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sábado, 7 de mayo de 2016
LA FENOMENOLOGÍA TRASCENDENTAL, HUMANIDAD-ANIMALIDAD EN HUSSERL
Por: Pilar Alberdi
Escribió Husserl en sus Meditaciones Cartesianas: «Todo ser mundanal, todo ser espacio-temporal es para mí, esto es, vale para mí, y precisamente por el hecho de que yo lo experimento, lo percibo, lo recuerdo, lo pienso de algún modo en el que lo juzgo, lo valoro, lo deseo, etc. Como es sabio, Descartes designará todo esto con el término “cogito”. El mundo no es para mí, en general, absolutamente nada más que el que existe y vale para mí en cuanto consciente en tal “cogito”». Así, mientras el cogito cartesiano expresa la «duda metódica» haciendo «como si…» el mundo no existiera, con el fin de manifestar la duda y encontrar una respuesta nueva a cargo de las cuestiones que el sujeto se ha propuesto resolver; la «epojé» husserliana («poner entre paréntesis»), no toma el mundo en sí, sino cómo lo que es para la conciencia del sujeto. Lo que supone poner en práctica una reflexión «trascendental» como él la define, tomando esta palabra de Inmanuel Kant, pero quitándole cualquier posible relación con la palabra «alma» o «metafísica» en el sentido clásico, entiéndase cristiano-platónico.
El mundo de Husserl remite a los «fenómenos» (hechos, seres, situaciones, ideas…) con los que nos relacionamos. Y lo apodíctico o intencionalmente cierto de este encuentro y de este desvelamiento, es la consciencia del acontecimiento y lo que esto representa para el sujeto en un mundo que se percibe como un «horizonte de posibilidades», todavía por descubrir. Vemos lo que tenemos delante, pero todavía hay más. Sabemos lo que ocurrió, pero en alguna ocasión todavía veremos más. Es, de este modo, como lo subjetivo y lo empírico marchan juntos, configurándose a partir de la experiencia, permitiendo así el hilo conductor «ego, cogito, cogitaum». Es decir, el yo, el sentido intencional sobre el objeto de atención y lo percibido.
Llegados a este punto, uno intuye que el «Existo, luego pienso» del pensamiento de Jean Paul Sartre, posterior a Husserl, está más cerca del filósofo alemán, que el «Pienso, luego existo» de Descartes. Husserl señala una y otra vez la experiencia plenificante del existir. Pero aún hay más, un simple recorrido entre los textos El existencialismo es un humanismo de Sartre y Carta sobre el humanismo de Heidegger, corrobora el distanciamiento de este, tanto del pensamiento de su maestro Husserl como de Sartre.
Veamos: El texto de Heidegger, Carta sobre el humanismo, una epístola de respuesta a Jean Baufret, luego ampliada para ser publicada, intenta contestar a la pregunta: «¿Cómo dar un nuevo sentido al humanismo?» Heidegger después de analizar de dónde proviene el término (homo humanus romano, admirador de la cultura griega, frente al homo bárbaro, y del homo humanus romano del Renacimiento, admirador y redescubridor de la cultura y los textos griegos perdidos y recuperados, frente a la «supuesta barbarie de la escolástica gótica del Medievo», sumará el humanismo marxista y el existencialista, indicando que ni uno ni otro precisan como los anteriores del retorno a las fuentes de la Antigüedad. Finalmente, Heidegger negará la posibilidad de dar sentido a este humanismo existencialista por considerar que «la esencia», que se pretende dar a este humanismo «es metafísica». Realmente, nada nos parece más lejano de los dos humanismos últimos citados, y muy especialmente del «existencialista» al que se dirige, ya que exige responsabilidad absoluta del ser humano ante los acontecimientos que le atañen y conforman su vida y la historia, al margen de la existencia de un Dios. Pero así como no es un humanismo metafísico el sostenido por Sartre, por más que lo pretenda Heidegger, tampoco lo fue el sostenido por Husserl, por más que utilizara la palabra «trascendental».
Sintetizando: para Husserl el mundo se recibe a partir de las propias evidencias y esta inclusión pertenece al «sentido propio del mundo», el que uno le da. Aún viviendo en la misma familia, sociedad y hasta época, nuestro sentido del mundo, producto de nuestra experiencia en él, será diferente y estará mediado por aquello que focaliza nuestra atención, es decir, por lo intencional de nuestra percepción, más la cultura recibida. De hecho, no es extraño que una segunda lectura de un texto, nos permita encontrar algo que no habíamos percibido en la primera o que frente a una persona, un suceso, incluso un recuerdo del pasado o un sentido imaginario de lo que pudiera suceder en el futuro, encontremos nuevas perspectivas cada vez que nos detengamos a pensar en ellas. El yo-intencional es pensamiento en «movimiento», interactúa con el medio y con su propia experiencia, se mueve en un horizonte intencional en donde el yo, la conciencia-sentido y el objeto-fenómeno se relacionan. Dice Husserl: «Los objetos son para mí y son para mí lo que son en cuanto objetos de una conciencia real y posible». En un mundo en donde están los demás seres (incluidos los animales), en donde las personas son «reflejos» de uno mismo, análagos, en cierto modo, pero diferentes en cuanto a experiencias, como miembros de una «co-humanidad» y un «mundo pre-dado». Siendo la conclusión del filósofo que siempre: «Un existente está en comunidad con un existente», por tanto, relacionado.
No es esta (Meditaciones cartesianas) la única obra en la que Husserl hablará de la animalidad. Por eso, me gustaría citar aquí, para quienes posiblemente lean esto y se empeñen en la diferencia (1), las palabras de Johan Huizinga (2), autor al que Husserl conocía y cita en alguna ocasión: «El juego es más viejo que la cultura; pues, por mucho que estrechemos el concepto de esta, presupone siempre una sociedad humana, y los animales no han esperado a que el hombre les enseñara a jugar».
Aunque no podamos considerar un taxón o categoría filogenética como categoría absolutamente natural, ya que siempre han sido creadas por el hombre, deberíamos recordar el importante paso que dio Linneo en el s. XIX, al incluir al hombre (homo) dentro de los homínidos, y a estos dentro de la familia de los primates.
Como decíamos antes, no es esta la única obra en que Husserl hablará de los animales, también lo hará en otras, por ejemplo en Ideas lógicas II (3) y en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental a la que me referiré a continuación. Esta, igual que las Meditaciones Cartesianas son obras de madurez. De hecho, a la que ahora nos vamos a referir la publicó en 1936, dos años antes de su fallecimiento. Para entonces, Husserl y también su hijo, por ser judíos, ya habían sufrido el acoso del nazismo y el apartamiento de sus cátedras, mientras que Heidegger se plegaba al movimiento y se sumaba al mismo.
Que la «humanidad» le preocupaba a Husserl, lo demuestra en este libro donde repite la palabra una y otra vez, sabiendo además, y ya por experiencia directa que es una humanidad doliente. Incluso las preguntas importantes que los seres deben o deberían hacerse son «preguntas humanas». «El positivismo ―dirá― decapita la filosofía» al dejar de lado cuestiones esenciales. Pero, hay más, la crisis que percibe en la filosofía de la época que le toca vivir, representa o muestra «la crisis de todas las ciencias modernas como miembros de la universalidad filosófica, una crisis de la humanidad europea misma, primero latente, pero después cada vez más manifiesta». Tanto que poco después, tomaría cuerpo la Segunda Guerra Mundial, con el auge de los fascismos y los totalitarismos.
No sólo había ocurrido un desmoronamiento de la fe en el sentido metafísico o de las creencias religiosas, sino de la «razón» misma. Si el primero de los sentidos podía ser relativamente individual, el segundo que apela al acuerdo y al consenso, supuso el desmoronamiento de la humanidad. El «animal rational» había perdido pie. Rotos todos los ideales, también se rompía esa afirmación de Husserl de que «en nuestro filosofar ―cómo podríamos pasarlo por alto― somos funcionarios de la humanidad». El telos (fin) buscado por el humanismo, el del conocimiento, la sabiduría, la solidaridad y respeto al otro, había sido sustituido por el ideal ario de un ser superior, bárbaro al fin, inhumano y antieuropeo.
Con las matemáticas cartesianas y las que le siguieron, y con la explicación científica del mundo, solo con eso, no se puede hacer una mejor humanidad.
Los números, elemento simbólico sin vida propia, acaparan el mundo. Su testimonio es de tantos por ciento, de alzas en la bolsa, de ganancias, de reparto de escaños. Aplíquese a cuanto se quiera. Pero la vida de la «experiencia» es otra cosa, es «cuerpo vivido» y esto vale tanto para el homo como para los animales, las plantas y especialmente para la Tierra, como «mundo de la vida».
Husserl interpretará que lo que es menos tiene sentido por lo que es más, y no al revés, por eso, dado que el adulto humano tiene o debería tener mejor comprensión de sí mismo, es obligación suya respetar a los niños y a los animales que son menos que ese adulto centrado en su conocimiento y en su experiencia. La animalidad subyace en nuestra humanidad. La animalidad nos muestra nuestra humanidad común.
Finalmente, no puedo sustraerme a citar estas palabras de Husserl como parte de la conclusión del libro La crisis europea de las ciencias y la fenomenología trascendental: «yo soy el yo que tiene experiencias en general como yo viviente (pensando, valorando, actuando), soy necesariamente el yo que tiene su tú, su nosotros y su vosotros, el yo de los pronombres personales, y del mismo modo, necesariamente, yo soy y nosotros somos en comunidad yoica, correlatos de todo aquello que nosotros designamos como existentes mundanos», en un mundo que no solo es mundo, sino «un mundo en común».
Notas:
(1) HEIDEGGER, MARTÍN. Carta sobre el humanismo. «El cuerpo del hombre es algo esencialmente distinto de un organismo animal»
(2) HUIZINGA, JOHAN. Homo ludens.
(3) SAN MARTÍN, JAVIER. Para una filosofía de Europa. Ensayos de fenomenología de la historia. Cap. II. La subjetividad trascendental animal.
Ref. libros:
Meditaciones Cartesianas
Ediciones Paulinas. Madrid, 1979.
La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental
Prometeo. Buenos Aires, 2008.
Nota:
El presente artículo también ha sido publicado en la página española de filosofía La caverna de Platón
La fenomenología trascendental, humanidad-animalidad en Husserl ISSN 1577-0567 Depósito legal: M-42185-2000
jueves, 25 de febrero de 2016
EN DEFENSA DE LOS ANIMALES
Por: Pilar Alberdi
En estos momentos, al escribir las primeras líneas que irán dando forma a este artículo, me viene a la memoria una cita de Aristóteles, un antiguo refrán -viejo para él ya en su tiempo, y con más razón para nosotros en la actualidad-: "Una golondrina no hace verano". Y, sin embargo, cuánto nos alegra verlas.
Asombra el tiempo. No más que la espiritualidad de ciertas creencias orientales, por ejemplo, cuyos miembros son incapaces de matar un insecto. Hay personas que barren su camino para no pisarlos y se tapan la nariz y la boca para no respirarlos. O la creencia budista, capaz de hacernos recapacitar sobre las reencarnaciones de las personas en animales, seres que habitualmente, consideramos inferiores. Una vieja idea, la del «eterno retorno», presente ya en Platón (La República). No más que la cantidad de holocaustos, de ofrendas a los dioses, de animales inmolados en tantas religiones para saber qué comunicaban los dioses a los humanos a través de las vísceras de los animales sacrificados.
No dejemos de pensar también en los animales maltratados para nuestro consumo o los utilizados groseramente en tantas fiestas populares.
Es frase repetida en el tiempo que todos somos griegos. Quizá sea verdad, al menos yo, doy por aceptado que todos nos volvemos griegos, cuando comprendemos como el poeta Cavafis, la necesidad de retrasar el regreso a Ítaca. Pero esta comprensión llega con la madurez: lo que importa es el camino.
Realmente no es mal comienzo para este ensayo, darle inicio en Grecia, en la cultura helenística, porque los mitos lo permiten... Zeus, transformado en toro, raptando a Europa. Diana, cazadora. Cancerbero, un perro de tres cabezas, guardián del Infierno. Neptuno, en Tesalia, haciendo brotar de una fuente, el primer caballo. El cadáver del poeta Hesíodo, devuelto a la playa por unos delfines. Los grandes ritos funerarios, las piras de leña ardiendo con inmolación de animales...
También los hebreos nos hablan de animales. El Antiguo y el Nuevo Testamento. Dios, se dice, creó a los animales antes que al hombre. Dios ordena a Noé que recogiese algunas parejas de especies animales, y las protegiese en su embarcación. Eva es tentada por una serpiente. De las diez plagas que azotaron a Egipto, cuatro fueron de animales: ranas, mosquitos, moscas y langostas. Jonás fue tragado y luego devuelto a tierra por una ballena. Daniel se enfrentó a los leones. Un buey y un asno dieron calor a Jesús en un pesebre. El cordero se convierte, es la representación y el símbolo de la víctima expiatoria.
Todo esto, sin contar con otras realidades y otras mitologías, sin contar con las pinturas de las cuevas prehistóricas en las que podemos observar la relación de nuestros lejanos antepasados con los animales. Ni tomamos ahora en cuenta de manera especial a los animales sagrados de Egipto asociados a los dioses y las dinastías; ni la personificación de éstos, en las Fábulas de Esopo; ni la copia o atributos que hacemos de ellos, valga como ejemplo la formación de los soldados romanos llamada «testudo» que imitaba una caparazón de tortuga. También podríamos referirnos al valor de su domesticación. Incluso a nuestra relación con ellos: sirvan de ejemplo algunos anacoretas de la Iglesia Católica que han tenido un trato especial con los animales, un verdadero acercamiento a la naturaleza, a este mundo concreto, frente al otro que la religión presumía en el cielo.
Muchas veces, la ignorancia de los hechos sobre animales que se relataban era escalofriante. En el siglo segundo de nuestra era, Claudio Eliano, escribió su De natura animalium, que ha llegado hasta nuestros días, con el título de Historia de los animales. Para escribir su obra, se basó en opiniones vertidas por autores que le precedieron: Aristófanes, Esquilo, Aristóteles, Demócrito, Filóro, Ninfis, Filarco, Sófocles, Hegemón, Apolodoro, Euforión, Cenótemis, Heródoto, Alejandro, etc., así como en las opiniones de terceras personas y en observaciones propias. En lo relatado, hay una antropologización exagerada y antinatural. Léase este fragmento: «El ascaro es un pez que come vegetales marinos y algas; su lujuria, la mayor que existe entre todos los peces, y su apetito amoroso que nunca llega a saciarse hacen que pueda ser capturado». O este otro: «Los peces llamados raños por los pescadores expertos se prestan mutua asistencia como si de personas honestas y buenas compañeras se tratase».
En esas fantasías populares que refiere Claudio Eliano, recuerden que participaban de una cultura eminentemente oral para la mayoría, hay perros enamorados de poetisas y hasta hienas que cambian de sexo de año en año.
También nos habla de aves capaces de llevar a sus nidos, diferentes clases de hierbas para protegerse de las brujerías, y nos indica que quemando plumas de buitre las serpientes salen de sus escondrijos. La serpiente es un animal presente en todas las mitologías primitivas, ya sea en Oriente o en Occidente. Ante tanta maravilla, sólo cabe la sorpresa, pero en el caso de las serpientes, sucede que ya no estamos acostumbrados a verlas, pero antes había muchas y, evidentemente, representaban un peligro que luego se ha transmitido en los mitos y las alegorías. Nuestros abuelos, todavía habrán podido ver bastantes cuando segaban los campos.
Por una parte, Eliano, nos comenta el gran amor de algunos animales —especialmente de los perros— hacia sus dueños, nombrando casos de canes que permanecieron junto a los cadáveres o las tumbas de sus amos, unos muriéndose de pena; otros, arrojándose a la pira funeraria con el fin de salvarles. En la actualidad, también conocemos casos de perros que han permanecido junto a las sepulturas de sus protectores.Claudio Eliano refiere, además, cómo los romanos en guerra con los celtas, descubrieron que los gansos eran mejores guardianes que los perros. Pues hallándose Roma ocupada por los celtas, excepto en la Colina del Capitolio, el guardia de la colina, el cónsul Marco Manlio, confió el cuidado de una zona a los perros. Dándose cuenta de la situación, el enemigo arrojó a los perros comida, y estos, golosos, se callaron, pero quiso la suerte que unos gansos del porquerizo estuvieran sueltos por allí, y al serles arrojada la comida, comenzaron a graznar como siempre hacen. «Por esta razón todavía hoy cada año los perros en Roma, son sometidos a la pena de muerte, como castigo por aquella vieja traición; por el contrario, un ganso es llevado en una litera entre pompa y boato, ciertos días».
Claudio Eliano, no deja de citar pasajes de la Historia de los Animales de Aristóteles, que varios siglos después, concretamente en el siglo XV y todavía con posterioridad, reproducían los principales diccionarios de latín. Leamos lo que dice uno de estos sobre el «camello»: «Camelus: Camello, animal feo, de largo cuello; sufre gran carga, y por tres días la sed; enturbia el agua antes que beba, por no verse en ella tan feo».
En la cita que hace Eliano de la obra de Aristóteles sobre el camello, leemos: "El camello no gusta para nada de tomar agua limpia y pura, y, por el contrario, piensa que el agua barrosa y sucia es la mejor bebida". Libro XVIII. Párrafo 7.
Otro ejemplo, en este caso sobre las hormigas. Busco primero en el diccionario en latín: «Fornicae indicae: hormigas de la India, tan grandes como lobos de color pardo de gato, con cuernos que sacan el oro del mineral».
La cita que refleja Eliano sobre estos animales, dice: "Las hormigas de la India que son guardianas del oro no cruzan jamás el río Campilino (...)
Me sorprende las ideas que podrían hacerse aquellas gentes, las que leyeran esta obra sobre esos tan extraños animales… tal y como los dibuja el escritor.
Está claro que mi viejo diccionario reproduce lo dicho por otros anteriores o por la tradición, pero por eso mismo, es fiel a historias repetidas en el tiempo.
Evidentemente, los romanos, no llegaron a conocer estas hormigas, de lo contrario las habrían utilizado en los vastos dominios de su imperio, para sus vastas explotaciones mineras, o para la construcción de sus villaes, en lugar de hacerlo con esclavos sometidos por las guerras o comprados en los mercados. Pero no deja de resultar curiosa, la definición del tamaño y color de las hormigas: "tan grandes como lobos de color pardo de gato".
Muchos de los ejemplos precedentes, nos hablan del concepto del animal como aquel ser al que hay que temer, como un enemigo peligroso. Tema en que la ignorancia, en sus más curiosas formas, sumó efectos devastadores. Llámese brujería, o feroz Inquisición, enjuiciando, excomulgando, y ejecutando penas de muertes no solo sobre personas sino sobre gatos, musarañas, perros, cerdos, gallos, ratas, ratones, hallados culpables de los más variopintos hechos. Lo que al fin y al cabo no era nuevo, pues ya vimos con anterioridad lo referido por Claudio Eliano, sobre la pena de muerte impuesta a los perros romanos por aquella actitud golosa que tuvieron sus antecesores, culpándoles por preferir la comida que los enemigos de Roma pusieron a su alcance antes que defender la ciudad Imperial, como si los pobres animales hubieran podido decidir sobre tal desenlace, como si hubieran podido elegir entre ser fieles o traidores.
Lo que llamaríamos «culpa por heredad», tan común en los tiempos antiguos para las personas, a los hijos se los podía condenar por las culpas de sus padres, quedó aplicado a los animales. Sobre estos temas de la culpa que recae sobre otros, también pueden verse casos en el Antiguo y el Nuevo Testamento, y muy especialmente en la tradición griega, de la que los autores más conocidos de la tragedia, han dejado numerosos ejemplos.
Más adelante en el tiempo, ya en la época Moderna, escribía Michel de Montaigne: «Los animales tienen algo de más generoso que los hombres, pues jamás ningún león se puso al servicio de otro león, ni ningún caballo al servicio de otro caballo, por miseria de ánimo» (Ensayos). Ay, ¡qué fuerte suena eso! Pero, sin duda, somos así. También escribió: «Preciso resulta limitar al hombre y situarle dentro de los límites del orden natural». El humanista que defendía estos principios, el señor de Montaigne, vivía encerrado en su castillo, mientras fuera se desarrollaba una terrible guerra religiosa, ante la que podía sentirse protegido dentro de su exilio palaciego e interior,se prendían las hogueras y se aumentaba la crueldad de las represiones y asesinatos, hechos que él detestaba.
No podemos negar que los animales han representado ―desde tiempo inmemorial― una parte de nuestras reflexiones. Los defensores de la «teología natural», los que decían que todo tiende al bien, justificaban la presencia de los carnívoros, como necesaria, y no por ello, la naturaleza dejaba de tender al bien. Juzgaban ese final como una muerte rápida y segura, no por senilidad, ni enfermedad. Sin embargo, el descubrimiento para su conocimiento de la existencia de unos insectos como los icneumónidos (un tipo de avispas) que inyectan sus larvas en seres vivos, a los que las larvas poco a poco van devorando, en un orden de tortura estremecedor: primero, las masas adiposas, luego, el aparato digestivo y por último, el corazón y el sistema nervioso central, de tal modo que la víctima se mantenga el mayor espacio de tiempo con vida, y si bien los defensores de la «teología natural», continuaron defendiéndola, surgieron otras ideas o principios que se expresarían científicamente en El origen de las Especies de Darwin, publicado en 1859, y que se inclinaban claramente, hacia la no moralización de la naturaleza. Además, se rompía con la idea de unos padres primeros o naturales como Eva y Adán (monogenismo), al descubrirse en el Nuevo Mundo otros habitantes, lo que abrió la perspectiva a un poligenismo, varias parejas iniciales, contrario a lo que había expresado la Biblia.
El escritor contemporáneo Asimov (1920-1992), quien fue un constante «interrogador» de la esencia de la vida, tuvo un curioso acierto al señalar, cómo «Los seres humanos, han atribuido a cada tipo de alas unos caracteres míticos adecuados, y han conseguido de este modo dejar muy clara la relativa popularidad de las tres principales. Así, demonios y dragones, tienen alas de murciélago; las hadas, diáfanas alas de mariposa, y los ángeles están equipados con grandes alas de pájaro». Alas de pájaro también fueron atribuidas a un animal mítico como Pegaso. Alas de pájaro, necesitó el hombre (Leonardo Da Vinci, y tantos otros...) para comprender cómo sería aquello de «volar» y ser capaz de intentarlo.
Sin olvidar, esa serie larga de animales mitológicos, como centauros, faunos, sátiros, tritones, sirenas; y otros igual de fabulosos, como aves fénix, basiliscos, dragones, grifos e hipogrifos, unicornios, catoblepas, etc, para cuyo mejor conocimiento derivo al lector al excelente libro de Jorge Luis Borges El libro de los Seres Imaginarios, en el que se dan incluso referencias de animales soñados y descritos por escritores como Kafka, Lewis y Poe a través del discurrir de sus sueños. Y también me gustaría remitir a una curiosísima selección de «fauna imaginaria estadounidense» donde se nombra un pez como el Googang, que nada para atrás con la intención de que no se le meta agua en los ojos, y un ave como el Goofus Bird, que construye su nido al revés, y vuela también hacia atrás, porque no le importa adónde va, sino donde estuvo. No deja de resultar curioso y evidentemente es un antecedente que Claudio Eliano, en su Historia de los animales citase un ave similar.
Pero aún queda, formular una pregunta sobre lo que planteaba Asimov: ¿son esas alas, unos caracteres míticos adecuados a las formas de volar, o... son morales? ¿Por qué la humanidad las ha elegido de ese modo? Sin duda, siempre es más preocupante un murciélago que un pájaro. Pero esto también depende, y es parte del relativismo cultural, porque hay pueblos que los cazan, y los comen y para su vida son esenciales y beneficiosos. Evidentemente, el tipo de alas elegidas para la representación, sea cual sea el caso, son morales, porque son las personas y no la naturaleza, quienes desde sus ideas (las de su cultura) juzgan qué clase de alas, representan la maldad o la bondad.
Mientras releía la obra El tiempo, gran escultor de Margarite Yorcenar, encuentro entre un total de dieciocho artículos, cuatro dedicados a la defensa de los animales. Me sorprendo porque en la primera lectura no había reparado en ello. Sus títulos son: «Animales de hermosa piel», «¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?», «Esa siniestra facilidad para morir», «Opiano o la caza».La serenidad de la excelente escritora que es Yourcenar, impuesta en el conjunto de su obra y muy especialmente, entre otras novelas, en Memorias de Adriano, da paso en estos ensayos a un ataque duro y frontal sobre la actitud mantenida por los humanos contra los animales. Valora en esos artículos el legado judeo-cristiano, y cita entre otros a santos que han tenido un especial contacto con los animales, como San Jerónimo, San Roque, San Blas, San Francisco de Asís. Podríamos sumar a la larga lista de santos ilustres, a San Antonio Abad, patrón de los animales en España.
Yourcenar señala que «todo lector de novelas de Serie Negra o de sucesos siniestros, todo espectador de películas violentas contribuye sin saberlo a esa pasión por matar». El artículo en cuestión sale en defensa directa de unos jóvenes que se han quitado la vida «por amor», y en defensa indirecta de los animales.
Quien haya leído a autores como Chejov, a Poe, a Kafka, sabe que no es así, y que estos autores, solo por citar algunos, poseían tal percepción de la realidad y su violencia, que podían ver y transmitir hasta los más mínimos detalles el abuso de poder. Ser testigos de la violencia, no nos hará necesariamente más violentos, padecerla quizá, pero conocerla, quizá nos ponga en alerta contra ella. En La Sala Número Seis, un cuento de Chejov, en el que la burocracia y el desinterés de una institución va a destruir a un médico que se interesa por el bienestar de sus pacientes, este nos dice: «El hombre vulgar espera lo bueno o lo malo del exterior, es decir del coche y el despacho, mientras que el hombre que piensa lo espera de sí». Y si como muestra vale un botón, bien merece la pena que citemos aquí a Patricia Highsmith (1921-1995), exitosa escritora de novelas de terror, en cuyos textos, no falta un alto grado de misoginia, mientras destaca en su defensa de los animales. En su libro Los cadáveres exquisitos, encontramos el cuento titulado «Un ajuste de cuentas», que en el fondo es un alegato de defensa contra las condiciones de la cría de pollos y gallinas de forma industrial y los terribles padecimientos que sufren estos animales, condiciones que se pueden extender a otros muchos: cerdos, vacas, ovejas, conejos, etc. ¿Podríamos acaso, acusar a un escritor como Stephen King, de promover la violencia sólo porque la muestra? ¿Qué viene a decirnos en una obra como Cementerio de Animales, sino que al hombre no le alcanzan los límites de su vida; que el hombre nunca está lo bastante conforme con su realidad, y que si le dieran la libertad de elegir, sin duda, elegiría vivir eternamente, a costa de lo que fuere?
Es precisamente el hombre —no el que escribe, ni el que lee obras de terror o de misterio―, sino el que las realiza desde la sombra del poder que justifica para sí, el que es peligroso. Quizá cuando leemos obras de misterio o de terror, lo que hacemos es enfrentarnos a nuestros temores, es decir, al miedo al otro, por lo que fuera capaz de hacer o al miedo a uno mismo, esto de manera más inconsciente sobre lo que uno mismo pudiera llegar a hacer. Ahí están como muestra los miedos atávicos al canibalismo. Y es ese poder, amparado bajo las formas más reconocibles del interés económico, el que continúa cazando ballenas (Noruega y Japón), pese a la prohibición acordada por la Comisión Ballenera Internacional. Y es ese poder (Noruega), el que ya en 1995, justificaba la caza de 2.600 crías de bebés foca para utilizar su piel para abrigos bajo el supuesto de «fines científicos». Y son las mujeres —como dice la Yourcenar con terrible ironía― «esos individuos de la especie femenina», las que se vestirán con ellos. Y es ese poder el que masacra delfines y otras especies.
Algo de la idea del pasado, la de cazar para sobrevivir, se ha perdido. Michel Tournier, escribe en El Viento Paráclito que no es igual cazar a un animal macho que a una hembra, aunque el primero no supiera en qué liza estaba: «la caza sólo es digna del cazador si el animal cazado es macho». No sé quién aprobaría hoy estas palabras, seguramente, los cazadores.
Otros escritores que han hablado en defensa de los animales son Víctor Hugo, y también Arthur Schopenhauer, en este último, lo curioso es que mientras defiende a los animales, niega la igualdad de derechos a las mujeres, con una crítica ácida y malévola, que intuyo se debe a la pésima relación que mantuvo siempre con su madre y en menor grado con su hermana, o quizá a algún no desvelado por él, desengaño amoroso, o más simplemente a su propia incapacidad de observar la contradicción de sus propios sentimientos, más todavía tratándose de un filósofo que hace de la reflexión su tarea diaria.
¿No resulta aterrador y desesperante conocer que en España cada año se asesina a más de 50.000 galgos? Mueren ahorcados o abatidos por los propios cazadores después del período de caza.
Evidentemente, la muerte no se mira por todos de la misma manera. En carta personal con el escritor Miguel Delibes (1920-2010), este me confirmaba que le costaba aceptar la muerte del toro en la Plaza, pero que sin embargo él no tenía escrúpulos en cazar una perdiz, como otros no tenemos reparos en comernos una chuleta de buey, o una pechuga de pollo o un filete de merluza. En buena medida, en todo interviene la cultura en la que uno está inmerso.
Tengo por costumbre, acudir al mercadillo de El Rastro de Madrid, a sus librerías de viejo, de las que vuelvo, tantas veces, con algún pequeño tesoro. Estas escapadas al mercadillo, me recuerdan mi niñez en busca de caracolas en una desierta playa, mi adolescencia hallando fósiles marinos al pie de unos acantilados, y siempre el mar, ese mar del que me encuentro lejos, pero que el bullicio, el oleaje de la inmensa cantidad de gente de la ciudad que se da cita en el rastrillo, me devuelve en cada nueva cita.
Voy a hablar pues, y dentro del tema que nos ocupa, de una de esas pequeñas joyas. El libro al que me refiero se titula: Enjuiciamiento de animales y de objetos inanimados, en la segunda mitad del siglo XX. El autor: Niceto Alcalá-Zamora y Castillo. Es una separata ("sobretiro" le llaman en la edición mexicana) de la Revista de la Facultad de Derecho de México. Tomo XX. Julio-diciembre. Núms. 79-80. Sin año de edición, que yo calculo, por las últimas fechas de las citas, el ensayo fue escrito hacia 1971-72.
Divididas por año en que ocurrió el suceso, el país, la infracción cometida por los animales, y la especie zoológica a la que pertenecían, el autor comenta una serie de artículos periodísticos internacionales, que fue recopilando con ayuda de algunos de sus amigos.
De este modo se citan, por ejemplo, «el allanamiento de moradas y lesiones, ocasionadas por un toro, en México, en 1956»; «un homicidio causado en Francia, en 1964, por tres elefantes»; «una infracción de tránsito cometida en una pista de aviación por cuatro burros, en México, en 1965»; «los insultos y palabras gruesas, pronunciadas por un loro, en Brasil, en 1965, con la consiguiente denuncia a la policía»; etc. Ciertamente, la lista es larguísima. Y uno y otro ejemplo, me han hecho pensar en otros ejemplos curiosos que conozco. Así, una noticia de la incursión de cuatro burros en una pista de aviación, pude relacionarla con mi recuerdo de un viaje a París y aterrizaje en el aeropuerto de Orly, alrededor de cuyas pistas, pudimos ver cantidad de conejos silvestres, entrando y saliendo de sus madrigueras, tan felizmente, y un paso de las ruedas de los aviones, lo que al parecer no era contradictorio con el buen funcionamiento del aeropuerto y la seguridad.
Ciertamente, los recortes periodísticos contemporáneos de ese tipo de noticias en las que animales se veían tratados por el derecho penal de las personas, volvieron a recordarnos oscuros juicios del pasado en tiempos de la Inquisición. Pero, por otro lado, los títulos de este tipo de noticias invitan a una sonrisa. Unos ejemplos: «Tendrán que juzgar a un perro por cleptómano», «Preso, en Lima, un loro poco cortés», «El puma ex-mascota de la UNAM tiene problemas con la justicia»; y un titular que riza el rizo, publicado en el periódico Ya (Madrid) con fecha 21-7-66, que dice: «Muere en Mula, mordido por un burro: El agresor huyó después al monte». El suceso ocurrió en un caserío perteneciente al municipio de Mula, en Murcia, y no se escapa al lector, la intencionalidad jocosa del redactor, pese a lo trágico del suceso.
Mientras pensaba en escribir este ensayo e iba tomando notas, me dediqué a recortar de los periódicos aquellos artículos que hiciesen hincapié en el tema de los animales, y estos son algunos de los temas que encontré. De su veracidad no puedo dar fe. Doy la fecha (algunas veces, aproximada), y el periódico. Por aquel entonces, los diarios no tenían ediciones digitales a través de Internet:
15-1-95 «Un perro fiel hasta la muerte, un collie, se lanzó al vacio desde un noveno piso tras la muerte de su amo». La noticia sirve para que se citen en el artículo otros casos de animales, fieles a sus dueños. El de un perro de nombre Fido, que siguió a sus amos a través de 1.500 kilómetros para reunirse con ellos en Gijón. El de un pastor alemán de nombre Doc, que recibió la medalla de la Sociedad Protectora de Animales de Valencia, en recompensa por haber salvado de morir ahogado en el mar a un niño. El de un lobo, de nombre Milk, adiestrado como perro policía, y convertido en un experto en salvamento de personas atrapadas por la nieve y el agua.
4-2-95. El País. «Una elefanta escapada de un circo arrancó una farola en Arganda. Una elefanta, de 22 años, propiedad del Nuevo Circo Americano, vagó tranquilamente durante la madrugada del jueves al viernes por las calles de Arganda del Rey (28.400 habitantes), porque estaba sedienta.
El paquidermo, algo despistado por no encontrar corrientes de agua, sólo pudo olisquear una alcantarilla. El sonido que provenía de ella le pareció lo más cercano al de los ríos africanos» comenta José Luis Aceituno, concejal de servicios generales de Arganda. Junto a la alcantarilla se levantaba una farola. Sofana, que así se llamaba la elefanta, no lo dudó. La arrancó creyendo que era un árbol. E
5-2-1995 El País. «Primer elefante nacido en cautividad en spaña. El parque Cabárceno (Cantabria) acoge desde el sábado el primer elefante africano que nace en cautividad en España».
5-2-1995 El País. «Londres investiga la muerte de la primera víctima en defensa de los animales». (Se refiere a la primera víctima humana, en una manifestación en defensa del transporte de animales vivos por tierra o mar, etc.)
4-3-1995 El País. «El Parlamento Británico tramita una ley para prohibir cazar zorros». (Zorros y otro tipo de animales, con cepos o trampas).
11-3-95 (Aprox.) El País. Un pastor y su rebaño son condenados a pagar a Renfe y a los pasajeros de un tren que embistió al rebaño, una indemnización por daños y perjuicios.
18-3-1995 El País. «Noruega vuelve a cazar 'bebés' de foca».
18-3-95 El País. «La policía de Aranjuez mata a tres toros escapados de una finca». (Se comenta que el dueño no tenía forma de hacerlos regresar y que ese fue el motivo de la matanza, cuando suponemos, se les podría haber adormecido y transportado).
23-3-95 El País. «El toro embolado le cuesta a Colmenar de Oreja una multa de medio millón». El Ayuntamiento de Colmenar de Oreja (5.370 habitantes) tendrá que rebañar sus arcas por haber permitido en septiembre de 1993 que un toro llevase atadas antorchas en los cuernos para divertir a los vecinos.
Semana del 19 de marzo al 26. Varios medios citan la noticia. «Ante la colocación de varios paquetes con gas tóxico en varias estaciones de metro en Tokio, las autoridades japonesas registraron distintas sedes de la secta La Verdad Suprema. (Las imágenes de fotografías y televisión mostraban a los policías con máscaras antigas, y portando en sus manos jaulas con canarios, que serían los primeros en indicar la presencia de algún componente químico peligroso para la salud en el caso de que se desvanecieran o muriesen a causa de su inhalación. Ciertamente, cuesta creer que en un país tan adelantado, no tengan un método mejor.
No hablaremos aquí, en este momento, de los animales que se han utilizado en las guerras (palomas, perros), ni de los que se utilizan para detectar la presencia de drogas; ni tampoco en este momento de los que hacen de lazarillos, o son utilizados para desplazar carga o viajeros; ni de los que se utilizan para hacer deporte; ni de todas las mascotas. Pero sí queremos dejar testimonio de ellos.
A veces, la tradición nos devuelve frente a tanta barbarie contra los animales, una imagen curiosa: Babieca, el caballo del Cid, yace según la leyenda enterrado muy cerca de su amo, en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos.
Europa se escandaliza de la llamada «fiesta nacional española», leo, pero yo misma he visto en las paredes de la basílica de Sacré-Coeur de Montmartre en París, pinchos en las cornisas de las paredes, para mantener alejadas a las palomas y que no ensucien las paredes y el suelo, lo mismo que ya las hay en España. Esos pinchos no matan, pero impiden protegerse, anidar.
¿De qué modo se ha de medir la violencia contra los animales?¿De cuántos modos se muestra esa violencia en nuestros días?
El tema de la defensa de los animales es una batalla a combatir en muchos frentes. Y en la que más, en nuestras conciencias. ¿Qué sentimos al respecto? ¿Qué ideas tenemos o defendemos? ¿Qué pensábamos antes y qué pensamos ahora? Es evidente que nos lo dan todo, así ha sido siempre, ¿qué les damos nosotros a cambio? Es evidente que olvidamos que pertenecemos a los Primates, que tantas veces se nos olvida que somos tan animales como ellos, aunque cognitivamente podamos sentirnos superiores y podamos destruirlos a todos e incluso a nosotros mismos.
Este artículo lo escribí en 1995. Vuelvo a su lectura en febrero de 2016. Sumo alguna reflexión para relacionarlo directamente con el tiempo actual. Evidentemente, la lista a la que hay que poner soluciones es inmensa y continúa vigente: evitar el sufrimiento de los animales en los laboratorios; el de los vertidos de plásticos al mar que tan directamente les afecta; cuidar las marismas que sirven de protección en la migración de las aves; revisar o reformular cuestiones como las de la clonización o investigaciones con genes de animales; la defensa de animales amenazados de extinción por causas humanas; y tantos más.
De entonces a aquí, un largo camino se ha llevado a cabo en el mundo y en España en defensa de los animales. En Cataluña se han prohibido las corridas de toros; se lucha en defensa de la utilización de animales en otras fiestas tradicionales, como las que incluyen un toro alanceado (Tordesillas) o aquellas en que se arrojan animales desde lo alto de los campanarios. Hay ayuntamientos que siguiendo iniciativas populares han declarado que no permitirán los espectáculos de circos que utilicen animales. Se continúa denunciando y persiguiendo a los maltratadores. Y un partido político español, PACMA, los defiende de manera prioritaria en su programa, al igual que otras muchas ONG y asociaciones. Sin duda, queda mucho por hacer, pero estamos en el buen camino.
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