© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

martes, 29 de mayo de 2012

EDITH WHARTON: «ENCANTO Y COMPAÑÍA»



Reseña: Pilar Alberdi

Esta obra cuenta con las traducciones de Laura Gimeno Pahissa, Gonzalo Gómez Montoro y Ascensión Cuesta. Y postfacio de la primera.
Lo cuentos de Edith Wharton (1862-1937) que se reúnen en este volumen y, muy especialmente algunos de ellos, reflejan la madurez de la autora en su juventud, así como la solidez de sus convicciones a través del tiempo. Parte de su encanto, tiene su raíz en el tipo de educación que recibió, a través de preceptores particulares, algo normal entre las clases privilegiadas norteamericanas de la época, lo que le permitió además dominar varios idiomas. En el tipo de familias como fue la suya, los viajes que se realizaban a Europa, se consideraban un complemento para adquirir cultura.
A partir de 1907 se radica en Europa.
Su espíritu contemplativo, podría hacernos olvidar que fue una mujer activa. Imagínenla por un instante viajando en motocicleta por la línea del frente en la Primera Guerra Mundial y escribiendo artículos que enviaba a los periódicos, o ayudando poco después a los refugiados, por cuyo mérito recibió La legión de honor de Francia, país en el que falleció y está enterrada en el cementerio de Versalles.
Fue amiga de muchos escritores de su tiempo, y una renombrada paisajista e interiorista.
Por su novela La edad de la inocencia que publicó en 1920, recibió el premio Pulitzer en 1921.
Ella nos devuelve el mundo que conoció, con su habitual elegancia y profundidad psicológica.
Probablemente, al menos para mí, el primer cuento titulado Las vistas de la señora Manstey (1881) nos recuerda que Edith Warthon vivió desde muy joven en pensiones europeas mientras viajaba, y que parte de las apreciaciones que aquí retrata pudieron ser vistas por ella misma. El personaje observa, desmenuza lo que ve, la luz no es cualquier luz, las nubes, aunque efímeras, no pasarán ante la señora Manstey que mira por la ventana, sin haber sido estudiadas previamente. Ella es viuda, su hija vive en otra ciudad... «Quizá la señora Manstey en el fondo era una artista; en cualquier caso, era sensible a los muchos cambios de color que pasan desapercibidos al ojo común; y tan querido era para ella el verdor de la primavera temprana como la negra enramada contra el cielo frío y color azufre al término de un día nevado».
Lo impresionante de este cuento es que, y sin contarles los hechos, la señora Manstey se toma lo que ocurre en la vida como algo muy especial. Acaso ¿no nos tomamos todos la vida así? Creo que no, y ahí radica la fuerza de este relato.
En este tipo de ficciones el tiempo, la forma de captarlo, es esencial... En estos cuentos se lo escucha pasar... Hay un tic-tac permanente e inaudible... Un día... Una semana... Minutos, segundos... Cada hora tiene su peso. Aportan más, incluso que el ambiente. No percibimos las prisas, que en esa época también había. Ni los ruidos causados por los carruajes o los primeros vehículos a motor en las calles. No nos hablan de eso, los cuentos... Estos relatos brillan por recrear la intimidad de los hogares, las relaciones de pareja o de grupos de amigos, la subjetividad de los pensamientos propios y la intuición de los ajenos. Por eso, miramos junto a los personajes cómo la luz del hogar recién encendida dora con su resplandor los lomos de los libros de una biblioteca... O como alguien puede pasar su humilde vida mirando por una ventana. Por ella sabremos de esos «cielos desleídos», de la «huidiza perspectiva de los jardines lejanos» o que la voz de la patrona de la pensión de enfrente era la de «una mujer que puede permitirse construir ampliaciones». ¿Se dan cuenta cuánto aporta esa acotación? Con que poquitas palabras nos ha regalado la visión del carácter de esa patrona. Y lo mismo hace cuando un personaje femenino explica a otro, que su reloj de pulsera atrasa. Dice: «(...) bueno, fue mi marido quien me lo regaló. ¿Le extraña que a veces vaya retrasado respecto de los acontecimientos?»
Muchos autores de ese momento recrearon sus vivencias en pensiones y también en casas de familia:Fosters, Mansfield, Henry James...
Creo,que a su manera, Edith Wharton debió sentir un lazo de unión muy fuerte con la pintura. Su mirada es «impresionista». Ella nos habla de la luz... de cómo la luz da a una habitación «su acostumbrado aspecto sosegado» o de como «los cielos se habían templado pasando del perla al azul» o de qué manera en un jardín un árbol que estaba en sombra queda bajo la luz del sol.
La verdad es que estos días entre lecturas sobre pintores impresionistas (los cielos blancos de Manet) y esta autora que habla de cielos perlados, me di cuenta que los cielos del Mediterráneo, a cuya orilla vivo, son muchos días blancos... Y me pregunté por qué no había reparado en ello. Por qué, incluso cuando no los miro, en mi pensamiento son azules.¡Qué increíble que artistas y escritores del pasado, me obliguen, una mañana de sábado, a mirar al cielo para verlo realmente como es!
En estos cuentos hay un reproche a ese «bienestar incoloro» con el que muchas veces aceptamos lo que la vida nos da o lo que nosotros tomamos de ella. Ese acomodo fácil... Y, muy especialmente, en aquellas clases privilegiadas... «Algunas versiones de la felicidad humana son como lagos sin salida al mar» nos dice. Cuánta verdad hay en esa frase y cuánto conformismo. Mejor un lago que un mar, mejor lo conocido que lo por conocer... Pero Edith Wharton sabe de lo que habla, de «los intereses cambiantes de la vida», de acoplarse a las circunstancias, de grupos sociales en los que se vive «en un mundo desprovisto de vivencias personales pero lleno de intensa sensación de privilegio y distinción». Pertenecer a un club, a un grupo, a una clase de personas... Y, por supuesto, en casi todos los cuentos hay referencias a la lectura e incluso a la escritura, de los que la autora no puede olvidarse. Por ejemplo, en el cuento La plenitud de la vida comenta qué libros les gustan a los personajes principales con el fin de mostrarnos la diferencia de personalidades, y al mismo tiempo se narra el deseo que todos tenemos de encontrar a nuestra alma gemela. Lo que se ha dado en llamar «matrimonios en el cielo» para denominar ese tipo de parejas que se llevan bien toda la vida, como si eso, de ningún modo, pudiese ser una realidad de este mundo. La vida, para estos personajes es como un libro grueso «que no puede leerse fácilmente a menos que dos personas lo sostengan juntas». Y, a la vez, también es imposible.
Cuando en El dedo del destino, otro de los interesantes cuentos de este libro se nos dice que a un personaje que amó a alguien «le habíamos visto sumergirse en el plomizo abrazo de su afecto, como un nadador arrastrado por la corriente de fondo» casi podemos sentir viva la imagen.
Antes dije que hay numerosas frases que nos hablan de libros, del acto de la escritura y la lectura, pero también las hay sobre cuadros y pintores. Así tenemos que «los rostros de algunas mujeres parecen libros del que nunca se llega a pasar la última página».Cita a pintores como Leonardo, Tiziano, Crivelli... También museos... Y son constantes las referencias a las lecturas de periódicos por parte de sus personajes: «echó un vistazo a los periódicos, sin prisas, con la actitud del hombre ante quien, la comedia humana es probable que se desarrolle durante muchos años». ¡Qué siglo, el que le tocó vivir! Entonces la gente leía...
El postfacio de la doctora Laura Gimeno Pahissa nos recuerda que Edith Warthon dijo de su oficio, que concebía las obras como un hombre y las escribía como una mujer, de ahí «los profundos retratos psicológicos de caracteres femeninos que ya forman parte de la literatura universal». (…) «Sea como fuere, los relatos de Warthon son auténticas pequeñas obras maestras que un siglo después de haber sido publicados continúan desprendiendo modernidad y arrancándonos más de una sonrisa cómplice».
Sin duda, la obra de Warthon, es una literatura por la que el tiempo pasa lentamente... Tanto como en sus obras. Y lo que ella dijo, seguirá vigente siempre. En lo más íntimo, nos pareceremos, seremos como los personajes de esta gran escritora y observadora del mundo y de la época que le tocó en suerte vivir.


Palabras de la contraportada:

A Edith Wharton (1862-1937) le encantaba que se dijera que en su América contemporánea había dos «self-made men»: Theodore Roosevelt y ella.
Wharton, mujer refinada, elegante y de gran cultura, decidió dedicarse a las letras desoyendo los consejos de su madre que, como tantos miembros de las clases altas de Nueva York, consideraba que la escritura no resultaba adecuada para las mujeres y que las hacía vulgares.
En estos relatos —que abarcan desde 1891 a 1935 y que son una perfecta introducción a la obra de la autora— asistimos a una elegante e irónica disección de la hipocresía de los ricos,de las renuncias personales frente a las presiones sociales, así como a una crítica a la institución del matrimonio, con una mirada compasiva hacia los sueños frustrados del ser humano. Pero la ironía de estos textos no es nunca cruel, y la complicidad que se establece con el lector invita a mirar con nuevos ojos a sus contemporáneos, que se parecen mucho a los nuestros.
Testigo excepcional de un mundo de aparente lujo y de futilidad (pero que oculta toda una «trastienda» de emociones y aspiraciones secretas), estas siete piezas narrativas de Wharton —varias de ellas inéditas en español— recrean la atmósfera de sus grandes novelas, La edad de la inocencia o La casa de la alegría.
«Más tarde supuso que aquello que le había pasado era lo que la gente llamaba enamorarse. Eso nunca se lo había permitido antes, y tampoco estaba del todo seguro de que ése fuera el término correcto para la sacudida que le causó la primera impresión de ella…

La autora:

Edith Wharton (Edith Newbold Jones, de soltera) nació en 1863 en Nueva York, en el seno de una familia de la alta burguesía. Pasó gran parte de su infancia en Europa, primero en París y luego Alemania y Florencia. Desde pequeña dio muestras de una inteligencia e imaginación excepcionales. De adolescente escribió poemas y en 1877 un cuento: «Fast and Loose». Con 23 años se casó con Edward Wharton, doce años mayor que ella, con quien no compartía ningún interés intelectual ni artístico (acabó divorciándose en 1913). En 1891 apareció su primer relato, «Mrs Manstey’s View» en el Scribner’s Magazine, donde se recogerían regularmente sus textos. En 1897 publicaría The Decoration of Houses, en colaboración con su amigo el arquitecto Ogden Codman, que tuvo un éxito inmediato. En 1902, se instala en The Mount, la casa que los Wharton habían construido en Lenox, pero pronto regresará a Europa, y en 1903 conocerá en Inglaterra a su «queridísimo maestro» Henry James, con quien mantendrá una gran amistad hasta la muerte de éste en 1916. En 1905 aparece La casa de la alegría; en 1907, se instala en París, y ya nunca abandonaría su querida Francia. Durante la Primera Guerra mundial fundó los American Hostels for Refugees, por lo que fue condecorada con la Legión de Honor. En 1920, La edad de la inocencia obtiene el Premio Pullitzer. En 1923 se convirtió en la primera mujer doctor honoris causa por la Universidad de Yale. El 11 de agosto de 1937 padeció una crisis cardíaca que le causó la muerte. Sus restos reposan en el cementerio de Versalles. Su última novela, inacabada, The Buccaners, se publicó póstumamente en 1938.

Enlace a la página de la editorial Funambulista



4 comentarios:

  1. Estimada Pilar,

    Me ha gustado mucho tu reseña sobre "Encanto y compañía". Como traductor parcial de la obra, me ha encantado que pusieras tanta atención en el primer relato de la antología, "Las vistas de la señora Manstey". Creo que mi traducción es la primera que se hace al castellano de este relato, y te aseguro que cuando estaba trabajando con el texto original me pareció una auténtica joya, me costaba creer que aún estuviera inédito en español. Sin embargo, en otras reseñas que se han escrito sobre la antología lo han pasado por alto como una obra menor. Por eso me alegra tanto que le hayas prestado atención, y que te haya gustado la sutileza psicológica y la inteligencia que destila el texto. Yo no me envanezco en absoluto de mis trabajos, pero si de algo estoy satisfecho, quizá sea de la versión que hice de este cuento. Mientras lo traducía, sentía que debía esmerarme al máximo, y espero que mi versión esté mínimamente a la altura del original. En fin, esto es la trastienda de la traducción literaria, que sigue siendo muy desconocida...
    Muchas gracias por tu reseña, me ha encantado, de verdad
    Abrazos,
    Gonzalo

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  2. Muchas gracias por tus palabras, Gonzalo. No sabía que eras el traductor de ese cuento. Es una belleza. Sé que el trabajo de traducción es muy dificil. Captar ciertos matices y más con escritoras como Edith Wharton. Evidentemente, tiene que llevar mucho tiempo y respeto.
    Mi enhorabuena, Gonzalo.
    Un abrazo.

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  3. Pilar, me ha encantado tu reseña sobre esta antología. La estoy leyendo ahora. Edith Wharton es una autora que leí bastante hace ya años y la tenía un poco olvidada y buscando un poco más de información me he encontrado con tu blog. Ha sido un placer leer algunas de las entradas. No será la última vez.
    Un cordial saludo,
    Elisa

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  4. Gracias, Elisa.
    Hay escritoras extraordinarias, y Edith es una de ellas, sin duda.
    Me paso por tu blog.
    Un abrazo.

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