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jueves, 21 de enero de 2016
QUE NO SE NOS OLVIDE
Pilar Alberdi
Que no se nos olvide, especialmente a quienes hablan de otros «fundamentalismos», que hace 50 años las misas se daban en latín y las mujeres se cubrían la cabeza para entrar a la Iglesia. Que las monjas vestían hábitos que llegaban hasta los tobillos, y que las de clausura se cubrían el rostro con un velo negro. Por favor, que no se nos olvide, que la Iglesia hasta el año 1966 tenía un Índice de libros prohibidos en donde figuraban los autores y autoras más lúcidos de todos los tiempos. Por favor, que no se nos olvide lo que representó la Reforma, que no salió de la nada, sino de las propias gentes de la Iglesia, y que permitió la traducción de la Biblia a las lenguas nacionales. Con la llegada de la imprenta, entre 1450 y 1500 se publicaron 9 millones de libros. Por favor, que no se nos olvide, que hace 50 años todavía los hombres y las mujeres se sentaban en sitios diferentes de la Iglesia; que era pecado masturbarse y tener relaciones sexuales antes de casarse y que ser homosexual conllevaba el castigo, y sino, recordemos las triste situación vivida por Oscar Wilde, en pleno s. XIX. Por favor, que no se nos olvide que no hace tanto tiempo, todos los paraguas eran negros. Pero todo puede cambiar, todo, incluso los paraguas negros. Por favor, que no se nos olvide, que del holocausto de los judíos se ha pasado al holocausto de todo Oriente Medio. Que no se nos olvide preguntarnos quién financia esto; que no se nos olvide. Y, por favor, un poco de memoria, que Mesopotamia fue el lugar donde se inició la domesticación de plantas y animales, y surgieron los grandes imperios; que no se nos olvide la importancia de la región sirio-palestina (Levante Mediterráneo) o la de Asia Menor y Anatolia, Irán, Persia; que no se nos olvide que el helenismo que pisó sus tierras se integró; que los textos de los autores griegos fueron salvados de la hecatombe romana gracias a que diferentes sabios los llevaron hacia zonas de Oriente, por ejemplo, hacia lo que hoy es Bagdad, donde existía una importante Escuela de traductores; que no se nos olvide que cuando Europa languidecía en una temerosa Edad Media, mirando otra posible tierra en el cielo, fueron árabes como Avicena o Averroes quienes con los comentarios a las obras de Aristóteles recogieron y dieron a Occidente lo mejor del pensamiento del pasado. Que no se nos olvide, no, que otros sabios orientales llegaron a Roma en el Renacimiento, trayendo más obras clásicas que se creían perdidas; que no se nos olvide que la «Humanitas» del Renacimiento, con el descubrimiento del Nuevo Mundo se abrió al Otro, y que la ciencia comenzó a recorrer un nuevo camino a partir de las teorías del heliocentrismo. Sí, que no se nos olvide, que cada creencia o religión es un modo de situarse en el mundo, que viene de la tradición, que intenta su propia evolución, pero sobre todo, que no se nos olvide que no tenemos un mundo, sino que él nos contiene a todos.
Notas:
En el siglo XIX también conoció Occidente los Cuentos de las mil y una noches, recogidos de las tradiciones orientales persas, iraníes, etc.
Escuela de traductores de Bagdad, siglo VII, llamada Escuela de la Sabiduría, protegida por el séptimo califa abasí, Al-Ma’müm (786-833). Tradujeron del griego y del siríaco a autores como Ptolomeo, Euclides, Teofrasto, Alejandro de Afrodisia, Platón, Aristóteles. Se enviaron embajadores a otras regiones a fin de conseguir más libros.
jueves, 27 de agosto de 2015
LA ALDEA KAFKIANA
Por: Pilar Alberdi
Oriente Medio, ese extenso territorio surcado de guerras y violencia; África misma, dañada por hambrunas, terrorismo, estadistas desaprensivos, y la codicia de otros Estados, sacude en largas procesiones humanas el deseo de la vida que se les niega. Llegan desde Siria, Libia, Irak, Pakistán, Bangladesh, Eritrea, Etiopía, Nigeria.
Por el camino se topan con lo peor y, probablemente, algunas veces también con lo mejor, con la solidaridad de los que están en la misma situación, con el respeto, la amistad. Así llegan a Ceuta y Melilla en España, a Italia, Grecia. Si al principio iniciaban el peligroso viaje hombres solos, ahora lo hacen en familia, con niños pequeños.
Se les llama «sin papeles», «indocumentados», «desplazados»; el primer ministro inglés los llamó «plaga». ¿Olvida Europa que de esos territorios hizo sus colonias? ¿Olvida que es responsable de la parte que le toca: la del trato desigual a las diferentes etnias, la de las fronteras dictadas por conveniencia, o la actual venta de armas o la participación directa o indirecta en los conflictos bélicos de Medio Oriente? Claro que no olvida, pero la indiferencia es conveniente para los espureos intereses que como chacales merodean en la zona. Macedonia abre una rendija su puerta; Eslovaquia dice que no acepta musulmanes. Pero aquí están “los que no tienen parte” (Ranciere). Llegan para reclamarla. Traen sus esperanzas pero también sus preguntas. La que más se repite es, seguramente: «¿Por qué?» o «¿Por qué a mí?» o «¿Por qué a nosotros?». Una podría pensar que la sociedad siempre necesita chivos expiatorios que carguen con la culpa de lo que ella misma crea.
Durante años se habló, sin duda de manera intencionada de la posibilidad de una Guerra entre Civilizaciones, la de Occidente contra Oriente, la de las raíces cristianas frente al Islam. Ese posible enfrentamiento (justificado también en las Cruzadas o la Reconquista mientras se ocultaba los amplios beneficios económicos que produjo) jamás podrían suscribirlo ni aceptarlo los buenos creyentes de ambas partes. La libertad de culto y el respeto verdadero por las diversas creencias que hay en muchas regiones lo corrobora, y el origen histórico común (espacio vital en que fueron generadas) lo ratifica.
En el momento en que yo escribo estas líneas se continúa en diversos lugares del mundo con la construcción de altos muros, largas murallas, elevadas rejas. Se revisan vallas y se colocan concertinas capaces de desgarrar los cuerpos. Se han levantado en EE.UU., Arabia Saudí, Marruecos, Israel, Corea, países del centro de Europa, en España (Ceuta y Melilla), Argelia, Túnez, Marruecos. La lista es larga; se continúan construyendo. Su objetivo: detener a los que van llegando, a los que exigen un lugar y la vida que les corresponde, a la que defienden con su presencia. El constante aumento del número de desplazados da lugar a Centros de acogida, de Internamiento, los hay hasta de cien mil personas como el de Zaatari en Siria. Así, no de la nada, sino como resultado de las guerras y la ambición que pugna por el petróleo, el agua, la autoridad que impone falsas guerras justicieras, surgen estos espacios, estos “lugares que no son lugares”, y que a diferencia de las verdaderas utopías no pueden idealizar a través de la crítica una realidad a la que la prensa nos acostumbra, y que se aleja de lo que debería ser una vida. La vieja felicidad, si alguna vez la tuvieron antes de las masacres, los bombardeos, el hambre y la muerte, ya no existe. Y más allá, siempre más allá, la esperanza puesta en el futuro y en otro territorio. En esos centros se decidirá quiénes se quedan y quienes serán obligados a regresar a sus lugares de origen.
Los que estamos fuera de esta pesadilla, al margen de sus pasos y de su sentimiento de encierro, de acoso, de humillación, de desamparo; los que sólo oímos sus voces en los noticieros, vemos a sus niños que no pueden ir a la escuela, a las jóvenes mujeres que parirán en pésimas condiciones, a hombres que lo darían todo por tener un trabajo, sentimos pena, no todos es verdad, pero sí muchos. Ante las altas puertas del castillo inexpugnable en que se ha convertido Europa la humanidad que piensa y siente que cree haber aprendido las lecciones de la Historia, que sabe de los horrores del pasado y teme por los que puedan acontecer nuevamente, se compadece con una miseria que no es nueva, la del impotente, la del que queriendo hacer no sabe cómo poner solución a lo que sucede mientras las grandes empresas y los Estados se benefician de la venta de armas, y es sólo un ejemplo. Hoy les compramos medicamentos y coches a compañías que en su día se beneficiaron del nazismo y del trabajo esclavo que promovía.
Por tanto: ¿puede el alegre comprender al triste, el feliz al infeliz, el rico al pobre, el humilde al prepotente? Duele pensar en el aleatorio azar de la ruleta que nos distribuye en la vida. Para unos la buena vida; para otros, la mala.
Yo, como muchos más, comparto su dolor, intento colaborar de un modo u otro, ya elevando mi voz, ya haciendo una aportación económica a una ONG, ya denunciando el comportamiento de los políticos que dicen representarnos, pero esta noche mirando las estrellas del cielo, rodeada del dulce perfume de madreselvas y jazmines regaré el jardín y mañana si quiero acercarme al Mediterráneo podré hacerlo para recrearme con su belleza y no para pensar en cómo escapar del infierno, ni qué vida que acaso fuera parte de la mía quedó atrapada allí en las serenas y prometedoras olas azules que invitaban a partir. Esta es mi realidad. Escribió John Rawls: «Las propiedades naturales y sociales que uno tiene son arbitrarias, desde un punto de vista moral». Nosotros, cualquiera de nosotros, podríamos ser uno más de los que llegan, sin embargo, tenemos la suerte de ser en este momento uno de los que estamos aquí.
De este modo, hemos visto de qué manera la feroz inhumanidad que categoriza al otro para devaluarlo, para sentirse superior, dio sus primeros coletazos en grupos neonazis que atacan autobuses donde viajan refugiados. También es profundamente doloroso leer muchos de los comentarios que acompañan las noticias de los periódicos. Ese rancio conservadurismo mezquino que sólo sirve para salvar una hora más, el infinito complejo de inferioridad de una clase obrera vapuleada por la crisis y de una clase media que se atrinchera tras sus cada vez más escasas posesiones.
Ellos, los que llegan, ya no tienen quién les proteja, el «dios mortal» como lo llamó Thomas Hobbes en el Leviatán, que es el Estado, ya no puede protegerlos. Dependen, por tanto, de que otro «dios mortal», otro Estado, pase a considerar sagradas sus vidas, dignas de Derecho. La defensa del iusnaturalismo que sirvió a los intereses igualitarios de los ilustrados, de los antiesclavistas, de las sufragistas ya no puede ayudarlos. Y me temo que la vieja frase que Voltaire escribió en su Tratado sobre la Tolerancia, en aquellos tiempos en que los cristianos franceses perseguían a los hugonotes (protestantes): «Deorum offensae díis curaes« («Sólo a los dioses corresponde ocuparse de las ofensas hechas a los dioses«), tampoco. Entonces, ¿quién defenderá a esta humanidad doliente, si como el siglo XX ha sostenido, «Dios ha muerto», lo afirmaron entre otros Hegel, Nietzsche, Dostoyevski, y para ejemplo nos queda lo ocurrido en la Primera y Segunda Guerra Mundial? ¿O hemos olvidado a los grupos de judíos que nadie quería, a los que se cerraba las fronteras, a los que no se dejaba bajar en los puertos hacia los que escapaban? Escapar, escapar… Esta es la única idea sostenible para quién se percibe condenado en el sin sentido que impone la aldea kafkiana, es decir el mundo. Si uno rasca en su gruesa piel, uno encuentra la verdad.
En la novela El Castillo de Kafka, «K» el protagonista intenta ocupar un lugar en ese espacio al que ha llegado pero todo resulta confuso. Los aldeanos le dicen: «la hospitalidad no es costumbre entre nosotros; no necesitamos huéspedes». No están dispuestos a darle nada ni a recibir tampoco. Se habla de que probablemente obtenga permiso del señor del castillo para quedarse. Y él, “K”, que ni siquiera sabe si lo tiene o si lo obtendrá, por saber, casi no sabe ni en qué aldea está. El que llega y esto hay que comprenderlo bien, no es un enemigo. Lo haya creado quien lo haya creado. En última instancia crear enemigos es fácil, pero como bien dice Zizek Slavoj: «Un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado». ¿Y un huésped? Ya hemos oído lo que contestan en la aldea kafkiana: «la hospitalidad no es costumbre entre nosotros; no necesitamos huéspedes». Un huésped y sabemos la importancia de la tradición que acoge al extranjero, tradición propia de los grupos tribales, de Persia y Arabia, de Grecia… Un huésped es quien puede contarnos esas historias.
Publicado en Nueva Tribuna 26-08-2015
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