Mostrando entradas con la etiqueta reseña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reseña. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de enero de 2016
LEV TOLSTOI: «¿QUÉ ES EL ARTE?»
Pilar Alberdi
Ante la tarea de realizar un ensayo sobre arte, he tenido que leer numerosas obras que me permitieron ver la constante relación que unía la palabra arte, a otras muchas como estética, y a gusto (lo que es del gusto de uno) y especialmente a belleza, con distintas variaciones y relaciones, ya se expresase como sinónimo de Dios o perfección o genio (del artista), o a lo que pueda mostrarse o parecer como verdadero o bueno.
En esta búsqueda topé con el libro de Tolstoi: ¿Qué es el arte?, pregunta que muchos se hicieron antes que él y muchos, sin duda, continuarán haciendo después, según cambie la época. Una pregunta común de hoy en día es: ¿se podrá a través de la I+D hacer arte? Parece que sí. Ya hay programas capaces de relatar al modo de una novela. Pero la cuestión es, ¿es eso arte?, ¿es novela? ¿Representan verdaderamente al ser humano? ¿Qué clase de arte deseamos o esperamos para esta representación del ser humano?
Probablemente, Tolstoi, en su querer definir qué era el arte, se encontró también con mil y una definiciones de arte, y así es cuando vemos que, ya desde las primeras páginas nombra a numerosos escritores y filósofos y lo que ellos dijeron. Por cierto, ni una de esas opiniones es de una mujer. Hoy podemos decir que las cosas han cambiado y debemos a mujeres muchas de las más exigentes reflexiones sobre estos temas y sobre el arte actual. Si ofrece, en cambio, un dato muy interesante, en tiempos de la aristocracia y la burguesía, el arte deja atrás los intereses de Papas y reyes y produce para estos. Detalle importante como se verá después.
¿Qué dice Tolstoi? El autor de obras como Anna Karenina, Guerra y Paz, La muerte de Iván Illich, La sonata a Kreutzer, se queja de las grandes subvenciones que recibía el arte en la Rusia de los zares, ya que estaba destinado a la «clase superior» y, por tanto, los temas que se exponían en ese arte no se correspondían con las vidas de las gentes del pueblo, las mismas que trajinaban sudorosas tras los escenarios, ya fabricando, ya moviendo grandes decorados, para que las óperas fuesen tan magníficas como lo que se esperaba de ellas, aunque los temas resultasen superfluos. La vida de la gente sentada en las butacas era muy diferente de la de los obreros y campesinos. La literatura de la época nos permite conocer algo de sus vidas: varias veces a la semana acudían al teatro sobre las 22 horas de la noche, salían de este de madrugada, cenaban y sobre las cuatro de la mañana se acostaban, levantándose al mediodía, momento en que desayunaban y sobre las cuatro de la tarde almorzaban para volver a repetir poco después una secuencia del día parecida a otras: paseaban, merendaban, también leían, ordenaban las tareas de sus casas a sus criados, hacían visitas, se ocupaban de sus tierras o negocios.
Tolstoi no es un socialista es un cristiano que liberó a sus propios siervos, creó escuela para ellos, estaba dispuesto a legar sus tierras y los beneficios de sus obras al pueblo, pero entre medias estaba su familia, en las que unos parecían dispuestos a apoyarle y otros no, ¿por qué se preguntaba su mujer quería que su familia fuera pobre? Ser pobre, en aquellos tiempos era vivir condenado en la miseria. Como es sabido, Tolstoi murió huyendo de su casa, ya anciano, en una estación de tren como si fuera camino a ninguna parte.
Pero este, aunque ilustrativo ejemplo, no es el caso que nos ocupa en este artículo. Un hombre que ve así la vida, un verdadero intelectual que dejó testimonio de ella en sus obras, que se preocupa por todos, tiene algo qué decir del arte, y lo que expresa es que ninguna de las definiciones dadas le satisfacen, él ve otra cosa y la ve clara: el arte es comunicación de sentimientos y, por tanto, una relación directa de los sentimientos del artista (no importa el tipo de arte que sea) con los sentimientos de quien recibe ese arte. De ahí la fraternidad, más incluso cuando se puede sentir, y así lo expresa, ya que lo que uno pueda sentir frente a una obra de hace cientos o miles de años, se comunica con lo que sintió el artista y también las personas de aquellos tiempos que la vieron, la escucharon o la leyeron, o las de tiempos posteriores.
Que una persona no sea artista, que no sea una entendida o entendido en la ejecución de tal o cual arte, no le impide, gracias a los sentimientos, sentir la obra de tal modo que es casi como si la hubiera realizado con sus propias manos o su pensamiento.
Arte hay, viene a decir Tolstoi, si por cualquier medio se transmiten sentimientos y estos llegan a las demás personas. Pone de ejemplo la narración de un niño que teme encontrarse con un lobo, al que solo conoce por los cuentos, lo que no le impide hacerse una idea de lo que es, sentir temor, y transmitirlo a quien le escucha y eso conllevará al recuerdo de otros temores por los demás, así como al deseo de consolar.
Dice, que sin el arte seríamos hostiles unos a otros, nos conoceríamos menos; por eso el arte es «un medio de fraternidad entre los hombres que les une en un mismo sentimiento» a través de las emociones.
Cuando el arte es para una clase social, representa solo lo que le pueda interesar a esa parte de la sociedad, pero de ningún modo puede representar lo que interesa al conjunto, ni lo que siente el conjunto o una gran mayoría. De ahí su crítica del arte del s. XIX, con una temática que entiende se empobrecía día a día al apartarse de lo religioso, entiéndase esto como lo superior o sublime, aquello capaz de hacer confraternizar a las personas. Ese alejamiento se podía percibir en el arte en la proliferación de particularismos egoístas, en la intencionada inclusión de pornografía, en un discurso machista propio de la época, recordemos esa cantidad de chicas pobres y jóvenes que acababan en la prostitución o como amantes, en un espíritu inmisericorde, en gran medida decadente, recordemos por ejemplo a los nihilistas, esos hombres que con un pasar decoroso y sin ser necesariamente ricos, pasean gran parte del día viendo las nuevas mercaderías que les ofrece el capitalismo industrial, no necesariamente podrán adquirirlas, mientras se aburren; nihilismo que él denuncia en Baudelaire, por ejemplo. No sin dejarle de asombrar lo que está ocurriendo en la pintura con los simbolistas e impresionistas capaces de pintar «una cara de azul», como expresa con asombro, o entre los músicos donde una sinfonía o una sonata se parece a otra, o entre los escritores. A la hora de salvar a algunos de estos, pone a buen recaudo a pocos, y con el fin de no extenderme demasiado señalaré a tres de esos autores, uno de ellos, una mujer: Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del Tío Tom; Víctor Hugo y su obra Los miserables, Dickens con textos como Canción de Navidad. Quienes hayan leído estas obras, sabe lo que Tolstoi quiere salvar, la humanidad, la fraternidad en la vida real, un sentido de dignidad y respeto para toda vida. No en vano esas obras, como algunas del propio Tolstoi forman parte ya de los grandes clásicos, y si aceptamos las opiniones del escritor ruso, en esas obras hay sentimientos universales que podemos sentir como nuestros. Otros autores que cita como ejemplo de una verdadera literatura: Dostoievsky, Eliot, Moliere, algunos cuentos de Maupassant, Dumas, padre.
Tolstoi, que es riguroso con su pensamiento, y le importa poco y nada la manera en que puedan juzgarse sus opiniones, ya que su querer es el de ser lo más auténtico y sincero consigo mismo, critica los sentimientos de la «clase superior» porque entiende no representan a los de toda una nación. Básicamente, define estos sentimientos así: en primer el lugar, la vanidad unida a la ambición y el desprecio de los demás; en segundo lugar, el deseo sexual que se manifiesta galantemente o de la manera más procaz; y en tercer lugar, el sentimiento de asco hacia la vida.
Con estos sentimientos, piensa Tolstoi, al menos esto es lo que se desprende de sus palabras, no se puede ser un artista para todos, porque lo primero y más sagrado es amar la vida y ser compasivo y, acaso, de ambos temas sepan más los pobres que tienen que condolerse, ayudarse, compadecerse, someterse a la desigualdad y al desprecio reinante.
Peo tampoco le basta al escritor con señalar los sentimientos de esta «clase superior», quiere distinguir entre lo que es una obra verdadera y una falsa. La primera, nos dice, tiene sentimientos, las segundas, no; son una mera copia, una falsificación ¿Cómo se las reconoce? Por la falta de sentimientos que cargan las segundas, si ante ellas no sentimos nada, ¿ante qué estamos? Yo las llamaría «obras muertas», también «frías, distantes, indiferentes». Pensándolo bien, ¿no es este tipo de obras las que nos encontramos habitualmente en oficinas de empresas, en instituciones? Obras frías que no dicen nada: ¿fueron elegidas para que los sentimientos de la gente se mantengan controlados? ¿Es el autocontrol desmesurado sobre los sentimientos? ¿Solo se debe pensar sobre lo que algunos quieren? Si es así, y creo que lo es, deberíamos meditar largamente sobre el tema.
En suma, ocurría en la época de Tolstoi y actualmente sigue ocurriendo. La diferencia entre obras verdaderas y falsas o falsificadas nos parece evidente. Incluso hay artistas que se plagian a sí mismos; cuando descubren que algunas de sus obras se venden más que otras o cuando algunas instituciones, fundaciones, marchantes, galerías se interesan por ellas.
Tolstoi cree que para que alguien se alce con el título de artista tiene que ser capaz de llegar a los otros, sin instituciones, ni escuelas, ni críticos de por medio. La obra llega o no llega, lo demás es oscurantismo que no merece ser explicado. Si yo veo un lienzo en blanco o con dos rayas y no me dice nada, no me dice nada; si leo un poema sin fondo ni forma no preciso que nadie me lo explique.
El escritor ruso habla con enorme convicción del «poder de contagio de la emoción», me ha gustado mucho esa definición, de ahí que quiera comentar lo que él llama: «el grado de compromiso artístico» que debe tener un artista. Sobre esta cuestión dice que cuanto más singulares sean los sentimientos del artista mejor serán recibidos. Se nos ha olvidado la importancia de ese término: singularidad, originalidad, también individualidad. Cuando estamos ante un Tolstoi o un Víctor Hugo sabemos que son únicos en el conjunto de la diversidad de los seres humanos, que han hecho su camino, preguntándose lo que hacían, acertando y equivocándose, profundizando, pero también, que mientras lo hacían no dejaban de pensar en las vidas de los demás, les importaban, incluso más allá de su propia muerte.
Evidentemente el ideal de Tolstoi sobre el arte del futuro era muy alto, consideraba que a partir de su siglo, el XIX, se llegaría a considerar como arte solo aquello que incluyese eso de lo que él hablaba: la comunicación de sentimientos y la fraternidad, y, sin embargo, no es lo que podemos apreciar ni lo que sucede en el s. XXI. El arte contínua siendo subvencionado, pagado por el Estado, solo uno de los principales museos españoles ha llegado a ser rentable, las artistas mujeres tienen una baja representación en los mismos (solo el 15%), y las obras, sí, parece inevitable hacer esta pregunta, ¿qué nos dicen? Cuando percibimos esa serie de novelas que ya no desde el machismo de otras épocas, sino bajo el actual y desde el planteamiento de un falso romanticismo (obras en general escritas por mujeres) que incluye el sometimiento de la mujer en un entramado de relaciones sado-masoquistas, creo, sinceramente, que no hemos progresado mucho y que a Tolstoi también le horrorizaría este mundo, no mejor que el suyo, igual de convulso e hipócrita, donde proliferan las obras «falsas» tanto como las falsas verdades, y donde su ideal de que «el arte debe destruir en el mundo el reino de la violencia y de las vejaciones» aún resulta imposible.
Etiquetas:
¿Qué es el arte?,
Arte,
Artículos,
Dickens,
Dovstoievsky,
Dumas,
Eliot,
Humanidad,
Lev Tolstoi,
Literatura,
Maupassant,
Molier,
Música,
reseña,
reseñas,
Rusia,
sentimientos,
Stowe,
Víctor Hugo
lunes, 31 de marzo de 2014
JOHAN HUIZINGA: «DE LO LÚDICO Y LO SERIO»
Por: Pilar Alberdi
«Holanda a dado a Europa y, quizás subrayadamente a España, aparte de unos cuantos pintores muy importantes de la llamada Escuela flamenca, dos figuras eminentes e influyentes, ni más ni menos, y ambos maestros del humanismo, Erasmo de Rotterdam y Johan Huizinga (1872-1945). Además, este último difundió y se reconoció en la obra del clásico renacentista». De este modo, comienza la introducción del profesor Pedro Aullón de Haro, de la Universidad de Alicante, para la publicación en la editorial Casimiro del discurso que pronunció en 1933, en la Universidad de Leiden, Johan Huizinga, mientras ocupaba el cargo de rector magnífico, recordándonos el introductor que al margen de los vaivenes políticos que conoció el pasado siglo, la obra de Huizinga, «ha disfrutado de un extraordinario número constante de lectores».
El ensayo, cuyo título original fue Acerca de los límites entre lo lúdico y lo serio en la cultura dio pie al posterior libro de Huizinga, Homo ludens. Para el autor, la idea de «continuidad» en la cultura o la civilización prevalece en lo esencial sobre la de «evolución».Y es algo en lo que se hace hincapié desde hace tiempo en diferentes aspectos por parte de numerosos pensadores. ¿La civilización camina de modo lineal? ¿A dónde va? ¿A qué llamamos Progreso?
Esa idea de «continuidad» la afirmó de un modo especial en otro de sus ensayos: Historia Cultural, publicado en 1929 en el que presenta varias tesis, entre ellas, la de que «El concepto de evolución es de escasa utilidad para el estudio de la historia, y frecuentemente ejerce una influencia perturbadora». Es decir, fija a priori el punto de vista sobre aquello que se desea reflexionar y exponer.
Sobre este particular Pedro Aullón de Haro señala los criterios de Huizinga sobre el tema y los resume en una contundente frase: «Si la tradición no es interrogada no produce historia» y es que de tanto repetir los hechos, ciertos episodios de un modo similar, y en esto no podríamos negar que unos libros parecen la copia de otros, se agradece una mirada diferente. Aceptar que el juego y los límites del mismo con lo serio, lo formal, todo aquello que consideramos no-juego es una realidad constante en nuestras vidas, nos sorprenderá.
Y ahora sí, vayamos con el ensayo de Huizinga que no es fruto de una reflexión al azar. Él mismo lo aclara exponiendo: «Hoy les hablaré de una cuestión con la que me topé hace ya treinta años y con la que desde entonces he vuelto a encontrarme una y otra vez en los ámbitos más diversos. (…) Mi discurso versará sobre el juego y la seriedad en la cultura». Y añade algo importante que sirve para explicar cómo algunas palabras caen en desuso o pierden su importancia frente a otras. «Si hablo de cultura, no es porque este vocablo me resulte más grato al oído que el de “civilización”, sino porque en nuestro pensamiento contemporáneo ha ido cobrando un valor distinto y a su vez distintivo que hace que ya no podamos prescindir de él». A continuación desarrolla ideas como que la cultura es «aspiración de dominio de la naturaleza», «servicio» al que asocia con herramienta de conocimiento y, «expresión», es decir, la cultura es «transformación» y pone como ejemplos «una rueda, un microscopio, un concepto filosófico, un acorde musical», podemos sumar un poema, una metáfora, que aportan y esto es lo fundamental, una diferencia que es también «fijación, creación, ya sea imaginaria, material o lingüística». Pero el juego que se expresa en los animales (filogenéticamente) y en los niños (ontogenéticamente), para ser cultural en un sentido amplio tiene que contener el factor social añadido de la participación. Y cuando Huizinga continúa con este tipo de análisis descubre que el juego impregna desde los inicios, la vida social de los pueblos bajo distintas manifestaciones. Por una parte es juego, pero también es fiesta, competición, culto y arte. Y ¿cuándo es serio? Cuando roza ese límite o pertenece a él, cuando está inserto en las actividades sociales y tantas veces, sin que ni siquiera nos demos cuenta. Recordemos a los griegos con sus juegos (competiciones), con sus escuelas de filosofía, con su retórica. ¿Y no hay juego-competitivo en las batallas, en la creación de cerámicas, en el intercambio de productos que llevaban a cabo los pueblos del pasado? Se dedica el autor también a explicarnos las derivaciones semánticas, qué significaba o representaba en latín, la palabra «juego»; qué representa en alemán, en inglés. Y vemos, descubrimos cómo el concepto se amplía o disminuye según el significado que alcance en una lengua u otra. Luego, ¿de qué modo se vivía el juego en los tiempos arcaicos y de qué modo lo vivenciamos ahora? ¿Tenemos conciencia de en qué parcelas de nuestras vidas se halla, de si es lo mismo en nuestra sociedad que en otras?
De esto trata esta conferencia, preludio de un interesante libro posterior, Homo ludens. Pero, consigue algo más, diría que mucho más. Escrito con sencillez, con esa claridad pasmosa del que mucho ha pensado, con ese convencimiento de los buenos profesores que saben que aprenden más cuanto más enseñan; consigue una y otra vez obligarnos a reflexionar sobre nuestra cultura y nuestra vida. Les animo a leerla.
En esta editorial también encontrarán El problema del Renacimiento escrita en 1920 por Johan Huizinga.
jueves, 28 de noviembre de 2013
CARL EINSTEIN: «PICASSO Y EL CUBISMO»
Por: Pilar Alberdi
«Cuando hacíamos cubismo, no teníamos ninguna intención de hacer “cubismo”, sino únicamente de expresar lo que teníamos dentro». Pablo Picasso
¿Tiene sentido, hoy, un ensayo sobre la pintura de Picasso (1881-1973)? Sin duda ¿De Braque (1882-1963)? Por supuesto. ¿De Juan Gris (1887-1927? Siempre lo tiene; siempre habrá gente joven acercándose a su pintura, y cualquier nuevo detalle aportará una apertura a esa parte de la pintura que se denominó «cubismo» y que se desarrolló, especialmente, entre 1907 y 1914.
El escritor e historiador alemán Carl Einstein (1885-1940), junto al galerista también alemán Daniel-Henry Kahnweiler (1884-1979), fueron de los primeros en reconocer el valor de ruptura que significó la obra de Picasso, al que, pienso yo, después de esta lectura, reconocían una fuerza inconsciente que le ayudaba a objetivizar, hacer presente, aquello que reconocía su imaginación. No se trataba de «una nueva estética de la representación», una más de las que ya había, sino de una búsqueda personal del artista, que avanza sin saber muy bien que va a encontrar en la siguiente línea o pincelada, en el próximo color, en la textura de la tela, la madera, la cerámica, el cuadro, pero convencido siempre, de que lo busca está más allá de lo que ya ha conseguido.
Einstein destaca esa falta de apego de Picasso por su obra. Si bien, algunas series pueden delimitarse a períodos concretos, siempre desdeñó la copia propia, el autoplagio, por decirlo de alguna manera. Mientras, otros, pintores más jóvenes comenzaban a imitarlo y a beneficiarse del nuevo estilo. Pero lo que en estos es modo, en aquel era creación primera.
El ensayista siente, tiene la impresión, de que la pintura de Picasso ha atravesado la mirada de varias generaciones. Lo decía en 1920. Y sorprenden sus palabras, acertadas y concluyentes, pues aún eran los comienzos del pintor. Picasso —opina— iba por delante del paso al que podían seguirle sus devotos, y fue inútil, además de terrible por su pérdida, que algunas de sus obras se quemasen en París, junto a otras que los nazis consideraron «arte degenerado».
Einstein, que ve esa fuerza casi salvaje y primitiva que surge de Picasso, afirma que el pintor era un ser vital que se sobreponía a sus propios desgarros con una enorme capacidad. Faltaban todavía años por delante, para comprender que aquellos desgarros subjetivos, inconscientes, también atraparían en sus redes a otras personas que estuvieron en su vida, como sus parejas y algunos de sus hijos.
Cuando se atreve el historiador con una definición sobre lo que Picasso representaba como persona, lo define por oposición al hombre que siempre lleva una máscara con tal de continuar pareciendo el mismo ante sí y ante los demás.
Al autor de este artículo, le molestan los que sienten una admiración superficial por el arte. Tampoco es benevolente con el pequeño burgués, carente de fantasía, que acabará juzgando al pintor por no tener una «modestia acomodaticia», que sea reflejo de la parte de la sociedad que estaría dispuesta a comprar sus obras, si se ajustase a sus preferencias. Pero Picasso, no es de esos. Al contrario, «el pintor lucha contra la herencia recibida. Sus cuadros, además, se apartan de la naturaleza y aportan una visión nueva de los objetos que aparecen fragmentados, rotos, con planos superpuestos. Por eso, insiste Einstein: «Puede decirse de Picasso, que a medida que su imaginación ganaba en potencia, sus cuadros se iban haciendo-nometafóricos». ¿Qué quiere decir esto? Que los cuadros del pintor, especialmente los de la etapa «cubista, ya no contaban una historia, como los de la «serie rosa» o la «serie azul», no ofrecían algo a la imaginación; las formas, sólo presentaban uno o más objetos distorsionadas, que pedían la mirada sin ofrecer un diálogo.
Si algo caracteriza la trayectoria de Picasso, dice Einstein, es «la historia de su curiosidad». Poco después dará un repaso a esos movimientos, esas búsquedas, esos resultados, mientras ofrece coordenadas para entender los numerosos lienzos que cita.
Finalmente, dirá: «Picasso demuestra que lo real está inventado por el hombre, y que debe ser incesantemente reinventado pues muere continuamente».
Las ideas que tenemos de Picasso, pienso, nos remiten al joven Picasso que llega a París; al fundador del «cubismo»; al pintor del Guernica; al comunista; al hijo que como pintor superó a su padre; a un pasado español de sol y tauromaquía, de recuerdos mediterráneos que impregnaron su obra; también al artista incomprendido, a aquel al que los hermanos Stein(Gertrude y Leo) compraban obras que le ayudaban a sobrevivir en París. Picasso es cada uno de los que imaginamos y más.
Releyendo estos días un manual de antropología, en uno de los artículos sobre diferentes culturas, había una referencia a Picasso. Me habría encantado trasladarla aquí, pero hoy, al ir a buscarla por las más de ochocientas páginas de que se compone ese libro, he sido incapaz de volver a hallarla, aunque mi memoria fotográfica me decía una y otra vez que se trataba de una página par y que la encontraría en una nota al pie. Por eso, ante la imposibilidad de encontrarla, se las contaré tal y como hoy la recuerdo: Un hombre le reprochó al pintor los retratos cubistas que había hecho de mujeres, especialmente de las suyas, de aquellas que habían compartido una parte de sus vidas con él. Picasso escuchó los comentarios del hombre y le preguntó si por casualidad llevaba una foto de su esposa. El hombre contestó afirmativamente, sacando su billetera, y de esta una foto de carné de su mujer. —¿A que es guapa? —preguntó orgulloso el hombre al pintor. A lo que Picasso, contestó: —Demasiado pequeña.
De ese modo, intentaba demostrarle que esa foto de carné, a su manera, también era una interpretación de su «real» esposa.
No sé si la anécdota les habrá gustado, a mí me encantó y me hizo sonreír.
La edición de este libro, Picasso y el cubismo, es de la Editorial Casimiro.
A continuación dejo tres vídeos de Picasso, Braque y Gris en las que se pueden apreciar sus obras de la etapa «cubista».
Palabras de la contraportada:
«Sin descanso, Picasso se pregunta: ¿qué es lo que todavía no ha logrado la pintura?, ¿dónde está su límite?»
Foto de la cubierta: Juan Gris, La fenêtre ouverte, 1921. Museo Reina Sofía, Madrid.
Picasso
Braque
Juan Gris
domingo, 14 de julio de 2013
miércoles, 12 de junio de 2013
RICHARD WAGNER POR CHARLES BAUDELAIRE
Reseña: Pilar Alberdi
Este año, 2013, se conmemora el 200 aniversario del nacimiento de Richard Wagner (1813-1883). Motivo de los n de los numerosos reconocimientos que le brinda el mundo. Si hace poco tiempo tenía la oportunidad de reseñar su obra Arte y Revolución, hoy voy a dedicar este espacio a los textos que componen el libro Richard Wagner por Charles Baudelaire.
El libro comienza por una carta del poeta al músico fechada el 17 de febrero de 1860.
El motivo: las obras de Wagner que se representaban en París. El tipo de carta es de agradecimiento:«Usted me venció inmediatamente. Lo que experimenté es indescriptible y, si me hace el favor de contener la risa, intentaré transmitírselo. Al principio me pareció que conocía aquella música y, al reflexionar más tarde, comprendí, de dónde provenía este espejismo; me parecía que aquella música era mi música y la reconocía como todo hombre reconoce las cosas que está destinado a amar».
Para quienes no hayan leído a Baudelaire puedo decirles que es un poeta triste, que sufre de tedio, al que le costaba pasar por la vida. Un típico ciudadano del siglo XIX que se condolía de la humanidad, la suya y la de los demás, especialmente la de aquellos que, teniendo que trabajar, no tenían vida propia. Intuyo que no sería fácil conmoverlo.
El segundo texto se titula «Richard Wagner y Tannhaüsen en París fue publicado en la Revue Européenne, el 1º de abril de 1861, en respuesta a las críticas que suscitó el estreno parisino, el 13 de marzo de 1861, de Tannhaüser». Dice: «Resultaba curioso observar el vestíbulo del Teatro Italiano. Todo eran furores, gritos, discusiones, que parecían a cada momento a punto de degenerar en hechos». ¿Influía en ello que Wagner era alemán, que había escrito obras dónde intentaba explicar sus obras, su opinión de la reunión de todas las artes con el fin de lograr algo especial? Seguramente. Comprendamos la época y sus limitaciones. No había radio ni televisión y si alguien quería escuchar música ,los lugares eran las iglesias, las plazas y los teatros. Así comprendemos que Baudelaire se pregunte desesperado: «¿Dónde podría escuchar esta tarde música de Wagner? Aquellos de mis amigos que poseían un piano se convirtieron en más de una ocasión en mis mártires»
Censura Baudelaire las críticas envidiosas que dieron con el fracaso de la obra en París y que obligó a la devolución del dinero de las entradas. Un aforo con abono anual, la costumbre a un cierto tipo de obras y la rutina lo hicieron posible. Abucheaban, escribían mal sobre el músico y sus obras en los periódicos y folletines. Pero Wagner era un hombre curtido por la adversidad, que seguía su propio camino.
Por censurarle, le criticaban todo, hasta que escribiese sobre sus propias obras. Pero ¿quién las conoce mejor que el propio autor?, se preguntaba Baudelaire citando al pintor Delacroix que habló de la suya propia. Además, ¿quién mejor que un artista sabe que orientación sigue, qué estudios ha realizado, con qué partes de su vivir esta hecha esa obra?
En la tercera parte, Baudelaire ofrece testimonio de lo que decía la gente: «¡Una ópera sin ballet! ¿Qué es eso?» Y se lamenta de que un grupo de conspiradores y de testarudos consiguiera retirar la obra del teatro.
Finalmente, afirma: «Los que creen haberse desembarazado de Wagner, se contentan demasiado aprisa, puedo asegurárselo. Les insto vivamente a que celebren con menos alborozo un triunfo que, por lo demás, no es muy honroso e incluso a que se armen de resignación para el porvenir».
Y aquí estamos, doscientos años después festejando a Wagner y su música.
Palabras de la contraportada:
«Ante todo debo decirle que le debo el mayor gozo musical que jamás haya experimentado»
Visita el catálogo de la Editorial Casimiro Libros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




