© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 18 de noviembre de 2011

LA CIUDAD LÍQUIDA Y OTRAS TEXTURAS de Filipa Leal



Por: Pilar Alberdi

Se trata de una edición bilingüe con traducción y presentación de Luis González Platón publicada por la Editorial Sequitur con el apoyo de la Dirección General del Libro y las Bibliotecas del Ministerio de Cultura de Portugal.

Comenta el traductor cómo conoció la obra de Filipa Leal en una librería de Valladolid, especializada en libros para estudiantes de idiomas, y cómo el hecho fortuito de este inesperado encuentro se convirtió en un feliz acontecimiento, que es lo que se siente siempre que un libro nos gusta, y deja huella en nosotros. Los hechos citados ocurrían en el año 2008. La casualidad quiso que al año siguiente, la Feria del Libro de Valladolid destinase un día a la Literatura Portuguesa. El evento contó con la presencia de varios autores portugueses entre quienes se encontraba Filipa Leal, ante quien se personó Luis Gónzalez, traducción en mano, para alegría y sorpresa de la poeta.

No me negarán que la historia de los hechos tal y como ocurrieron es preciosa. Pues bien, yo también tuve la sensación, que estoy segura otros repetirán tras la lectura, de encontrarme ante una poesía, la de Filipa Leal, que nos desvela una forma personal de sentir el mundo y, en especial a Portugal, y en concreto a Oporto. Ciudad que para cualquier visitante resulta mágica con sus distintos niveles, su alto puente de hierro, sus bodegas, y sus barcas a vela navegando por el río.

Hablamos de poesía, la de una joven autora de 32 años, pero haríamos mal en imaginarnos tan sólo unos poemas, porque este libro contiene, además, prosa poética, y se abre con un texto que comienza así:

«La ciudad se movía como un barco. No. Tal vez el suelo se abriera en alguna parte. No. Era el mareo. La despedida. No. La ciudad tal vez fuera de agua. ¿Cómo sobrevivir a una ciudad líquida?
(Yo intentaba mantenerme como un barco).
Las aves se mojaban contra las torres. Todo se evaporaba: las campanas, los relojes, los gatos, el suelo.»

Como podemos apreciar estamos en presencia de una «realidad fantástica» que nos acompañará página tras página.

El libro se divide en tres apartados: «La ciudad líquida»; «Nosotros, la ciudad»; y «La ciudad olvidada». (La mayoría de los poemas se incluyen en la segunda parte).

Pero ¿qué entiende la poeta por esta «ciudad simbólica»? Nos da las pautas: es ordenada. «Las personas ordenaban mal./ Ordenaban mal/ el principio del amor, de la ciudad./ Hacían filas (e hijos) a la puerta.// Ordenaban quizás/ como aquel que conoce el trayecto/ para casa./ Sonámbulas, repetidas:/ ordenaban, ordenaban»

También nos dice que «La ciudad está prisionera en las palabras», y «en la memoria». «Hay mientras tanto una ciudad en el inicio: sin calle y sin/ noche cavilada./ Sin cuestas. Que en lugar de la torre, tiene un cráter,/ que en lugar de camino, tiene un pozo sin espejo./ Sin agua. Que en lugar de reloj, tiene el sol./ Que en lugar del hombre tiene la primera ave.»

Y ¿cómo se forma esta ciudad? En el poema «Alguien me repetía» dice: «Hay una voz caliente que un día me habló al oído./ Me decía./ Me intentaba explicar los vientos, las mareas,/ el eterno refugio de los días lejanos.// Pero no todo se puede explicar (...)».

Aquella voz que tenía vida, quizá ya no exista... O sí. Observen la excelente colocación del adjetivo «caliente» para dar vida a esa «voz» que un día le habló al oído y le contó historias de la ciudad. Vean, además las constantes repeticiones, el sentido del ritmo, las evocaciones.

Entre los temas que abarca el libro, el de la muerte, es un tema que preocupa a la poeta por lo que entraña de perdida. «Si al menos se señalara un día/ para la muerte, una hora concreta/ como en el dentista/ que pese a todo/ nos hace esperar/ donde pese a todo/ no sabemos cuándo nos tocará la vez./ Si al menos la muerte tuviera revistas/ y gente en la sala de espera/ no estaríamos tan solos/ tan vivos en esa idea final/ en ese malestar».

La poeta mira la ciudad y la hace suya, en la medida de lo posible: «Corría para gastar la ciudad» (…) «Coleccionaba árboles y ventanas de otros tiempos» (…) Incluso, «corría para gastar la desesperanza». (Del poema El frío, el río, la piedra).

Mientras leía algunos de estos versos, no he podido dejar de recordar a otro poeta de la ciudad de Oporto, Eugenio de Andrade, cuando Filipa Leal, dice: «Todos los hombres tienen su río». Y es verdad. El viejo poeta, en un poema de su libro Oficio de paciencia, dejó escrito: «Tráiganme el río hasta la puerta/ déjenlo conmigo este verano». Y así río, ciudad y persona se hacen uno junto al mar.

«Todos buscan lo mismo:
un lugar de agua más limpia
o un espejo que no les niegue
la hipótesis del reflejo.
El río sufre más que el hombre,
que el poeta,
porque de él se espera que nos devuelva
la imagen de todo, menos de sí mismo.
Todos los ríos tienen su narciso,
pero pocos, muy pocos,
el simple reflejo de sus aguas».

¡Qué bien definido! Ríos que hacemos nuestros... Nosotros, la ciudad «Narcisos» de los ríos... A los que obligamos, incluso, a tomar rumbos desconocidos... El hombre que todo lo doblega y mancilla, la ciudad que crece desmesurada, sin dar explicaciones... Ríos a los que no dejamos disfrutar su paz, su viento, su luna; ríos tan tristes como nosotros... «En los días tristes no se habla de aves./ Llamamos por teléfono a los amigos y no están/ y después se pide lumbre en la calle/ como quien pide un corazón/ recién estrenado» ( En los días tristes no se habla de aves).

Una ciudad de niños, adolescentes y adultos. Una ciudad que espera el ruido de los automóviles y las voces para saberse viva: «Cinco de la mañana/ antes de los automóviles/ después de los automóviles». (Ese barullo) Una ciudad que tiene sus horarios y sus ritos.

Y si muchs veces las personas se jactan de dónde viven... Del espacio que ocuupan en la ciudad... Los versos de la poeta nos recuerdan, lo que olvidamos...«Unos vivían en calles con nombre/ de escultor/ otros vivían en calles con nombre/ de pintor/ muy pocos vivían en calles con nombres/ de gente» (El círculo temporario).

Y acaso las personas y los ríos, y hasta la ciudad buscan lo mismo... «La ciudad quedaba a medio camino/ entre el cielo y la tierra» (…) «Él andaba a vueltas con la vida:/ le tiraba piedras, gritaba// ¡Si al menos la lluvia! (¡si al menos la lluvia!)/ como quien no la encuentra.// Sólo más tarde entendí lo que buscaba:/ un mar».
La vida tal como es o como nos parece que es, acaso ciudad líquida, acaso río, tal vez mar, siempre persona... Filipa Leal nos regala un libro precioso, para sentir y profundizar.

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