casa. Hemos pasado otro día, aquí o en Venecia, vaya uno a saber, y tan a gusto.

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