© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 6 de agosto de 2010

¿PARA QUIÉN ESCRIBO?




Por Pilar Alberdi

A Ernesto.

Dice Sthepen King que él escribe para Thabita, su mujer, y que disfruta mirándola sonreír o ponerse seria ante sus narraciones. Que en todo momento querría interrumpirla para preguntarle qué le hizo gracia y que no, y cuál pasaje fue mejor que otro.
En resumidas cuentas, él escribe en primer lugar para la persona que tiene a su lado, o mejor, escribe cerca de la persona que tiene a su lado. Aquella que también es parte de su vida, ¿su otro yo, su polo opuesto, el otro lado de su diálogo?
En ese caso, yo también podría decir que escribo para Ernesto, y para el resto de personas que están en nuestra vida cotidiana: hijos, sobrinas, hermanas, nietos, sobrinonietos (que aún no saben leer pero mueven entre las manos sus libros de tela y los libros de los padres que entresacan de las estanterías y esa es una noticia agradable, indica que serán buenos lectores, que podremos conversar de literatura, arte, cine, teatro, música, y tantos temas más, y que acaso, ellos mismos sean creadores). Pero como también sé algo de psicología, también comprendo que hay otras razones que subyacen en el periplo de la infancia, y nos hacen seres proclives a la imaginación y a la creación.
Pero a lo que iba, a punto de cumplir un año más en mi vida, en este artículo quiero dar mi reconocimiento a la familia, a la cercana y la extensa, y a mi pareja, en especial, por las horas en que leyó incontables manuscritos míos, me escuchó como lo haría un terapeuta, y me apoyó siempre en cuanto he emprendido: cursos, talleres, estudios, trabajo, etc. Gracias por todo, y también por las incontables películas que vimos juntos; los conciertos de Año Nuevo de la filarmónica de Viena, y a ver Ernesto, cuando nos toca de verdad que salgamos elegidos en el sorteo que permite acudir a esa cita anual para cumplir tu sueño y compartirlo juntos.
Un escritor, una escritora en este caso, que vive siempre en el límite entre realidad y fantasía, precisa un ancla segura, y en mi caso ha sido, la familia.
Pero al margen de ésto, que forma el día a día, da la impresión de que los escritores nos dedicamos a llenar un gran vacío que hubo al inicio de nuestra vida, al margen de que también escribamos por puro deleite personal y, lógicamente, por que estamos apasionados por las lecturas y relecturas que hemos hecho de otros escritores. Todo ese mundo de valientes héroes con los cuales nos identificamos, esa larga serie de sentimientos que son los de los personajes pero que también hacemos nuestros.
Sirva de mayor comprensión esta anécdota. Hace apenas unos meses Ernesto y yo estuvimos de viaje por Argentina y Chile. Acudimos en este último país a visitar las Casas Museo de Pablo Neruda: la de Santiago, la de Valparaíso y la de Isla Negra, ésta última con su particular encanto, y en cuya cercanía reposan los restos del poeta y su mujer Matilde Urrutia. Dentro de la casa que mira al mar, entre innumerables recuerdos traídos de diversas partes del mundo, había un humilde caballo embalsamado. En el pasado, el equino, había permanecido ante el escaparate de una tienda como reclamo publicitario. Para Neruda que lo veía todos los días cuando era un niño e iba de camino al colegio, ese caballo debió ser un deseo, quizás el de escapar de un húmedo pueblo, y de un padre de pocas palabras, y cuando el poeta se hizo mayor, y ya era famoso, todo lo famoso que se podía ser en su época, tanto como para recibir un premio Nobel, logró hacer realidad el sueño de poseerlo. Después de comprarlo, le pidió a un amigo que lo pintara reconvirtiendo el equino embalsamado en un precioso caballo blanco a manchas azules y doradas. Es un caballo cielo. Un espejo del corretear de nubes por el aire del atardecer. Casi un mito griego. Un Pegaso en tierra. Como al animal le faltaba la cola, el día de la cena de presentación de esa maravillosa adquisición a sus amigos, les pidió que trajeran alguna cola de caballo para ponerle. Y fueron tres, los amigos que las consiguieron y se las llevaron, y las tres de distintos colores. De ahí que, hasta el día de hoy, el caballo blanco de manchas azules y doradas luzca sus tres colas de colores, aunque alguna aparezca colgada de las crines. Pero eso, la tardía posesión de un caballo, es decir, de un sueño, con el que galopar lejos… muy lejos, no modificó los hechos: la madre del poeta había fallecido al mes del nacimiento de Pablo Neruda. Y ningún caballo, nunca, por más colas y colores que tuviese, podría llenar ese vacío, del mismo modo que quizá nunca lograron llenarlo los poemas que escribió, aunque para su inconsciente fuera como estar más cerca de lograrlo. «Puedo escribir los versos más tristes esta noche…»
Esta anécdota de Pablo Neruda me recordó la del escritor Charles Dickens, quien a los doce años, fue obligado por las necesidades familiares a trabajar en una fábrica de betún para calzado. Hablamos del siglo XIX. Y también de la inmensa pobreza que había en Gran Bretaña y en Europa. El padre del futuro escritor había sido condenado por impagos a la prisión de deudores de Marshalsea. Allí lo acompañó su familia, incluido Charles, situación que la ley permitía, probablemente por no dejar sin techo a los indigentes, ya que, además, la mendicidad estaba prohibida. Y quien se encontrase en esa situación, además de ser expulsado de las calles, podía llegar a ser sentenciado, de la manera más absurda a trabajos forzados consistentes en hacer girar una rueda de molino que no molía nada. A mí, que los castigos siempre me parecieron absurdos, especialmente esos castigos de colegio en que por lo que ha hecho uno, se castiga a todos, con la pretensión de que alguien se convierta en delator, cosa que los niños y los jóvenes jamás harán, ese castigo me parece de los más absurdos que he tenido ocasión de conocer. Lo cierto, es que todos los días al ir al trabajo, el pequeño Charles, veía un castillo. Y de mayor, el escritor del célebre relato La Canción de Navidad, se compró ese castillo y vivió en él. También se convirtió en un defensor de los pobres e hizo de ellos, los personajes principales de sus libros, ahí están sus paupérrimos niños, ahí su admiración por algunos autores, por ejemplo por Cervantes, y que se refleja sin ocultamiento en el comienzo de su obra Oliver Twist, donde escribe «Una ciudad cuyo nombre no creo necesario citar aquí y a la cual no me parece oportuno dar un título imaginario» que nos recuerda, inevitablemente, a aquel lugar de La Mancha cuyo autor, Cervantes, tampoco quiso volver a recordar. Así, y pese a hablar de los pobres, él logró vivir en la opulencia, en ricas viviendas, en distintos países y no siempre feliz, luchando con editores inescrupulosos, con su compañía de teatro, con problemas familiares de los que formaba parte importante.
Pienso en la niña que yo fui, un año miré con añoranza un Cinexim que había en una juguetería, creo recordar que la juguetería estaba en la esquina de las calles Independencia y Belgrano de mi ciudad natal. Pero ¿qué es un Cinexim frente a un caballo con manchas azules y doradas como nubes y tres colas de colores diferentes o un castillo al que anhelas entrar mientras miras tus zapatos rotos? No recuerdo cuántos años tendría yo por entonces: ¿siete, ocho? No creo que llegase a nueve... Lo miré durante muchos días, y corrieron los meses. Lo pedí para algún cumpleaños, y pasaron también Navidad y Reyes. Pero no lo conseguí. Supongo que me regalaron una muñeca o unos calcetines. Algo propio de niñas o algo útil y necesario. Luego, no pude recuperarlo más. ¿Cómo se recuperan esas cosas para el alma? ¿Qué buscaba yo completar, qué esencia recoger, qué magnífico tesoro poseer con aquel Cinexim capaz de reproducir las vidas de unos dibujos animados que, además, no emitían sonido; sólo eran figuras en movimiento gracias a una pequeña manivela que hacía correr la película de la mano de un niño.
En el garaje de nuestra casa aún conservamos algunos juguetes de cuando nuestros hijos eran pequeños. Los dejaron en la casa de los «futuros abuelos» para cuando fuesen llegando los nietos. Entre esos juguetes hay un Cinexim de color azul (los del pasado eran grises), ya no de manivela sino a pilas, que le regalamos a nuestro hijo pequeño. No tengo dudas de que ese regalo estuvo condicionado por mi antiguo deseo; lo mismo que los regalos de muñecas que a mí me hicieron eran fruto de los deseos no conseguidos de mi madre. Pero ese Cinexim no era mi Cinexim. Nunca lo sería. Lo mismo que mis muñecas nunca suplieron las que faltaron a mi madre.
Quizá lo que yo tenga de más parecido con Neruda y con Dickens —salvando las distancias literarias y su maestría ante la que me inclino— no es el objeto de mi deseo, sino que los tres acortamos nuestros nombres. El primero se llamaba Neftalí Ricardo Reyes Basoalto; el segundo Charles John Huffman Dickens y yo María del Pilar Alberdi Zubizarreta. Demasiados nombres y apellidos. Y aún podríamos decir que tuvimos suerte comparándonos con nuestros respectivos predecesores, pues era costumbre de aquellas épocas poner hasta cinco o seis nombres… Al final, el primero recortó los suyos y se quedó con Pablo Neruda, un seudónimo; y Charles y yo (perdón por el tuteo pero la lectura nos ha hecho amigos con los años…) nos quedamos con un nombre y un apellido cada uno.
Si estudiamos las biografías de los escritores vemos niños y niñas huérfanos o cuyos padres se llevaban mal o estaban separados o vivían situaciones dolorosas en las que abundaban la soledad, el desamparo, el incesto, el maltrato, la indiferencia, el castigo o la humillación. Pese a eso, hay escritores que le cuentan al mundo que tuvieron infancias felices. Pero no fue el caso de Dostoiewki, Chejov, Virginia Wolf, Margarita Duras y así, miles. Si la realidad fuera tan bella ¿para qué necesitaríamos esas historias donde se hace justicia y se pone a cada uno en su sitio, y las cosas, de verdad, son como nos gustarían?
Dicen que uno valora la alegría y los pequeños momentos de felicidad según fue su dolor, y yo soy muy optimista. Pero no puedo negar que algunos días recuerdo con nostalgia aquel Cinexim, aunque ahora la palabra esté escrita aquí con todas sus letras, y yo, de algún modo, haga mío el objeto. Es más, el otro día recibí una muy buena noticia sobre la posible publicación de un libro mío, y por la noche soñé que caminaba hacia el garaje, y recogía como una niña que recibe un regalo muy deseado, el Cinexim que fuera de mi hijo. Le quitaba el polvo. Le daba al botón, y lo ponía a andar. Allí estaban, aparecían en movimiento, el Pato Donald, Minnie, Gofiee, y todos aquellos personajes que habían hecho mi niñez feliz. En mi sueño, recogía el Cinexim azul y lo llevaba a mi despacho, donde lo colocaba en la parte superior de una estantería frente a mi escritorio. Después levantaba la vista y veía las alegres figuras de Pluto, Mickey Mouse Y Gofiee que hay en el envase de cartón de colores del Cinexim. Y es, puedo asegurarlo, ese sueño cumplido y tan real como ustedes, seguramente, no puedan llegar a imaginar, es lo más parecido que tengo, a aquello que un día fue el deseo de una niña de siete, ocho o nueve años… Y que ahora, en la madurez de la vida, todavía se sorprende cuando ve cumplirse alguno de sus sueños.

4 comentarios:

  1. Qué decirte... gracias por tus palabras, son muy hermosas. Es un orgullo formar parte de esta familia. Me gustaría poder seleccionar mejor las mías para agradecer todo lo que soy a mi familia, y en especial a ti. Con tus sueños de niñez llenaste de ilusión y felicidad la infancia de tus hijos. Espero que la vida sepa compensar tu esfuerzo. Te lo mereces.

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  2. Coincido con Claudia... que palabras encontrar para poder agradercer que seas mi tía, que siempre me has recibido vos y tu familia con los brazos abiertos y nos has colmado de dulces palabras, tiernas miradas y apoyo en cada momento de mi vida.
    Es bellísimo ver la familia que junto a Ernesto formaste, se siente a cada instante el amor entre ustedes, a sus hijos, entre hermanos, y para con las sobrinas y sobrinos. Gracias por tu ternera, por tu comprensión, por tu voz y tus palabras que nos acompañan siempre en este camino que se llama vida!

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  3. Son preciosas tus palabras, qué duda cabe. Y un honor que las compartas desde esta atalaya que es tu blog y que nos permite guardar una posición privilegiada. Como siempre, es un placer leerte.

    Un abrazo.

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  4. Gracias por vuestras palabras. Alimentan mi alma. Somos espejos unos de otros. Es bueno saberlo.

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