Mostrando entradas con la etiqueta Paul Valéry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paul Valéry. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de marzo de 2022

PAUL VALÉRY: «LA LIBERTAD DEL ESPÍRITU»


 Pilar Alberdi

Paul Valéry tiene el don de la claridad. No es al azar. ¿Cuánto se ha leído y comprendido para poder tenerlo? Mucho, sin duda. Ese don lo tenía Aristóteles, Platón, ¿cuánto habían leído y oído de los anteriores? De Sócrates en el caso de Platón, de los presocráticos. Sin la base de las ideas anteriores no se puede avanzar. Esas ideas nos invitan a aceptarlas o a cuestionarlas, a mejorarlas incluso, o a desestimarlas. Y los que leemos mucho, sabemos qué autores han leído y comprendido, y lo reconocemos especialmente en su claridad expositiva.

Decía George Steiner que de niño su padre le facilitaba la lectura de libros, tantos como quisiera, pero con la condición de que cuando los terminase de leer, debía entregarle un resumen, un análisis de unas pocas líneas. Llegado el caso, si no le había gustado o no lo había comprendido, debía explicar el por qué.

No hay razón clara sin esfuerzo; la mayoría de las veces el esfuerzo es invisible para los demás, solo quienes lo han realizado, lo reconocen. Mientras unos debaten si el Ulises de Joyce es difícil o imposible, otros, simplemente, nos hemos esforzado y lo hemos leído, y lo mismo hemos hecho con textos filosóficos que nos parecieron y aun nos siguen pareciendo difíciles. De esa dificultad, de ese camino lleno de piedras, también hemos aprendido a ser claros. Los intelectuales europeos del siglo XIX, citan constantemente su admiración por Cervantes y El Quijote; ¿quién lo ha leído completo en nuestros días, en España?

Paul Valéry escribió este texto La libertad del espíritu en 1939. Año que da inició la Segunda Guerra Mundial que duró más de 6 años. ¿Ha de asombrarnos que una persona inteligente se pregunte por el espíritu, qué cosa sea eso que llamamos espíritu sin necesidad de cubrir la palabra de un elemento religioso? Con este espíritu, trascendente sin duda, el de las ideas que alcanzan y llegan más allá de la mera materia, también se han topado las escritoras Hannah Arendt, María Zambrano. Cito solo dos, porque la lista sería larga entre las escritoras y escritores y cada uno ha explicado ese camino de una manera.

En un tiempo, el nuestro, que se quiere de «pensamiento único», desgraciadamente no faltan ejemplos anteriores en la Historia, el análisis de Paul Valéry nos transporta al pasado y al Mediterráneo. ¿Qué se dio allí? Lo explicaré con mis palabras: diversidad de culturas. ¿Qué más? Conocimiento entre pueblos, lo que suponía intercambio de cultura, y por supuesto, de objetos y palabras. De palabras, en primer lugar. Porque sin estas como puente de comunicación es imposible el resto. Sin ellas resultaría casi imposible indagar, conocer, repetir, cambiar, fusionar aunque se pueda, sí: observar, comprender, imitar, imaginar. Sabemos a poco que observemos que algunos bailes tradicionales de España se parecen a otros de distintas zonas de Europa. Lo que llamamos castañuelas ya existían con otra forma similar en Grecia, y así todo. No choque de culturas, sino encuentro.

El hombre nos dice Valéry, es el que transforma, por tanto la sociedad es transformadora. Hay ahí un aliciente basado en la experiencia y en la imaginación. Al hombre no le basta con hacer posible su vida y la de los demás, no le alcanza con lo primordial (comida, vestido, vivienda), quiere más.

Entre los «productores de espíritu» nombra a los escritores, los artistas, los filósofos, los sabios.

«El mismo navío —dice—, la misma barca traía mercaderías y dioses; ideas y procedimientos». Casi podemos ver esas barcas. El mundo de los griegos, romanos, cartagineses, egipcios, persas… Un mundo expandiéndose en un momento esencial de la Historia de la humanidad y, a la vez concentrándose vivamente a las orillas de un estrecho mar.

Pero el autor escribe su texto en 1939, y no puede evitar decir la verdad, porque precisamente esa verdad que él siente le hace libre, porque es una verdad que se hace a solas, y que incluso aunque no la comunicase le hace libre en base a la reflexión y la experiencia, en base a las muchas lecturas e indagaciones y percibe, en su época, la «sensación de disminución del espíritu». Así, lo que para otros es el día a día sin más, para una persona sensible a los cambios sociales supone una tragedia. El ajetreo del mundo moderno con sus prisas, el declive de lo importante frente a lo superficial trastornándolo todo. Para la mayoría de personas, sin duda, será más fácil vivir así, de esa manera, llevados por la corriente del momento, sin tener que hacer el esfuerzo de pensar por sí mismos. Y no se piensa desde la nada, se gana en pensamiento desde la lectura y el razonamiento de los demás. Eso lleva tiempo y ensimismamiento.

La artesana y el artesano del pasado pensaban mientras laboraban, y hasta cantaban y recitaban. Frente al fuego del hogar se hacían lecturas al anochecer. Y mientras uno leía, los hombres hacían pequeñas tareas, quizá tallaban una pipa o arreglaban un arreo de cuero, y las mujeres bordaban o tejían. Mis padres conocieron ese tiempo. El hombre moderno corre, no hay tiempo para hablar en el trabajo y menos para cantar. No se permite. No se labora ya en grupo para la comunidad, como antes se hacía en las tierras comunales compartidas o en la ayuda común entre vecinos. No hay trueque. Quien vive en un edificio, especialmente si lo hace de alquiler, quizá no conozca a la mayoría de sus vecinos. Y si es propietario conocerá a los más antiguos, solamente. En los pueblos se conocían todos. Todavía se conocen, pero también allí van con prisas.

En un tiempo en que se habla de “valores” y no de “virtudes”, el espíritu explica Valéry es un «valor» más y a la baja compitiendo contra otros valores. Ese valor «espíritu» se enfrenta en la vida diaria a otros valores, especialmente al político que marca el ideario social. A la política no le interesa la divergencia de ideas, ni aquello que socaba sus planteamientos, porque todo poder se opone a aquello que pueda dejarlo en entredicho, de ahí la censura, la ridiculización del que piensa diferente, unos medios de prensa sometidos al dinero del Estado. «Hay que confesar —dice Valéry— que en todos los casos, política y libertad de espíritu se excluyen» y como la política siguiendo sus propios fines distorsiona la realidad, falsifica y tergiversa, y llama libertad a lo que no es necesariamente libertad sino un sucedáneo.

«Nuestro hombre está perdido para el libro» escribe el autor. Está, me tienta decirlo, perdido para la vida en un mundo donde la nueva tecnología (smarthopones, ordenadores, tablets, televisores….) acaparan muchas de sus horas, mientras una política de la vigilancia, aplicada cada vez con más rigor, observa sus comportamientos sociales, y aprende de los datos que las personas ofrecen a través de esos dispositivos.

Solo me resta decir, ¡menos mal!, sí, ¡qué suerte para él!, para Paul Valéry, que no alcanzó a conocer nuestra época. Me pregunto qué habría hecho en nuestra situación. ¿Con qué armas luchar, con qué textos y qué libros cuando no se lee y cuando la libertad interior, es decir, esa fortaleza construida a partir de la experiencia y la reflexión, ya no se valora?




Paul Valéry (1871-1945). Entre sus obras destacan, entre otras: El cementerio marino, Variedad, Notas sobre poesía, Monsiur Teste, La conquista de la ubicuidad, Teoría poética y estética, Escritos sobre Leonardo Da Vinci, La libertad del espíritu.




viernes, 11 de noviembre de 2016

PAUL VALÉRY: FILOSOFÍA DE LA DANZA




Por: Pilar Alberdi

«Se reúnen aquí tres textos en los que Paul Valéry busca desentrañar el misterio de la Danza, un fenómeno humano que lejos de ser mera diversión es un arte merecedor de todo el respeto por cuanto, entre otros valores y méritos que le son propios, reflejaría mejor que otros el misterio mismo de la creación artística».
Los tres textos de Valéry se corresponden con una conferencia pronunciada en un centro cultural francés a modo de presentación de la bailarina española, Antonia Mercé y Luque, conocida como La Argentina; el segundo corresponde a un capítulo de su obra Degas Danse Dessin, y el tercero, es un diálogo a la manera platónica, a través de las voces imaginadas de Sócrates, Fedro y Erixímaco.
Acompañan a los textos varias imágenes correspondientes a frescos, estatuillas y pinturas de bailarinas de tiempos griegos, romanos y actuales.
El libro lleva el título del primer texto. Con la habitual elegancia y distancia estética, siempre contenida, filosófica sin duda, que le caracteriza, Paul Valéry, sabe entrar a explicar qué es la danza, por qué atrae y estimula, porque es un regocijo para el espíritu de materia siempre tan delicada. Probablemente intuye que para una corta introducción que de paso a la danza de una bailarina, aunque se hallen en un salón cultural, no debe dejarse atrapar por la otra melodía, la de las palabras, que le llevarían a otra danza que conoce bien. Sin embargo, tiene claro que la danza «no se limita a ser un ejercicio, una diversión, un arte ornamental y, en ocasiones, un juego de sociedad». Recoge también un exceso de potencia, de vigor, de deseo de ir más allá de los pasos habituales, de exuberancia.
«Nuestros actos son finitos», dice. Sabiendo que unos nos llevan a otros sin cesar. Se admira de los animales que no se desasosiegan, que saben prestar atención a lo que sea verdaderamente fundamental para ellos. Piensa en esa vaca que pasta en un prado, a la que llega el murmullo de un tren para el que no dispondrá ni su mirada, mientras su hocico vuelve a tocar la húmeda hierba. En la vida de los hombres todo les distrae, lo superfluo y lo importante.
Pero, ¿los animales no danzan?, se pregunta. Por supuesto que sí, a su manera. Ahí, los juegos de los cachorros, el galanteo de los adultos; también, sí también, nuestro ideal antropomorfo confiriendo cualidades humanas a todo. ¿Serán juegos o cómo deberíamos llamarles? ¿Es danza? Entonces, ¿qué tipo de danza?
«Le parece que esa persona que baila se encierra, de algún modo, en una duración que ella misma crea, una duración hecha toda ella de energía instantánea, hecha de nada que pueda durar». Lo que desaparece, eso es la danza. Forma parte de esas cosas que son sublimes, que pueden repetirse pero que nunca serán iguales, que evocan, que crean mundos mágicos igual que la música. «Ese cuerpo parece haberse desprendido de sus equilibrios habituales», explica, «recuerda una peonza que gira sobre su punta y que reacciona con viveza ante el menor golpe», y luego, todo ese imprevisto que no es tal, que es cuidada perfección practicada cada día para que parezca espontánea.
Tuvo que ser glorioso ver bailar a La Argentina después de oír palabras que portaban la danza, que la asumían letra a letra, que deleitaban ya por su melodía.
En el segundo de los textos volveremos a sentir con renovada intensidad cómo la danza es exuberancia de vigor, cómo esos juegos de figuras parecen detenerse y con ellos detienen también el tiempo, cómo lo mágico sigue de puntillas a los bailarines, y cómo el «placer de danzar» se une al «placer de ver danzar».
Finalmente, el diálogo que ocupa el tercer texto, permite al escritor expresar sus opiniones a través de otros alter egos.
Al leer estas páginas, he recordado otros aspectos sociales que no están expresados aquí, pero que necesitarían su tiempo de análisis. La importancia de los bailes populares, y aquellas primeras danzas de la humanidad que como un lenguaje simbólico cruzaron generaciones.
También he recordado un dato que leí hace poco tiempo. La visita de Luis XIV a territorio español, en 1660, para asistir a un casamiento real en Lapurdi (País Vasco), provocó que viese cómo se le rendían honores a través de danzas vascas. Así, cuando en 1661, este monarca decide la creación de una academia real de baile, manda a llamar a los danzantes que había visto, y de ahí, que la danza académica incluya en las danzas de ballet, dos pasos que aportaron aquellos bailarines de Lapurdi, el «pas de basque» y el «saut de basque». Porque la danza es también y muy especialmente, comunicación y los aportes de unos y otros pueblos se pueden encontrar en aquello que hoy podemos apreciar con alegría.

Palabras de la contraportada:
«Ese cuerpo que baila parece ignorar lo demás, parece desconocer todo lo que le rodea. Es como si se escuchara a sí mismo y nada más que a sí mismo; como si no viera nada y sus ojos sólo fueran unas piedras brillantes, esas joyas desconocidas de las que habla Baudelaire, luces que de nada le sirven.
Será que la bailarina está en otro mundo, que no es el que se aparece ante nuestros ojos sino el que ella teje con sus pasos y construye con sus gestos».

La editorial: Casimiro libros. www.casimirolibros.es
Podrás encontrar esta obra en librerías a partir del 14 de noviembre.

sábado, 14 de febrero de 2015

ARTE Y POLÍTICA

"Pieza de conversación" de Juan Muñoz

ARTE Y POLÍTICA

UNA MIRADA AL UNIVERSO DE FOUCAULT Y JUAN MUÑOZ


Por: Pilar Alberdi


«Hay muchas cosas aquí que parecen existir y luego no son más que un nombre o una apariencia». Javier González Paniz
«¿Y la política no tiene que ver entonces con el reparto de lo sensible?»
Jacques Rancière

Juan Muñoz (1953-2001). ¿Puede una biografía explicar una obra? ¿Quién conoce verdaderamente la biografía de un artista o la de cualquier persona? Podríamos preguntarnos también: ¿la obra que abarca una vida es un modo de biografía? Y cuando esta obra se interrumpe por fallecimiento, cuando la persona pasa y la obra queda, aún siendo la más cierta de todas esta verdad, ¿nos preguntamos por lo que hubiera podido ser, de no haber sido de ese modo?

Con esta perspectiva que se fija en fechas: viaje a Inglaterra, actuación como comisario en exposiciones, decisión de ser un artista en la búsqueda y la representación de un material único, casamiento con otra artista, hijos, primera exposición en España, sabiendo que son detalles, detalles, detalles… como los números de un dibujo para niños que hay que completar, intentaré un análisis de una de sus obras, Pieza de conversación en relación con el texto El sujeto y el poder de Michel Foucault, reconociendo al mismo tiempo otras perspectivas textuales y más obras artísticas, tanto de Juan Muñoz como de otros.

La imagen que observamos, Pieza de conversación, haciendo nuestra la frase que dejó escrita Muntadas: «Atención: la percepción requiere participación», intenta además de la llamada «retiniana» (Duchamp), la de la concentración en las ideas, incluso, las que se reciben inconscientemente. La obra de Muñoz responde a un posminimalismo conceptual figurativo. Lo primero que detectamos es que esas figuras tienen algo que las hace parecidas a nosotros, sin embargo, hasta donde alcanzo a observar son todas iguales, salvo excepciones en la posición de los brazos y la inclinación de los torsos, y son como «muñecos», que es la manera en que a Muñoz le gustaba llamarlas. Se ofrece al «espectador» una especie de escenificación teatral de las figuras en distintos contextos, sin que estos lleguen a explicarlas, pero sí mostrarlas de un modo u otro. Además, son intercambiables. La escena que se forma no será la misma en todas las ocasiones. Crea Muñoz con esta serie repetida de figuras un-su pequeño universo, en el que no parece que estemos invitados a participar más que desde una cierta lejanía simbólica. No son esculturas pero lo parecen, figuras similares a personas pero en unas dimensiones más pequeñas; son los personajes de una historia sin final, que volverá a repetirse tantas veces como sea expuesta (o permanezca guardada, incluso, en una habitación, un taller), que al obligarnos a preguntarnos «quiénes son», también nos obligan a preguntarnos quiénes somos. Y si somos, qué.

Para saberlo he querido ver sus rostros un poco más de cerca, he buscado imágenes en (Google), pero no las he conseguido, imágenes que fueran lo suficientemente amplias como para ver sus caras con detenimiento. Percibo, acepto sin poder aproximarme con el detalle que quisiera, que son todas iguales y que reflejan un cierto aire indiferente, distante o frío. Una característica que las envuelve es que fueron construidas más que esculpidas, en el taller del artista, por personas empleadas por éste, y con técnicas modernas. (Algo muy propio del minimalismo). ¿Les quedará olor a pintura?, me pregunto. ¿A los líquidos que utilizaron para endurecer las telas? También la vida endurece, castra, hace más indiferentes a las personas, desensibiliza, distancia... Pero en este caso hablamos solo de muñecos, ¿sólo?, que se rellenan con diferentes materiales, de una especie de figuras, valga la esperpéntica y valleinclanesca comparación de ¿espantapájaros?, que en vez de espantar atraen con desmesura a los que se pasan el día trabajando, al visitante medio del Museo o el espacio en el que fueron expuestas. La pregunta: ¿por qué razón acudió ese paseante al museo?, admite varias posibles respuestas: porque hay un artista de moda, una obra especial, ¿o sólo salió a caminar, a distraerse? Sobre los museos, hijos del Estado, de las fundaciones, de las colecciones privadas, nacidos los primeros (Louvre) de la rapiña de las guerras[1], museos ampliadores de la vida del mundo, eco de las colecciones o Gabinetes de curiosidades de aquel tiempo, Paul Valéry, dijo: «Los museos no me gustan demasiado. Los hay admirables, pero ninguno delicioso. Las ideas de clasificación, conservación y utilidad pública, ideas justas y claras, tienen poca relación con las delicias (…) Me encuentro en medio de un tumulto de criaturas congeladas, cada una de las cuales exige, sin conseguirlo, la existencia de todas las demás (…) Ante mí se desarrolla en silencio un extraño desorden organizado. Me asalta un horror sagrado. (…) ¡Qué fatiga, me digo, qué barbarie! Todo esto es inhumano. No es puro. Esta proximidad de maravillas independientes y enemigas, tanto más enemigas cuando más semejantes son, resulta paradójica (…) El oído no aguantaría a diez orquestas tocando juntas. El espíritu no puede seguir una multiplicidad de operaciones distintas, no existen razonamientos simultáneos, pero he aquí que el ojo (…), en el instante en que percibe, se encuentra obligado a admitir un retrato, una marina, una cocina y un triunfo, personajes en los estados y posiciones más diversos, y no sólo esto, sino que debe acoger en su mirada armonías y modos de pintar incomparables (…) obras que se devoran unas a otras (...)».La lectura de este fragmento [2] de Paul Valéry nos trae además una palabra que se inserta claramente en la obra Pieza de conversación, estamos ante figuras congeladas. ¿Es lo que tienen las conversaciones? ¿Es lo que queda de ellas en el recuerdo? ¿Algo que sucedió hace tiempo y permanece grabado en algún lugar de nuestros recuerdos, algo que pareciendo sólido se diluye?¿Sucede lo mismo cuando vemos conversar sin oír lo que se dice? ¿Se trata, simplemente, de una conversación inexistente? ¿De posturas, de composiciones que la reflejan y que parecen explicar desde el silencio hierático de sus posturas y sus recuerdos: ¿así es como se conversa, así es como conversan las personas, diciendo sin decir? ¿Guardándose lo esencial, ocultando los verdaderos sentimientos, los temas que podrían llevar a una contradicción, una discrepancia, una discusión?

Hay un currículo que avala una trayectoria, es como no podía ser de otra manera así en Juan Muñoz, y hay una obra que la justifica. El artista escribió: «Yo quisiera hacer una habitación así sin esperanza llena de una lluvia irrefutable cayendo sobre una conversación indiferente». ¿Es eso Pieza de conversación?

Charles Baudelaire habló de «productos que alegraban el ojo (…) que entretenían el ojo». ¿Negaríamos que esto es lo que nos ocurre ante los «muñecos» de Juan Muñoz? Duchamp también quería «romper la mirada retiniana». Como dice Aurora Fernández en su ensayo Formas de mirar en el arte actual, algo nos produce placer, quizá el disfrute de una cierta estética, y es «el placer que suscita poder decir que ésto es aquello», la repetición, tiene, guarda, reproduce, su-un valor. Pero hay algo más grave que Clement Greenberg señaló en un artículo publicado en Partisan Review: «mira a su alrededor y se da cuenta de que toda obra es perceptible de ser repetida, cooptada, manipulada para el consumo de masas. Se perfila el binomio alta cultura/ cultura de masas». Y, además, hagámonos la pregunta: ¿quién mira estas figuras, para quién están hechas? ¿Para un burgués de clase media europeo o norteamericano?, ¿cuáles son los sitios en que han sido expuestas? ¿Se las ha expuesto alguna vez en un barrio pobre? Algunas «obras ―escribió Hal Foster en El retorno de lo real. La vanguardia a finales del siglo―, no pueden hacer una crítica de las instituciones». ¿Podrían hacerlo éstas? Me parece que no. Pero hay más preguntas: ¿qué sentido tendrían estas mismas figuras en otra cultura? ¿Serían banalidades, juegos sin sentido, reflejos de otro mundo, qué? «En las sociedades capitalistas toda forma de cultura que tenga éxito acaba siendo asimilada?» afirma Foster. Y, entonces, yo me preguntó: ¿repitió las figuras Juan Muñoz, al comprobar que si una gustaba, varias doblarían, triplicarían el placer de verlas, atraparían aún más la mirada, invitarían a caminar entre ellas? ¿Somos adultos que queremos seguir jugando cuando nos dan la oportunidad? La cuestión me invita a coincidir con la opinión de Susan Buck-Morss cuando en Estética y anestésica. Una revisión del ensayo de Walter Benjamín sobre la obra de arte afirma que «El sistema nervioso no está contenido dentro de los límites del cuerpo» sino fuera de él. Una perspectiva que nos recuerda la alegoría de La caverna de Platón y lo que les sucedía a los que allí estaban. «La obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida», de esto hablaba Walter Benjamín, en su obra Discursos interrumpidos en la obra de arte en la época de su reproducción, señalando los dos polos por la que esta se hacía atractiva, el valor cultural y el exibitivo, por lo que apelaba a enfrentarnos al producto bajo la siguiente premisa: «Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la asignatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible». Si para Breton: «la obra de arte sólo tiene valor cuando tiembla de reflujos de futuro», la pregunta es ¿existe esto en Pieza de conversación? Y la respuesta parece hallarse nuevamente en Benjamín: «La masa es una matriz de la que actualmente surte, como vuelto a nacer, todo comportamiento consabido frente a las obras artísticas». ¿Son obras, por tanto, para una mayoría casi idéntica como la de las figuras presentadas? ¿La llamaremos «masa»? Dicho lo anterior, ahora sí, nos centraremos en la relación de la obra Pieza de conversación de Juan Muñoz en relación con el texto El sujeto y el poder de Michel Foucault.

Decía el filósofo francés que «el sujeto se encuentra o bien dividido en su interior o bien dividido de los otros». La realidad se impone, nos obliga a ser, a quedarnos en los límites de nosotros mismos, y si cabe a aventurarnos más allá con precaución. Sin duda, ambas cosas ocurren, al sujeto le cuesta reconocerse incluso en los que fue, y el sujeto que está separado de los otros por ser uno, como dijo Ortega y Gasset «Yo soy yo y mi circunstancia», encontrará siempre dificultades para integrarse, acompañar, ser parte de los otros. Lacan, que pudo analizar en un caso psicoanalítico el terror de no ser quien se desea, habló de cómo el espejo sirve a la misión integradora del sujeto, siempre que esto se produzca desde la cordura. El espejo nos reconoce, nos muestra, nos dice quién somos; pero el espejo es o puede ser también, los no-yo, los otros, la sociedad. Y la complejidad reside en que estamos dentro de una estructura social de pensamiento, que no ha cambiado casi nada, y que necesita clasificar por oposición, y esto, ya lo señalaron los antiguos griegos, acaba fundamentalmente en «prácticas divisorias», divergentes, opositoras. En este caso, la división se produce del siguiente modo, las esculturas como muñecos, nosotros como personas, un grupo frente a otro grupo, lo inanimado frente a lo animado, lo que viene de la calle frente a lo obligado a estar en un lugar concreto. Lo que siente frente a lo que no siente. Somos, si se quiere actores humanos y no humanos en diferentes planos de inmersión. Juntos formaríamos una Gestalt perfecta, una unión a partir de nuestra mirada (que observa lo que es) y de nuestro pensamiento que intenta analizar, racionalizar (en base a nuestra experiencia y biografía) esa separación que es, a la vez, encuentro dialéctico mudo pero pensante; dos partes de la misma moneda, tan necesarios unos como los otros, acaso nosotros, en el papel de muñecos-personas para la visión del artista.

CONTINUAR LEYENDO EN EL SIGUIENTE «ENLACE»